Hablo de mí, hablo de vos, hablo de todos.

Uno lo intenta. En serio, uno lo intenta. Pero los brazos se cansan de remar contra la corriente. Aun así, uno insiste (yo lo hago; me tomo un descanso y arremeto otra vez, aunque sé que es muy probable que el resultado no varíe en lo más mínimo); una y otra vez, uno insiste porque tiene la íntima certeza de que no es el que está equivocado. Y no es ésta una certeza dogmática ni nada por el estilo; es una certeza basada en el aprendizaje, en el estudio, en el pensamiento, en la discusión, en el compartir, en el vivir. Cuando esto ocurre ─cuando este cansancio corporal por pegarse una y otra vez contra las paredes─ el período de descanse puede ser de unas horas o tal vez de unos días. Entonces me refugio en las cosas que sé que no me devolverán los golpes, en algunos muertos queridos que siempre dicen la palabra exacta (gracias Schopenahuer) o en un par de personas que actúan de esa misma manera (gracias Marcelo, gracias Claudia, gracias Betty). Y después… después uno agarra los remos otra vez y vuelve a intentarlo. En serio, uno lo intenta.

El texto que sigue a continuación no es enteramente mío. Está formado por un artículo que leí durante estos días a lo que le agregué algunos puntos personales. Desconozco el nombre del autor, pero si realmente piensa de esa manera no creo que se moleste demasiado (al menos apelo a su coherencia) por haber sumado alguna pequeña cosa aquí y allá.

♦ — ♦  — ♦

¿Alguna vez se ha visto rodeado de gente que le resulta molesta en el trabajo?  ¿O tal vez miembros de la familia cuyos hábitos son un poco irritantes? ¿No se han sentido frustrados por un empleado o camarero, o tal vez otro conductor? ¿Qué pasa con la frustración que le provocan su hijo o su cónyuge?

La pregunta, ahora, es: ¿cómo podemos llegar a ser más tolerantes y encontrar la calma en medio de todas estas molestias y frustraciones?

Para mí, la respuesta radica en ver fuera de uno mismo.

Casi cada momento de cada día de toda nuestra vida lo gastamos  preocupándonos por nosotros mismos. Estamos preocupados por la preocupación acerca de nosotros mismos: ¿Estoy haciendo lo correcto, voy a estropear esto, voy a ser capaz de cumplir con el plazo? ¿Qué es lo que piensan los demás de mí? ¿Soy lo suficientemente bueno? ¿Por qué me está pasando esto a mí? ¿Cómo puedo conseguir ser mejor? ¿Por qué no la gente no me escucha? ¿Por qué no me tratan mejor, por qué no pueden salir de mi camino, por qué estoy tan gordo, por qué las cosas no salen a mi manera?

¿Pero qué pasaría si pudiéramos liberamos de esta preocupación acerca de nosotros mismos? ¿Qué pasaría si, por un tiempo, pudiéramos asumir que nosotros mismos estábamos siendo atendidos, consolados y protegidos y aceptados? ¿Y si pudiéramos detener este pensamiento acerca de la autoconciencia por un tiempo y hacer otra cosa? ¿No sería esto un poco liberador? ¿No sería agradable poder liberarnos de esta preocupación que se ha adueñado de toda nuestra vida?

Yo, por ejemplo, quiero darle la bienvenida a esta oportunidad.

Entonces, ¿qué sucede cuando somos liberados de preocuparnos por nosotros mismos? Ahora podemos empezar a buscar en las otras personas y descubrir cómo son y por lo que están pasando. Resulta, a fin de cuentas, que están sufriendo tanto como nosotros. Ellos están constantemente preocupados por las mismas cosas, con ganas de ser felices, pero demasiado preocupados por ellos mismos y se preguntan por qué este extraño (usted) siempre está actuando de manera irritada con ellos.

Si salimos de nosotros mismo podemos ver el sufrimiento ajeno y entender lo que se siente, porque acabamos de venir de nuestra propio sufrimiento, en los que los mismos tipos de cosas han estado sucediendo durante años. Podemos sentir empatía.

También podemos querer que sufran menos, y tal vez consolarlos, brindarles compasión.

Volvemos, entonces, a nosotros mismos con los brazos llenos de esta nueva información y toda esta empatía y compasión. Sentimos que podemos ser más tolerantes cuando alguien no se comporta “a la perfección” (como si alguna vez nos comportáramos perfectamente con nosotros mismos), cuando alguien es grosero o lento o no actúa como nosotros queremos. Tal vez incluso podemos actuar amablemente hacia ellos, darles un abrazo mental y ver cómo podemos ayudarles.

Por supuesto, es fácil volver a nuestro estado de autopreocupación. Siempre se vuelve allí porque es un hábito mental fuertemente arraigado. Pero puedo, a veces, ver cuando esto sucede y, a veces, y tratar de salir del pequeño espacio que es mi mente autopreocupada.

Incluso, por breves momentos, podemos ver a esta esta pequeña molestia flotando alrededor, y esto puede traer una pequeña medida de ligereza y felicidad.

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21 comentarios el “Hablo de mí, hablo de vos, hablo de todos.

  1. Leyla dice:

    Me quedo pegada en tu lectura!! Espero tengas un bello fin de Semana, besos

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  2. Uno tiene que intentar ponerse en los zapatos de la otra (as) persona (as).
    Pero también hay personas y personas… Pero, claro uno tiene que seguir intentando.
    Excelente entrada Borgeano.
    Un besote y feliz fin de semana. 🙂

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  3. carmetaparalosamigos dice:

    Buenos días noches para ti!!
    Cuando dejamos de pensar en nosotros es cuando encontramos la felicidad! y la paz interior,
    a mí hoy por hoy me preocupa el bienestar de los míos y el futuro tan duro que se les presenta a los más jóvenes.
    Yo digo que hay que ponerse en la piel del otro, para saber lo que se siente y el daño que a veces somos capaces de hacer.
    Un abrazo

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    • Borgeano dice:

      Sí, pero a veces sientes que de tanto dejar de pensar en ti y de ponerte en la piel del otro al final terminan exprimiéndote como a una naranja… Tal vez la solución esté en el balance. De vez en cundo pensar en uno mismo. No de una manera egoísta y torpe, sino para no perder el rumbo. Al menos, eso.
      Un abrazo de los grandes.

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  4. redalmados dice:

    Pienso que debemos ayudar a los demás en la medida de nuestras posibilidades pues a veces cargamos con responsabilidades que no son nuestras..
    Con respecto a la autopreocupación…lo veo como una forma más de postergar la acción . Quizá sea más beneficioso pensar ¿qué es lo que quiero conseguir? Y una vez hecho eso ¿ qué pequeñas metas me propondré para conseguir todo aquello que quiero? ¿Qué pequeños pasos voy a dar?
    Es que sí nos quedamos auto- compadeciéndonos ¿ de qué sirve?
    Buen fin de semana. Cariños

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    • Borgeano dice:

      La autocompasión debe ser uno de las más peligrosos estados del alma. No tiene siquiera UN aspecto positivo; por eso hay que evitarlo a toda costa. Pero es curioso cómo nuestra mente nos empuja hacia ese estado y nosotros no dejamos llevar como si fuésemos niños. Pero hay que disciplinarse; del mismo modo en que la gente va a un gimnasio para bajar unos kilos o algo así, uno debería tener una rutina para mantener limpia esa parte interior también. Deberíamos inventar un gimnasio de la mente…
      Cariños.

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  5. lucho dice:

    De sentir EMPATÍA en una forma desmesurada durante toda la vida- convengamos en que la desmesura nunca es recomendada- me olvidé que debajo de mi piel estaba yo y que de tanto derrochar dolor por el dolor ajeno no tuve el tiempo suficiente de disfrutar los pequeños ramalazos de placer que la vida me regalaba.
    En un todo de acuerdo con vos querido amigo a pesar de tener la impresión de encontrarme con algo paradojal-aunque compartido-, Decía el indio Solari en una canción ,” Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir…” un abrazo como siempre afectuoso, amigo.

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    • Borgeano dice:

      El problema es que la empatía uno no la maneja como a un control remoto; entonces, ante el dolor del otro, uno lo siente o no. Aun así está muy bien eso que decís, uno también se olvida de que “debajo de la piel está uno…”
      Lo que me jode, en síntesis, es la manda que se aprovecha de uno, nada más que eso. Después si sienten algo o no ya me tiene sin cuidado. Y cada vez menos, por cierto; lo cual –hablando de paradojas– suena contradictorio: cada vez siento menos empatía por el otro, parezco decir… y es que ha fuerza de golpes terminan por cauterizarte la vena solidaria, ¿viste? En fin, que vivir es complicado y, encima, está todo lleno de gente…
      Abrazo, Lucho, gracias por pasar.

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  6. Lehahiah0909 dice:

    Un gimnasio para la mente…
    Creo que sería genial…la autocompasión es inevitable…lo hacemos sin darnos cuenta, imagino que es algo intrínseco
    Besos con alas

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    • Borgeano dice:

      Hace poco, releyendo un diario de hace unos años encontré una nota que decía: “Hay que apagar la TV que tenemos en la mente”. Me gustó encontrar que había escrito algo como eso (lo cual había olvidado) y tiene cierta relación con lo del “gimnasio”.
      Luego, sí, la autocampasión es inevitable, sólo que hay que tratar de mantenerla bajo control Sin ella tal vez nos entregaríamos demasiado, pero si está siempre presente es mucho peor, mucho más dañina.
      Cariños enormes.

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  7. diaeconomina dice:

    Creo que perdernos de vista nos engrandece y nos hace solidarios, es interesante el texto y creo en lo que expone porque lo llevo a la practica siempre que tengo ocasión, pasar de uno mismo es descansar en la vida.

    UN ABRAZO Y GRACIAS BORGEANO POR DESCANSAR Y VOLVER, ANIMOS Y FUERZA!!!!!

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  8. Shira Shaman dice:

    Lo importante es seguir remando, ya habrán días mejores con viento a favor, abrazos 🙂

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    • Borgeano dice:

      Buen punto eso “del viento a favor”. Y si, hay que seguir remando, pero como dije en la entrada, hay gente que te hace tan pesada la barca que a veces no te queda otra opción que parar a descansar un rato.
      Cariños miles.

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  9. elssamolina dice:

    No somos islas. Por lo tanto debemos mirarnos en el espejo,de las personas que nos rodean, las que pasan sigilosas…y tienen mucho que enseñarnos. Bonita entrada. Besos. Elssa Ana

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    • Borgeano dice:

      Gracias Elssa, muy certera la cita de John Donne; así debería ser, sólo que hay algunas personas que sí se consideran islas, islas que merecen esto y aquello pero que nada dan a cambio. De todos modos, hay que respirar profundamente y seguir adelante.
      Cariños.

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