El día que vivimos en peligro.

Colón

Conocí a Jaime y Mel en el ferry que nos llevaba desde Colombia a Panamá. Con Jaime nos quedamos charlando hasta bien entrada la noche y luego me dormí en la cubierta superior poéticamente arropado por el manto de estrellas y mecido por el suave vaivén del Mar Caribe. Arribamos a Colón, Panamá, a la mañana siguiente. Mi intención era la de quedarme en esa ciudad por un día; pero Jaime y Mel seguían rumbo a Bocas del Toro y decidí irme con ellos. Al bajar al puerto, preguntamos dónde estaba la terminal de transporte terrestre y un empleado portuario nos dijo que estaba a cuatro cuadras; incluso señaló un edificio celeste que estaba a un par de calles y aseguró: “Del edificio aquel, dos cuadras a la derecha”. Decidimos, entonces, ir caminando para ahorrarnos el taxi y ver un poco, al menos, de aquel sitio. Bajo un fuerte sol comenzamos a caminar, llegamos al edificio celeste giramos a la derecha y seguimos dos cuadras. Nada. Mel les preguntó a dos mujeres que iban caminando por la terminal terrestre y le respondieron que íbamos bien, pero que era unas pocas cuadras más adelante, así que seguimos camino. El entorno comenzó a ser, poco a poco, algo opresivo. Los edificios, todos, no habían sido pintados  en décadas y parecían el decorado de una película de guerra ambientada en lo peor de Corea o de Indochina. Habíamos dejado atrás al verde que rodeaba la salida del puerto y donde nos encontrábamos en ese momento parecía una ciudad totalmente diferente. No teníamos otra opción que seguir adelante, y eso hicimos. Seguimos adentrándonos más y más en una encrucijada de calles que se volvían más y más opresivas debido a lo alto y abandonado de los edificios. Una mujer nos mira desde una esquina y cuando nos acercamos, cruza la calle y le dice en voz baja a Mel ¿Qué hacen aquí? Váyanse, váyanse ya… Mel es pequeña y está muy asustada; con Jaime decidimos seguir, llevamos caminando unas doce cuadras y aunque la terminal no aparece creemos que no puede estar muy lejos; volver puede ser peor. Voy, entonces, adelante; Mel en medio y Jaime detrás. Dos cuadras más adelante se nos presenta la misma situación; una mujer que se topó con nosotros y que no pudo esconder su sorpresa al vernos nos dice casi lo mismo que la anterior ¿Están locos? Váyanse de aquí ya mismo… váyanse. Ahora sí, no tenemos opción, solo seguir, pero estamos cansados y el equipaje no ayuda a que podamos hacerlo rápido. Tan solo una cuadra después apuro un poco el paso para ver si desde la esquina puedo ver o averiguar dónde está la bendita estación terrestre. No veo que unos trece o catorce niños salen de algún sitio y fingiendo una pelea rodean a Mel y Jaime. Siento que gritan mi nombre (yo me encuentro unos veinte metros delante de ellos) y giro. Lo que veo me sorprende y no puedo menos que recordarlo como un travelling cinematográfico (el lenguaje de hoy es, básicamente, cinematográfico): Jaime y Mel están en el medio de las dos calles, los niños se han dispersado, pero aún observan, más atrás; dos policías se han separado, uno protege a mis dos amigos, el otro se acerca a mí y, en perfecto inglés, me pregunta dónde vamos, cuando se lo digo detiene a un taxi, una camioneta, pero el chofer se niega a llevarnos. Otro taxi se detiene y el chofer obliga, a los gritos, a que los dos pasajeros que lleva desciendan del coche. Mientras uno de los policías corta el tránsito por unos minutos el otro nos empuja dentro del taxi y le dice al chofer dónde debe llevarnos. En el camino recibimos de parte del taxista un buen discurso sobre los peligros de adentrarnos en terrenos desconocidos, cosa que ya sabemos desde siempre, pero que nunca, a ninguno de los tres, nos tocó vivir de tan cerca.

Colón 02

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14 comentarios el “El día que vivimos en peligro.

  1. Buf, que situación más angustiosa, me alegro que no fuese a mayores.
    Me hiciste recordar (aunque sin paragón, no fuimos rescatados por la policía), cuando allá en Buenos Aires, en el Barrio de Boca, mi pareja y yo nos comenzamos a alejar de la zona de Caminito avanzando paralelos a la vía del tren en dirección contraria al Estadio. Nos cruzamos con varias personas que nos miraron “raro” a nuestro parecer, pero no dijeron nada, entonces un poco más adelante un niño que no pasaba de ocho años acompañado de un adolescente nos dijo: “No vayan más allá, es peligro”, nosotros miramos con cierta sorpresa al chaval, no estábamos demasiado lejos de ese esquinazo tan turístico que es “Caminito” y no considerábamos que aquello fuese a ser peligroso, pero el chico que le acompañaba insistió y dijo, “es cierto, no sigan”. Es verdad que la soledad de la calle invitaba a creer que esa posibilidad podía ser cierta y crecería si avanzábamos. Proseguimos menos de una cuadra para ver desde lejos una figura de “Maradona” gigante en un balcón de una casa que nos había llamado la atención y queríamos fotografiarla, para entonces yo ya había guardado la cámara de fotos en la mochila, no fuese a ser un reclamo para la llegada de ese peligro que nos decían inminente en nuestro caminar ambulante sin destino. Fuimos prudentes y regresamos al abrigo de la gente, siempre un lugar concurrido da sensación de seguridad, pero ya esa sensación de intranquilidad nos acompañó toda la tarde, el recorrido por Boca fue menos amplio y gozoso del que hubiese deseado, pero el temor hacía pesados los pies que no se querían alejar demasiadas cuadras de aquella esquina de Caminito.

    Un abrazo.

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    • Borgeano dice:

      Buenos Aires, como toda megalópolis, contiene en sí esas terribles contradicciones. En apenas unas pocas cuadras de distancia el mundo puede ser otro (esto lo viví en San José de Costa Rica, donde si te alejabas a sólo dos cuadras de la avenida principal el mundo era un otro absoluto, donde he visto absolutamente de todo. sin embargo, la avenida principal parecía una capital europea). Colón, en cambio (pero esto lo supimos después) es en sí un sitio peligroso. no deja de ser interesante la existencia de esas personas que ven a un extranjero y avisan de los peligros de esas zonas desconocidas, hay que agradecer la presencia de esos pequeños guardias voluntarios y de su buena predisposición. Generalmente lo que queda es lo negativo (el término “peligro” es demasiado pesado en todas sus implicancias) pero hay, a veces, mucho de bueno para seguir viendo. La situación de Colón fue, sí, angustiosa pero por suerte uno puede contar la anécdota con una sonrisa. Cuando la recuerdo lo que más fantástico me parece es el “crescendo” de la situación. De un divertido viaje, de un paseo casual, poco a poco todo se tornó oscuro y pesado.

      Un abrazo.

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      • Sin duda toda ciudad grande o pequeña tiene sus zonas “gueto” intransitables también para los no foráneos residentes en sus alrededores… e incluso para los que allí dentro tienen que habitar. Cierto que hay ciudades que el gueto es toda ella. Vivir en esos territorios no te hace más temerario pero sin llegar a ser temeroso sí que te genera un instinto de protección y prudencia que ayuda a librarse de situaciones de riesgo desagradable.
        Me alegro que todo acabase bien!!
        Un abrazo.

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  2. Loretta Maio dice:

    No digo nada, no digo nada…

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  3. danioska dice:

    Qué espeluznante, querido, qué cosa. Tu narración precisa y cadenciosa me llevó a estar ahí. Por Fortuna es una anécdota que contar y nomás. Nunca me ha pasado algo así, pero un par de veces me he sentido en peligro y no he sabido bien qué hacer. Estoy segura de que en una de ellas actué de la manera más torpe que hay pero, con gran suerte, no pasó nada.
    Un abrazote

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    • Borgeano dice:

      Fue una de las dos o tres veces en que he corrido peligro en este viaje y, sin duda, la más “pesada” de ellas. El problema con las reacciones ante el peligro es que uno desconoce demasiado; para empezar o son situaciones habituales (esto es obvio pero es el primer, inevitable, punto), y luego es que en un país extranjero las cosas se complican por las diferencias culturales, a veces una palabra puede crear la diferencia entre acción y su opuesta. Demos gracias que nos quedan las anécdotas y el poder contarlas.

      Un fuerte abrazo.

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  4. Shira Shaman dice:

    Un poco de todo en tu experiencia de viajero, creo que cuando uno mira en retrospectiva esos momentos es cuando se comprende el peligro en que se estuvo sin querer, afortunadamente queda sólo ese sabor de la aventura y de la adrenalina, Imagino que en ese momento todo paso muy rápido, me alegra que el instinto y la atinada llegada de la policía los haya librado de una mala experiencia,
    Te mando un fuerte abrazo querido amigo aventurero 🙂

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    • Borgeano dice:

      En este caso, Shira, el peligro lo sentimos en vivo y en directo; en retrospectiva esa sensación permanece y se siente cierta angustia ante las “posibilidades” que se abrían. Estoy seguro de que alguna persona –alguna persona como esas mujeres que nos alertaron del peligro– los llamó, porque a lo largo de todo ese camino no habíamos visto ni a uno. Sea como fuere, les estoy agradecido, sin duda alguna.

      Un fuerte abrazo para ti.

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  5. María dice:

    En los viajes por terrenos desconocidos, siempre existen sorpresas poco agradables. Pero bueno, en tu caso, es una experiencia más para contar y que, por suerte, acabó bien.
    Un abrazo, viajero…

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    • Borgeano dice:

      Así es María; es una suerte que todo haya acabado bien; aunque he estado en cierto peligro en un par de oportunidades ninguna fue como ésta. Creo que si no hubiese acudido la policía y ese taxista las cosas hubiesen terminado realmente mal. Pero bueno, demos gracias por el hecho de poder estar aquí.
      Un fuerte abrazo.

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  6. Ya lo veo, “no se te puede dejar salir de casa…”, menos mal que ya es historia…, un abrazo.

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