Crónicas de hace poco.

SAM_2217San Pedro Sula – Puerto Cortés, Honduras. Cae la tarde y aún no sé dónde pasaré la noche, decido ir a Puerto Cortés y pasarla allí; esa ciudad no está lejos y ahorraré algo de tiempo. Averiguo de dónde sale el transporte y me dirijo hacia ese lugar. Para empezar, me hacen pagar el doble porque el vehículo no tiene espacio para equipaje; entonces el mi maleta y mis mochilas deben viajar en el asiento que está a mi lado, como si fuesen un pasajero más. El vehículo se va llenado poco a poco y cuando veo los asientos completos supongo que partiremos; pero no, siguen metiendo gente por todos lados. Estoy en el asiento detrás del chofer y ya no hay espacio para nadie más o eso creo yo, pero parece que sí. Sube una mujer, su marido y una niña. A la mujer la ubican frente a mí, sentada sobre el motor, sus piernas intercaladas con las mías. Su esposo a un lado, también sobre el motor pero de costado, dándole la espalda al chofer y la niña en la falda de la mujer. No digo nada, sé de sobra que en estos sitios lo mejor es aceptar las cosas como son. Ahora sí, me digo, ya tenemos que salir, pero… otra vez, no. Sube un último personaje. Un hombre con una guitarra. Sube y el vehículo, por fin, comienza a moverse. El hombre comienza a cantar canciones de música evangélica; la mayor parte de las personas lo acompañan. La mujer que tengo frente a mí me hace un comentario que no entiendo, pero que por su gesto interpreto como una queja por el ruido y las canciones. Asiento y, a mi vez, hago un comentario que por suerte no oye. Luego de cuatro canciones y antes de salir de la ciudad, el hombre de la guitarra pide sus monedas y se baja entre aleluyas y bendiciones. Comenzamos a movernos otra vez. Ahora el que comienza a cantar canciones evangélicas es el chofer. Varios lo acompañan, entre ellos la mujer que está frente a mí. No sé qué me dijo cuando se dirigió a mí, pero por suerte no escuchó mi respuesta. Las canciones evangélicas y las bendiciones y los aleluyas duran una hora y media de las dos horas que tomó hacer el trayecto entre San Pedro Sula y Puerto Cortés. Llegué con las piernas acalambradas y los oídos agotados pero, por lo demás, llegamos bien. Gracias a Dios.

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5 comentarios el “Crónicas de hace poco.

  1. Rosa Ave Fénix dice:

    Un viaje asi puede ser molesto o algo desagradable, pero “meterse” entre la gente nativa del pais, nos enseña mucho.

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    • Borgeano dice:

      Déjame decirte que disfruto mucho el mezclarme con la gente de a pie en cada sitio que puedo visitar; creo, como tú bien dices, que se aprende mucho de ellos y que es una excelente forma de conocer el país profundo, el que no solemos ver cuando vamos de visita a lugares desconocidos por nosotros. Lo que me resultó curioso en este caso fue la unicidad de pensamiento y el hecho de que el chofer fuese quien cantara para entretener a los viajantes.

      Un abrazo.

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      • Buena costumbre. A mi por ejemplo me gusta ir a comer donde veo que comen los autóctonos, evito los lugares turísticos. Suele ser gratificante.
        Mi experiencia más espectacular en transporte público fue en un pueblo en el interior de Marruecos, (de Meknés a Volubilis) los taxis colectivos allí son verdaderamente un espectáculo!!! Otro mundo…

        Un abrazo y buena travesía

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  2. Shira Shaman dice:

    Pues creo por el final que hasta te aprendiste algunas tonadas, 🙂 jajaja, me haces recordar un trayecto en taxi entre dos pequeños pueblos llamados Nahuatzen y Cherán enclavados en la sierra, el chofer iba escuchando cumbias y salsa pero con letras evangélicas, yo y los demas en el auto no sabiamos si reir o llorar, vaya que el ingenio les da para aleccionar borreguitos, puede que los paisajes o la buena compañia atenuaron un poco el martirío, y al final nuestros oidos descansaron al descender y escuchar el sonido del bosque que se abría en nuestro horizonte. Gracias por tus entregas llenas de experiencias muy graciosas 🙂 me has hecho cambiar de humor. Besos cantados

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  3. danioska dice:

    Desataste mi hilaridad, querido, te imaginé perfecto en ese convoy que atravesaba el Valle de lágrimas con la actitud más angélica posible. Hubiera matado por tomarle una foto a tu cara, tratando de disimular pero, supongo, más o menos fracasando en el intento. Va a cambio una mini-anécdota que me hiciste recordar: estando en Chiapas, entre San Cristóbal y Zinacantán tomé un taxi que iba totalmente bastante lleno. Lo interesante era que todos los pasajeros salvo mi entonces pareja y yo eran indígenas y hablaban en lo que creo que era tzotzil, salpicado con algunas palabras en español (identifiqué un “chingada”). Me pareció fascinante estar en México y no entender una palabra, sobre todo porque en realidad los de la lengua “extranjera” éramos nosotros, no ellos.
    En fin, te mando un abrazo que promete no reírse más de ti (ok, sólo un poco)

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