El peso de la espectativa.

 

 
Soumaya 01

El domingo pasado visité, junto a una querida amiga, el Museo Saumaya, en México. El Museo Soumaya fue fundado por el multimillonario Carlos Slim, un personaje muy poco querido por la generalidad popular mexicana. Arquitectónicamente es atractivo, moderno y, claro está, está ubicado en una exclusiva zona de la capital mexicana. Un día antes de visitarlo, mi amiga me informa que allí había obras de Max Ernst y esas fueron, para mí, palabras mágicas. El lugar que ocupa John Zorn en la música es el equivalente al que ocupa Max Ernst en la pintura. Es decir, para dejarlo bien claro: para mí, Max Ernst es dios. Así de extremista soy. Entonces me dirigí al Museo Soumaya para ver a Max Ernst y, después, si me quedaba tiempo y ganas, al resto.

En la sala número 1 del museo se encuentra una exposición de monedas, medallas y billetes que van del virreinato a la era posrevolucionaria. En la sala 2 una enorme muestra de “Asia en marfil” (de la que hablaré mañana); en la sala 3 la cosa se puso interesante: aparecieron obras de artistas como el Greco, Rubens y uno de mis altos momentos en ese lugar: Pieter Brueghel, el joven. La sala 4 mejoró aún más: Renoir (unas quince obras, pero una de ellas, un desnudo, me puso por las nubes. Pocas veces vi algo tan bello. Degas, Van Gogh, Chagall. ¿Y Ernst? Me preguntaba, pero no aparecía por ningún lado. Por suerte aún faltaba bastante por ver, así que seguimos subiendo. La sala 5 nos mostraba una exhibición temporal veneciana. Muchos, demasiados cuadros con Venecia de tema. Algunas cosas interesantes pero en poco tiempo agota lo monótono del tema. Quedaba la sala 6, un cúmulo de estatuas cuya apariencia era la de un mercado de pulgas. Demasiadas obras, demasiado material, demasiado todo. Por suerte aquí estaba Dalí, Carlos Matta, Lempicka. Estaba en el sitio justo. Había varios cuadros también y me dediqué a verlos uno por uno, pero sin suerte. Ernst no estaba por ningún lado. Pregunté al personal con el que me encontré, pero nadie parecía tener la más mínima idea de lo que estaba hablando. Bajamos al vestíbulo y pregunté por la información que figuraba en la red y sólo me dijeron que “ya no estaban en exposición”. Y eso fue todo. Con mi amiga nos fuimos a almorzar y, con la comida frente a mí, me disculpé por ser tan desagradecido. Había visto obras maravillosas, sin duda, pero me sentía incompleto (tal vez por el peso de la expectativa) por no haber visto ni una sola obra del único artista que me importaba. Supongo que debo conformarme con la idea de que Max Ernst está esperándome en algún momento del futuro.

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8 comentarios el “El peso de la espectativa.

  1. No conozco bien al pintor que citas. Creo que vi algún cuadro suyo en el MuseoTyssen en Madrid. Pero pocas veces me he detenido en él. Me encanta cómo describes tu visita al Museo Saumaya que, tampoco sabía de su existencia. Leerte, es siempre aprender. Muchas gracias, Borgeano. Feliz día. Un fuerte abrazo.

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    • Borgeano dice:

      Como sucede con esto del arte, Julie, todo es subjetivo y Max Ernst bien puede dejarte totalmente fría. Lo bonito, por otra parte, es encontrar a ese artista que parece hablarte de manera particular y eso es lo que me sucedió con este pintor. Me alega que te haya gustado la entrada; a veces uno no puede hablar exactamente de lo que vivió porque es muy difícil (o es totalmente inútil) contar con lujos de detalles todas esas vivencias (por eso del concierto de Zorn hablé poco y me fui “por las ramas”, cosa que me encanta). Y como siempre, el agradecido soy yo por tenerte aquí.

      Un fuerte abrazo.

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  2. Rosa Ave Fénix dice:

    No pudiste ver al artista por ti esperado, cosas que no se entienden, pero al menos pudiste ver otras obras que te agradaron, en los museos podermos admirar cosas que a veces no habiamos pensado… espero el de Asia…
    Abrazos,

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    • Borgeano dice:

      Soy afortunado, Rosa; de eso no cabe ninguna duda y, por supuesto, no me quejo. Pude ver obras maravillosas, muchas de las cuales me produjeron una profunda emoción (soy de esos que se emocionan y no lo ocultan ante la simple belleza. Virtud o defecto, poco me importa). Fueron muchas las obras maravillosas que vi, pero tres me conmovieron de manera particular, claro que soy afortunado. La entrada se centra en ese aspecto (real, pero no determinante) porque me brinda la posibilidad de “centrar” el texto. Insisto: fue una visita estupenda y uno no puede irse de un museo como éste con las manos vacías, nunca.

      Abrazos.

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  3. Lastima. Parece difícil encontrar exposiciones de Max.
    Donde disfrute mucho fue en Oslo, había una exposición temporal de Munch, impresionante. Con los murales enormes… nada que ver con el minúsculo Grito, que por cierto cuesta de ver en el Museo Nacional. Puede ser que nosotros lo sobrevaloramos, allí estaba como uno más, en aquel laberinto de colores… la pintura noruega no es solo él. Allí pude apreciar el estilo nórdico a flor de piel.
    Suerte, Borgeano. Si me entero de alguna exposición te aviso.

    Un abrazo

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    • Borgeano dice:

      Es cierto, es difícil encontrar exposiciones del buen Max; espero tener la posibilidad de ver alguna un día de estos (conste que si hubiese visto UNA obra de él hubiese sido muy feliz, solo UNA. si algún día veo una retrospectiva deberé tomar un calmante antes de asistir). Munch es otro digno de ser conocido (otros que me gustaría ver son Klimt y Klee, por ejemplo). Sobre el grito escribí una entrada hace un tiempo porque a pesar de ser la obra más conocida no es la más comprendida. Pero tienes razón, la obra de Munch va mucho más allá que El grito pero, como sucede siempre, la publicidad es más poderosa que la verdad.

      Un abrazo.

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