Polaroids II

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IV.

En una playa de Bocas del Toro, una isla casi inhabitada en Panamá; encuentro al pie de una palmera los fragmentos del cráneo de un animal. Como si fuesen las piezas de un rompecabezas tridimensional olvidado allí por un niño, entre la espuma de las olas y los cocos verdes, comienzo a unir los fragmentos de hueso (probablemente el cráneo de un pequeño mono). Desgastados por el agua, se deshacen entre mis dedos y se funden para siempre con la arena blanca.

V.

Por pura coquetería se había puesto unas botas de piel muy bonitas; pero poco aptas para caminar por la nieve del Central Park. La piel había ido absorbiendo el agua derretida y ahora sus pies estaban helados. Esperamos, de todos modos, a que cayera la famosa bola blanca con que se da inicio el principio del año en Nueva York; pero aún faltaba mucho y ella ya no soportaba el frío. Decidimos irnos. Tomamos el metro hasta el aeropuerto JFK y allí abordamos el transporte que debía llevarnos al hotel. Estábamos solos, esperando al chofer que tardaba en llegar. Oímos el estruendo de los cohetes y la explosión de los festejos a nuestro alrededor. Feliz año nuevo, nos dijimos mientras yo masajeaba sus pies intentando que entrara en calor.

VI.

Todo es hijo de una lejana promesa que nunca hice.

VII.

En el Jardín de las Rosas, en Morelia, la charla en los cafés se ve interrumpida constantemente por personas de todas las edades ofreciendo algo para ganarse una moneda. Artesanos, vendedores, músicos, niños, mendigos, floristas; todos ellos tratan de pelear el centavo como pueden, ofreciendo sus servicios. La única que no interrumpe es ella. No sé su nombre y tampoco sé si alguno de mis amigos lo conoce. Ella sólo se para a tu lado, revisa su bolso de donde invariablemente saca un rollo de hilo de color y de él extrae un rollo pequeño que de manera muy prolija envuelve entre sus dedos y que luego deja, en silencio, a tu lado. Si levantas la mirada la ves concentrada en el siguiente rollito, el que dejará al lado de la siguiente persona en la mesa. Murmura siempre algo ininteligible. Nunca la oí decir una palabra, aunque siempre sus labios están en movimiento y aunque es posible oír el murmullo callado entre sus dientes. Acepta la moneda que se le da y sin mirar a nadie se dirige a la siguiente mesa; donde vuelve a buscar en su bolso otro rollo de hilo, tal vez de otro color; tal vez, luego de tanto revolver, termine sacando el mismo.

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5 comentarios el “Polaroids II

  1. Mi apuesta por tus “Polaroid” sigue en alza ¡bravo!
    Todas las “imágenes” me gustan, pero de ellas destaco la primera porque me atrae aroma de poesía, y la cuarta, por ser su historia entrañable y por la dulzura de su prosa.
    Un fuerte abrazo. Y gracias.

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    • Borgeano dice:

      Tú y Danioska, querida Isabel, son las que más apuestan por mi “costado poético”, cosa que agradezco muchísimo, ya que es uno de los aspectos donde suelo encontrarme menos seguro. Sus palabras me ayudan a seguir intentándolo. ¡Gracias!

      Un fuerte y cálido abrazo.

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  2. danioska dice:

    Preciosa colección de instantáneas espontáneas, ay, tan misceláneas.
    Me encantó la historia de la mujer de los hilos, ahí hay un cuento, me parece. (Nota al margen, aunque las páginas web y los blogs no tienen márgenes: cuando estoy leyendo, a veces me brinca una imagen o una frase y anoto “aquí hay un poema”, porque no me cabe duda de que es así. Con frecuencia así han surgido versos que más o menos intentan sostenerse, aunque en otras ocasiones al paso del años abro un libro, encuentro el consabido “aquí hay un poema” y por más que leo y releo las líneas en cuestión no veo el poema. Ya ves, acabo de aportar mi propia Polaroid…). En fin, celebro este compendio de retazos que arman un tapiz de colores.
    Abrazos,
    J

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    • Borgeano dice:

      Bienvenida sea esa Polaroid tuya. Me alegra muchísimo que sean de tu agrado y que veas en ella (aunque sea hoy y no mañana) una veta poética allí. Estos fragmentos no los corrijo, salen y así van a la entrada; tal vez haya algo en ese modo de escribir –además, claro del acto evocativo en sí, el cual siempre trae consigo algo de poético– que los haga inclinarse hacia ese lado. Me gusta escribirlos y creo que habrá algunos más. Veremos si Erato se digna a regresar llegado el momento.

      Abrazos agradecidos.

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