Las necesidades de un escritor.

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Lo que necesitáis, jóvenes escritores, no es más que la vida misma, nada más que la belleza y depravación de la tierra; es el campo de mi padre y la inaudita perseverancia de mi madre, es la lucha de vuestras almas a la que tiene que arrastraros vuestra propia hambre y vuestra propia depravación, es el ansia de fama que atormentaba a un Verlaine o un Baudelaire en los «campos elíseos». Lo que tenéis que tener no son seguros de enfermedad y becas, premios y becas de estímulo; es la falta de hogar de vuestras almas y la falta de hogar de vuestra carne, el desconsuelo cotidiano, la desolación cotidiana, la helada cotidiana, el dar media vuelta todos los días, un pan solo cotidiano que en otro tiempo hicieron surgir criaturas tan maravillosas y miserables como Wolfe, Dylan Thomas y Whitman, ciudades, paisajes, es decir, logros frente al polvo, el mensaje de una existencia atormentada, incorregible, que se devora de hora en hora para crear poesías nuevas y poderosas. Lo que necesitáis está por todas partes, donde uno se levanta y muere, donde la lluvia lava la piedra y donde el sol se hace tormento.
— Thomas Bernhard. Citado pro Patricio Pron

La cita de Thomas Bernhard con la que abro la entrada hace referencia más que nada a la necesidad de incentivo; es decir a la necesidad moral; por decirlo de algún modo; pero eso no es privativo de los escritores, sino que es válido para todo artista que se precie de tal. Ahora, entrando a un terreno meramente práctico, tal vez una de las grandes ventajas que tiene la escritura por sobre otras disciplinas artísticas es que no necesita de instrumentos o soportes como una tela o un escenario; un escritor se las arregla con unas hojas y un bolígrafo o un lápiz y ya, nada más necesita para poner manos a la obra. Moralmente sólo se necesita la vida; prácticamente sólo es necesario un poco de papel. En síntesis: no hay excusa alguna para no trabajar.

Nota: la traducción de la cita no me parece de las mejores y en un momento pensé en retocarla un poco; pero luego preferí dejarla así como está, ya que al menos tiene la virtud de trasladar la prosa de Bernhard con ese ritmo algo atropellado que lo caracteriza. Thomas Bernhard no se preocupaba mucho por las aliteraciones o las cacofonías; si debía repetir diez veces en una página una misma palabra lo hacía y punto; eso era todo. Tal vez haya alguna enseñanza allí.

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