La remota majestad de un ídolo

carniceria

“Mi padre me dijo que me fijara bien en los soldados, en los uniformes, en las banderas, en las iglesias, en los sacerdotes y en las carnicerías; ya que todo eso iba a desaparecer y algún día podría contarle a mis hijos que había visto esas cosas. Hasta ahora, desgraciadamente, no se ha cumplido esa profecía”. Copio esta frase de un documental de o sobre Jorge Luis Borges. Mientras transcribo esas líneas recuerdo que en el primer libro de poemas de Borges hay un poema titulado, precisamente, Carnicería.  Supongo que ese texto le llegó al poeta a través de la enseñanza paterna, además de la visión diaria de ese desagradable comercio.

Al margen, y es un tema que quedará para otra ocasión, me queda en carpeta el tema del acto (de la necesidad; de la posibilidad de tomar otra opción, de los lineamientos morales, de los aspectos prácticos, etc.) de matar animales para comer o vestirnos. Por ahora, me quedo en aquel recuerdo de Borges y en su poema:

Carnicería

Más vil que un lupanar
la carnicería rubrica como una afrenta la calle.
Sobre el dintel
una ciega cabeza de vaca
preside el aquelarre
de carne charra y mármoles finales
con la remota majestad de un ídolo.

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10 comentarios el “La remota majestad de un ídolo

  1. […] a través de La remota majestad de un ídolo — El Blog de Arena […]

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  2. La opción vegetariana o vegana está ahí. En lo personal tome la decisión ( motivos éticos, de salud, entre otros) de hacerme vegetariano hace cuarenta años.
    Borges y tú siempre incisivos. 🙂

    Un abrazo

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    • Borgeano dice:

      ¡Qué gusto verte por aquí, Xabier! Dices bien: la opción está ahí, así que a nadie puedo culpar por mi demora; así que ben merecido el tirón de orejas.
      Borges es el que siempre es incisivo, yo sólo tengo buena memoria y recuerdo algún que otro texto que puedo enlazar con lo que estoy viendo o leyendo, eso es todo por mi parte.

      Un fuerte abrazo.

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  3. Javi B. dice:

    Buena reflexión. A mi parecer la batalla no está en comer o no comer carne. La guerra está en tener a los animales en condiciones más dignas y limitar el consumo de carne. Ya que en realidad no es bueno abusar de ella. Aún queda un largo camino por recorrer en este sentido.

    Un abrazo y, por cierto, me ha gustado el poema.

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    • Borgeano dice:

      Por mi parte la batalla ética permanece, Javi; porque tener a un a animal en buenas condiciones pero de todos modos matarlo para satisfacer mi apetito sigue pareciéndome un signo de barbarie. Del mismo modo me planteo cuáles son los límites que nos imponemos ¿Por qué comer una vaca está bien mientras que comer un perro, no? Vemos en las latas de atún que se dice “libres de delfines” ¿Y qué hicieron los atunes para no tener buena prensa; por qué ellos sí y los delfines, no? El tema es complejo, sin duda.

      Un abrazo y gracias por estar aquí.

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  4. Me encanta Borges, y siempre que te leo me haces recordar algo que he vivido. Hace unos años yendo y viniendo por la carretera, en la cuneta, un día vi una oveja muerta, sin duda se escapó del rebaño o se murió por algo que el pastor no percibió… El ir y venir todos los días, era motivo para ir observando su putrefacción, un día paré el coche y ya mitad tierra y mitad esqueleto, le hice una foto, que estará perdida entre las muchas fotografías que guardo. Pero ante este hecho escribí un libro de poemas que hoy está en Morelia, en los bolsillos de mi editor, tal vez algún día lo publique, lo titulé La oveja muerta, y al leerte y con Borges, me hiciste recordarlo. Gracias por recordármelo, amigo. Un fuerte abrazo.

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    • Borgeano dice:

      Comienzo con otra anécdota (similar a la tuya pero ajena): Adrian Belew, un estupendo guitarrista, iba por la carretera hacia su casa cuando un perro se atraviesa en el camino y él no puede hacer nada por evitar atropellarlo. Presa del remordimiento, al día siguiente Belew compró acrílicos y se puso a pintar sobre ese tema. Luego de muchos años usó una de esas pinturas como la tapa de uno de sus discos. Creo que tu anécdota, sumada a la de Belew y a otras muchas que hemos vivido o que hemos sabido (yo utilizo un accidente parecido con un perro para que un personaje mío comience a reflexionar sobre su propia muerte, por ejemplo) nos muestran que el espíritu humano es uno y el mismo. Quien fervientemente creía eso era Arthur Schopenahuer, el que, además (y como síntesis) decía que podía reconocerse el estado espiritual e intelectual de un pueblo por cómo trata a los animales.
      Todo cierra, de un modo u otro.

      Un fuerte abrazo.

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  5. Chocani dice:

    Me encantó la imagen que acompaña a tu texto, me la tendré que robar. Me recuerda cuando mi abuelo mataba a cuchillo un cabrito en el patio de tierra de la casa y dejaba al animalito desangrándose convulso al lado de la coladera. Yo tenía menos de siete años y los gestos del matarife estaban por encima de cualquier consideración moral: en el todavía acogedor universo familiar la muerte precedía al festín, al festejo. Ese sacrificio era sólo parte de otra cosa más compleja y singular, así que me dedicaba a mirarlo con la curiosidad puesta en el proceso exacto, casi artístico, de desollamiento, evisceración y destazamiento, fascinada siempre por las texturas, olores y colores; los residuos de la sangre oscura, diluida por el agua vertida a jicarazos, desapareciendo por entre las piedras de la coladera; el chivito que pateaba cada vez más debilmente mientras la mirada se le ponía progresivamente más lastimera y luego sólo acuosa, ausente. Como la de la cabeza de la vaca en la imagen; revestida todavía con el suave vellón del animal joven al que yo y mi primo habíamos acariciado enternecidos durante los días anteriores al sacrificio.

    ¿Qué queda de todo aquello, de esas sensaciones exuberantes y, mucho más importante aún, de esa visión frontal y desnuda de la muerte, en las hileras de paquetes cárnicos dispuestos geométrica y asépticamente en los supermercados? Poco o nada; lo único que encontramos allí es el necio empecinamiento en no mirar la muerte; mirarla sólo de soslayo, oblicuamente.

    Prefiero siempre la heterogeneidad de los mercados y las carnicerías en las que todavía corre la sanguaza y vuelan las moscas, y aunque siento piedad por el animal sacrificado, la visión de la carne abierta o las partes fraccionadas no me produce ni horror ni asco, sino profunda identificación; no debemos olvidar que así estamos hechos todos.

    Y bueno, el problema ético, aunque enormemente complejo, no se reduce tampoco, me parece, únicamente a los animales; como dijo Musa el liberto: ‘mortibus vivimus’. (Acá el link con la cita completa: https://chocani.wordpress.com/2016/08/25/mortibus-vivimus/)

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    • Borgeano dice:

      Tu primer párrafo es una maravilla narrativa, Chocani. Pude vivir esas mismas sensaciones no hace mucho tiempo. En mi caso, hace unos seis años me fui a vivir a un pueblo rural de ochocientos habitantes del interior de mi país. Allí tenía una tienda y alguna gente me pagaba las cuentas mensuales con animales (cerdos u ovejas), las cuales había que sacrificar para poder vender luego. Claro está, yo nunca pude hacer eso y debía pagar para que hicieran esa faena. Por mi parte ni siquiera pude asistir a uno de esos actos; cuando llegaba el vecino que iba a hacer el trabajo yo me iba de allí de inmediato. Esto, claro, expone nuestra (mi) contradicción, ya que luego no tenía problema alguno en vender o en comer esa carne; y esa contradicción todavía me interpela con fuerza.
      Gracias por estar aquí y por tu comentario detallado y que abre, sin dudas, a un diálogo mayor.
      Por cierto, reduje la imagen para la entrada, pero la encontrarás en la red con una definición mayor.

      Un abrazo.

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      • Chocani dice:

        Gracias a ti por motivarme a escribir y así compartir algo que siempre he sentido muy muy cercano y que estos tiempos nuestros se esfuerzan por enmascarar: el aspecto estético, seductor y a la vez terrible de la muerte. Qué bueno que acá haya surgido una oportunidad para dialogar sobre esto de la manera más considerada y honesta; justamente sigo tu blog con bastante regularidad porque siempre encuentro algo muy auténtico en cada entrada. Va un gran abrazo, Borgeano.

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