Charlando con Diógenes

 

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Estábamos con L., dando el habitual paseo nocturno cuando nos sentamos en una de las bancas de piedra de la plaza. L. me hace unas señas y veo a un hombre (me cuesta llamarlo “indigente”) sentado en el extremo del banco. En un primer momento no veo lo que me señala, pero luego sí: una pequeña perra, de unos pocos meses, se acurruca en su falda. Ambos duermen con tranquilidad. Poco a poco la perra se va deslizando y parece que va a caerse, pero el hombre, como una madre atenta aún durante el sueño, vuelve a acurrucarla y su regazo y entrelaza sus dedos para que así la cachorra esté más cómoda.

Le digo a L. «¿Te diste cuenta? Es Diógenes». Aclaro que mi fascinación por el filósofo griego es tal que la imagen que ilustra esta entrada también es el fondo de pantalla de mi laptop, así que la referencia no fue gratuita ni tuve que añadir nada más. L. sabía lo que yo le decía, aunque nunca supusimos que eso pasaría a ser algo un poquito más real. Me explico:

Algunos minutos después el hombre despierta y le preguntamos por la perra y una cosa llevó a la otra y mantuvimos una larga charla en ese banco de piedra de la plaza de Morelia. Él se llama Javier y constantemente se refería a su perra (“Chiqui”) como “Su mejor amiga”, “su juguete favorito”, “su mascota preferida”. Nos contó su historia y, en un momento dijo algo único: “Yo no molesto a nadie y sólo quiero que nadie me moleste”.

Si Schopenhauer tiene razón (y en general la tiene), cuando una persona observa algo con desapego artístico, es la misma persona que lo observó antes, no importa si fue hace doscientos años, si es ahora o si será dentro de otros doscientos años. Ese desapego emocional que nos permite el arte y el pensamiento hacen que nos separemos de la mediocridad general de ser un mero humano para pasar a ser algo más; algo que excede a esta pequeña cosa que somos. Si Schopenhauer tiene razón (y en general la tiene), ese hombre, en ese momento fue Diógenes. Esas palabras son las mismas que Diógenes le dijo a Alejandro Magno: «Quítate que me tapas el sol». Esa imagen que tuve al principio, la del vagabundo con su perro durmiendo mientras el mundo se afana en sus cosas triviales (mientras todos pasan mirando sus teléfonos móviles; mientras pasan con sus bolsas de la tienda de moda, mientras sacan de sus bolsillos las llaves para poner en marcha el auto) se convirtió en una realidad minutos más tarde cuando el filósofo me recordó que nada es más importante que la paz interior y que yo, todavía, tengo demasiadas cosas

L. y yo tuvimos la suerte, al menos por un instante, de charlar con el mismísimo Diógenes, quien viajó a través del tiempo para decirnos, a su modo, que nos corriéramos un poco y no le tapáramos el sol.

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11 comentarios el “Charlando con Diógenes

  1. ..”y que yo, todavía, tengo demasiadas cosas”. me quedo esa frase. ¡Que difícil soltar! sobre todo si es ese palo al que me agarro como ultima cosa que me une a lo terrenal… Y todo mi cuerpo me está diciendo que suelte, que me despoje de… A veces siento envidia por Diógenes, que puede pedirle al mismísimo emperador que no le quite el sol. Y yo, pobre de mí, asida a éste palo sin atreverme a dejarme llevar…
    Un afectuoso saludo, Borgeano.

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    • Borgeano dice:

      ¡Y las tengo! sólo tenía un bolso con ropa y mi mochila con la laptop. ahora tengo un montón de libros y demasiadas camisas. Tengo que deshacerme de algunas de esas cosas. Aprendí (y esto no es algo que diga del mismo modo en que se dicen ciertas cosas en una charla de sobremesa; sino que es algo que realmente lo tengo como una norma de vida) que liviano se viaja mejor y la verdad es que ya siento el peso de las muchas cosas que están atándome.

      Un abrazo.

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  2. … Y no, “nada es más importante que la paz interior”. Me encantó tu entrada, un fuerte abrazo. Otro para Javier, otro para “Chiqui”… sin olvidar a Diógenes.

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    • Borgeano dice:

      Pues en síntesis es lo que siempre estamos buscando, Julie: paz interior. Javier la consiguió pagando un precio muy alto; pero él es feliz así y eso es digno de admiración. Ayer, casualmente (esta entrada estaba programada desde hace un par de semanas) volvimos a verlos en una esquina, él dándole de comer a la perrita y sin prestarle atención a nadie de alrededor… Fue una pena que ese día no lleváramos la cámara con nosotros, de lo contrario hubiese ilustrado la entrada con su foto. Pero sé que nos volveremos a cruzar y que me dará material para otra entrada más.

      Un abrazo.

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  3. Son las elipsis del destino que nos trae enseñanzas que siempre han estado, pero que hemos ignorado.

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  4. luluviajera dice:

    Me fascina primero que nada esta entrada segundo me encanta cuando hablamos de diogenes. Y es que es tan difícil soltarnos de las cosas y no vemos más allá. de lo que no necesitamos. Y cuanta gente no hay asi como diogenes y no nos damos cuenta. por cierto lo vi de nuevo y me conmovió ver que salia de una tienda y le daba de comer a chiquis que maravilla los que menos tienen son los que más dan.
    un fuerte abrazo. besos.

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  5. evavill dice:

    Me ha parecido muy tierna la imagen de Diógenes, porque seguro era él, rescatando dormido a la perrita para que no se caiga.

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  6. dramagico dice:

    Excelente publicación

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