El arco o la ballesta

 

Baallesta

 

Los movimientos sociales o culturales son siempre bienvenidos si partimos de la idea de que todo movimiento implica evolución y que, por el contrario, todo conservadurismo implica un anclar las cosas en un solo y único estado, sin permitir modificación alguna sobre ellas. Está muy bien, entonces, adentrarse en el camino del movimiento y del cambio, pero siempre y cuando pongamos en funcionamiento, para ello, las capacidades críticas que tenemos como especie y no solamente el deseo personal o las conveniencias particulares, que más bien parecen propias de la animalidad que de la humanidad de la que decimos formar parte.

Esto viene a colación porque, últimamente, he notado un acentuado deseo de imponer ciertas normas artificiales —cuando no delirios absolutamente personales— al conjunto de la sociedad, como si se pudiese establecer por ley lo que no puede ser ni siquiera considerado por costumbre. Ahora cualquiera pretende que su postura personal sea considerada en igualdad de condiciones con la lógica, la ciencia, la moral o la justicia según su buen parecer y bajo la premisa absurda del «Yo soy igual que todos y la opinión de uno es igual a la de cualquiera». Bajo esta fachada de igualitarismo (el cual parece fabricado en un jardín de infantes más que en una universidad) encontramos, generalmente, las verdaderas razones de su existencia: una victimización constante, una notable incapacidad para la superación personal, una patética necesidad de obtener la lástima ajena.

 

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Es fácil reconocer a estas personas: hablan siempre desde el yo, nunca desde la abstracción y, por supuesto, prefieren las anécdotas a los razonamientos. Es por eso que haría falta recordarles, antes de cada debate o cruce de palabras, aquella sentencia de Samuel Johnson: «El testimonio es como una flecha disparada desde un arco largo; la fuerza de la misma depende de la fuerza de la mano que la arrojó. El argumento es como una flecha disparada por una ballesta, que tiene siempre la misma fuerza, aunque la haya disparado un niño».

Dediquémonos, entonces, a las ballestas y sus flechas certeras y, cuando veamos a alguien acercarse con un arco largo, dejémoslo pasar de largo, rumbo al arenero donde juegan los niños del jardín de infantes.

8 comentarios el “El arco o la ballesta

  1. Muy interesante.

    Sobre el tema de la igualdad hay demasiada demagogia e intereses.Perfecta la frase de Samuel Johnson.

    Un abrazo

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    • Borgeano dice:

      Lo que me resulta molesto es la imposición leguleya; la igualdad es algo deseado, pero que no debe darse por sentado o porque sí ¿Es necesario recordar que no somos todos iguales? Vuelvo a Perogrullo en esta cuestión.

      Un abrazo.

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  2. Leyla dice:

    Muy buen post e idea, Borgeano. Saludos

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  3. Tengo experiencias muy vívidas de hasta donde puede llegar el artificio de imponer el igualitarismo como norma. Se de primera mano hasta que confines del absurdo puede llegar una nación.Los seres humanos no somos iguales, tenemos diferentes habilidades, gustos, deseos, intereses. Imponer el igualitarismo es instaurar la dictadura del absurdo. Conlleva, además, a muchos males. Nadie se esfuerza, a nadie le interesa sobresalir, ser mas productivo o exitoso en una sociedad que te quita el producto de tu trabajo, de tu esfuerzo para repartirlo.
    La distribución de las riquezas no puede ser así de arbitraria, tiene que ser mas sutil.

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    • Borgeano dice:

      Tocas un tema muy sensible, Roberto; si bien estoy en un todo de acuerdo contigo en la primera parte de la exposición, con la segunda parte todavía tengo algunas cosas que meditar. Te leo y, por supuesto, en una primera aproximación digo que sí, que tienes la razón en todo; pero tengo cierto prurito en aceptar de plano la idea de la meritocracia. Insisto en que en un primer momento digo un sí rotundo, pero aún me quedan algunas ideas que pulir.
      Agradezco tu comentario porque, precisamente, me impulsa a seguir en la línea del pensamiento.

      Un fuerte abrazo.

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  4. Ser iguales ante la ley es y debe de ser una norma. Pero una sociedad igualitaria, tiene demasiados asegunes. Abrazo grande.

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