El eterno encanto del animal consciente

 

Borges decía que uno podía toparse con la poesía en cualquier momento y en cualquier circunstancia. En una conversación callejera, por ejemplo, una persona cualquiera podía dejar caer un verso maravilloso sin ser consciente, siquiera, del valor de lo que había dicho. Es por eso (no recuerdo si esto lo dijo Borges o si es una conclusión lógica de lo anterior) que hay que estar atentos a lo que oímos por aquí o por allá, ya que nunca sabremos cuándo la belleza o el asombro se harán presentes.

Hace un par de días me pasó, precisamente, eso (el párrafo anterior y los que siguen nacieron gracias a ese encuentro fortuito, por supuesto). Conversaba con una querida amiga y yo le dije algo así como «eres demasiado buena persona» (hablábamos de cómo nos movemos en sociedad); a lo que ella respondió de inmediato: «No, soy un animal que toma decisiones conscientes».

 

Camus 02

 

Esas palabras me remitieron a una novela que acado de terminar hace unos días: La peste, de Albert Camus. En ella nos encontramos con uno de los problemas básicos del ser humano: la empatía, el otro, y, por sobre todas las cosas, en cómo actuamos o actuaríamos nosotros mismos bajo esas circunstancias. Camus opta por el humanismo puro, por encontrar lo mejor de nosotros en esas circunstancias tan apremiantes. Es así que los personajes dejan a un lado lo peor de sí para volcarse al trabajo comunitario, al apoyo al otro, al trabajo colectivo. ¿Qué es entonces un verdadero ser humano? Pues aquel que olvida lo más básico de sí para hacer lo correcto; es decir, lo que dijo mi amiga: «Un animal que toma decisiones conscientes». Veamos lo mismo dicho por Camus:

Camus 01«Sé únicamente que hay en este mundo plagas y víctimas, y que hay que negarse tanto como le sea a uno posible estar con las plagas. Esto puede parecerle un poco simple y yo no sé si es simple verdaderamente, pero sé que cierto. […] Entonces, tomé el partido de hablar y obrar claramente, para ponerme en buen camino. Así que afirmo que hay plagas y víctimas, y sólo eso. Si al decir esto me convierto yo también en plaga, por lo menos será contra mi voluntad. Trato de ser un asesino inocente. Ya ve usted que no es una gran ambición».

«Claro que tiene que haber una tercera categoría: la de los médicos de verdad, pero de éstos no se encuentran muchos porque debe ser muy difícil. Por esto decido ponerme del lado de las víctimas, para evitar estragos. Por lo menos, entre ellas voy viendo cómo se llega a la tercera categoría, es decir, a la paz».

«Para concluir, Tarrou se quedó balanceando una pierna y dio golpecitos con el pie en el suelo de la terraza. Después de un silencio, el doctor se enderezó un poco y preguntó a Tarrou si sabía cuál camino había que coger para llegar a la paz.
—Sí, la simpatía».

 

Aquellos que no podemos ser médicos de verdad podremos, al menos, intentar el camino de la simpatía; es decir, ser, al menos, ser animales que toman decisiones conscientes. Eso, en el mundo de hoy, no es poca cosa.

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9 comentarios el “El eterno encanto del animal consciente

  1. María dice:

    Decisión difícil en esos tiempos que corren, amigo mío.
    Pero yo, voto por la simpatía.
    Buen domingo, Roberto!

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  2. Ser animales conscientes es parte de la humanización. Saludes y abrazo.

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  3. La simpatía y la empatía, son lo esencial para llegar a un mejor mundo, a una verdadera humanidad.

    Un abrazo.

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    • Borgeano dice:

      Razón de más para asombrarse ante lo que vemos a diario a nuestro alrededor. ¡Ni siquiera lo hacen por beneficio propio! Si supieran que al actuar así también se benefician ellos…
      Pero no hay que ser tan negativos; también en el mundo hay muchos que hacen las cosas bien sólo porque es lo correcto. La cuestión es, como siempre, ser uno de ellos.

      Un fuerte abrazo.

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  4. jaldegundep dice:

    Me parece una muy buena reflexión: empatía, simpatía y animales conscientes. Un abrazo.

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