Breve ensayo sobre el cansancio

Parte I: la gente

Leyendo los comentarios a entradas anteriores, me encuentro con dos que me dejan material para pensar o, sería mejor decir, para poner en claro a algunas de mis ideas. Uno de esos comentarios hace referencia al uso del término «populacho» en referencia, claro está, a la masa indiferenciada. Esta crítica se me hace, también, en lo personal. Cuando hablo suelo usar la misma idea y generalmente se me señala que eso se considera incorrecto, poco amable, grosero. En mi última entrada, en la que copié algunas entradas de unos diarios personales de hace casi diez años, ya señalaba que lo políticamente correcto me parece una actitud poco menos que falsa e intelectualmente cobarde. Está claro que la cuestión no es la de andar insultando a diestra y siniestra y, mucho menos aún, la de creerse por encima de nadie; pero vamos, que tampoco la idea opuesta, la de creer que todos son iguales, es la más deseable de las actitudes.

Y esto último no lo digo por uno mismo, quien no tiene más valor que el de cualquiera que se encuentre dentro del promedio general; sino que lo digo por aquellos que sí han alcanzado algún grado de excelencia y que son menospreciados por aquellos que no tienen la altura suficiente ni como para subirse (solos) a un banquito, cosa de ver un poco más lejos. Es ahí cuando la referencia al populacho, a la masa o como sea que se denomine al grupo mediocre en general tiene sentido. Cuando uno se encuentra con que aquel que ha dado su vida para lograr lo que nadie ha logrado antes  ―independientemente del ámbito al que se haya dedicado―, es menospreciado o ridiculizado por aquellos que no entienden ni quieren entender y que además se jactan de esa ignorancia («A mí nadie me va a hacer creer que…» es una de sus expresiones favoritas), sabe que se encuentra ante lo más bajo de una forma social (ya que no se trata de clases sociales aquí, sino de formas sociales; es decir de actitudes o hábitos de ciertos grupos). De allí que denominarlos con expresiones tales como masa o populacho no sea una forma denigrante de señalarlos, sino sólo descriptiva. Lo que es denigrante es la actitud de estas personas, después, señalar su existencia es algo secundario (si no se quiere usar una expresión como «populacho» habrá que buscar alguna otra ¿y cuánto tiempo pasará, entonces, hasta que lo políticamente correcto vuelva a señalarnos que está mal decir esa nueva expresión?).

El segundo comentario hace referencia a algo que dije sobre no tener fe «ni siquiera en mí mismo» y agrega que «el escepticismo no da margen ni siquiera para excluirnos a nosotros mismos»; cosa con la que estoy de acuerdo, pero sólo hasta cierto punto ¡y es que soy tan voluble que ni siquiera puedo ser constante en ello! Y enlazo esto con lo anterior: lo que me cansa de la gente es, precisamente, que no saben ser, ni siquiera por un rato, escépticos. No hay modo en que uno pueda estar con alguien sin que ese alguien de inmediato se ponga a hablar, a decir algo, lo que sea y, lo peor de todo, es que la gente sabe todo de todo. ¿Cómo lo hacen? No tengo ni idea; pero nadie parece poder decir «No lo sé», temiendo, tal vez, el escarnio ajeno y exponiéndose así, precisamente, al escarnio ajeno; porque es bajo este saber todo de todo que se dicen las burradas más grandes y vergonzosas.

¡Qué lejos de aquel sano escepticismo del viejo Pirrón! Pirrón argumentó que la actitud que más conviene adoptar es la epojé, es decir, la suspensión del juicio o de la afirmación; y luego otro de la misma escuela, el finado Sexto Empírico diría que la epojé es «el estado de reposo mental por el cual ni afirmamos ni negamos». ¡Nada menos que «reposo mental»! Sólo se trata de eso: de descansar un rato; de decir «No lo sé» cada tanto (incluso cuando no corresponde; sólo para no tener que vernos envueltos en discusiones banales, por ejemplo).

Pero hasta en esto hay límites, por supuesto (es por eso que dije que no puedo ser constante ni siquiera en estos asuntos). Se dice que Pirrón dejó de hablar porque, al no poder afirmar ni negar nada, el acto de pronunciar una palabra ya estaría contradiciendo a su propio pensamiento. Más allá de la exageración de la anécdota, la verdad es que hay que ser escéptico hasta cierto límite. Aquel que por coherencia intelectual crea que debe permanecer dentro del escepticismo ―o de cualquier otra escuela― en pleno beso, no es más que un imbécil. Cada cosa en su lugar. Todo es tan complejo (el mundo y nosotros en él) que hay que adaptarse y acomodarse como corresponde a cada situación o, al menos, hay que intentarlo con la mayor de las intenciones. Algo tan simple como eso es lo que marca la diferencia con el populacho (cof, cof… con perdón de la expresión).

8 comentarios el “Breve ensayo sobre el cansancio

  1. Carmen B. dice:

    Estaba aun frente a mi ordenador cuando ha aparecido el banner , avisando que “Borgeano ha publicado….. y me he ido a leerte . entresaco una frase: “”Pero nadie parece poder decir «No lo sé»”, y otra: “todo el mundo habla de todo y sabe de todo… ”
    Pues si que es así. yo recuerdo antes, cuando yo era una cría; o sea hace muchos años que si hablaba una persona talentosa se hacía un silencio total; nadie osaba decir palabra en esa reunión; ya fuera una reunión en familia, entre amigos, o en la propia TV.

    Ahora, en cambio, pasa eso que señalas; enseguida sale quien o quienes te dan con la clave, o en el clavo, o te dan la solución, o peor aún; mil posibles soluciones. El populacho, o la masa como llamaba Ortega Y Gasset, refiriéndose a esa aglomeración donde se pierde el individualismo y, también, la originalidad y pasa el individuo a ser ; Ortega , nuestro gran filosofo dice:

    “La Masa”” …Es todo aquel que no se valora así mismo-en bien o en mal-por razones especiales sino que se siente como todo el mundo, y sim embargo, no se angustia”… -Ortega Y Gasset;
    La Rebelión de las Masas”

    No se enfaden quienes no gusten del término Populacho, que no insulto. No. pero desde luego no se refiere a ” Selecto”, o Excelente”; La división de la sociedad en masas y minorías excelentes no es, según Ortega, una división de clases sociales, sino en clases de hombres.
    Y es que , el hombre tiene siempre la libertad de elegir si quiere ser masa, o estar la minoría selecta.
    Buenas noches por estos lares,
    Un abrazo

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    • Borgeano dice:

      Los de nuestra edad corremos el riesgo de caer en la tentación de decir “¡Qué tiempos aquellos!”, lo cual no deja de ser, también, un error. Pero sin duda que hay cosas del pasado que eran mucho mejores que las de ahora. El respeto a la autoridad (y mira que tengo que hacer un esfuerzo para escribir esta oración) era una de ellas. Claro, ahora aprovecho para aclarar que hago referencia a la autoridad que se ha ganado ese título a fuerza de trabajo y talento; no a la mera autoridad impuesta por un ley arbitraria. En síntesis: que hay que darle, al que sabe, el lugar que se merece y los demás tenemos que aprender de ellos.
      En estos tiempos posmodernos que no terminan de irse (y que no creo que vayan a irse enseguida precisamente porque le dan voz al que no la merece) la idea es la contraria: cualquiera puede decir lo que le viene en gana, total, “todo es opinión”. Y así andamos…
      Haz hecho bien en señalar la distinción fundamental: aquí lo que se establece es la distinción entre “populacho” o “masa” contrapuesto a “selecto” o “excelente”. Creo que ésa es la síntesis perfecta y nadie con dos dedos de frente puede sentirse ofendida por esa explicación. (¿Dije alguien “con dos dedos de frente”? Pues ya va a caer alguno…).

      Un abrazo y gracias por tu comentario.

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      • Carmen B. dice:

        Es cierto , Roberto; yo también intento no caer en lo de “ay! aquellos tiempos” por que no todo era mejor aún ahora, no mucho menos. Pero ¡cuánto echamos de menos algunos valores como el que se ha referido!
        Un placer , amigo. Y gracias por tanto bueno.

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  2. Estimado amigo, (pese a no conocerte personalmente, así te considero)
    Sigues una línea de pensamiento en la que siempre acabo coincidiendo contigo.
    En el tema que hoy planteas también.
    Y es una constante, está claro que no se puede caer bien a todo el mundo.
    Y el ser humano real tiene claroscuros.
    Y sí, llega un momento que uno se cansa de la tontería.
    Así que agradezco que lo digas, es reconfortante saber que no soy el único con esa sensación.

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    • Borgeano dice:

      Juan Francisco: gracias por hacerme el honor de considerarme tu amigo; sin duda uno puede, por este medio, sentirse más cerca de lo que se siente con muchas de las personas que lo rodean a diario.
      Creo que somos muchos los que pensamos de este modo, el cual no es, de ninguna manera, clasista o jactansioso ni nada por el estilo. Creo que es simplemente una cuestión de sentido común: hay –mal que le pese al pensamiento posmoderno– grados de excelencia en toda disciplina (la pruebas que pueden presentarse son muchas; pero la más obvia es que si no existieran esos grados de separación, la humanidad no hubiese avanzado absolutamente, ya que todos seríamos parte de una masa amorfa y ridículamente homogénea. Ya es idea es suficiente como para considerarla como una reducción al absurdo).
      Un segundo problema es que la gente que piensa como nosotros –la cual sé que es una mayoría– en general no dice nada (y a veces lo entiendo y hasta lo comparto: tratar de convencer a un idiota de algo –de que la Tierra no es plana, por ejemplo– puede llegar a ser un trabajo agotador); y es allí donde los otros ganan terreno. Como no tienen casi oposición, encima creen que tienen razón.
      Yo te agradezco a ti por tus palabras porque, como acabo de decir, a veces uno calla y no debería hacerlo.

      Un abrazo.

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  3. Soy un seguidor de su blog, es uno de los pocos que leo, y hoy me maravilló. El segundo punto es perfecto, pero el primero también, je, je… aunque políticamente incorrecto. Felicitaciones por el blog.

    José

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    • Borgeano dice:

      Muchas gracias, José, por tus palabras. Cuando se habla de estos temas (o cuando se habla en estos términos) en general lo que se cosecha son críticas o señalamientos “educados” que nos indican por dónde deberíamos ir o cómo deberíamos hacerlo. Hoy, por fortuna, me encuentro con que ha sido todo lo contrario, lo cual no deja de ser un soplo de aire fresco entre tanto aire rancio.
      Gracias nuevamente por tus palabras ¡y que viva lo políticamente incorrecto!

      Un abrazo.

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