Una anécdota sobre, y un poema de, Oliverio Girondo

Espantapájaros, de Oliverio Girondo. Primera edición.

En mi última visita a Buenos Aires, mientras caminábamos con L. rumbo al clásico barrio de San Telmo, nos encontramos, de manera casual, con un museo bastante particular (tanto es así que ni siquiera recuerdo su nombre ni su ubicación). En realidad era una de las muchas casas antiguas del Buenos Aires del principios del siglo XX: de estilo francés y con espacios amplios, grandes ventanales, baldosas traídas de vaya uno a saber dónde (Italia, Francia o Portugal, seguramente), escaleras de mármol, balaustradas de metal forjado y apoyamanos de madera tallada y lustrada. El museo, al menos en un aspecto exterior, no era más que una puerta con una placa y, si uno pasaba por allí distraído no lo hubiese notado en lo más mínimo. Entramos con cierto recelo ya que, como dije, todo tenia el aspecto de una mera casa antigua y nada más, pero enseguida nos encontramos con un amable señor que nos indicó el piso superior, asegurándonos que el museo estaba allí, esperando a los visitantes.

No había demasiado para ver, realmente; más que nada eran curiosidades de la propia cultura porteña, lo cual no estaba mal, pero tampoco era para tanto. Bueno, eso fue así hasta que entramos a una habitación y nos encontramos con un monigote de más de dos metros de alto que representaba a un hombre vestido con un impermeable cerrado, galera, guantes blancos, monóculo y una flor en el ojal (yo mido un metro ochenta y apenas alcanzaba a su hombro, L. pasaba un poco la altura del codo). Miro al hombre que nos acompañaba y le digo «Esto se parece a…» y él, sonriendo con no poca picardía y placer me dice «No se parece. Es«. Me quedo de una pieza. Supuse que ese monigote ya había sido destruido hacía más de cincuenta años, por lo menos…

Su historia es simple y, para los amantes de la literatura argentina, un verdadero clásico: en 1932 Oliverio Girondo publica Espantapájaros, el que sería su tercer libro de poemas; y para promocionarlo, no se le ocurrió mejor idea que la de construir (o hacer construir) al personaje de la portada, colocarlo sobre una carroza fúnebre que alquiló para la ocasión, y dar vueltas y vueltas por las calles de Buenos Aires promocionando su libro. La estrategia dio resultado: en pocos días la edición se agotó.

Y eso es todo, al menos lo era para mí hasta que encontré al famoso espantapájaros en un rincón de una vieja casa porteña, donde funciona un museo cuyo nombre no recuerdo.

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Y como cierre, dedicado en lo personal a L., el poema de Oliverio Girondo que le da título al libro: Espantapájaros

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No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible

no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?

¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
«¡María Luisa! ¡María Luisa!»… y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes…
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?

¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

8 comentarios el “Una anécdota sobre, y un poema de, Oliverio Girondo

  1. Carmen B. dice:

    Me gusta el poema en su forma, como no, aunque no conocía a su autor. Pero el tema, el fondo; me quedo con el, por todo lo que dice de la mujer. Lo comparto.
    Un abrazo desde este océano en el confín de España, en donde no se nota casi el jaleo político con la vuelta al cole… lo noto al conectar la 📻 radio! Ufff

    Le gusta a 1 persona

    • Borgeano dice:

      Te recomiendo a Girondo si es que te gustan los poetas que juegan mucho con el lenguaje (de lo contrario sólo va a parecerte un adolescente juguetón y poco más).
      El mundo está revolucionado en todos los ámbitos por esta pandemia que nos rodea. Los ángulos en que nos ha atacado son muchos más que el que solo corresponde a la salud. Los mejores deseos para ustedes por allí.

      Un abrazo.

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  2. Bravo Girondo!!! (Me acompañó e inspiró cuando escribí «Expoemas»). Tiene esa lucidez e ironia propia que lo hace especial y vigente pese a las décadas transcurridas.

    Un cálido abrazo

    Le gusta a 1 persona

    • Borgeano dice:

      Girondo es peligroso; es el que les hace creer a los jóvenes o a los nuevos poetas que inventar tres o cuatro gracias o neologismos que terminan creyendo que eso es escribir poesía cuando, como tú bien sabes (y aplicas) eso es sólo parte del juego.

      Un cálido abrazo.

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  3. Marxelo dice:

    Hola Borgeano; muy bueno el blog. Respecto de esta interesante entrada te comento que lo que viste es el Museo de la Ciudad de Buenos Aires. En su momento estaba en mejores condiciones, pero ahora sospecho que estará algo descuidado por falta de inversión de la Ciudad. Te dejo este link con información: https://www.buenosaires.gob.ar/museos/museo-de-la-ciudad Saludos.

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    • Borgeano dice:

      ¡Muchas gracias por el dato, Marxelo! Cuando pasamos por allí estaban, de hecho, haciendo algunas refacciones. Espero que ya esté funcionando como corresponde (la anécdota tiene un par de años, por cierto).
      Gracias, también, por el enlace.

      Saludos.

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