La biblioteca portátil de Napoleón Bonaparte

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La modernidad tiene sus enormes ventajas, no hay quien pueda dudar de ello o, siquiera, quien se atreva a ponerlo en duda (los amantes del «todo tiempo pasado fue mejor» están en aprietos para justificar semejante expresión). Por ejemplo, para quienes aman la lectura hoy pueden llevar en su bolsillo toda na biblioteca. Si hay que hacer algún viaje, uno se sienta cómodamente en el sitio que le corresponde y saca su libro de bolsillo o, por qué no, su lector digital. Lee, disfruta, medita y después la biblioteca entera vuelve cómodamente al bolsillo. Sin embargo, ¿qué pasaba antes de que la tecnología nos facilitara la vida cuando se viajaba mucho y uno no quería privarse de los placeres de la lectura variada? Los libros eran pesados y su manejo engorroso; pero con el suficiente ingenio y dinero podías fabricarte una pequeño sucedáneo que tal vez no te dejara transportar tantos libros como los que hoy caben en un simple Kindle, pero desde luego sí te permitían llevar contigo una biblioteca entera.

Ese fue el caso de Napoleón Bonaparte. Tenía ingenio, dinero y, además, una desbordante pasión por los libros que le hacía llevarlos consigo en grandes cantidades cuando estaba de viaje. Según Louis Barbier, uno de los bibliotecarios del Louvre, Napoleón solía llevar consigo los libros que necesitaba en varias cajas que contenían unos sesenta volúmenes cada una. En un primer momento las cajas estaban hechas de caoba, con diferentes estantes y forrados de cuero verde o terciopelo, pero como no eran lo suficientemente fuertes como para soportar los golpes de los viajes, se empezaron a fabricar de roble y recubiertas de cuero.

Al principio Napoleón dispuso un catálogo con un número correspondiente a cada volumen, de modo que no hubiera problemas para seleccionar los libros que quería, pero como sucedía que muchos de los libros que quería consultar no estaban incluidos en la colección, por razones de espacio, el 8 de julio de 1803 dio órdenes muy específicas para que se construyera una biblioteca portátil de mil volúmenes, con dimensiones reducidas e impresión muy cuidada. Veamos un extracto de la carta:

Bayona, 17 de julio de 1808. El Emperador desea conformar una biblioteca de viaje con 1.000 volúmenes en 12mo pequeño [formato de página de unos 13x20cm] e impresos con una tipografía bonita. Es la intención de su Majestad disponer de estos trabajos impresos para un uso especial y con el objetivo de economizar espacio no deben poseer márgenes. Deben contener [cada volumen] entre 500 y 600 páginas y estar encuadernados con cubiertas y lomos lo más flexible posible. Debe haber 40 obras de religión, 40 obras dramáticas, 40 obras épicas y 60 de otras poesías, 100 novelas y 60 volúmenes de historia. El resto serán memorias históricas de todas las épocas.

Por si fuera poco; Napoleón no solo tuvo una única biblioteca portátil, sino que tenía varias e iba cambiando de cajas en función sus intereses de cada momento. Está muy bien, para eso era el emperador y tenía el dinero y el poder para hacer ese tipo de cosas. Ahora, volvamos por un segundo al principio de la entrada y pensemos, al menos aplicando la frase específicamente a este tema: ¿«Todo tiempo pasado fue mejor»? Creo que no; cualquiera de nosotros, pobres mortales sin necesidad de poseer imperio alguno, tenemos un acceso inmediato a toda la literatura universal, y eso sin tener que movernos de nuestros cómodos asientos. Aunque sí concedo un punto: son mucho más lindos los libros de Napoleón que cualquier lector digital; pero bueno, todo no se puede…

14 comentarios el “La biblioteca portátil de Napoleón Bonaparte

  1. galeraamores dice:

    Reblogueó esto en Dosenelcaminoy comentado:
    Una entrada realmente interesante y que cautiva desde la primera línea.

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  2. Muy interesante. Me ha encantado.

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  3. Array dice:

    Una maravilla de post 👏👏👏
    Enhorabuena

    Le gusta a 1 persona

  4. Hernán Corujo dice:

    San Martín no llegó a ese punto pero llevaba un baúl con sus libros preferidos.
    Los e-reader son un gran adelanto y la tinta electrónica es algo increíble.
    Resulta curioso lo siguiente: el formato de los e-reader es muy parecido a las viejas tablillas de arcilla sumerias de las bibliotecas antiguas como la de Asurbanipal.

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    • Borgeano dice:

      Muy buen punto, Hernán; buscaré información sobre esos libros del General, cosa que había olvidado. Te agradezco que me lo hayas traído nuevamente a la memoria.
      También me gusta ese enlace que haces entre los lectores digitales y las tablillas sumerias; es muy acertado el símil. Habría que seguir ese camino metafórico, a ver hasta dónde nos lleva.

      Saludos.

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  5. Los libros viejos son preciosos sin duda, sobre todo el encuadernado y la pasta. Pero ahora nos resultan ilegibles. Yo supongo que el Emperador debía tener muy buenos ojos, para ponerse a leer sin luz eléctrica esos libros de formato pequeño, sin márgenes, y seguramente con los renglones bien pegados. Yo tengo algunas ediciones antiguas, del siglo XIX y de comienzos del XX, y la verdad es que cuesta mucho leerlas, incluso con luz eléctrica. Pero son preciosas. Se me ocurre que la gente tenía antes mejor visión que nosotros ahora, con tantas horas que pasamos leyendo en pantalla. Saludos.

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  6. […] La biblioteca portátil de Napoleón Bonaparte — El Blog de Arena […]

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  7. Carmen B. dice:

    Pues a mí me resulta curioso lo de la pasión de Napoleón por la lectura… no lo sabía y me alegro.,, aunque me sigue pareciendo raro que un hombre que va a la guerra, aunque sea Emperador, él era ange todo, estratega… ¿ de donde sacaba el tiempo para leer?
    Y esto, Roberto, se sale del tema más importante y es la maravilla de biblioteca casi en miniaturas.
    Como siempre , un acierto, esta buena entrada!
    Un abrazo muy fuerte!!!

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    • Borgeano dice:

      Napoleón fue un personaje por demás interesante, sin duda alguna. Lo de su biblioteca es, realmente, un precioso hallazgo (hallazgo para mí, por supuesto).
      Con respecto a de dónde sacaba el tiempo, pues bueno, pensemos que en aquellos tiempos no había otra distracción que la lectura o la música (en ambos casos sólo accesible a quienes tenían el poder económico de acceder a ellas). ¡Y no sólo tenía tiempo para la lectura y la guerra, sino también para el amor, y de qué manera! Hay una amplia literatura al respecto. Los libros más conocidos son los de Guy de Breton (creo que alguna vez hablé de ellos aquí), pero no es el único (al margen, y solo por mero afán de chismoso: Josefina no se quedaba muy atrás que digamos; también tenía lo suyo y cuando el emperador andaba por los campos, guerreando, ella hacía lo propio en su lecho).
      ¡Nada nuevo bajo el sol!

      Un fuerte abrazo.

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