Escribir, aunque nadie nos lea

.

Encontré, hace unos días, unas cartas y manuscritos de algunos escritores famosos. En lugar de hablar de ellas, y aprovechando unas lecturas que hacía por esos días, preferí usarlas para ilustrar algunas reflexiones sobre el lenguaje y la escritura. Los cuatro primeros textos que siguen a continuación parten de las lecturas del escritor español José Salinas y pertenecen, en un alto grado, a él; yo sólo me animé a pequeños agregados personales. El quinto texto parte de la lectura de Joan-Charles Mèlich.

.

I. Existe una estrecha relación entre el lenguaje, el individuo y el tiempo; y esta relación confluye en la lengua escrita. Esta es muy diferente de la lengua hablada, porque la actitud del ser humano cuando escribe, su actitud psicológica, es muy distinta de cuando habla. Cuando escribimos se siente, con mayor o menor conciencia, lo que se llamaría la responsabilidad ante la hoja en blanco; es porque percibimos que ahora, en el acto de escribir, vamos a elevar al lenguaje a un plano distinto del hablar, vamos a operar sobre él, con nuestra personalidad psíquica, más poderosamente que en el hablar. En suma, hablamos casi siempre con descuido, escribimos con cuidado. Casi todo el mundo pierde su confianza con el lenguaje, su familiaridad con él, apenas coge una pluma.

II. Por motivos viejos y nuevos, ha llegado el momento en que el hombre y la sociedad actuales tienen que detenerse a reflexionar profundamente sobre el lenguaje, bajo el peligro de verse arrastrados ciegamente a su degeneración por la presión de fuerzas externas que, inconscientes de la génesis de su propio accionar, hacen zozobrar el sentido de lo que, ya de por sí fluido y móvil, quiere ser impulsado en determinada dirección cayendo, de esta manera, en la contradicción de que para luchar contra una (supuesta) tiranía, se actúa de manera tiránica.

.

III. No hay forma en que un ser humano completo y complejo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión y dominio de su lengua. Porque el individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo que lleva dentro, y esa expresión sólo se cumple por el medio del lenguaje. A medida que se desenvuelve el razonamiento y se advierte esta fuerza extraordinaria del lenguaje en modelar a nuestra propia persona, en formarnos, se aprecia la enorme responsabilidad de una sociedad humana que deja al individuo en estado de incultura lingüística. En realidad, el hombre que no conoce su lengua vive pobremente, vive a medias.

.

IV. Madam, you have bereft me of all words / Only my blood speaks to you in my veins (Señora, me ha dejado sin palabras / Sólo mi sangre le responde en mis venas) dice Shakespeare por boca de Bassanio en El mercader de Venecia. La visión de la belleza de Porcia ha logrado que Bassanio pierda el habla, pero lo dice con palabras y es gracias a ellas que ahora sabemos que no las tiene. Hermosa paradoja del lenguaje poético que nos deja saber que el silencio sólo puede ser expresado a través de la ruptura del silencio. Somos, entonces, seres inseparables del lenguaje.

.

V. «Escribir lo que nadie leerá. Ése es el momento en el que surge la escritura como forma de vida» dice Joan-Charles Mèlich; y es todo lo que importa o todo lo que debería importarnos. Si después nuestras letras llegan a alguien y encuentran un interlocutor válido, mejor, pero no debería ser ése el objetivo primero; sino, simplemente, el escribir; «escribir lo que nadie leerá».

Las rosas de Heliogábalo

(Nota bene antes de comenzar la lectura: para ver las imágenes en mayor tamaño –cosa que modestamente me atrevo a aconsejar– pueden hacer clic sobre cada una de ellas y se abrirá en una nueva pestaña para poder ser apreciada con mayor detalle. Además allí podrán, a su vez, magnificarlas aún más).

.

Heliogábalo fue un emperador romano que gobernó desde 218 hasta 222. En su corto reinado de cuatro años marcó a la sociedad romana y los anales de la historia mundial con su estilo de vida extremadamente libertino. Escándalos frecuentes rodearon a Heliogábalo debido a su estilo de vida decadente y sus transgresiones contra las normas sexuales y religiosas. Era un emperador extremadamente impopular y, finalmente, alienó a todos los que apoyaban a su régimen. Su estilo de vida debe haber sido tan ridículamente inaceptable que, después de solo cuatro años de gobernar, el emperador Heliogábalo fue asesinado por su familia, (incluida su propia abuela; risas aparte).

Sir Lawrence Alma-Tadema pintó Las rosas de Heliogábalo en 1888 cuando el Imperio Británico estaba en su apogeo de poder e influencia. Los victorianos eran los gobernantes indiscutibles de una cuarta parte de la tierra del mundo, y la frase “El sol nunca se pone en el Imperio Británico” se escribió para describir un dominio tan global que prácticamente tenía territorios en todas las zonas horarias. Los británicos estaban orgullosos de su poder internacional, uniendo vastas regiones bajo la bandera británica. Debido a su vasto dominio e incomparable prosperidad, los victorianos se veían a sí mismos como los herederos del antiguo Imperio Romano. Creían que traían la civilización a los incivilizados, los modales a los descorteses y la moralidad a los inmorales. Por lo tanto, con una alegre mirada hacia atrás, los victorianos reflexionaron sobre la historia imperial romana con sus picos y escollos. El emperador Heliogábalo fue definitivamente una trampa digna de mención.

.

.

Lujuria, Gula y Pereza. Tres de los siete pecados capitales se representan en Las rosas de Heliogábalo de Sir Lawrence Alma-Tadema. Muchos otros pecados se representan junto con estos vicios cardinales, lo que hace que esta pintura sea extremadamente perversa. Mientras que el mundo victoriano tardío era moralmente mojigato y estaba vestido con terciopelos oscuros, las pinturas victorianas tardías a menudo estaban moralmente en bancarrota y vestían sedas claras. Las pinturas académicas estaban de moda, y con frecuencia utilizaban jugosas anécdotas históricas para la base de sus temas. Las rosas de Heliogábalo no son una excepción, ya que representan la infame escena de la fiesta organizada por el emperador Heliogábalo. El emperador romano se acuesta con indiferencia, bebe su vino y observa cómo sus invitados mueren asfixiados por pétalos de rosa. Esta es la mejor broma de fiesta. Esta es la última muerte romana.

.

.

En Las rosas de Heliogábalo, Sir Lawrence Alma-Tadema describe uno de los momentos más infames de la vida del emperador Heliogábalo. Está registrado en la Historia Augusta que Heliogábalo invitó a invitados a su palacio una noche para participar en su fiesta de bebida y orgía. Después de varias horas de beber vino e intercambiar parejas sexuales, sus invitados estaban desesperadamente intoxicados y cansados. Ellos holgazaneaban con indiferencia por la habitación. Mientras brillaban tan deliciosamente por el consumo excesivo de alcohol y el entretenimiento divertido, el techo sobre ellos se abrió y empezaron a caer revoloteos de pétalos de flores. Al principio, el suave movimiento de los pétalos se sumó a la belleza de ensueño de la fiesta. Perfumaba el ambiente con un ligero aroma floral. Aumentó los sentidos y agregó placer al momento. Cayeron más pétalos, y más, y más. Los pétalos se convirtieron en una cascada de flores. Cayeron más flores y más descendieron sobre los huéspedes adormecidos. Una cascada de pétalos estalló sobre los indefensos invitados. Fueron duchados, cubiertos y cubiertos. Los charcos se formaron en lagos que se formaron en océanos de pétalos. Las colinas se habían convertido en montañas de pétalos y los invitados estaban asfixiados por el mar de flores que crecía sin cesar. Respiraban, se atragantaban y respiraban con dificultad. Los pétalos entraron en sus pulmones y murieron cubiertos de gloria floral. El olor acelerado de la muerte estaba enmascarado por el olor de las flores. Perfume floral emanado de las montañas de flores infundidas por humanos. El emperador Heliogábalo se divirtió con la matanza floral y continuó bebiendo su vino. La muerte fue el verdadero entretenimiento de esta noche.

.

.

Según la fuente original, Historia Augusta, el emperador Heliogábalo usó violetas y otras flores para sofocar a sus invitados a la cena. Sin embargo, Sir Lawrence Alma-Tadema usa rosas como su método de muerte. Durante la era victoriana tardía, cuando Alma-Tadema pintó Las rosas de Heliogábalo, las rosas representaban la lujuria y el deseo en el lenguaje victoriano de las flores conocido como floriografía. Las rosas eran una flor más apropiada para pintar para Alma-Tadema porque las violetas representaban fidelidad y modestia en la floriografía victoriana. El emperador Heliogábalo era muchas cosas, pero ciertamente no era fiel ni modesto. Por lo tanto, Alma-Tadema ahoga a los invitados de Heliogábalo con rosas y no con violetas, y agrega un significado contemporáneo que su audiencia habría reconocido.

La biblioteca oculta del monasterio de Sakya

.

.

En el año 2003 fue hallada, en una pared sellada de 60 metros de largo y 10 de alto, en el templo budista del monasterio de Sakya, una enorme biblioteca que contenía cerca de 84.000 rollos. Por supuesto, semejante cantidad de textos llevará años en ser estudiados y catalogados; pero por lo pronto se espera que la mayoría de ellos resulten ser escrituras budistas, aunque también pueden incluir obras de literatura, historia, filosofía, astronomía, matemáticas y arte. Esos libros permanecieron intactos por cientos de años y están siendo examinados por la Academia Tibetana de Ciencias Sociales.

.

El Monasterio Sakya (también conocido como Pel Sakya; “Tierra Blanca”) es un monasterio budista situado a 25 km al sureste de un puente que está a unos 127 km al oeste de Shigatse en la carretera a Tingri en el Tíbet; así que llegar allí no es fácil (pero sin duda que valdría la pena el esfuerzo). Es la sede de la escuela Sakya (o Sakyapa) de budismo tibetano y fue fundado en 1073 por Konchok Gyelpo. Después del levantamiento de Lhasa del 10 de marzo de 1959 para proteger al 14º Dalai Lama del Ejército de Liberación del Pueblo Chino Comunista, la mayoría de los monjes del Monasterio Sakya se vieron obligados a irse. Dice Dawa Norbu (politólogo y Profesor de Estudios Asiáticos): “Anteriormente había unos quinientos monjes en el Gran Monasterio Sakya, pero a finales de 1959 sólo quedaban 36 monjes ancianos”. La mayoría de los edificios del monasterio están en ruinas , porque fueron destruidos durante la Revolución Cultural .

Creo que fue una enorme fortuna que esos volúmenes se encontraran ocultos detrás de esa pared, ya que uno tiembla al pensar en lo que hubiese sucedido con ellos de haber caído en manos de las ordas rojas de mediados del siglo pasado. Salvados así de la barbarie, hoy podemos regocijarnos, aunque más no sea con la apreciación de su belleza intrínseca; ya que estamos imposibilitados de leerlos (al menos la mayoría de nosotros, claro está). No dejo de pensar en cuáles otras maravillas están esperando detrás de vaya a saber uno qué pared o escondite.

Una pequeña galería de fotos del monasterio y de la biblioteca. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Deberes irrenunciables (La salvación por la escritura II)

.

.

En consonancia con al última entrada, la cual gracias a los comentarios dejados allí me obligaron a seguir pensando en el tema de la importancia de la escritura como forma de salvar algunos escollos personales al mismo tiempo que se crea algo independiente de lo que uno es, recordé las más que conocidas Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke. De ellas, elegí esta, firmada en París el 17 de febrero de 1903, la cual sintetiza toda la idea que se expresa a lo largo de ese breve volumen:

Paris, 17 de febrero de 1903

Muy estimado señor:

Su carta me llegó hace unos días. Quiero agradecérsela por confianza amplia y amable. Apenas si puedo hacer más. No puedo avenirme a considerar la manera de sus versos, pues todo intento de crítica está muy lejos de mí. Nada es tan ineficaz come abordar una obra de arte con las palabras de la crítica: de ello siempre resultan equívocos más o menos felices. Las cosas no son tan comprensibles y descriptibles como generalmente se nos quiere hacer creer.

Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes se lo ha preguntado a otros. Los envía a las revistas. Los compara con otras poesías, y se inquieta cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos. Ahora (ya que usted me ha permitido aconsejarle), ruégole que abandone todo eso. Usted mira a lo exterior, y esto es, precisamente, lo que no debe hacer ahora. Nadie le puede aconsejar ni ayudar, nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre sí. Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto que escribir le estuviera vedado. Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: “¿debo escribir?”. Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta; y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo “debo“, construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso. Después acérquese a la naturaleza. Entonces trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde. No escriba poesías de amor; sobre todo evite las formas demasiado corrientes y socorridas: son más difíciles, pues es necesario una fuerza grande y madura para dar algo propio donde se presentan en cantidad buenas y, en parte, brillantes tradiciones. Por eso, sálvese de los motivos generales yendo hacia aquellos que su propia vida cotidiana le ofrece; diga sus tristezas y deseos, los pensamientos que pasan y su fe en alguna forma de belleza. Diga todo eso con la más honda, serena y humilde sinceridad, y utilice para expresarse las cosas que lo circundan, las imágenes de sus sueños y los temas de su recuerdo. Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúlpese usted; dígase que no es bastante poeta para suscitar sus riquezas. Para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre, indiferente. Y aun cuando usted estuviese en una prisión cuyas paredes no dejasen llegar hasta sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no le quedaría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, imperial, esa arca de los recuerdos? Vuelva usted a ella su atención. Procure hacer emerger las hundidas sensaciones de aquel vasto pasado: su personalidad se afirmará, su soledad se agrandará y convertirá en un retiro crepuscular ante el cual pase, lejano, el estrépito de los otros. Y si de esta vuelta a lo interior, si de este descenso al mundo propio surgen versos, no pensará en preguntar a nadie si los versos son buenos. Tampoco tratará de que las revistas se interesen por tales trabajos, pues verá en ellos su preciada posesión natural, un trozo y una voz de su vida, Una obra de arte es buena cuando ha sido creada necesariamente. En esta forma de originarse está comprendido su juicio: no hay ningún otro. He aquí por qué, estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste; volver sobre sí y sondear las profundidades de donde proviene su vida; en su fuente encontrará la respuesta a la pregunta -si debe crear- Admítala como suene, sin sutilizarla. Acaso resulte que usted sea llamado a devenir artista. Entonces tome usted sobre sí esa suerte y llévela, con su pesadumbre y su grandeza, sin preguntar jamás por la recompensa que pudiera llegar de fuera. Pues el creador tiene que ser un mundo para sí, y hallar todo en sí y en la naturaleza, a la que se ha incorporado.

Pero después de este descenso a su mundo y a sus soledades, tal vez usted deba renunciar a llegar a ser poeta (basta sentir, como queda dicho, que se podría vivir sin escribir, para no permitírselo en absoluto). Aun así, este recogimiento que le encarezco no habrá sido vano. En todo caso, a partir de entonces, su vida encontrará caminos propios; y que sean buenos, ricos y amplios, se lo deseo más de lo que puedo expresar.

¿Qué más le diré? Me parece haber acentuado todo según corresponde. En suma, sólo he querido aconsejar que adelante tranquila y seriamente en su evolución; la perturbará profundamente si mira a lo exterior o si de lo exterior espera respuestas a preguntas que sólo su íntimo sentimiento, en la hora más propicia, acaso pueda responder.

La salvación por la escritura

.

De Emil Cioran, el gran pesimista, les dejo un fragmento de sus Conversaciones, donde explica porqué escribe y porqué siguió escribiendo sin detenerse nunca. Creo que hay algunos de quienes pasan por aquí que podrían verse reflejados en algunas de sus palabras (no creo que en todas, por su bien espiritual; parecerse en exceso a Cioran no es algo demasiado deseable, eso es seguro); pero sí al menos en las que se refieren a la necesidad de escribir, aun cuando nadie vaya a leer ese trabajo. (aquí debería ir una conclusión, pero sería redundante y menos elegante que la que se encuentra en el texto que dejo a continuación. Vayamos a él).

Tras la aparición en español de Brevario, dos estudiantes andaluces me preguntaron si era posible vivir sin “fundamentación”. Les respondí que era cierto que no he encontrado en ninguna parte un cimiento sólido y que sin embargo he logrado durar, pues con los años se acostumbra uno a todo, incluso al vértigo. Y además no velamos ni nos interrogamos constantemente, siendo como es la lucidez absoluta incompatible con la respiración. Si fuéramos en cada instante conscientes de lo que sabemos, si, por ejemplo, el sentimiento de la falta de fundamento de todo fuera a la vez continuo e intenso, nos liquidaríamos y nos dejaríamos invadir por la idiotez. Se existe gracias a los momentos en que se olvidan ciertas verdades, y ello porque durante esos intervalos se acumula la energía que permite afrontar dichas verdades. Cuando me desprecio, para recuperar la confianza me digo que, después de todo, he logrado mantenerme en el ser o en una apariencia de ser con una percepción de las cosas que pocos hubieran podido soportar. Varios jóvenes en Francia me han dicho que el capítulo del Brevario que les ha interesado más es “El autómata”, esa quintaesencia de lo intolerable. A mi manera, debo de ser un luchador, puesto que no he sucumbido a mis obsesiones.

Los dos estudiantes me preguntaron también por qué no he dejado de escribir, de publicar. No todo el mundo tiene la suerte de morir joven, les respondí. Mi primer libro, de título rimbombante —En las cimas de la desesperación— lo escribí en rumano a los veintiún años, prometiéndome no volver a escribir nada más. Luego escribí otro, y me hice la misma promesa tras acabarlo. La comedia se ha repetido durante más de cuarenta años. ¿Por qué? Porque escribir, por poco que sea, me ha ayudado a pasar de un año a otro, dado que las obsesiones expresadas se debilitan y se superan a medias. Escribir es un alivio extraordinario. Y publicar no lo es menos. Un libro que aparece es nuestra vida o una parte de nuestra vida que se convierte en algo externo, que deja de pertenecernos, que ha cesado de agobiarnos. La expresión nos disminuye, nos empobrece, nos descarga del peso de nosotros mismos, la expresión es pérdida de substancia y liberación. Ella nos vacía, es decir, nos salva, nos despoja de una plétora que estorba. Cuando se execra a alguien hasta el punto de querer liquidarlo, lo mejor que se puede hacer es coger un folio y escribir un buen número de veces que es una canalla, un truhán, un monstruo; tras ello, se da cuenta uno cuenta de que se le odia menos y de que apenas se piensa ya en la venganza. Eso es más o menos lo que yo hago conmigo mismo y con el mundo. Extraje el Brevario de mis bajos fondos para injuriar a la vida e injuriarme. El resultado fue que me he soportado mejor como he soportado mejor la vida. Cada uno se cura como puede.

Emil Cioran, Conversaciones.

Del miedo a envejecer

.

Leo a Susan Sontag: “El miedo a envejecer nace del reconocimiento de que uno no está viviendo la vida que desea. Es equivalente a la sensación de estar usando mal el presente”.

la-juventud-y-la-vejez

En un primer momento me pareció una frase plena de sentido y que encerraba no sólo una gran verdad, sino también, alguna enseñanza (lo cual no ocurre siempre, por otro lado). Pero luego de pensarlo un rato me di cuenta de que tal vez lo opuesto sea más correcto. Tal vez cuando comenzamos a vivir la vida que queremos es cuando empezamos a tener miedo a la vejez (el cual es  un miedo secundario; a lo que se teme de la vejez, digámoslo de manera directa, es a la peor de sus consecuencias: a lo que se teme es a la muerte). Si uno no vive la vida que desea o que esperaba ¿qué es lo que pierde? Pero si uno vive una vida plena o, al menos, está comenzando a vivir del modo en que siempre quiso hacerlo, con la compañía de aquel a quien ama, realizando esas cosas que le dan tanto placer; es entonces en ese momento en que uno no quiere envejecer. Es en ese momento cuando uno dice «No. Ahora no quiero dejar esto».

Historia (moderna) de un ladrón de guante blanco

.

Stephane Breitweiser robó cerca de doscientas obras de arte. Durante seis años recorrió Europa visitando museos grandes y chicos, iglesias, ferias de arte y casas de subastas, “sustrayendo” pinturas de maestros barrocos como Brueghel, Boucher, Watteau y David Teniers, además de estatuillas de bronce, instrumentos musicales, una cajita de rapé de Napoleón y un huevo de Fabergé,
Breitweiser nació en Alsacia, Francia, en 1971, en una familia acomodada. Nunca tuvo interés en deportes, videojuegos, drogas o alcohol.; su gusto eran los libros de arte y los museos. Sus padres esperaban que fuera abogado pero Stephane desertó de la Universidad luego de que ellos se divorciaron.
Por entonces cometió su primer hurto, en el castillo de Gruyeres, Suiza, donde descolgó de la pared y guardó bajo su chaqueta un pequeño paisaje de Wilheim Dietrich. Ahí comenzó su vertiginosa carrera con un robo cada quince días, en promedio, a la vez que trabajaba como mesero en las ciudades por donde iba pasando. Realizaba sus atracos a plena luz del día y jamás usó la violencia. Verificaba las cámaras de seguridad, observaba los guardianes, ubicaba las salidas del edificio; era amable y vestía bien, casi siempre con una chamarra holgada. Solo cargaba una navaja suiza como instrumento.
Conoció y se enamoró de Anne Catherine Kleinklaus y se dedicaron a robar juntos, brincando de un país a otro y formando una pareja eficaz en la que Anne Catherine actuaba como señuelo mientras Stephane se volaba las pinturas. Guardaban los cuadros en casa de su madre, en Mulhouse, Francia, donde ella los protegía en una estancia en penumbras y bien ordenada.
Stephane Breitweiser declaró pocos años después: “Sólo robaba lo que me agitara emocionalmente, lo que me apasionara. Robar por dinero es una estupidez y no vale la pena el riesgo. Yo robaba por amor”.
Lo arrestaron en 2001 por un exceso de confianza, cuando trataba de llevarse un clarín del museo Richard Wagner, en Lucerna, Pasó dos meses en prisión mientras las autoridades suizas tramitaban la extradición a Francia. Su mamá, alertada por la novia, tuvo tiempo de deshacerse del tesoro: en un ataque de pánico cortó con tijeras los cuadros y luego los quemó; las estatuillas, la cajita napoleónica y demás objetos los tiró en un canal cercano a su casa. Breitweiser fue sometido a juicio en Francia y condenado a tres años de prisión, su novia a seis meses y su madre a tres años, de los cuales solo cumplió uno. Los celadores de la cárcel decían que Stephane era un tipo arrogante, que se sentía indispensable para el mundo. Un grupo de detectives siguió la pista de algunas pinturas que se salvaron de las tijeras de su madre y también dragaron el canal, logrando recuperar algunas piezas, como el cuadro de Francois Boucher que aparece a continuación.

.

Francois Boucher

.
Salió de prisión en 2005, a los 33 años de edad. Joven para empezar una nueva vida. En 2005 publicó una biografía: “Confesiones de un ladrón de arte” donde cuenta con todo detalle los eventos sucedidos y los procedimientos ideales para robar. Defiende también su pasión por el arte, mostrando veneración por algunas pinturas y rechaza que haya lucrado o vendido ninguna obra.
Concluye su libro con una frase que, en realidad, no asegura nada: “El asunto de robar arte ya quedó atrás para mí. Ahora llevo una vida aburrida y sin colores”.

Hasta el último detalle

.

.

Seguramente muchos de ustedes habrán visto, en algún momento, alguna obra de William-Adolphe Bouguereau (1825 – 1905). Pintor de neto corte academicista, aparece, generalmente, ilustrando artículos de corte mitológico o similares. El crítico de arte inglés Ian Chilvers,​ define a Bouguereau como pintor de «retratos de aspecto fotográfico, obras religiosas hábiles y sentimentales y desnudos tímidamente eróticos», es decir «como un bello prototipo del dominio de las técnicas pictóricas academicistas y de las claves sociales de la hipocresía burguesa».

Pintor de indudables dotes e influencia social mientras vivió, Bouguereau fue —como explican Edward Lucie-Smith y Stephen F. Eisenman en sendos estudios de la historia crítica de la pintura del siglo XX— uno de los más hábiles artistas de su época a la hora de pintar lo que el burgués quería mirar: mujeres hermosas y rotundas, tiernas adolescentes, niñas pobres encantadoras y muy limpias.​ Concluye Eisenman que, «contemplando sus cuadros, el burgués más ignorante entendía la fastuosidad de la mitología clásica y llegaba a la tranquilizadora conclusión de que la vida del campesino es el jardín del Edén».​

Más allá de que Bouguereau sea visto hoy en día como un pintor en exceso apegado a las corrientes academicistas y poco más, por ello mismo nadie puede dudar de su pericia técnica. Chilvers, en su Diccionario de arte, citando al escritor francés J.-K. Huysmans, concluye sobre Bouguereau: «condenado durante años como maestro en la jerarquía de la mediocridad y enemigo de todas las ideas progresistas», recuperó en el último tercio del siglo XX cierto prestigio, respaldado por la edición lujosa de su obra y los altos precios alcanzados en las subastas». Sin duda, sigue siendo un buen pintor para la nueva burguesía (incluso intelectual, si se me permite el término).

Unas excelentes muestras de cómo Bouguereau planificaba sus cuadros hasta el último detalle, las tenemos en estos montajes que alguien ha realizado con maravillosa perfección. Allí podemos ver que no hay nada improvisado en sus cuadros y que es muy probable que, al dar la primera pincelada, ya supiera, también, cuál iba a ser la última.

Una pequeña galería. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

.