Todas las lenguas en una sola imagen

Una de las herramientas educativas más interesantes que se ha magnificado con la aparición de internet es la infografía. Prácticas, elegantes, atractivas, modernas, claras, sintéticas; las infografías condensan en una imagen y en unas pocas palabras meramente nominales, tidi un mundo de información. Estos últimos días he encontrado dos que me resultaron muy atractivas. Una por la información que contiene; la otra, más que nada, es apenas una curiosidad, pero que no deja de ser interesante. Para más adelante dejaré la segunda; ahora vamos a la primera de ellas, una infografía que muestra a los idiomas que se hablan a lo largo y ancho de nuestro mundo.

En el mundo hay actualmente unos 7.000 millones de personas que utilizan 7.102 lenguas para comunicarse. Imposible hacerse una idea y visualizar cifras de tal magnitud. Acotemos un poco. De todos esos idiomas, 23 son los más hablados del mundo.

Concretamente, al menos 50 millones de personas utilizan cada uno de ellos como lengua materna y, entre todos, alcanzan a 4.000 millones de personas. ¿Y si a estos datos les diéramos color y forma para visualizarlos? El resultado luce así. A world of languages es el nombre de la infografía creada por Alberto Lucas López, Director Gráfico en el South China Morning Post . En el gráfico, cada lenguaje puede verse acotado por líneas divisorias negras dentro de las cuales se indica el número (en millones) de las personas que utilizan ese idioma como lengua materna en cada país. Además, cada país recibe el color de la región en la que se encuentra, lo que permite apreciar cómo cada idioma ha penetrado en las diferentes partes del mundo. Para realizar esta infografía, se ha utilizado como base de muestra a 6.300 millones de personas. Además de la representación visual, se extraen otros datos como el número total de países en los que se habla cada idioma (31 en el caso del español) o cuáles son los lenguajes más estudiados del mundo: inglés (1.500 millones de estudiantes) , francés (82) , chino (30) y español (14,5).

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La infografía completa es la siguiente y, quien desee verla en mayor tamaño y acceder a los datos que corresponden, pueden ir

aquí.

Zygmunt Bauman por siete

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A cuatro años de la partida del sociólogo y filósofo polaco, no viene mal una breve compilación de citas, cada una de las cuales abre una puerta independiente a una habitación propia. «Lo bueno, si breve, dos veces bueno», dijo Gracián; y como tiene razón, a la brevedad de Bauman, sumo la mía y me voy de inmediato luego de este punto final.

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«Si los pobres están distraídos, los ricos no tienen nada que temer».

«El diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú».

«Es normal que queramos ser felices, pero hemos olvidado todas las formas de ser felices. Sólo nos queda una: la felicidad de comprar. Cuando uno compra algo que desea, es feliz; pero es un fenómeno temporal».

«La energía de un puente no es la fuerza media de sus pilares, sino la fuerza del pilar más débil. Siempre he creído que no se mide la salud de una sociedad por el presupuesto general de la nación, sino por la condición de quien esté peor».

«La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa».

«Es estéril y peligroso creer que uno domina el mundo entero gracias a internet, cuando no se tiene la cultura suficiente para filtrar la información buena de la mala».

«Hemos olvidado el amor, la amistad, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra, son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos».

La biblioteca portátil de Napoleón Bonaparte

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La modernidad tiene sus enormes ventajas, no hay quien pueda dudar de ello o, siquiera, quien se atreva a ponerlo en duda (los amantes del «todo tiempo pasado fue mejor» están en aprietos para justificar semejante expresión). Por ejemplo, para quienes aman la lectura hoy pueden llevar en su bolsillo toda na biblioteca. Si hay que hacer algún viaje, uno se sienta cómodamente en el sitio que le corresponde y saca su libro de bolsillo o, por qué no, su lector digital. Lee, disfruta, medita y después la biblioteca entera vuelve cómodamente al bolsillo. Sin embargo, ¿qué pasaba antes de que la tecnología nos facilitara la vida cuando se viajaba mucho y uno no quería privarse de los placeres de la lectura variada? Los libros eran pesados y su manejo engorroso; pero con el suficiente ingenio y dinero podías fabricarte una pequeño sucedáneo que tal vez no te dejara transportar tantos libros como los que hoy caben en un simple Kindle, pero desde luego sí te permitían llevar contigo una biblioteca entera.

Ese fue el caso de Napoleón Bonaparte. Tenía ingenio, dinero y, además, una desbordante pasión por los libros que le hacía llevarlos consigo en grandes cantidades cuando estaba de viaje. Según Louis Barbier, uno de los bibliotecarios del Louvre, Napoleón solía llevar consigo los libros que necesitaba en varias cajas que contenían unos sesenta volúmenes cada una. En un primer momento las cajas estaban hechas de caoba, con diferentes estantes y forrados de cuero verde o terciopelo, pero como no eran lo suficientemente fuertes como para soportar los golpes de los viajes, se empezaron a fabricar de roble y recubiertas de cuero.

Al principio Napoleón dispuso un catálogo con un número correspondiente a cada volumen, de modo que no hubiera problemas para seleccionar los libros que quería, pero como sucedía que muchos de los libros que quería consultar no estaban incluidos en la colección, por razones de espacio, el 8 de julio de 1803 dio órdenes muy específicas para que se construyera una biblioteca portátil de mil volúmenes, con dimensiones reducidas e impresión muy cuidada. Veamos un extracto de la carta:

Bayona, 17 de julio de 1808. El Emperador desea conformar una biblioteca de viaje con 1.000 volúmenes en 12mo pequeño [formato de página de unos 13x20cm] e impresos con una tipografía bonita. Es la intención de su Majestad disponer de estos trabajos impresos para un uso especial y con el objetivo de economizar espacio no deben poseer márgenes. Deben contener [cada volumen] entre 500 y 600 páginas y estar encuadernados con cubiertas y lomos lo más flexible posible. Debe haber 40 obras de religión, 40 obras dramáticas, 40 obras épicas y 60 de otras poesías, 100 novelas y 60 volúmenes de historia. El resto serán memorias históricas de todas las épocas.

Por si fuera poco; Napoleón no solo tuvo una única biblioteca portátil, sino que tenía varias e iba cambiando de cajas en función sus intereses de cada momento. Está muy bien, para eso era el emperador y tenía el dinero y el poder para hacer ese tipo de cosas. Ahora, volvamos por un segundo al principio de la entrada y pensemos, al menos aplicando la frase específicamente a este tema: ¿«Todo tiempo pasado fue mejor»? Creo que no; cualquiera de nosotros, pobres mortales sin necesidad de poseer imperio alguno, tenemos un acceso inmediato a toda la literatura universal, y eso sin tener que movernos de nuestros cómodos asientos. Aunque sí concedo un punto: son mucho más lindos los libros de Napoleón que cualquier lector digital; pero bueno, todo no se puede…

La memoria débil

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Alguna vez me ha ocurrido que, por motivos que desconozco (nada extraño para un negado tecnológico como soy), han desaparecido mis contactos o enlaces de la barra donde están guardados. Lo mismo me sucedió cuando mi RSS Feed dejó de funcionar, tuve que volver a instalarlo y, por eso mismo, comenzar desde cero, perdiendo todos los enlaces que allí tenía. Lo que hice fue abrir una carpeta y guardar los enlaces dos veces: uno en la carpeta, otro en el nuevo RSS Feed; no fuera a ser cosa que un día dejara de funcionar sin previo aviso y volviera a perder todo otra vez. Es decir que tuve que multiplicar las formas de la memoria, ya que parecía que una sola no era suficientemente segura.

¿Y qué sucedió cuando tuve que cambiar el disco rígido de mi laptop? La situación es casi absurda… mi laptop ha recorrido medio mundo; ha viajado por casi todos los medios de transporte conocidos, ha estado expuesta a los climas más diversos y un día, un día como cualquiera en mi casa, con el café ya preparado y dispuesto a escribir; es decir, un día en que no pasaba absolutamente nada, un pequeño y azaroso golpe (no más fuerte del que puede darse con la punta del dedo índice) hizo que el disco rígido dejara de funcionar. El técnico me dijo que entendía que el golpe no había sido fuerte, sólo que había sido dado en el lugar preciso; y que había que cambiarlo. Todo lo que no había guardado en un disco rígido externo, se perdió: las últimas fotos, los últimos escritos, las últimas descargas, etc., etc. Claro, el viejo disco rígido está allí y con la tecnología adecuada podría recuperarse esos datos (cosa que dije que haría); pero como es demasiado caro la cosa fue quedando para después y resulta que ya han pasado un par de años de aquel accidente y no creo, ya, que me interese gastar dinero en recuperar lo que ya no me acuerdo si era importante. Y otra vez he debido multiplicar las formas de la memoria: ahora tengo el disco rígido de mi laptop, un disco rígido externo (el cual es, también, extremadamente sensible) y la inefable nube; la cual, como todo sabemos, es cualquier cosa menos segura.

Y ese es el punto al que quería llegar: a lo frágil que resulta todo hoy en este mundo virtual. Recuerdo que cuando salió al mercado el CD se nos fue presentado como la panacea de la memoria colectiva. En un CD cabía toda una enciclopedia, una biblioteca, un museo, una hemeroteca… allí íbamos a poder guardar todo, pero absolutamente todo de todo y lo tendríamos a mano para siempre. Apenas ocupaban espacio y eran tan bonitos y brillantes… hasta que en una década la cosa quedó out. Hoy, por más que tengamos un CD con información importante, si no tenemos un aparato que lea ese artilugio, estamos perdidos. Sin embargo, todos tenemos un álbum o una caja de zapatos con fotos de nuestros abuelos, de nuestros padres e, incluso, de algunos familiares que ni siquiera sabemos quiénes son, pero que están allí, sonrientes junto a aquel que sí conocemos. ¿Qué tendrán las futuras generaciones de nosotros? Supongo que nada. En cuanto Facebook, Instagram, Twitter y demás dejen de ser útiles y se pierdan en la noche de los tiempos, también se perderá nuestra memoria y nuestra biografía.

El asunto no deja de ser paradójico y algo gracioso. Por un lado las nuevas tecnologías nos prometen, como ya he dicho, la panacea de la memoria perfecta (lo cual es una burda mentira; lo que ocurre es exactamente lo contrario) y es entonces que son muchos los que, ante la enorme cantidad de contraseñas y passwords y claves que hay que recordar, han optado por la práctica y funcional costumbre de anotar todo en una libreta o agenda, tornando así inútil la pretensión de «seguridad» que se pretendía buscar.

¿Tragedia o comedia? Todo depende, por supuesto. No todo merece ser guardado del mismo modo en que no todo merece ser compartido. Cada cual sabrá qué es lo que debe permanecer de sí mismo. Por lo pronto, de lo único que podemos estar seguros es de que no hay nada que pueda competir con el viejo y querido papel. Ese sí que parece ser eterno…

El decálogo de Bertrand Russell

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En un artículo de 1951 en la revista New York Times, Bertrand Russell expuso «los Diez Mandamientos que, como maestro, desearía promulgar». Creo que hoy esos mandamientos son tan válidos como hace setenta años; sobre todo teniendo en cuenta los niveles de intolerancia que están alcanzándose en las redes sociales y que están extendiéndose a los demás ámbitos de la vida social, incluso al ámbito intrafamiliar. Vamos a ellos:

  1. No se sienta absolutamente seguro de nada.
  2. No crea que vale la pena producir una creencia ocultando pruebas, porque es seguro que las pruebas saldrán a la luz.
  3. Nunca intente desalentar el pensamiento, porque usted se crea seguro de su éxito.
  4. Cuando te encuentres con oposición, aunque sea de su pareja o de sus hijos, esfuézate por superarla con argumentos y no con la autoridad, porque una victoria que dependa de la autoridad es irreal e ilusoria.
  5. No tengas respeto por la autoridad de los demás, porque siempre se encuentran autoridades contrarias.
  6. No uses el poder para reprimir opiniones que consideres perniciosas, porque si lo haces, las opiniones te reprimirán.
  7. No temas ser excéntrico en tu opinión, porque cada opinión ahora aceptada fue alguna vez excéntrica.
  8. Encuentra más placer en la disidencia inteligente que en el acuerdo pasivo, porque si valoras la inteligencia como debieras, la primera implica un acuerdo más profundo que la segunda.
  9. Sea escrupulosamente veraz, incluso cuando la verdad sea inconveniente, porque es más inconveniente tratar de ocultarla.
  10. No sientas envidia de la felicidad de quienes viven en el paraíso de los tontos, porque solo un tonto pensará que es felicidad.

En el mismo artículo, Russel escribió: «La esencia de la perspectiva liberal en la esfera intelectual es la creencia de que la discusión imparcial es algo útil y que los hombres deberían ser libres de cuestionar cualquier cosa si pueden apoyar sus cuestionamientos con argumentos sólidos», y más adelante, esto: «La opinión contraria, que mantienen quienes no pueden ser llamados liberales, es que la verdad ya se conoce, y que cuestionarla es necesariamente subversivo».

Queda muy poco que agregar a sus palabras, y eso es lo que suele suceder con Bertrand Russell, uno lo lee y no tiene otra opción que quedarse callado, incluso cuando eso suene a contradicción, ya que él mismo nos está diciendo que cuestionemos todo. Pero el asunto va por otro lado: cuestionar todo no significa que el cuestionamiento en sí y de por sí sea un valor absoluto. Se cuestiona para llegar a un punto de llegada o para determinar que no puede llegarse a un punto de llegada (en referencia a esto último es altamente recomendable la lectura del debate Russell – Copleston acerca de la existencia de Dios. Un ejemplo de cómo se debe debatir y de cómo se avanza en el conocimiento); si lo segundo ocurre, se deja en suspenso el juicio; si ocurre lo primero, podemos darnos por satisfechos, al menos momentáneamente, hasta que un nuevo dato o punto de vista nos haga revisitar y revisar esa idea o pensamiento. Sea como fuere, seguir los consejos de Russell siempre da buenos resultados.

Ruedas de libros, o el lector digital del siglo XVI

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Biblioteca Palafoxiana. Puebla, Puebla.

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Una rueda de libros, a veces también llamada rueda de lectura, es un tipo de librería rotatoria diseñada para permitir que una persona pueda leer varios libros fácilmente desde un mismo lugar sin necesidad de moverse. El diseño de la rueda de libros apareció por primera vez en una ilustración del siglo XVI realizada por Agostino Ramelli, en una época en la que el gran tamaño de los libros conllevaba problemas a los lectores. La rueda de libros, en su forma más conocida, fue inventada por el ingeniero militar italiano Agostino Ramelli en 1588, y presentada como uno de los 195 diseños a Le diverse et artificiose machine del Capitano Agostino Ramelli (Las diversas e ingeniosas máquinas del Capitán Agostino Ramelli).​ Para asegurarse de que los libros mantenían un ángulo constante, Ramelli incorporó un arreglo con engranaje epicicloidales, un dispositivo complejo que únicamente había sido utilizado anteriormente en relojes astronómicos. El diseño de Ramelli era innecesariamente elaborado; probablemente entendía que utilizando la gravedad se podía obtener el mismo resultado (como en el caso de las ruedas de feria, inventada siglos después), pero el sistema de engranajes le permitía demostrar su habilidad matemática. ​A pesar de que otras personas construirían ruedas de libros basadas en el diseño de Ramelli, él mismo nunca llegó a construir una.

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Rueda de libros de la Biblioiteca Palafoxiana

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En 1588 Ramelli describió el aparato de esta manera: «Esta es una máquina bella e ingeniosa, muy útil y conveniente para cualquier persona que se deleita en el estudio, especialmente aquellos que están indispuestos y atormentados por la gota. Porque con esta máquina un hombre puede ver y abrir una gran cantidad de libros sin moverse de un lugar. Además, tiene otra buena ventaja, y es que ocupa muy poco espacio en el lugar donde se encuentra, como cualquier persona inteligente puede ver claramente en el dibujo». El dibujo al que hace referencia es el siguiente (a la izquierda, a la derecha puede apreciarse el complejo sistema de engranajes creado para mantener los libros en la posición adecuada):

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Lo anterior, histórico y general, deja paso ahora a lo particular y personal. Por una parte, sé que hay una rueda así en la Biblioteca Palafoxiana (establecida en 1656), ubicada en el centro histórico de Puebla, capital del estado mexicano homónimo . Tengo a esa biblioteca en mi lista de visitas-para-hacer-sí-o-sí desde que hace un par de años encontré un volumen de la revista de la UNAM dedicada enteramente a ella. Sé que algún momento pasaré por allí y ahora sumo una razón más para hacerlo. Por otra parte, y sólo como un comentario tangencial a todo esto, no puedo dejar de ver a este artilugio como el equivalente del renacimiento a las actuales y modernas «pestañas» que todos usamos en nuestras computadoras. De algún modo cumplen la misma función: tener «a mano» a aquellos libros que necesitamos para enlazar un texto con otro, una referencia con un argumento. Ramelli y Bill Gates, de alguna manera, se han encontrado a través del tiempo.

Qué es real, qué es ficción… poco importa

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MacBeth ante el fantasma (nunca más etéreo) de Duncan

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Leo La vida escrita, del hoy olvidado Rodolfo Rabanal, más precisamente, en la página cuarenta:

«Admito aquí, casi con pudor, que nada «me habita» tanto como la literatura, pero la palabra literatura me fastidia, presenta un punto de desagrado, de impersonalidad, además carece de encanto fonético. La palabra literatura señala el rubro de una enseñanza académica, monótona, oficial, poco apreciada. Debo decir (con más realidad): Nada me habita tanto como las palabras, como la lectura, como la escritura.     

Es imposible soñar con escribir si antes no se soñó con lo fantástico en el ámbito provocador de la lectura.                                                                                                   

Es imposible soñar con escribir si antes no se sintió el terror de Macbeth ante el fantasma de Duncan. Es imposible soñar con escribir si antes no se consideró que también se escribe para ejercer un hechizo.                                                                                                                                            

No es posible empezar a escribir si antes no se «vivió» el hechizo en la lectura.                                                      

Hay un momento en que el texto equivale a la realidad y viceversa: cuando se incendia la cabaña de Malcolm Lowry en la costa de Vancouver y él pierde parte del manuscrito de Bajo el volcán, yo siento ese padecer y el «incidente» me acompaña días enteros como un mal sueño.                                                                                                                           

Borges le pregunta a su madre qué fin darle a «La Intrusa», y doña Leonor le dice: «Matala». Y así los Nilsen matan a la Juliana para que la Juliana no termine con la propia fraternidad. Qué es real… Qué es ficción… Poco importa».

La literatura como vida, la vida como literatura. Creo que somos varios los que hemos sentido, en algún momento de nuestras vidas, esa sensación de extrañeza ante la realidad (o de lo que llamamos realidad sin saber muy bien qué es, al fin y al cabo) o de total realismo ante una obra de ficción. Ya antes, en el prólogo, Rabanal había dejado una pista de esta delimitación tan sutil entre una cosa y la otra; allí dice:

«Al revisar algunos cuadernos de notas que, en su mayor parte, son libretas de bolsillo de tapas de hule negro, me quedó claro -si es que alguna vez lo dudé no sólo que el tiempo no es lineal sino que ningún ordenamiento gráfico puede representarlo de ningún modo posible en su total realidad.                                                                                                                                                            

Esta discontinuidad me permitió ver que toda organización narrativa ordenada, aun basándose en episodios reales de nuestra propia vida, se vuelve de inmediato ficcional, como si la realidad (palabra que suelo escribir entre comillas) no tuviera más remedio que aparecer en la forma de una construcción imaginaria.                                                                                                                     

Vistos hoy, vueltos a leer estos cuadernos para seleccionar los momentos que me llevaron a la felicidad y al misterio de la escritura, lo ordinario de los días adquiere una dimensión, a veces terrorífica, a veces idílica o pujante, pero en todos los casos con la familiar extrañeza de sentir que “yo es otro”».                                                                                                                                                      

La sensación, entonces, no es una mera construcción literaria, sino que para el autor es una realidad (y no es posible usar otra palabras ―realidad y literatura― en sentidos que se superponen) circular que se realimenta constantemente. Un psicólogo, o un moralista burgués (lo que es casi lo mismo, diría; los psicólogo no son más que los burgueses de la ciencia, después de todo) diría que este desdoblamiento es una falta, un síntoma de alguna enfermedad, una posible neurosis; pero cualquiera que haya sentido en lo más profundo de sí los alcances de las palabras, de la lectura, de la escritura (para usar la definición que Rabanal prefiere a la sintética palabra «literatura») sabe y entiende que a veces es preferible vivir en ese mundo que en cualquier otro. Después de todo, qué es real… qué es ficción… poco importa.

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Nota: Ruego que me disculpen por la espantosa diagramación en la que el texto se encuentra; no soy yo, es este horrible sistema de “bloques” que ha implementado WordPress y que hace imposible que un texto se presente como uno quiere, sino que lo hace a su modo y como se le da la gana. Intenté arreglarlo de una y otra forma, pero los resultados eran malos o peores (si este es el mejor que conseguí pueden imaginarse lo que fueron los anteriores). Como sea, cansado de pruebas y errores así lo dejaré, con las disculpas del caso.

El Chansonnier cordiforme de Jean de Montchenu

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Revolviendo libros viejos (en la red, por supuesto) encontré esta pequeña maravilla que hoy comparto con ustedes. Se trata de un manuscrito cordiforme (en forma de corazón) que hoy se encuentra en la Bibliothèque Nationale, en París, Francia. Luego, buscando más información, encontré lo siguiente. Empecemos por la descripción técnica:

Los autores fueron Guillaume Dufay y OCKEGHEM, Johannes Ockeghem. El libro está datado en Francia, en pleno siglo XV (entre 1460 y 1477). Se trata de un manuscrito en pergamino con 72 folios, 144 páginas de 22 x 16 cm. y está encuadernado en terciopelo rojo sobre tabla en forma de corazón.

Ahora, su breve historia (breve, al menos, la que yo conseguí) es la siguiente:

Jean de Montchenu, noble, protonotario apostólico y después Obispo de Agen (1477) y más tarde de Viviers (1478-1497), encargó este códice de canciones medievales amorosas italianas y francesas, haciendo honor así a su notoria fama de galán. El libro cerrado tiene forma de corazón, y al abrirlo se convierte en una mariposa formada por los dos corazones de los amantes que se envían mensajes de amor en cada una de las canciones. Como es lógico, es extremadamente raro un manuscrito con forma de corazón, pero este lo es aún más, ya que se han visto representados en retratos libros que al abrirse forman un corazón, pero no dos, como el que nos ocupa, y tan bellamente decorado.

Las canciones, en francés e italiano, escritas para distintas voces, se atribuyen a los mejores compositores medievales. Cuando la palabra «corazón» aparece en los textos, se representa con un delicado pictograma. Dos representaciones a toda página aparecen en el códice. En la primera, Cupido lanza flechas sobre una joven, y a su lado la Fortuna hace girar su rueda. En la otra, dos amantes se acercan amorosamente. Además, a lo largo de todo el manuscrito, rodeando los pentagramas, la música y las poesías de amor, se pintaron orlas, animales, pájaros, perros, gatos y todo tipo de flores y plantas realzadas por unos abundantes y delicados oros. Remata el equilibrado y elegante conjunto artístico la encuadernación en terciopelo color sangre, como no podía ser de otra manera, para vestir este «Libro del Corazón».

Junto a toda la colección que recibió de su padre, James de Rothschild, y que él mismo aumentó, Henri de Rothschild domó este libro a la Biblioteca nacional de Francia, en un acto que tuvo lugar el 22 de marzo de 1933

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Una pequeña galería con imágenes del Chansonnier cordiforme. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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El discreto encanto de ser humano (Parte III de III)

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Una de las discusiones más fuertes que vienen dándose en este último tiempo; magnificada, también, por los alcances de la pandemia que estamos sufriendo, es el del alcance y la responsabilidad que le cabe al sistema capitalista en toda esta cuestión. Más aún, a quien se apunta es al capitalismo tardío, neoliberalismo o capitalismo salvaje (cualquiera de las tres expresiones señalan a lo mismo, sólo que alguna lo hace de manera más literal y otra lo hace de manera más permisiva), quien es el que parece no tener control ni permitir, tampoco, que nadie intente tal cosa (es decir, controlarlo. No hay más que ver lo que sucedió hace pocos días en Wall Street).

El gran «caballito de batalla» de este sistema económico-ideológico es la llamada «meritocracia», la cual vendría a sintetizar todo en un sencillo «Si tiene, es porque se lo ganó; si no tiene, es porque no ha hecho lo suficiente»; dejado de lado, por supuesto, todas aquellas variables que forman parte de la existencia humana y de la que, en líneas generales, quienes sostienen esta faceta ideológica, están exentos en un alto grado.

En mi caso, la foto con la que abro esta entrada es estupenda para plantear el asunto desde el otro ángulo, desde el otro punto de vista. Ante ella, un liberal (o capitalista tardío o un neoliberal; no creo que le gustaría que lo llame capitalista salvaje) diría algo así como: «Si a pesar de las condiciones externas, como repartidor le conviene entregar pedidos, quiere decir que elige libremente y prefiere ganar dinero a quedarse parado». Yo creo que la pregunta es la contraria: si el repartidor fuese libre, ¿elegiría entregar pedidos en plena nevada con la ciudad en ese estado? Lo que nos lleva a otra pregunta: ¿puede haber libertad si no están garantizadas las condiciones que nos permiten ser libres? ¿Qué libertad de elección existe cuando la decisión está subordinada a la necesidad?

El discreto encanto de ser humano (Parte II de III)

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En la entrada anterior hablé muy brevemente de los migrantes y del problema del Otro. El tema es demasiado extenso y sólo puede ser tocado en sus aspectos básicos; pero vale, al menos, como inicio de un diálogo o debate con el cual empezar a tocar el tema.

Es muy común, por ejemplo, considerar al migrante como un Otro totalmente ajeno a nosotros: las fronteras, los idiomas, la cultura, la religión, los hábitos, el aspecto, todo ello nos permite diferenciarnos de aquello que no queremos ser (en ese sentido el migrante no es más que un espejo que nos muestra lo que podríamos llegar a ser, llegado el caso) o con lo que no queremos tener nada que ver porque no nos conviene. Es así que solemos decir «que los devuelvan a su país» y ya, nos sentimos tranquilos ante el trabajo hecho (mal hecho, pero hecho al fin. Esa expresión es como el viejo chiste de barrer la basura debajo de la alfombra; nos engañamos a nosotros mismos creyendo que el problema está solucionado, cuando sólo está oculto a nuestra mirada).

Lo absurdo de esta postura es lo que ocurre cuando el desposeído no es un migrante, sino un compatriota. ¿A quién se lo encajamos? El muy desgraciado es «nuestro», en algún aspecto… ¿Qué hacer, entonces? La expresión aquí es alguna variante de la que dije en la entrada anterior: «El que es pobre es porque quiere» y ya, solucionado el problema. Si determinamos que el que es pobre es porque él lo quiere, la responsabilidad recae sólo sobre él y nosotros, nada que ver, así que podemos mirar para otro lado con total tranquilidad de espíritu.

Por lo visto eso es lo que se hace en estos días en las grandes ciudades. La foto con la que abro esta entrada y con las que la cerraré, muestran una de las soluciones que se han encontrado para paliar el problema de los llamados homeless. Una forma vulgar, cruel y patética de barrer la basura debajo de la alfombra: ante la molestia de esta gente que deambula por las grandes ciudades, lo mejor que se nos ocurre es inventar métodos para que ellos no puedan no siquiera acostarse a descansar en un banco o debajo de una autopista; así que nuestra humanidad se reduce a crear muchas púas y molestias varias para que quien no tiene nada, tenga aún menos. ¿No podría ponerse en marcha algo de creatividad y usar ese material para crearles algo que les resultara útil y práctico? No, para qué… con algunos pinchos se dice lo suficiente; se dice: «Si tienes que morirte, muérete, pero lejos de aquí; si es posible, donde no te vea». Y ya, tranquilos y libres de culpa y cargo y también de molestias visuales, podemos sentarnos en un banco de la plaza a beber nuestro latte macchiato y a disfrutar de las simpáticas ardillas que corretean entre los árboles y que descansan sin que nadie las moleste.

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