Manual del pequeño anarquista

Para Carla

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Como bien se sabe, la filosofía es el arte de dudar de todo. Sé que es una definición por demás ceñida, pero creo que es válida y que sería refrendada por más de un filósofo concreto. Dudar de todo significa ser poseedor de un espíritu crítico e inconforme que lo impulsará siempre a buscar el trasfondo, la verdad, el sentido, la razón que subyace a todo. Claro, esto no siempre se conseguirá, pero siempre el camino andado habrá sido productivo. No hay forma de que alguien pueda sentir que ha perdido el tiempo si se ha dedicado a estudiar un tema determinado para comprenderlo o, mejor aún, para modificarlo.
Es entonces que tal vez el único camino para que podamos esperanzarnos en un futuro promisorio (pero no para nosotros, sino para quienes queden en nuestro lugar) sea empezar a enseñarles a los niños a dudar de todo. Enseñarles cómo son las cosas, pero enseñarles, sobre todo, que esas cosas pueden ser modificadas y que deben ser modificadas si no son correctas y válidas para todos por igual. No es una tarea complicada; los niños son inconformistas y nosotros sólo debemos dejar de hacer lo que estamos haciendo hoy: adocenándolos con base a una corrección política idiota que sólo los vuelve mediocres y repetitivos. Dejémoslos ser lo que realmente son: curiosos y rebeldes por naturaleza y tendremos a las nuevas generaciones fuertes y movilizadoras.
Claro, aquí hay dos problemas para los adultos y los viejos: deben ponerse a trabajar y, sobre todo, deben vencer su miedo ante un joven que piensa por sí mismo.

Lo igual desigual

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Cuando hace unos días viajé a San Miguel de Allende me encontré con que la empresa Primera Plus ofrece un servicio por demás particular: asientos exclusivos para mujeres. Así es; parece ser que los primeros ocho asientos del autobús son exclusivos para mujeres que no quieren viajar sentadas al lado de un hombre.
El feminismo desbocado o ultrafeminismo o como quiera que se llame esa variante del feminismo clásico (el único válido) ha logrado responder a la violencia masculina con otra violencia y, en lugar de luchar por lo que corresponde, es decir, por la igualdad entre los géneros, responde con una desigualdad igual a la que pretende o dice combatir.
Para ser sinceros, me importa poco que los mejores asientos se los quede un grupo determinado de personas, sea éste cual fuere. Lo que me importa es que el vehículo me lleve del punto A al punto B y en ese sentido todos salimos al mismo tiempo y llegamos al mismo tiempo a destino; pero hay un par de puntos que no puedo obviar:

#Es, sencillamente, injusto. Cuando se habla de un estado de igualdad no puede haber, por lógica intrínseca, beneficios para un grupo por sobre otro.

#Es ilógico. Que cualquier mujer pida ser separada de cualquier hombre (independientemente de las virtudes y defectos de cada uno de ellos) lleva implícita la idea de que toda mujer es víctima y todo hombre es victimario.

#Es discriminatorio. Que a las mujeres se les asignen asientos reservados para su protección implica, entonces, que todos los hombres que viajamos allí somos delincuentes o posibles delincuentes.

#El punto anterior contradice el principio legal de presunción de inocencia. Que una mujer me señale o señale a cualquier otro hombre y pida ser alejado de él porque simplemente es un hombre, es inmoral.

Como corolario, y para demostrar lo absurdo de todo esto, podemos pensar la misma idea pero planteada para cualquiera que se arrogue el derecho a sentirse molesto por cualquier otro grupo. Supongamos que un grupo de hombres exigiera asientos exclusivos lejos de cualquier mujer (ser misógino es idiota, pero no es un delito); o un grupo que quiere asientos lejos de los homosexuales o de los judíos o de los negros o… ¿Se entiende el punto?
Del mismo modo en que no se termina con el canibalismo comiéndose al caníbal, no se termina con la desigualdad creando más desigualdad.

Los imbéciles no dan respiro

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La verdad es que hoy quería hablar de otra cosa, pero una nueva noticia me obliga a tocar un tema similar al de ayer. ¡Es que cuando los Neandertal gobiernan uno no para de sorprenderse, asustarse, indignarse o todo al mismo tiempo! Esta vez le toca el turno a mi querida Argentina con una nueva postura propia de la más acérrima ignorancia y estupidez. El Ministro de Educación Esteban Bullrich propuso incluir a las religiones dentro de la currícula de las escuelas. Así es: “El Ministro de Educación sostuvo que la enseñanza religiosa debe volver a la escuela para que “la luz del cirio pascual” y de la educación vuelvan a brillar más fuerte que nunca”. También dijo estar “convencido” de que las enseñanzas del Evangelio y de Jesús, como las de otros profetas y religiones “deben ser aprendidas”.

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El Ministro parece desconocer que en la Argentina la educación laica y la libertad de conciencia están garantizadas en la Constitución Nacional, así que el disparate que promueve no sólo es retrógrado, sino también ilegal; pero ya se sabe; a la derecha, esas cosas de la legalidad y del buen entendimiento entre todos los tiene sin cuidado.

Por fortuna, de inmediato se han levantado voces críticas que advierten del peligro que implica la postura de Esteban Bullrich, como la de la pedagoga Adriana Puiggrós, quien dejó en claro que: “Enseñar religión es retroceder más de cien años”, además de señalar que no hay contradicción entre el laicismo y el catolicismo (se pueden ser ambas cosas, claro está; ser laico no significa ser anticatólico; sólo se entiende que la religión y las cuestiones sociales corren por caminos diferentes).

El Ministro de Educación argentino Esteban Bullrich es por demás ignorante, no cabe duda de ello, pero ante todo, es un buen cristiano. ¿Cuál es la razón por la cual la iglesia y el estado (¡Vaya, iglesia y estado, igual que ayer!) querrían incluir a la religión en las escuelas? Dejemos que el humor del chileno Montt lo exponga con más claridad que cualquier párrafo mío:

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Empezar a pensar

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Venimos de una semana de crueldad exacerbada y expuesta en sus formas más básicas. Desde los ataques varios y variados en Siria hasta el atentado religioso en Egipto. Podríamos intentar un análisis que nos ayudara a comprender la situación; podríamos banalizar lo que sentimos diciendo solamente “qué terrible…” antes de pasar a otro asunto; o podríamos al menos intentar pensar un instante en las razones íntimas de este actuar de ciertos grupos de personas. Ya que es bien poco lo que podemos hacer desde nosotros mismos, pensar no es algo que sea trivial. Para quien esto escribe, la razón la tiene, como casi siempre, Schopenhauer, de quien comparto un texto que es la síntesis perfecta de ese diagnóstico:
Arthur_Schopenhauer_by_J_Schäfer,_1859b“Cuando la punta del velo de Maya —la ilusión de la vida individual— se ha levantado ante los ojos de un hombre, de tal suerte que ya no hace diferencia egoísta entre su persona y los demás hombres, toma tanto interés por los sufrimientos extraños como por los propios, llegando a ser caritativo hasta la abnegación, pronto a sacrificarse por la salud de los demás.
Ese hombre, que ha llegado hasta el punto de reconocerse a sí mismo en todos los seres, considera como suyos los infinitos sufrimientos de todo lo que vive, y debe apropiarse el dolor del mundo. Ninguna angustia le es extraña. Todos los tormentos que ve y raras veces puede dulcificar, todos los dolores que oye referir, hasta los mismos que él concibe, hieren su alma como si fuese él la propia víctima de ello”.

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Eso es todo: la violencia se ejerce cuando no reconocemos en el otro a un ser equivalente a nosotros mismos (Schopenhauer incluye a todos los seres vivos en esa comparación. De allí su famosa frase: “Puede reconocerse el grado de civilización de un pueblo por cómo trata a los animales”). Ahora podemos seguir pensando en este problema. Ya sabemos por dónde podemos empezar: reconociendo a quienes se consideran por encima de los demás. En síntesis: todo fascismo, toda xenofobia, todo racismo, toda religión.

Tortura para todos (I)

Aldo Moro
En 1978 las Brigadas Rojas italianas secuestran al ex Primer ministro Aldo Moro. Pedían en intercambio de su liberación la puesta en libertad de algunos presos de esa organización y el reconocimiento legal de la misma. Por ese entonces, la policía tenía en custodia a un integrante de ese grupo revolucionario que se suponía que sabía dónde se encontraba el político italiano, pero este detenido se negaba a cooperar con las autoridades. Días después, Aldo moro aparece muerto en el maletero de un automóvil, en pleno centro de Roma.
Muchos se preguntaron por aquel entonces porqué las autoridades no hicieron todo lo posible para obtener esa información que el detenido poseía. En otras palabras: muchos se preguntaron por qué las autoridades no torturaron al detenido para obtener la confesión que podría haber salvado a Aldo Moro. La respuesta del gobierno fue de una altura moral pocas veces igualada en cualquier tiempo: “El Estado Italiano no puede darse el lujo de torturar a una persona”.
El problema moral no es menor: ¿Es lícito cometer un delito para prevenir otro delito? ¿Y quién determina la magnitud de uno y de otro y establece que sí es válida tal actitud? ¿Quién de nosotros puede determinar quién puede ser torturado, cómo, y por cuánto tiempo? Y si decimos que una democracia es el gobierno del pueblo para el pueblo ¿Podríamos aceptar —como sociedad— la responsabilidad de la tortura o de la muerte?

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Nota: la entrada de hoy puede contener algún dato levemente erróneo, ya que la escribí de memoria. De todos modos el punto central no es la historia de Aldo Moro, sino las preguntas que dejo al final. Todo parte de algo que noté en estos últimos tiempos, que llamó mi atención y que me hizo reflexionar sobre este tema, el cual terminará mañana.

Rebelión azucarada

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La foto con la que abro esta entrada corresponde a la protesta de hace un par de días en Bucarest, Rumania, donde cientos de miles de personas marcharon para exigir la renuncia del gobierno. Más allá del caso rumano, lo que quiero es enlazar el tema con los asuntos locales; los que nos competen aquí, en México y en América Latina. No hace muchos días también hablé sobre el boycott y sobre los valores que tiene esta forma de protesta (valores que incluyen la poderosísima arma que es el pacifismo como forma activa. El boycott no es sólo práctico por su poder, sino que no lastima a nadie ni permite que nadie lastime a quien proteste de esta forma); y lo que conseguí fue que una amiga me dijera, textualmente: “Yo no voy a boicotear a una empresa sólo porque sea extranjera” y, con respecto a Starbucks en particular, defendió a esta empresa aduciendo que “es un buen lugar donde tener una reunión de trabajo”. Bueno, como que así es algo difícil ¿no? Otra persona terció en el debate criticando a “Doña Chonita” y defendiendo a una empresa extranjera porque allí él puede comprar cerveza “a las once de la noche”, si así lo desea. Esta persona desde el mismo lenguaje ya demuestra su falta de nivel intelectual como para poder debatir con altura; ya que “Doña Chonita” es un término despectivo hacia un comerciante local, mientras que cuando habló del comercio extranjero lo hizo con su nombre correcto. Es decir que para ese mexicano un comercio extranjero tiene nombre propio, mientras que un comerciante local es poco menos que un indio vago e irresponsable.

Y sí, es algo difícil. No hay mayor victoria del dominador que la que logra cuando la misma víctima lo defiende; y eso es lo que veo en una gran medida aquí; demasiado para mi gusto.

Pienso en Mariano Moreno, en Miguel Hidalgo, en José María Morelos, en Isidro Baldenegro (muerto en enero del 2017), en Ernesto Guevara, en Emiliano Zapata, en Rodolfo Walsh, en Pancho Villa y en tantos otros que ofrecieron sus vidas (literalmente, sus vidas) por un estado de justicia para todos y ahora resulta que aquí se me deprimen porque no pueden dejar de tomar una Coca-Cola o porque no pueden comprar un café en Starbucks. Pendejos.

Ahora

andreas-diefenbach-german-b-1973-calling-ufo-calling-ufo-2005Que se vienen tiempos difíciles, eso no hay quien lo dude. Todos sabemos lo que los Estados Unidos suelen hacer cuando están desatados y ven enemigos por todas partes y más cuando un imbécil es quien dirige a esa enorme masa de descerebrados. Pero, si sumamos a eso nuestra propia desidia, nuestra propia pereza y nuestra propia inacción no tendremos derecho alguno, luego, a quejarnos o a lamentarnos. Mucho menos a justificarnos delante de nuestros hijos o de cualquier otra generación que nos siga los pasos. Existe una figura legal comúnmente conocida como defensa propia, la cual nos permite usar la fuerza para protegernos o para proteger a los nuestros del ataque infundado de cualquier ente, sea éste un animal, otra persona o una institución cualquiera.

En este caso, como es obvio, estoy hablando de Donald Trump y de sus medidas políticas basadas en el racismo, la intolerancia y la estupidez práctica lisa y llana. Está bien, tiene todo el derecho a ello, eso no se lo voy a criticar; no se puede legislar sobre la estupidez humana (y ser racista, misógino o xenófobo son características intrínsecas a la estupidez, así que nada puede hacerse desde la ley). Lo que sí no puedo tolerar es quedarme quieto. Como dije antes, hay una figura que me protege y contempla: la defensa propia.

Ante el ataque del presidente norteamericano, los primeros presidentes que salieron a miniaturasdefender a México fueron Nicolás Maduro y Evo Morales; dos de los “dictadores” latinoamericanos. Sería bueno, muy bueno, que alguna vez los latinoamericanos comenzaran a verse en un unidad en lugar de hacer caso a la propaganda política norteamericana que ve dictadores donde más le conviene y no los ve donde los hay en realidad (por seamos sinceros, si Venezuela no tuviese petróleo a nadie le importaría quién o cómo la gobierna. Mientras tanto, EE.UU. no dice nada del accionar israelí o árabe aunque estos masacren a otro país o ejecuten a personas en la plaza pública).

A comenzado en Latinoamérica una fuerte campaña en contra del consumo de productos norteamericanos. Espero que no todo quede en una mera muestra de cartelitos coca-cola-lucha-de-clasesfacebookeros y que la acción sea llevada adelante con toda la fuerza posible. Sé que muchos no se plegarán a este accionar (a quienes luchan a favor del invasor les dicen cipayos en Argentina o malinchistas en México; lo cual indica que traidores, en estas tierras, los hubo siempre. También habrá que luchar contra ellos si es necesario).

La receta es simple: contra la violencia ciega y torpe, la acción concreta y pacífica; contra la burla soberbia, la dignidad humilde pero orgullosamente poderosa; contra la bravata torpe e ignorante, la altivez del silencio colectivo.

Hace una par de meses dije que esta puede ser una gran oportunidad para México; ahora veo que puede serlo para toda América Latina. Espero ver, de una vez por todas, a este continente unido contra cualquiera que quiera hacernos daño, todos; tanto a los de afuera como a los de adentro. Tal vez aquellos versos de José Hernández escritos en 1879 sean, al fin, escuchados: “Los hermanos sean unidos / porque esa es la ley primera / tenga unión verdadera / en cualquier tiempo que sea / pues si entre ellos pelean / los devoran los de afuera”.