La revolución descremada

 

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Dijo Antonio Machado: «Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre»; a lo que agrega Facundo Cabral: «Cuando conozco a un hombre, no me importa si es negro o blanco; cristiano, judío o musulmán, de izquierda o de derecha. Me basta y me sobra con que sea un hombre. Peor cosa no podía ser». Todos pensamos más o menos lo mismo, según el día de la semana o según de quién estemos hablando, si de los demás o de nosotros mismos. Así que Machado es perfecto para hablar de nuestra familia o de quien piensa como nosotros, mientras que Cabral es perfecto para señalar a ese vecino molesto o a ese extranjero detestable.

Digo esto ahora que ya pasó la ola de enojo y furia por la muerte (la detestable muerte en su forma y en su fin) de George Floyd. Ahora que todo está volviendo lentamente a la normalidad, que las tiendas han comenzado a quitar los paneles de protección, que los medios le brindan mucho menos espacio (o nada, directamente), que la gente sigue más o menos enojada pero en sus casas, que se venden menos botes de pintura en aerosol, que algunas estatuas aún permanecen de pie.

Y es que hoy en día hasta las protestas tienen fecha de caducidad; y esta es menor que la de un yogurt. Hoy que la gente tiene más tiempo y más poder en sus manos tienen, al mismo tiempo, menos conciencia ideológica y, por supuesto, también aguanta mucho menos. Un auténtico revolucionario lleva sus ideas hasta las últimas consecuencias. Está tan convencido en lo que cree que, por eso mismo, cree que la única forma de cambiar las cosas es cambiando el sistema en sí, es decir: cambiando al poder mismo. Ahora no, ahora todo se reduce romper cristales, incendiar un par de autos, golpear a alguien y, sobre todo, a pintar con pintura en aerosol toda pared o monumento, y eso es todo.

 

pseudo revolucionario

 

Me resulta muy gracioso, después, las justificaciones que esos mismos grupos comparten en las inevitables redes sociales (otra «forma» de la «revolución»), equiparando una pintada ―con un slogan mal escrito― con una verdadera revuelta.

Y que conste que no me opongo a las protestas (cuando están bien fundamentadas) y tampoco a las protestas violentas (si fuera necesario). A lo que me opongo es a esta cosa intermedia, a este accionar chirle e improducente, a esta cobarde forma de protestar actuando de forma violenta pero gritando a voz en cuello cuando el que está enfrente actúa a su vez. Un verdadero revolucionario se las juega, se arriesga, pone todo en juego. Incluso su vida si así lo considerara necesario. Porque un verdadero revolucionario sabe que si ataca al poder, el poder responderá. La lucha será desigual incluso en su volumen, pero si está convencido de sus ideales, eso será secundario. Y son esos los revolucionarios que me gustan. Los otros, los que sólo pintan con aerosol un monumento, no son más que pseudocríticos sociales que «atacan» a una piedra; es decir, a quien no puede defenderse ni, tampoco, cambiar absolutamente nada.

¿Será el fin de las revoluciones? Seguramente. Al menos en occidente y en el oriente occidentalizado, todo parece haber descendido al nivel de la ofensa personal (todo me ofende, soy una pobre víctima de… lo que sea). La adolescente postura del nadie me entiende ha sido llevada, al fin, a la sociedad toda. Hoy no es que no haya motivo de quejas y de rebeliones, lo que no hay es gente que las lleve a cabo, ya que todos viven en una adolescencia eterna, y con ella nunca se podrá llevar a cabo un verdadero cambio radical del actual estado de cosas.

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Algunas razones por las cuales el capitalismo (desgraciadamente) no morirá

Nota previa: el siguiente texto contiene una pequeña, muy pequeña dosis de humor negro. Si el lector carece de tolerancia a él, tal como otros carecen de tolerancia a la lactosa o al gluten, será mejor que pase de largo. De lo contrario, se ruega no molestar.

Creo que el primer atisbo de que el capitalismo es algo genético lo tuve cuando vi a ese tipo, correctamente protegido por el inevitable pasamontañas, vendiendo ladrillos para así poder manifestarse mejor. ¿Será una ironía? Me pregunté, y tal vez lo fuera, pero no quise acercarme a preguntarle porque, sinceramente, temí la respuesta, además de que él tenía los ladrillos y yo ninguno. Comprarle uno antes no hubiese servido para nada, él seguía estando ―maldita sea la carrera armamentista― con el mayor poder bélico. Sin demasiadas opciones, seguí caminando. Más adelante, debajo de unos portales de piedra caliza, una adivina le leía las cartas a un iluso. Hija de los tiempos, ella había acondicionado el lugar con una mampara divisoria y estaba bien protegida por su cubrebocas y sus anteojos (¿y era eso una peluca o así tenía realmente el pelo?). Me dije que no estaría muy segura de sus capacidades anticipatorias si no podía prever el estado de salud de quien tenía adelante; pero quién sabe, tal vez, como dice el refrán «En casa de herrero, cuchillo de palo» y ella, tan sagaz para ver el futuro ajeno, no era capaz de ver el propio. Yo no lo sé y tampoco aquí pude preguntar nada. Ella estaba ocupada en lo suyo yo preferí salir de largo.

Un ladrillo pasó volando a centímetros de mi nariz y se estrelló, haciéndola mil pedazos de diamantes diminutos, contra una vidriera enorme de una tienda que no sé cómo se llama. Un muchacho y una muchacha pasaron corriendo por delante de mí, en la misma dirección en que lo había hecho el ladrillo unos segundos antes y, pidiéndome disculpas por el casi golpe, se metieron rápidos en el local. Me pareció bien que se disculparan. Revolucionarios, pero educados. Iba a decirles que todo estaba bien cuando veo salir a la chica con una botella de Coca Cola en la mano. Pensé en decirle que era demasiado romper una vidriera por una Coca Cola y, de paso, explicarle que la revolución es otra cosa, que ella implica un cambio radical de… pero no pude, ser fueron corriendo delante de un policía que los siguió unos metros, pero que pensó que una Coca Cola no valía la pena (o tal vez sí, porque volvió sobre sus pasos y también se metió en el local para tomar un par, una para él y otra para su compañero. A mí nadie me convidó ninguna. Ni el revolucionario ni el antirrevolucionario. Mejor así. El azúcar no me sienta bien).

Las ciudades están transformándose en centros turísticos locales, sin duda. Hay un millón de cosas que nunca había visto antes. Por ejemplo, un árbol parece sacado de una copia modesta y de mal gusto de una película de Tim Burton. Sus ramas están llenas de púas en la parte superior. ¿Estarán por filmar alguna película? Pregunto, sin darme cuenta, en voz alta, y me dicen que no; que esas púas fueron colocadas allí por la gente adinerada del lugar, así los pájaros no pueden posarse y, por ende, no ensuciar sus autos con esa mala costumbre que tienen algunos pájaros de comer y cagar, con perdón de la expresión. Y vamos, que es entendible, uno no tiene un Lexus o un Porsche para que un gorrión te deje su firma sobre el capot recién encerado…

No tengo que dar ni dos pasos para encontrarme con otra vidriera rota. Allí un televisor encendido que nadie ha robado aún (prefieren llevarse los que están en sus cajas, por lo que veo. El que está encendido ya tiene uso) nos regala con algunas noticias que, al menos para mí, son poco menos que curiosas. «Es un dilema moderno para los ultra ricos: un yate espera, pero ¿cómo alcanzarlo de manera segura sin exponerse a las masas plagadas de gérmenes? Dilema para los que vuelan alto: cómo viajar de forma segura a su yate». Dice la primera de ellas y me digo que esa pobre gente debe estar pasándola realmente mal. Pero la noticia siguiente me conmueve sobremanera: Una pareja de Youtubers que había adoptado a un niño chino con autismo, lo devolvió luego de haber hecho una buena suma de dinero con él online, como se dice ahora. ¡Qué desgracia! Tener que devolver a tu hijo adoptado… también, tener la mala suerte de que te salga chino y autista… ¿Habrán devuelto también el dinero? Vaya uno a saber… pobrecita, lo que debe sufrir esa madre, se la ve tan compungida… Me pregunto si aún debería llamársele así, madre. No tengo ni idea, pero tal vez debería llamársele de otro modo.

Suena mi celular y lo maldigo. No hay modo de pasear por una ciudad o por donde sea sin que alguien te encuentre en cualquier momento y en todo lugar. Es L., quien me pide que camino a casa compre más cubrebocas y alcohol en gel. Y que no tarde demasiado (esto último lo dejo aquí para que vean el alcance del machismo actual). Por suerte encuentro una máquina expendedora que ahora ya no vende golosinas y refrescos (esos se consiguen, por lo visto, a pedradas en los cristales); sino que vende todo tipo de elementos de higiene. Veloces para los negocios los muchachos. Sigo en el teléfono y le pregunto a L. si no necesita una cama que se convierte en ataúd. Lo estoy viendo ante mí y parece útil. No repetiré sus palabras, sólo diré que no lo compré. Me excuso diciendo que sólo le digo lo que veo, las mujeres suelen comprar cosas que los hombres no. Diferentes visiones, que le dicen. OK, tampoco repetiré lo que dijo. ¿Un juguete con forma de coronavirus, hecho en China? Ése sí, para que juegue el perro. ¿Una bandera norteamericana o israelí para quemar? Parece que una empresa irakí le encontró la vuelta al asunto y está vendiendo un montón. Además están baratas. Que no, que nosotros no hacemos esas cosas. ¿Una bolsa con cierre para muerto, a sólo doscientos pesos? L. a veces tiene una boca… que para qué les cuento. Decidí cortar la comunicación e ir directo a casa.

Un último susto: un hombre apunta con un arma directamente a la cabeza de una mujer. El susto dura sólo un segundo: está tomándole la temperatura, cosa que está muy bien. La señora tiene que comprar sus Gucci y Gucci no quiere que sus clientes le ensucien los tejidos. Una mano lava a la otra, dicen.

Les dejo una galería con algunas imágenes que he juntado a lo largo de estos días. Todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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Ni blanco ni negro, no sirve

 

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Hace unos días tuve una discusión con una persona que, luego de exponer sus puntos de vista políticos, se escudó tras una supuesta «neutralidad» que, por supuesto, no puede existir (al menos en esas circunstancias). Seré breve en la anécdota: Esta persona de la que hablo mostró un fragmento de una película en donde un personaje le pega un tiro a quemarropa a otro luego de un discurso político (el cual no correspondía a la película, sino que había sido grabado y añadido). Esta persona, también dijo que le gustaría que alguien hiciera un video así, pero con López Obrador.

Yo señalé que la idea contenía todos los tópicos de la derecha más radical: discursos basados en falacias, supuesta solución que implica la violencia y supuesta neutralidad; a lo que me fue preguntado: «¿Acaso no sabes que existe el apartidismo?». Bien; no seguiré con este diálogo, sino que sintetizaré lo que dije (y lo que mantengo) de un modo más directo, para no entorpecer la lectura.

Para empezar: No se puede ser neutral desde el momento en que se expresa una opinión. Esa falsa postura de neutralidad es usada para poder decir cualquier barbaridad sin tener que verse expuesto a las críticas y, sobre todo, a la exposición de las contradicciones de su discurso. No existe tal cosa como «apartidismo» (horribe neologismo, por cierto) cuando se está pidiendo que se le pegue un tiro al presidente (sea cual fuere, lo mismo da); esa expresión se hace siempre desde una postura política determinada y quien la pronuncia debe hacerse responsable de ella. Claro; es mucho más sencillo decir «todos los políticos son iguales; todos son corruptos y yo no estoy a favor de nadie» poniéndose a sí mismos en una postura impoluta desde donde se puede criticar sin ser criticado, que tener la honestidad de decir «Esta es mi postura y estas son mis ideas» y debatir desde allí.

En mi caso particular me gustan más estas personas, aunque se encuentren en las antípodas de mi pensamiento. Al menos sé que con ellas podré debatir con honestidad; pero esta nueva moda de sentirse por encima de toda ideología o de toda postura no sólo es errónea intelectualmente, sino que también lo es en su forma ética. La «neutralidad», en este caso, no es más que cobardía disfrazada de postura intelectual. Es por eso que quisiera terminar con unas palabras (más que conocidas, por cierto), de Antonio Gramsci, palabras que a los hombres (hombrecitos, más bien) de hoy deberían sonarles como una exposición vergonzosa de lo que son:

 

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«Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes».

 

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Por último, en la Divina comedia, Dante coloca a los indiferentes en la antesala del infierno, ya que ni siquiera son dignos de él, como tampoco —mucho menos, por supuesto— del cielo. Veamos esta interpretación de la profesora Paola De Nigris:

«Además del silencio, esas almas están condenadas a ser odiosas tanto para el cielo como el infierno, por eso se quedan en el vestíbulo. No merecen mezclarse con las almas buenas: «El cielo los lanzó de su seno para no ser menos hermoso pero el profundo infierno no quiere recibirlos por la gloria que podrían sentir los demás culpables». Pareciera que el infierno no los quiere para no darle gloria a las otras almas, pero en realidad es un nuevo desprecio, otra parte del castigo. ¿Por qué tanto? ¿qué significa ser indiferente? En italiano, la palabra que se usa es cobarde. Son almas insignificantes moralmente porque «vivieron sin infamia y sin gloria», No fueron «ni rebeldes ni fieles a Dios», «Expúlsalos el cielo y tampoco lo profundo del infierno los recibe», «Misericordia y justicia los desdeña», «Desagradables a Dios y a sus enemigos».

Dante los castiga duramente ubicándolos en el vestíbulo del Infierno. Están allí porque no se comprometieron, porque no tomaron partido, porque vivieron para sí mismos y para su propia comodidad. No tuvieron la valentía de hacer el mal ni tampoco el bien, por eso no existen ni para Dios, ni para el Diablo, ni tampoco para el mundo. Son almas que no supieron jugarse por nada más que por ellos mismos y, aunque prefieren el Infierno en vez del anonimato, el olvido será su castigo».

¿Cuál será nuestra excusa?

 

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Ya todos sabemos la historia: cuando los españoles y los franceses llegaron a América masacraron a decenas de millones de personas. Lo que es menos conocido son los argumentos con los cuales se consiguió esto. De esos argumentos se burla Michel de Montaigne:

«No entendíamos en absoluto su lenguaje y […] sus maneras, por otra parte, y su aspecto y sus vestidos, eran muy distintos de los nuestros. ¿Quién no atribuía a estupidez y necedad el verlos mudos e ignorantes de la lengua francesa, ignorantes de nuestros besamanos y de nuestras sinuosas reverencias, de nuestro porte y actitud, sobre los que infaliblemente ha de cortar su patrón la naturaleza humana?».

Hoy suenan ridículos tales argumentos; todos somos muy modernos y reconocemos de inmediato las falacias que estas ideas contienen; pero no hace mucho, apenas unos ochenta años atrás, Adolf Hitler dijo (y fueron muchos los que lo siguieron):

«Así creo ahora actuar conforme a la voluntad del supremo creador: al defenderme del judío lucho por la obra del señor».

Igual de ridículo, pero mucho más moderno. Casi actual. La psicología nos permite entender el modus operandi: si queremos matar a alguien sin sufrir graves consecuencias psicológicas, lo que debemos hacer es despersonalizar al otro. En la medida en que podemos hacer esto no estamos matando a un ser humano, sino a otra cosa: a un animal, por ejemplo.

 

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Hoy el mundo más que un caos es una suma de caos de diferentes ámbitos y tamaños: salud, política, religión, relaciones internacionales, economía, ciencia y, sobre todo, sociedad. Todo está en cambio o ruptura y, si bien muchas de estas rupturas son comprensibles, otras lo son mucho menos: países como EE.UU, Francia o Israel que impiden el embarque de material sanitario a otros países que, incluso, ya habían pagado por ello (y que en muchos casos son socios comerciales, estados amigos); ataques a personal de la sanidad como médicos o enfermeros (en España escribieron en el costado del auto de una doctora: «Rata Contagiosa»; en México les echan cloro, café hirviendo o no les permiten ascender al trasporte público; en Argentina alguien puso en los pasillos de un edificio un cartel que decía «Vete de aquí, vas a contagiarnos a todos»; en EE.UU. insultaron a una enfermera que iba a hacer unas sencillas compras para comer); En España recibieron a pedradas a unos ancianos que fueron trasladados a otro sitio; en Guatemala un grupo de personas quiso prender fuego a otro grupo que había llegado en autobús desde la frontera; en Ecuador la gente deja abandonados los cuerpos en la calle o incluso los creman en una esquina cualquiera; En EE.UU. un grupo de fanáticos pretendió encerrar a la Gobernadora de Michigan porque rechazan la cuarentena; en México amenazan con incendiar un hospital si atienden a personas infectadas con el covid-19…

En suma; aquí no se trata sólo del clásico salvaje tercer mundo. Aquí ya no hay «civilizados» contra «bárbaros». Esto es peor. Todo es un caos donde todo puede pasar y la globalización, que nos ha igualado en muchos aspectos, también ha hecho tabula rasa con nuestra conciencia. Aquí ya no se sabe quién es quién y lo atroz puede nacer del que menos pensamos: de un compatriota, de una familiar o, porqué no, de uno mismo.

Lo único que nos resta saber es: cuando vayamos a escribir nuestra versión de la historia ¿cuál será nuestra excusa?

Verdades absolutas y lecciones de humildad

 

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«Nada hay mejor distribuido que el sentido común. Todo el mundo cree tener el suficiente». dijo René Descartes y esa puede ser considerada como una de las pocas verdades absolutas (hay otra verdad absoluta que plantearé yo mismo; pero esa una verdad absoluta paradójica, así que la dejaré para el final del texto, porque primero quiero hablar de algunas otras cosas).

Primero: Todos sabemos que lo que nosotros pensamos es lo correcto. Nadie duda de sus propias creencias o pensamientos ¿No? ¡Pero si es obvio! ¡Cualquier persona con sentido común debería reconocerlo! (y aquí volvemos a Descartes, quien nos mira con paciencia y luego se hace el desentendido). Hay muchos estudios interesantes sobre el porqué a la gente le cuesta tanto cambiar de opinión, incluso aunque se le muestren pruebas irrefutables (¿Por qué no cambiamos de opinión aunque nos demuestren que estamos equivocados? es un artículo que sintetiza la idea).

Segundo: Iglesias, sinagogas y mezquitas están cerradas a cal y canto, lo cual demuestra que no hay intervención divina que valga: o te cuidas de manera racional o eres historia. Esto nos enseña (o nos recuerda, porque esto siempre se supo) que la religión y la ciencia se abocan a ámbitos separados e irreconciliables (de hecho, hasta hablan lenguajes diferentes). «La oración no tiene la función de forzar a Dios, sino de cambiar la naturaleza del que ora», dijo con tino Søren Kierkegaard, señalando, de paso, una cuestión que occidente parece haber olvidado (y por eso, también, que me caen mejor los budistas que los cristianos): es absurdo y por demás egocéntrico el creer que un dios va a cambiar su plan divino por la simple oración de una sola persona; sin embargo, el cambio interior es el que importa y prevalece.

 

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Tercero: ¿Y qué sucede con el discurso feminista? ¿Dónde quedó la idea de que la biología es una construcción patriarcal? ¿Por qué el colectivo feminista dejó de marchar y acató las órdenes del estado machista opresor? ¿Por qué aceptaron la ayuda de ese estado o, en muchos casos, la exigieron? ¿Por qué las abanderadas del aborto —bajo el slogan «mi cuerpo, mi decisión»— no aceptaron que otro (en este caso un virus) decidiera sobre la vida de ellas?

Cuarto: ¿Qué sucede con los veganos que están esperando la aparición de una vacuna que será probada en ratones o conejos? ¿Aceptarán vacunarse bajo estas condiciones?

Un simple virus; algo que ni siquiera puede llamarse un ser vivo, vino a trastocar todo lo que pensamos o, mejor dicho, vino a poner en evidencia lo que todos tuvimos presente desde siempre (y he aquí la verdad paradójica que quiero exponer): «no existe tal cosa como una verdad absoluta» (lo paradójico es que esa es una verdad absoluta).      Sigamos, que no falta mucho.

¿Se entiende el punto al que quiero llegar? Todos tenemos derechos a pensar o a creer en lo que nos plazca o en aquello que consideremos como más acertado o válido; pero tenemos que aprender a dejar un resquicio (al menos uno) por donde pueda colarse la duda. Tenemos que aprender que, sea lo que fuere lo que creamos o pensemos, eso será hijo de nuestra época y de nuestras circunstancias y que sostener que nosotros y sólo nosotros tenemos razón no es más que una posición fanática improducente. «Un fanático es alguien que no quiere cambiar de tema y no puede cambiar de opinión», Dijo alguien; no ser uno de ellos es, al menos, el primer paso para comenzar a entendernos y tratar de salvar algo en medio de todo este caos.

 

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El retorno evitable

La injusticia ya no será más un escándalo
[…] en una sociedad de cases aplacada biopolíticamente
en la que uno, como siervo de sí mismo
lleva su propio capital humano
como siervo, al mercado.
Peter Sloterdijk.

 

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Borges, en un texto sobre Pascal, dijo: “Le tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles en los que vivir”. Con esa frase Borges señala lo que todos sabemos: vivir no es fácil, ni antes ni ahora ni después, aunque haya grados de dificultad o grados en la capacidad de tolerancia humana. Hoy en día, cuanto tenemos todo para pasar nuestro tiempo mucho mejor que lo que le tocó en suerte a Pascal, por ejemplo (pleno siglo XVII), las personas se comportan de manera vergonzosa y no toleran el menor de los inconvenientes o, peor aún consideran como un inconveniente lo que para otros muchos sería un sueño (quedarse en casa para gran parte de la estúpida masa es un castigo o una molestia; para gran parte de la humanidad es una imposibilidad, porque ni siquiera tienen algo que pueda llamarse casa).

Peor aún es la exposición de lo que somos. En general, cuando casos como el que estamos viviendo ocurren, tenemos la sensación de que la humanidad, más allá de todos los pesares, tiene más puntos a favor que en contra. En este caso en particular vemos que lo que ocurre es lo contrario. Si esto es lo que somos, estamos perdidos. No voy a hacer una lista de los aspectos negativos que sobrepasan a los positivos (tal vez lo haga más adelante); no creo necesario detallar lo que se ve por todos lados, desde las altas esferas gubernamentales hasta las conductas de los que viven alrededor nuestro.

 

Christian Ferrer, en su La curva pornográficaEl sufrimiento sin sentido y la tecnología. 2006; ya lo decía con respecto al siglo XX; y ahora deberíamos volver a escribir el párrafo adecuándolo al par de décadas que apenas tenemos de este siglo:

«Un rasgo central que diferencia al siglo XX de su inmediato anterior es el desfasaje abierto entre la técnica y la ética. La evolución de la tecnología es hoy mucho más rápida que las obras y las novedades producidas por el arte, la moral y la política […] los saberes científicos y las innovaciones tecnológicas avanzaron a un paso mucho más acelerado, y la política, la ética e incluso el arte apenas pudieron seguir sus huellas. Por eso, la experiencia del confort sigue siendo el ideograma con que se tamiza la comprensión de la tecnología, en el espacio hogareño como en el laboral, tanto en lo que se refiere a nuestra consideración de las comodidades comunicacionales como a la inteligibilidad de los alimentos genéticamente modificados».

 

Etica 02

 

«El desfasaje abierto entre la técnica y la ética». Esa es toda la base del problema. Alguien podría añadir también al desfasaje entre la política y la ética, o entre la economía y la ética; pero si bien eso es cierto, no debemos olvidar que hoy es la técnica (que no la ciencia) la que tiene el poder central de su lado.

Veamos, por ejemplo, lo que decía Paula Sibilia en El hombre postorgánico: Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2009):

«El capitalismo industrial desarrollo técnicas para modelar eficientemente cuerpos útiles y subjetividades dóciles. En la actual sociedad de información, la teleinformática y la biotecnología -unidas por el designio de la digitalización universal- pretenden lograr mutaciones aún más radicales: la supresión de las distancias, de las enfermedades, del envejecimiento e incluso de la muerte. El cuerpo humano, reducido, reducido a sistema de procesamiento de datos y banco de informática genética, se estaría volviendo obsoleto. Las nuevas tecnociencias apuntan a su hibridación con materiales inertes y a la manipulación de sus genes con la vocación fáustica de superar sus limitaciones naturales. […] El entrecruzamiento de biología e informática, a la vez que simplifica la complejidad humana, es el fundamento de los nuevos mecanismos de control del capitalismo postindustrial».

La ética hoy ha sido desplazada de todos los ámbitos y es nuestra obligación el volver a traerla al campo de juego; sólo así podremos aspirar a salvar algo de nuestro planeta y de nosotros mismos. Lo contrario es, simplemente, volver a nuestro estado más primitivo, aquel en el que recién empezábamos a llamarnos seres humanos, pero con el inconveniente de que ahora no estamos saliendo de él, sino volviendo, ahondándonos en él con estúpido placer y no menos estúpida inconsciencia.
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¿Quién es quién? ¿Y quién soy yo?

 

Large crowd of people

 

La verdad es que pensé que no iba a volver a hablar del tema; pero la realidad se impone y a ellas nos atenemos. Y es que en estos últimos dos días he visto algunas noticias que me han hecho pensar mucho y me han llevado a confirmar (al igual que lo que dije en la entrada anterior) que lo que siempre había pensado no era un desaguisado romántico o un delirio de alguien que se había golpeado de niño y a quien le habían quedado secuelas permanentes. Vamos, lo que quiero decir es que muy errado no andaba cuando pensaba lo que pensaba o, mejor dicho, que muy errado no ando cuando pienso lo que pienso.

Si no fuera porque el tema es trágico en grado sumo, me atrevería a decir que la cosa viene, casi, de comedia de enredos. Por ejemplo, leo que un transatántico inglés navega con tres infectados de coronavirus. Su principal socio y aliado, Estados Unidos, lo rechaza (con amigos como estos… uno piensa) ¿y quién lo acepta? Cuba. ¿Pero no es que los cubanos comunistas quieren la destrucción del imperialismo y esas cosas? Sigo leyendo y veo que el gobierno italiano solicita ayuda médica a Cuba (además de la que ya Comunismomalole fue brindada por China, sin necesidad de que fuera solicitada). Caramba con estos comunistas; con tal de dejar mal parado al imperialismo son capaces de cualquier cosa… Más adelante veo que quienes rechazaron la ayuda cubana fueron los bolivianos. Bueno, no los bolivianos, sino el gobierno de facto boliviano; ese mismo que fue saludado con bombos y platillos por EE.UU. y Europa por haber destituido ilegalmente al indio de Evo Morales. Curiosa antinomia esta de la derecha y de la izquierda… ¿Pero no es que las democracias de occidente son las buenas y los comunistas los malos? ¿Dónde me perdí o dónde me engañaron? ¿O será que los gringos sólo salvan al mundo en las películas? Sí, por ahí me parece que andan los tiros (con perdón del chiste fácil).

Lo que no me pareció tan gracioso (porque ver ese rostro y oír esas palabras eran un llamado a la realidad más que perentorio), fue el discurso del presidente serbio Aleksandar Vucic (pueden buscar el vídeo y ver el dolor en cada uno de sus rasgos) ¿y qué dijo este buen hombre? Pues cosas como estas: «Ahora ya todos se dieron cuenta de que la gran solidaridad internacional no existe. La solidaridad europea no existe. Era un cuento de hadas sobre papel»; «Los únicos que pueden ayudarnos en esta situación excepcional son los chinos»; «Pedimos a China que nos envíen de todo, hasta personal médico»; «envié una carta y tenía grandes expectativas y no se cumplieron. Como saben, nos han vetado como receptores de material médico. Para la Unión Europea no somos lo suficientemente buenos». En síntesis: Serbia le pide ayuda a Europa y ésta se la niega. Les negaron hasta los barbijos (o cubrebocas, como sea), ni hablemos, ya, de medicinas o respiradores.

 

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Rage Agains The Machine – El día que el rock de izquierda cerró Wall Street

 

Y la historia sigue igual por donde se la mire, Donald Trump hablando del «virus chino», cosa de seguir sacando rédito político de una desgracia global; con Bolsonaro negando la gravedad del tema aun cuando él mismo y dieciocho de sus funcionarios de alto rango están infectados, con Piñera en Chile atacando a Venezuela (y aprovechando la cuarentena para calmar las críticas del pueblo a su gobierno).

Slavoj Zizek dice que La actual expansión de la epidemia de coronavirus ha detonado las epidemias de virus ideológicos que estaban latentes en nuestras sociedades: noticias falsas, teorías conspirativas paranoicas y explosiones de racismo. Zizek apunta a que el coronavirus ha destapado la realidad insostenible de otro virus que infecta a la sociedad: el capitalismo. Mientras que muchas personas mueren, la gran preocupación de los estadistas y empresarios es el golpe a la economía, la recesión, la falta de crecimiento del producto interno bruto y cosas por el estilo. Este colapso económico se debe a que la economía está basada fundamentalmente en el consumo y en la persecución de valores propugnados por la visión capitalista como la riqueza material. Pero esto no tendría que ser así, no tendría que haber una tiranía del mercado. Zizek sugiere que el coronavirus presenta también la oportunidad de tomar conciencia de los otros virus que se esparcen por la sociedad desde hace mucho tiempo y reinventar la misma.

¿Será esta la oportunidad tan esperada? Tal vez sí, tal vez no. Todo depende de nosotros, como siempre. Tal vez ya vaya siendo hora de aprender a diferenciar de verdad a los buenos de los malos, a la derecha de la izquierda, a los nuestros y a los ellos.

Quien quiera oír que oiga.

Dos consideraciones actuales

 

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1. Sé (es decir: soy consciente) de que en estos tiempos que corren decir que «la gente es estúpida» es algo que no debe hacerse, aunque se tenga razón. Y no debe hacerse porque todos están muy sensibles y el término «estúpido» hiere demasiadas sensibilidades, de esas que están tan de moda hoy en día. Tal vez pueda decirse parafraseando el juego de palabras de Sócrates, algo así como «Solo sé que soy un idiota que al menos puede ver a otro idiotas»; pero en general tampoco lo entienden. Bueno, yo lo he dicho muchas veces en este sitio y en otros muchos, porque, por una parte es verdad y, por otra, no me interesa mucho la corrección política, así que prefiero lo primero a lo segundo, es decir, la verdad a quedar bien diciendo palabras bonitas pero huecas. Incluso en ese otro blog que tengo abandonado alguna vez lo sinteticé con alguna pequeña ironía, cuando dije «La evolución es difícil —aunque no imposible— de probar. La involución no lo es tanto. Sólo alcanza con que se corte el suministro eléctrico.»

corona 02¿Qué pasa, entonces, cuando la realidad es la que nos brinda la prueba empírica de eso que uno ha dicho tantas veces? ¿Qué sucede cuando es la realidad la que nos brinda las pruebas de esa estupidez profunda y masiva? Uno pensaría en cierta satisfacción, en cierto solaz en haber dicho las palabras verdaderas en su momento y a pesar de la oposición general… pero no, lo que se siente es una profunda pena; porque la prueba de la estupidez no puede ser otra que una actitud estúpida, y no hay nadie medianamente sano que pueda sentirse feliz ante una demostración de este tipo.

A lo que quiero llegar es a lo que está pasando a nuestro alrededor desde hace unos días; sobre todo a lo que está pasando en estos últimos tres días. A la inconsciencia general que demuestran las personas que no siguen los lineamientos de seguridad dictados por los gobiernos de cada país o estado. Al egoísmo absurdo y canalla de los que se atiborran de cosas innecesarias (negándoselas al resto de la población en una actitud canalla, incivilizada e ignorante) como si estuviésemos viviendo en una pesadilla zombie y todo se arreglara con docenas de rollos de papel sanitario. Aquí en México se ha pedido que nadie se mueva de sus casas, en la medida de lo estrictamente posible ¿y qué hace la gente? Colma la capacidad hotelera de Acapulco encorona 01 un 90% (la mayoría de los que están allí son extranjeros o chilangos; es decir, capitalinos. Cuando regresen de sus vacaciones lo harán a una ciudad de casi nueve millones de habitantes, con todo lo que ello implica). Lo que se ve en los supermercados huelga cualquier comentario, ¿porque qué puede decirse de un video donde dos mujeres se pelean casi hasta los golpes por un paquete de seis rollos de papel sanitario o idioteces similares?

 

En aquella breve ironía mía que pretendía ser un microcuento está resumida —ahora lo veo— toda la verdadera conducta humana: no somos civilizados; no somos buenos (como creía Rousseau); no somos seres pensantes. En líneas generales, este caso del coronavirus nos demuestra que somos animales contenidos en ciudades, y que sólo mientras tengamos el estómago lleno y algo para entretenernos (el viejo «pan y circo» romano) nos comportamos más o menos bien; pero no mucho más. En cuanto algo rompe con ese esquema sale, de lo más profundo de nosotros, el animal salvaje. Como dijo Juan Domingo Perón, hace más de sesenta años: La fuerza es el derecho de las bestias.

 

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2. Y hablando de Perón, de quien toda la Intelligenzia europea y norteamericana no cesa de tildar de populista, con ese facilismo radical que les hace querer sintetizar todo en una palabra (generalmente errónea pero útil para sus fines), me da mucho gusto ver que después de setenta años los grandes demócratas liberales terminan dándole la razón. Por ejemplo: «La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo»; o «Sin independencia económica no hay posibilidad de justicia social»; o «El éxito no le sale al paso por suerte ni por casualidad. Esto se concibe, se prepara, se ejercita, y después recién se realiza»; o «La unidad nos da la fuerza, la solidaridad la cohesión». Ésta última frase es la más adecuada para este momento, porque acabo de leer que Macron, el presidente francés dijo: «Lo que ha revelado esta pandemia es que la salud gratuita, nuestro estado de bienestar, no son costos o cargas, sino bienes preciosos […] y que este tipo de bienes y servicios tienen que estar fuera de las leyes del mercado». ¡Brillante! ¿Ahora se dieron cuenta de que la salud y el bienestar general no pueden ser un negocio? ¡Qué lujo de pensadores! ¡Pero si eso ya lo había dicho un populista sudamericano hace setenta años! Miren por dónde nos salen ahora con que Macron es peronista…

corona 033. Esto no es un punto en sí (por eso dije Dos consideraciones…, sino sólo una especie de conclusión que sólo va a decir lo mismo que más arriba: Me da una pena infinita ver a la humanidad reducida a sus más bajos instintos. Es común ver por ahí expresiones tales como «esto o aquello me devolvió la fe en la humanidad…». Pues buena suerte para los optimistas; porque lo que es yo, en este momento, puedo decir que he perdido hasta el último grano de fe (si es que tenía alguno) en la humanidad como un todo. En algunas personas sí, aún los tengo y sobrevivirán siempre; pero en la humanidad? Pues no; si antes pensaba que ese conglomerado era idiota, ahora siento que tengo las pruebas… En cuanto a la realidad política; pues lo mismo: esto nos demuestra que el mercado no es más que una máquina atroz que sólo genera riqueza para unos pocos y que los políticos no son más que unos empleados de lujo a tiempo completo. Salvo, claro, algún que otro populista que anda por ahí, jodiendo el pastel con ideas de antaño…

Cada uno (y entre todos)

Conversar 01

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La entrada inmediatamente anterior a esta tuvo cierto tinte pesimista, aunque yo no me encontrara bajo ese estado de ánimo (no es lo usual, pero a veces uno puede manejar una situación negativa con cierto desapego emocional, lo cual no está nada mal); pero tal vez así se sintió, ya que los comentarios fueron bienintencionados e intentando ser optimistas. Creo que la síntesis se encontró en las palabras de jb, cuando dijo «Cualquier sistema, cuyo fin sea su propia ponderación, ganará cuanto más debilite las relaciones de las personas, cuanto menos fe y confianza tengamos en la otra persona. Eso nos hace, aquí y ahora, unos soberbios libertarios, y unos corrosivos subversivos del establishment, a la vez». Estoy en un todo de acuerdo con ello, sin duda alguna; y de entre las muchas herramientas que este establishment tiene para separarnos a los unos de los otros, se encuentra, sin duda, el silencio, el aislamiento, la falta de comunicación (repito: como bien lo señaló jb). Ello me recordó una maravillosa página de La expulsión de lo distinto, de Byung Chul Han, la cual lleva por título Escuchar:

«En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente. A cambio de pago, el oyente escuchará a otro atendiendo a lo que dice. Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedará nadie más que nos escuche. Hoy perdemos cada vez más la capacidad de escuchar. Lo que hace difícil escuchar es sobre todo la creciente localización en el ego, el progresivo narcisismo de la sociedad. Narciso no responde a la amorosa voz de la ninfa Eco, que en realidad sería la voz del otro. Así es como se degrada hasta convertirse en repetición de la voz propia.                                                                          Escuchar no es un acto pasivo. Se caracteriza por una actividad peculiar. Primero tengo que dar la bienvenida al otro, es decir, tengo que afirmar al otro en su alteridad. Luego atiendo a lo que dice. Escuchar es un prestar, un dar, un don. Es lo único que le ayuda al otro a hablar».

Escuchar como un acto revolucionario. La idea no es menor. Tampoco es descabellada, por supuesto, creo que todos lo sabemos bien por experiencia propia (¿cuantas veces nos hemos cruzado con personas que sólo quieren hablar, hablar y hablar aun cuando no dicen nada interesante pero que exigen o pretenden una atención casi exclusiva?).

Estamos viviendo tiempos complejos y, tal vez por ello mismo, debamos ser creativos al mismo tiempo que enérgicos. Tal vez ya no sea tiempo de grandes revoluciones (las cuales posiblemente perderían la guerra antes de comenzar la primera de las batallas); tal vez sea el tiempo de las pequeñas acciones continuas: hablar para decir algo y, sobre todo, escuchar. Escuchar al otro. Porque yo soy el otro y el otro somos todos.

Hablar para decir algo

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Joaquin Phoenix

Ayer Joaquin Phoenix ganó su primer premio Oscar como mejor actor; pero no es de cine de lo que voy a hablar aquí, sino de algo tangencial: la entrega de premios más famosos y de sus discursos y, particularmente del discurso que nos regaló Joaquin Phoenix ayer.

Es bien sabido que Hollywood detesta los discursos políticos o toda muestra de pensamiento que se aleje aunque sea un poquito de lo meramente cinematográfico (y mucho más aún cuando el discurso es crítico. Tal vez el más famoso, el que sigue pasándose una y otra vez —más como burla que como otra cosa— es cuando Marlon Brando en lugar de ir a recibir su premio envió a la actriz Sacheen Littlefeather (Pequeña Pluma), ataviada con un traje típico Apache). Ayer Joaquin Phoenix nos brindó un discurso con tintes políticos, sociales y hasta emocionales (como cuando recordó a  su hermano muerto en 1993 River Phoenix). El discurso de Phoenix fue el siguiente:

«No me siento elevado sobre mis compañeros nominados o nadie de este cuarto. El mayor regalo que tengo es usar mi voz para los que no tienen una. Creo que cuando hablamos de desigualdad de género, de racismo, de los derechos LGTB o de los derechos de los animales, estamos hablando de la lucha contra las injusticias. Hablamos de la lucha contra la creencia de que un país, un grupo, una raza, un género o una especie tiene el derecho de dominar, controlar, usar, y explotar a otro con impunidad. Creo que nos hemos desconectado del mundo natural y muchos somos culpables de tener una visión egocéntrica del mundo; creernos que somos el centro del universo. Nos metemos en la naturaleza y la saqueamos por sus recursos. Nos creemos con el derecho a inseminar artificialmente a una vaca y robarle a su bebé, a pesar de que sus gritos de angustia son inconfundibles, y después tomarnos su leche —destinada a su ternero— y la ponemos en nuestro café o nuestros cereales. Creo que tenemos la idea de que el cambio personal significa sacrificar algo, renunciar a algo; pero los seres humanos, en nuestros mejores momentos, somos tan creativos e ingeniosos… y creo que cuando usamos el amor y la compasión como principios, podemos crear e implementar sistemas de cambio que sean beneficiosos para todos los seres vivos y para el medio ambiente. […] Creo que nuestro mejor momento es cuando nos apoyamos mutuamente. No cuando nos vetamos por errores pasados, sino cuando nos ayudamos a crecer, cuando nos educamos, cuando nos guiamos mutuamente hacia la redención. Eso es lo mejor de la humanidad».

Sé que los discursos de agradecimientos son lo usual y ello no está nada mal ¡pero qué bien se siente escuchar a alguien que dice algo más de lo meramente habitual! ¡Qué bien se siente que alguien use su voz para hablar desde su propia humanidad! (ni siquiera tenemos que estar de acuerdo con todo lo que una persona así dice; pero el simple hecho de que nos hable desde sí mismo ya nos obliga al respeto y elogio de su postura).

Tangencialmente, ese discurso me trajo a la memoria un poema de mi novia eterna: Wislawa Szymborska y si bien el lazo entre el discurso de Phoenix y el poema de Szymborska no es estrictamente directo, recordemos que el arte se maneja, más que nada, por aproximaciones.

 

Szymborska

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Hay quienes

Hay quienes llevan a cabo la vida más hábilmente.
Tienen orden en su interior y en su alrededor.
Para todo la manera y la respuesta adecuada.

Adivinan inmediatamente quién a quién, quién con quién,
con qué objetivo, por donde.

Ponen el sello en la verdades absolutas,
arrojan a la trituradora los hechos innecesarios,
y a las personas desconocidas
a las carpetas destinadas a ellas de antemano.

Piensan justo lo debido
ni un segundo más,
porque tras ese segundo acecha la duda.

Y cuando los dan de baja de la existencia,
dejan su puesto por la puerta señalada.

A veces los envidio;
afortunadamente se me pasa.