El humor profético

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Todos sabemos que el humor es uno de los grandes deconstructores de todo discurso mal fundamentado. Un buen humorista puede deshacer el discurso de un político, de un artista, de un pseudocientífico, de un charlatán cualquiera con una chiste bien armado (por supuesto, no hablo de la mera descalificación por medio del sarcasmo o la burla; hablo de la crítica mordaz que el humor permite; no del mal uso que puede hacerse de él).

¿Pero qué sucede cuando una broma se anticipa al discurso absurdo? Pues lo más lógico sería que quien sostenga ese discurso reconozca la falsedad de sus premisas y, también, que todos aquellos que han comprado ese discurso como válido reconozcan (incluso con un poquito de vergüenza al haberse dejado atrapar de manera tan evidente) el error y lo enmienden. Eso, al menos, para empezar.

He aquí el chiste o la broma de la que quiero hablar: Alphonse Allais (1854-1905) fue un periodista, escritor y humorista francés. Su obra, caracterizada por su humor basado en la lógica del absurdo, está ampliamente reconocida en Francia y en la cultura anglosajona. Sus libros forman parte de de los orígenes de la vanguardia en Francia (Satie, Apollinaire, Breton, Jarry, Marcel Duchamp, dadaístas y surrealistas) y entroncan con los estudios de la new theory, tan de actualidad (Baudrillard, Morin, Deleuze, Barthes, etc.).

Allais publicó un pequeño librito titulado Album Primo – Avrilesque en 1897.. El contenido artístico era una serie de pinturas monocromas y una obra musical. En particular, lo que me interesa, además de la obra (de la broma) es el lenguaje que utiliza Allais para justificar el valor artístico de lo que nos presenta. Veamos el primer ejemplo:

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Combate de negros dentro de una cueva, durante la noche.

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Dice Allais: «Traído a París por un tío mío, como recompensa por un tercer áccessit en formación religiosa brillantemente conseguido ante competidores formidables, tuve la oportunidad de verlo antes de partir hacia Estados Unidos, conseguido a base de dólares, el famoso cuadro de estilo negro titulado:

COMBAT DE NEGRES DANS UNE CAVE, PENDANT LA NUIT (La reproducción de esta admirada tela estará muy alejada de la realidad. La hemos publicado con permiso especial de los herederos del autor.)

La impresión que he sentido ante esta apasionante obra maestra me deja sin palabras. Mi destino se apareció en forma de letras con llamas: Yo también seré pintor. Y cuando decía pintor, yo decía: no quiero hablar de pintores del tipo que que oído hablar normalmente, de ridículos artesanos que necesitan mil colores diferentes para expresar sus penosas concepciones. ¡no! El pintor al cual idealizo, era aquel genial que le bastaba un solo color para cada tela: el artista, osaría decir, monocroidal.

Tras veinte años de trabajo tenaz, de tremendos sinsabores y luchas encarnizadas, puedo por fin exponer una primera obra: PREMIERE COMMUNION DE JEUNES FILLES CHLOROTIQUES PAR UN TEMPS DE NEIGE (Primera comunión de niñas cloróticas nevando).

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Primera comunión de niñas cloróticas nevando

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Sólo una Exposición me había ofrecido su hospitalidad, la de las Artes Incoherentes, organizada por un tal Jules Lévy, a quien por este acto de bella independencia artística y perfecto desapego a la pertenencia de un clan, he consagrado un reconocimiento eterno.

Sobran las palabras. Mi OBRA hablará por mí.

Alphonse Allais.

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Bien, hasta aquí la broma de Allais (ya les dejaré el resto de su obra más abajo), pero vuelvo el tema central. Cuando décadas después algunos vivillos comienzan a vender o exponer obras dentro de esto que para el honesto de Allais no era más que un chiste ¿Qué es lo que sucede? ¡Curiosamente, nada! El mundo se traga la farsa y aplaude, dándose, como siempre, aires de inteligencia. El siglo XX ha sido el tiempo perfecto para la prostitución de gran parte de la escena artística (y el siglo XXI no está quedándose detrás) pero ahí seguimos, justificando bromas como si fuesen verdaderas obras, lo cual ya nos hace parecer más bien como al idiota del pueblo; porque la verdad que reírse mil veces del mismo chiste no es algo de lo que uno pueda enorgullecerse, si vamos a ser sinceros; y mucho menos lo es pagar decenas de miles de dólares o, incluso, hasta algunos millones.

Vamos a la obra de Allais, la cual espero que disfruten tanto como yo. Al final, les dejo una nota extra sobre este mismo tema y los enlaces al original francés de la publicación.

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Rufianes, todavía en plenitud, con el vientre en la hierba, bebiendo absenta.

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Manipulación del ocre por cornudos ictéricos.

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Recolección del tomate por cardenales apopléjicos a orillas del mar rojo.

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Ronda de borrachos en al niebla.

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Estupor de jóvenes neófitos al darse cuenta por vez primera del tono azul del mar ¡oh, Mediterráneo!

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Coda: Muchos conocerán la obra de john Cage 4´33´´ La cual fue «compuesta» en 1947/48. La obra consiste en cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. El pianista se sienta frente al instrumento, la partitura frente a él (la cual no es más que una página con los pentagramas en blanco) y espera, sin tocar una sola tecla, el tiempo que se ha indicado. Esa es la obra. Pues yo digo que Cage plagió esa obra de Alphonse Allais; es más, aquí les dejo la prueba. En esa misma publicación de la que hablé más arriba, Allais nos comparte su Marcha fúnebre para los funerales de un gran hombre sordo. Les dejo la partitura y, después y para que comparen, la de John Cage.

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Para ver el original del Album Primo – Avrilesque pueden ir aquí.

Hombres y engranajes

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Atsushi Koyama

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Encontré estos trabajos por pura casualidad. En un primer momento pensé que se trataba de obras hechas con lápices o, tal vez, con pasteles; pero no, son verdaderos óleos sobre tela (al menos eso es lo que encontré hurgando por aquí y por allá, aunque no demasiado, lo reconozco). El artista es Atsushi Koyama y crea estas estupendas simbiosis entre hombre y máquina que bien pueden abrir puertas a varios aspectos del arte y del pensamiento. En lo personal, aunque las obras me gustan (cosa que me llamó un poco la atención, ya que pertenezco al grupo que prefiere la expresividad a la mera pericia técnica), veo que me hacen ir por otro camino, el del viejo problema mente/cuerpo, por ejemplo, o también por cuestiones sociopolíticas; al mismo tiempo, claro, que disfruto o me sorprendo por la obra en sí.

En síntesis: que cada cual verá lo que verá (la cuestión, claro, es ver; incluso si es para criticar. A veces nos sirve más estar en desacuerdo con algo que en acuerdo absoluto). Les dejo una pequeña galería con otras obras de Atsushi Koyama. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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Describe la lengua del pájaro carpintero…

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Hace unos días terminé de leer la biografía de Leonardo da Vinci de Walter Isaacson. El libro es más que interesante porque Isaacson se basa en los cuadernos de notas de Leonardo, los cuales brindan muchísimo material para intentar (al menos intentar) acercarse a los aspectos más creativos de Leonardo. Por supuesto que hay sitio para analizar sus pinturas y sus numerosísimos trabajos como ingeniero e inventor y también para los datos más relevantes de su vida personal; pero creo que centrarse en los aspectos más creativos de un personaje único como Leonardo fue una jugada más que inteligente. Dejo una página, a modo de ejemplo:

«Mi punto de partida para este libro no fueron las obras maestras de Leonardo, sino sus cuadernos. Creo que su mente se refleja mejor en las más de siete mil doscientas páginas de notas y garabatos suyos que, de forma milagrosa, se han conservado hasta hoy. […]

Mis perlas favoritas, entresacadas de sus cuadernos, son sus listas de tareas pendientes, que destellan curiosidad. Una de ellas, que data de la década de 1490, cuando Leonardo se hallaba en Milán, consiste en la lista de lo que quiere aprender ese día. «Medidas de Milán y aledaños» es la primera entrada, que obedece a un fin práctico, como revela una entrada posterior en la lista: «Dibuja Milán». Otras le muestran buscando sin cesar a personas de las que obtener información: «Haz que el maestro de aritmética te muestre cómo cuadrar un triángulo. […] Pregunta a Giannino el bombardero cómo se hicieron las murallas de Ferrara sin foso. […] Pregunta a Benedetto Portinari por qué medios corren sobre el hielo en Flandes. […] Encuentra a un maestro de hidráulica y que te diga cómo se repara una acequia y cuánto cuesta la reparación de una esclusa, un canal y un molino a la lombarda. […] [Pregunta] las medidas del sol que prometió darme el maestro Giovanni, francés». Resulta insaciable.

Una y otra vez, año tras año, Leonardo enumera todo lo que tiene que hacer y aprender. Algunas anotaciones implican el tipo de observación atenta que la mayoría de nosotros no solemos hacer. «Observemos el pie del ganso: si estuviera siempre abierto o siempre cerrado no podría hacer ningún movimiento». Otras implican preguntas del tipo «Por qué el cielo es azul?», sobre fenómenos tan comunes que en raras ocasiones nos paramos a preguntarnos por ellos: «Por qué el pez en el agua es más rápido que el ave en el aire cuando debería ser lo contrario, puesto que el agua es más pesada que el aire?».

Lo mejor de todo son las preguntas que parecen surgir al azar: «Describe la lengua del pájaro carpintero», se ordena a sí mismo. ¿Quién demonios decide un buen día, sin ningún motivo, que quiere saber cómo es la lengua del pájaro carpintero? ¿Y cómo averiguarlo? No constituye una información que Leonardo necesitara para pintar un cuadro o para entender el vuelo de las aves. Sin embargo, ahí está y, como veremos, existen elementos fascinantes que aprender sobre la lengua del pájaro carpintero. Quería saberlo porque era Leonardo: curioso, apasionado y siempre lleno de asombro.

También tenemos esta extrañísima entrada: «Ve todos los sábados a los baños, donde verás a hombres desnudos». Podemos suponer que Leonardo quisiera acudir por razones anatómicas y estéticas. Pero ¿debía anotarlo para recordarlo? El siguiente punto de la lista es: «Hinchar los pulmones de un cerdo y comprobar si aumentan de anchura y longitud, o solo de anchura». Como escribió el crítico de arte neoyorquino Adam Gopnik, «Leonardo sigue siendo un bicho raro, rarísimo, y punto».

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Los tres volúmenes del Codex Foster, de Leonardo da Vinci. – MSL/1876/Forster/141. © Victoria and Albert Museum, London

El vacío que se apodera de todo

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Que la sociedad moderna está yéndose al carajo a pasos agigantados es algo que todos sabemos y de lo que somos conscientes. Los ejemplos abundan y se encuentran por todos lados; no hay mas que abrir una red social, intentar debatir con alguien (de lo que sea), escuchar lo que se dice en la TV o en la calle. Todo, pero todo, absolutamente todo se ha vuelto vacío, mediocre, sin sentido. El posmodernismo ha hecho estragos en la mente de las personas y, como siempre sucede, destruir es mucho más fácil que construir, así que nos encontramos ahora, con otro problema: todo es cada vez más idiota y, al mismo tiempo (y por ello mismo) se hace cada vez más difícil revertir la situación. Han sido muchos los autores que se han dedicado a intentar defender a la razón y a la cultura de estos ataques incesantes; ¿pero cuánta gente lee esos libros en comparación con los que se dedican a demoler la cultura? De los muchos libros sobre el tema me permito recomendar dos: El asedio a la modernidad, de Juan José Sebreli y En defensa de la ilustración,  de Steven Pinker. Pero, como dije, hay mucho material sobre el tema, así que no es eso lo que falta, sino lectores…

Todo esto nace a colación de algo de lo que acabo de enterarme: existe el Museo de lo no-visible. ¿Y qué es esto? Pues, como su nombre lo indica, es un museo donde las obras no son visibles; eso es todo. La gente ingresa y lee unas tarjetitas adheridas a la pared y debe imaginarse la obra. La verdad es que conozco mejores modos de perder el tiempo… ¿Pero  esto es cierto? ¿Será verdad que se puede ser tan idiota? ¡Pues faltaba más! Claro que sí…

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Lo indignante no es que a alguien se le ocurran estas cosas; esto es algo más viejo que cualquiera de nosotros; pero sólo se mantenía dentro del juego intelectual (Alfred Jarry; Borges-Casares; Apollinaire; etc.); ahora no, ahora se le brinda un carácter de seriedad que es lo que lo vuelve profundamente repulsivo. Antes al menos teníamos al arte como refugio, hoy ya ni eso nos dejan. Han ensuciado todo.

He aquí, por ejemplo, una de esas obras de arte (imagínensela ustedes, claro). Pertenece al conocido actor James Franco, quien lamentablemente se ha sumado a esta payasada (y está bien, ellos son los astutos, los idiotas son los que van allí a sumarse a esa farsa o, peor aún, los que compran esas obras. James Franco vendió una a 10.000 dólares).

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James Franco

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James Franco

Barco del Capitán

Escultura, 2011

Un barco de vapor a gran escala en el que vivía el Jefe, en el río, para la película imaginaria e inacabada de James Franco, «Hojas rojas».

El barco de vapor estaba destinado a vivienda y dormitorio y esta réplica es un modelo a escala real que en realidad flota, aunque no tiene motor.

Tiene aproximadamente 10 metros de largo.

 

Esta no es la obra que vendió Franco; sino otra, la cual desconozco. Tenemos, por ejemplo, esta otra:

Jen Silver

Amor verdadero

Fotografía, 2011

Esta es una fotografía de tamaño natural de tu verdadero amor. Si aún no ha encontrado a su verdadero amor, se le revelará cuando mire esta obra de arte. Si ya has encontrado a tu verdadero amor, esta foto los captura en su momento más atractivo y entrañable. Cada vez que miras esta pieza, recuerdas instantáneamente lo que los unió y te enamoras de nuevo.

«…»

Bueno, ya; no hay mucho que agregar. Estamos rodeados y nosotros los hemos dejado. no voy a decir que la culpa es nuestra; pero vamos, dejar que los idiotas se apoderen de todo implica algo de responsabilidad de nuestra parte. Pero ahora que lo pienso, no está mal lo que hizo James Franco. Bajo el viejo adagio que dice Si no puedes vencerlos, únete a ellos, aquí me sumo y me declaro como AN-V;  es decir: Artista No-Visual. Aquí les dejo mi primera obra (la cual está a la venta por la ridícula suma de 5.000 dólares. lo acepto, no soy James Franco). Cualquier interesado, por ahí anda mi e-mail.

Borgeano - Torre Eiffel

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Sitio oficial del Museum Of Non-Visible Art, aquí.

Artículo con la noticia de la venta de la escultura de James Franco, aquí.

 

 

 

Juan Rulfo, fotógrafo

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Mis estimados contertulios, hoy les traigo una pequeña joya que he encontrado en algún sitio cuyo nombre no recuerdo y poco importa. Puedo decir esto sin modestia alguna, porque nada de esto parte de mí, sino que sólo oficiaré de mensajero, cosa que me permite ser un poco grandilocuente.

De las muchas cosas que me atraen de México, una de ellas es la presencia (siempre constante) de Juan Rulfo quien, como todos saben, con sólo un par de libros dejó su huella marcada de manera imperecedera. Menudo logro. Ahora me he topado con un libro que reúne cien fotografías del autor mexicano, y debo decir que, si bien desconocía esta faceta de Rulfo, no me extraña en lo absoluto la calidad del trabajo. Un artista es un artista y si bien hoy estamos más acostumbrados al artista que se presenta en diversas disciplinas —cosa que antes no lo era tanto—; la sensibilidad artística no es algo que pueda encasillarse en una sola faceta.

FB_IMG_1595311459896 Copio de una reseña: «Andrew Dempsey dedicó una década al estudio del acervo fotográfico de Juan Rulfo, compuesto de unas 6,000 imágenes. A su trabajo se sumó Daniele De Luigi y ambos seleccionaron 100 de las mismas. Este libro-catálogo es el primero que parte del conocimiento de la totalidad del archivo de Juan Rulfo y reúne la mayoría de los géneros que cultivó, adecuadamente ponderados: los edificios de México, los múltiples paisajes del país, la vida de los pequeños pueblos, los artistas, escritores, amigos y familiares de Juan Rulfo.

Se incluyen dos textos de Juan Rulfo: uno dedicado a Henri Cartier-Bresson en las dos épocas de su paso por México y otro sobre el fotógrafo mexicano Nacho López. Igualmente los autores de la selección escriben sobre la fotografía de Juan Rulfo desde una perspectiva muy informada en sus respectivas áreas de competencia».

Mientras tomo nota de este libro como uno de los que quiero conseguir sí-o-sí, les dejo una galería con algunas de sus imágenes. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

La tempestad. De Giorgione hasta nosotros

 

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La tempestad, de Giorgione (Giorgione Barbarelli da Castelfranco, 1477-1510) es uno de los cuadros más misteriosos de la Historia del Arte, a pesar de su pequeño tamaño, porque ha traído de cabeza a los investigadores que no se ponen de acuerdo sobre el tema representado ni el significado de esta obra.
Si analizamos la escena detenidamente, vemos que dentro de un paisaje boscoso aparece una mujer semidesnuda, sentada amamantando a un niño en su regazo, mientras una figura masculina la observa a un lado. Al fondo, se puede ver una ciudad y un cielo tormentoso que acecha y amenaza a los personajes. La oscuridad se acerca sobre ellos que siguen ajenos a la llegada inminente de la tempestad, este hecho es el que ha dado nombre a la obra puesto que ni siquiera sabemos su título original.

Un coleccionista contemporáneo de Giorgione, un tal Marcantonio Michiel, nos habla de este cuadro describiéndolo como «un pequeño paisaje con tormenta, mujer gitana y soldado». Esto es realmente lo que podemos ver, pero la disposición de los personajes y su relación con el paisaje hacen que la escena atraiga de manera irremediable al espectador desde el primer momento. Se advierte algo más, algo simbólico y misterioso que no alcanzamos a comprender y que resulta inquietante.
Los personajes: La mujer, que algunos consideran una representación profana de una Madonna, mira desafiante al espectador sin ningún reparo, mientras que el personaje masculino gira su cabeza hacia la escena como si quisiera presentarla. Entre ellos no parece haber conexión y se representan aislados uno del otro aunque formando parte del mismo escenario: el bosque.

 

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En principio, esta interpretación pudiera parecer correcta sino fuera porque un profundo análisis con rayos X ha demostrado que la figura masculina fue en un principio otra mujer desnuda inclinada para tomar un baño. Esta rectificación tan radical no hace más que añadir incógnitas a la obra y dificulta su comprensión.
Así para algunos investigadores, la escena sería un tema religioso identificado como la Huida a Egipto o Adán, Eva y Caín expulsados del Paraíso, siendo el rayo que se abre en el cielo al fondo del bosque la alegoría de Dios Padre. Mientras que para otros, estamos ante un tema mitológico relacionado con la infancia de Paris (la ciudad al fondo sería Troya) e incluso, una escena del “Sueño de Polífilo”. Como vemos nada está claro en esta pintura.
Además existen otros elementos contradictorios que no ayudan a aclarar nuestras dudas. Por ejemplo, la columna situada detrás del personaje masculino podría simbolizar la Fortaleza pero al aparecer rota, también sería símbolo de la Muerte. ¿Por qué el autor la coloca precisamente allí? No lo sabemos, puede ser que simplemente quisiera representar un paisaje con personajes al estilo clásico sin ninguna intención oculta o alegoría, pero desde luego no lo aclara.
En lo que sí se han puesto de acuerdo los críticos es en considerar La tempestad como la primera obra paisajística de la Historia del Arte, y en su gran influencia posterior en la pintura occidental, sobre todo en los pintores románticos del siglo XIX.
El paisaje aquí no es una mera excusa recreativa para la escena principal, sino el propio tema central que envuelve a los personajes y que atraen las miradas del espectador. Cautiva su fuerza poética y sugestiva, no es un paisaje real sino una ensoñación de un momento etéreo e irrepetible. Es la representación pictórica de una emoción, algo que se realiza por primera vez en la historia de la pintura y que la convierten en una obra maestra.

La (verdadera) visión poética de las cosas

 

Pensamiento mágico

 

El pensamiento mágico tiene dos grandes virtudes: es bonito y no se necesita un cerebro para aceptarlo. El pensamiento racional, por otra parte, requiere cierto esfuerzo y, no pocas veces, requiere un gran esfuerzo, lo cual no lo hace muy apto para las conversaciones casuales. Lo que sí puedo asegurar es que el pensamiento racional es mucho más bonito que el pensamiento mágico, sólo que éste se presenta ya vestido de fiesta, mientras que al otro hay que ayudarlo a vestirse.

Todos conocemos las diferentes versiones del pensamiento mágico: astrología, tarot, energías positivas y negativas, psicoanálisis, física cuántica mal entendida, buenas ondas, etc. Tal vez la frase que mejor sintetiza esta tontería es la por demás conocida de Paulo Coelho: «Cuando realmente se desea algo, el universo conspira para que lo consigas». No pocas burlas ha generado esa tontería, pero Coelho no está solo en estos asuntos y tampoco fue que inventara nada. Por ejemplo, me topo con esta frase del inefable Ernesto Sabato: ««Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados. Cuántas veces en la vida me ha sorprendido cómo, entre las multitudes de personas que existen en el mundo, nos cruzamos con aquellas que, de alguna manera, poseían las tablas de nuestro destino, como si hubiésemos pertenecido a una misma organización secreta, o a los capítulos de un mismo libro. Nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los busca porque ya bordeaban los aledaños de nuestro destino». El mismo perro con diferente collar: ¿tiene algún asidero esta idea de que todo está predeterminado y que nada ocurre porque sí? Pues no, claro; pero suena bien y tal vez alguno ande enamorando incautas con citas como estas.

 

pensamiento

 

La contraparte, como dije, es más complicada, menos accesible, pero más hermosa (aunque a largo plazo). Probemos con uno del bando opuesto, a ver qué pasa: «La racionalidad ha construido el mundo moderno. Es una cosa preciosa pero también frágil, que puede ser corroída por una irracionalidad aparentemente inofensiva. Debemos favorecer las pruebas verificables sobre el sentir personal. De lo contrario, nos hacemos vulnerables ante aquellos que oscurecen la verdad»; dijo Richard Dawkins y Coelho y Sabato miran para otro lado y patean piedritas en el suelo, haciéndose los distraídos.

Sé que esta postura es criticada, a veces, tildándola de excesivamente realista y, por ende, de pesimista; pero como ya varias veces también he aclarado aquí, eso es un error que no por común pueda ser considerado como infantil. Es cierto que una postura absolutamente racional puede ser pesada y no siempre deseable; pero existe un ámbito donde lo irracional está bien entendido y aceptado en alto grado: el arte. ¿Adónde nos lleva una sinfonía o una poesía? ¿Qué hay de racional en lo que uno siente frente a un cuadro o ante una actuación excelente? No hay modo de racionalizar eso, y está bien que así sea. Es lo inexplicable del arte y de nuestra relación con él. Es entonces que aquí tampoco tiene cabida el pensamiento mágico en tanto visión poética de las cosas (como muchos quieren hacerlo pasar). No. Para la poesía ya está la poesía; es decir, para lo irracional ya está el arte. Y para el pensamiento mágico, el cesto de la basura. Cada cosa en su lugar.

En la mesa no se canta (ahora, antes sí)

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Pregunta retórica: ¿Para qué sirve un cuchillo? Pues no para eso en lo que acaban de pensar. Al menos no siempre, claro. Me he topado con estos maravillosos ejemplares de cuchillos medievales que llevan inscritas algunas partituras musicales. Estos cuchillos parecen ser de los siglos XV o XVI y, por supuesto, estaban destinados a la mesa, pero como dije, no para su función primaria de objeto cortante. Bueno, en realidad nadie sabe muy bien qué función cumplían. Por una parte hay quien dice que sí servían para cortar y trinchar: su filo y el ancho de la hoja los hacen aptos para la carne, lo mismo que la punta aguzada; pero hay quien dice que un noble de aquella época jamás cortaría su propia comida y que tampoco cantaría con un cuchillo ensangrentado proveniente de la mano de un criado.

Cuchillos y música

Es decir: los cuchillos ahí están, pero todavía no se entiende muy bien la forma de su uso. Maya Corry, del Museo Fitzwilliam en Cambridge, una institución con su propia colección impresionante de armas y armaduras, donde se encuentran estos cuchillos en exhibición, comenta: «son un tipo inusual de cuchillo del siglo XVI destinado a la mesa, no al campo de batalla, y ofrecen una notable comprensión de ese aspecto armonioso y audible de las devociones familiares»; es decir: oración y canción.

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La curadora de Victoria and Albert Museum, Kirstin Kennedy, admite que «no estamos del todo seguros» para qué se utilizaban esos espléndidos cuchillos; pero sí sabemos que cada cuchillo tenía una pieza musical diferente en cada lado, y que un conjunto de ellos contenía diferentes partes de armonía para convertir una sala llena de comensales en un coro. Un juego de cuchillas tenía la Gracia de un lado, con la inscripción «La bendición de la mesa»; el otro lado contiene la Bendición, que se canta después de la cena.

 

El lenguaje es el común para cualquier hogar en la Europa del Renacimiento, pero cuando se canta, al menos por el coro del Royal College of Music, que recreó la música e hizo las grabaciones que dejaré aquí, las oraciones son magníficamente elegantes. En los primeros audios se escuchan, respectivamente, una versión de la Gracia y de la Bendición de los cuchillos del Museo Victoria y Albert; abajo pueden escuchar una segunda versión, esta vez de un conjunto de oraciones corales de los cuchillos del Museo Fitzwilliam, grabadas para la exhibición Madonnas y Milagros.

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Nota: me disculpo por el torpe formato de la entrada; hubiese querido que los audios hubiesen aparecido en un formato más pequeño e, incluso, elegante; pero como no sé hacerlo (y la verdad es que no quiero pasar dos horas aprendiendo a hacer cosas que no sé si funcionarán y que luego nunca utilizaré) decidí dejarlo como está. Lo importante, para mí, es compartir estas curiosidades con ustedes. El resto lo aprenderé poco a poco y en su momento. Gracias a todos por comprender.

Lobos de mar

 

Pescador 01

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Descalzo el pie sobre la arena ardiente,
ceñida la cabeza de espadañas,
con una caña entre las verdes cañas,
que al Tajo adornan la famosa frente,
tiende sobre el cristal de su corriente
su cuerda el pescador, y por hazañas
tiene el sufrir que el sol por las montañas
se derribe a las aguas de occidente.

Así comienza Lope de Vega su poema Descalzo el pie sobre la arena ardiente y uno siente que está hablando, a través del tiempo, de los últimos pescadores de la isla griega de Paros. Muchos de los que por aquí pasan saben de mi debilidad por los retratos, debilidad que excede el mero marco artístico y que se adentra en lo que suelen decirme (o, dicho con mejor tono, con lo que suelo ver) esos rostros que me miran desde la imagen. Ya he hablado aquí de los trabajos de Steve McCurry, Jay Weinstein, Michael Ackerman o de Jan Banning; a los que hoy sumo un nuevo nombre. Copio del sitio web donde se encuentra este trabajo que he encontrado ahora:

Christian Stemper es un fotógrafo que, desde 2010, ha estado documentando a los últimos pescadores individuales restantes y sus barcos, en la isla griega de Paros. El documental fotográfico LUPIMARIS está dedicado a la historia, las historias y los rostros de los pescadores griegos y sus tradicionales y coloridos barcos de madera.

La mitad de los barcos que fueron fotografiados en 2010 ya no existen: destruidos, abandonados o vendidos a turistas. Debido a que ya nadie quiere convertirse en pescador, las embarcaciones de pesca tradicionales están muriendo y, por lo tanto, también lo hace una tradición milenaria. Son los últimos de su tipo y están en estado de extinción.

No hay mucho que agregar. Cuando un trabajo habla por sí mismo lo único que uno puede agregar es un lugar común, o dos, a lo sumo. Dejo a continuación una breve galería con fotos que parecen iguales pero que, sin duda, no lo son. Todas hablan o vibran en diferentes frecuencias, las que son, al mismo tiempo, armónicas. La humanidad subyace en esos retratos y todos estamos reflejados en ellos.

Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic en una de ellas. Pueden ir al sitio oficial del documental, aquí.

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La última pintura de Hopper

Pierrot es un personaje de la Comédie Italienne, máscara secundaria de la Commedia dell’Arte del siglo XVI, la cual llegaría hasta entrado el siglo XIX. Jean-Gaspard-Baptiste Debureau (mimo y saltimbanqui francés), estableció las características que, en adelante, definirían la iconografía del Pierrot, también llamado «payaso Blanco» o «Carablanca»: suele ir maquillado de blanco y con un disfraz claro y brillante a juego con una gran gorguera. La antigua máscara italiana perdió las características de astucia e ironía propias de la Commedia dell’Arte y fue convertido en una víctima melancólica del amor no correspondido, precedente a su vez del clown triste, enamorado de la luna, con el que finalmente se le identifica.

Jean-Antonie Watteau – Gilles

Antonie Watteau dio luz a Gilles durante los años 1717/18. Tal vez sea el Pierrot más conocido o, al menos, sea el que más comentarios haya suscitado y era, también, una de las obras favoritass de Edward Hopper, quien pudo verla con detalle en los años que pasó en París. El crítico Andrew Graham-Dixon coloca a esta pintura como una de las más importantes en cuanto al punto de ruptura entre la época de Luis XIV, el Rey Sol, y la de su sucesor, Luis XV. En la primera imperaban las medidas y las normas estrictas, las cuales dejarían de tener sentido casi de inmediato. Para Graham-Dixon, la actitud y, sobre todo, la expresión facial del Pierrot de Watteau, marcan el desconcierto que se sentía ante la apertura absoluta hacia un futuro incierto.

Ahora, en el blog de Rubén García acabo de leer una cita que me pareció más que adecuada para ilustrar, de manera literaria, al menos, a esta entrada. Pertenece a David Lagmanovich, quien dice: «Cuando era joven, escribía para llegar a ser. Hoy, cerca de la muerte, escribo para no ser. Mi meta es la inexistencia. Cada párrafo es un logro más en la búsqueda de la negrura a la que aspiro. Y el último párrafo, ese que quedará para siempre inconcluso, será también mi último triunfo, la definitiva ausencia de mí mismo».

Más allá de lo pesimista que suena esta frase en una primera lectura, creo que lo que la hace más fuerte es la conciencia de que todo artista, en tanto persona, tiene un límite, un punto de llegada, un punto o una pincelada final; saber cuándo darla o no sentir pesar por tener que hacerlo es una muestra de madurez reservada para unos pocos. En ese sentido sucede lo que siempre con el pesimismo en sí: a la larga se transforma en alguna extraña forma de optimismo, aunque parezca algo difícil de lograr, o imposible, incluso, para aquellos que ni siquiera se han acercado a tales abismos.

Edward Hopper – Two Comedians

Uno de esos afortunados fue Edwar Hopper, quien pintó su último cuadro con plena conciencia de que se trataba de un adiós. Ese cuadro no es otro que Two Comedians, el que nos muestra a un Pierrot saludando desde el escenario. Hopper se viste de Pierrot para recordar a su amado Watteau y para repetir, tal vez, el símbolo. Ese Pierrot, de la mano de su compañera, se inclina con humildad hacia el espectador; es decir, hacia nosotros. Nos agradece, acepta nuestros aplausos y se despide.

 ¿Quién tendrá la entereza de saber despedirse a tiempo y hacerlo, además, de manera agradecida? Madurez reservada a unos pocos…