Claroscuros y perspectiva

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Foto: Borgeano

Terminó. Al menos este viaje terminó. Tuvo de todo, de lo bueno y de lo malo, de lo trivial y de lo significativo; tuvo momentos que fueron dignos de recordar y otros que no podré olvidar aunque quiera hacerlo con todas mis fuerzas. Está bien, así es la vida de cualquier persona y este viaje en sí mismo no es más que un fragmento de una vida particular, de este modo, entonces, está atado a esos mismos vaivenes azarosos y no puedo quejarme por ellos.

Los que iban a ser tres meses de vacaciones y reencuentros se fueron extendiendo para ser, al final, casi seis meses. Viví con muchos —por fortuna bien acompañado con L., quien también vivió una fuerte transformación, de mera parte observadora (por decirlo de algún modo no del todo acertado) a ser una pieza central e integral en ese rompecabezas que es una familia— encuentros inolvidables y, de algunos otros, me despedí para siempre. Un viaje como metáfora del otro.

Todo viaje es dual, escribí en algún lado; y ahora podría refrendar esa idea de manera definitiva. Dual, como nosotros, los seres humanos que estamos inmersos en él. De allí la necesidad de poner todo en perspectiva, sobre todo a los claroscuros de la vida. Ponerlos en perspectiva y entender que aun estando de paso, no podemos menos que celebrar y honrar el estar aquí, haciendo lo que debemos hacer y del modo en que debemos hacerlo.

Me da mucho gusto, quiero decir, estar de vuelta con ustedes.

 

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Foto: Borgeano

 

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Todos en capilla III

 

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Collage – Borgeano

 

Queridos hermanos, nos encontramos aquí reunidos nuevamente con el fin de esparcir la palabra divina a los cuatro vientos y puntos cardinales, como semilla de diente de león que alcanza alturas insospechadas y viaja, así, centenares de kilómetros y kilómetros.

Abrimos nuestros libros y nos adentramos en las palabras del hermano José Saramago, quien nos dice:

«Escribir es hacer retroceder a la muerte, es dilatar el espacio de vida».

La verdad siempre prevalece y estas palabras nos recuerdan que el acto de poner una palabra detrás de otra palabra con el fin de crear una oración, un verso, o de poner en claro una idea, es un modo directo de hacer que el tiempo que nos fue dado para estar en esta tierra sea modificado para bien, es decir, que sea más extenso de lo que simplemente señalan las agujas del reloj.

Pero el hermano Saramago, para añadir una idea más a lo anterior, también nos dice:

«Nosotros, los que tenemos la responsabilidad de escribir, tenemos el deber de enaltecer nuestra lengua, de cuidarla, de hacerla revivir».

Quisiera aquí relacionar una idea con la otra siguiendo el método de la lógica más simple y directa: Si escribir implica la necesidad de cuidar a la lengua y si escribir hace retroceder a la muerte, por lo tanto, cuidar a la lengua hace, también, retroceder a la muerte. ¡Qué idea más simple y maravillosa, hermanos! Saramago nos dice que el mero hecho de escribir bien, hablar bien, de pensar bien (es decir de cuidar a la lengua allí donde se encuentre) es suficiente para enriquecer nuestras vidas hasta el punto de que ésta se vuelve más rica y, por ende, más extensa.

No importa si vamos a la tienda de la esquina a comprar pan o si nos perdemos en una charla de sobremesa; no importa si le damos la dirección al taxista o si pensamos, solitarios, mientras caminamos o paseamos por las calles de nuestra ciudad; hay que hablar bien porque eso es vivir bien. Por extensión transitiva, hablar mal, descuidar el lenguaje es, entonces, una concesión a la muerte.

¡Cuánta belleza, hermanos míos en estas palabras y en estas ideas! Las dejo aquí como flores para quien quiera tomarlas y compartir mi alegría. Podéis ir e paz y que Saramago esté con ustedes.

La escena perfecta

 

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«Todo el mundo es un escenario» dijo Shakespeare y todos repiten esas palabras con un acierto más o menos cercano al sentido original de la frase (es decir, muchos la repiten sin haber leído, siquiera, a Shakespeare). ¿Y por qué no tomarla literalmente? Para mí, sentarme en una plaza y ver pasar a la gente, ver cómo actúa o interactúa, verlos jugar con sus perros o ver a otro cambiar de rumbo para esquivarlos, ver a una pareja charlar o discutir, ver a los vendedores de globos o de dulces, ver pasar a un hombre apurado… es como asistir a una obra de teatro en tiempo real. El hiperrealismo puesto en escena y con el decorado adecuado. Todos estos actores están allí, de alguna manera, interpretando sus papeles para mí. Pocas veces puedo acceder al diálogo que mantienen, pero he notado que eso no siempre es necesario; lejos de la superstición moderna de que hay que entender para disfrutar, he comprendido que el disfrute llega siempre por otro lado, generalmente por los menos esperados y que sólo hay que estar atentos al momento en que se hacen presentes.

Todos en capilla

 

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Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para compartir la palabra de nuestros apóstoles y esparcir la buena nueva a los cuatro puntos cardinales. Abramos nuestros libros y leamos el versículo de nuestro apóstol Friedrich Nietzsche, quien nos dice:

«No es la falta de amor, sino la falta de amistad lo que hace a los matrimonios infelices».

¿Qué es lo que nos dicen estas palabras, hermanos míos? Hoy el amor es considerado como un sentimiento maravilloso y mágico que se encuentra de forma azarosa cuando dos personas se encuentran y algo inexplicable ocurre entre ellos. Esa tonta idea es hija de Hollywood y de sus fantasías más que de la realidad. Así las personas olvidan que el amor es un sentimiento que se construye con base en diversos ingredientes y que debe hacerse día a día, momento a momento. Respeto, amistad, paciencia, diálogo, lealtad son algunos de ellos y si alguno falla no habrá guión ni Hollywood que salve al matrimonio del desastre.
El apóstol, en otro versículo notable, también nos dice:

«La esencia de todo bello arte, todo gran arte, es la gratitud».

 

Ruth

 

El significado etimológico de amistad no ha podido ser determinado de manera fehaciente; pero se cree que proviene del latín amicus (amigo) y éste de amore (amar). Por su parte, gratitud proviene de la cualidad de gratus (agradable, bien recibido, agradecido). Como se ve, todos estos términos están estrechamente relacionados y se solapan y enriquecen los unos a los otros.
Ahora, si unimos ambas ideas podemos decir que un buen matrimonio es aquel que se construye día a día, tal como se hace como con toda buena obra de arte. Se construye con el objetivo consciente de lograr una obra bella y sólida de la que se puede estar plena y orgullosamente agradecido.
No olvidemos que también el término matrimonio significa algo más que la unión de una pareja tradicional; también el término incluye a toda unión sentimental honesta: familiar, amistosa y, hasta podríamos decir, laboral. El amor, hermanos, se construye, no se encuentra a la vuelta de la esquina.

Que la paz esté con vosotros.

Tres – Seis – Cinco

 

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No, esto no es un recuento típico del año que pasó, o sí, la verdad es que sí lo es pero mis motivos no son los del típico balance de fin de año pero… vaya, también es eso. Bueno, como sea, el asunto es que a principios de año me propuse escribir una entrada diaria a lo largo de todo el 2017; y hoy, ahora, puedo decir que lo hice. Esto no es nada más que un pequeño gran logro personal. Pequeño porque tampoco es que haya escalado el Everest; pero grande porque para alguien como yo, lograr la disciplina como para poder llevar a cabo un proyecto así requiere mucho más esfuerzo que el que puede tomarle a muchas otras personas. Así que este breve resumen/balance/o lo que sea, sólo tiene sentido para mí (me disculpo por ello); al menos en este aspecto.

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De todos modos, algo o mucho de lo que se encuentra aquí a lo largo de las entradas de este año tiene que ver o es hijo directo de muchos de ustedes, ya que el constantes ida-y-vuelta que se generó a raíz de muchas de las entradas fueron los generadores de entradas posteriores. En algunos casos también me llegaron textos, enlaces, artículos o ideas por correo electrónico, lo que quiere decir que realmente gran parte del material que aquí está es compartido.

 

Debo decir que la experiencia bien valió la pena; pero al mismo tiempo reconozco que requirió no pocos esfuerzos y mucho, mucho tiempo. Para poder cumplir con mi propósito muchas veces tuve que dejar entradas programadas de antemano (por ejemplo, si iba a ausentarme por algunos días) y también a veces tuve que dejar otros proyectos a un lado.

Pero a la larga el balance fue positivo. Por un lado he notado de forma palpable cómo ha cambiado mi forma de pensar a medida que me obligaba a escribir las diferentes entradas. Esto ha sido, para mí, lo más notable de todo porque es algo que puedo cuantificarlo. Al principio encontrar material para las entradas se me hacía difícil o no podía encontrar el ángulo correcto para escribirlas; ahora, tal como le dijo Bach a uno de sus alumnos, me cuesta no pisar las ideas cuando me levanto por la mañana. Leer un artículo, un libro, ver una pintura, escuchar in diálogo callejero, navegar por la red, caminar por la ciudad, ver un paisaje, escribir un poema o leer uno al azar en la red se ha convertido en una fuente constante de cosas que quiero compartir o que me parecen dignas de ser traídas aquí, para discutirlas entre todos. En ese sentido la ganancia ha sido enorme y estoy agradecido por ello a este proyecto, si es que así puede llamarse.

 

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Así que gracias a todos por ayudarme a llegar hasta aquí, por su apoyo, sus comentarios y, sobre todo, por sus críticas.

Dos notas finales: me encantaría poder seguir a este ritmo en este año que comienza; pero la verdad es que necesito tiempo para escribir otros textos que han surgido a lo largo de estos meses y que quiero hacerlo como corresponde a esas ideas, es decir, en formato libro. El blog es estupendo, pero no alimenta, y no sólo de palabras vive el hombre.

Por último, quiero darle las gracias a una persona en particular: Lourdes, quien fue la primera persona en leer cada una de las entradas, lo quisiera o no (pero la verdad es que siempre quiso), quien también me señaló algunas cosas para compartir aquí  y quien soportó estoicamente mis largas peroratas cuando me entusiasmaba demasiado con alguna idea.

Y, por supuesto, nos vemos mañana… o tal vez pasado mañana.

¡Feliz año nuevo!

El misterioso acto de la creación

 

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Hace unos días Julie Sopetrán compartió un poema titulado Breviario de jardín. El título me pareció muy bonito y le pregunté cómo era que ella trabajaba, si comenzaba desde el título o si a éste lo buscaba después. Este tema que parece trivial no parece serlo tanto; algunos escritores dicen empezar por el mismo título o aseguran que son éstos quienes les inspiran las obras; otros, sin embargo, dicen sufrir horrores a la hora de encontrar el título adecuado (a vuelo de pájaro recuerdo ahora dos casos: el Oficio de tinieblas/5, de Camilo José Cela; quien le agregó la barra y el número a su novela al enterarse de que ya existían al menos otras cuatro con el mismo nombre; y el filósofo esloveno Slavoj Zizek, quien antes de publicar un libro suyo busca en internet de manera exhaustiva para asegurarse de que no haya ningún otro libro con un título igual al suyo).

En la conversación que mantuvimos con Julie, ella dijo: «Sí, ese fue un libro inspirado de principio a fin, fue como si alguien, no de este mundo, te dijera el título y luego tú tuvieras que girar alrededor de él, incluso vencer las dificultades que fueron muchas». Y luego continúa: «Depende, en este poema el título lo escribí al final, otras veces comienzo por el título. Por ejemplo mi libro El tiempo habitado, lo primero que escribí fue el título. Yo creo que surge de ese proceso de asentar el trabajo… tú sabes…». Yo agregué, para terminar (pero para continuar aquí, como verán): «Aquí hay algo que ya sabemos todos los que escribimos: hay belleza en la obra, pero hay una enorme y extraña belleza en el acto mismo de crear la obra. Tal vez, en ciertos casos, el acto de creación sea más sorprendente y maravilloso que el resultado en sí mismo».

 

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Llegamos al punto, entonces, a tratar. Todos, en menor o mayor medida y según el trabajo o el autor, reconocemos la belleza de tal o cual obra; pero a lo que no podremos acceder jamás es a la belleza de la creación en sí. Soy un ferviente creyente en que en muchas ocasiones el proceso es muy superior a la obra, pero como este proceso es intransferible, se pierde para siempre en la nada y jamás podrá ser recuperado. Salvo que… (y esto es una forma de decir pero… y hacerlo de una manera positiva) enseñemos a los demás a ser creativos y que puedan pasar ellos por ese proceso de manera personal e individual. Ahora que lo pienso creo que también debería enseñarse en el mismo proceso el actuar con modestia; de lo contrario cualquiera va a querer acceder al Olimpo Artístico sólo porque escribió una página cualquiera.

Me voy a permitir, con toda modestia, hablar de dos casos personales. Algunos de ustedes habrá visto que cada tanto ilustro una entrada con un collage de mi autoría. Esto es lo más cercano que voy a estar de compartir un trabajo «plástico» mío, aunque tengo por costumbre pintar o dibujar a menudo. No voy a mostrar esos trabajos porque no tienen la calidad suficiente; pero trabajar con mis carboncillos o con mis pasteles, óleos, acrílicos o acuarelas se me hace algo necesario. Es el proceso lo que me interesa, no el resultado final. Mi segunda fuente de placer, aún mayor que la anterior, es sentarme a tocar el bajo con mis auriculares puestos para no molestar a los vecinos y dejarme ir; improvisar e improvisar a veces durante horas (si uno cierra los ojos hasta se consigue cierto estado meditativo muy interesante) sin importar que esa música se pierda para siempre en el aire ¿Qué importancia tiene? Lo que importa es el acto creador; como dije antes, lo que importa es el proceso; porque es allí donde reside, a veces, el arte.

 

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Comencé hablando de Julie Sopetrán y terminé hablando de mí. Eso tampoco es del todo extraño; en realidad estaba hablando de la creación artística y en ese sentido puedo decir que hablar de Julie o de mí es lo mismo; Maestra o alumno, lo que importa, como siempre, es la obra y, sobre todo, el proceso.

Con una pequeña ayuda de los amigos

 Ayer tuve el gusto, el honor, el placer —ustedes saben, todas esas cosas que sentimos cuando nos señalan con el dedo por un buen motivo—, de saber que este modestísimo blog  fue nominado a los Premios Blogosfera 2017.

 

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Como si no fuese suficiente con la nominación, me encuentro con el hecho de que además lo está en dos diferentes categorías: Mejor Blog de Arte/Cultura y Mejor Blog de Opinión/Crítica. Sí, sé que suena a mucho, pero qué puedo decir… a veces uno debe comenzar a decir «Gracias»  en lugar del sostenido «No lo merezco». En síntesis; no sé si lo merezco o no; sólo sé que esta vez acepto el cálido abrazo que me da de esta manera el jurado de Premios Blogosfera 2017.

 

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Por último, y no menos importante: si bien la nominación se realizó mediante la votación de un jurado; la elección final queda en mano de los lectores; así que quien quiera acercarse por la página oficial de los Premios Blogosfera 2017 y votar por este sitio, recibirá mi agradecimiento eterno. Para ello tienen que ir al enlace anterior y votar aquí:

 

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Mañana continuaremos con el habitual caos temático propio de este sitio. Gracias a todos.