Erik Satie (poema)

A raíz de la entrada anterior (la musa perenne) recordé la breve historia de amor que unió a Erk Satiey Suzanne Valadon y que, como dije, pueden leer aquí. También recordé que había escrito un poema a Erik Satie, con el cual cierro un librito que tengo por allí, aún inédito. Como siempre, considero que todo lo que escribo es un Trabajo en progreso, si me permiten la traducción literal de esa ajustada expresión inglesa. Aquí, entonces, les dejo mi pequeño homenaje a ese hombre inclasificable.

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Erik Satie
Helo aquí
al amo de las cosas pequeñitas
creando sus melodías con notas blancas
o negras
en escalas también breves
diminutas
coleccionando paraguas
y dibujos en pedacitos de papel
sus notas delicadas
sus animales fabulosos
sus instrumentos imposibles
sus paisajes imaginarios
y la más lúcida de las certezas:
«Me llamo Erik Satie, como todo el mundo».

Una vez
(y sólo una, como corresponde
al amo
de las cosas pequeñitas)
encontró el amor
o el amor lo encontró a él
en la piel y en las manos
de Suzanne Valadon.
Ella, con mano experta
abrió el saco inexperto de Satie
y desabotonó su alma inexperta
le pintó un retrato
y después
se fue para siempre.

Entonces él
escribió decenas de cartas de amor
que nunca se atrevió a enviar
y después la esperó por años
en aquel café en el que la conoció
se sentaba siempre a la misma mesa y siempre
dejaba
una silla vacía
Estoy esperando a alguien
solía decir
el amo de las cosas
pequeñitas.

Escribía melodías
(lento y doloroso)
con pocas notas y silencios
ensordecedores
escribía notas y dibujos
en pedacitos de papel
y también
la más lúcida
de todas las certezas:
«Me llamo Erik Satie, como todo el mundo».

 

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Paisaje con perro

Una pregunta que occidente recién está empezando a plantearse, es si los animales piensan o no; es decir, si sólo actúan por instinto o hay algo más que los impulse (primer problema: ¿Qué es pensar? ¿Lo que hacemos los humanos? Miremos a nuestro alrededor… ¿Estamos seguros de que todos nosotros pensamos? Si no es así ¿Quién lo hace? Etc., etc.). El budismo es tal vez la única filosofía que desde hace milenios protege la vida animal, pero no por eso la considera igual que al ser humano; es decir: la respeta en tanto vida, pero no la considera en igualdad de condiciones intelectuales (segundo problema: ¿Cómo podríamos llegar a entender el pensamiento de otra especie? Si ya bastante difícil lo tenemos para entendernos entre nosotros, imaginemos, nada más, el problema de intentar comprender a una especie totalmente diferente a nosotros).

Bien, no es mi intención responder a ninguna de estas preguntas, por supuesto; sólo quiero traer a colación un asunto tangencial, relacionado con ello, pero no exactamente igual. Una amiga me pasó, ayer, esta foto:

Perro

En medio de toda la tristeza y las incertidumbres de estos días, esa foto me alegró la tarde. Las preguntas con las que comencé esta entrada surgieron de inmediato, junto a otras más sencillas, que ni siquiera buscaban una respuesta: ¿Qué es lo que está mirando? Podríamos suponer que tal vez el dueño se encuentre nadando o algo así, pero eso no siempre es necesario (A Terry, el perro de L., le gusta mirar por la ventana hacia la calle y no porque allí esté su dueña. Mira el tránsito, la gente que pasa… ¿Por qué; qué es lo que él ve allí?). Como no sé qué es lo que ese perro está mirando prefiero creer que está mirando el horizonte, que está mirando, sí, el paisaje (tercera pregunta: ¿Pero es que un perro puede tener una concepción estética?).

No lo sé, pero si alguien contestara a todas estas preguntas con un rotundo «No» («No, los perros no piensan, no sienten y, mucho menos, tienen una concepción estética de lo que los rodea)», en lo que a mí respecta, no me plantearía ningún problema, sino que sólo lo desplazaría un par de milímetros. Me explico: si el perro no es más que un perro, un ente sin entelequia, podríamos decir que un perro sólo es pura naturaleza; y he aquí lo que más me gustó de la foto: lo que yo veo aquí es a la naturaleza mirando a la naturaleza. ¡Nada menos! Lo voy a decir más fuerte, para que se entienda bien; el título de la foto, para mí, sería:

La naturaleza mirando a la naturaleza

¿Bonito círculo cíclico, no les parece? (Para quienes quieran adentrarse en este tema les recomiendo un libro estupendo: Yo soy un bucle extraño, de Douglas Hofstadter). Sé que es una idea romántica por excelencia, más propia de un Schiller que de un habitante del siglo XXI; pero vamos, que esto último no es para poner orgulloso a nadie, mientras que ser un Schiller… Pero, esperemos un minuto ¿No hubo alguien que propuso una idea similar en el siglo pasado? ¡Pues sí! Ahora que lo recuerdo, fue un astrónomo por demás conocido: fue Carl Sagan, en su libro Cosmos, cuando luego de analizar al cerebro humano y de comparar a éste (por números y por conexiones) con las galaxias y el universo dijo aquello tan bonito de que «el cerebro es la forma que ha encontrado el universo de observarse a sí mismo».

El mismo círculo, el mismo bucle extraño, tal vez los mismos actores: ese perro y yo, me digo, no somos tan diferentes. Después de todo, si no puedo entender lo que piensa Terry ¿Cómo sé que él no me considera nada más que una estupenda máquina de arrojar pelotas, que es lo único que a él le interesa? (y noten lo que es el ego humano: dije, refiriéndome a mí mismo «estupenda máquina de arrojar pelotas» sin saber la opinión de Terry, quien tal vez me considere poco menos que mediocre). Cuando nos miramos a los ojos es inevitable que piense ¿Es que pensará en algo este animal? Para cerrar el círculo una vez más, a partir de ahora tendré que aceptar que, tal vez, en su lenguaje perruno él esté preguntándose exactamente lo mismo.


perro 02Nota al margen: Dejé otra anécdota personal para el final, ya que al incluirla en el texto sentí que lo entorpecía un poco. Sigo sin poder aseverar nada en cuanto a las capacidades de los animales; pero quiero recordar a mi querida Donna, quien, entre otras curiosidades, gustaba de la música clásica. Cuando ponía música ella se iba o se acostaba frente a las bocinas. Por supuesto, al notar esto hice varios experimentos a lo largo de los años que vivió conmigo, y puedo asegurar que Donna prefería a Mozart o a Satie antes que a Led Zeppelin o John Zorn. Eso lo teníamos muy claro, ella y yo. ¿Esto es prueba de que algunos animales tienen alguna forma de sentido estético? Por supuesto que no; pero creo que también es algo que excede lo meramente curioso o azaroso.

Luz prestada

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Mis estimados contertulios: heme aquí, presente de manera fugaz, cual cometa que se acerca a la órbita terrestre de forma esporádica, aunque con menos renombre y precisión que el que lleva el nombre de Mr. Halley. También con menos brillo, para ser sinceros, y es por eso que he pedido prestado algo de brillo ajeno para estas circunstancias (breve fuga trivial: algunos asuntos personales y ciertos problemas técnicos –mi teléfono y mi laptop pasaron a mejor vida– me mantienen fuera de la red. He vuelto al papel y al lápiz y a la lectura constante de esos objetos tan caros a nuestros afectos que se llaman libros. En cuanto pueda volveré; por ahora eso está difícil. Me disculpo con aquellos a quienes debo respuestas y cartas).
Pero estaba hablando de brillo ajeno y, como mi ausencia no tiene fecha de caducidad (es decir, no sé cuándo volveré a subir otra entrada), me gustaría que la página que quede aquí sea por demás luminosa; es por eso que le he pedido a una querida amiga que me deje publicar un par de poemas suyos y ella dijo, por suerte, que sí.
Laura Mastracchio es una poeta argentina que –movida por un exceso de celo en la búsqueda de la perfección– escribe menos de lo que debería y que –movida por un exceso de autocrítica (mal compartido por quién esto escribe y por dos más que yo conozco)– comparte menos aún. Así que es un enorme gusto el poder compartir dos poemas suyos aquí, iluminando esta casa hasta que los vientos del destino empujen mi barca hasta este puerto en algún momento futuro.
Disfrútenlos

IDENTIDAD

Impedir que
la voz del tiempo
precipite mi paso,
es todo un desafío.
Procuro retenerme
justo aquí,
en oportuna soledad
no tan lejos del alba,
en un silencio
casi imposible,
para intentar morir
un poco menos.

Debo
contra toda razón
aceptar el reto
de lo infinito:
trazos y letras
en virtuoso hallazgo,
el lenguaje del color
y la poesía
sobre el breve lienzo
de mi existencia.

 

NOSOTROS

Nosotros,
los que solíamos tomar café
con nuestra propia sombra
y luego, jugar a pisarle los pasos
en soleadas calles porteñas.

Nosotros,
los que al vernos reflejados
en una u otra vidriera
versábamos a puro antojo
sobre los valores de la vida.

Nosotros
sumábamos nuestros nombres
al patrimonio de lo eterno,
y no hacíamos más que reír
ante la certitud del espejo.

Nosotros
-entiéndanme bien-
solíamos ser nosotros mismos.

Nosotros
damos hoy vuelta a la esquina
para perdernos de vista
por el empacho de encajar
con el modelo de lo absurdo.

Nosotros
extraviados estamos
de la propia memoria:
guardamos lo que éramos
en bolsillos rotos.

Nosotros,
multitudes sonoras
rabiosamente conectadas
a caprichos contemporáneos.

Nosotros
-entiéndanme bien-
sabíamos estar con nosotros mismos.

El ronroneo constante

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Para Lou, mi copiloto

 

Vivir es como conducir un auto por una ruta sin fin. El espejo retrovisor nos muestra el pasado y sería ridículo conducir fijando todo el tiempo la vista en él. Adelante, frente al parabrisas, más allá del motor y de las defensas, está el futuro, el cual, erróneamente, creemos conocer porque la cinta de asfalto se parece mucho a la que dejamos atrás; pero la verdad es que no sabemos absolutamente nada de lo que nos espera detrás de la siguiente curva. Tal vez la ruta se torne un camino secundario de grava y tierra; tal vez sea una moderna y ancha autopista; tal vez serpentee peligrosamente entre montañas y precipicios; tal vez no cambie en absoluto durante cientos de kilómetros; tal vez nos encontremos con el final del camino, abrupto y definitivo.

Sea como fuere, la única certeza que tenemos es el ronroneo constante del motor, el constante avance de los números en el cuentakilómetros, el sonido o la sensación del viento, la charla con nuestros acompañantes.

Tomo el volante y siento el cuero delicado bajo las palmas de mis manos. Suavemente lo giro hacia la izquierda y luego hacia la derecha y el automóvil obedece con presteza. Hasta cierto punto —y soy consciente de que sólo es hasta cierto punto— tengo el control de la situación, y por puro placer acelero un poco o ralentizo la marcha.

Todo lo demás es secundario o ilusión.

Dibujo círculos (o una especie de Mandala personal)

Mandala significa círculo o lo que rodea a un círculo, en sánscrito. Esta palabra es también conocida como rueda y totalidad. Más allá de su definición como palabra, desde el punto de vista espiritual es un centro energético de equilibrio y purificación que ayuda a transformar el entorno y la mente. También se le define como un sistema ideográfico contenedor de un espacio sagrado.

Los mandalas son utilizados desde tiempos remotos. Tienen su origen en la India y se propagaron en las culturas orientales, en las indígenas de América y en los aborígenes de Australia. En la cultura occidental, fue Carl G. Jung, quien los utilizó en terapias con el objetivo de alcanzar la búsqueda de individualidad en los seres humanos. Jung solía interpretar sus sueños dibujando un mándala diariamente, en esta actividad descubrió la relación que éstos tenían con su centro y a partir de allí elaboró una teoría sobre la estructura de la psique humana.

Según Carl Jung, los mandalas representan la totalidad de la mente, abarcando tanto el consciente como el inconsciente. Afirmó que el arquetipo de estos dibujos se encuentra firmemente anclado en el subconsciente colectivo.

 

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Mandala de arena

 

En uno de los ejemplares de la revista Shambala Sun que poseo y que debe estar en algún lado, había una fotografía del Dalai Lama dibujando, con infinita paciencia, uno de estos mandalas de arena. Estos mandalas poseen significados externos, internos y secretos. En el aspecto externo representan al mundo en su forma divina, en el interno un mapa a través del cual la mente ordinaria puede transformarse en la experiencia de la iluminación, y en el aspecto secreto, muestran el balance perfecto entre las energías sutiles del cuerpo y de la clara dimensión de la luz de la mente. La creación de un mandala de arena, según la tradición tibetana, purifica en estros tres aspectos. Estos mandalas de arena suelen construirse sobre una superficie plana de madera. Una vez que se pide permiso y protección a los espíritus dueños de la tierra, se trazan las líneas que servirán de guía para los magníficos dibujos. Todo este ritual es aprendido de memoria y esta basado en las escrituras budistas.

 

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La arena se coloca desde el centro hacia las orillas, simbolizando el hecho de que al nacer solo somos una gota de esperma y óvulo para ir evolucionando hasta que el universo entero se percibe a través de los sentidos.
Cuando el mandala es terminado se recoge la arena desde las orillas hacia el centro, esta vez, simbolizando el hecho de que al morir todos volvemos a la fuente misma y esencial en el centro de nuestros corazones. Al destruir el mandala se cumple con dos propósitos fundamentales: Mostrar la impermanencia de las cosas promoviendo el desapego, y el beneficio del mundo. Una parte de la arena se reparte entre quienes presenciaron la ceremonia final como una bendición, otra parte de la arena es depositada en un cuerpo de agua, (un río o un lago por ejemplo) con la intención de purificar al mundo y a sus habitantes llevando esta bendición a todos los rincones del planeta.

Todo esto viene a cuento de un poemita que encontré (digo poemita porque no merece el status de poema; hay cosas en mis cuadernos que están allí fruto de un momento y nada más) y que me hizo recordar a aquella foto del Dalai Lama. Espero que algún día pueda recuperar esas revistas; cuando lo consiga —previo paso por el scanner— publicaré la foto-. He aquí el poemita en cuestión:

 

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Círculos

Dibujo círculos
uno tras otro
dibujo círculos
se sobreponen o no
algunos envuelven a otros
sin ser concéntricos.

Dibujo círculos
mientras la tarde se va
para siempre jamás.

Mi psicólogo dice que
dibujar círculos
una y otra vez
con la mirada perdida en el papel
sin ver las líneas
que mi mano dibuja
significa que me siento encerrado
preso quizá, estancado en una

problemática, angustia, pérdida, 
confusión, trauma, infancia, búsqueda
(son sus palabras, ésas
que yo no suelo usar nunca)

Mi mano se detiene al mismo tiempo
que mis ojos buscan los suyos
y los encuentran.
hace silencio y unos segundos
más tarde
fijo mi vista en el papel
y dibujo
dibujo círculos
y más círculos
tan sólo
dibujo círculos.

Posiciones encontradas

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Dijo Elena Garro: «El amor no existe. Existe sólo un mundo que trabaja, que va, que viene, que gana dinero, que usa reloj, que cuenta los minutos y los centavos y acaba podrido en un agujero, con un piedra encima que lleva el nombre del desdichado». Pero de inmediato por la ventana entra William Burroughs y sentencia: «No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Sólo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor Puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor».

 

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¿Qué hacemos ante la dicotomía? Podemos tomar un camino o el otro o, mejor aún, podemos crear el nuestro. Por mi parte, pesimista irredento, no creo en la bondad del mundo, pero creo que al final de la jornada, cuando la noche cae y el silencio se adueña del mundo, no hay nada como la compañía de una piel amada para expulsar a todos los fantasmas. No es verdad que el amor no existe, como dice Garro; el amor es un acto, una acción, una práctica. El amor no existe si eres imbécil o incapaz, pero si te pierdes en él y aprendes un par de cosas, pues sí, ahí está, frente a ti, resplandeciente como ninguna otra cosa. Burroughs lo entendió (el viejo beatnik sorprendió a más de uno aquí): a pesar de todo lo malo que nos rodea —¡O tal vez por eso mismo!— el amor es algo que tenemos que crear (si no existe) o aprender a alimentar (si existe independientemente de nosotros).

 

 

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Y hablo del amor como sentimiento a un ser y del amor como sentimiento abarcador, amplio, general. El amor a nuestra pareja y el amor a todos y a todo lo demás. He dicho aquí incontables veces que las dos únicas cosas que valen la pena en esta vida es el (amor al) conocimiento y el amor en sí. Para mí Borges, Mozart, viajar, pasear por cualquier calle de cualquier ciudad, un bosque, Schopenhauer, la llanura pampeana, el mar, Gustav Klimt, la matemática (que no entiendo del todo), la lluvia, el jazz, son algunos de los que forman parte del primer grupo. El segundo lo ocupa Lourdes, por completo. Es por eso que, al apagar la luz al llegar la noche, si siento su respiración a mi lado, sé que todo estará bien y que el día ha valido la pena. A pesar de todo. 

La suma de los fragmentos

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Acabo de ver por segunda o tercera vez Synecdoche, New York y me puse a pensar en los diálogos y en el significado general de la película; lo que me lleva a pensar (y querer crear): ¿cómo hacer una obra fragmentaria? Y me respondo: ¡Con fragmentos! Pienso entonces en J.G. Ballard y su La exhibición de atrocidades; o en William Burroughs y su El almuerzo desnudo.

             Así debería ser todo, me digo. (Así es todo: fragmento tras fragmento tras fragmento).

            Me voy a acostar y miro los libros en los estantes ¿qué son sino fragmentos de bibliotecas? Me desvisto y veo que la ropa son fragmentos que cubren a otros fragmentos que forman mi cuerpo. Tomo el libro de Paul Auster Ensayos completos. Leo una frase aquí, otra allá, una tercera más allá, una cuarta más acá. Son independientes e incoherentes y, al mismo tiempo, guardan cierta relación, cierta coherencia interna.

            Es como la suma de los actos que realicé antes de acostarme: revisar la puerta, lavarme los dientes, buscar los anteojos, apagar la luz de la cocina (éste acto lo sentí especialmente fuerte; tal vez fue allí que me di cuenta de lo que estaba sucediendo).

            Mucha gente me ha dicho: «Borgeano, tú piensas demasiado» o su equivalente negativo: «Borgeano ¡No pienses tanto!» Creo, por el contrario, que debería pensar más; sobre todo en estas cosas, y escribirlas. Detalles. Insignificancias o significantes. La fragmentación como totalidad.

            Sinécdoque borgeana.

Tres incógnitas sobre la comezón

 

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¿La comezón es una causa o un síntoma? Ésa es la primera de las dudas que los hombres tienen al respecto de este tema y es una pregunta que no le interesa a nadie. La segunda de las incógnitas ya es más general y no hay persona en el mundo que no lo haya sentido en carne propia. Le digo a Lourdes: «ahí, ahí… un poco más arriba, no… más a la derecha… sí, ¡sí! ¡No! Te pasaste… más abajo. ¡No tanto! Más arr…». No hay caso, es imposible. ¿Cómo puede ser que no podamos ser rascados con precisión por otra persona? A veces se acercan al punto nodal de la comezón pero de inmediato se alejan en ese mismo sentido. Nunca aciertan con el lugar exacto ni, tampoco, con la intensidad; ya que a veces sentimos que nos están pasando lo que bien podría ser una pluma de cisne y otras veces sentimos que nos están arrancando la piel con un instrumento de jardinería. Sin embargo, nosotros podemos hacerlo con precisión en ambos sentidos: precisión geográfica y precisión de intensidad. Salvo, claro —y he aquí los verdaderos casos que pueden llevarnos al borde de la desesperación—, que no podamos realizar el acto por nosotros mismos porque, por ejemplo, tenemos un brazo enyesado, o que, como suele ocurrir en gran porcentaje de los casos (un verdadero misterio médico), que la comezón se presente en medio de nuestra espalda. En el primero de los casos no tenemos más opción que recurrir a un tercero (el cual, como ya se ha determinado, nunca podrá realizar la actividad como corresponde); en el segundo de los casos, lo mejor que podremos hacer es imitar a los osos y buscar un buen árbol, si es posible de corteza rugosa y, realizando movimientos verticales de manera alternada, llevar a cabo la tarea por nosotros mismos; algo que, como bien se sabe, es la única manera de hacer bien las cosas.

La tercera y última incógnita aún está abierta a debate y, por supuesto, se aceptan colaboraciones al respecto con el fin de intentar responderla. Esa pregunta es la siguiente: ¿Por qué nunca nos pica en dos lugares al mismo tiempo?

Sonata Marina (boceto)

Revisando cuadernos al azar me encuentro con este fragmento (sé que la idea original era la de un poema mayor). Lo comparto como lo que es, un trabajo sin terminar y sin la certeza de si alguna vez será terminado. Tal vez ya lo esté y yo aún no lo sé.

 

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Foto: Borgeano

 

Sonata Marina

Hay poemas que se descalzan
Ante la presencia de su musa
Se descalzan y se abandonan
Al ansia infinita de las infinitas mareas.

La inmortalidad es sólo una de las formas del agua
Así, el alma de las personas
Nada en las corrientes como peces perdidos
En un laberinto de espejos

Mandamos, cada tanto
A exploradores inexpertos
Pero valientes
A abrir nuevas puertas
A inspeccionar profundidades abisales
A crear ritmos asimétricos
A probar el filo del cuchillo
El agua azucarada de la saliva
O la bocanada de agua.
A buscar el nuevo elemento que se sostiene
Debajo del párpado
Y frente a la memoria

Sinfonía inconclusa

Las olas son las caricias del mar
A quien lo guarda
¿caricia o juego de lenguas?
Es indistinta la forma del paraíso

Repuesta terrestre:
Sin el otro somos como el vuelo de una mota de polvo:
Azar y vacío
(vacío que deambula en la nada)
Dos en diálogo son uno
Y es indistinta la forma del paraíso.

Lo que sé

Sombrero

 

Lo que sé

Sé un par de cosas.
Lo digo con toda modestia
y también,
con algo de no fingida inmodestia:
Sé un par de cosas.
Porque eso, después de todo,
es lo que tienen que dejarnos los años:
alguna cicatriz, un par de moretones,
varias arrugas en las comisuras de los labios,
un olvido, o dos, o tres,
el polvo en la suela de nuestras sandalias
y las noches compartidas.
Sé, lo digo con modestia e inmodestia,
un par de cosas.
Por ejemplo sé cuándo callar
e irme
saludando
con un ligero gesto del sombrero.

 

®Borgeano