Moral de centavos

Pobreza y lujo

Todo lo que se come sin necesidad se roba al estómago de los pobres”. Dijo alguna vez el Mahatma Gandhi en lo que tal vez sea la cita más concisa sobre la inequidad en la distribución de la riqueza. Pero al ver una foto como la que ilustra esta entrada, no se puede menos que recordar, tal vez como complemento a la primer cita, aquellas palabras de Henri Grouès, más conocido como el Abate Pierre: “Las principales ciudades del mundo están afectados por dos plagas: el lujo excesivo y la miseria”.
Claro, hay que diferenciar la miseria económica de la miseria moral; ya se sabe que usar el mismo término para dos asuntos diferentes no siempre es lo más adecuado. Es entonces que uno se pregunta ¿No es acaso la miseria moral hija de los excesos de lujo? Creo que, aunque esto no sea siempre así, hoy en día el porcentaje es tan alto que bien podemos responder a esa pregunta con un rotundo “Sí”, sin temor a equivocarnos.

Ahora

andreas-diefenbach-german-b-1973-calling-ufo-calling-ufo-2005Que se vienen tiempos difíciles, eso no hay quien lo dude. Todos sabemos lo que los Estados Unidos suelen hacer cuando están desatados y ven enemigos por todas partes y más cuando un imbécil es quien dirige a esa enorme masa de descerebrados. Pero, si sumamos a eso nuestra propia desidia, nuestra propia pereza y nuestra propia inacción no tendremos derecho alguno, luego, a quejarnos o a lamentarnos. Mucho menos a justificarnos delante de nuestros hijos o de cualquier otra generación que nos siga los pasos. Existe una figura legal comúnmente conocida como defensa propia, la cual nos permite usar la fuerza para protegernos o para proteger a los nuestros del ataque infundado de cualquier ente, sea éste un animal, otra persona o una institución cualquiera.

En este caso, como es obvio, estoy hablando de Donald Trump y de sus medidas políticas basadas en el racismo, la intolerancia y la estupidez práctica lisa y llana. Está bien, tiene todo el derecho a ello, eso no se lo voy a criticar; no se puede legislar sobre la estupidez humana (y ser racista, misógino o xenófobo son características intrínsecas a la estupidez, así que nada puede hacerse desde la ley). Lo que sí no puedo tolerar es quedarme quieto. Como dije antes, hay una figura que me protege y contempla: la defensa propia.

Ante el ataque del presidente norteamericano, los primeros presidentes que salieron a miniaturasdefender a México fueron Nicolás Maduro y Evo Morales; dos de los “dictadores” latinoamericanos. Sería bueno, muy bueno, que alguna vez los latinoamericanos comenzaran a verse en un unidad en lugar de hacer caso a la propaganda política norteamericana que ve dictadores donde más le conviene y no los ve donde los hay en realidad (por seamos sinceros, si Venezuela no tuviese petróleo a nadie le importaría quién o cómo la gobierna. Mientras tanto, EE.UU. no dice nada del accionar israelí o árabe aunque estos masacren a otro país o ejecuten a personas en la plaza pública).

A comenzado en Latinoamérica una fuerte campaña en contra del consumo de productos norteamericanos. Espero que no todo quede en una mera muestra de cartelitos coca-cola-lucha-de-clasesfacebookeros y que la acción sea llevada adelante con toda la fuerza posible. Sé que muchos no se plegarán a este accionar (a quienes luchan a favor del invasor les dicen cipayos en Argentina o malinchistas en México; lo cual indica que traidores, en estas tierras, los hubo siempre. También habrá que luchar contra ellos si es necesario).

La receta es simple: contra la violencia ciega y torpe, la acción concreta y pacífica; contra la burla soberbia, la dignidad humilde pero orgullosamente poderosa; contra la bravata torpe e ignorante, la altivez del silencio colectivo.

Hace una par de meses dije que esta puede ser una gran oportunidad para México; ahora veo que puede serlo para toda América Latina. Espero ver, de una vez por todas, a este continente unido contra cualquiera que quiera hacernos daño, todos; tanto a los de afuera como a los de adentro. Tal vez aquellos versos de José Hernández escritos en 1879 sean, al fin, escuchados: “Los hermanos sean unidos / porque esa es la ley primera / tenga unión verdadera / en cualquier tiempo que sea / pues si entre ellos pelean / los devoran los de afuera”.

El peso de una llave.

3Hace unos veinte días me invitaron a presentar mi pequeño En los bordes del silencio en Metepec, un pueblo mágico del estado de México. Entre el público presente se encontraba Martín, un hombre vestido con ropas humildes y desgastadas, pero de impecable presencia: no faltaba en su atuendo la corbata correctamente anudada y la sobria combinación de tonos en sus prendas. Martín había llegado temprano y se acercó a charlar conmigo mientras esperábamos que se iniciara la presentación. Me contó algunas cosas del pueblo, algunos detalles históricos y me aclaró algunos puntos de la actualidad. Hablamos de libros, de historia, de política, de su vida, del clima local.

Hace un par de días tuve la oportunidad de volver a ese pueblo a una lectura, acompañando a varios queridos amigos de aquí (la presentación era, precisamente, de escritores michoacanos. Les agradezco que me consideren uno de ellos, cosa que soy, claro está). Esta vez había mucha más gente, como es obvio, y entre el grupo reunido para escucharnos había un hombre con toda la apariencia de lo que hoy se llama, génericamente, homeless. 0293Prestaba mucha atención a lo que leíamos y hacía gestos de aprobación o desaprobación según, me pareció, su buen entender. Desapareció poco después de terminada la presentación.

Es algo bastante común aquí en México que en las presentaciones de libros haya gente así, de apariencia muy humilde pero que, en mayor o menor medida, tienen algo para decir. No todos, como también suele suceder, van para conseguir un sándwich o una taza de café. Muchos han hecho preguntas más que adecuadas y otros, aunque se pierden en vericuetos léxicos algo confusos (no podemos culparlos de no tener la práctica suficiente como para poder poner sus pensamientos de forma precisa y menos en público) tienen, al menos, la intención de querer comunicarnos algo.

Cada vez que los veo no puedo menos que sonreír y sentirme un poco fuera de lugar. He intentado despojar a mi vida de toda atadura con esos objetos que nos ligan a un sitio y a 6121-fullun estado social particular y, aunque lo he logrado en una gran medida, cuando veo a estas personas me doy cuenta de que todavía me falta mucho como para lograrlo del todo. Aún tengo una mochila y un bolso con ropa. Ya tengo más libros de los que podría cargar y demasiadas playeras. Hasta tengo una llave para cuando salgo de casa; y cuando uno tiene una llave es porque teme que le roben algo y cuando uno teme que le roben es porque se ha convertido en un pequeño burgués asustado.

Ahora que lo pienso, tal vez el homeless del otro día se fue antes porque no le gustaron mis poemas. Hizo bien. Eso es ser libre.

Un vaso de agua, por favor. Deslactosada, descafeinada y deshidratada.

img_8331

No puedo decirlo de otro modo: odio a la puta modernidad. Ya no se puede acceder a nada que sea puro, que sea algo en sí mismo; todo tiene que tener un agregado, un extra, un añadido. Antes de comprar algo hay que leer cada etiqueta con detenimiento ya que todo tiene, posiblemente, algo que lo modifica de alguna manera. Antes, por ejemplo, se compraba leche. Ahora hay que optar por leche entera, semidescremada, descremada, light, deslactosada. También hay café con leche y dentro de esta variedad tenemos café con leche clásico, sin azúcar, con vainilla. El viejo y simple café se ha transformado en un una búsqueda incesante entre café tradicional,  descafeinado, café con vainilla (me gustaría conocer a algún degenerado que prefiera el café con vainilla. Si el producto existe es porque existe el comprador ¿no?), capuccino, capuccino light, macciato, expresso, americano… La verdad es que ir a un supermercado, además de violento (me remito a Herbert Marcuse al decir esto) es cansador. Ahora, la última moda: el agua. Sí, el agua ahora viene saborizada y hay marcas más saludables o ¡sorpresa de sorpresas! más ricas que otras.

Si seguimos así dentro de poco, antes de ir a hacer las compras vamos a tener que tomar un curso de química o algo por el estilo.

Curar por la palabra.

b2b-sales-reading-list-books

Transcribo algunos fragmentos Crítica y clínica, de Gilles Deleuze: “La literatura sólo empieza cuando nace en nuestro interior otra persona que nos desposee del poder de decir Yo. […] No hay literatura sin fabulación, pero, como acertó a descubrir Bergson, la fabulación, la función fabuladora, no consiste en imaginar ni en proyectar un mí mismo. Más bien alcanza esas visiones, se eleva hasta estos devenires o potencias. […] No se escribe con las propias neurosis. La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, cerrado. La enfermedad no es proceso, sino detención del proceso […] Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo. […] El mundo es el conjunto de síntomas con los que la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces como una iniciativa de salud…”

Hoy en día, tiempos en que las materias humanísticas se encuentran en peligro en varios sitios del planeta (y no solo en lugares del tercer mundo, vale la aclaración), ver a la literatura como sanadora no es algo descabellado ni utópico. Quien alguna vez dijo, literalmente, que fue salvado por los libros, no puede menos que sentirse algo apocalíptico ante este avance de lo más retrógrado del capitalismo utilitarista, aun sabiendo que no toda la estupidez es eterna, aunque el daño que hacen bien puede durar demasiado tiempo. A sanarse diariamente, entonces; a sanarse uno mismo y a quien quiera acompañarnos en este viaje pequeñito pero más que interesante.

Tiempo de vida.

EnjoyCapitalismSticker1a

Tengo una amiga que tiene tres trabajos. No todos el mismo tiempo, claro; es decir, no todos los días alterna los tres, sino que lo hace a lo largo de la semana entera. Eso hace que viva corriendo de un sitio a otro casi sin descanso. Ella es joven, hermosa, inteligente, culta y, por sobre todo, una persona amabilísima. Sí, parece no tener defectos (si los tiene los mantiene bien ocultos; de todos modos, no importa en lo más mínimo). Hace mucho que nos cruzamos a charlar y, debo ser sincero, la echo de menos. No siempre nos entendemos, claro. Yo, por ejemplo, no entiendo cómo puede estar desperdiciando su vida de esa manera; ella no entiende cómo yo puedo vivir así, casi al azar y sin nada que me ancle a sitio alguno. Ése es uno de los pocos puntos en el que no nos entendemos y supongo que va a ser difícil que podamos hacerlo. Tampoco importa, claro, la amistad pasa por otros carriles más ricos. Pero ahora encontré las palabras justas para decir lo que siempre quise y no pude. Las palabras exactas para dar a entender mi punto de vista. No son palabras mías (¡ojalá lo hubiesen sido!) sino de José Mujica, el ex presidente uruguayo. Las transcribo aquí:

“Inventamos una montaña de consumo superfluo; y hay que tirar y vivir comprando y tirando… y lo que estamos gastando es tiempo de vida. Porque cuando yo compro algo, o tú, no lo compras con dinero; lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener ese dinero. Pero con esta diferencia: la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta. Y es miserable gastar la vida para perder libertad”.

Eso es lo que siempre quise decir y nunca pude hacer con esas palabras. Eso es lo que me hubiese gustado decirle a mi amiga, esa que tiene tres trabajos y a la que echo tanto de menos.

Sí, existe.

FB 03

El cartel que ilustra esta entrada es una muestra patente de lo que yo llamo la odiosa filosofía Facebook. Allí cualquier imbécil dice lo primero que se le ocurre y de inmediato es seguido por una infinidad de estúpidos que ni siquiera se detiene a pensar durante tres segundos si lo que están viendo y leyendo tiene algún asidero lógico o (como en el caso de las citas o de ciertas noticias) si tiene una base real y fundamentada. Este tipo de carteles (o como diablos se los llame) se vuelven de inmediato virales; término que si lo pensamos un poquito poco tiene, también, de amable o halagüeño. El error del cartel precedente es buscar el “error” o la “culpa” donde no está. No es atacando a la ciencia como van a terminarse los problemas; sino que hay que buscar a los verdaderos culpables donde están: en las fábricas de armas (sobre todo en ellas; un par de datos: un bombardero B2 Spiriti cuesta 2.200 millones de dólares. El año pasado EE.UU. firmó un contrato por 55.000 millones de dólares para el desarrollo y la construcción de 20 bombarderos B3). por otra parte, el costo total del programa Curiosity (el que busca agua en Marte) fue de 2.500 millones de dólares; es decir lo mismo que cuesta un solo bombardero. La exploración científica es indispensable para el avance de la humanidad toda y no es recortando lo ya bastante poco que tiene ésta como van a solucionarse los problemas. Insisto: hay que atacar donde el problema está de verdad. ¿Y qué sucede con los actos de corrupción que mueven billones de dólares cuando con sólo una pequeñísima parte de eso podríamos encontrar la cura para muchas enfermedades curables? ¿Y el narcotráfico? ¿Y los billones que están en manos de diez o veinte familias y que además siguen creando más desigualdad para obtener más y más y más dinero? ¿Y las religiones —con el catolicismo a la cabeza de la lista—? Si hay sitios sin agua en nuestro planeta; si no hay comida suficiente en muchos países, si no hay salud en otros tantos, no es porque el dinero se gaste en exploraciones científicas estúpidas; sino que es debido a decisiones conscientes tomadas por políticos y hombres de estado o empresarios para quienes la vida humana tiene menos valor que la cantidad de ceros de su cuenta bancaria. Entre ellos juegan a ver quién al tiene más larga mientras medio mundo se muere de hambre, de sed o por enfermedades evitables.

El dinero para erradicar toda el hambre del mundo se ha calculado en aproximadamente 33.000 millones de dólares. Eso es lo que gastan las naciones en armamentos cada ocho días.

Sí, gente; hay inteligencia en la Tierra; pero no es haciendo carteles como estos la manera de demostarlo.

Más de lo mismo: