Tiempo de vida.

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Tengo una amiga que tiene tres trabajos. No todos el mismo tiempo, claro; es decir, no todos los días alterna los tres, sino que lo hace a lo largo de la semana entera. Eso hace que viva corriendo de un sitio a otro casi sin descanso. Ella es joven, hermosa, inteligente, culta y, por sobre todo, una persona amabilísima. Sí, parece no tener defectos (si los tiene los mantiene bien ocultos; de todos modos, no importa en lo más mínimo). Hace mucho que nos cruzamos a charlar y, debo ser sincero, la echo de menos. No siempre nos entendemos, claro. Yo, por ejemplo, no entiendo cómo puede estar desperdiciando su vida de esa manera; ella no entiende cómo yo puedo vivir así, casi al azar y sin nada que me ancle a sitio alguno. Ése es uno de los pocos puntos en el que no nos entendemos y supongo que va a ser difícil que podamos hacerlo. Tampoco importa, claro, la amistad pasa por otros carriles más ricos. Pero ahora encontré las palabras justas para decir lo que siempre quise y no pude. Las palabras exactas para dar a entender mi punto de vista. No son palabras mías (¡ojalá lo hubiesen sido!) sino de José Mujica, el ex presidente uruguayo. Las transcribo aquí:

“Inventamos una montaña de consumo superfluo; y hay que tirar y vivir comprando y tirando… y lo que estamos gastando es tiempo de vida. Porque cuando yo compro algo, o tú, no lo compras con dinero; lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener ese dinero. Pero con esta diferencia: la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta. Y es miserable gastar la vida para perder libertad”.

Eso es lo que siempre quise decir y nunca pude hacer con esas palabras. Eso es lo que me hubiese gustado decirle a mi amiga, esa que tiene tres trabajos y a la que echo tanto de menos.

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Sí, existe.

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El cartel que ilustra esta entrada es una muestra patente de lo que yo llamo la odiosa filosofía Facebook. Allí cualquier imbécil dice lo primero que se le ocurre y de inmediato es seguido por una infinidad de estúpidos que ni siquiera se detiene a pensar durante tres segundos si lo que están viendo y leyendo tiene algún asidero lógico o (como en el caso de las citas o de ciertas noticias) si tiene una base real y fundamentada. Este tipo de carteles (o como diablos se los llame) se vuelven de inmediato virales; término que si lo pensamos un poquito poco tiene, también, de amable o halagüeño. El error del cartel precedente es buscar el «error» o la «culpa» donde no está. No es atacando a la ciencia como van a terminarse los problemas; sino que hay que buscar a los verdaderos culpables donde están: en las fábricas de armas (sobre todo en ellas; un par de datos: un bombardero B2 Spiriti cuesta 2.200 millones de dólares. El año pasado EE.UU. firmó un contrato por 55.000 millones de dólares para el desarrollo y la construcción de 20 bombarderos B3). por otra parte, el costo total del programa Curiosity (el que busca agua en Marte) fue de 2.500 millones de dólares; es decir lo mismo que cuesta un solo bombardero. La exploración científica es indispensable para el avance de la humanidad toda y no es recortando lo ya bastante poco que tiene ésta como van a solucionarse los problemas. Insisto: hay que atacar donde el problema está de verdad. ¿Y qué sucede con los actos de corrupción que mueven billones de dólares cuando con sólo una pequeñísima parte de eso podríamos encontrar la cura para muchas enfermedades curables? ¿Y el narcotráfico? ¿Y los billones que están en manos de diez o veinte familias y que además siguen creando más desigualdad para obtener más y más y más dinero? ¿Y las religiones —con el catolicismo a la cabeza de la lista—? Si hay sitios sin agua en nuestro planeta; si no hay comida suficiente en muchos países, si no hay salud en otros tantos, no es porque el dinero se gaste en exploraciones científicas estúpidas; sino que es debido a decisiones conscientes tomadas por políticos y hombres de estado o empresarios para quienes la vida humana tiene menos valor que la cantidad de ceros de su cuenta bancaria. Entre ellos juegan a ver quién al tiene más larga mientras medio mundo se muere de hambre, de sed o por enfermedades evitables.

El dinero para erradicar toda el hambre del mundo se ha calculado en aproximadamente 33.000 millones de dólares. Eso es lo que gastan las naciones en armamentos cada ocho días.

Sí, gente; hay inteligencia en la Tierra; pero no es haciendo carteles como estos la manera de demostarlo.

Más de lo mismo:

Asilo.

Kurdish refugee boy from the Syrian town of Kobani holds onto a fence that surrounds a refugee camp in the border town of Suruc, Sanliurfa province

Poco a poco voy poniéndome al día con los blogs amigos o con los que puedo visitar en la medida de mi tiempo. Hoy me encontré con una entrada en le blog de María G. Vincent que no puedo dejar de enlazar con algo que acabo de leer. La entrada será un poquito extensa, pero hay cosas que no pueden o no deben ser tomadas a la ligera. El texto de María, referente a los refugiados que están intentando llegar a Europa, es uno de ellos, escrito desde el dolor y la impotencia de quien se encuentra con las limitaciones propias de cada uno de nosotros en casos como este. El texto que yo quería compartir y que iba a recortar un poco es de Fernando Savater y voy a dejarlo completo porque sí, porque vale y porque, como dije, hay temas que no pueden ser tomados a la ligera.

«Una de las mentes más lúcidas y vigorosas del pensamiento contemporáneo, Hannah Arendt, profetizó que nuestro siglo acabaría marcado por la existencia masiva de refugiados, fugitivos, gente desposeída de todos sus derechos y obligada a buscarlos lejos de su patria. Acertó plenamente, por desdicha. Las imágenes de los que huyen de la guerra, del racismo, de la intolerancia religiosa e ideológica, o simplemente del hambre, de los que huyen arrastrando como pueden sus escasas pertenencias, de esos hombres y mujeres que se apresuran sin saber hacia dónde, jóvenes, viejos o niños, con la bruma del espanto y del despojo en la mirada, las imágenes de los que atraviesan a pie los montes y las brasas de los desiertos, de los que duermen sueños de acosados en el lodo, de los que atiborran embarcaciones precarias que a veces se hunden en las olas, las imágenes de los que cruzan alambradas y sortean como pueden los disparos de guardianes implacables, esas imágenes son hoy el equivalente moral de lo que fueron en su día las escenas de los reclusos famélicos y aterrorizados en los campos de concentración nazis o comunistas. Si ante películas como La lista de Schindler nos sentimos obligados a sollozar «¡nunca más!», lo sincero de ese movimiento de justicia y compasión se medirá por nuestra actitud ante los perseguidos y hostigados de ahora mismo: ayer era imperativo liberarles de sus cárceles, hoy lo es acogerles en nuestros países, bajo nuestras leyes y compartir con ellos nuestras libertades. La única limitación que tiene esta obligación civilizada es la prudencia para organizar y encauzar este hospedaje a fin de que sea compatible con los recursos sociales de cada país.
La historia ha sido siempre una gran catástrofe, cuyos logros positivos han solido pagarse a precios terribles de lágrimas y sangre. Nuestro siglo no ha constituido una excepción, todo lo contrario: las ideologías científicamente exterminadoras en nombre de la raza o de la clase, las armas de destrucción masiva, el propio aumento de la población humana, han contribuido a aumentar el número de los damnificados por la rapiña o el necio capricho ideológico de sus semejantes. Por eso la obligación del asilo es una de las pocas tradiciones que podemos calificar sin disputa como realmente civilizada. Cuando Ulises y sus compañeros llegaron a la isla de los cíclopes, la brutalidad subhumana de éstos se les reveló porque desconocían las leyes de la hospitalidad y trataban como a simple ganado a los desventurados arrojados a sus costas por el mar. Lo que diferencia al hombre del bruto no es su tamaño, ni su pilosidad, ni su número de ojos, sino su disposición acogedora hacia el extranjero: al tratar a los compañeros de Ulises como a animales, Polifemo reveló su propia animalidad, no la de sus víctimas. Esa antigua obligación hospitalaria como clave de la humanidad sigue hoy vigente y su cumplimiento es también el gran desafío actual que se plantea a nuestras democracias. Los y las suplicantes, lo sabemos desde Homero o desde Esquilo, deben ser acogidos: la barbarie que les persigue es su carta de ciudadanía ante quienes nos tenemos por diferentes y mejores que los bárbaros. No hay excusas para el rechazo, apenas cortapisas prudenciales. A fin de cuentas, la condición del desterrado nos recuerda, no ya a todo demócrata sino a todo ser humano reflexivo, la nuestra propia. Pues, como dijo Empédocles, «el alma también está exilada: nacer es siempre viajar a un país extranjero». De nosotros depende que el acoso y el desasosiego de esta condición común se conviertan en fraternidad cívica».

Fernando Savater. Asilo, Diccionario filosófico.

Resistir hoy, ya, ahora.

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El pasado 23 de noviembre escribí un artículo en el cual declaré mi deseo de estar equivocado con respecto a lo que se avecinaba en la República Argentina. Hoy, apenas a un mes y medio de aquella entrada puedo decir no sólo que no estaba equivocado, sino que la realidad es mucho peor de lo que había imaginado. El actual presidente argentino y sus colaboradores son más que vergonzosos; creo que no voy a encontrar el adjetivo adecuado (hice una larga pausa en la escritura de este texto y no, me es imposible encontrar el adjetivo que exprese lo que quiero decir); así que es mejor que siga con el tema central de esta entrada.
Ayer me he encontrado con una especie de manual titulado Técnicas de resistencia activa-micromilitancia. Ese breve texto de apenas diez páginas contiene una serie de consejos para llevar adelante, tal como lo indica su título, una resistencia militante ante lo que se considera un gobierno despótico. Lo leo y veo que lo que propone es totalmente válido, legal y certeramente práctico. Por ejemplo, en el espacio virtual y ante la manipulación mediática, se propone compartir en las redes sociales información veraz y chequeada. También participar en foros de diarios de amplia tirada y (de)formadores de opinión. En el espacio cotidiano se propone pegar carteles con datos, información viable, causas y consecuencias; comprar un diario opositor al menos una vez a la semana, intervenir diarios en sitios como bares y pedir que en los sitios públicos donde haya TV, que en ésta se sintonice un canal de música o cualquier otro que sea neutro.
Hay más ejemplos de participación, pero no me detendré en todos ellos, para muestra es más que suficiente (dejaré el enlace para descargar el PDF más abajo).
A lo que quiero llegar es que esas formas activas de participación social que no promueven nada ilegal me parecen estupendas, y no solo para ser usadas en contra de un gobierno en particular, sino como forma de educar a la sociedad en el poder real que ésta tiene. Estas técnicas sirven para ofrecer resistencia a una empresa o a un grupo en particular, sea éste el que fuere.
El diario Clarín, el verdadero dueño del presidente argentino (es inevitable, debo volver al títere muy a mi pesar) calificó a este pequeño manual de «insólito» en un artículo titulado El insólito manual de «resistencia» K dedicado a la «micromilitancia» (obsérvese los entrecomillados. Para mis amigos extranjeros, la K hace referencia al anterior gobierno, el de Cristina Fernández de Kirchner, aunque en el manual nunca se habla de partidismos). Como bien señalé ayer, los medios (sobre todo los medios hegemónicos como Clarín) se dedican a manipular el sentido de las palabras en beneficio propio; y éste es otro ejemplo de cómo lo hacen.
Insisto: el manual propone acciones legales y válidas, por lo tanto nada tiene de malo ni de dañino. Accionar políticamente o no, es nuestra prerrogrativa y nuestra elección.
Les dejo el enlace para quien quiera ver el manual por sí mismo y, por qué no, para ponerlo en práctica en donde sea que lo esté leyendo. Pueden descargarlo desde aquí.

Sol

No sé qué es lo que quiero, pero quiero más.

Consumo

“Todo lo que se come de más se quita del estómago de los pobres”. Dijo alguna vez el Mahatma Ghandi. Se refería, claro está, a una sencilla ecuación económica: Si sólo comemos lo necesario, no necesitamos comprar tantos alimentos, por lo tanto, si TODOS actuamos de esa manera, habrá menos demanda, lo cual significa que la oferta de productos será mayor y, como todos saben o deberían saber, a mayor oferta y menor demanda, el precio baja; por lo tanto, la gente de menores recursos puede acceder a más y mejores alimentos.

Ahora bien, el párrafo anterior es sólo tangencial con respecto al tema que quiero tratar hoy. El cual es la publicidad actual. Últimamente he visto una gran cantidad de publicidad de los mismos productos de siempre, pero ahora todas ellas –no importa del producto que se trate–, tienen algo en común: todas ellas nos prometen una compra limpia y ecológica.

Antes, cada publicidad nos hablaba de las virtudes de un producto, ahora no solo eso; sino que también nos dice que estamos ayudando al planeta. Sabiendo que en la actualidad la ecología es un tema importante, nos quieren hacer creer que además de comprar, estamos siendo buenos ejemplos de individuos sociales y responsables.

Quienes llegan hasta este sitio provienen de diferentes partes del mundo, así que cada cual debería prestarle atención a las publicidades de su país; estoy seguro de que, en líneas generales, se encontrarán con ejemplos parecidos a lo que ocurre aquí en Latinoamérica: las baterías Duracell nos aseguran 650 fotografías (como duran más, se desperdician menos), las petroleras nos aseguran menor contaminación, al igual que la industria automovilística; Starbucks nos promete que, con cada taza de café accedemos a un café natural y que, además, siempre pagan lo adecuado a los proveedores de Sudamérica. Los detergentes, cremas, desodorantes y otros productos de limpieza (además de eliminar el 99,98% de los gérmenes, el cual es tema para otro post), se hacen a base de elementos biodegradables, etc., etc., etc.

Las publicidades, como siempre, sólo tratan de engañarnos. La realidad es que las mejores baterías son las recargables (cuestan cuatro veces más, pero duran entre 20 y 30 veces lo que una batería común); con respecto a los automóviles, lo mejor es usarlos en la justa medida, es decir cuando es necesario y es bien sabido que ya la tecnología les permitiría comercializar autos realmente ecológicos; y así podemos seguir con todos y cada uno de los productos que vemos día a día.

El objetivo de la publicidad es hacernos comprar todo y de todo, aun aquello que no necesitamos; así que aquí es cuando entra a cobrar sentido aquella frase de Ghandi con la que comencé el post. No sólo deberíamos aplicarla a los alimentos, sino a todo aquello que nos rodea en estos tiempos modernos. Comprar estrictamente lo necesario y en la menor cantidad posible.

Malos tiempos para las buenas nuevas.

Diarios

En estos tiempos donde todos los discursos están tergiversados, invertir los valores de lo que se nos expone puede ser un buen camino para determinar dónde se encuentra la verdad o el camino hacia la verdad. Hace ya varios años trabajé con un muchacho que no leía novelas porque éstas eran ficción y eso le parecía una pérdida de tiempo. Leer novelas, para él, equivalía a evadirse de la realidad y, si bien algo de eso hay, no es menos cierto que la lectura de textos ficcionales conlleva muchos otros beneficios, además del beneficio enorme, precisamente, de permitirnos ver a la realidad tal cual es. El mes pasado, mientras preparaba unas clases (que espero se lleven cabo el próximo enero) sobre literatura argentina, volví a leer los textos de Roberto Arlt y de Rodolfo Walsh, ambos excelentes exponentes literarios que provenían del periodismo. Analizar sus trabajos me hizo darme cuenta de que la clásica división entre ambas disciplinas (el periodismo dedicado a la creación de textos donde se ponen en evidencia hechos reales, la literatura el ámbito donde se producen textos totalmente ficcionales) hoy se encuentra invertida; y no porque ambos hayan decidido “cambiar de rubro”, porque la literatura sigue siendo tan “ficcional” como siempre lo ha sido; sino porque el periodismo se ha dejado arrastrar tanto por el mercantilismo más vulgar que hasta no hay dudas de que el concepto de “objetividad periodística” es una falacia. Para colmo de males, ni siquiera podemos encontrar valores estéticos en el periodismo actual; así que además de poco creíbles, malos expositores.

Creer hoy en el periodismo es pecar de ingenuidad. El periodismo sigue apuntalado en aquellos tiempos pretéritos donde había una normativa interna rigurosa y donde la ética y la calidad iban de la mano. Hoy eso ha desaparecido, pero él sigue escudándose en ese fantasma ante cada crítica que se le formula. La literatura, sin embargo, sigue siendo la fiel depositaria de todos esos valores que el mundo busca desorientado. Creer en los novelistas, en los cuentistas, en los poetas, es lo mejor que podemos hacer para no vivir engañados.

Nota: Al hablar de periodismo me refiero, más que nada, al periodismo político, económico y sólo parcialmente al periodismo social. El periodismo que ha perdido credibilidad es aquel que tiene relaciones con el poder y que se ha vuelto un empleado de él. El periodismo cultural o el deportivo se mantienen, en gran parte, por fuera de esta crisis. Por último, el periodismo social se maneja en ambos círculos: por una parte se lo utiliza para estupidizar y manipular a la masa y hay un pequeño segmento que puede mantenerse fuera de esta manipulación y mantener una conciencia propia al mismo tiempo que sus niveles de calidad.

Pobreza americana.

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El pasado viernes se llevó adelante, en Estados Unidos, el llamado Black Friday, lo cual no es otra cosa que un día en que las grandes cadenas venden todo a un precio más bajo. Lo que puede verse en estos casos es realmente repugnante. Les dejo un par de videos aquí abajo para que vean a lo que se llega en casos de descerebramiento grave. Ver a miles de personas desesperadas por comprar lo que sea (la mayor parte de las veces lo que no necesitan) es algo tan patético, tan idiota que me cuesta no reírme de ello o de ellos; pero el asunto es más grave que gracioso. La idea americana es una: comprar, comprar, comprar. Si es necesario pisar a alguien, se lo hace. Si es necesario golpear a alguien, también. Sólo hay que aprovechar a comprar de manera compulsiva lo que sea, pero antes de que otro cualquiera se lo quite de las manos.

Alguno dirá que esto es competencia de los yanquis y que es asunto de ellos, así que nada debería estar haciendo yo aquí: pero el asunto no es tan sencillo. El capitalismo, como todos sabemos, es la doctrina económica global en estos momentos y esto que vemos aquí es la consecuencia última del sistema en su funcionamiento extremo. La pregunta que debemos hacernos es ¿es esto lo que queremos para nosotros? ¿Es esto lo que queremos para nuestra sociedad, para nuestra ciudad, para nuestro país? Insisto en que la cuestión no es gratuita, ya que tengo la sensación de que eso es lo que estamos creando en las nuevas generaciones. No hay más que  ver el modo de actuar de los niños y jóvenes de hoy en día, presos de medios electrónicos que les hacen perder la noción de toda realidad y, peor aún, de toda norma de respeto hacia el otro (No hablemos, mejor, de cómo tratan esos niños a sus propios padres ¿por qué nos asombramos cuando golpean a un compañero en la escuela y se graban con sus celulares?). A esos niños puede vérselos babeando ante cualquier tontería; tontería que luego no usarán y que está destinada a formar parte de una pila enorme de otras tonterías compradas porque la publicidad así lo indicó. Black Friday, hasta el nombre ya le queda adecuado.

Nota: cuando estaba terminando de escribir esto y mientras buscada datos precisos, encuentro una página llamada Black Friday Death County, donde veo que han sido siete los muertos y noventa y ocho los heridos de este año, el cual lo pone al tope de las listas (¡Y cómo les gustan a los yanquis los “Top Ten”!). También veo los diferentes tipos de daños: personas acuchilladas, golpeadas en la cabeza por TV enormes, rociadas con gas pimienta, atropelladas por automóviles… Como dije antes: me reiría si no fuera tan patético.

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Suicidio asistido.

Suicidio inducido

Estaba inseguro de escribir esta entrada. Lo estaba y lo estoy, a tal punto de que escribo esto casi como un ejercicio introspectivo y no sé si al finalizar irá a la papelera o me animaré a subirlo al blog.

¿Cómo escribir desde la tristeza, desde la desazón, desde el miedo? Sólo con la esperanza de estar equivocado. Y espero estarlo, con todas mis fuerzas espero equivocarme y que el próximo presidente argentino sea el mejor de toda la historia de mi país. No por él, que es sólo un funcionario que está allí para hacer precisamente eso; sino por la gente, por los viejos, por los niños, por todos los que allí viven. Ojalá yo me equivoque y me equivoque por mucho; les doy mi palabra que seré el primero en reconocerlo.

Es muy común decir, cuando un grupo social toma una decisión determinada, que ese grupo social es «ignorante» o algo así. Yo hoy lo digo con toda la seguridad de las pruebas que ellos mismos nos han brindado ayer: la clase media argentina no sólo es ignorante, sino que es algo mucho peor: es una clase pretenciosa, envidiosa, mediocre, inculta, soberbia y sí, profunda y gozosamente ignorante. Sólo así se entiende que alguien vote para presidente a un tipo que nadie en su sano juicio (ni siquiera los que lo votaron, lo sé porque conozco a varios) lo dejaría dormir en su casa. Quien será el nuevo presidente, junto a sus «colaboradores» ya avisó que viene por todo; lo dijo bien clarito y sin ningún prurito. Mintió descaradamente una y otra vez pero eso a la clase media no le importa; porque esa clase media argentina está presa del odio más visceral por sus semejantes, ellos son los típicos hijos de los Mass Media y de la religión más obtusa, esa religión que habla de amor pero que enseña el odio a los pobres o a los diferentes. La clase media argentina después de una crisis como pocos países han vivido puede comprar una TV, una computadora y un pequeño auto y ya se cree oligarquía y así termina votando a un tipo que tiene 214 causas judiciales y que está procesado en otras dos causas penales.

Alguna vez bromée diciendo que si ganaba este individuo no volvería a mi país. Hoy, a pesar de que no puedo asegurar que esas palabras sean cien por ciento ciertas, la sensación profunda que me embarga es ésa: la de no querer volver. Tal vez México me acepte, tal vez sea Colombia o tal vez, emulando a aquella leyenda del judío errante me convierta en el ateo errante que deambule por latinoamérica sin detenerse nunca.

Tengo tanto para decir. Tanto. Pero sólo quiero decirme otra vez a mí mismo: ojalá te equivoques. Ojalá me equivoque al pensar que Argentina acaba de suicidarse.

Los hombres invisibles.

ÁfricaEn un artículo publicado el 24 de este mes en el diario argentino Página/12, el filósofo Jose Pablo Feinmann ilustró su texto con un acápite que no me dejó indiferente y que no pude evitar relacionarlo con un artículo de Amnistía Internacional que leí hace unos minutos. El acápite es el siguiente:

“Sartre les habla a los europeos. Ya no somos el sujeto del razonamiento –les dice–, somos el objeto. Europa es objeto. El sujeto mora en las colonias. En el lenguaje y en la praxis revolucionaria de los colonizados. Ahí está, ahora, el humanismo. Ahí, ahora, se escribe la ‘historia del hombre’.”

El texto de Sartre al que se hace referencia es el que el filósofo francés escribiera en 1961 como prólogo para el libro del filósofo nacido en Martinica (en aquel momento colonia francesa) Franz Fanon Los condenados de la tierra. Y en él dice cosas como las que siguen: “Ustedes (les dice a sus coterráneos), tan liberales, tan humanos, que llevan al preciosismo el amor por la cultura, parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre”. Sigo: “Hay que afrontar un espectáculo inesperado: el ‘striptease’ de nuestro humanismo. Helo aquí desnudo y nada hermoso: no era sino una ideología mentirosa: la exquisita justificación del pillaje”. Sigo: “El europeo no ha podido hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos”. Más: “Nuestras víctimas nos conocen por sus heridas y por sus cadenas: eso hace irrefutable su testimonio. Basta que nos muestren lo que hemos hecho de ellas para que conozcamos lo que hemos hecho de nosotros mismos”. Y por fin: “Es el fin, como verán ustedes: Europa hace agua por todas partes. ¿Qué ha sucedido? Simplemente, que éramos los sujetos de la historia y ahora somos sus objetos”.

En el artículo de Amnistía Internacional se lee que, en lo que va del año ya han muerto más de 1600 africanos en el Mar Mediterráneo y sólo a lo largo de la semana pasada la cifra fue de 1100. Kate Allen, Directora de Amnistía Internacional Reino Unido, acotó: “El equivalente a cinco aviones de pasajeros llenos de gente se hundió el fin de semana pasado, y estamos sólo a inicios del verano. De haber sido turistas, en vez de migrantes, imaginen la reacción.” Alguien en Twitter dijo algo parecido, pero de manera más concisa y certera: “El impacto de 1000 muertos en el Titanic nos dura 100 años. Mil muertos en un barco patera un fin de semana. Tenemos neuronas clasistas.”

Europa, hoy, es el objeto de la historia, los sujetos están en la periferia. Europa ha vivido y crecido alimentándose (y sigue haciéndolo) de esa periferia; de África y de América. Lo menos que pueden hacer es demostrar algo de humanidad; algo de empatía con el resto de la gente que habita este mundo y que tiene tanto derecho a habitarlo y subsistir dignamente como ellos.

Nota: El libro de Franz Fanon fue publicado en 1961, en aquel momento los Estados Unidos se estaban consolidando como potencia mundial, pero no era lo que es hoy: la potencia hegemónica; así que eso que Sartre le decía a los europeos “Ustedes […] parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre.” Hoy habría que decírselos, también, a los Estados Unidos. Toda potencia colonizadora es responsable por las desigualdades económicas y sociales y, por ende, humanitarias. Nadie es inocente.