Todos en capilla III

 

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Collage – Borgeano

 

Queridos hermanos, nos encontramos aquí reunidos nuevamente con el fin de esparcir la palabra divina a los cuatro vientos y puntos cardinales, como semilla de diente de león que alcanza alturas insospechadas y viaja, así, centenares de kilómetros y kilómetros.

Abrimos nuestros libros y nos adentramos en las palabras del hermano José Saramago, quien nos dice:

«Escribir es hacer retroceder a la muerte, es dilatar el espacio de vida».

La verdad siempre prevalece y estas palabras nos recuerdan que el acto de poner una palabra detrás de otra palabra con el fin de crear una oración, un verso, o de poner en claro una idea, es un modo directo de hacer que el tiempo que nos fue dado para estar en esta tierra sea modificado para bien, es decir, que sea más extenso de lo que simplemente señalan las agujas del reloj.

Pero el hermano Saramago, para añadir una idea más a lo anterior, también nos dice:

«Nosotros, los que tenemos la responsabilidad de escribir, tenemos el deber de enaltecer nuestra lengua, de cuidarla, de hacerla revivir».

Quisiera aquí relacionar una idea con la otra siguiendo el método de la lógica más simple y directa: Si escribir implica la necesidad de cuidar a la lengua y si escribir hace retroceder a la muerte, por lo tanto, cuidar a la lengua hace, también, retroceder a la muerte. ¡Qué idea más simple y maravillosa, hermanos! Saramago nos dice que el mero hecho de escribir bien, hablar bien, de pensar bien (es decir de cuidar a la lengua allí donde se encuentre) es suficiente para enriquecer nuestras vidas hasta el punto de que ésta se vuelve más rica y, por ende, más extensa.

No importa si vamos a la tienda de la esquina a comprar pan o si nos perdemos en una charla de sobremesa; no importa si le damos la dirección al taxista o si pensamos, solitarios, mientras caminamos o paseamos por las calles de nuestra ciudad; hay que hablar bien porque eso es vivir bien. Por extensión transitiva, hablar mal, descuidar el lenguaje es, entonces, una concesión a la muerte.

¡Cuánta belleza, hermanos míos en estas palabras y en estas ideas! Las dejo aquí como flores para quien quiera tomarlas y compartir mi alegría. Podéis ir e paz y que Saramago esté con ustedes.

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Todos en capilla

 

key placed on an 18st century vintage book, isolated on white

 

Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para compartir la palabra de nuestros apóstoles y esparcir la buena nueva a los cuatro puntos cardinales. Abramos nuestros libros y leamos el versículo de nuestro apóstol Friedrich Nietzsche, quien nos dice:

«No es la falta de amor, sino la falta de amistad lo que hace a los matrimonios infelices».

¿Qué es lo que nos dicen estas palabras, hermanos míos? Hoy el amor es considerado como un sentimiento maravilloso y mágico que se encuentra de forma azarosa cuando dos personas se encuentran y algo inexplicable ocurre entre ellos. Esa tonta idea es hija de Hollywood y de sus fantasías más que de la realidad. Así las personas olvidan que el amor es un sentimiento que se construye con base en diversos ingredientes y que debe hacerse día a día, momento a momento. Respeto, amistad, paciencia, diálogo, lealtad son algunos de ellos y si alguno falla no habrá guión ni Hollywood que salve al matrimonio del desastre.
El apóstol, en otro versículo notable, también nos dice:

«La esencia de todo bello arte, todo gran arte, es la gratitud».

 

Ruth

 

El significado etimológico de amistad no ha podido ser determinado de manera fehaciente; pero se cree que proviene del latín amicus (amigo) y éste de amore (amar). Por su parte, gratitud proviene de la cualidad de gratus (agradable, bien recibido, agradecido). Como se ve, todos estos términos están estrechamente relacionados y se solapan y enriquecen los unos a los otros.
Ahora, si unimos ambas ideas podemos decir que un buen matrimonio es aquel que se construye día a día, tal como se hace como con toda buena obra de arte. Se construye con el objetivo consciente de lograr una obra bella y sólida de la que se puede estar plena y orgullosamente agradecido.
No olvidemos que también el término matrimonio significa algo más que la unión de una pareja tradicional; también el término incluye a toda unión sentimental honesta: familiar, amistosa y, hasta podríamos decir, laboral. El amor, hermanos, se construye, no se encuentra a la vuelta de la esquina.

Que la paz esté con vosotros.

Destinos secretos

 

viaje (1)

 

Los seres humanos somos animales de costumbres, y una de ellas es la de manejarnos con ciclos, los cuales nos permiten ordenar un poco mejor las cosas. En el caso del ciclo anual, tal vez la más importante de estas cosas, sea esto dicho así, como algo general, sean los recuerdos, la memoria. Es entonces que nos volcamos a los abrazos y a los buenos deseos, sabedores que cada día es un principio y cada día un final. Esto último se parece mucho a un viaje. La estación de partida, la estación de llegada, un sello en el pasaporte, una espera en una estación de autobuses a la noche, un sándwich que se come parado en una esquina, una tarde de sol en un parque, como si fuésemos un jubilado antes de tiempo.

Quienes me conocen saben que el viaje, para mí significa varias cosas al mismo tiempo. Metáfora y substancia; idea, sueño, materialización de una necesidad. También dualidad: el viaje exterior, el viaje interior… Sea del modo que fuere, el viaje es, aunque muchos se nieguen a verlo o a vivirlo. Es por eso que dejaré aquí algunas citas sobre viajes, como síntesis de lo que quiero decir. O sea, como síntesis compartida con otros viajeros anteriores, más lúcidos que yo y que me enseñaron a seguir un camino determinado.

 

viaje (2)

 

«El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración. El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje». José Saramago.

«El mundo es un libro, y los que no viajan leen sólo una página». San Agustín.

«Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas». Hipólito Taine.

«El verdadero viaje de descubrimiento no es buscar nuevas tierras, sino mirarlas con nuevos ojos». Voltaire.

«Todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe». Martin Buber.

Y por último, de autor desconocido:

«Viajar es la única cosa que pagas y te hace más rico»”.

Que el tiempo les depare interminables singladuras, mis amigos.

Llegar al mismo sitio

 

Gregorio Marañón

Gregorio Marañón

 

Uno de los enormes placeres que me ha deparado este sitio es el de poder compartir citas de todo tipo y color. Leer algo, encontrar un fragmento en ese algo y pensar en compartirlo aquí con ustedes es un pequeño placer personal que agradezco. Esta vez le toca a un fragmento que, me atrevo a decir, tal vez sea uno de los más bellos que he dejado en esta página. Y cuando digo bello lo digo en el amplio sentido del término, desde la mera estética hasta la inteligencia y el humanismo todo. Pertenece a Gregorio Marañón; médico, científico, historiador, escritor y pensador español. El fragmento pertenece a Vocación y ética y otros ensayos (1946):

 

«Un hombre de ciencia que sólo es hombre de ciencia, como un profesional que sólo conoce su profesión, puede ser infinitamente útil en su disciplina, pero si no tiene ideas generales más allá de su disciplina, se convertirá irremisiblemente en un monstruo de engreimiento y de susceptibilidad. Creerá que su obra es el centro del universo y perderá el contacto generoso con la verdad ajena, y, más aún, con el ajeno error, que es el que más enseña si lo sabemos acoger con gesto de humanidad. Como esas máquinas perforadoras que tienen que trabajar bajo un chorro de agua fría para no arder e inutilizarse, el pensamiento humano, localizado en una actividad única, por noble que esa actividad sea, acaba abrasándose en vanidad y petulancia. Y para que no ocurra así, ha de menester el alivio de una vena permanente de fresca preocupación universal. Saber es ahondar, hundirse en las galerías subterráneas del pensamiento o de los hechos ignotos, y para que la mente no se ahogue en esas galerías es precisa la ventilación, las ventanas abiertas a otros panoramas del espíritu, en los que éste descansa y se renueva. Por eso no hay un hombre de ciencia eminente que no se haya asomado, por instinto, a otras actividades. Y es muy común que sean las artísticas, y no, como se cree, porque sean contrarias a las investigaciones, sino precisamente por lo que tienen en común. No se puede caminar en dos direcciones distintas, pero la gracia de la vida es poder ir a donde tiene que irse por diferentes caminos. Y por la ciencia, como por el arte, se va al mismo sitio: a la verdad. Además, lo que importa es el camino. El camino es el que hace entretenidos los días y gratas las noches. El fin es siempre un sueño. Y quizá el verdadero fin es nunca llegar».

Yo, el susceptible

 

susceptibilidad

 

Hace poco menos de un mes, a raíz de una entrada sobre la ironía, Xabier Novella en sus comentarios me dice algo muy atinado: «Creo que hay un exceso de susceptibilidad en la mayoría de la gente…». Esa sentencia es una definición perfecta de lo que sucede hoy en día, donde cualquiera y ante cualquier motivo saca a relucir su susceptibilidad en forma de ofensa personal. Es así que uno se encuentra con ejemplos ridículos y reales como el del cura que subió al escenario porque la canción lo ofendía (a él y a su iglesia toda; ya se sabe que esta gente viene en multitudes aunque estén solos); la estúpida mujer que ante una decoración de calaveras en el día de muertos mexicano dijo que eso no era correcto porque atentaba contra los derechos humanos, o el caso de la mujer que ante una obra teatral cómica donde un disparo al aire de uno de los personajes mataba a una mujer que se encontraba en un balcón se quejó porque la violencia de género no es cosa de gracia.

Todo esto de sentirse personalmente tocado por lo que es una cuestión general y ficticia me hace recordar a aquella frase de Nietzsche, quien en su Más allá del bien y del mal dice: «La embriaguez de la venganza.– Los hombres groseros que se creen ofendidos tienen la costumbre de aumentar tanto como pueden el grado de ofensa que se les ha inferido, y de narrar sus causas exagerándolas demasiado, sólo para tener el derecho de embriagarse con los sentimientos de odio y de venganza que luego despiertan en su corazón».

Creo que eso es lo que sucede ante estas personas en exceso susceptibles: reconocen su mediocridad y no toleran que algo o alguien las exponga de manera tan evidente; entonces, como todo mediocre, sólo atinan a la censura.

Llamado a silencio

 

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«La salvación sólo es posible mediante la imitación del silencio. Pero nuestra locuacidad es prenatal. Raza de charlatanes, de espermatozoides verbosos, estamos químicamente ligados a la palabra». Dijo Emile Cioran en Silogismos de la amargura. 

Cioran, un pesimista irredento (sin ir más lejos sólo hay que ver los títulos de sus libros: el nombrado Silogismos de la amargura, Del inconveniente de haber nacido, Breviario de podredumbre, por ejemplo) suele ser un observador detallado de la realidad. Otro pesimista irredento Arthur Schopenhauer, dijo: «La cantidad de ruido que cualquier persona puede soportar sin alteraciones está en proporción inversa a su capacidad mental».  Y la verdad es que cuando uno se ve obligado a escuchar el ruido propio de cualquier ciudad moderna (y poco a poco de la naturaleza también, el hombre no deja resquicio sin molestia) se ve que estar de acuerdo con estas ideas es algo más bien inherente a nuestra persona; es casi una necesidad.

Me pregunto, entonces, si estos filósofos tan pesimistas no son llamados así por nuestra necesidad de justificarnos, cuando en realidad lo único que hacen es decir las cosas tal como son. Que no nos guste o no nos convenga a nosotros no significa que no tengan razón, después de todo.

Alegría compartida

 

Max Ernst

Max Ernst – Fireside Angel

 

Friedrich Nietzsche, en el parágrafo 62 de su El viajero y su sombra, dice:

«Alegría compartida. La serpiente que nos muerde cree hacernos daño, y se alegra de ello; hasta el más bajo animal puede imaginar el dolor de otro. Pero imaginar la alegría de otro y alegrarse de ella, es el mayor privilegio de los animales superiores, y de entre éstos sólo son accesibles a ella los ejemplares más elegidos, es decir, un humanum raro».

La filosofía a veces es compleja, pero a veces, como en este caso, es sumamente sencilla. Seamos sinceros: ¿No han visto a esas personas que disfrutan del dolor ajeno como a seres algo torpes, algo idiotas, algo inmorales? Hay un término específico, y ya que estamos entre alemanes: schadenfreude; el cual viene a significar algo así como «alegría malsana que se siente ante el dolor de los demás» (Ay, estos alemanes tienen términos para todo…). Esas personas no dejan de ser personas por ello, claro; pero antes de convertirnos en nazis de pacotilla y andar considerando como inferiores a cualquiera que no piense como nosotros (por dios, lo único que falta es que entre Wagner por la ventana); no podemos menos que reconocer que quienes sí pueden alegrarse por los demás son algo especial; algo —y ustedes disculparán el término— ligeramente superior. un humanum raro… eso.