Por qué leo, por qué escribo

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Pessoa 03

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«Hay metáforas que son más reales que la gente que anda por la calle. Hay imágenes en los escondrijos de los libros que viven más nítidamente que muchos hombres y mujeres. Hay frases literarias que tienen una individualidad absolutamente humana. Pasos de parágrafos míos hay que me hielan de pavor, tan nítidamente gente los siento, tan recortados contra las paredes de mi cuarto, en la noche, en la noche, en la sombra (…) He escrito frases cuyo sonido, leídas en voz alta o baja -es imposible ocultar su sonido-, es absolutamente el de una cosa que ha cobrado exterioridad absoluta y alma enteramente.

¿Por qué expongo yo de vez en cuando procedimientos contradictorios e inconciliables de soñar y de aprender a soñar? Porque, probablemente, tanto me he acostumbrado a sentir lo falso como lo verdadero, lo soñado tan nítidamente como lo visto, que he perdido la distinción humana, falsa creo, entre la verdad y la mentira».

Fernando Pessoa. Libro del desasosiego.

El subproducto esencial

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eres feliz o solo sonries YA

 

«A mí no me gusta hablar de felicidad, sino de armonía: vivir en armonía con nuestra propia conciencia, con nuestro entorno, con la persona que se quiere, con los amigos. La armonía es compatible con la indignación y la lucha; la felicidad no, la felicidad es egoísta». Dice José Saramago y da, como siempre, en el clavo. La frase, podría decirse, es un dístico, y cada una de sus partes es, a la vez, independiente y dependiente de la otra. La primera de ellas es la que más me importa: la felicidad subordinada a la armonía me parece una idea de profunda belleza y verdad. Es casi un pequeño koan zen.

Hace un par de meses se llevó a cabo un debate más que interesante entre el filósofo esloveno Slavo Zizek y el psicólogo Jordan Peterson. El debate llevó el atractivo título de Felicidad: Capitalismo contra Marxismo (y fue publicitado como «El debate del siglo»,  lo cual todavía está por verse. Pueden encontrarlo completo y subtitulado en YouTube). en un momento del debate Slavoj Zizek plantea así su idea de la felicidad: «… llamémosla la naturaleza corruptiva de la felicidad. Entonces mi fórmula es «la felicidad debería ser tratada como un subproducto necesario». Si te enfocas en ella, estás perdido. La felicidad aparece como un subproducto de ti trabajando por una causa. Ése es el asunto básico para mí».

La misma idea, la misma precisión: la felicidad no es algo que podamos alcanzar apuntando directamente a ella. Lo que solemos conseguir en esos casos es sólo un remedo, un pseudo producto que se parece en algo al original, pero que sólo dura muy poco tiempo y que nos deja, al desaparecer rápidamente, nada más que vacío. La felicidad verdadera, esa que Saramago y Zizek nos dicen que es un subproducto de la armonía y de la lucha por una causa válida, no sólo es más profunda y persistente; sino que muy posiblemente no nos deje nunca, ya que su aparición se transforma en esencia, en raíz, en lo mejor de nosotros mismos.

Leer entre las ruinas

“¿Qué poder tienen las grandes obras de arte en mi vida que me hacen sentir tan feliz?” No lo sé: Leemos en la ignorancia. Leemos en largos y lentos movimientos, como flotando en el espacio, ingrávidos. Leemos llenos de prejuicios, con malicia. Leemos con generosidad, llenando vacíos, corrigiendo errores. Y a veces, cuando las estrellas son favorables, leemos conteniendo el aliento, con un estremecimiento, como si alguien o algo hubiera “caminado sobre nuestra tumba”, como si, de repente, hubiéramos rescatado una memoria de un lugar profundo dentro de nosotros mismos; el reconocimiento de algo que no sabíamos que estaba allí, o de algo que se siente vagamente como un parpadeo o una sombra, cuya forma fantasmal sale y se instala en nosotros que no podemos ver lo que es, lo que nos deja más viejos y más sabios.

 

Holland House Library, London, after a German air raid in October 1940.

Holland House library, Londres, luego de un bombardeo alemán en octubre de 1940

 

Esta lectura tiene una imagen. Una fotografía tomada en 1940, durante los bombardeos de Londres en la Segunda Guerra Mundial, muestra los restos de una biblioteca medio derruida. A través del techo destrozado se ven edificios fantasmales, y en el centro del local hay un montón de vigas y piezas de mobiliario. Pero las estanterías en la pared se mantuvieron firmes y los libros parecen enteros. Tres hombres se encuentran entre los escombros: uno, como si dudara acerca de qué libro escoger, parece leer los títulos de los lomos; otro, con lentes, se dispone a sacar un volumen; el tercero está leyendo sosteniendo un libro abierto entre las manos. Ellos no le están dando la espalda a la guerra, ni haciendo caso omiso a la destrucción. No prefieren los libros a la vida exterior. Ellos están tratando de persistir ante la adversidad común; están afirmando el derecho de todos a preguntar; están tratando de encontrar otra vez —entre las ruinas, en medio de esa asombrosa percepción que la lectura a veces concede— una manera lúcida de comprender.

Una historia de la lectura. Alberto Manguel.

En algún apartado rincón…

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cosmos

 

«En algún rincón apartado del Universo, perdido en el flamear de innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro sobre el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue aquél el minuto más arrogante y mentiroso de la historia universal; pero tan sólo fue un minuto. Tras algunos suspiros de la Naturaleza el astro se congeló y los animales inteligentes perecieron».

Friedrich Nietzsche. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

 

De vez en cuando se hace necesaria una verdad de parte de uno de los filósofos pesimistas para devolvernos nuestra estatura y lugar. Nada menos pretencioso que nos recuerden que somos nada en un todo inconmensurable y que todos nuestros actos heroicos así como nuestras miserias, no son nada más que polvo en el viento.

De ciegos y cegueras

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Scafati

Ilustraciones de Luis Scafati para Informe sobre ciegos, de Ernesto Sábato 

 

Leo un poema de Charles Baudelaire por demás particular. El poeta francés, como bien se sabe, no deja indiferente con sus textos, y éste me produce una ligera sensación de incomodidad. Hijo del siglo XX y del XXI, no puedo menos que pensar que esa mirada sobre los ciegos no es del todo correcta, que algo de lo que se dice allí no debería ser dicho, no, al menos, de esa forma:

Los ciegos

¡Contémplalos, alma mía; son realmente horrendos!
Parecidos a maniquíes; vagamente ridículos;
Terribles, singulares como los sonámbulos;
Asestando, no se sabe dónde, sus globos tenebrosos.
Sus ojos, de donde la divina chispa ha partido.
Como si miraran a lo lejos, permanecen elevados
Hacia el cielo; no se les ve jamás hacia los suelos
Inclinar soñadores su cabeza abrumada.
Atraviesan así el negror ilimitado,
Este hermano del silencio eterno. ¡Oh, ciudad!
Mientras que alrededor nuestro, tú cantas, ríes y bramas,
Prendada del placer hasta la atrocidad,
¡Mira! ¡Yo me arrastro también! Pero, más que ellos, ofuscado,
Pregunto: ¿Qué buscan en el Cielo, todos estos ciegos?

 

La poesía de Baudelaire, como dije, no es una lectura pasajera, de esa que conforma al lector. No, ella nos obliga a seguir avanzando, a seguir buscando en otros o en nosotros la respuesta a las incógnitas que plantea. Leo por segunda vez el poema y recuerdo aquel fragmento del final de ensayo sobre la ceguera, de José Saramago: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven». Es entonces cuando me pregunto de a cuáles ciegos se refiere Baudelaire ¿De aquellos que no ven o de los que no quieren ver?

Los expulsados (de sí mismos)

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quimera

 

Dice Aldous Huxley: «El amor ahuyenta al miedo y, recíprocamente, el miedo ahuyenta al amor. Y el miedo no expulsa sólo al amor; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre a la humanidad misma».

Hace un tiempo hablé del «animal que toma decisiones conscientes»; y ahora, al encontrar esta cita de Huxley, veo que una idea y otra se realimentan y se fortalecen. El miedo no es más que el detonante de nuestra animalidad. El amor (el amor como sentimiento puro y abarcador, no el que se limita a lo meramente romántico) es, por el contrario, el que nos permite acceder a lo humano desde lo humano. Es entonces que la frase «animal que toma decisiones conscientes» puede ser equiparada a la ecuación «odio (animal) ≠ amor (decisiones conscientes)».

Es así que cuando nos encontramos con los gordos y repugnantes nubarrones del odio y la difamación, podemos estar seguros de estar frente al escalón más bajo de la humanidad. Alguien que pretenda acceder al estatus de humano no puede sino actuar de manera madura, pensante, consciente. No hay ni puede haber términos medios: se es humano o se es animal. Y la decisión es absolutamente nuestra.

Escribir bien, pensar bien, obrar bien

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library

Como si hiciera falta alguna prueba más de la necesidad de una educación multidisciplinar en la sociedad actual, encuentro este pasaje en una novela que, a pesar de ser de principios del siglo XX, aún habla (tal como corresponde a una verdadera obra de arte) a los hombres de todas las épocas. Se trata de un fragmento de La montaña mágica, de Thomas Mann:

«—Ustedes han tenido en su país —dijo Settembrini—, ustedes tuvieron, hace dos siglos, un poeta, un admirable viejo conservador que concedía una gran importancia a la bella caligrafía, pues creía que conducía al bello estilo. Hubiera tenido que ir un poco más lejos y decir que un estilo bello conduce a las bellas acciones. Escribir bien es casi ya pensar bien, y de esto no hay mucha distancia a obrar bien. Toda civilización y todo perfeccionamiento moral ha salido del espíritu de la literatura, que es el alma de la dignidad humana y que es el espíritu de la política… Sí, todo eso no hace más que uno, no hace más que una sola y misma idea de potencia y es con un solo nombre que se puede reunir todo.

            ¿Cuál era ese nombre? Ese nombre se componía de sílabas familiares, era la palabra: Civilización. Y al dejar caer esa palabra de sus labios Settembrini alzaba su pequeña mano derecha amarillenta, como quien quiere brindar».

 

Settembrini, ese maravilloso personaje secundario que marca una ruptura en el texto cada vez que aparece, dice algo que de tan obvio pasa desapercibido: el conocimiento está tan interrelacionado que no puede haber civilización sin cultura. Hoy, que todo tiene que pasar por la productividad más desbocada, deberíamos recordar que lo que nos hace humanos es la educación, la cultura, el arte; no el tamaño de nuestra televisión o el cargo que tenemos en una empresa.