Confucio y la escuela de hoy

 

Confucio estatua bronce manos juntas

 

Tuvo pocos discípulos en su vida. El prestigio llegó después de su muerte, al difundirse su pensamiento. En los Cuatro Libros Shu se atribuye a Confucio el siguiente discurso, que resume sus teorías morales:

“Nuestros antiguos sabios practicaron la observancia de las tres leyes fundamentales de relación: entre los soberanos y los súbditos, entre los padres y los hijos y entre el esposo y la esposa, así como el cultivo de las cinco virtudes capitales. Basta nombrarlas para que comprendan su excelencia o necesidad. Son estas virtudes:
1) La humanidad, o sea el amor universal entre todos los de nuestra especie sin distinción.
2) La justicia, que da a cada individuo lo que es debido, sin favorecer a uno sobre otro.
3) La conformidad con los ritos prescritos y usos establecidos de la sociedad, a fin de que sus miembros tengan un mismo modo de vida de igual participación en las ventajas e inconvenientes de la misma.
4) La honradez, o sea la rectitud de espíritu y corazón que nos induce a buscar en todo la verdad, y a desearla sin engañarse uno mismo ni a los otros.
5) La sinceridad o buena fe, es decir, la franqueza de corazón que excluye todo fingimiento y disfraz, en conducta en palabras.
Todo lo anterior hizo a nuestros maestros respetables durante sus vidas e inmortalizó su nombres después de la muerte. Tomémoslos por modelos, empleemos nuestros esfuerzos por imitarlos”.

Dos mil doscientos años y aún la sencillez es la que gobierna. No hacen falta tratados de mil páginas explicando el ser y sus alcances. Por lo menos como base moral, Confucio (junto con algunos otros), sigue siendo una cima.

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Pajaritos

 

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Collage: Borgeano (detalle)

 

Hace poco leí un artículo donde se detallaban algunas excentricidades de escritores famosos. Uno de los más deliciosos que encontré fue aquel que señalaba que Virginia Woolf, a lo largo de un verano, creyó que los pájaros piaban en griego. Esta estupenda y particular forma de sinestesia me hizo recordar aquella historia que cuenta Jules Renard en sus Les Histoires Naturelles, 1896:

«Félix no entiende cómo las personas pueden mantener a las aves en jaulas. «Es un crimen» dice, «como recoger flores. Personalmente, preferiría olerlas en sus tallos; y los pájaros deben volar de la misma manera». Sin embargo, Félix compra una jaula y la cuelga en su ventana. Pone dentro un nido de algodón, un platillo de semillas y una taza de agua limpia y renovable. También cuelga un columpio en la jaula y un pequeño espejo. Y cuando lo interrogan, responde con cierta sorpresa: «Me enorgullezco de mi generosidad cada vez que miro esa jaula» dice. «Podría poner un pájaro allí, pero la dejo vacía. Si quisiera, podría encerrar algún zorzal pardo, algún camachuelo gordo o algún otro pájaro de todos los tipos que tenemos por aquí; pero eso sería cautiverio. Pero gracias a mí, al menos uno de ellos sigue siendo libre. Siempre hay eso…».

 

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Collage: Borgeano (detalle)

 

Ayer escuchaba (y eso fue el detonante definitivo que me impulsó a reunir todos estos fragmentos dispersos en una sola entrada) El álbum de Ian Anderson The Secret Language Of Birds; es decir: El lenguaje secreto de los pájaros. En la canción que lleva este título, la noche cae y una pareja se encuentra, después de compartir una botella de vino y demás, sin posibilidad de que ella pueda irse a su casa; entonces él simplemente le dice: «Quédate conmigo y aprendamos el lenguaje secreto de los pájaros»; una poética propuesta que podríamos aprender a poner en práctica, llegado el caso.

Por último, y con toda modestia, recuerdo un haiku que escribí para alguien:

Un ave canta
sobre la piel de mi voz
dice tu nombre.

El haiku fue aceptado con contenida alegría o satisfacción (fue suficiente). De todos modos, me quedo con la imagen de Virginia Woolf mirando hacia lo alto de un roble mientras intentaba descifrar alguna palabra griega que tal vez pudiera parecerle conocida y, por sobre todo, me quedo con la poética metáfora de Ian Anderson. Esperaré hasta la próxima noche de lluvia y en el momento adecuado, esperanzado, sólo diré: «Quédate conmigo y aprendamos el lenguaje secreto de los pájaros».

 

La amenaza del despertar

 

Hermann Hesse

 

Editorial Losada ha editado dos libros con fragmentos (casi a modo de sentencias, me atrevería decir, aunque son más que eso, por fortuna) de Hermann Hesse. Del primero de esos volúmenes rescato esta magnífica cita que emparenta al autor alemán con lo mejor de la corriente humanista propia de su tiempo, pero que se extiende hasta nosotros en la medida en que esa escuela aún sigue siendo válida en la mayor parte de sus postulados. Dice Hesse: «Cada hombre es el centro del mundo, alrededor de cada uno parece girar voluntariamente, y cada hombre y cada día de su vida es el punto final y la culminación de la Historia: tras él, los siglos y los pueblos están hundidos y marchitados, y ante él no hay nada, sólo el momento, todo el gigantesco aparato de la Historia parece estar al servicio del apogeo del presente. El hombre primitivo considera como una amenaza cualquier cosa que perturbe este sentimiento de ser el centro, de estar en la orilla mientras los otros son arrastrados por la corriente, se niega a que le despierten y le enseñen, le parece odioso y hostil el despertar y el verse rozado por la realidad y se aparta con instinto amargado de aquéllos a los que ve acometidos por el estado de alerta, de los visionarios, problemáticos, genios, profetas, posesos».

¿No es esto lo que vemos a nuestro alrededor en todo momento, en los medios, en la red y por doquier (en este sentido la red sirve para que podamos observar de cerca lo que en otros momentos no era más que lejanía inaccesible). Para terminar con la idea, una página después Hesse nos dice, y esta vez sí, a modo de sentencia casi conminatoria: «Quienes no quieren responsabilidad ni pensar por cuenta propia necesitan y exigen caudillos».

La modestia de la filosofía, según Slavoj Zizek

 

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Yo no pienso a los filósofos dando respuestas, sino que pienso que la grandeza de la filosofía no es la idea común de que los filósofos hacen preguntas y nada más. Entonces, ¿Qué es la filosofía? Filosofía no es lo que algunas personas piensan: algunos ejercicios lógicos acerca de la verdad absoluta y sobre la que entonces tu puedes adoptar la actitud escéptica: “Nosotros, el pensamiento científico estamos tratando con lo real, con los problemas solubles mensurables.” “Lo filósofos sólo se preguntan sobre cuestiones estúpidas metafísicas, etc.” “Juegan con la verdad absoluta, la que todos sabemos que es inaccesible, etc.”

No, yo pienso que la filosofía es una disciplina mucho más modesta. La filosofía responde a diferentes preguntas: ¿Cómo un filósofo se aproxima al problema de la libertad? No es “¿Somos libres o no? ¿Existe Dios o no?” Son preguntas mucho más simples, llamadas preguntas hermenéuticas: “¿Qué significa ser libre?” Eso es lo que hace la filosofía, apenas ciertas preguntas cuando usamos ciertas nociones. ¿Cuál es el horizonte implícito para entenderlo? No es preguntarse sobre ideales estúpidos: ¿Existe la verdad? ¡No! La pregunta filosófica es: ¿Qué significado tiene el que yo diga «Esto es verdad»? Como puedes ver, esto es una pregunta modesta. Esto es filosofía.

Todos en capilla IV

 

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Queridos hermanos, nos encontramos otra vez aquí, luego de tanto tiempo, para compartir la palabra divina; esa que siempre deberíamos tener presente y pasar a nuestra posteridad, la que se está en manos de nuestro pequeños, sean hijos, nietos o lo que la vida nos haya regalado y puesto frente a nosotros.

Hoy nos adentramos en el capítulo altruismo y leemos al hermano Albert Einstein, ese alemán más citado que leído, quien nos recuerda que «Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos». ¡Qué sencillez de pensamiento y de exposición, hermanos! Lo que nos dice el apóstol Albert es que mientras estamos pendientes de nuestro ombligo, de nuestra imagen, de nuestro pequeño, diminuto, inconsistente yo, en realidad no hemos superado aún la etapa infantil de nuestras vidas. De allí la importancia del reconocimiento del otro y de la necesidad de comprender al otro y, sobre todo, de ayudar al otro. Nada más y nada menos que el despojarse del egoísmo improducente y banal y comprender que todos somos uno y lo mismo.

Alguno habrá (lo hay, puedo probarlo) que dirá que cuando somos altruistas en realidad estamos buscando el propio placer, ya que el actuar desinteresadamente en beneficio de otro sentimos en nuestro interior una sensación de paz y bienestar pocas veces igualadas y que en realidad es eso lo que estamos buscando; es decir, entonces, que no ayudamos de manera desinteresada. Más yo les digo ¡Y eso qué importa! ¡Seamos egoístas, entonces, si esa es la forma de expresar esa faceta nuestra! ¡Qué importa si buscamos el placer propio o no! Darle la mano al que la necesita no debería ser objeto de tanto análisis ni de tanto trabajo intelectual. Ante el sufrimiento de los demás, recordemos (mejor aún: sintamos) las palabras del hermano Albert y seamos adultos, bien adultos y seguros  en nuestro proceder.

Ahora, nos damos las manos, sentimos a cada hermano en ese contacto y nos vamos en paz llevándonos un pedacito de cada uno (de cada otro) con nosotros mismos. Hasta el próximo domingo.

Nuestra hora más humilde

J.M. Barrie

«La vida de cada hombre es un diario en el que quiere escribir una historia y escribe otra; y su hora más humilde es cuando compara el volumen tal como es con lo que prometió hacer», dijo James Matthew Barrie, el recordado autor de Peter Pan (quien escribió muchas otras cosas más, por cierto). También dijo, en consonancia con la cita anterior: «La vida es una larga lección de humildad»; frase que debería ser una verdad de Perogrullo pero, como suele suceder, no lo es en absoluto. Revisar ese diario nuestro y sumergirnos en esa lección de humildad al que el texto nos obliga es algo tan precioso que deberíamos obligarnos a hacerlo cada mañana, poco antes del desayuno. Creo que sería más beneficioso que cualquier alimento que pudiéramos tomar más adelante.

Todos en capilla III

 

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Collage – Borgeano

 

Queridos hermanos, nos encontramos aquí reunidos nuevamente con el fin de esparcir la palabra divina a los cuatro vientos y puntos cardinales, como semilla de diente de león que alcanza alturas insospechadas y viaja, así, centenares de kilómetros y kilómetros.

Abrimos nuestros libros y nos adentramos en las palabras del hermano José Saramago, quien nos dice:

«Escribir es hacer retroceder a la muerte, es dilatar el espacio de vida».

La verdad siempre prevalece y estas palabras nos recuerdan que el acto de poner una palabra detrás de otra palabra con el fin de crear una oración, un verso, o de poner en claro una idea, es un modo directo de hacer que el tiempo que nos fue dado para estar en esta tierra sea modificado para bien, es decir, que sea más extenso de lo que simplemente señalan las agujas del reloj.

Pero el hermano Saramago, para añadir una idea más a lo anterior, también nos dice:

«Nosotros, los que tenemos la responsabilidad de escribir, tenemos el deber de enaltecer nuestra lengua, de cuidarla, de hacerla revivir».

Quisiera aquí relacionar una idea con la otra siguiendo el método de la lógica más simple y directa: Si escribir implica la necesidad de cuidar a la lengua y si escribir hace retroceder a la muerte, por lo tanto, cuidar a la lengua hace, también, retroceder a la muerte. ¡Qué idea más simple y maravillosa, hermanos! Saramago nos dice que el mero hecho de escribir bien, hablar bien, de pensar bien (es decir de cuidar a la lengua allí donde se encuentre) es suficiente para enriquecer nuestras vidas hasta el punto de que ésta se vuelve más rica y, por ende, más extensa.

No importa si vamos a la tienda de la esquina a comprar pan o si nos perdemos en una charla de sobremesa; no importa si le damos la dirección al taxista o si pensamos, solitarios, mientras caminamos o paseamos por las calles de nuestra ciudad; hay que hablar bien porque eso es vivir bien. Por extensión transitiva, hablar mal, descuidar el lenguaje es, entonces, una concesión a la muerte.

¡Cuánta belleza, hermanos míos en estas palabras y en estas ideas! Las dejo aquí como flores para quien quiera tomarlas y compartir mi alegría. Podéis ir e paz y que Saramago esté con ustedes.