Resistir hoy, ya, ahora.

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El pasado 23 de noviembre escribí un artículo en el cual declaré mi deseo de estar equivocado con respecto a lo que se avecinaba en la República Argentina. Hoy, apenas a un mes y medio de aquella entrada puedo decir no sólo que no estaba equivocado, sino que la realidad es mucho peor de lo que había imaginado. El actual presidente argentino y sus colaboradores son más que vergonzosos; creo que no voy a encontrar el adjetivo adecuado (hice una larga pausa en la escritura de este texto y no, me es imposible encontrar el adjetivo que exprese lo que quiero decir); así que es mejor que siga con el tema central de esta entrada.
Ayer me he encontrado con una especie de manual titulado Técnicas de resistencia activa-micromilitancia. Ese breve texto de apenas diez páginas contiene una serie de consejos para llevar adelante, tal como lo indica su título, una resistencia militante ante lo que se considera un gobierno despótico. Lo leo y veo que lo que propone es totalmente válido, legal y certeramente práctico. Por ejemplo, en el espacio virtual y ante la manipulación mediática, se propone compartir en las redes sociales información veraz y chequeada. También participar en foros de diarios de amplia tirada y (de)formadores de opinión. En el espacio cotidiano se propone pegar carteles con datos, información viable, causas y consecuencias; comprar un diario opositor al menos una vez a la semana, intervenir diarios en sitios como bares y pedir que en los sitios públicos donde haya TV, que en ésta se sintonice un canal de música o cualquier otro que sea neutro.
Hay más ejemplos de participación, pero no me detendré en todos ellos, para muestra es más que suficiente (dejaré el enlace para descargar el PDF más abajo).
A lo que quiero llegar es que esas formas activas de participación social que no promueven nada ilegal me parecen estupendas, y no solo para ser usadas en contra de un gobierno en particular, sino como forma de educar a la sociedad en el poder real que ésta tiene. Estas técnicas sirven para ofrecer resistencia a una empresa o a un grupo en particular, sea éste el que fuere.
El diario Clarín, el verdadero dueño del presidente argentino (es inevitable, debo volver al títere muy a mi pesar) calificó a este pequeño manual de “insólito” en un artículo titulado El insólito manual de “resistencia” K dedicado a la “micromilitancia” (obsérvese los entrecomillados. Para mis amigos extranjeros, la K hace referencia al anterior gobierno, el de Cristina Fernández de Kirchner, aunque en el manual nunca se habla de partidismos). Como bien señalé ayer, los medios (sobre todo los medios hegemónicos como Clarín) se dedican a manipular el sentido de las palabras en beneficio propio; y éste es otro ejemplo de cómo lo hacen.
Insisto: el manual propone acciones legales y válidas, por lo tanto nada tiene de malo ni de dañino. Accionar políticamente o no, es nuestra prerrogrativa y nuestra elección.
Les dejo el enlace para quien quiera ver el manual por sí mismo y, por qué no, para ponerlo en práctica en donde sea que lo esté leyendo. Pueden descargarlo desde aquí.

Sol

La pregunta (aún) sin respuesta.

G. de Chirico

Giorgio de Chirico pintó Las musas inquietantes en 1917, es decir a tres años de comenzada la primera guerra mundial. A partir de 1912, Giorgio de Chirico había comenzado a introducir estatuas y monumentos en el ambiente inanimado de sus cuadros. Y también incluyó figuras -enormes marionetas-, cuyo carácter anónimo y conformación física recordaban tanto los maniquíes como los muñecos articulados que los artistas utilizaban para sus estudios de anatomía. Estos seres sin brazos, parcialmente provistos de bisagras y alambres y sostenidos en cierta medida por complejos dispositivos de apoyo, no admiten ningún tipo de identificación. La crisis que significó ese absurdo que el hombre veía por primera vez llevado adelante a esa escala, hizo que el pintor italiano
abordara su trabajo de una manera intensa y novedosa. De Chirico dejaría de pintar perfectos paisajes venecianos y comenzara a plasmar un mundo como escenario en que se desarrolla un teatro de marionetas absurdo y sin sentido. Esos serían los cuadros «metafísicos» de De Chirico. «Ante la orientación cada vez más materialista y pragmática de nuestra época […] no es ninguna aberración pensar para el futuro en un estado social en que el hombre, el único que vive para los placeres espirituales, ya no tendrá derecho a reclamar su lugar al sol. Escritores, pensadores, soñadores, poetas, metafísicos, observadores […] quien plantee y valore enigmas terminará siendo una figura anacrónica, destinada, como el ictiosaurio y el mamut, a desaparecer de la superficie de la Tierra». De estas palabras de De Chirico cabe concluir que el mundo está vacío de sentido; ya no hay razón alguna para preguntarse por su significación.
Su representación de Las musas inquietantes (Le muse inquietanti) evidencia estas ideas. Aparecen delante de la antigua residencia de la familia de Este de Ferrara, tan aficionada a las bellas artes. Significativamente, este palacio urbano, cerca del cual vivió De Chirico durante la Primera Guerra Mundial, destaca tras un escenario ascendente junto a edificios industriales, chimeneas de fábricas y un silo. Roja de herrumbre, la fortaleza se alza ante el cielo turquesa del fondo. Las dos musas -muñecos articulados sin fisonomía y vestidos de un modo arcaizante- aparecen en el borde anterior del espacio escénico, que se articula mediante zonas de sombra profunda. De pie una y sentada la otra, ambas dan la impresión de haber sido colocadas entre diversos accesorios teatrales. Bajo ellas hay una máscara roja y una vara, atributos tradicionales de Talía y Melpómene, musas de la comedia y de la tragedia. A su vez Apolo, que estaba al frente de las musas, aparece al fondo sobre un pedestal. Da la impresión de contención, de estar tan falto de vida como las musas.

La ambientación estéril, las musas y el dios: el sinsentido absoluto. Lo cómico y lo trágico ante la ausencia del ser humano. Giorgio de Chirico nos sigue cuestionando desde hace noventa y ocho años. Y eso no está nada mal ¿alguien tiene que hacerlo, no? Y ya que de los contemporáneos poco puede esperarse, hay que volver siempre la mirada hacia atrás, allí siempre habrá alguien más preocupado por dialogar o por cuestionarnos que por postrarse ante el dios dinero.

¡Ya, cállese!

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Discutir o debatir cualquier tema, hoy, es una tarea casi imposible. La mediocridad general y la falacia de que todos tienen derecho a opinar hace que cualquier argumento se vea invalidado por frases que nada tienen que ver con el tema central pero que tienen la virtud de acabar con la discusión de manera instantánea. Por ejemplo, J dice: “La economía de mercado es perjudicial para el sistema democrático” y de inmediato H le espeta: “¡Pero usted de qué habla si le quedó debiendo cien pesos al de la tienda de la esquina!”. Punto. Se acabó la discusión. No hay modo de hacerle entender a H que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Se terminó. Y mejor no hablar de temas viscerales como la religión, el fútbol o similares. Dice M: “Fue un hermoso gol” a lo que G responde: “Usted mejor no hable que su equipo hace diez años que no sale campeón”. Chau, se terminó todo. Cierren las puertas y apaguen la luz, ya no hay nada que pueda agregarse.
La lógica pasa por el sinsentido. Hoy, como dice Discépolo en Cambalache, lo mismo un burro que un gran profesor. Bajo la idea de que “todos tienen derecho a opinar” más esa otra tontería de “todos estamos destinados a grandes cosas” y terminando con la suprema gansada de “todos son completos en sí mismos” cualquier cantante de boleros se cree Mozart y cualquiera que lee un horóscopo se cree Carl Sagan.
Como dice Montaigne en sus Ensayos: La creencia es como una impresión en el alma, la cual, cuando más blanda y menos resistente, más fácil se deja imprimir cualquier cosa.
Y así nos va.

Hoy es domingo ¿Vamos a misa?

portada-jose-saramago-sus-palabras_grande La esticomancia era el arte de leer predicciones en una búsqueda azarosa en los libros. Todo viene desde el Imperio Romano y la Edad Media. En esa época practicaban un método de adivinación o predicción del futuro conocido por Sortes Virgilianae, que consistía en que una persona formulaba una consulta sobre su futuro y, acto seguido, seleccionaba al azar un pasaje de la Eneida de Virgilio. El pasaje se leía y se interpretaba como respuesta a la consulta. Ese juego puede llevarse a cabo hoy y suele hacérsle a menudo (hoy lo llaman, de manera algo más obvia: bibliomancia). Es muy divertido si uno no anda creyéndose todo lo que lee.

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Hay, como todos sabemos, muchos otros libros que cumplen con esa función profética y que además suman otras muchas enseñanzas morales y demás. Todos los conocemos, no hace falta andar nombrándolos.

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Yo, por mi parte, suelo tener mis propios textos sagrados y en este momento ese lugar lo ocupa José Saramago y esa recopilación póstuma que es En sus palabras. Allí encuentro mucha más sabiduría que en cualquiera de los otros textos que habitualmente se usan para esos efectos.

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La serendipia de abrir una página al azar y colocar un dedo, también al azar, para encontrar una respuesta que aclare nuestros pensamientos no es necesaria con este libro. Ella se encuentra en cada una de las páginas y lo único que se hace necesario es el deseo de aprender manteniendo la mente abierta. Nadie que se acerque a él con ideas preconcebidas —y menos aún si lo hace munido de dogmas arcaicos— podrá sacar nada de provecho.

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Y eso es todo. O casi todo, porque de nada sirve el conocimiento si no se lleva a la práctica eso que se aprende. Lógica, empatía, tranquilidad, sabiduría, no son nada si se mantienen cerradas a la acción en beneficio de todos. Acompáñenme a esta misa profana pero exquisita; están todos invitados sin distinción alguna, como debe ser.

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Suicidio asistido.

Suicidio inducido

Estaba inseguro de escribir esta entrada. Lo estaba y lo estoy, a tal punto de que escribo esto casi como un ejercicio introspectivo y no sé si al finalizar irá a la papelera o me animaré a subirlo al blog.

¿Cómo escribir desde la tristeza, desde la desazón, desde el miedo? Sólo con la esperanza de estar equivocado. Y espero estarlo, con todas mis fuerzas espero equivocarme y que el próximo presidente argentino sea el mejor de toda la historia de mi país. No por él, que es sólo un funcionario que está allí para hacer precisamente eso; sino por la gente, por los viejos, por los niños, por todos los que allí viven. Ojalá yo me equivoque y me equivoque por mucho; les doy mi palabra que seré el primero en reconocerlo.

Es muy común decir, cuando un grupo social toma una decisión determinada, que ese grupo social es “ignorante” o algo así. Yo hoy lo digo con toda la seguridad de las pruebas que ellos mismos nos han brindado ayer: la clase media argentina no sólo es ignorante, sino que es algo mucho peor: es una clase pretenciosa, envidiosa, mediocre, inculta, soberbia y sí, profunda y gozosamente ignorante. Sólo así se entiende que alguien vote para presidente a un tipo que nadie en su sano juicio (ni siquiera los que lo votaron, lo sé porque conozco a varios) lo dejaría dormir en su casa. Quien será el nuevo presidente, junto a sus “colaboradores” ya avisó que viene por todo; lo dijo bien clarito y sin ningún prurito. Mintió descaradamente una y otra vez pero eso a la clase media no le importa; porque esa clase media argentina está presa del odio más visceral por sus semejantes, ellos son los típicos hijos de los Mass Media y de la religión más obtusa, esa religión que habla de amor pero que enseña el odio a los pobres o a los diferentes. La clase media argentina después de una crisis como pocos países han vivido puede comprar una TV, una computadora y un pequeño auto y ya se cree oligarquía y así termina votando a un tipo que tiene 214 causas judiciales y que está procesado en otras dos causas penales.

Alguna vez bromée diciendo que si ganaba este individuo no volvería a mi país. Hoy, a pesar de que no puedo asegurar que esas palabras sean cien por ciento ciertas, la sensación profunda que me embarga es ésa: la de no querer volver. Tal vez México me acepte, tal vez sea Colombia o tal vez, emulando a aquella leyenda del judío errante me convierta en el ateo errante que deambule por latinoamérica sin detenerse nunca.

Tengo tanto para decir. Tanto. Pero sólo quiero decirme otra vez a mí mismo: ojalá te equivoques. Ojalá me equivoque al pensar que Argentina acaba de suicidarse.

Un buen corazón es la mejor religión

Tibetan spiritual leader in-exile His Holiness the Dalai Lama gestures while interacting with media representatives in Dharamsala on March 18, 2008.  Tibetan spiritual leader the Dalai Lama appealed for calm in Tibet and "good relations" with China, but offered to quit as head of the exile movement if violence worsens.  AFP PHOTO/ Manan VATSYAYANA (Photo credit should read MANAN VATSYAYANA/AFP/Getty Images)

Hacía mucho que no subía nada sobre mis amigos budistas. Ayer encontré esta dieciocho reglas para vivir en armonía del Dalai Lama y me gustaron tanto que decidí compartirlas sin mucho más que agregar. Ellas dicen todo lo que hay que decir y, en el caso en que a alguien no les parezcan bellas o sanas o útiles ellos, como buenos budistas dirán “¡No hay problema, puedes seguir otras!” Si hay algo que me atrae de esta filosofía es, precisamente, su apertura; así que aquí están, frescas, sencillas y saludables. Como una buena ensalada para el fin de semana.

  1. Toma en cuenta que el gran amor y los grandes logros implican grandes riesgos.
  2. Cuando pierdas, no desperdicies la lección.
  3. Sigue las tres R:                                                                                                                                                           Respeto por uno mismo.                                                                                                               Respeto por los demás.                                                                                                                 Responsabilidad de todas tus acciones.
  1. Recuerda que no conseguir lo que quieres es a veces un maravilloso golpe de suerte.
  2. Aprende las reglas para que sepas cómo romperlas apropiadamente.
  3. No permitas que una pequeña disputa dañe una gran amistad.
  4. Cuando te des cuenta de que has cometido un error, toma medidas inmediatas para corregirlo.
  5. Pasa algún tiempo solo todos los días.
  6. Abre tus brazos al cambio, pero no dejes ir tus valores.
  7. Recuerda que el silencio es a veces la mejor respuesta.
  8. Vive una vida buena y honorable. Luego, cuando seas mayor y mires atrás, podrás disfrutarla por segunda vez.
  9. Una atmósfera amorosa en tu casa es el mejor cimiento para tu vida.
  10. En discusiones con alguien querido, trata sólo con la situación actual. No saques a relucir el pasado.
  11. Comparte tu conocimiento, pues es una forma de inmortalidad ante la sociedad.
  12. Sea amable con la tierra.
  13. Una vez al año, visita algún lugar donde nunca hayas estado antes.
  14. Recuerda que la mejor relación es aquella en la que tu amor por los demás excede tu necesidad del otro.
  15. Juzga tu éxito por lo que tuviste que renunciar para conseguirlo.

Elsa.

Esto de andar por una semana sin internet tiene mucho de bueno, pero a veces nos enteramos tarde de ciertos hechos que quisiéramos haber sabido antes. Uno de ellos fue el de haberme enterado hoy de la muerte de Elsa Sánchez de Oesterheld, esposa del escritor argentino Héctor Germán Hoesterheld. La historia de Elsa reviste cierto carácter increíble por lo extenso del drama que le tocó vivir.

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Elsa no sólo sufrió el secuestro y muerte de su marido; sino que antes de eso tuvo que pasar por la terrible experiencia de saber que sus cuatro hijas, Diana, Estela, Marina y Beatriz fueron secuestradas y asesinadas por el gobierno militar de ese momento.

Junto a una fotografía de las cuatro hermanas, la carta que Estela, la mayor, envió a su madre poco antes de ser asesinada, donde dice: “Voy a arreglar la manera de vernos” y termina: “Hay muchas razones para seguir adelante”. Lleva por fecha el 14 de diciembre de 1977. Ese mismo día la mataron.

elsa  04Lleva por fecha el día que la asesinaron, el 14 de diciembre de 1977. La última carta de Estela a su madre. Es breve, escrita con una intensa premura, pero sin desaliño, con una caligrafía que intenta no desfallecer. Cada carta, cada nota, en aquellos días, tenía una textura nerviosa. Da la impresión de que la carta a Elsa es también una carta necesaria que Estela se escribe a sí misma. No es difícil imaginarla murmurando hacia dentro, empujando el trazo para darle a Elsa la noticia de la muerte de Marina sin nombrar la muerte. Como en El Eternauta, el tiempo de la carta es un Continum 4, una especie de futuro del pretérito: “Marina ya no está con nosotros y ese dolor ya no hay nada que lo pueda mitigar, pero quiero que sepas que murió heroicamente como vivió”.

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Elsa Sánchez, Germán Oesterheld y sus cuatro hijas.

“Primero mataremos a los subversivos; después, a sus simpatizantes, y por último, a los indiferentes”, era el lema de los cerdos torturadores. Para Héctor Oesterheld, la mayor tortura a la que le sometieron fue mostrarle las fotos de sus hijas muertas poco antes de matarlo.

Cómo pudo soportar Elsa el seguir con toda esa carga durante tantos años sólo se comprende al saber que en algún momento ella pudo recupera a su nieto Martín, hijo de Estela, y que lo crió en silencio y a al sombra como lo que es: suyo.

Hace unos algunos años, el Presidente Néstor Kirchner le brindó el espacio que se merece; el de una mujer que es un emblema total: una víctima de la dictadura más cruel que haya gobernado a la Argentina; una mujer que se sobrepone a lo más terrible que puede pasarle a un padre, una mujer que jamás clamó venganza, sino que sólo pidió justicia.

A pesar de haber pasado una semana de su fallecimiento, quiero recordar a Elsa Sánchez. Siempre la tuve como un ejemplo en todo el amplio espectro de la palabra; Hoy que no está con nosotros me niego a dejarla en el olvido; ésa es la palabra que los dictadores y fascistas adoran: olvido y Elsa, para mí, seguirá siendo un ícono viviente y eternamente presente.

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Los hombres invisibles.

ÁfricaEn un artículo publicado el 24 de este mes en el diario argentino Página/12, el filósofo Jose Pablo Feinmann ilustró su texto con un acápite que no me dejó indiferente y que no pude evitar relacionarlo con un artículo de Amnistía Internacional que leí hace unos minutos. El acápite es el siguiente:

“Sartre les habla a los europeos. Ya no somos el sujeto del razonamiento –les dice–, somos el objeto. Europa es objeto. El sujeto mora en las colonias. En el lenguaje y en la praxis revolucionaria de los colonizados. Ahí está, ahora, el humanismo. Ahí, ahora, se escribe la ‘historia del hombre’.”

El texto de Sartre al que se hace referencia es el que el filósofo francés escribiera en 1961 como prólogo para el libro del filósofo nacido en Martinica (en aquel momento colonia francesa) Franz Fanon Los condenados de la tierra. Y en él dice cosas como las que siguen: “Ustedes (les dice a sus coterráneos), tan liberales, tan humanos, que llevan al preciosismo el amor por la cultura, parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre”. Sigo: “Hay que afrontar un espectáculo inesperado: el ‘striptease’ de nuestro humanismo. Helo aquí desnudo y nada hermoso: no era sino una ideología mentirosa: la exquisita justificación del pillaje”. Sigo: “El europeo no ha podido hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos”. Más: “Nuestras víctimas nos conocen por sus heridas y por sus cadenas: eso hace irrefutable su testimonio. Basta que nos muestren lo que hemos hecho de ellas para que conozcamos lo que hemos hecho de nosotros mismos”. Y por fin: “Es el fin, como verán ustedes: Europa hace agua por todas partes. ¿Qué ha sucedido? Simplemente, que éramos los sujetos de la historia y ahora somos sus objetos”.

En el artículo de Amnistía Internacional se lee que, en lo que va del año ya han muerto más de 1600 africanos en el Mar Mediterráneo y sólo a lo largo de la semana pasada la cifra fue de 1100. Kate Allen, Directora de Amnistía Internacional Reino Unido, acotó: “El equivalente a cinco aviones de pasajeros llenos de gente se hundió el fin de semana pasado, y estamos sólo a inicios del verano. De haber sido turistas, en vez de migrantes, imaginen la reacción.” Alguien en Twitter dijo algo parecido, pero de manera más concisa y certera: “El impacto de 1000 muertos en el Titanic nos dura 100 años. Mil muertos en un barco patera un fin de semana. Tenemos neuronas clasistas.”

Europa, hoy, es el objeto de la historia, los sujetos están en la periferia. Europa ha vivido y crecido alimentándose (y sigue haciéndolo) de esa periferia; de África y de América. Lo menos que pueden hacer es demostrar algo de humanidad; algo de empatía con el resto de la gente que habita este mundo y que tiene tanto derecho a habitarlo y subsistir dignamente como ellos.

Nota: El libro de Franz Fanon fue publicado en 1961, en aquel momento los Estados Unidos se estaban consolidando como potencia mundial, pero no era lo que es hoy: la potencia hegemónica; así que eso que Sartre le decía a los europeos “Ustedes […] parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre.” Hoy habría que decírselos, también, a los Estados Unidos. Toda potencia colonizadora es responsable por las desigualdades económicas y sociales y, por ende, humanitarias. Nadie es inocente.

En el principio fue el verbo

José Gutiérrez

Dice una historia popular “En el principio fue el verbo”; y sí, si se lo piensa un poco vemos que no hay otra salida. Si en un primer momento no hay un verbo no puede haber acción, creación, construcción, movimiento. Eso es lo que tuvo claro José Alberto Gutiérrez, un recolector de basura de Bogotá, Colombia, que un día vio una cajita que le llamó la atención entre los residuos, la abrió y se encontró con un ejemplar de Ana Karenina. José de inmediato guardó la caja y se la llevó a su casa, donde, dice la historia, había otros libros. Desde entonces, José Alberto Gutiérrez lleva recogidos más de doce mil libros, con los cuales creó varias bibliotecas infantiles. En la página de presentación de su fundación La fuerza de las palabras, se lee: “Desde que don José Alberto comenzó a recoger los libros, su esposa se encargó de reparar las carátulas rasgadas y sueltas, su hija mayor codificó y categorizó (Sic) los libros, su hijo menor daba talleres y su hija menor colaboraba en los talleres”. Hace unos años fue invitado a la Feria del libro de Guadalajara, México; donde al terminar su charla recibió una ovación que duró más de quince minutos. Las palabras de José son, como el, sencillas, pero plenas de ese significado claro y fuerte que tienen las verdades evidentes y que todos ven menos quien tiene que ponerlas en práctica: “Es también hacer un trabajo preventivo con la juventud, si los niños tienen en qué utilizar el tiempo libre, no irán por el camino equivocado. Todos estos niños que eduquemos serán la columna de la humanidad”.

Por virtud o defecto, por costumbre o simples ganas de joder, uno no puede menos que echarle un vistazo a la otra cara de la moneda; entonces uno se da cuenta de que si un solo hombre ha podido recoger de la basura más de doce mil libros ¿cuántos más han pasado desapercibidos? Y, sobre todo ¿Por qué tienen los bogotanos el espantoso hábito de tirar los libros a la basura? Bien, volvamos al anverso y cerremos esto haciéndole compañía al buenazo de José; él se lo merece.

Prohibir, cuando corresponde.

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Prohibido el ingreso de animales. Todos hemos visto un cartel como éste a la entrada de un comercio o de un edificio. Ayer vi uno de tantos y se me ocurrió que bien podríamos aplicar esa regla a nuestra propia vida. Claro, hago la aclaración de que hablo de animales no en el sentido de mascotas animales de compañía; los cuales casi por definición entran fuera de la categoría de meras bestias. 

Extendiendo un poco la misma idea podríamos preguntarnos: si no permitimos que nadie entre a nuestra casa con los pies llenos de barro ¿Por qué dejamos que nos pisoteen a nosotros mismos una y otra vez? Si alguien quisiera romper los cristales de nuestra habitación lo detendríamos a cualquier precio, incluso llamaríamos a la policía si hiciera falta ¿Entonces por qué dejamos que nos rompan el alma en cientos de pedacitos mínimos y, peor aún, después los justificamos? “Oh, no lo hace a propósito”; “Realmente está cambiando”; “Es que siempre fue así…”.

Justificar al bárbaro es un acto de cobardía. Y ser cobarde es peor que ser bárbaro; es ser subalterno del bárbaro, es ser la ofrenda autoimpuesta del bárbaro. No deberíamos olvidar que pararse, no siempre significa ponerse de pie.