Tres incógnitas sobre la comezón

 

rascarse

 

¿La comezón es una causa o un síntoma? Ésa es la primera de las dudas que los hombres tienen al respecto de este tema y es una pregunta que no le interesa a nadie. La segunda de las incógnitas ya es más general y no hay persona en el mundo que no lo haya sentido en carne propia. Le digo a Lourdes: «ahí, ahí… un poco más arriba, no… más a la derecha… sí, ¡sí! ¡No! Te pasaste… más abajo. ¡No tanto! Más arr…». No hay caso, es imposible. ¿Cómo puede ser que no podamos ser rascados con precisión por otra persona? A veces se acercan al punto nodal de la comezón pero de inmediato se alejan en ese mismo sentido. Nunca aciertan con el lugar exacto ni, tampoco, con la intensidad; ya que a veces sentimos que nos están pasando lo que bien podría ser una pluma de cisne y otras veces sentimos que nos están arrancando la piel con un instrumento de jardinería. Sin embargo, nosotros podemos hacerlo con precisión en ambos sentidos: precisión geográfica y precisión de intensidad. Salvo, claro —y he aquí los verdaderos casos que pueden llevarnos al borde de la desesperación—, que no podamos realizar el acto por nosotros mismos porque, por ejemplo, tenemos un brazo enyesado, o que, como suele ocurrir en gran porcentaje de los casos (un verdadero misterio médico), que la comezón se presente en medio de nuestra espalda. En el primero de los casos no tenemos más opción que recurrir a un tercero (el cual, como ya se ha determinado, nunca podrá realizar la actividad como corresponde); en el segundo de los casos, lo mejor que podremos hacer es imitar a los osos y buscar un buen árbol, si es posible de corteza rugosa y, realizando movimientos verticales de manera alternada, llevar a cabo la tarea por nosotros mismos; algo que, como bien se sabe, es la única manera de hacer bien las cosas.

La tercera y última incógnita aún está abierta a debate y, por supuesto, se aceptan colaboraciones al respecto con el fin de intentar responderla. Esa pregunta es la siguiente: ¿Por qué nunca nos pica en dos lugares al mismo tiempo?

El nudo

 

nudo

 

«Los maestros zen enseñan que el sabio come cuando tiene hambre y duerme cuando tiene sueño. No nos dicen qué debe hacer cuando ya ha saciado el hambre y aún no le ha venido el sueño, aunque podemos suponer que sería muy poco sabio que no hiciera el amor cuando está enamorado. Porque el sexo, digan lo que digan los reprimidos de cualquier tiempo, lugar y fe, es la tercera de las necesidades fundamentales del hombre», dice Piergiorgio Odiffreddi en su Elogio de la impertinencia. Eso me hace acordar a un microrrelato de Claudia Cortalezzi (los que están muy de moda ahora pero que me cuesta considerar como la quintaesencia de la literatura. Están muy bien como juego literario, pero de allí a considerar que ahora las letras pasan por allí hay un gran, enorme trecho). El microrrelato pertenece a su volumen No ser o ser, y es éste:

 

Inoportuno

 

En un rincón del dormitorio, el nudo se aprieta a sí mismo. No quiere que ellos —una pareja que acaba de entrar— adviertan su presencia.

    —Desnudate —oye.

Sonamos, se dice, me descubrieron.

La razón del débil

Geoffrey_V_Plantagenet«Todo lo que se hace por amor siempre ocurre más allá del bien y del mal» dijo Nietzsche alguna vez. ¿Y lo que se hace por amor al prójimo? ¿Y aquello que se hace no sólo por amor a una persona sino a toda la humanidad? Pues sin duda que ello también entra en esa categoría que le permite estas más allá «del bien y del mal».

Recuerdo aquel cuento breve de Manuel Peyrou titulado La confesión; el cual, más allá de la ficción, bien puede haber sido un pedazo de historia que el autor argentino nos comparte como si él la hubiera inventado. No es improbable que esto hubiese ocurrido alguna vez en los vericuetos de los avatares humanos.

La confesión

En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.

Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.

-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?

Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la cabeza. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.

A cualquier lugar

Jorge Wasenberg

Jorge Wasenberg el estupendo científico y escritor barcelonés cuenta en su Ideas para la imaginación impura que, con el fin de ilustrar lo que significa la ciencia en pocas palabras, termina un artículo publicado en El País con un pequeño cuento. Wasenberg añade el siguiente comentario: “Nunca he recibido tantas cartas de lectores preguntando por lo mismo (uno me urgió, vía correo electrónico, a una respuesta en honor a su salud mental, otro incluso me interceptó por la calle): ¿habían comprendido realmente lo que significaba el final de la columna?”

Leí el cuento —el que dejaré a continuación— y noto un par de cosas. Primero: creo que di con la lectura correcta; pero de inmediato me doy cuenta de que eso es lo que sentirán todos los que lo lean; es decir que la lectura será situada; y yo no soy ajeno a ello. Segundo: lo que entiendo al leer el relato es hijo de mi experiencia y de mis capacidades, así como de mis límites; entonces es cierto eso de que toda lectura es válida (esto me deja pensando mucho, ya que soy de los que no aceptan una interpretación total por parte del lector). Tercero: la ambigüedad del texto permite múltiples interpretaciones ¿Será posible, entonces, de alguna manera crear un lenguaje que no permita interpretación alguna?

He aquí el cuento. Las interpretaciones, claro, quedan por su cuenta.

jj

La carretera cruza el paisaje de horizonte a horizonte. En el centro del infinito un hombre mira cómo se acerca un automóvil. El conductor, deslumbrado por el sol de poniente, se pregunta por la estampa que se acerca sin moverse. Cuando por fin coinciden, la figura hace un leve gesto hacia el oeste. El viajero se conmueve, pero continúa su camino y susurra dos o tres veces «yo nunca me detengo para recoger desconocidos». La figura, ahora nítida en el espejo retrovisor, se encoge rápidamente hasta esfumarse entre las piedras del desierto. Y entonces el conductor gira en redondo y se lanza a toda velocidad en sentido contrario. La silueta resurge entonces de la nada y se dilata con su larga sombra. Ya se distingue la capucha puntiaguda bajo la que alguien intenta mirar a contraluz. De repente, la figura cruza la carretera con cuatro pasos muy decididos y, justo cuando el automóvil llega a su altura, lo vuelve a hacer. Vuelve a hacer el mismo gesto breve ¡pero ahora hacia el este! El viajero detiene el coche, tarda una centésima de segundo en comprender y tiene que reprimirse para no abrazarla.

Una mañana cualquiera

librería infinita

Cada tanto aparece alguno. Ahora anda dando vueltas por ahí uno que dice ser el mismísimo Adolf Hitler. Hay de todo, aunque en general prefieren decir que son alguno de los inmortales; el Judío Errante, alguno más imaginativo que dice haber pertenecido a la tripulación del Holandés Errante o, como el que acaba de irse, el propio Conde Cagliostro. Éste último me resultó simpático. Dio vueltas por entre los estantes pasando la yema de los dedos por los lomos de los libros y deteniéndose en alguno de ellos por unos instantes antes de proseguir con su recorrido. Le pregunté si podía ayudarlo, si estaba buscando algo en particular y después de negar con la cabeza dijo que no, que gracias, que sólo estaba mirando o recordando. Siguió con su recorrido y yo aproveché, ya que debía quedarme allí, a desembalar un envío de libros que me había llegado el día anterior. Después de varios minutos se acercó al mostrador y comenzó a hablar. No tengo ni idea de cómo fue que llegamos al tema de nuestra historia; no puedo decir si la conversación fue derivando paulatinamente hacia ese punto o si fue él quien la llevó paso a paso para poder decir lo que quería. De todos modos, sea como fuere, allí estaba él contándome algo que, según sus palabras, no solía decir a desconocidos; lo salvaba, dijo, que en estos tiempos la gente era tan descreída que nadie daba por cierto ni una sola de sus palabras. Así fue que se presentó con un nombre latino que usaba para ocultar al más famoso de sus seudónimos: el Conde Cagliostro. Yo seguía desembalando los libros y no me molestaba en absoluto escuchar una voz humana en esa mañana solitaria; una voz muy educada, por otra parte.
Aceptó con sencillez y algo de vergüenza el café que le ofrecí y mientras bebíamos me contaba algunas de sus historias o anécdotas, las cuales intercalaba con preguntas no demasiado inquisitivas sobre mi vida o sobre mi trabajo entre esos estantes algo polvorientos. Antes de irse me dijo, en respuesta a una pregunta mía sobre su título de Conde y sobre lo que yo suponía que formaba parte de sus riquezas o posesiones (pregunta que yo había hecho sin ninguna otra intención más que proseguir con la conversación), algo así como «Con el tiempo uno aprende que las cosas pesan demasiado para quien viaja indefinidamente. Lo mejor es despojarse de todo; dejar todo atrás. Nada es estrictamente necesario». Supuse que con los libros la cosa era algo diferente; uno quiere llevarse al menos aquellos que ama, que fueron buenos compañeros o que sentimos que nos hablan particularmente a nosotros. «No, esos también uno se los lleva puestos» Dijo antes de agradecer el café y de irse luego de una ligera inclinación y de un saludo cortés con el sombrero.
Cada tanto aparece alguno. Alguno de esos que se cree inmortal o que tal vez realmente lo sea (no tengo ni tendré modo de probar su veracidad sobre ese asunto); alguno que tiene más deseos de ser escuchado que de comer o, siquiera, de charlar. Así que por ahí anda el Conde Cagliostro; con un par de zapatos raídos, un cepillo de dientes, dos camisas y tres o cuatro libros a cuestas, dando vueltas por el mundo.

En defensa de la fantasía

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Una de las tantas tonterías con que la modernidad mal entendida nos ataca, y todo en honor a una supuesta verdad, es que ahora debe decírsele a los niños todo “tal cual es”. Bajo el error de considerar a la fantasía como una mentira en lugar de darle el lugar que le corresponde (el de complemento de la realidad, nunca como su sucedáneo) me he encontrado con padres que se aferran a “decirle la verdad” a sus hijos a como dé lugar. Pongo el “decirle la verdad” entre comillas porque generalmente esa verdad sólo se refiere a Santa Claus o a El Señor de los Anillos; nunca he sabido que esos padres les expliquen a esos niños cómo han venido al mundo o que les digan que la iglesia a la que asisten los domingos es una más entre tantas.
Sea como fuere, mi defensa hoy va para los simples, directos, queridos y necesariosfantasía (2) libros para niños. Esos que desbordan fantasía por los cuatro costados; esos que nos hicieron soñar cuando nosotros mismos éramos niños (y que no nos convirtieron en ningún monstruo infame ni nada que se parezca) y que alimentaban nuestras fantasías más desbocadas. En las ajustadas palabras de Miriam Merchán en su introducción a los Cuentos de los hermanos Grimm publicados en la colección Antares:
“Tanto los mitos como los cuentos de hadas responden a las eternas preguntas: ¿Cómo es el mundo en realidad? ¿Cómo tengo que vivir mi vida en él? ¿Cómo puedo ser realmente yo? Las respuestas que dan los mitos son concretas, mientras que la de los cuentos de hadas son meras indicaciones; sus mensajes pueden contener soluciones, pero éstas nunca son explícitas. Los cuentos dejan que el niño imagine cómo puede aplicar a sí mismo lo que la historia le revela sobre la vida y la naturaleza humana.
En cuanto avanza de manera similar a como el niño ve y experimenta el mundo; es fantasía (3)precisamente por ese motivo que el cuento de hadas resulta tan convincente para él. El cuento lo conforta mucho más que los esfuerzos por consolarlo basados en razonamientos y opiniones adultos. El pequeño confía en lo que la historia le cuenta, porque el mundo que ésta le presenta coincide con el suyo”.
Entonces tenemos que los cuentos de hadas y otras historias fantásticas no son en absoluto perjudiciales, sino que, por el contrario, les brindan a los niños con herramientas útiles para comprender el mundo que los rodea. Tal vez si los dejaran leer más incluso llegarían a entender el mundo mejor de lo que lo hacen sus padres.

Árbol (II)

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Árbol, por Borgeano.

 Pues sí, me estoy volviendo recurrente; la cosa viene de árboles, por lo visto. En general suelo saltar de una cosa a otra, suelo unir conceptos disímiles o dejar que las sugerencias de un tema me lleven a otro que puede estar en las antípodas; pero en este caso un tema me llevó a otro similar y aquí estoy sin salir del tema arbóreo, tema del cual sé bastante poco, ya que no soy de los que puede distinguir un castaño de un ciruelo.

En este caso la relación lineal que me llevó de la selva al ginkgo termina hoy con la transcripción de un cuento de Gabriela Jauregui, incluido en su libro La memoria de las cosas; libro que —y esto sea dicho al margen—, ha recibido elogiosas críticas pero que en lo personal me ha parecido algo desparejo; con cuentos muy logrados y otros en los que siento que hay demasiada verborrea y bastante poca sustancia. Sea como fuere, aquí dejo este breve cuento y cierro, al menos por el momento, el tema botánico.

Árbol cosmonauta

Parados frente a un inmenso sauce, ella quiere llamarlo «sauce milenario», pero no sabe si lo es. Entonces permanece en silencio. Él le cuenta que a lo largo de su vida un árbol viaja largas distancias. Ella le pregunta cómo es posible.

Él le explica que éste árbol, más que otros, ha viajado cientos de miles de kilómetros durante su larga vida; su proyecto es trazar cuántos. Describe cómo mojará la punta de cada una de sus minúsculas hojas verde azulado con tinta china, pondrá rama por rama frente a grandes hojas de papel a que tracen sus rayas de movimiento, como una especie de electrocardiograma vegetal, y así medirá sus movimientos durante veinticuatro horas. La suma de todos esos pequeños recorridos dará la cantidad de metros alcanzados en un día, después de eso los cientos de años, ¿miles?, de edad del árbol para obtener la distancia que el árbol ha recorrido a lo largo de su vida. De la tierra a la luna, especula ella en silencio. Tal vez por eso tiene tantas figuras en su tronco: todo lo que ha ido coleccionando en sus viajes.