Extraña simbiosis

 

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Otro año que paso el día de muertos en este magnífico y extraño país (esas dos cosas parecen alternarse de manera constante por aquí y no me acostumbro del todo a ello. Tal vez sea que es imposible, para alguien que no ha nacido en esta tierra, poder acostumbrarse a ello. O lo entiendes o no lo entiendes; no parece haber un término medio en este asunto).

No voy a volver a tocar el tema del significado de este día tan especial; un poco porque ya lo hice antes, otro poco porque esa información puede encontrarse en otros sitios y otro poco más por lo que dije antes: por más que intentemos entenderlo siempre habrá algo que se nos escapará y que, vaya ironía, siempre tendremos la sensación de que eso que se nos escapa es, precisamente, lo esencial.

Entonces sólo les compartiré un poema de mi querida Julie Sopetrán (otra eterna enamorada de esta tierra), el cual pueden encontrar, entre otras muchas cosas de esa relación amorosa, en su sitio Magias de México.

EN LA CALLE – Calaca

Tres amigos se encontraron
para hablar de cualquier cosa;
se sentaron en un banco
dejando abierta la losa…
Sin un pelo en la cabeza
deshuesados y sonrientes;
se lo pasaban fetén
viendo pasar a la gente.
Uno de ellos se fijaba
en una guapa mozuela;
que perdía sus andares
por la estrecha callejuela.
El del centro suspiraba
recordando su vivencia;
y hasta quería volver
al sueño de la existencia.
El tercero acobardado
mirando al suelo pensaba;
que era mejor estar muerto
que mirar lo que pasaba:
un niño muerto del hambre
un político ladrón,
un emigrante sin casa
y cuántos… sin corazón.
Los tres se sintieron tristes
y a la tumba regresaron;
la losa quedó cerrada
y del mundo, se olvidaron.

 

Voy a llevarme este poema para cuando pase esta noche en el cementerio. De eso se trata esta incomprensible simbiosis: pasar una noche en el cementerio no es, como los extranjeros solemos pensar, una idea fantasmagórica, u oscura o demoníaca o terrorífica. Aquí esto es vida. Vida. De eso se trata.

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A cualquier lugar

Jorge Wasenberg

Jorge Wasenberg el estupendo científico y escritor barcelonés cuenta en su Ideas para la imaginación impura que, con el fin de ilustrar lo que significa la ciencia en pocas palabras, termina un artículo publicado en El País con un pequeño cuento. Wasenberg añade el siguiente comentario: “Nunca he recibido tantas cartas de lectores preguntando por lo mismo (uno me urgió, vía correo electrónico, a una respuesta en honor a su salud mental, otro incluso me interceptó por la calle): ¿habían comprendido realmente lo que significaba el final de la columna?”

Leí el cuento —el que dejaré a continuación— y noto un par de cosas. Primero: creo que di con la lectura correcta; pero de inmediato me doy cuenta de que eso es lo que sentirán todos los que lo lean; es decir que la lectura será situada; y yo no soy ajeno a ello. Segundo: lo que entiendo al leer el relato es hijo de mi experiencia y de mis capacidades, así como de mis límites; entonces es cierto eso de que toda lectura es válida (esto me deja pensando mucho, ya que soy de los que no aceptan una interpretación total por parte del lector). Tercero: la ambigüedad del texto permite múltiples interpretaciones ¿Será posible, entonces, de alguna manera crear un lenguaje que no permita interpretación alguna?

He aquí el cuento. Las interpretaciones, claro, quedan por su cuenta.

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La carretera cruza el paisaje de horizonte a horizonte. En el centro del infinito un hombre mira cómo se acerca un automóvil. El conductor, deslumbrado por el sol de poniente, se pregunta por la estampa que se acerca sin moverse. Cuando por fin coinciden, la figura hace un leve gesto hacia el oeste. El viajero se conmueve, pero continúa su camino y susurra dos o tres veces «yo nunca me detengo para recoger desconocidos». La figura, ahora nítida en el espejo retrovisor, se encoge rápidamente hasta esfumarse entre las piedras del desierto. Y entonces el conductor gira en redondo y se lanza a toda velocidad en sentido contrario. La silueta resurge entonces de la nada y se dilata con su larga sombra. Ya se distingue la capucha puntiaguda bajo la que alguien intenta mirar a contraluz. De repente, la figura cruza la carretera con cuatro pasos muy decididos y, justo cuando el automóvil llega a su altura, lo vuelve a hacer. Vuelve a hacer el mismo gesto breve ¡pero ahora hacia el este! El viajero detiene el coche, tarda una centésima de segundo en comprender y tiene que reprimirse para no abrazarla.

Nosotros mismos

 

José Naranja

José Naranja

Tengo, para mí, que el acto de llevar un diario es una de las mejores costumbres que se pueden tener si uno quiere recordar pero, sobre todo, si se quiere aprender sobre el mundo y sobre uno mismo. El diario, que muchos entienden en el sentido casi adolescente de la idea (“Querido diario, hoy fui a… y comí… etc.”) es algo trivial; pero el diario donde la escritura es la cuestión central y no sólo el modo en que transmitimos información, es algo totalmente diferente. El hecho de escribir es suficiente para que afloren de nuestro inconsciente cosas que ni siquiera sabíamos que estaban allí. Y esto no ocurre sólo con lo personal, sino con todo lo que nos rodea. Hace muchos años tomé la costumbre de escribir una crítica o reseña de los libros que iba leyendo y en poco tiempo noté que lo que escribía al terminar la lectura modificaba a la lectura misma. Poner por escrito mis ideas sobre ese libro hacía que no pocas veces modificara la idea que el libro me había dejado al llegar al punto final. La escritura en sí era una forma de crítica.

José Saramago dijo que “Escribir es hacer retroceder a la muerte, es dilatar el espacio de la vida”. Y ése es otro punto a favor del diario. Una fotografía es un buen recordatorio de un momento vivido; pero mucho mejor es un fragmento en un diario. Cuando leemos un fragmento de texto que evoca un momento de nuestra vida los sentidos todos (doy fe) toman parte de él, no sólo la vista. Un recuerdo escrito nos transporta de regreso en el tiempo; no sólo nos lo señala en el almanaque.

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José Naranja

Por último; y también de ese entrañable amigo de esta casa que es Saramago: “La literatura es lo que hace inevitablemente pensar. Es la palabra escrita, la que está en el libro, la que hace pensar. Y en este momento es la última escala de valores”.

El diario es literatura, por supuesto; es nuestra literatura personal y única y allí está el pensamiento, el sentimiento y, si lo dejamos avanzar un poco (y que él nos seduzca y nos enseñe) también allí estará nuestra escala de valores; es decir, nosotros mismos.

La literatura es arte (recordatorio)

James Joyce

Estoy leyendo otra vez el Ulises, de James Joyce. Lo hago porque es una de esas novelas inabarcables, de las que cada vez que nos adentramos en ellas encontramos algo nuevo o, incluso, diferente; como si la primera vez que la hubiésemos leído nos hubiésemos dormido a los largo de varias páginas.

Joyce y su Ulises pertenecen a esos escritores y a esos libros que requerían del lector un estado de alerta y de dedicación que, en líneas generales, hoy se ha perdido. En estos tiempos donde los libros —aun aquellos que reciben y merecen buenas críticas— son escritos bajo la premisa de la escritura fácil (no hay que olvidar la enorme cantidad de talleres y libros dedicados al tema: desde “Cómo escribir un best-seller” hasta los consejos para “atrapar” al lector y no dejarlo escapar), hay autores que nos obligan a una lectura dedicada, atenta y concentrada. Joyce, Faulkner, Carpentier, Marías, Lezama Lima, Saramago son algunos de ellos, los cuales ya no integran las listas de los más leídos, aunque no estaría mal que lo fueran.

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La lectura de estos autores conlleva una diferente actitud ante sus textos; cada uno de ellos imprime, mediante el estilo u otra forma técnica una variante en la escritura que implica, a su vez, una variante determinada en la lectura. El estilo de Joyce es tal vez el más complejo porque trabaja con varias técnicas diferentes y lo hace, a veces, de manera simultánea: neologismos, diferentes voces y estilos, sincronicidad, monólogo interior (de hecho, Joyce fue el creador de esta técnica), etc. Vamos con una (y sólo una) de las dificultades del Ulises; la sincronicidad.

En el capítulo primero, desde la torre donde comienza la novela, se lee:

“Una nube comenzó a cubrir el sol lentamente, completamente, iluminando la bahía en un verde más profundo”.

En el capítulo cuarto, Leopold Bloom nota lo mismo mientras camina a casa desde la tienda de Dlugacz:

“Una nube empezó a cubrir el sol lentamente, completamente. Gris. Lejos”.

Estos dos hechos meteorológicos separados por cincuenta páginas son el mismo suceso; Joyce nos indica, de esta manera, que lo que hacen ambos personajes (Stephen Dedalus y Leopold Bloom) ocurre al mismo tiempo.

 

Cuatro párrafos más adelante la nube ha pasado:

“Rápidamente la cálida luz del sol salía corriendo de la carretera de Berkeley, rápidamente, en sandalias delgadas, a lo largo del sendero iluminado.

Y de vuelta al primer capítulo, en la torre pasa también:

“Stephen, todavía temblando ante el grito de su alma, escuchó el cálido sol que corría, y en el aire detrás de él palabras amistosas”.

(“Por lo tanto, la brisa es aproximadamente del oeste, que es la dirección predominante de los vientos en las Islas Británicas”, observa Ian Gunn en El Dublín de James Joyce (2004)).

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Otra de las muchas sincronizaciones que contiene el Ulises la encontramos en el quinto capítulo de la segunda parte. Leopold Bloom va caminando por las calles de Dublín cuando alguien le da un folleto religioso en que se habla de la vuelta del profeta Elías (“Elías viene”). Ese folleto nos seguirá a lo largo de tres capítulos y hay que estar atento a él, ya que su presencia será absolutamente casual: «Un esquife, un prospecto arrugado, Elias viene, navegaba por el Liffey, bajo el puente de Loopline, acelerando en los rápidos donde… » o «Elias, esquife, liviano prospecto arrugado, navegaba hacia el este junto a los costados de los barcos… » Estas apariciones de la expresión “Elías viene” se refiere a tres momentos diferentes del mismo folleto que fue arrojado por Bloom al río Liffey y el itinerario que el mismo lleva corriente abajo; de esta manera podremos determinar la hora en la que cada hecho ocurre teniendo en cuenta el viaje del papel arrugado en el agua.

Como dije, la lectura de este tipo de libros conlleva una necesidad de atención profunda y constante, pero es precisamente ése el modo de aprehender lo que es una obra de arte, no la mirada superficial que nada recuerda porque nada registra. Acercarnos cada tanto a las grandes obras de la literatura nos recuerda que las palabras no son sólo un medio de comunicar algo, sino que son, tal vez, el modo primero y más profundo de transmitir belleza, conocimiento y sabiduría, todo en uno y al mismo precio.

Dos consideraciones personales sobre el lenguaje

Mi Be - “Communication v3.2”

Mi Be – “Communication v3.2”

Uno de los tópicos más delicados al viajar por el mundo y, sobre todo, al establecerse en una latitud diferente a la de origen, es el del lenguaje. Se llega con una carga semántica diferente, con un acento extraño, con sutilezas mínimas pero fundamentales. Esas diferencias bien pueden marcar un punto de inflexión entre el bienestar y el malestar, aunque esto parezca una exageración. Por un lado uno debe adaptarse a los localismos, los cuales pueden incluir términos mal empleados, como los que escucho aquí a diario, los diminutivos, por ejemplo. Es común oír panecito, trenecito, solecito, y así por el estilo. Claro está que esto no significa que sea yo el que hable bien. En mi caso, por mi raíz argentina, tengo la costumbre del vos, lo cual implica conjugar mal todos (todos) los verbos y usar el tiempo incorrecto (los argentinos usamos la segunda persona del plural como singular y le quitamos, generalmente, una letra a la conjugación correcta). En síntesis: en todos lados se cuecen habas (se “cocen”, dirían los mexicanos) y todos hacemos agua por algún lado. La cuestión es que uno se adapta y que la convivencia entonces pasa por otros asuntos.

I. Pero (llegó la tan temida palabrita) ¿Qué ocurre cuando las costumbres se van perdiendo de tal manera que lo que antes nos parecía correcto o bello ya no nos lo parece tanto? Lo digo porque acabo de ver un programa de TV argentino donde el uso del lenguaje y el acento me parecieron espantosos. Sé que los argentinos tenemos fama de soberbios, lo cual es una generalización torpe, todos sabemos eso; pero precisamente es lo que sentí al oír a esas personas; su acento y su tono me pareció absolutamente soberbio y pedante. Seguramente esas personas son más que correctas, pero hay algo en ese lenguaje que impulsa esas sensaciones. ¿Será ese el germen de ese mote inmerecido?

II. Por otro lado, ese mismo día vi una publicidad de Pepsi que decía algo así como “La persona que aparece en esta publicidad puede recordar la refrescancia de una Pepsi…” Tomé nota y esperé que el aviso apareciera otra vez, ya que me costaba creer que se hubiese dicho semejante atrocidad. El aviso apareció y sí, la palabra era y sigue siendo refrescancia. Aquí ya no tengo paciencia; que una persona, por costumbre local diga una palabra de manera incorrecta es una cosa; pero que en un aviso publicitario, el cual debería pasar por diferentes controles de calidad, se hable de esa manera es imperdonable. Después recordé un par de cosas más relacionadas con esto. Una es que la AT&T estadounidense, en su mensaje de voz, decía “Usted a accesado a…”. Por desgracia, el verbo “accesar” ya se ha vuelto bastante común incluso fuera de los estados unidos (hasta tal punto que incluso hay una consultora que se llama así, mal que les pese). Y también esta dirección web, la cual dice “entretención” en lugar de “entretenimiento”.

 

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El idioma es algo inquieto, eso es por todos conocido; y es por demás ridículo intentar fijarlo como si fuese una norma inmóvil; pero más allá de eso hay límites que, sobre todo, están fijados por el buen gusto y por la necesidad de cierta normativa (aunque esta sea flexible) que nos permita comunicarnos con mayor facilidad. Cuando necesitamos traducir de manera constante el propio idioma, es que estamos entrando en terreno peligroso.

El códice Grolier

Códice Grolier (1)

Debo el tema de esta entrada a mi querida Julie Sopetrán, quien, sabedora de mi gusto por estos textos antiguos, me pasó el primer enlace sobre el tema.
El códice Grolier es un texto maya del siglo XIII. Durante más de cuatro décadas se dudó de la autenticidad de este manuscrito, ya que fue encontrado por saqueadores y no por arqueólogos. Aunque el ejemplar se encontró junto con otros objetos que sí fueron considerados originales, se pensó que los saqueadores querían hacer pasar una falsificación como parte del botín encontrado en Oaxaca, al sur de México. Ahora, luego de arduos y exhaustivos estudios llevados a cabo por la Universidad de Brown, se estableció que no sólo es un texto original, sino que es el más antiguo que se haya encontrado en este continente.
El códice Grolier es un fragmento de 11 páginas pobremente conservado en papel amate estucado, y se ha determinado que debió pertenecer a un libro con 20 páginas. Cada página mide 18 cm de alto por 12.5 cm de ancho. Por medio de datación por radiocarbono se ha calculado que fue fabricado en 1230 d.e.c. +/- 130 años, lo que lo convierte en el manuscrito más antiguo (pueden ver las once páginas recuperadas aquí).

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Ya me han oído decir que México es un país que no deja jamás de sorprender. Ahora debo romper brevemente la frontera sur de este país (ya que debo incluir a las ruinas de Tikal, las cuales se encuentran en Guatemala) para decir que si México jamás deja de asombrar, el Imperio Maya será siempre una constante fuente de maravilla y sorpresa. Haber tenido el placer de recorrer sus muchos sitios arqueológicos (Tikal, Cobá, Tulum, Chichen Itzá) y saber que voy a volver a hacerlo cada vez que tenga la oportunidad, me hace soñar con la improbable posibilidad de que algún día, por mero azar, encuentre yo mismo una maravilla semienterrada por allí. Quién sabe, en lugares tan mágicos como éstos cualquier cosa puede pasar.

No hay chip como el papel

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Es un tema bastante común y presente el cantar loas a las nuevas tecnologías. Recuerdo cuando no hace mucho se hablaba de la maravilla que significaba el poder tener toda la Enciclopedia Británica en un CD; por ejemplo. Ahora se habla de nubes donde podemos guardar no sólo una enciclopedia, sino toda nuestra historia: nuestros escritos, fotos, música, recuerdos, y lo que les venga en gana. Pero también recuerdo que los CD´s tuvieron una vida más bien breve y todos aquellos que tenemos una computadora hemos pasado por esa terrible experiencia que como es la de perder todas esas cosas simplemente porque el aparato se mojó o se cayó al piso el “le entró un virus”. Vamos, que las nuevas tecnologías son prácticas para comunicarse y todo eso, pero no mucho más. Para guardar información no hay ni habrá como el viejo y querido libro. No voy a volver a hacer las loas de sus virtudes; ya todos las conocemos; mejor apunto para el otro lado y mejor aún si pongo un ejemplo. Vean esta foto:

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La imagen de la derecha es la misma que la de la izquierda; la única diferencia es que la segunda fue subida y descargada de Instagram noventa veces. La pérdida de información que cada upload y cada download producen hace que la imagen se deteriore hasta lo irreconocible.
Ahora, la misma idea obtenida en Youtube. Este usuario se tomó el trabajo de subir un video y descargarlo repetidamente mil veces. El resultado es notable (abajo, a la izquierda podrán ver el número de repeticiones. No se preocupen; no están las mil; sino un resumen de ellas); es notable cómo en apenas cincuenta repeticiones ya no nos es posible entender nada:

Creo que ésta es un de las mejores pruebas de que si queremos, como sociedad, guardar información para el futuro, debemos volcarnos a hacerlo en formato de libro. Él ya nos dio sobradas pruebas de que puede atravesar el tiempo y seguir brindando la información con la misma certeza que el primer día.