Diarios viejos

Me gustan los diarios personales. Entre mis lecturas preferidas se encuentran los diarios personales de aquellos autores o personajes que admiro pero, más aún, me gusta escribir mis propios diarios. Desde que comencé a hacerlo he notado que cada día cambia una vez que se lo lleva al papel. La mirada de la escritura es otra que la mirada corriente del minuto-a-minuto (Jaques Derrida dirá que se escribe con la mano, no con la cabeza; señalando así que el mero acto de escribir «saca» de nuestro interior algunas cosas que ni siquiera nosotros mismos no sabíamos que estaban allí).

Ayer, ordenando papeles, colocando libros en estantes nuevos, revisando carpetas y cuadernos varios, encontré un diario del 2011 y 2012 que por alguna razón (bueno, hay una sola, y se la llama desorden) no quedó, como el resto, ordenados prolijamente en una caja en Argentina. Sentado en el piso leo por aquí y por allá y me digo que algunas entradas podrían compartirse. Las personales quedan donde deben, en lo privado y, tres o cuatro, deberían hacerlo en el olvido, aunque una vez escritas…

 

Diario 100

 

08/11/11

Leo en Puro humo, de Cabrera Infante, que un tal Luis Marx inventó un método para cuidar sus plantaciones de tabaco. Con sábanas blancas cubría enormes extensiones de sus vegales. Luis Marx llamó a su invento «mi gentil red de mariposas», un bello nombre para un objeto trivial. Hace unos días vi una noticia sobre la Estación  Espacial china, a la que llaman «Pagoda del cielo». Otro nombre bello, aunque esta vez menos sorprendente. Creo que deberíamos usar ese tipo de expresiones más a menudo, aún en el lenguaje cotidiano. Pero sin exagerar; ya se sabe, demasiada miel…

11/11/11

Bueno, llegó al fin el 11/11/11. Habría que declararlo el Día Internacional del Idiota. Los noticieros dan vergüenza, cosa que diariamente  hacen, pero hoy se han superado. Parece que nada importante ha pasado en el mundo hoy, todo se reduce a ver cuánta gente se ha casado en esta fecha (se dice que la cantidad triplicó a la habitual, por lo que lo de Idiota está plenamente justificado); a ver rondas de gente  meditando en los parques; a ver cuánta gente jugó a la lotería (En una agencia aseguraron que el 90‰ de las jugadas eran al número 11, 111 ó 1.111). Y en todos los canales igual. Schopenhauer tenía razón: la inteligencia humana es limitada, pero la estupidez no tiene límites.

29/11/11

La ausencia de fe, en mi caso, se eleva al cuadrado. No solo no tengo fe en la existencia de un creador supremo ni en nada por el estilo; sino que -y creo que esto es un poco más grave-, no tengo fe en mí mismo. Digo que lo segundo es más grave porque sobre lo primero no tengo injerencia alguna, en cambio sobre lo segundo, al menos de una manera supuesta, sí; pero eso me lleva a un círculo vicioso, a una paradoja.

Diario 101

29/12/11

Vi Waking Life, de Richard Linklater. Me gusta mucho este director y el estilo que les imprime a sus películas; aunque por momentos uno se pierde entre tanta gente que habla y habla sin parar. Pero no importa, son sólo unos segundos y uno vuelve enseguida a la pantalla. Me gustan esos diálogos extraños donde todo se mezcla: filosofía, ciencia, religión, arte, realidad, irrealidad. Ésos son los diálogos que me gustaría mantener y que sólo consigo hacerlo -al menos hasta cierto punto- con M.

30/12/11

Leo, en Destrucción del edificio de la lógica,  de Noé Jitrik: «¿Por qué la gente rechaza hablar de conceptos y sólo quiere referir acontecimientos o anécdotas?». Algo tan simple como eso es lo que me pregunto siempre; y las respuestas que encuentro no son muy optimistas.

17/01/12

…en un momento de la charla A. me dice «¡Pero R., te vas a volver un ermitaño!», «si supieras cuánto lo espero…» me dieron ganas de contestarle. Y la verdad es que, cada día que pasa, la gente me importa menos. Al menos el contacto con la gente.

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Y en definitiva, ¿qué significa corrección política? Pues no es más que una tautología. Toda corrección es política.

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No todas las aves hacen nido en el mismo árbol. Para algunos, como el cóndor, los árboles son demasiado pequeños; ellos necesitan, como mínimo, una montaña.

diario 102

01/02/12

La naturaleza humana tiende a lo dionisíaco, las religiones atan al hombre a lo apolíneo. De ahí proviene la neurosis humana, su propia frustración, su agresividad incontenible.
Las religiones, por lo tanto, no pueden ser perdonadas. Y la neurosis, la esquizofrenia, son enfermedades mentales contagiosas; en tanto son transmitidas de unos individuos a otros. Memes virales, podrían llamarse.

02/02/12

Ayer murió Wislawa Szymborska. Acabo de enterarme por internet. Obvio; ¿en qué otro lugar pueden pasar esta noticia? ¿en la T.V. o en la radio? Difícil.
Y uno siente una pena infinita, como si se hubiese ido un amigo de la infancia o algo así. Y es que es eso, casi exactamente, lo que ocurrió.

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Tarde y noche tranquilas. María, que está a trescientos cincuenta kilómetros de distancia,  me dice que llueve mucho. Un par de horas después llueve en Mar del Plata, pero esta vez no se lo dije a nadie. Sonrío cuando comienza a llover, y cambio la música de la computadora por la música del agua.

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Cuerpo y escritura

 

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De La lectura como plegaria, de Joan-Charles Mèlich; una cita que puedo (querría) firmar con mi propio nombre:

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(Cuerpo y escritura)

Cada vez estoy más obsesionado con escribirlo todo, con registrarlo todo. Sin escribir no podría vivir. Pero necesito cuadernos, una pluma y tinta color violeta. No puedo utilizar el ordenador porque tengo que sentir el cuerpo de la escritura, el olor de la tinta y la textura del papel. Escribir es un acto corpóreo: corporal y espiritual al mismo tiempo. No puedo separarlo de mi vida.

 

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Escribir lo que nadie leerá. Ése es el momento en el que surge la escritura como forma de vida.

 

Eso mismo: la escritura como forma de vida. Síntesis perfecta a la que nada puede agregarse.

 

Límites

 

Paul Klee - Adventure Ship

Paul Klee – Adventure Ship

 

Por la tarde fui al río para cuidar un poco la mercadería que estoy enviando por algunos arroyos y así poder volver a casa más tranquilo; cuando comenzó a llover con fuerza a nuestro alrededor; entonces desembarqué y me protegí, mientras vi al Rey que pasaba en su barcaza, descendiendo hacia el bajío para encontrarse con la Reina. No pude evitar pensar que había disminuido mi estima, aunque sea un poco, de un Rey que no era capaz de ordenar detenerse a la lluvia.

Samuel Pepys, Diario, 19 de julio de 1662.

Me encontré con esta estupenda cita de Samuel Pepys (quien fue un funcionario naval, político y célebre diarista británico.​ Es conocido sobre todo por el detallado diario privado que mantuvo entre 1660 y 1669, publicado más de cien años después de su muerte); la que me hizo ver que siempre hubo hombres que supieron poner las cosas en su lugar. Supongo que en pleno siglo XVII el Rey era el Rey y punto; pero en un destello de lucidez Pepys pudo ver al hombre detrás o debajo de toda esa suntuosidad; de toda la pompa y circunstancia. ¿Cuántos de nosotros aún sigue adornado a dioses menores sin poder ver debajo de todo ese ropaje al pequeño rey desnudo?

 

 

Nosotros mismos

 

José Naranja

José Naranja

Tengo, para mí, que el acto de llevar un diario es una de las mejores costumbres que se pueden tener si uno quiere recordar pero, sobre todo, si se quiere aprender sobre el mundo y sobre uno mismo. El diario, que muchos entienden en el sentido casi adolescente de la idea (“Querido diario, hoy fui a… y comí… etc.”) es algo trivial; pero el diario donde la escritura es la cuestión central y no sólo el modo en que transmitimos información, es algo totalmente diferente. El hecho de escribir es suficiente para que afloren de nuestro inconsciente cosas que ni siquiera sabíamos que estaban allí. Y esto no ocurre sólo con lo personal, sino con todo lo que nos rodea. Hace muchos años tomé la costumbre de escribir una crítica o reseña de los libros que iba leyendo y en poco tiempo noté que lo que escribía al terminar la lectura modificaba a la lectura misma. Poner por escrito mis ideas sobre ese libro hacía que no pocas veces modificara la idea que el libro me había dejado al llegar al punto final. La escritura en sí era una forma de crítica.

José Saramago dijo que “Escribir es hacer retroceder a la muerte, es dilatar el espacio de la vida”. Y ése es otro punto a favor del diario. Una fotografía es un buen recordatorio de un momento vivido; pero mucho mejor es un fragmento en un diario. Cuando leemos un fragmento de texto que evoca un momento de nuestra vida los sentidos todos (doy fe) toman parte de él, no sólo la vista. Un recuerdo escrito nos transporta de regreso en el tiempo; no sólo nos lo señala en el almanaque.

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José Naranja

Por último; y también de ese entrañable amigo de esta casa que es Saramago: “La literatura es lo que hace inevitablemente pensar. Es la palabra escrita, la que está en el libro, la que hace pensar. Y en este momento es la última escala de valores”.

El diario es literatura, por supuesto; es nuestra literatura personal y única y allí está el pensamiento, el sentimiento y, si lo dejamos avanzar un poco (y que él nos seduzca y nos enseñe) también allí estará nuestra escala de valores; es decir, nosotros mismos.

De la libreta de notas de Borgeano.

Seguridad

Detesto esos carteles de “Sr. cliente, por su seguridad lo estamos monitoreando”. ¿Por mi seguridad? ¿En serio? ¿No será que simplemente me están vigilando? Y si me están vigilando a mí ¿por qué lo hacen? Porque temen que les robe ¿No? Sólo es eso, claro. ¿Entonces por qué no lo dicen con todas las letras? “Lo estamos vigilando”. ¡Bien! Me gustan las cosas claras. ¿De qué suponen que voy a quejarme? Me vigila mi gobierno, mi tarjeta de crédito, mi computadora, mi agencia de seguros y mi jefe. Mi vigila mi esposa para ver si gasto más dinero en mi amante que en ella y me vigila mi amante para ver si la quiero más a ella que a mi esposa, tal como siempre le digo. ¿Creen que voy a molestarme porque a un gerente paranoico se le ha ocurrido la peregrina idea de que puedo robarle qué… un tenedor? Bueno, tal vez sí estén preocupados por mí. Tal vez tengan miedo de que muera envenenado por esto que acaban de traerme y que no se parece en nada a la imagen de la publicidad. Es una posibilidad. En este mundo de hoy cualquier cosa es posible.


Mis queridos amigos, estoy de viaje por unos días, lo que significa que estoy fuera de mi lugar habitual (¿Pero de qué estoy hablando? ¡Si yo no tengo un lugar habitual!). Como sea, ustedes me disculparán si demoro un poco en responder a sus comentarios. También, por motivos de tiempo, he dejado esta entrada programada; entrada que sólo transcribe una de las tantas notas que he tomado en algún sitio. A medida que lo transcribía volvió de manera sutil una imagen de un restaurant; vi el lugar y a las otras tres mesas que estaban ocupadas. Luego vi que eso fue en Guayaquil, Ecuador. Al terminar de escribir no sólo recordé el restaurant, su mobiliario, la comida y el cartel. Pude recordar a la camarera e, incluso, a la nocturna avenida. Tema para otra entrada: el fabuloso poder de un diario o un cuaderno de notas. Mucho más profundo y abarcador que cualquier fotografía.

Elogio del silencio.

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Lago Cuitzeo

Como muchas de mis entradas, ésta tendrá dos partes. Ya saben comienzo hablando de una cosa y termino comentado algo tangencial a lo primero. Esta vez lo haré de manera consciente desde el mismo principio.
El fin de semana lo pasé en una montaña, con una zona arqueológica a mis espaldas, el Lago Cuitzeo frente a mi y más montañas al otro lado del enorme lago; estuve junto a un maravilloso grupo de personas a las que conocí allí (fui invitado por una amiga y sólo la conocía a ella). Este grupo se reúne todos los meses y llevan a cabo una serie de rituales místicos a los cuales estuve invitado pero en los que duré bien poco, ya que ellos implican la permanencia en un temazcal, el cual es una especie de tienda cerrada donde se colocan en su centro una determinada cantidad de rocas al rojo vivo y se la moja para que suelten vapor. Esto se hace cuatro veces y la ceremonia puede durar más de dos horas. Yo, humilde nativo de tierras frías, no duré ni cuatro minutos. Si la ceremonia se llevase adelante con hielo sería el hombre más feliz del mundo, pero así no, me es imposible. Entonces me disculpé (lejos de mí el querer ser irrespetuoso con las costumbres locales) y salí de allí. Era tarde en la noche y estaba frío; yo, feliz, me acosté en el césped y me quedé allí mientras el resto del grupo continuaba con su ceremonia. Debo decir que no me sentí muy feliz por no haber participado en esa ceremonia; quería hacerlo, quería ser parte de ese ritual y quería aprender el significado profundo de todo ello, pero no pude hacerlo. Me sentí, sí, algo avergonzado, pero el grupo me trató maravillosamente y me brindaron todo su apoyo y su comprensión. Pasé entonces tres días allí, compartiendo con ellos, ayudando en lo que podía, respondiendo infinidad de preguntas y preguntando otra cantidad posiblemente no menor. Fueron tres días sin conexión con el mundo exterior, como suele decirse; al menos en mi caso no hubo un solo momento en que tuviese un aparato electrónico en mis manos. Todo se redujo a charlar, compartir, aprender, enseñar. Todo era un profundo silencio sólo roto por voces humanas y nada más que por voces humanas.
El domingo por la tarde regresé a Morelia y a las tres horas de haber llegado sentí que quería volver a esa montaña y quedarme allí por un tiempo indefinido. Fue tanto el cúmulo de tonterías, malas noticias y palabras vacías que en poco tiempo me sentí saturado, agobiado, cansado por ese ruido de fondo que parecía que no iba a detenerse nunca.
Silencio. Lo único que quería era silencio. Quería volver y sentarme a conversar con Laura mientras mirábamos el paisaje michoacano; quería volver y sentir el apoyo de “Soco” cuando comencé a sentirme mal dentro del temazcal; quería volver y compartir la cocina con Nicolás y su profundo conocimiento tradicional de la cocina mexicana; quería volver y seguir despejando las eternas dudas de Gerardo, quien con sus veintiún años quería saber todo y por eso preguntaba una y otra vez con absoluta inocencia.
Sé que lo que estoy diciendo suena algo hippie o indie o como quiera que se lo llame en estos tiempos; no importa demasiado la denominación y tampoco importa si alguien encuentra esto naïv. Sólo expongo una verdad básica que puede comprenderse cuando se vive una experiencia de este tipo: el ruido de fondo de la sociedad industrial es demasiado… todo. Demasiado elevado, demasiado persistente, demasiado constante; como dije: demasiado todo.
Entonces entro al segundo tema, al tema tangencial: Cuenta una antigua historia que, ante la llegada de un emisario extranjero que había llegado a Grecia para realizar un informe sobre los avances de esta civilización, se reunieron muchos filósofos dispuestos a dejar en alto a la civilización a la que pertenecían. Pero había allí uno que permanecía callado. Casi al final de la reunión el emisario extranjero le preguntó a este hombre, que no era otro que Zenón de Elea, si no tenía nada que decir, a lo que filósofo respondió: “Dile a tu amo que has encontrado entre los griegos a un hombre que sabía callar”. No podía ser de otro modo, el paradójico Zenón valorando el silencio en el mismo momento en que lo rompe. Dice Roland Barthes que el silencio es un significante; lo que significa, en buen español, que el silencio tiene el mismo valor, el mismo significado, la misma importancia que la palabra. Claro, en este caso, el silencio es mucho más poderoso que la palabra (e infinitamente más poderoso que el ruido). Y eso es lo que quiero o necesito en este momento: hundirme en lo más profundo del poderoso silencio; dejarme llevar por él durante un tiempo. Descansar hasta de mí mismo. Entonces, para no contradecirme y para empezar ahora mismo, me despido como en Hamlet lo hace el compañero Shakespeare: …y el resto es silencio.

La cosa más deseable, según Susan Sontag

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Hoy, luego de una charla sobre la costumbre de llevar un diario y sobre la utilidad y el encanto de éstos, busqué estas notas de la entrañable Susan Sontag; uno de esos autores que se me hace imprescindible revisitar cada tanto. Según su hijo, los diarios de Susan Sontag no eran unos diarios al uso: la autora los usaba como libro de anotaciones sobre ideas, listas, propósitos… Es decir que Sontag entendía los diarios como una bitácora donde todo tenía cabida y lugar; lo cual es el modo correcto de llevar un texto de estas características (en inglés, además, hay una distinción extra entre el Diary y el Journal, términos ambos que nosotros traducimos, a falta de términos más precisos, como diarios).

“Creo que…

(A) Que no hay dios personal o vida después de la muerte
(B) Que la cosa más deseable en el mundo es la libertad de ser fiel a uno mismo, es decir, Honestidad
(C) Que la única diferencia entre los seres humanos es la inteligencia
(D) Que el único criterio de una acción es su efecto último en hacer a la persona feliz o infeliz
(E) Que está mal privar a un hombre de la vida [comentarios ‘f’ y ‘g’ están desaparecidos.]
(H) Creo, además, que un Estado ideal (además de ‘g’) debe ser de carácter fuerte y centralizado con control gubernamental de servicios públicos, bancos, minas, transporte + y subvenciones de las artes, un salario mínimo satisfactorio, ayuda a los discapacitados y anciano[s]. La asistencia del Estado a las mujeres embarazadas sin distinciones como las de hijos legítimos + ilegítimos”.

Con estas palabras extraídas de su diario personal Susan Sontag apuntaba ya -a la edad de 14 años- su pasión por la listas. Unas listas que escribía meticulosamente sobre todo lo que tenía que leer, escuchar, intentar o evitar ser… y en las que ya podía observarse su innegable apego a la transformación personal, a su propia auto-revisión y a un carácter estricto en cuanto a cómo quería desarrollarse y quién pretendía ser. “Honestidad” e “inteligencia” fueron dos de los vocablos más mencionados en sus discursos y, tanto en sus textos como en su implicación social, Sontag demostró ambas cualidades en cada acción emprendida. De allí que se haga imprescindible, entonces, volver una y otra vez a sus palabras.

Cuadernos de Lanzarote I. José Saramago

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Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Así comienza el conocido soneto de Francisco de Quevedo; y así me siento cuando leo algún libro de un autor que ha logrado colarse en mi alma un poco más allá de lo que habitualmente puede hacerlo alguien escribiendo un buen libro. Me refiero a esos autores a los que uno, sin conocerlos personalmente puede considerar como a “un amigo”. No son muchos los que logran llegar a tales niveles, sí los son aquellos que pueden agradarnos y a los que, incluso podemos seguir por años y por cientos y cientos de páginas. A lo que hago referencia es a una cualidad diferente, superlativa; una cualidad difícil de explicar (bueno, algo así como la amistad misma, ¿no?).
Cuadernos de Lanzarote I es, precisamente, la oportunidad de ingresar a la sala de estar del escritor/amigo. Adentrarnos, aunque sea brevemente, en sus quehaceres y sus pensamientos diarios; en sus más y sus menos, en sus gustos y sus pareceres. Quien ha leído toda la obra de ficción de su autor favorito, unos diarios pueden saberle a poco: pero ése no es mi caso. Si bien no van a ser mis libros predilectos, estos cuadernos o diarios son un buen complemento del resto de su obra. Y más ahora que ya no lo tenemos con nosotros y que, de manera inevitable, deberemos recurrir a la relectura como única forma de “conversar con los difuntos”.

Susan Sontag, Diario

Dentro de la enorme amplitud que nos brinda la literatura, cada uno tiene, sin duda, sus preferencias; algunos preferirán la poesía, otros las novelas (y dentro de éstas cualquiera de sus subcategorías), otros preferirán los ensayos y otros los textos históricos o biográficos. Para mí, los diarios son una fuente inagotable de placer. Sé que los diarios escritos por autores reconocidos son escritos con el fin de que sean leídos en algún momento; aunque sea después de su muerte (como en el caso de Bioy Casares, por ejemplo). Es decir que soy consciente de que esos diarios no son en un cien por ciento escritura despojada de la mirada del lector; es decir, escritura condicionada de antemano. Pero aun así, encuentro en los diarios cierta libertad, al menos, temática, ya que no de tono y estilo. Leer un diario de un autor que apreciamos nos permite adentrarnos, entonces, en parte de su privacidad; en parte de esa vida que ya conocimos a través de su ficción (la cual, si hilamos fino, bien sabemos que nos es totalmente ficción); pero no nos vayamos por las ramas, cosa que los que me conocen saben que hago con suma facilidad. Entonces vuelvo a la tierra y sólo digo Susan Sontag. Eterno amor platónico borgeano, y algunos fragmentos de sus diarios.

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El miedo a la vejez surge del reconocimiento de que no se está viviendo ahora la vida que se quisiera. Equivale en un sentido a insultar al presente.

Escribo para definirme; un acto de creación propia; parte del proceso de llegar a ser; en diálogo conmigo misma, con los escritores vivos y muertos que admiro, con los lectores ideales.

Sola, sola, sola. El muñeco del ventrílocuo sin el ventrílocuo. Tengo la mente agotada y el corazón dolido. ¿Dónde está la paz, el centro?

Quiero ser capaz de estar sola, de que me parezca reparador; no una mera espera. Hipólito dice bienaventurada la cabeza que se ocupa de algo más que de su propio descontento.
Sentimentalismo. La inercia de las emociones. No son ligeras, optimistas: soy sentimental. Me aferro a mis estados emocionales. O ¿son estos los que se aferran a mí? Arte = un modo de ponerse en contacto con la propia locura.

Mis faltas: —censurar a otros por mis propios vicios —convertir mis amistades en aventuras —pedir que el amor incluya (y excluya) todo. Cuando detecté envidia, me abstuve de criticar; no sea que mis motivaciones fueran impuras, y mi juicio poco menos que imparcial. Fui benevolente. Era maliciosa sólo sobre los desconocidos, la gente que me era indiferente. Parece noble. Pero, por lo tanto, rescaté a mis “superiores”, a aquellos que admiraba, de mi desagrado; de mi agresión. La crítica quedaba reservada sólo para los que estuvieran por “debajo” de mí, a quienes no respetaba… empleé mi poder crítico para confirmar el status quo.

El “deseo” intelectual es como el deseo sexual. 6,085 ejemplares se han vendido de Contra la interpretación 1,915ejemplares quedan de la primera edición.

Otro texto clave: La deshumanización del arte de Ortega.

Cada época tiene un grupo de edad representativo, -el nuestro es la juventud-, el espíritu de la época es estar en la onda, ser deshumanizado, juguetón, sensación, apolítico.

Mi perspectiva no está refinada, es insensible: este es mi problema con la pintura. Otro proyecto: Webern, Boulez, Stockhausen. Comprar discos, leer, trabajar un poco. He sido muy perezosa. No conceder entrevistas hasta que no parezca tan clara + experta + directa como Lillian [Hellman] en The Paris Review

No se aprende de la experiencia; porque la sustancia de las cosas siempre está cambiando.

La única transformación que me interesa es la transformación absoluta; aunque sea minúscula. Quiero que el encuentro con una persona o una obra de arte cambie todo.

Mi mayor deleite de los últimos dos años ha provenido de la música popular (los Beatles, Dionne Warwick, las Supremes) + la música de Al Carmines [actor, compositor, director, reverendo]

En el próximo apt. tendré muchas plantas, agrupadas.

Un problema: la precariedad de mi escritura –es exigua, de una oración a otra– demasiado arquitectónica, discursiva.

Los textos son objetos. Quiero que afecten a los lectores; pero de todos los modos posibles.

Llego todas las noches a las 2:00 o 3:00. El NYTimes es mi amante.

Me gusta sentirme tonta. Así es como sé que hay algo más en el mundo que yo.

Susan Sontag

Vacaciones

            Hace tiempo que no me tomo vacaciones. Sobre todo vacaciones de mí. Es más, creo que muy pocas veces a lo largo de mi vida me he tomado eso que habitualmente se llama “vacaciones”; es decir, organizar todo durante una determinada época del año, elegir un sitio apropiado, preparar las maletas, organizar actividades (que luego se cumplirán o no, depende de lo que encontremos al llegar, o quizá del clima), viajar (¿en auto, en tren, en avión?). Pero puedo recordar alguna, sobre todo, una en particular. Diciembre 2005/Enero 2006.

                   Yo vivía en los Estados Unidos, en Miami más precisamente. Como ya habíamos decidido volver a la Argentina, decidimos tomarnos un par de meses para viajar y conocer un par de sitios que nos interesaban (uno de ellos fue St. Petersburgh, allí está el museo Dalí y uno de los ítems de mi lista-de-cosas-para-hacer-antes-de-morir incluía el poder ver originales de Dalí. Hay otros más en la lista, pero eso quedará para otra ocasión). Es así que decidimos pasar año nuevo en New York.

                   En lugar de viajar en avión, el que nos depositaría en la famosa Gran Manzana en un par de horas, decidimos viajar en auto ya que, si el objetivo era conocer, lo mejor que podíamos hacer era recorrer esos dos mil kilómetros por carretera; de ese modo no sólo conoceríamos New York, sino toda la costa este de EE.UU.

                   Alquilamos una Van para poder descansar durante el viaje. Éramos dos parejas, una de ellas argentina (nosotros), la otra uruguaya (María y Ricardo ¿qué será de su vida hoy?). Nos turnábamos para manejar, de ese modo haríamos los dos mil kilómetros en 24 horas. Como era quien más experiencia tenía y además porque me gusta mucho conducir, fui quien más lo hizo. Casi dieciséis horas de ida y unas doce cuando regresamos. Crucé todo el Estado de Florida, Virginia, South Carolina y recién dejé mi puesto en North Carolina. Sólo nos deteníamos para comer algo, cargar combustible y comprar litros de café. Llegó mi turno de dormir y así lo hice, en el asiento trasero de la Van, mecido por el suave ronroneo del motor (y agradecido por el buen estado de las rutas y de las autopistas); pero cerca de New Jersey me despertaron, ya que Ricardo se había perdido. Tomé el volante otra vez y así llegamos hasta un lugar llamado Jamaica, en donde estaba el hotel; un sitio poco recomendable para andar de noche. Aun así me animé y salí solo a comprar un sándwich poco después de la medianoche. A un par de cuadras del hotel había locales de todas las etnias, jamaiquinas, hindúes, chinas. Terminé comprando el sándwich en un local digno de la serie The Sopranos. Un lugar donde tres hombres y dos niños (a esa hora) hablaban a los gritos en árabe –entre ellos—pero que a mí me atendieron en un complejo inglés.

El día siguiente nos regaló la ambientación perfecta para las inevitables fotos: nevó algo, no mucho pero lo suficiente, por la mañana. Hicimos lo de siempre; recorrer los lugares típicos: el Central Park, con la obligada detención en el sitio homenaje Imagine frente al Dakota Building, donde asesinaron a John Lennon, subimos al piso 86 del Empire State, visitamos es triste hueco donde estaban las Torres Gemelas, recorrimos Wall Street, visitamos la Estatua de la Libertad, caminamos por la 5º Avenida, vimos caer la bola que indica –luego de la acostumbrada cuenta regresiva, del diez al uno—el comienzo del año nuevo y hasta me di el gusto de entrar por unos minutos a la enorme y bella Biblioteca Nacional, donde me emocioné (una vez más en esos días) al ver una muestra de incunables. Alguien podrá pensar que es una tontería emocionarse al ver un libro, pero ellos han sido mis acompañantes más fieles a lo largo de mi vida, y ver aquellas líneas y aquellas delicadas filigranas que alguna mano hoy olvidada había trazado con tanto cariño y respeto en tiempos hoy también olvidados fue un maravilloso asombro.

Todo ello duró cinco días. Cinco bellos días que jamás se repetirán; no, al menos, de la misma manera. El tiempo pasa y las personas nos dejan, el tiempo va labrando arrugas en nuestro rostro y todo va quedando atrás. Como atrás quedaron aquellos nombres olvidados que alguna vez trazaron unas finas líneas negras y unos bellos dibujos coloridos sobre un papel que hoy se exhiben detrás de un escaparate. Quizá mi emoción al ver a aquellos manuscritos no fue sino el reconocer que ellos eran una especie de profecía.