Criando a la nueva generación de idiotas

Patos 01

Seguramente ustedes habrán visto en algún lado la imagen con la que se abre esta entrada, la cual nos permite ver tanto un pato (el cual está mirando hacia la izquierda) como un conejo (el cual está mirando hacia la derecha). Según cada uno, se verá primero una de las dos imágenes y la otra costará un poco más, lo cual no significa otra cosa que el cerebro funciona de determinada manera y nada más. Sería ridículo, por lo tanto, declarar que una de las imágenes tiene prioridad por sobre la otra o, lo que es lo mismo, descartar a una de ellas porque nos costó más poder verla o por cualquier otra razón.

Tomando esta última idea, el dibujante Paul Noth nos regala esta magnífica viñeta:

 

Patos 02

No podrá haber paz hasta que renuncien a su Dios Conejo y acepten a nuestro Dios Pato.

 

Otro dibujante (del que desconozco su nombre) nos regala otra viñeta, de carácter diametralmente opuesto:

 

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En este caso el mensaje es claro: el diálogo es lo que nos hermana, lo que nos hace superiores a las bestias. Ahora bien ¿cómo se consigue que la gente se vuelque a lo que nos enseña la segunda viñeta en lugar de la primera? La respuesta parece fácil y, hasta cierto punto, lo es: educación. Claro, esto que se dice fácil contiene en sí mismo el germen de su propia destrucción, porque ¿Qué es educar? ¿Lo que sucede en la escuela o lo que sucede en nuestra casa? Pues también aquí tenemos el mismo problema; ya que la respuesta es sencilla pero también contiene en sí misma la semilla del mal: la educación comienza en casa y la escuela, a lo sumo, la pule, la perfecciona; pero no es esta institución la encargada de suplir el rol de los padres. Y la «semilla de destrucción» de la que hablo no es otra que el problema de cómo vamos a conseguir que los padres eduquen a sus hijos cuando ellos mismos son unos brutos irredentos. Y para que no se me entienda mal (no estoy siendo clasista, aquí; lejos de mí tal conducta) digo que me refiero a casos como el siguiente:

 

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Pues sí, una mujer quiere demandar a un profesor de educación física por poner a los alumnos a hacer… educación física ¡y hasta se llega al horror de considerar que  ese ejercicio podía considerarse como un examen! Supongo que bajo esa óptica bien podemos demandar a los profesores de matemáticas por poner ejercicios complicados como una multiplicación o (horror de horrores) hacer expulsar al profesor de lengua por hacerles leer el Quijote (qué asco, un libro… y encima un libro tan gordo…). Hoy en día la sola idea del esfuerzo parece ser nociva cuando es, precisamente, lo contrario: es el esfuerzo personal lo que nos hará mejores, más fuertes, más capaces y, sobre todo, más dignos. De allí que este tipo de noticias, que cada día son más y más comunes a pesar de lo absurdo y ridículo de su propuesta, nos muestren (y lo que es peor: les haga creer a los muchachos de hoy en día que son víctimas de un sistema perverso, sea éste cual fuere) que la estupidez es ama y señora de nuestra realidad toda.

Es evidente que estamos en presencia de unas generaciones futuras que serán poco más que inútiles funcionales y, lo que es peor, avalados por otros inútiles funcionales que serán sus padres. No soy muy adepto a las ideas apocalípticas; pero debo reconocer que noticias como estas me erizan los pelos de la nuca y me dejan un más que amargo sabor de boca. ¿Cuál será la próxima estupidez con que nos despertarán los imbéciles del mañana?

 

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La mediocridad como opción

 

Wagensberg

 

Hace poco conseguí y leí Yo, lo superfluo y el error, de Jorge Wagensberg, uno de los libros intelectualmente más estimulantes que he leído en los últimos años. Es difícil encontrar aquí libros del autor español (ya vi que la biblioteca pública local tiene un par de volúmenes, los cuales ya me apresuraré a leer in situ). Más allá de lo que me haya provocado el libro, lo importante son las líneas de pensamiento que maneja el autor barcelonés, por lo que dejaré aquí como presentación para aquellos que no conocen, un enlace a un reportaje que me pareció no menos fascinante que el libro en sí (es una regla casi invariable: quien sabe pensar lo hace igual de bien en un libro de 250 páginas que en un breve reportaje o en una charla casual).

Destaco algunas perlas:

«La mediocridad es creer que se puede sobrevivir sin ideas o con las mismas ideas. La mediocridad es una elección. Uno no nace mediocre, sino que decide serlo. Eres un mediocre cuando las ideas no tienen un valor prioritario para ti.».

«Un país puede soportar un determinado kilo de mediocres por metro cuadrado. Por encima de eso, el país se va a pique».

«Cuando aparece una contradicción es que hay una idea de menos, una idea que hay que buscar. Si caes en contradicción, falta una idea».

«Uno está faltando al valor de la idea cuando uno se expresa en contradicciones. Cuando aparece una contradicción es que hay una idea de menos, una idea que hay que buscar. Si caes en contradicción, falta una idea».

Los libros de Jorge Wagensberg están plagados de ideas como estas y, lo que es mejor aún, están sólidamente justificadas y explicadas tanto en sus razonamientos como en sus alcances. Para mí leer un libro de Wagensberg es como acceder a una biblioteca entera, así de rica es cada una de sus páginas.

El reportaje completo, aquí.

La utilidad nuestra de cada día

la-utilidad-de-lo-inc3batilAcabo de terminar el estupendo La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine; libro que, mediante breves y concisos capítulos, sin necesidad de párrafos extensos y complejos, apuntala y sostiene el edificio del pensamiento por el pensamiento en sí. Ideal para armarse de argumentos contra la avanzada de opinólogos de toda laya con la que nos encontramos hoy, Ordine nos dice:

«Las materias humanísticas en general y el arte en particular están siendo atacados en todas las latitudes del planeta; como nunca, el capitalismo se ha enseñoreado en todos los ámbitos y todo aquello que no le sea útil es descartado por “improductivo”. Se hace necesario un cambio de paradigmas de manera urgente; no sólo en términos ecológicos, sino culturales (una ecología de la cultura, si se me permite el neologismo). El oxímoron evocado por el título «La utilidad de lo inútil» merece una aclaración. La paradójica “utilidad” a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad “utilitarista” […] Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante “homo sapiens” pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad».

A lo que se suma el excelente acápite de Pierre Hadot, tomado de su Ejercicios espirituales y filosofía antigua:

Y es precisamente tarea de la filosofía
el revelar a los hombres la utilidad de lo inútil
o, si se quiere, enseñarles a diferenciar
entre dos sentidos diferentes de la palabra utilidad.

 

Filosofos

 

Por último, y como si hiciera falta algo más, desde la misma portada del libro Fernando Savater nos dice: «Algunos impertinentes agradecemos a Nuccio Ordine su manifiesto La utilidad de lo inútil en el que repasa las opiniones de filósofos y escritores sobre la importancia de seguir tutelando en escuelas y universidades ese afán de saber y de indagar sin objetivo inmediato práctico en el que tradicionalmente se ha basado la dignitas hominis». Y ya no es necesario decir más.

 

 

Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

Perder la batalla

 

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La noticia no es nueva; de hecho, es del 2016, pero yo acabo de enterarme y la comparto porque sé que a lo largo de estos dos años que nos separan de ella, nada ha cambiado y hasta es posible que la cosa haya empeorado. La cuestión es simple: el periodista y académico Leonardo Haberkorn, quien dictaba clases en la carrera de Comunicación en la universidad ORT de Montevideo, renunció porque, dijo «Me cansé de pelearle a los celulares, el Whatsapp y el Facebook». Aquí el texto completo:

 

Carta

 

Más claro, imposible. ¿Apocalíptico? Seguro. ¿Exagerado? No lo creo. Más bien es lo que tiene que suceder cuando un espíritu sensible se cruza con la masa amorfa de la estupidez. Y no es necesario ser un profesor universitario para encontrarse con esto. Hoy lo vemos en la calle, en los restaurantes, en cualquier tienda donde entremos a comprar cualquier cosa (y donde quien debe atendernos dejará el teléfono con menor o mayor celeridad, según esté de humor) y, por supuesto, en nuestras propias casas, me atrevería a decir permitiéndome una generalización a la que no soy afecto pero que creo que es inequívoca (alcanza con que haya un adolescente o un joven en ella para que esto ocurra).

Zombies electrónicos los llama Javier Marías con perfecta ironía; ya que al verlos venir por la calle inmersos en sus aparatos es uno el que debe hacerse a un lado para no chocar con ellos. Son como los zombies de cualquier película, sólo que éstos no comen cerebros, sólo dejan que se los coman a ellos.

Siete

Hoy va de entrada breve. No soy muy amante de los cartelitos que simplifican las cosas hasta extremos que vuelven, a esas cosas, meras etiquetas para dejarlas a un lado cuanto antes y así poder pasar a lo que sigue con celeridad; pero cuando encontré este cartelito vi que sí decía algo que si bien puede no ser correcto en un cien por ciento, la verdad es que se acerca bastante.

 

siete

 

Lo que ilustra la imagen son los siete elementos que necesitamos para ser felices (y ahí entró la frase estúpida; pero sigamos, de todos modos); y la verdad es que, como dije antes, no está demasiado errado en su apreciación. Sobre todo, claro, si uno se queda un ratito allí, viéndolo, analizándolo, pensado en él un poco más de lo que solemos hacer habitualmente y, sobre todo, viendo cuáles de estas cosas aplicamos a nuestra vida y cuáles no. También dije que la imagen puede no ser correcta en un todo; es así que cada cual sabrá dónde rascarse y dónde no le pica.

Según Peter Adeney (el creador del estudio científico sintetizado en la imagen): «Todas estas cosas están resueltas en una vida primitiva, rústica, sencilla, conectada con el mundo natural y con el mundo de la comunidad (y no sólo virtualmente); así que todas las demás cosas, todas las cosas con las que llenamos nuestras vidas son realmente excedentes. Tienen en común que no son cosas consumibles o que podamos comprar. Absurdamente gastamos la mayor parte de nuestra energía y tiempo en conseguir aquello que realmente no necesitamos y que no contribuye significativamente a hacernos más felices. Sería quizás más inteligente simplemente contentarnos con lo que ya tenemos y dedicarnos a administrarlo».

Somos mucho más que dos

Según la información suministrada por las Naciones Unidas, el español es la segunda lengua más hablada en el planeta. La lista de las diez lenguas más habladas es la siguiente:

 

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Es el mandarín el idioma que más practicantes tiene, pero al estar tan limitado geográfica y culturalmente, a nivel internacional es casi irrelevante. El inglés, el que muchos consideran como la lengua más hablada, se encuentra muy cerca de nuestra lengua madre en cantidad de hablantes originales; pero, para acallar nuestro infantil y chovinista orgullo, no debemos olvidar que si consideramos al español y al inglés como segundas lenguas, éste nos supera por mucho. En ese caso el inglés pasaría a ser hablado por casi 2.000 millones de personas, mientras que el español sería hablado por “tan solo” unos 500 millones.

Todos estos datos estadísticos no hacen otra cosa que poner el asunto en negro sobre blanco; es decir, no hacen nada más que indicarnos el estado de las cosas de manera práctica. Luego, la interpretación que hacemos de esos datos es cosa nuestra; lo cual, también, debemos justificar según entendamos.

En mi caso particular la lectura que hago de estos dos aspectos es hija de dos recuerdos. Por un lado recuerdo aquel ensayo de Isaac Asimov que respondía a la pregunta de cuál era el idioma indicado para ser un «idioma universal». Por supuesto, para él era el inglés y los motivos con los que justificaba esa elección eran prácticos: ya es el idioma que más se ha extendido a lo largo y ancho del planeta, no es muy complejo (puede ser aprendido con facilidad) y la mayor parte de la literatura científica está escrita o traducida a ese idioma.

 

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Asimov tenía razón en esos puntos, pero hace ya tiempo, cuando viví en los Estados Unidos, recuerdo haber leído a un periodista —de segunda categoría con ganas de lograr algo de fama pero sin el talento para ello— quien dijo que el español era «un idioma de sirvientes» (en clara referencia, claro está, a que quienes hablan español en ese país son, en general, quienes hacen las tareas de servicio). Es entonces que digo que si bien Asimov tenía razón, no debemos olvidar que esos mismos argumentos pueden y son usados por imbéciles con menos empatía que el escritor ruso-americano y que ello hace que esas ideas se vuelvan peligrosas.

Acceder a un idioma universal es algo deseable, aun si ese idioma sea el de un país en particular. Pero ello debe hacerse sin olvidar de defender a nuestro propio idioma (el cual está siendo más que vapuleado por nosotros mismos). Una cosa no quita a la otra. Ser universales pero sin olvidar lo particular. Ser ciudadanos del mundo pero sin dejar de ser hijos de nuestra tierra, hablando con pasión la lengua que nos corresponde.

¡Idiotas del mundo, uníos!

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Es posible que muchos de ustedes hayan visto alguna noticia relacionada al próximo eclipse de sol, el cual tendrá lugar el 21 de este mes. Por desgracia, cada vez que algo así va a ocurrir, no faltan los imbéciles que aprovechan la ocasión para divulgar noticias falas, erróneas o para decir cualquier barbaridad amparados en la ubicuidad de los medios, en la rápida y acrítica distribución que las redes sociales permiten y, sobre todo, en la ignorancia amplia y abarcadora de la población general.

Sé que hoy en día hablar de la “ignorancia general” no está bien visto; sé que lo que prima es lo políticamente correcto y que no hay que herir las susceptibilidades de nadie; pero la verdad es que eso me importa bien poco y creo que hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre; al menos si queremos dar un par de pasos fuera de los círculos de estupidez global.

Un eclipse es un fenómeno común no demasiado difícil de entender ¿Cómo puede ser que cada vez que ocurre uno la gente se aferre a idioteces tales como profecías apocalípticas o tonterías como que se va a cambiar el clima del planeta o que se va a ver afectada la gravedad? (Todo ello con graves consecuencias, claro está). Lo peor es que medios supuestamente importantes se hacen eco de estas tonterías, lo cual hace que la gente crea todavía más en estas cosas; todo en un infinito círculo vicioso del que no podremos salir jamás si esto no cambia.

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No hay más que ver el lenguaje que se usa en estos “artículos” para ver que quienes están detrás de ellos no son más que farsantes y mentirosos ¿pero cómo podemos hacer que la gente se dé cuenta cuando no tiene acceso al conocimiento? (Algo de esto se habló ayer aquí mismo). «Analistas proféticos», «investigador independiente», «teoría», «gravedad» y la infaltable referencia que a todos los ignorantes les llena la boca, aunque no sepan de qué se trata: «la biblia». Con esos términos uno puede decir cualquier cosa y listo; la masa traga.

Por último; un par de puntos con respecto a la ignorancia general: Es obvio que no hablo aquí de las personas que realmente ignoran tal cual o hecho; la ignorancia es una carga que para muchos resulta demasiado pesada y para ellos va mi comprensión y respeto. Pero a quienes no tolero ni toleraré nunca son a los ignorantes ilustrados. Esa gente que porque fue a una escuela cree que sabe y además piensa que puede dar clases sobre ello. Por ejemplo, acabo de ver, relacionado con este tema, noticias sobre varias personas que quieren que el eclipse se posponga para el fin de semana o para otro horario porque, por algún motivo, ellos no pueden verlo. Algunos piden que se cambie el sitio donde se verá a Europa o hay uno por ahí que dice que a esa hora su vuelo no habrá llegado, así que pide que lo cambien para un par de horas después. Esta gente, además de aire en la cabeza, tiene arena en el espíritu, porque no siquiera se dan cuenta de la falta moral en la que caen (su ignorancia está por demás probada). No sólo piden que se cambie la rotación de la luna y de la Tierra; sino que quieren que se lo haga en su propio beneficio. ¿Y los demás, qué? Pues los demás que se jodan; ellos quieren ver el eclipse ¿Qué importan los otros? Como bien se dice, más peligroso que un ignorante es un idiota.