La incertidumbre

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amor

 

La postura que la modernidad tiene ante el amor mueve un poco a risa y otro poco a compasión. Cuando uno escucha decir a un joven que «no vale la pena enamorarse» o, directamente, que «no hay que enamorarse», uno no puede menos que sonreír con algo de pena mientras espera que el tiempo, el azar o las hormonas empujen al joven en cuestión a esa carrera en la que todos estamos inmersos de una u otra manera. Quien sintetizó esa sensación de manera perfecta fue Borges, cuando dijo : «Desgraciadamente pienso que el amor trae más pesares que placeres. Ahora, claro que la felicidad que da el amor es tan grande que más vale ser desdichado muchas veces para ser feliz algunas. ¡Es también una cuestión de estadística! Yo creo que todos nosotros hemos sido muy felices con el amor alguna vez y también creo que todos hemos sido muy desdichados muchas veces. El amor le ofrece a uno esa incertidumbre, esa inseguridad del hecho de poder pasar de una felicidad absoluta a la desdicha; pero también de poder pasar de la desdicha a la brusca, a la inesperada felicidad».

Con precisión casi matemática Borges nos recuerda lo esencial: nada en esta vida está asegurado en un cien por ciento y es sólo una cuestión de estadística que, al menos en algún momento, a uno le toque una racha de buena suerte. Claro, ahora si uno es un poquito inteligente y, además, se pone a trabajar en el asunto, las probabilidades aumentan; y es allí cuando se deja de ser tan inocente y pesimista en cuestiones de amor y se deja arrastrar por la corriente, amando cuando somos afortunados y deshojando la margarita cuando la fortuna nos obliga a ello. Aunque sabiendo que sólo es un juego y que el tiempo siempre nos dará una nueva oportunidad.

Los límites del amor

 

Recorro al azar una enciclopedia de arte. Entre las numerosas obras del renacimiento me encuentro con esta magnífica alegoría: Venus, Cupido, la Locura y el Tiempo, de Agnolo Bronzino, creada en 1545.

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Venus, Cupid, Folly and Time - 1545 - Agnolo Bronzino

 

Un crecido Cupido (no podría ser de otro modo; una representación moderna, donde Cupido siempre es un púber pequeñito, sería imposible) besa a una Venus que sostiene una flecha en su mano derecha y la manzana de oro (ganada en el juicio de Paris). Cabe recordar que, según ciertas versiones, Cupido es hijo de Venus y de Marte; así que el beso que aquí vemos no es más que el casto beso de una madre y su hijo.  Detrás de ellos la locura (de la que sólo vemos su rostro en una mueca clásica) y más arriba una mujer que se mesa los cabellos y que se llama Celos (he buscado información sobre las dos figuras a la derecha, ya que no reconocí a ninguna de ellas y no he encontrado nada. Si alguien sabe algo al respecto le agradeceré que me alcancen cualquier información al respecto. Me desorienta esa figura con un panal de abejas en la mano). Por último, el hombre del extremo derecho no es otro que Cronos, el dios del tiempo (del que podemos ver sus alas y el reloj de arena sobre su espalda), eleva su mano derecha como para proteger a la (¿Tal vez incestuosa? Aquí todo parece ser lo que es y no es) pareja de los celos y de la mirada de todos los demás.

Pero un par de páginas más adelante me encuentro con esta obra pintura, ésta posterior a la primera por casi ciento cincuenta años. Se trata de Cronos corta las alas a Cupido, de Pierre Mignard:

 

 

Cronos corta las alas a Cupido (1694), Pierre Mignard

 

Aquí vemos a Cronos —el reloj yace a sus pies, al igual que la guadaña, la que luego será tomada en las representaciones modernas de la muerte— corta las alas a un pequeño Cupido sufriente.

No puedo menos que realizar una relación simbólica entre ambas obras (la mitología sigue siempre con nosotros, aunque pensemos que no es así). Cupido nos atraviesa con sus flechas (en ese sentido podemos recordar que Cupido es hijo de Venus y de Marte y que por lo tanto lleva en sí parte de ambos progenitores. Lo digo por aquellos que repiten tonterías como «Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus» e idioteces similares); pero es el tiempo el que termina mandando por sobre todo y por sobre todos (de allí, también, su posterior relación con la imagen de la muerte).

Ser conscientes que todo, incluso el amor, tiene fin, es el primer paso para comprender que somos nosotros, con nuestras actitudes y conducta, quienes podemos darle más o menos tiempo. Hasta que la muerte nos separe, dice otra mitología. Sí, pero siempre y cuando seamos nosotros los que hagamos lo posible para mantener alejada a esa muerte.

Sin inteligencia, no.

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Hay algunos tópicos, aun entre gente leída, que no dejan de ser simples lugares comunes que se repiten sin ahondar demasiado en ellos para ver dónde está la verdad o hasta dónde llega esta. Si digo Kamasutra muchos, sino todos, pensarán en un compendio de posiciones amorosas y poco más; pero no es así, aunque hay mucho de ello, claro está, ya que, como su nombre lo indica (Kama significa amor, sexualidad; mientras que Sutra significa aforismo) Kamasutra vendría a significar algo así como Los aforismos del amor o Las reglas del amor. Entonces ¿qué es lo que nos enseña el Kamasutra? Me detengo en el tercer capítulo y transcribo algunas de las artes que deberá estudiar quien quiera abocarse posteriormente a las artes amatorias:

  1. El canto.
  2. La música instrumental.
  3. La danza.
  4. La unión de la danza, el canto y la música instrumental.
  5. La escritura y el dibujo.
  6. […]
  7. La pintura, el arreglo y la decoración.
  8. La confección de collares, guirnaldas y coronas.
  9. […]
  10. La preparación de perfumes y fragancias.
  11. El hábil arreglo de joyas y adornos.
  12. […]
  13. El arte culinario.
  14. La preparación de limonadas, sorbetes, bebidas aciduladas y extractos espirituosos con perfumes y colores gratos.
  15. El arte de la lectura, comprendidos en ella el canto y la entonación.
  16. […]
  17. El arte de versificar.
  18. Los juegos aritméticos.
  19. La confección de flores artificiales.

 

Como puede notarse por esta lista incompleta pero ejemplificadora, ser un buen amante es algo que va más allá de lo meramente físico. No se puede ser un buen amante sin haber estimulado, antes, las más exquisitas facultades; en síntesis: la inteligencia magnifica los placeres y el sexo es algo más que la mera unión física entre dos personas.

O también, como dijo alguien muchos siglos después de que se escribiera este texto del que hablo hoy: Sólo hay dos temas que importan en la vida de los hombres; los temas del amor y los del conocimiento. Lo demás es hojarasca.

Mi fetiche.

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Wilhelm Gallhof, The Coral Necklace, c.1917 

El fetichismo, según la definición tradicional, es una parafilia en la cual la fuente de placer se encuentra en un objeto más que en en la relación propiamente dicha. Como todo en esta vida, es algo perfectamente normal e inocente siempre y cuando no se sobrepasen ciertos límites. Cada cual tendrá su objeto fetiche preferido, ello es casi inevitable. Habrá alguno que dirá yo no hago esas cosas o algo por el estilo y tal vez sea cierto; si ese es el caso lo único que diré es que se está perdiendo de una parte interesante del goce erótico. Por mi parte me declaro un ferviente fetichista de los collares de perlas. No como el del cuadro de Gallhof; sino de perlas blancas y cortos, casi una gargantilla, diría. La única palabra que se me ocurre al pensar en la razón por la cual me siento atraído por una mujer que sólo vista un collar de perlas es elegancia; no creo que haya otra que pueda describir esa imagen: no entiendo cómo una persona puede estar tan vestida y desnuda al mismo tiempo. Por suerte mi salud mental es buena: un collar de perlas abandonado sobre un mueble o en su estuche de terciopelo me parece anodino y algo un poco tonto; ahora, vistiendo un cuello delicado es otra cosa muy diferente, esas perlas cobran brillo y vida y transmiten estas virtudes a todo el cuerpo que adornan.

Razón de más.

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Estoy leyendo El erotismo, de Georges Bataille. Debería decir que estoy leyendo, disfrutando, aprendiendo y gozando con esta lectura, porque el tema en sí ya promete riqueza por donde se lo mire y observe. En el Primer Estudio de la segunda parte, donde se analiza el famoso informe Kinsey, encuentro el siguiente párrafo:

“La sexualidad es para los autores una «función biológica normal, aceptable, bajo cualquier forma en que se presente». Pero a esta actividad natural se ponen ciertas restricciones religiosas. La serie más interesante de datos numéricos del primer Informe indica la frecuencia semanal del orgasmo. Aunque varía según las edades y categorías sociales, en conjunto es muy inferior a 7, cifra a partir de la cual se nos habla de alta frecuencia (high rate). Ahora bien, La frecuencia normal del antropoide es una vez al día. La frecuencia normal del hombre, según afirman los autores, podría no ser inferior a la de los grandes monos si no se hubieran interpuesto las restricciones religiosas. Los autores en los resultados de su encuesta clasificaron las respuestas de los fieles de diversas confesiones, oponiendo practicantes y no practicantes. El 7,4% de los protestantes piadosos contra 11,7% de los indiferentes alcanzan o superan la frecuencia semanal del 7%; del mismo modo, el 8,1% de los católicos piadosos se contraponen al 20,5% de los indiferentes. Son cifras relevantes: la práctica religiosa frena obviamente la actividad sexual”.

Georges Bataille. El erotismo, p. 162.

No es algo desconocido para cualquier persona medianamente lúcida lo que estos datos confirman. Como si hiciese falta una razón más, la práctica religiosa debería ser abolida, entonces (entre otras muchas cosas), por oponerse a unos de los aspectos más ricos y sanos que forman la vida de toda persona. Y me adelanto a la posible crítica de algún intolerante de turno: quien quiera castrarse en vida, es libre de hacerlo; pero que no joda al resto del personal y, mucho menos, que no obligue a castrarse a los demás por su propio delirio. Amén.

Nunca nadie.

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Se oían pasar los automóviles por la ruta que se encontraba a unos sesenta metros de la casa donde pasábamos esos días en la espera de no sabía muy bien qué (algo así como una respuesta o una decisión de ella con respecto a algo). Ella dormía a mi lado y las luces de los autos, al pasar, iluminaban la habitación durante unos pocos segundos, los cuales yo aprovechaba para verla dormir. Lo hacía casi como una niña, con una mano sobre la cara, los dedos índice y mayor sobre el puente de la nariz y el resto abierto como un abanico sobre sus mejillas. Nos habíamos dejado el uno al otro tres o cuatro veces, pero siempre volvíamos a estar juntos apenas dos días después. Ella me había mentido desde el principio y casi desde el principio yo lo noté; sin embargo no me importó en lo más mínimo. Ella no entendía cuando yo quería protegerla y yo no entendía cuando ella elegía y defendía a quienes la dañaban y criticaba duramente a quienes la querían. Todo era demasiado extraño; demasiado retorcido, demasiado imperfecto. Excepto su piel; sus labios; sus pechos; su sexo. Excepto ella y yo en esa cama o en el asiento trasero de la camioneta o en el motel de la vieja Edith. Fue una tarde cualquiera cuando tomamos conciencia de nuestra dualidad imperfecta e insoslayable: mientras sobre la almohada nuestras cabezas discutían y lloraban por turnos y se contradecían una y otra vez, nuestras piernas fueron anudándose de la manera más sutil y complicada que pueda pensarse. Nuestros brazos buscaron nuestras caderas con la plasticidad de serpientes experimentadas y, cuando al final nos dimos cuenta de lo que sucedía no pudimos menos que reír abiertamente y aprovechar la circunstancia para dejarnos ir y volver a besarnos como un principio inevitable y a volver a entregarnos al más primitivo de los placeres de esa misma inevitable manera. Ambos sabíamos que al día siguiente íbamos a lastimarnos. Ambos sabíamos que ella iba a mentirme y que yo iba a hacerme el tonto; que yo iba a decir algo inapropiado y que ella iba a criticarme por eso que yo había dicho y por otras cosas que podrían haber sucedido o no. Era una relación enferma, eso es seguro; pero aun así y a pesar de todo eso yo sentía que nadie antes tuvo nunca esa piel, esos labios, esos pechos, ese sexo; y creo que nunca nadie los tendría.

George Eastlake, A veces las abejas mueren en el aire.

Todo lo que necesitas es…

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Como todos sabemos, hay una enorme diferencia entre el acto pornográfico y el acto erótico. En el acto pornográfico todo tiende a un único fin: el placer físico (de allí que en una película de inmediato, luego de la eyaculación, se llega al fin de la escena o, incluso, de la película misma) La misma etimología de la palabra nos lo indica; pornográfico proviene del latín porne (prostituta), de allí que en lo pornográfico sólo prime, como dije, lo físico. En el acto erótico, por el contrario, el objetivo es el placer compartido, el placer transformador del dos en uno y del uno en dos. En un verdadero acto erótico no puede primar nunca el egoísmo, ya que si esto ocurre de inmediato se reduce lo erótico a lo pornográfico. De allí, entonces, que lo accesorio sea, en el cabal sentido de la palabra, secundario. Me refiero a esas cosas que la normativa tradicionalista considera como necesarias y hasta fundamentales: matrimonio, heterosexualidad, amor. El primero de estos términos no requiere mucho análisis; ya se sabe que no es necesario un documento religioso o civil para poder disfrutar de un acto erótico pleno y maduro y tampoco que estos documentos aseguren una felicidad per se. Todos conocemos (o incluso hemos vivido) situaciones que nos han probado empíricamente lo que digo: matrimonios que han reducido la pasión a lo pornográfico y relaciones casuales o consensuadas de manera adulta y madura cuyo afecto mutuo supera con creces a lo moralmente establecido. El tema de la heterosexualidad tampoco requiere mucho análisis. Ya las sociedades civiles se están moviendo en un sentido integrador y evolucionado mientras que sólo quedan retrasados los eternos moradores del conservadurismo más extremo. Por último, el término amor sí requiere un pequeño comentario. La raíz etimológica de la palabra amor nos enseña que éste proviene de amma (madre); es decir, lejos (o lejanamente emparentado) con el significado del amor judeo-cristiano, aquel sentimiento limitado por normas y medidas varias (la mayor de las cuales es esa subordinación a ese otro amor mayor: el que proviene y debe ir hacia dios. Ya se sabe, dentro de la ideología de los tres grandes monoteísmos todo lo humano se ve reducido a la nada). Amor, entonces, es entrega, compromiso, respeto. El amor está más cerca de lo erótico que de lo pornográfico. Cuidar del otro, cuidar del placer del otro, sentir placer por el placer del otro es la norma que nos lleva al siguiente término que ha sido apropiado por las religiones pero que no les pertenece de manera exclusiva. Me refiero a comunión. Uno puede lograr esa comunión con el otro sin estrellas, cruces ni lunas sobre la cabecera de la cama. Sólo se necesita afecto, cariño, respeto. En suma: amor y ganas de pasarla bien.

Eróticos o pornográficos. La decisión, como siempre, en nuestra.

Poemas que hablan al oído.

portada-rabia-de-vidaEl Eros se dirige al otro en sentido enfático, que no puede alcanzarse bajo el régimen del yo. Por eso, en el infierno de lo igual, al que la sociedad actual se asemeja cada vez más, no hay ninguna experiencia erótica. (Han Byung-Chul; La agonía del Eros, p. 11).
En síntesis: sin el otro no hay yo, sin yo no hay otro.
En Rabia de vida vemos expuesta esta idea en forma poética: no hay erotismo sin el otro, sin el cuerpo del otro, sin la mirada, la fuerza, el sometimiento, el ardor del otro y, lo que aquí es más importante, Julia Santibáñez no olvida que uno también es el otro del otro.
Como cuerpos en la penumbra de la intimidad, los personajes o habitantes de Rabia de vida se superponen, cambian de roles, se buscan, se someten y, sobre todo, se encuentran.
No puede haber egoísmo ni unicidad en la exposición del Eros y eso también se nos muestra desde las páginas de este volumen; los poemas abren caminos para ser transitados en conjunto, lejos de la mera exposición narcisista propia de ciertos poetas que parecen más preocupados por mostrar qué tan inteligentes son en lugar de entablar un verdadero diálogo con el lector. Aquí los poemas nos invitan, llevándonos de la mano de imágenes certeras y precisas, a un ámbito común y compartido: el de la propia experiencia sensual (uso aquí el término sensual en su doble acepción: sensualidad erótica por un lado y sensibilidad poética por otro).
Borges dice que los poemas deben producir una sensación física. Los poemas de Rabia de vida producen esa sensación física y uno se pregunta si ello es debido a lo que transmite el poema o a los valores de su exposición. Cada cual verá qué siente y por qué; yo aquí guardo silencio y me retiro a seguir leyendo, otra vez, este bellísimo poemario de Julia Santibáñez.
Una perla (aunque se hace necesario; imprescindible, diría, tener una mirada del collar completo; la visión del conjunto supera a cada uno de sus componentes):

El monstruo se desata
en el laberinto de mi oreja.
Corre calle abajo
(embriagado)
Y avasalla.
En loca carrera trastorna,
Fascina con el portento de su rabia.

Lo espera una flor incandescente.

Qué prodigio de ojos excesivos.

A veces sucede.

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“Era incapaz de leer nada. No tenía ganas de leer libros de grandes hombres, y me preguntaba si después de todo eran tan grandes. ¿Eran tan grandes como Hazel o Marie, o como la Niña? ¿Podía Nietzsche compararse con el cabello dorado de Jean? Algunas noches estaba completamente convencido de que no. ¿Era Spengler tan grande como las uñas de Hazel? Unas veces sí, otras no. Hay un momento y un lugar para todo, pero yo personalmente prefería la belleza de las uñas de Hazel a diez millones de volúmenes de Oswald Spengler.”

John Fante. Camino de los ángeles. Pág. 128.

A veces sucede, sí; a veces no hay pasión más grande (y por fortuna o lamentablemente y no es que no me decida por una de las opciones, sino que todo depende de en qué momento del día o de la semana me encuentre cuando pienso en esto) que la que nos brinda una piel o el deseo de una piel o la memoria de una piel. Aún es posible sentir esa pasión o deseo por una piel que todavía no se conoce, pero que se sabe perfecta, fragante, equilibrada como un buen vino tinto, sensible con esa intensidad exacta que nuestra palma y nuestros dedos saben aplicar. A veces, simplemente, no hay obra de arte que se le parezca. Sólo ella llena el espacio y lo justifica.