Abelardo Castillo, El taller literario de cinco minutos

El siguiente texto me lo pasó mi querida amiga Laura Mastracchio a quien le agradezco. El texto, como lo declara el título, pertenece a Abelardo Castillo, escritor argentino (1935 – 2017) autor, entre otros libros, de Crónica de un iniciado, El evangelio según Van Hutten o Del mundo que conocimos. Castillo nos narra un taller literario de cinco minutos y nosotros tenemos la sensación de que, al leerlo, también asistimos a un taller breve en tiempo, pero extensísimo en su riqueza y en sus aplicaciones.

 

Abelardo Castillo

 

«El único taller literario al que fui duró cinco minutos, yo tenía dieciséis años. Había escrito un cuento larguísimo que se llamaba “El último poeta”. Y fui a leérselo a un viejo, muy raro y muy sabio, que vivía en San Pedro, Bosio Arnaes, que parecía un búho. Había escrito una novela inmensa sobre los isleños. Una de las últimas veces que lo vi estaba estudiando ruso para leer a Dostoievski en ruso; la última, casi ciego, lo estaba leyendo en ruso. Recuerdo su mesa llena de papeles y de mapamundis. Lo que voy a decir ahora ya lo conté muchas veces, y hasta lo escribí, pero ya que estoy lo vuelvo a contar. A la gente le gusta que le cuenten siempre lo mismo, por eso existe la literatura. La cosa es que voy a la casa de Bosio Arnaes y le leo el principio de mi cuento, que empezaba así: “Por el sendero venía avanzando, el viejecillo”. Y fue todo lo que leí, porque me paró y me dijo: “¿Por qué sendero y no camino? ¿Por qué en lugar de ‘avanzando’ no ponemos ‘caminando’? La gente no avanza, camina. ¿Por qué ‘viejecillo’ y no ‘viejito’ o ‘viejo’ o ‘anciano’? ¿Por qué ‘el’ viejecillo y no ‘un’ viejecillo, dado que no conocíamos el personaje?” Y cuando yo ya pensaba que era imposible cometer tantos errores en una frase tan corta, me preguntó por qué no lo había escrito, por lo menos en el sentido gramatical lógico: “El viejecillo venía avanzando por el sendero”. Yo era muy joven y arrogante, mi única respuesta fue “porque ese es mi estilo, señor”. El viejo me miró largo y dijo: “Antes de tener estilo, hay que aprender a escribir”. Ese fue mi único taller literario, cinco minutos de duración. Desde entonces creo que corregir es un trabajo de humildad, arriesgarse a descubrir que aquello que escribiste puede no ser estupendo sino más bien un mamarracho».

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El universo en una cáscara de nuez

 

William Blake - Flames Of Furious Desires

William Blake – Flames Of Furious Desires

 

William Blake, el poeta, pintor y místico inglés nacido en 1757, es uno de esos autores a los que vuelvo una y otra vez. Sus trabajos poseen esa cualidad única de ir cambiando con el tiempo. Cada vez que uno lee un libro de Blake encuentra que es un libro distinto; que nos dice cosas diferentes de las que nos había dicho la última vez. También sus acuarelas tienen mucho para decir y no por nada es que son muy utilizadas por otros artistas como referencia o como objeto central de sus obras.

Ahora encuentro una carta que acrecienta mi reconocimiento por Blake al mismo tiempo que aclara un poco esa cualidad suya tan importante: la ambigüedad en el sentido de su trabajo.

William Blake - Ancient Of Days

William Blake – Ancient Of Days

Cuando Blake tenía unos veinte años, el reverendo John Trusler —autor de exitosos libros sobre religión, a la manera de los best sellers modernos, los cuales le habían brindado una pequeña fortuna— le pidió a Blake que ilustrara uno de sus libros sobre moral. Los trabajos que el pintor envió no fueron del agrado del reverendo, ya que no estaban de acuerdo al canon moral y estético de la época. El reverendo escribió una carta al poeta criticándolas y calificándolas de raras y exageradamente extravagantes; también aseguró que la imaginación de Blake pertenecía más bien al “mundo de los espíritus” (sea lo que fuere que eso pudiera significar).

En la carta de respuesta, Blake, luego de defender su obra y el carácter de su trabajo, se despacha con un párrafo de soberbia lucidez:

«Lamento de verdad que usted se encuentre distanciado del mundo espiritual, especialmente si soy yo quien tiene que responder por ello. Si estoy equivocado, lo estoy en buena compañía… Lo que es grande es necesariamente incomprensible para los hombres débiles. Aquello que puede hacerse explicable para los tontos no merece mi atención».

«Siento que un hombre podría ser capaz de ser feliz en este mundo. Y sé que éste es un universo de imaginación y visión. Veo que todo lo que pinto existe en este mundo, pero no todos lo ven de la misma manera. A los ojos de un indigente, una moneda es más hermosa que el sol, y una cartera gastada por haber estado llena de dinero ostenta proporciones más bellas que una vid cargada de uvas. El árbol que mueve a algunos al punto de las lágrimas, para otros es solamente una cosa verde que estorba en su camino. Algunos ven a la naturaleza ridícula y deforme, y yo nunca regiré las proporciones de mi arte bajo estos preceptos; hay personas que ni siquiera ven la naturaleza. Un hombre es, y así es como ve. […] Usted está ciertamente equivocado cuando clama que las visiones fantasiosas no pueden ser encontradas en este mundo. Par mí, este universo es una sola y continua visión de la imaginación…».

Sí, este universo es una sola y continua visión de la imaginación. Esto se dijo en 1577. Era válido entonces, es válido hoy y lo será siempre. Imaginación, esa parte de la receta para la felicidad que solemos dejar fuera del pastel.

Una lista para irresponsables rimadores

Encontré este extracto de una de las libretas de anotaciones de Jorge Luis Borges. La lista que contiene hace referencia a un concurso de poesía llevado a cabo en 1963, donde el escritor argentino formaba parte del jurado. La lista, al menos la parte a la que podemos acceder, es una muestra del típico humor borgesiano:

 

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Hubiese sido muy interesante haber podido tener la lista completa, pero por más que busqué no encontré ningún sitio que la tuviera. De todos modos algún día la encontraré; aquí en la red tarde o temprano todo termina apareciendo.

Por el momento me gustaría jugar un poco con la lista. Lo más obvio que se me ocurre es utilizarla para criticar los libros que uno lee, incluso los libros de los amigos (sobre todo aquellos a los que uno les reconoce buen sentido del humor). Otro uso podría ser el de exponer nuestro estado de ánimo a través de ella. Hoy, por ejemplo, me siento un poquito 28; pero más que nada, 31…

Winnie-the-Pooh lo sabía

 

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Alan Alexander Milne fue un autor inglés, mejor conocido por sus libros del osito de peluche Winnie-the-Pooh y otros varios poemas. Pero Milne también nos dejó frases como la que sigue, que marca de manera perfecta el funcionamiento del mundo:

«En algún momento escribí que la mente de tercera categoría sólo estaba feliz cuando estaba pensando con la mayoría; la mente de segunda categoría sólo estaba feliz cuando estaba pensando con la minoría; y la mente de primera clase sólo estaba feliz cuando era pensamiento».

Que no me digan ahora que Winnie-the-Pooh es literatura nazi, por dios; no hay nada más tierno que un oso de peluche que sabe a la perfección quién es cada quién y que, en definitiva, no todo el que abre la boca sabe para qué lo hace.

El gimnasio de cada uno

 

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Los ejercicios para escritores a veces son meros juegos lingüísticos y a veces son buenos puntos de partida para comenzar jugando y terminando creando cosas realmente interesantes. Todo depende claro está, de la capacidad creativa de cada uno; hay personas a quienes les cuesta encontrar las ideas adecuadas y a otras, todo lo contrario. Como cuentan de aquella vez que uno de los discípulos de Bach le preguntó: «Padre, ¿cómo se te ocurren tantas melodías?», a lo que Bach respondió: «Querido muchacho, lo que más me cuesta es no pisarlas cuando me levanto por la mañana».

Para unos y para otros, sea como fuere, hacer algunos ejercicios forzados puede ser una buena costumbre (alejándonos de esa idea que nos hace suponer que las ideas aparecerán solas en el momento adecuado). Para quienes no suelen ser muy imaginativos, éste puede ser un buen inicio; para quienes sí lo son, esto puede ser un nuevo camino donde multiplicar esa faceta creativa y alimentarla con cosas que uno ni siquiera sabía que tenía adentro.

En la red, como bien se sabe, si se quiere pueden encontrarse sitios por demás útiles. Language is a Virus es uno de ellos (por cierto, ese nombre es una cita de Borroughs: «El lenguaje es un virus». Alguna vez hablé de esa frase y me gustaría hacerlo nuevamente). Bien, volvamos. En ese sitio cada día se nos pide que hagamos un ejercicio (entre otras cosas que podemos encontrar allí). Como dije antes, forzarnos a cumplirlo aun cuando consideremos que no es “nuestro tema” es un ejercicio excelente. Veamos algunos de ellos:

• Escribe diez sentencias que empiecen con las palabras «No puedo…»

• Describe formas en que tu personaje muestra o no muestra sabiduría.

• Escribe un lamento: un breve himno o canción de lamentación y dolor (generalmente se componían para ser cantados o recitados en un funeral).

• Describe la última vez que te sentiste realmente desesperado.

• Cuenta la historia de tu vida en diez líneas.

• Haz experimentos con la memoria sensorial: registra todas las imágenes sensoriales que permanecen del desayuno; estudia qué sentidos atrapan a esas sensaciones y cuáles se te escapan.

• Escribe un diálogo entre tu personaje favorito de un libro o de una película y tú.

Insisto en que llevar adelante cualquiera de estos ejercicios puede dar frutos muy interesantes. En la mayor parte literarios, pero algunos casos creo que será muy interesante ver los que nuestro Mr. Hyde tiene para decir.

La página Language is a Virus está aquí.

A cualquier lugar

Jorge Wasenberg

Jorge Wasenberg el estupendo científico y escritor barcelonés cuenta en su Ideas para la imaginación impura que, con el fin de ilustrar lo que significa la ciencia en pocas palabras, termina un artículo publicado en El País con un pequeño cuento. Wasenberg añade el siguiente comentario: “Nunca he recibido tantas cartas de lectores preguntando por lo mismo (uno me urgió, vía correo electrónico, a una respuesta en honor a su salud mental, otro incluso me interceptó por la calle): ¿habían comprendido realmente lo que significaba el final de la columna?”

Leí el cuento —el que dejaré a continuación— y noto un par de cosas. Primero: creo que di con la lectura correcta; pero de inmediato me doy cuenta de que eso es lo que sentirán todos los que lo lean; es decir que la lectura será situada; y yo no soy ajeno a ello. Segundo: lo que entiendo al leer el relato es hijo de mi experiencia y de mis capacidades, así como de mis límites; entonces es cierto eso de que toda lectura es válida (esto me deja pensando mucho, ya que soy de los que no aceptan una interpretación total por parte del lector). Tercero: la ambigüedad del texto permite múltiples interpretaciones ¿Será posible, entonces, de alguna manera crear un lenguaje que no permita interpretación alguna?

He aquí el cuento. Las interpretaciones, claro, quedan por su cuenta.

jj

La carretera cruza el paisaje de horizonte a horizonte. En el centro del infinito un hombre mira cómo se acerca un automóvil. El conductor, deslumbrado por el sol de poniente, se pregunta por la estampa que se acerca sin moverse. Cuando por fin coinciden, la figura hace un leve gesto hacia el oeste. El viajero se conmueve, pero continúa su camino y susurra dos o tres veces «yo nunca me detengo para recoger desconocidos». La figura, ahora nítida en el espejo retrovisor, se encoge rápidamente hasta esfumarse entre las piedras del desierto. Y entonces el conductor gira en redondo y se lanza a toda velocidad en sentido contrario. La silueta resurge entonces de la nada y se dilata con su larga sombra. Ya se distingue la capucha puntiaguda bajo la que alguien intenta mirar a contraluz. De repente, la figura cruza la carretera con cuatro pasos muy decididos y, justo cuando el automóvil llega a su altura, lo vuelve a hacer. Vuelve a hacer el mismo gesto breve ¡pero ahora hacia el este! El viajero detiene el coche, tarda una centésima de segundo en comprender y tiene que reprimirse para no abrazarla.