Cada uno es lo que es…

 

Thoreau 103

 

De mi adorado Thoreau, dos notas tomadas de sus diarios que se encuentran íntimamente relacionadas. ambas son de 1840 y sólo las separan diez días. La primera es del 1 de julio, la segunda, del 11:

«Ser un hombre es hacer el trabajo de un hombre. Nuestro recurso es siempre el esfuerzo. Podríamos decir perfectamente que nuestros esfuerzos son un éxito. El esfuerzo es la prerrogativa de la virtud. La tarea recompensa al trabajador, no el patrón. La laboriosidad es su propio salario. no dejemos que nuestras manos pierdan un ápice de su destreza afanándose por una mezquina recompensa, pues sabemos que nuestro auténtico esfuerzo no puede verse frustrado, ni nuestras ganancias escatimadas salvo por no habérnoslas ganado».

«El hombre determina lo que dice, no las palabras. Si una persona mediocre usa una máxima sabia, me parece que no puede interpretarse de otra manera que aplicándola a su mezquindad, pero si un sabio hace una observación manida, tendré en cuenta qué interpretación más amplia admite».

En pocas palabras: la dignidad del hombre está en sus propias manos y de nada ni de nadie más depende. La segunda cita expande este concepto al trabajo intelectual; de allí que haya considerado que ambas estaban íntimamente relacionadas. Esto no es más que otra idea recurrente en este sitio: la idea de la responsabilidad personal de cada uno de nuestros actos y de nuestros pensamientos. Somos lo que somos por nosotros mismos y a nadie podemos culpar por ello. Si estamos conformes con lo que somos, pues estupendo; si no, pues será cuestión de poner manos a la obra.

 

Thoreau 100

Correo literario, Wislawa Szymborska

 

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Acaba de llegar a mis manos un breve volumen que contiene las críticas literarias que Wislawa Szymborska escribió a lo largo de casi veintiún años en el semanario Życie literackie (Vida literaria), de su natal Polonia. Muchos saben que con respecto a Szymborska y su poesía siempre digo lo mismo: es la mejor de todas (y hasta ahora nada ha aparecido como para que cambie mi parecer al respecto). Algo de su fina ironía pude ver al leer algunos de sus reportajes y su discurso en la recepción del Premio Nobel; pero nada como este volumen. Por momentos me encontré riendo abierta y francamente ante las respuestas que Szymborska da a los escritores que enviaban sus trabajos para ser considerados para su publicación (nada sabemos de esos textos, sólo podemos acceder a la crítica que de ellos se hace. De todos modos, también puede ser parte del juego el pensar en qué podrían haberle mandado a esa revista a lo largo de todo ese tiempo). Les compartiré algunas de esas críticas, a modo de ejemplo.

 

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Portada de Correo Liteario y portada de el semanario Życie literackie (Vida literaria)

 

G.O. Es verdad que Nerón tenía un carácter nauseabundo, que se entregaba al libertinaje y a la grafomanía, pero que comiera patatas fritas es algo de lo que no se le puede acusar. A pesar de que patata rima muy bien con fogata.

Ludomir, Olsztyn. Por los poemas que nos envía, hemos llegado a la conclusión de que está usted enamorado. Alguien dijo que todos los enamorados son poetas. pero probablemente es una exageración. Le deseamos todo tipo de éxitos en su vida personal.

Welur, Chelm. «Díganme si mi prosa revela talento». Sí, revela. Pero por suerte para usted todavía sin consecuencias penales.

L.W., Cracovia. Nos dedicamos a valorar los poemas de amor, pero no damos consejos en cuestiones del corazón. En privado, por qué no, pero en esta columna tenemos que defender los intereses de la poesía, que resulta que florece mejor en un terreno de sentimientos mal depositados y en un ambiente de cierta incomodidad psíquica. En pocas palabras, si quueremos leer buenos poemas, insistimos en al menos un desengaño amoroso por cabeza. un verdadero talento sabrá qué hacer con él. Cordiales saludos.

Pegaz, Niepolomice. Pregunta usted si la vida tiene algún balor. El diccionario de ortograía contesta que no.

Meri, Cracovia. La descripción de la sesión espiritista ganaría seguramente se si hubiera compadecido usted mínimamente de los destinos de los espíritus célebres. Sócrates, invocado desde el más allá para que doña Zofia pueda enterarse de a qué números jugar en la lotería, despierta más bien compasión y suscita una trascendental reflexión sobre si realmente merece la pena ser Sócrates cuando los vivos son incapaces de rendirle el debido respeto. ¡menos mal que los espíritus no existen! De lo contrario, sería imprescindible publicar urgentemente un manual metafísico de buenos modales.

«Homo», Trzebinia. Pregunta usted qué opinión tenemos sobre Homero. hasta ahora, la mejor posible. ¿Por? ¿Ha pasado algo?

Roland, voivodia de Lublin. La cuestión del sinsentido de la vida es difícilmente desarrollable con la rima «lucha-babucha». Mejor explicarla por señas.

Baska. «Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los poemas que adjnuto? Creemos que es usted, efectivamente, una chica muy guapa».

Tomasz K., Chelm, regióon de Lublin. «He escrito por casualidad veinte poemas. Me gustaría verlos publicados»… Desgraciadamente, tenía razón el gran Pasteur cuando dijo que el azar favorecía a los espíritus preparados. Las musas le pillaron a usted en paños menores, espiritualmente hablando.

Leo W., Gdansk. Apreciamos las novelas con digresiones, sobre todo si son digresiones filosóficas. Y más todavía si quien las hace es «un científico de endiablado talento», com define usted a su personaje principal. Desgraciadamente, el peso específfico de esas digresiones es más bien nulo. Lo peor es que ese científico tiene en su cabeza un patético galimatías. Corregimos sólo aquello que puede explicarse con frases cortas: 1) Carlos Linneo no era romano, era sueco; 2) la filosofía de Epicuro no tiene nada que ver con el epicureísmo en el sentido coloquial del término; otra persona quizá no, pero un intelectual ambicioso debería saberlo casi antes de nacer; 3) Ptolomeo no era un cretino, sino un sabio que se equivocó. Como es apenas el inicio de la novela, que abundará, seguramente, en más divagaciones, le indicamos amablemente que entre la filosofía de Descartes y la ideología de Cartesius no hay grandes divergencias. Se lo decimos sólo por si acaso.

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Como bien se señala como subtítulo de este ejemplar de Editorial Nórdica, estos breves comentarios bien pueden ser un Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor. No pocas veces lo que dice Szymborska nos impulsa a tomar una hoja en blanco y ponernos a escribir; y varias otras nos hacen pensar que mejor sería dedicarnos a otra cosa. A pesar de los años, de la distancia temporal y del desconocimiento de la obra de la que se habla, los consejos literarios a veces pueden aplicarse con independencia de quién esté hablando o de quién esté leyendo.

Esperemos, al menos, no ser dignos de comentarios como los que dejé más arriba. Creo que con eso ya podríamos darnos por satisfechos.

Tres novelas ejemplares y un prólogo (Miguel de Unamuno II)

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En la entrada anterior comencé parafraseando a Borges, ahora me explicaré un poco mejor. La idea de que algunos (si no todos) los escritores no tienen más que dos o tres ideas y que sólo se abocan a escribir variaciones de ellas, no es nueva ni descabellada. Si tomamos nota de los libros de nuestros autores preferidos veremos que en casi todas ellas subyace la misma idea base, los mismos ingredientes que, en otras proporciones, nos brindan un relato novedoso sólo en la superficie.

Esto, lejos de ser una crítica o una falencia es, más bien, algo inevitable; así que flaco favor nos haremos criticando esta situación (y, mucho menos, poniéndonos nosotros mismos en una situación diferente, como si realmente pudiéramos considerarnos por fuera de la ley general).

Las obsesiones de Unamuno no son más que un par: el absurdo o sinsentido de la vida y el horror a la muerte (el cual, bien visto, no es más que el corolario a la idea primera). Pero lo que quiero hacer notar aquí es el modo en que Unamuno expone este sinsentido. Por una parte, si bien el absurdo, expuesto a través de un drama clásico, lo viven y sufren todos los personajes —incluidos, no pocas veces, los niños—, el papel que desempeñan los hombres y las mujeres es bastante diferente. En general los hombres son las herramientas por las cuales los dramas se hacen patentes, pero los hombres en sí no son más que seres patéticos o desagradables. Las mujeres, en cambio, son las que, en general, salvan la historia o, para adentrarnos en el simbolismo de una vez por todas, son las que redimen a la historia. Y con esto no quiero decir que sólo redimen la historia que estamos leyendo; sino a la historia en su conjunto

En estas tres novelas ejemplares tenemos todos los ejemplos posibles: en Dos madres tenemos a Raquel y a Berta (el mal y el bien; la caída y la redención) y al inocuo de don Juan; un mero títere en las manos de las dos mujeres. En El marqués de Lumbría tenemos a Carolina y Luisa (los mismos roles que en la historia anterior) y a Tristán, otro juguete del destino personificado por las dos mujeres (sobre todo Carolina; porque en estas dos historias es el mal el que vence. Por cierto, en esta historia hay dos niños varones, los cuales no son más que otros dos objetos sólo útiles para los fines de esa mujer). Por  último, tenemos a Nada menos que todo un hombre, tal vez la historia más inclinada hacia lo masculino, tal como el título lo indica; al menos esto es así hasta el final, cuando descubrimos que la masculinidad de Alejandro no era más que una máscara y que Julia no era tan débil como aparentaba. La historia, el drama, es absurdo (lo dije) y el final, alla Shakespeare no hace otra cosa que acentuar ese patetismo en el que estamos inmersos.

Si la vida es un absurdo ¿cómo podemos pretender que el arte, después de todo, no lo sea? Estos libros de don Miguel de Unamuno tienen ya cien años encima y se leen, como corresponde con las obras que hablan de una circunstancia humana más que de una faceta de ella, con placer y no poco asombro. En algún momento futuro vendrán a esta casa su Niebla y su El sentimiento trágico de la vida. Pero no ahora. Sigamos, entonces, con otros absurdos no menos agradables.

 

Abel Sánchez (Miguel de Unamuno I)

unamuno 01Borges dijo que sólo había escrito una página y que lo había hecho una y otra vez. Sin duda, esto también puede aplicarse a otros muchos escritores, entre ellos, a don Miguel de Unamuno; quien parece hecho a la medida para cumplir con los requisitos de esta frase borgesiana. Las preocupaciones de Unamuno (sintetizadas en su El sentimiento trágico de la vida) están presentes en esta novela de manera a la vez explícita y simbólica.

El absurdo de la vida (lo cual  emparenta al autor español con Schopenhauer, ya hablaré de ello al final de la entrada) y el odio y la envidia de Joaquín hacia Abel son los ejes centrales de la novela; pero no hay que dejar de lado los aspectos simbólicos. En ese sentido, a la reinterpretación de la historia bíblica de Caín y Abel se le suman aquí componentes simbólicos míticos, como es el paralelismo de Helena con Helena de Troya. En este caso la historia se enlaza con esa otra lucha fraticida como es La odisea homérica. Todo esto se une, por medios de diálogos directos y también por el acceso que tenemos al diario personal de Joaquín, en una historia oscura, donde nadie parece ser inocente (tal vez los dos únicos son los hijos de estos dos personajes centrales; en ese sentido, tal vez Unamuno deje una puerta abierta a la esperanza: los jóvenes —el futuro—, tal vez pueda limpiar las miserias de su pasado).

Dije que Unamuno se emparenta con Schopenahuer en la visión negativa de la vida; en el reconocimiento del absurdo de ésta, del sinsentido que es la materia principal de la que está formada. Vayan estas dos citas como ejemplo de esta relación cercana:

«Es muy claro. Los espíritus vulgares, ramplones, no consiguen distinguirse, y como no pueden sufrir que otros se distingan les quieren imponer el uniforme del dogma, que es un traje de munición, para que no se distingan. El origen de toda ortodoxia, lo mismo en religión que en arte, es la envidia, no te quepa duda. Si a todos se nos deja vestirnos como se nos antoje, a uno se le ocurre un atavío que llame la atención y ponga de realce su natural elegancia, y si es hombre hace que las mujeres le admiren y se enamoran de él, mientras otro, naturalmente ramplón y vulgar, no logra sino ponerse en ridículo buscando vestirse a su modo, y por eso los vulgares, los ramplones, que son los envidiosos, han ideado una especie de uniforme, un modo de vestirse como muñecos, que pueda ser moda, porque la moda es otra ortodoxia. Desengáñate, Joaquín: eso que llaman ideas peligrosas, atrevidas, impías, no son sino las que no se les ocurren a los pobres de ingenio rutinario, a los que no tienen ni pizca de sentido propio ni originalidad y así solo sentido común y vulgaridad. Lo que más odian es la imaginación porque no la tienen».
Miguel de Unamuno. Abel Sánchez.

«Lo que más odia el rebaño es a aquel que piensa de modo distinto; no es tanto la opinión en sí, como la osadía de querer pensar por sí mismo, algo que ellos no saben hacer».

Arthur Schopenhauer.

Cuerpo y escritura

 

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De La lectura como plegaria, de Joan-Charles Mèlich; una cita que puedo (querría) firmar con mi propio nombre:

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(Cuerpo y escritura)

Cada vez estoy más obsesionado con escribirlo todo, con registrarlo todo. Sin escribir no podría vivir. Pero necesito cuadernos, una pluma y tinta color violeta. No puedo utilizar el ordenador porque tengo que sentir el cuerpo de la escritura, el olor de la tinta y la textura del papel. Escribir es un acto corpóreo: corporal y espiritual al mismo tiempo. No puedo separarlo de mi vida.

 

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Escribir lo que nadie leerá. Ése es el momento en el que surge la escritura como forma de vida.

 

Eso mismo: la escritura como forma de vida. Síntesis perfecta a la que nada puede agregarse.

 

La mediocridad como opción

 

Wagensberg

 

Hace poco conseguí y leí Yo, lo superfluo y el error, de Jorge Wagensberg, uno de los libros intelectualmente más estimulantes que he leído en los últimos años. Es difícil encontrar aquí libros del autor español (ya vi que la biblioteca pública local tiene un par de volúmenes, los cuales ya me apresuraré a leer in situ). Más allá de lo que me haya provocado el libro, lo importante son las líneas de pensamiento que maneja el autor barcelonés, por lo que dejaré aquí como presentación para aquellos que no conocen, un enlace a un reportaje que me pareció no menos fascinante que el libro en sí (es una regla casi invariable: quien sabe pensar lo hace igual de bien en un libro de 250 páginas que en un breve reportaje o en una charla casual).

Destaco algunas perlas:

«La mediocridad es creer que se puede sobrevivir sin ideas o con las mismas ideas. La mediocridad es una elección. Uno no nace mediocre, sino que decide serlo. Eres un mediocre cuando las ideas no tienen un valor prioritario para ti.».

«Un país puede soportar un determinado kilo de mediocres por metro cuadrado. Por encima de eso, el país se va a pique».

«Cuando aparece una contradicción es que hay una idea de menos, una idea que hay que buscar. Si caes en contradicción, falta una idea».

«Uno está faltando al valor de la idea cuando uno se expresa en contradicciones. Cuando aparece una contradicción es que hay una idea de menos, una idea que hay que buscar. Si caes en contradicción, falta una idea».

Los libros de Jorge Wagensberg están plagados de ideas como estas y, lo que es mejor aún, están sólidamente justificadas y explicadas tanto en sus razonamientos como en sus alcances. Para mí leer un libro de Wagensberg es como acceder a una biblioteca entera, así de rica es cada una de sus páginas.

El reportaje completo, aquí.