El vacío que se apodera de todo

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Que la sociedad moderna está yéndose al carajo a pasos agigantados es algo que todos sabemos y de lo que somos conscientes. Los ejemplos abundan y se encuentran por todos lados; no hay mas que abrir una red social, intentar debatir con alguien (de lo que sea), escuchar lo que se dice en la TV o en la calle. Todo, pero todo, absolutamente todo se ha vuelto vacío, mediocre, sin sentido. El posmodernismo ha hecho estragos en la mente de las personas y, como siempre sucede, destruir es mucho más fácil que construir, así que nos encontramos ahora, con otro problema: todo es cada vez más idiota y, al mismo tiempo (y por ello mismo) se hace cada vez más difícil revertir la situación. Han sido muchos los autores que se han dedicado a intentar defender a la razón y a la cultura de estos ataques incesantes; ¿pero cuánta gente lee esos libros en comparación con los que se dedican a demoler la cultura? De los muchos libros sobre el tema me permito recomendar dos: El asedio a la modernidad, de Juan José Sebreli y En defensa de la ilustración,  de Steven Pinker. Pero, como dije, hay mucho material sobre el tema, así que no es eso lo que falta, sino lectores…

Todo esto nace a colación de algo de lo que acabo de enterarme: existe el Museo de lo no-visible. ¿Y qué es esto? Pues, como su nombre lo indica, es un museo donde las obras no son visibles; eso es todo. La gente ingresa y lee unas tarjetitas adheridas a la pared y debe imaginarse la obra. La verdad es que conozco mejores modos de perder el tiempo… ¿Pero  esto es cierto? ¿Será verdad que se puede ser tan idiota? ¡Pues faltaba más! Claro que sí…

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Lo indignante no es que a alguien se le ocurran estas cosas; esto es algo más viejo que cualquiera de nosotros; pero sólo se mantenía dentro del juego intelectual (Alfred Jarry; Borges-Casares; Apollinaire; etc.); ahora no, ahora se le brinda un carácter de seriedad que es lo que lo vuelve profundamente repulsivo. Antes al menos teníamos al arte como refugio, hoy ya ni eso nos dejan. Han ensuciado todo.

He aquí, por ejemplo, una de esas obras de arte (imagínensela ustedes, claro). Pertenece al conocido actor James Franco, quien lamentablemente se ha sumado a esta payasada (y está bien, ellos son los astutos, los idiotas son los que van allí a sumarse a esa farsa o, peor aún, los que compran esas obras. James Franco vendió una a 10.000 dólares).

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James Franco

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James Franco

Barco del Capitán

Escultura, 2011

Un barco de vapor a gran escala en el que vivía el Jefe, en el río, para la película imaginaria e inacabada de James Franco, «Hojas rojas».

El barco de vapor estaba destinado a vivienda y dormitorio y esta réplica es un modelo a escala real que en realidad flota, aunque no tiene motor.

Tiene aproximadamente 10 metros de largo.

 

Esta no es la obra que vendió Franco; sino otra, la cual desconozco. Tenemos, por ejemplo, esta otra:

Jen Silver

Amor verdadero

Fotografía, 2011

Esta es una fotografía de tamaño natural de tu verdadero amor. Si aún no ha encontrado a su verdadero amor, se le revelará cuando mire esta obra de arte. Si ya has encontrado a tu verdadero amor, esta foto los captura en su momento más atractivo y entrañable. Cada vez que miras esta pieza, recuerdas instantáneamente lo que los unió y te enamoras de nuevo.

«…»

Bueno, ya; no hay mucho que agregar. Estamos rodeados y nosotros los hemos dejado. no voy a decir que la culpa es nuestra; pero vamos, dejar que los idiotas se apoderen de todo implica algo de responsabilidad de nuestra parte. Pero ahora que lo pienso, no está mal lo que hizo James Franco. Bajo el viejo adagio que dice Si no puedes vencerlos, únete a ellos, aquí me sumo y me declaro como AN-V;  es decir: Artista No-Visual. Aquí les dejo mi primera obra (la cual está a la venta por la ridícula suma de 5.000 dólares. lo acepto, no soy James Franco). Cualquier interesado, por ahí anda mi e-mail.

Borgeano - Torre Eiffel

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Sitio oficial del Museum Of Non-Visible Art, aquí.

Artículo con la noticia de la venta de la escultura de James Franco, aquí.

 

 

 

La danza de la muerte

El Beso de la Muerte, (EL Petó de la Mort, en catalán) es una escultura de mármol, que se encuentra en el cementerio de Poblenou en Barcelona y realizada en 1930. Se dice que esta escultura inspiró la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman.

 

El beso de la muerte

 

La obra es romántica y terrible y lleva a las personas que la ven a expresar diferentes puntos de vista: a la vez atrae y repele. Se encuentra sobre la lápida del empresario textil Josep Llaudet Soler. La escultura representa a la muerte, en forma de un esqueleto alado, que besa la mejilla de un hombre joven. La escultura evoca diferentes respuestas a las personas que la ven: es el éxtasis en el rostro del joven o la renuncia a la vida.

Hacia 1930 la familia Llaudet perdió un hijo en plena juventud y quiso hacer una escultura para su tumba, que representase los siguientes versos de Mossen Cinto Verdaguer del epitafio:

«Mas su joven corazón no puede más;
en sus venas la sangre se detiene y se hiela
y el ánimo perdido con la fe se abraza
sintiéndose caer al beso de la muerte».

El encargo de la obra fue hecho al taller del escultor Jaume Barba, a quien desde siempre le fue adjudicada la creación de la escultura. Sin embargo, tomando en cuenta que este artesano tenía más de 70 años cuando se realizó, algunos se inclinan a pensar que el verdadero autor fue Joan Fontbernal, yerno del maestro y quien era el escultor más cualificado del taller de la familia Barba.

La figura de la muerte como «la gran igualadora» es una figura retórica utilizada a lo largo de toda la historia artística, pero que tuvo su auge en la edad media y llega hasta el siglo XIX. Obras como La danza de la muerte, de Saint Saënz es un excelente ejemplo de ello (pueden escucharla aquí). La obra, estrenada en París el 24 de enero de 1875, describe a la Muerte tocando el violín a medianoche. A su ritmo, los esqueletos bailan alrededor de una tumba, y al amanecer, con el canto del gallo, los muertos vuelven a sus tumbas. Las palabras finales son sintomáticas: «¡Que viva la muerte… y la igualdad…».

En la pintura encontramos muchas obras que nos muestran a la muerte bajo el manto del romanticismo, lejos de la figura más oscura o violenta a la que estamos acostumbrados hoy. He aquí un par de ejemplos:

 

Bouguereau

Adolphe William Bouguereau – Égalité devant la mort

Danza macabra

Jakob von Wyl  – Danza macabra

V0017615 The dance of death. Oil painting.

Anónimo – Danza macabra

Por último, dejo una obra moderna, pero que me atrae muchísimo. Aunque no se relaciona directamente con el tema de la danza macabra, sí lo hace de manera tangencial, pero no menos contundente. Se trata de Death and Life (Muerte y vida), de Gustav Klimt, y lo que me parece más fascinante es el equilibrio que logra el pintor en esa tela. Ese grupo de personas a la derecha, el cual representa a la humanidad toda a lo largo de sus edades, está compensado por esa muerte solitaria a la izquierda. Un solo personaje vale lo mismo que todos nosotros. La muerte, después de tanto tiempo, sigue siendo la gran igualadora.

 

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El impacto de un libro

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El muro es uno de los símbolos más claros que pueden encontrarse; de allí que sea una referencia constante a lo largo de todas las disciplinas humanas; desde, obviamente, la arquitectura, hasta el arte, el muro ha sido siempre un signo de división, muerte, limitaciones, separación, discordia.

Ayer alguien me pasó estas fotos de una obra del mexicano Jorge Méndez Blake, obra que data del 2007 y que se expuso en diferentes locaciones de todo el mundo hasta el 2013. Pero eso es sólo un dato anecdótico; como toda obra que se precie, su mensaje y su contenido deben permear el tiempo y llegar más allá de las fronteras del tiempo y del espacio (permítanme el involuntario juego de palabras).

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Según palabras del propio Méndez: “Empecé a hacer experimentos con libros y materiales de construcción, por eso la idea de la obra vino naturalmente. Siempre me ha interesado la diferencia de escala. Cómo una cosa pequeña puede transformar algo muy grande”.

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Y eso es todo; una cosa pequeña modificando a algo mucho mayor; la palabra sobre el silencio, el papel venciendo una vez más a la piedra. El muro es, como dije, una referencia constante en la cultura humana; las implicancias y las lecturas que pueden hacerse de la obra de Méndez Blake son tantas y tan variadas que superan con mucho a aquellas. Sería imposible enumerar, siquiera, todas las que se me ocurren a mí. Sé que si sumáramos las de todos los que aquí estamos podríamos escribir todo un tratado sobre la condición humana, y eso es lo mejor que puede decirse de cualquier obra de arte.

De elefantes, Kafka y miradas al pasado.

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No hace muchos días atrás conversaba con una amiga mexicana sobre cómo vamos modificando nuestros gustos o nuestros pareceres según vamos sumando textos a nuestro bagaje cultural; es decir, a medida que vamos creciendo intelectual y espiritualmente. Recordé un texto de Borges llamado Kafka y sus precursores y traté de explicarme, creo que con poca fortuna. Creo que mi amiga me entendió pero sólo porque es inteligente más que por mi torpe exposición. Por fortuna, pocos días después pude volver sobre el tema de un modo empírico, físico, real. Me explico: en Kafka y sus precursores, un breve ensayo incluido en Otras inquisiciones, Borges nos muestra cómo un escritor crea a sus predecesores; cómo un escritor puede cambiar el pasado proyectando su sombra de forma retrospectiva sobre textos anteriores. Luego de citar un poema de Browning, Borges dice: “El poema Fears and Scruples de Browning profetiza la obra de Kafka, pero nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema. Browning no lo leía como ahora nosotros lo leemos”. También dice: “El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado…”. La idea es brillante, sin duda. ¿Cuántas veces hemos dicho “esto es kafkiano” en referencia a un texto de los antiguos griegos, por ejemplo? Nuestra mirada se ha visto modificada por nuestro acceso al tiempo que nos contiene y nos modifica y nada podemos hacer para evitarlo.
Ahora voy al punto central de esa experiencia empírica de la que hablé antes. Mi amiga mexicana con la que hablaba de estos temas es la misma que me acompañó al concierto de Zorn y en la visita al museo del domingo pasado. En el segundo piso de ese museo hay una exhibición llamada “Asia en marfil” de la cual aquí les dejo algunas imágenes (como siempre, para verlas en mayor tamaño, pueden hacer clic sobre una de ellas):

El punto es que al ingresar en la sala de inmediato comenzamos a sentirnos incómodos. Vimos dos o tres obras y no hizo falta ni una palabra para comprender que una sensación molesta se había hecho presente entre nosotros; algo, sencillamente, no andaba bien. Me acerqué a un ajedrez magnífico, vi una o dos tallas más… uno podía reconocer lo exquisito del trabajo artesanal, podíamos ver la magnificencia de lo que teníamos frente a nosotros, pero de todos modos no queríamos estar allí: éramos, sin poder evitarlo, dos seres del Siglo XXI viendo hacia siglos pasados y nuestra mirada estaba inmersa en nuestro presente. No veíamos obras de arte, veíamos animales muertos, veíamos a cientos de elefantes asesinados (nótese el uso del término asesinados) para satisfacción de un poderoso mandarín o cualquier otro rico aristócrata chino. La idea es la misma de la que habla Borges en ese texto que se refiere exclusivamente a la literatura pero que podemos hacerlo extensivo a nuestro devenir diario: no podemos mirar al pasado con la inocencia de otras épocas. Podemos entender al artesano que trabajó esas piezas y para quien un elefante no era otra cosa que un mero proveedor de marfil; podemos entenderlo, pero no comprenderlo. Somos seres del Siglo XXI, para bien o para mal, y estamos condenados a mirar tanto al pasado como al futuro desde esta perspectiva y de ninguna otra.

Hombre mirando al este.

SAM_5023Ayer hablé de las Catrinas y nombré a una en particular: la Catrina de seis metros que se encuentra a la entrada de Capula, en el estado de Michoacán. Cuando nos detuvimos para tomarnos unas fotos (porque no iba a irme de allí sin una foto con ella) noté algo que me hizo reír. El nombre del artista —Juan Torres— se encontraba escrito en unos azulejos en el pedestal de la figura, mientras que a un lado, en una placa pegada a una base de concreto, podían leerse los nombres del presidente mexicano, del gobernador y de otros funcionarios. Así es; mientras que al nombre del artista —ser atemporal por definición— hay que buscarlo con cuidado, los nombres de los políticos —seres pasajeros por definición y para suerte de todos— están allí, presentes a la vista de todos.

Pero la realidad siempre nos brinda la posibilidad de no tener que tomarnos estas cosas demasiado en serio. Mientras el texto de la placa ya ha comenzado a deteriorarse (por intervención del clima o del fervor popular) el nombre del artista sigue allí, junto a esa obra que mira eternamente al este, al amanecer de todos los días y a sus pies arden las velas con que la gente le brinda su veneración y cariño. Lógicamente, a los pies de la placa de metal no hay nada y está bien que así sea. El honor se gana, no se exige ni se compra.

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Dalí, escultor.

9- Dalí .

“Lo menos que puede pedírsele a una escultura es que no se mueva”. Es conocida esa frase con la que Salvador Dalí criticó a la obra de Alexander Calder y sus móviles que se balanceaban en un frágil equilibrio. Dalí es conocido por todos por sus pinturas y sobre todo por sus relojes blandos y su bigote. Menos conocida es su faceta de escritor (de gran escritor, me atrevería a añadir) y la de escultor. Ésta última tiene características particulares: desde la corporización de algunas imágenes de sus cuadros (como el elefante que verán más abajo, tomado de su La tentación de San Antonio hasta el collage tridimensional.

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“Yo no tomo drogas. Yo soy una droga”  (S. Dalí)

Sé que el surrealismo se ha superado y que en muchos ámbitos se lo considera como una escuela o tendencia menor (mucho a tenido que ver el propio Dalí en esto; sus actitudes, su conducta, sus declaraciones han hecho que muchos confundan a Dalí con el surrealismo en sí); pero a mí sigue pareciéndome un buen lugar donde abrevar en busca de ideas frescas y originales. Cansado del sentido de las cosas, perderse en el mundo de la imaginación pura es, al menos para mí, como tomarme unas buenas vacaciones del marco limitador de la realidad.

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13-Dalí .

“El payaso no soy yo, sino esta sociedad tan monstruosamente cínica e inconscientemente ingenua que interpreta un papel de seria para disfrazar su locura” (S. Dalí)