El impacto de un libro

El impacto de un libro (2)

El muro es uno de los símbolos más claros que pueden encontrarse; de allí que sea una referencia constante a lo largo de todas las disciplinas humanas; desde, obviamente, la arquitectura, hasta el arte, el muro ha sido siempre un signo de división, muerte, limitaciones, separación, discordia.

Ayer alguien me pasó estas fotos de una obra del mexicano Jorge Méndez Blake, obra que data del 2007 y que se expuso en diferentes locaciones de todo el mundo hasta el 2013. Pero eso es sólo un dato anecdótico; como toda obra que se precie, su mensaje y su contenido deben permear el tiempo y llegar más allá de las fronteras del tiempo y del espacio (permítanme el involuntario juego de palabras).

El impacto de un libro (3)

Según palabras del propio Méndez: “Empecé a hacer experimentos con libros y materiales de construcción, por eso la idea de la obra vino naturalmente. Siempre me ha interesado la diferencia de escala. Cómo una cosa pequeña puede transformar algo muy grande”.

El impacto de un libro (1)

Y eso es todo; una cosa pequeña modificando a algo mucho mayor; la palabra sobre el silencio, el papel venciendo una vez más a la piedra. El muro es, como dije, una referencia constante en la cultura humana; las implicancias y las lecturas que pueden hacerse de la obra de Méndez Blake son tantas y tan variadas que superan con mucho a aquellas. Sería imposible enumerar, siquiera, todas las que se me ocurren a mí. Sé que si sumáramos las de todos los que aquí estamos podríamos escribir todo un tratado sobre la condición humana, y eso es lo mejor que puede decirse de cualquier obra de arte.

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De elefantes, Kafka y miradas al pasado.

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No hace muchos días atrás conversaba con una amiga mexicana sobre cómo vamos modificando nuestros gustos o nuestros pareceres según vamos sumando textos a nuestro bagaje cultural; es decir, a medida que vamos creciendo intelectual y espiritualmente. Recordé un texto de Borges llamado Kafka y sus precursores y traté de explicarme, creo que con poca fortuna. Creo que mi amiga me entendió pero sólo porque es inteligente más que por mi torpe exposición. Por fortuna, pocos días después pude volver sobre el tema de un modo empírico, físico, real. Me explico: en Kafka y sus precursores, un breve ensayo incluido en Otras inquisiciones, Borges nos muestra cómo un escritor crea a sus predecesores; cómo un escritor puede cambiar el pasado proyectando su sombra de forma retrospectiva sobre textos anteriores. Luego de citar un poema de Browning, Borges dice: “El poema Fears and Scruples de Browning profetiza la obra de Kafka, pero nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema. Browning no lo leía como ahora nosotros lo leemos”. También dice: “El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado…”. La idea es brillante, sin duda. ¿Cuántas veces hemos dicho “esto es kafkiano” en referencia a un texto de los antiguos griegos, por ejemplo? Nuestra mirada se ha visto modificada por nuestro acceso al tiempo que nos contiene y nos modifica y nada podemos hacer para evitarlo.
Ahora voy al punto central de esa experiencia empírica de la que hablé antes. Mi amiga mexicana con la que hablaba de estos temas es la misma que me acompañó al concierto de Zorn y en la visita al museo del domingo pasado. En el segundo piso de ese museo hay una exhibición llamada “Asia en marfil” de la cual aquí les dejo algunas imágenes (como siempre, para verlas en mayor tamaño, pueden hacer clic sobre una de ellas):

El punto es que al ingresar en la sala de inmediato comenzamos a sentirnos incómodos. Vimos dos o tres obras y no hizo falta ni una palabra para comprender que una sensación molesta se había hecho presente entre nosotros; algo, sencillamente, no andaba bien. Me acerqué a un ajedrez magnífico, vi una o dos tallas más… uno podía reconocer lo exquisito del trabajo artesanal, podíamos ver la magnificencia de lo que teníamos frente a nosotros, pero de todos modos no queríamos estar allí: éramos, sin poder evitarlo, dos seres del Siglo XXI viendo hacia siglos pasados y nuestra mirada estaba inmersa en nuestro presente. No veíamos obras de arte, veíamos animales muertos, veíamos a cientos de elefantes asesinados (nótese el uso del término asesinados) para satisfacción de un poderoso mandarín o cualquier otro rico aristócrata chino. La idea es la misma de la que habla Borges en ese texto que se refiere exclusivamente a la literatura pero que podemos hacerlo extensivo a nuestro devenir diario: no podemos mirar al pasado con la inocencia de otras épocas. Podemos entender al artesano que trabajó esas piezas y para quien un elefante no era otra cosa que un mero proveedor de marfil; podemos entenderlo, pero no comprenderlo. Somos seres del Siglo XXI, para bien o para mal, y estamos condenados a mirar tanto al pasado como al futuro desde esta perspectiva y de ninguna otra.

Hombre mirando al este.

SAM_5023Ayer hablé de las Catrinas y nombré a una en particular: la Catrina de seis metros que se encuentra a la entrada de Capula, en el estado de Michoacán. Cuando nos detuvimos para tomarnos unas fotos (porque no iba a irme de allí sin una foto con ella) noté algo que me hizo reír. El nombre del artista —Juan Torres— se encontraba escrito en unos azulejos en el pedestal de la figura, mientras que a un lado, en una placa pegada a una base de concreto, podían leerse los nombres del presidente mexicano, del gobernador y de otros funcionarios. Así es; mientras que al nombre del artista —ser atemporal por definición— hay que buscarlo con cuidado, los nombres de los políticos —seres pasajeros por definición y para suerte de todos— están allí, presentes a la vista de todos.

Pero la realidad siempre nos brinda la posibilidad de no tener que tomarnos estas cosas demasiado en serio. Mientras el texto de la placa ya ha comenzado a deteriorarse (por intervención del clima o del fervor popular) el nombre del artista sigue allí, junto a esa obra que mira eternamente al este, al amanecer de todos los días y a sus pies arden las velas con que la gente le brinda su veneración y cariño. Lógicamente, a los pies de la placa de metal no hay nada y está bien que así sea. El honor se gana, no se exige ni se compra.

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Dalí, escultor.

9- Dalí .

“Lo menos que puede pedírsele a una escultura es que no se mueva”. Es conocida esa frase con la que Salvador Dalí criticó a la obra de Alexander Calder y sus móviles que se balanceaban en un frágil equilibrio. Dalí es conocido por todos por sus pinturas y sobre todo por sus relojes blandos y su bigote. Menos conocida es su faceta de escritor (de gran escritor, me atrevería a añadir) y la de escultor. Ésta última tiene características particulares: desde la corporización de algunas imágenes de sus cuadros (como el elefante que verán más abajo, tomado de su La tentación de San Antonio hasta el collage tridimensional.

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“Yo no tomo drogas. Yo soy una droga”  (S. Dalí)

Sé que el surrealismo se ha superado y que en muchos ámbitos se lo considera como una escuela o tendencia menor (mucho a tenido que ver el propio Dalí en esto; sus actitudes, su conducta, sus declaraciones han hecho que muchos confundan a Dalí con el surrealismo en sí); pero a mí sigue pareciéndome un buen lugar donde abrevar en busca de ideas frescas y originales. Cansado del sentido de las cosas, perderse en el mundo de la imaginación pura es, al menos para mí, como tomarme unas buenas vacaciones del marco limitador de la realidad.

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13-Dalí .

“El payaso no soy yo, sino esta sociedad tan monstruosamente cínica e inconscientemente ingenua que interpreta un papel de seria para disfrazar su locura” (S. Dalí)