De regreso a la Edad Media (por el camino más corto)

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El triunfo de la muerte – Pieter Brueghel

Seguimos con la historiadora Fallena Montaño, ya que había más material, con más errores que los que señalé en la entrada anterior. Veamos este párrafo: «El miedo es parte de la humanidad, por eso resulta una falta de tino calificar de ignorantes las expresiones religiosas exacerbadas, que son una respuesta natural ante el temor que ocasionan, por ejemplo, las pandemias». Para empezar, cualquier cosa exacerbada me parece peligrosa, pero en particular las expresiones religiosas me parecen peligrosas si no se les pone coto. La misma historiadora, al final del artículo, dice algo que debería haber hecho que reflexionara sobre sus primeras palabras; pero parece que no tuvo tiempo. Antes de llegar allí, pasemos por esto:

«Cuando hay algo que no puedes comprender y que está más allá de tus posibilidades resolver, le rezas a quien sea y haces lo que sea para tratar de sobrevivir. Es así como surgieron santos es especializados en curar pandemias, por ejemplo, San Sebastián, cuyo culto fue incluso traído a la Nueva España. En el oriente de Europa fue San Demetrio el protector de Grecia y el imperio Bizantino. Alrededor del año 418, las reliquias de San Demetrio fueron depositadas en la iglesia de Tesalónica; desde entonces, esa ciudad griega se convirtió en el gran centro de su culto. Los creyentes acudían en grandes multitudes al santuario

En el siglo VI, durante una epidemia, supuestamente de malaria, se hallaron unos restos en la ciudad italiana de Pavía que se atribuyeron al santo; los trasladaron a un templo y se dice que la enfermedad cesó milagrosamente en ese lugar en ese mismo instante. Desde entonces, San Sebastián gozó de gran popularidad en Italia y, por extensión, en toda Europa, pues se le invocaba para terminar con las diversas plagas que siguieron ocurriendo.

Durante muchos siglos fue común que las reliquias de muchos otros santos, tanto huesos como telas de sus vestimentas o sandalias que se decía habían portado, se usaran para hacer tés curativos. Pulverizaban los huesos o cortaban pedacitos de otras piezas de las reliquias y se los tomaban, sobre todo los emperadores y los reyes; esas eran sus nanopartículas milagrosas».

San Sebastián intercediendo por la peste

Bueno, pues si eso no requiere un trato preferencial, no sé qué otra cosa lo merece. Está bien, saquemos la burla del campo de juego, ya sabemos que vivimos tiempos de hipersensibilidad y que burlarse de cualquier cosa hoy está mal visto (dos cosas: lo de la burla lo dijo la historiadora, no yo; segundo ¿alguien más tiene la sensación de que por todos lados está tratándose de terminar con el humor? Ahora no se puede hacer un chiste de nada y eso es preocupante; a lo largo de la historia los fascistas han sido aquellos con menor sentido del humor). Sigamos. Vamos a la frase final que señalé antes. Dice Fallena Montaño:

«En el mundo musulmán hubo interés por traducir los tratados de medicina en griego de Aristóteles y de Dioscórides, precisamente, para buscar sanar a las personas. Pero también hubo grupos muy religiosos que no querían contradecir los designios divinos, pensaban que las pestes eran castigos de Dios, entonces se oponían a las curas y aceptaban que la pandemia tenía el propósito de limpiar al mundo.

Por eso hubo grupos cristianos que atentaron contra los judíos, exterminaron barrios completos en las ciudades al hacerlos responsables de las epidemias, no sólo a ellos sino a todos los grupos que fueran en contra de los dogmas cristianos.

La xenofobia brota en las crisis sanitarias, porque transferimos el miedo que tenemos a la enfermedad, al otro que no conocemos, y que creemos culpable de las tragedias. Nos volvemos violentos porque tenemos miedo».

Un grupo de enfermeros -de los que cualquier sociedad sana debería sentirse orgullosos- pidiendo no ser víctimas de ataques.

Bueno, si este tipo de ideas no merecen las burlas, tal como la historiadora dice al inicio del artículo, por lo menos merecen el mayor de los desprecios, digo yo ahora que estoy terminando. Y es que este es otro ejemplo de lo que yo llamo el «justificar lo injustificable»; lo cual no es más que una nueva costumbre nacida del seno del más acérrimo posmodernismo. Ahora cualquiera se arroga el derecho a que su estupidez sea considerada en igualdad de condiciones con la palabra del sabio sólo porque ambos son personas. Y no; no es por ese camino que se avanza sino que, por el contrario, podemos asegurar que es el camino perfecto para el retroceso. No me importa la libertad religiosa de cada uno del mismo modo que no me importa absolutamente nada de las particularidades de las personas; pero si alguien quiere escudarse en el miedo (miedo hijo de la ignorancia, como bien señaló Fallena Montaño) para sacar a relucir su brutalidad, su racismo, su intolerancia, es decir, y permítanme la redundancia, su más profunda ignorancia; no sólo se hace merecedor de cualquier burla que ande dando vueltas por allí, sino también del desprecio general y, llegado el caso, hasta de la cárcel.

Justificar al ignorante sólo porque tiene derecho a ser ignorante es reabrir el camino hacia una nueva Edad Media, camino que habíamos cerrado como humanidad, no hace demasiado tiempo. Es una pena que les haya tomado mucho menos para desandar el camino.

De demonios, pasteles y piñatas

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Leo un artículo del suplemento cultural del diario La Jornada. En él la historiadora Fallena Montaño explica que una manera de controlar el miedo es sublimarlo (sublimar: «Alabar o ensalzar a una persona o una cosa exagerando mucho sus cualidades o méritos». Pero en psicoanálisis, significa «Transformar los impulsos instintivos en actos más aceptados desde el punto de vista moral o social»). ya muchos saben que considero al psicoanálisis como una forma moderna de superstición; una mera superchería; pero vamos adelante aceptando, por el momento, esa definición.

Sigue la historiadora: «En el período gótico aparecieron imágenes de un demonio carnavalesco. Es cuando surgen los carnavales y las danzas en las que las personas se disfrazaban de un diablo tonto, que se equivoca, se tropieza; esa es una manera de controlar el miedo. Es lo mismo que se hace hoy en día con las piñatas con forma de coronavirus o se reproducen memes donde el coronavirus tiene una carita y está bailando «para enfrentar el temor natural que le tenemos», pues es la actual representación del mal».

Piñatas con forma de coronavirus. ¿La del medio la habrá diseñado Trump? Aquí el mal no sólo es el virus, también son los chinos…

Aquí ya empiezo a hacerme algunas preguntas: ¿Es realmente lo mismo ridiculizar a la figura del diablo en la Edad Media que representar a un virus en la actualidad? Es decir ¿realmente subyace el mismo temor y la misma necesidad detrás de ambas representaciones? Quisiera creer que el temor que se le tenía al diablo en la Edad Media tenía unas características más pronunciadas que las que podemos tener hoy con respecto a un virus; aunque tampoco podemos decir demasiado al respecto; desde el momento en que recuerdo que hay gente que todavía cree que la Tierra es plana o cree en la astrología o en el diablo mismo, no me dejan mucho margen para el optimismo.

Pasteles decorados como Coronavirus. ¿Otra forma de sublimación?

Sigamos con Fallena Montaño quien, al menos en los aspectos históricos, dice un par de cosas interesantes más: «La figura de Satanás, visualmente, tuvo características encontradas en la Edad Media, «por un lado era atemorizante, zoomorfo, con rabo, pezuñas de macho cabrío, cuernos o garras de ave de rapiña pero, además de las anteriores, aparecieron imágenes de un diablo ridículo. Al igual que el demonio, durante el período de la pandemia medieval, «la muerte tuvo un lugar protagónico en el arte, algo que no encontramos en el período románico. La muerte se convirtió a partir del siglo XIV en el personaje que conocemos hasta nuestros días, un esqueleto con su guadaña, o un cuerpo putrefacto, agusanado, con llagas, pus o con los bubones de la enfermedad».

«De ahí surge en la pintura el género Vanitas, que se refiere a que todo en esta vida es vanidad y que no importa si alguien es rey, el papa, una persona poderosa, alguien muy culto o rico, de todas maneras la muerte es común para todos y el cuerpo va a decaer».

Me pareció interesante el dato de que la imagen de la muerte, tal como la consideramos hoy, aparece alrededor del 1300 y que ha perdurado hasta la actualidad. También que por aquellos tiempos aparece el género Vanitas (del cual traeré un par de ejemplos pronto); pero aquí también hago una distinción entre aquellos tiempos y estos. Si bien el género Vanitas señalaba la igualdad de todos los hombres ante la muerte, independientemente de su rango o posición; en la actualidad el asunto sigue siendo verdad, pero no de una manera tan tajante. En la Edad Media si te agarraba la peste, un virus o la gripe, no importaba absolutamente nada. La palmaba igual el rey que el campesino; pero todos sabemos que hoy no es tan así. No es lo mismo contagiarse de coronavirus siendo un acaudalado millonario que siendo un desocupado sin seguro social.

Y es por eso, también, que dudo al intentar responder a esas preguntas que hice antes: ¿Es realmente lo mismo ridiculizar a la figura del diablo en la Edad Media que representar a un virus en la actualidad? ¿Realmente subyace el mismo temor y la misma necesidad detrás de ambas representaciones? Las respuestas que tengo son parciales y debo pensarlas más; no me convencen del todo o sé que hay cosas que he dejado sin considerar. ¿Alguno tiene alguna respuesta, aunque sea parcial? Les convido un trozo de pastel de coronavirus y un café; así mientras pensamos al menos vamos sublimando…

Victor Hugo y la política de la ignorancia

En La utilidad de lo inútil, Nuccio Ordine rescata un discurso de Victor Hugo, pronunciado ante la Asamblea constituyente de 1848, en el que sale al paso de la falacia del ahorro estatal cuando se trata de recortes en las actividades culturales y la instrucción pública. Es la crisis, le dicen, no hay otro remedio. Y Victor Hugo se revuelve contra los profesionales del Dogma del Recorte Inevitable: «¿Y qué momento escogen? El momento en que son más necesarias que nunca, el momento en que, en vez de limitarlas, habría que ampliarlas y hacerlas crecer (…). Haría falta multiplicar las escuelas, las cátedras, las bibliotecas, los museos, los teatros, las librerías». Y le pone un nombre a esa presunta política de ahorro: es «la política de la Ignorancia».

En estos tiempos de recortes masivos a las políticas culturales y educativas, aquel discurso de Victor Hugo de hace ciento setenta y dos años suenas más actual que nunca (y es otro ejemplo de algo que siempre digo aquí: ya todo se dijo antes; sólo hay que saber mirar a la historia). He aquí algunos otros fragmentos de ese discurso, a los que nada añadiré porque ante la grandeza y la perfección de las palabras bien dichas, uno tiene que llamarse a silencio:

«Afirmo, señores, que la reducciones propuestas en el presupuesto especial de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas. Son insignificantes desde punto de vista financiero y nocivas desde todos los demás puntos de vista. Insignificantes desde el punto de vista financiero. Esto es una evidencia tal que apenas me atrevo a someter a la asamblea el resultado del cálculo proporcional que he realizado[…] ¿Qué pensarían, señores, de un particular que, disfrutando de unos ingresos de 1500 francos, dedicara cada año su desarrollo intelectual […] una suma muy modesta: 5 francos, y, un día de reforma, quisiera ahorrar a costa de su inteligencia seis céntimos?».

«¿Y qué momento se elige? Aquí está, mi juicio, el error político grave que les señalaba al principio: ¿qué momento se elige para poner en cuestión todas estas instituciones a la vez? El momento en el que son más necesarias que nunca, el momento en el que en vez de reducirlas, habría que extenderlas y ampliarlas».

Victor Hugo

«[…] ¿Cuál es el gran peligro de la situación actual? La ignorancia. La ignorancia aún más que la miseria […] ¡Y en un momento como éste, ante un peligro tal, se piensan en atacar, mutilar, socavar todas estas instituciones que tienen como objetivo expreso perseguir, compartir, destruir la ignorancia!».

«Pero si quiero ardiente y apasionadamente el pan del obrero, el pan del trabajador, que es un hermano, quiero, además del pan de la vida, el pan del pensamiento, que es también el pan de la vida. Quiero multiplicar el pan del espíritu con el pan del cuerpo».

«[…] Habría que multiplicar las escuelas, las carreteras, las bibliotecas, los museos, los teatros, las librerías. Habría que multiplicar las casas de estudio para los niños, las salas de lectura para los hombres, todos los establecimientos, todos los refugios donde se medita, donde se instruye, donde uno se recoge, donde uno aprende alguna cosa, donde uno se hace mejor; en una palabra, habría que hacer que penetre por todos lados la luz en el espíritu del pueblo, pues son las tinieblas lo que lo pierden»

«Han caído ustedes en un error deplorable. Han pensado que se ahorrarían dinero, pero lo que se ahorran es gloria».

Seguir pensando mal, seguir obrando mal

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A raíz de un triste caso de violencia de género que ocurrió recientemente en esta ciudad, he encontrado muchas versiones del hecho, las cuales sería demasiado extenso tratar por separado (aunque ganas no me faltan; por cierto); pero lo que veo, en líneas generales, es que hay una profunda falta de pensamiento crítico que les brinde solidez, lo cual sería más que deseable, porque si algo necesita un sistema crítico es, precisamente, solidez; es decir, lógica y coherencia. Trataré sólo uno, tangencial al hecho en sí, aunque hijo de este.

He leído, en una de las tantas publicaciones que desbordaron las redes sociales a lo largo del fin de semana, el siguiente texto (lo copio de manera literal, los errores le pertencen):

«Quizá no hemos reflexionado sobre el verbo «cuidar». Cuidas al perro, al gato porque los has sacado de su hábitat (no olvides que al domesticarlos los has inutilizado). Cuidas la planta porque la has sacado de su entorno. Cuidas al León porque lo tienes encerrado en una jaula. Cuidas al niño/niña porque sabes que no pueden hacer muchas cosas, como alimentarse y buscar su propio alimento. Cuidas al anciano porque sabes que ha perdido habilidades. Cuidas al enfermo porque sabes que ha perdido su fuerza y sus defensas.

En todas, el verbo cuidar conlleva dependencia y no necesariamente amor. ¿Así quieres «cuidar» a una mujer? Es decir, que se vuelve inútil y dependa solo de ti. ¿Por qué quieres ese control? Amor no hay. Si hubiera amor la dejarías libre. Al niño/a los/as cuidas y precisamente porque los amas los dejas libres cuando ya son autosuficientes. Justifícate como quieras, pero el verbo «cuidar» tiene sus propias connotaciones, no depende del punto de vista, sino el uso que le damos y siempre coincide en esa dependencia que el otro tiene del cuidador».

A continuación, se agregaba una captura de pantalla con la definición del verbo «cuidar»:

Cuidar

  1. Ocuparse de una persona, animal o cosa que requiere de algún tipo de atención o asistencia, estando pendiente de sus necesidades y proporcionando lo necesario para que esté bien o esté en buen estado.

2. Procurar, a una cosa o persona, la vigilancia o las atenciones necesarias para evitar algún malo peligro.

Lo que me llama la atención es que no hay, en la definición del término, nada que avale lo dicho en el texto. ¿De dónde sale la idea de que son los hombres y sólo los hombres quienes usan de esa manera el término «cuidar»? Si se parte de esa premisa, por supuesto que sería un error grosero que habría que subsanar; pero no es así y la prueba la tenemos en una simple distinción: sólo hay que cambiar los términos «hombre» y «mujer» por el término «persona» (a fines del año pasado fui invitado a dar un par de clases en una universidad local y, al plantearle a los alumnos los problemas bajo este cambio de términos, la mayor parte de las discusiones se terminó casi de inmediato. Muchos de ellos reconocieron que plantear los problemas sociales como venían haciéndolo, sólo acentuaba las diferencias, no acababa con ellas). Entonces tenemos ahora el problema planteado de este modo: «Una persona necesita ayuda, otra persona se la ofrece».

¿Qué hay de malo en este nuevo planteo? Absolutamente nada. Sólo hace patente el hecho innegable que somos seres interdependientes y que nos necesitamos los unos a los otros. ¿Importa el sexo de quien necesite ayude y de quien la brinde? No, por supuesto; y aquí terminaría el asunto, pero permítanme ir un paso más allá, para lo cual voy a tener que dejar de pensar en abstracto para ejemplificar lo que quiero decir con un ejemplo personal.

Cuando leí el fragmento que destaco al inicio de la entrada pensé en mi entorno personal. Pensé en mi esposa, por ejemplo. ¿La cuido? Por supuesto. ¿Por qué? Pues porque la amo, claro; pero también me di cuenta de que la cuido porque no temo que le pase algo; porque temo que algo le suceda. Temo, sí, que algo le suceda y que eso la aparte de mí. ¿Es egoísta esta actitud? Tal vez. Pero eso es porque soy humano, no un ser perfecto que puede pensar por fuera de su corporalidad y de sus limitaciones. Lo mismo me sucede con mis hijos, con mi hermanos y hasta con los extraños (¿quién, al ver a alguien en peligro -digamos algo simple como cruzar una calle sin prestar la debida atención- no haría lo posible para evitarle un daño?). Y lo mismo sucede con mi esposa ¿por qué me cuida ella a mí? Por los mismos motivos, claro está; no porque me considere inferior o inútil. Y lo mismo sucede con mis hijos (no hay placer mayor que abrir el teléfono y encontrar un mensaje de ellos quienes, lo primero que dices es ¿Cómo estás? A pesar de la distancia, el cuidado, el acto amoroso a través de unas palabras que dicen más que lo que meramente está incluido en su definición).

Dos consideraciones finales:

  1. Me gustó descubrir que temer por la suerte de aquellos a los que amamos nos hace más fuertes. Es precisamente en esos momentos donde nos sobreponemos a todo y es en esos momento cuando desmostramos que no hay diferencias de sexo que valga cuando se trata del bienestar del otro (algunos recordarán un hecho particular que me ocurrió hace unos años cuando mi esposa, literalmente, y sin exagerar, me salvó la vida. he dejado en este sitio una crónica de aquellos días como agradecimiento explícito a ella. Aquella vez yo fui el más débil de las personas, ella la más fuerte).
  2. Mientras se siga pensando en términos de hombre/mujer (con la adjetivación implícita de hombre-victimario/mujer-víctima) nos será mucho más difícil encontrar una salida al problema de la violencia (y hablo de la violencia en general. Violencia. La que sufre cualquier ser humano) y sus posteriores consecuencias. Entender que todos somos uno y el mismo y que debemos cuidarnos entre todos independientemente del sexo o de la edad o de la nacionalidad o de cualquier otro añadido posterior a nuestra concepción primaria de ser humano, es el primer paso para avanzar en la dirección correcta. Lo demás sólo retrasará la aparición de posibles soluciones.

Límites (que no llegadas)

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A veces uno lee un libro, ve una película o, como en este caso, un artículo, y mira hacia ambos lados, suponiendo que alguien nos ha estado espiando y tomando notas de nuestro accionar a lo largo de todo este tiempo. Algo así me pasó al leer un artículo de The Atlantic (Your professional decline is coming (much) sooner than you think) donde fue tanta la identificación con el tema que se estaba tratando que no pude menos que considerar esa vieja sensación que dice: están hablando de mí…

Les dejo extracto muy breve del artículo de The Atlantic y los puntos esenciales que me llamaron la atención (o que me gustaron en especial, lo cual es otra forma de decir lo mismo):
«Le dije a Acharya mi problema: muchas personas con logros sufren a medida que envejecen, porque pierden sus habilidades, ganadas durante muchos años de arduo trabajo. ¿Es este sufrimiento ineludible, como una broma cósmica sobre los orgullosos? ¿O hay una laguna en alguna parte, una forma de evitar el sufrimiento?

Acharya respondió elípticamente, explicando una antigua enseñanza hindú sobre las etapas de la vida, o ashramas. El primero es Brahmacharya, el período de la juventud y la adultez joven dedicado al aprendizaje. El segundo es Grihastha, cuando una persona construye una carrera, acumula riqueza y crea una familia. En esta segunda etapa, los filósofos encuentran una de las trampas más comunes de la vida: la gente se apega a las recompensas terrenales (dinero, poder, sexo, prestigio) y, por lo tanto, intenta que esta etapa dure toda la vida.

El antídoto para estas tentaciones mundanas es Vanaprastha, el tercer ashrama, cuyo nombre proviene de dos palabras sánscritas que significan «retirarse» y «en el bosque». Esta es la etapa, que generalmente comienza alrededor de los 50 años, en la que deliberadamente nos enfocamos menos en la ambición profesional y nos volvemos cada vez más dedicados a la espiritualidad, el servicio y la sabiduría. Esto no significa que deba dejar de trabajar cuando cumpla 50 años, algo que pocas personas pueden permitirse hacer, solo que sus objetivos de vida deben ajustarse.

Vanaprastha es un tiempo de estudio y entrenamiento para la última etapa de la vida, Sannyasa, que debe estar totalmente dedicada a los frutos de la iluminación. En tiempos pasados, algunos hombres hindúes dejaban a su familia en la vejez, tomaban votos sagrados y pasaban el resto de su vida a los pies de maestros, rezando y estudiando. Incluso si sentarse en una cueva a los 75 años no es su ambición, el punto debe quedar claro: a medida que envejecemos, debemos resistir los señuelos convencionales del éxito para enfocarnos en cosas más trascendentalmente importantes».

Lo dicho: una delicia de texto (bueno, ya, al menos para mí). Y es que por un camino o por otro creo que en algún momento debe llegarse a esa conclusión que me parece casi definitiva o esencial. Algunos llegamos a través de la filosofía occidental y a los tropezones; otros, aquellos que viven en las antípodas, llegan a través de sus propios mitos y religiones; otros, lamentablemente, no llegan nunca.

¿Cómo dice el dicho? ¿Que todos los caminos llevan a Roma? Mmmmm… creo que no, que llevan a otro lado, y cuando antes nos enteremos de eso, antes nos libraremos de todo lo superfluo; el modo de hacerlo es lo de menos.

Del miedo a envejecer

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Leo a Susan Sontag: “El miedo a envejecer nace del reconocimiento de que uno no está viviendo la vida que desea. Es equivalente a la sensación de estar usando mal el presente”.

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En un primer momento me pareció una frase plena de sentido y que encerraba no sólo una gran verdad, sino también, alguna enseñanza (lo cual no ocurre siempre, por otro lado). Pero luego de pensarlo un rato me di cuenta de que tal vez lo opuesto sea más correcto. Tal vez cuando comenzamos a vivir la vida que queremos es cuando empezamos a tener miedo a la vejez (el cual es  un miedo secundario; a lo que se teme de la vejez, digámoslo de manera directa, es a la peor de sus consecuencias: a lo que se teme es a la muerte). Si uno no vive la vida que desea o que esperaba ¿qué es lo que pierde? Pero si uno vive una vida plena o, al menos, está comenzando a vivir del modo en que siempre quiso hacerlo, con la compañía de aquel a quien ama, realizando esas cosas que le dan tanto placer; es entonces en ese momento en que uno no quiere envejecer. Es en ese momento cuando uno dice «No. Ahora no quiero dejar esto».

El humor profético

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Todos sabemos que el humor es uno de los grandes deconstructores de todo discurso mal fundamentado. Un buen humorista puede deshacer el discurso de un político, de un artista, de un pseudocientífico, de un charlatán cualquiera con una chiste bien armado (por supuesto, no hablo de la mera descalificación por medio del sarcasmo o la burla; hablo de la crítica mordaz que el humor permite; no del mal uso que puede hacerse de él).

¿Pero qué sucede cuando una broma se anticipa al discurso absurdo? Pues lo más lógico sería que quien sostenga ese discurso reconozca la falsedad de sus premisas y, también, que todos aquellos que han comprado ese discurso como válido reconozcan (incluso con un poquito de vergüenza al haberse dejado atrapar de manera tan evidente) el error y lo enmienden. Eso, al menos, para empezar.

He aquí el chiste o la broma de la que quiero hablar: Alphonse Allais (1854-1905) fue un periodista, escritor y humorista francés. Su obra, caracterizada por su humor basado en la lógica del absurdo, está ampliamente reconocida en Francia y en la cultura anglosajona. Sus libros forman parte de de los orígenes de la vanguardia en Francia (Satie, Apollinaire, Breton, Jarry, Marcel Duchamp, dadaístas y surrealistas) y entroncan con los estudios de la new theory, tan de actualidad (Baudrillard, Morin, Deleuze, Barthes, etc.).

Allais publicó un pequeño librito titulado Album Primo – Avrilesque en 1897.. El contenido artístico era una serie de pinturas monocromas y una obra musical. En particular, lo que me interesa, además de la obra (de la broma) es el lenguaje que utiliza Allais para justificar el valor artístico de lo que nos presenta. Veamos el primer ejemplo:

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Combate de negros dentro de una cueva, durante la noche.

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Dice Allais: «Traído a París por un tío mío, como recompensa por un tercer áccessit en formación religiosa brillantemente conseguido ante competidores formidables, tuve la oportunidad de verlo antes de partir hacia Estados Unidos, conseguido a base de dólares, el famoso cuadro de estilo negro titulado:

COMBAT DE NEGRES DANS UNE CAVE, PENDANT LA NUIT (La reproducción de esta admirada tela estará muy alejada de la realidad. La hemos publicado con permiso especial de los herederos del autor.)

La impresión que he sentido ante esta apasionante obra maestra me deja sin palabras. Mi destino se apareció en forma de letras con llamas: Yo también seré pintor. Y cuando decía pintor, yo decía: no quiero hablar de pintores del tipo que que oído hablar normalmente, de ridículos artesanos que necesitan mil colores diferentes para expresar sus penosas concepciones. ¡no! El pintor al cual idealizo, era aquel genial que le bastaba un solo color para cada tela: el artista, osaría decir, monocroidal.

Tras veinte años de trabajo tenaz, de tremendos sinsabores y luchas encarnizadas, puedo por fin exponer una primera obra: PREMIERE COMMUNION DE JEUNES FILLES CHLOROTIQUES PAR UN TEMPS DE NEIGE (Primera comunión de niñas cloróticas nevando).

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Primera comunión de niñas cloróticas nevando

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Sólo una Exposición me había ofrecido su hospitalidad, la de las Artes Incoherentes, organizada por un tal Jules Lévy, a quien por este acto de bella independencia artística y perfecto desapego a la pertenencia de un clan, he consagrado un reconocimiento eterno.

Sobran las palabras. Mi OBRA hablará por mí.

Alphonse Allais.

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Bien, hasta aquí la broma de Allais (ya les dejaré el resto de su obra más abajo), pero vuelvo el tema central. Cuando décadas después algunos vivillos comienzan a vender o exponer obras dentro de esto que para el honesto de Allais no era más que un chiste ¿Qué es lo que sucede? ¡Curiosamente, nada! El mundo se traga la farsa y aplaude, dándose, como siempre, aires de inteligencia. El siglo XX ha sido el tiempo perfecto para la prostitución de gran parte de la escena artística (y el siglo XXI no está quedándose detrás) pero ahí seguimos, justificando bromas como si fuesen verdaderas obras, lo cual ya nos hace parecer más bien como al idiota del pueblo; porque la verdad que reírse mil veces del mismo chiste no es algo de lo que uno pueda enorgullecerse, si vamos a ser sinceros; y mucho menos lo es pagar decenas de miles de dólares o, incluso, hasta algunos millones.

Vamos a la obra de Allais, la cual espero que disfruten tanto como yo. Al final, les dejo una nota extra sobre este mismo tema y los enlaces al original francés de la publicación.

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Rufianes, todavía en plenitud, con el vientre en la hierba, bebiendo absenta.

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Manipulación del ocre por cornudos ictéricos.

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Recolección del tomate por cardenales apopléjicos a orillas del mar rojo.

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Ronda de borrachos en al niebla.

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Estupor de jóvenes neófitos al darse cuenta por vez primera del tono azul del mar ¡oh, Mediterráneo!

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Coda: Muchos conocerán la obra de john Cage 4´33´´ La cual fue «compuesta» en 1947/48. La obra consiste en cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. El pianista se sienta frente al instrumento, la partitura frente a él (la cual no es más que una página con los pentagramas en blanco) y espera, sin tocar una sola tecla, el tiempo que se ha indicado. Esa es la obra. Pues yo digo que Cage plagió esa obra de Alphonse Allais; es más, aquí les dejo la prueba. En esa misma publicación de la que hablé más arriba, Allais nos comparte su Marcha fúnebre para los funerales de un gran hombre sordo. Les dejo la partitura y, después y para que comparen, la de John Cage.

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Para ver el original del Album Primo – Avrilesque pueden ir aquí.

Posiciones encontradas

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Dijo Elena Garro: «El amor no existe. Existe sólo un mundo que trabaja, que va, que viene, que gana dinero, que usa reloj, que cuenta los minutos y los centavos y acaba podrido en un agujero, con un piedra encima que lleva el nombre del desdichado». Pero de inmediato por la ventana entra William Burroughs y sentencia: «No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Sólo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor Puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor».

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¿Qué hacemos ante la dicotomía? Podemos tomar un camino o el otro o, mejor aún, podemos crear el nuestro. Por mi parte, pesimista irredento, no creo en la bondad del mundo, pero creo que al final de la jornada, cuando la noche cae y el silencio se adueña del mundo, no hay nada como la compañía de una piel amada para expulsar a todos los fantasmas. No es verdad que el amor no existe, como dice Garro; el amor es un acto, una acción, una práctica. El amor no existe si eres imbécil o incapaz, pero si te pierdes en él y aprendes un par de cosas, pues sí, ahí está, frente a ti, resplandeciente como ninguna otra cosa. Burroughs lo entendió (el viejo beatnik sorprendió a más de uno aquí): a pesar de todo lo malo que nos rodea —¡O tal vez por eso mismo!— el amor es algo que tenemos que crear (si no existe) o aprender a alimentar (si existe independientemente de nosotros).

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Y hablo del amor como sentimiento a un ser y del amor como sentimiento abarcador, amplio, general. El amor a nuestra pareja y el amor a todos y a todo lo demás. He dicho aquí incontables veces que las dos únicas cosas que valen la pena en esta vida es el (amor al) conocimiento y el amor en sí. Para mí Borges, Mozart, viajar, pasear por cualquier calle de cualquier ciudad, un bosque, Schopenhauer, la llanura pampeana, el mar, Gustav Klimt, la matemática (que no entiendo del todo), la lluvia, el jazz, son algunos de los que forman parte del primer grupo. El segundo lo ocupa Lourdes, por completo. Es por eso que, al apagar la luz al llegar la noche, si siento su respiración a mi lado, sé que todo estará bien y que el día ha valido la pena. A pesar de todo.