Juan Rulfo, fotógrafo

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Mis estimados contertulios, hoy les traigo una pequeña joya que he encontrado en algún sitio cuyo nombre no recuerdo y poco importa. Puedo decir esto sin modestia alguna, porque nada de esto parte de mí, sino que sólo oficiaré de mensajero, cosa que me permite ser un poco grandilocuente.

De las muchas cosas que me atraen de México, una de ellas es la presencia (siempre constante) de Juan Rulfo quien, como todos saben, con sólo un par de libros dejó su huella marcada de manera imperecedera. Menudo logro. Ahora me he topado con un libro que reúne cien fotografías del autor mexicano, y debo decir que, si bien desconocía esta faceta de Rulfo, no me extraña en lo absoluto la calidad del trabajo. Un artista es un artista y si bien hoy estamos más acostumbrados al artista que se presenta en diversas disciplinas —cosa que antes no lo era tanto—; la sensibilidad artística no es algo que pueda encasillarse en una sola faceta.

FB_IMG_1595311459896 Copio de una reseña: «Andrew Dempsey dedicó una década al estudio del acervo fotográfico de Juan Rulfo, compuesto de unas 6,000 imágenes. A su trabajo se sumó Daniele De Luigi y ambos seleccionaron 100 de las mismas. Este libro-catálogo es el primero que parte del conocimiento de la totalidad del archivo de Juan Rulfo y reúne la mayoría de los géneros que cultivó, adecuadamente ponderados: los edificios de México, los múltiples paisajes del país, la vida de los pequeños pueblos, los artistas, escritores, amigos y familiares de Juan Rulfo.

Se incluyen dos textos de Juan Rulfo: uno dedicado a Henri Cartier-Bresson en las dos épocas de su paso por México y otro sobre el fotógrafo mexicano Nacho López. Igualmente los autores de la selección escriben sobre la fotografía de Juan Rulfo desde una perspectiva muy informada en sus respectivas áreas de competencia».

Mientras tomo nota de este libro como uno de los que quiero conseguir sí-o-sí, les dejo una galería con algunas de sus imágenes. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Todo el tiempo en un instante

 

Lugares olvidados 10

 

Camino bajo la sombra de altos pinos y otros árboles que no puedo diferenciar. El lugar, esta vez, no importa. Podría ser cualquier sitio en cualquier continente y eso es lo que quiero: que el punto preciso sea dejado de lado, porque lo que importa aquí es el tiempo, no el espacio. Camino, dije, bajo la sombra de altos pinos y otros árboles, por un sendero apenas delineado en el terreno. Si existe es porque hay quien todavía va y viene por él, pero no porque haya sido delimitado por nadie en particular; es el azar de los caminantes quien le ha dado forma y sentido. Perdido en mis pensamientos me topo con la casa, o al menos con lo que queda de ella, de manera casi abrupta. Es pequeña (hoy apenas podría ser considerada como una habitación), y es sólo cuatro paredes de piedra y nada más. Dos paredes opuestas se levantan en forma de ángulo y son donde se apoyaría un ausente techo de madera. Las otras dos son bajas. En la frontal se ve el hueco de la puerta y, a los lados, equidistantes, los dos pequeños rectángulos de las ventanas. Todos los bordes superiores de las piedras están cubiertos de musgo y plantas; desde su interior se elevan dos árboles que abren sus ramas a no demasiada altura. Me llama la atención que las paredes aún permanezcan en pie y que las raíces no las hayan levantado, produciendo su derrumbe. Tal vez los árboles que crecen dentro de la casa no sean de los que tienen raíces tan fuertes, me digo; o tal vez es que las raíces harán ese trabajo en un momento futuro.
Me dispongo a tomar algunas fotografías. En algún lugar tengo un álbum titulado, no muy originalmente, Lugares olvidados, donde guardo fotos de sitios como éste, olvidados por la mano del hombre, donde la naturaleza poco a poco ha vuelto a adueñarse de lo que siempre fue de ella. No quiero tomar demasiadas fotos, tres o cuatro bastarán. Busco un ángulo, otro, me interno en la casa y es allí donde me doy cuenta (donde siento) que me encuentro en un vórtice temporal. Por primera vez me doy cuenta de que estoy viviendo eso que siempre ha sido una idea que juega entre lo poético y lo científico, la presencia constante del tiempo en un instante (si se me permite la expresión, ya que la presencia del adjetivo constante hace que la frase sea casi paradójica). Sentí la presencia del pasado, del presente y del futuro en ese sólo y mismo instante. Vi o reviví los pasos que se habían dado dentro de aquel pequeño espacio delimitado por las cuatro paredes de piedra; vi a mis propios pies deambulado por huellas hoy invisibles y pensé que tal vez podría estar llevándome por delante una invisible silla o tal vez tropezando con alguien; vi cómo las paredes iban a ser derribadas, una tarde en que nadie ya pasara por allí y cómo, poco a poco, iban a ser devoradas por la vegetación, que es débil, pero paciente.

La sensación duró unos pocos instantes (otra vez el tiempo, inasible no sólo en los sentidos, sino también en las palabras o en el intento de exponer una sensación), pero tuvo la cualidad de la fuerza que graba esas impresiones en la memoria de manera indeleble. Las tres dimensiones del tiempo pasaron por mí, por el punto focal que fui aquella tarde; y eso es algo que puede ser difícil de explicar, pero no de olvidar y tal vez tampoco de sentir. ¿Podrán estas manos que trasladan en palabras a aquella memoria hacer que alguien pueda sentirlo en algún día futuro?

Las maletas maltrechas. Poética del viaje II, Arturo F. Silva, p.58.

Todas las fotos pertenecen a Forbidden Places. A continuación, una galería de imágenes con las mismas características. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Lobos de mar

 

Pescador 01

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Descalzo el pie sobre la arena ardiente,
ceñida la cabeza de espadañas,
con una caña entre las verdes cañas,
que al Tajo adornan la famosa frente,
tiende sobre el cristal de su corriente
su cuerda el pescador, y por hazañas
tiene el sufrir que el sol por las montañas
se derribe a las aguas de occidente.

Así comienza Lope de Vega su poema Descalzo el pie sobre la arena ardiente y uno siente que está hablando, a través del tiempo, de los últimos pescadores de la isla griega de Paros. Muchos de los que por aquí pasan saben de mi debilidad por los retratos, debilidad que excede el mero marco artístico y que se adentra en lo que suelen decirme (o, dicho con mejor tono, con lo que suelo ver) esos rostros que me miran desde la imagen. Ya he hablado aquí de los trabajos de Steve McCurry, Jay Weinstein, Michael Ackerman o de Jan Banning; a los que hoy sumo un nuevo nombre. Copio del sitio web donde se encuentra este trabajo que he encontrado ahora:

Christian Stemper es un fotógrafo que, desde 2010, ha estado documentando a los últimos pescadores individuales restantes y sus barcos, en la isla griega de Paros. El documental fotográfico LUPIMARIS está dedicado a la historia, las historias y los rostros de los pescadores griegos y sus tradicionales y coloridos barcos de madera.

La mitad de los barcos que fueron fotografiados en 2010 ya no existen: destruidos, abandonados o vendidos a turistas. Debido a que ya nadie quiere convertirse en pescador, las embarcaciones de pesca tradicionales están muriendo y, por lo tanto, también lo hace una tradición milenaria. Son los últimos de su tipo y están en estado de extinción.

No hay mucho que agregar. Cuando un trabajo habla por sí mismo lo único que uno puede agregar es un lugar común, o dos, a lo sumo. Dejo a continuación una breve galería con fotos que parecen iguales pero que, sin duda, no lo son. Todas hablan o vibran en diferentes frecuencias, las que son, al mismo tiempo, armónicas. La humanidad subyace en esos retratos y todos estamos reflejados en ellos.

Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic en una de ellas. Pueden ir al sitio oficial del documental, aquí.

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El espejo, en blanco y negro

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Félix Nadar

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De Correr el tupido velo, de Pilar Donoso, donde la hija del escritor chileno nos narra la tormentosa relación con su padre; rescato este fragmento tomado de los diarios de José Donoso y que ella transcribe (creando un diálogo más que interesante entre ella y el padre que ya no está):

«No tengo fe en mi capacidad de sinceridad pura y directa, aunque sí, lo sé, tengo fe en mi capacidad de entregar toda mi sinceridad cifrada en el código de mis libros. ¿Pero no existe también otra sinceridad, más sutil tal vez, más aterrada, o por lo menos con otra verdad, en la pose, en la actitud premeditadamente falsa? ¿Por qué nuestra pasión por los retratos del siglo pasado? ¿Por qué Nadar y Julia Margaret Cameron y Lewis Carroll, y todos los demás, que fuerzan a sus sitters a tomar poses falsas, de donde, sin embargo, sale algo que es verdadero, porque es otra forma de fantasía? Hubo un tiempo en que la fotografía, la gran fotografía, era considerada la espontánea, callejera, el snapshot. Cartier-Bresson, Margaret Bourke-White, Capa, etcétera. Pero el gusto ha dado una vuelta completa y estamos mirando con asombro a los retratistas de pose y artificio, a Irving Penn, a Avedon mismo. Me gusta pensar que si bien sé que estos diarios, ahora, serán conservados en la Universidad de Princeton, y podrán ser escudriñados por estudiosos, estos señores no encontrarán sólo un monigote relleno de paja, sino que, si bien no un retrato cándido, encontrarán algo parecido a una estudiada foto de Nadar».

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Robert Capa

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«El gusto ha dado una vuelta completa», dice Donoso y hoy podríamos añadir que no sólo lo ha hecho el gusto, sino también el sentido o, sin llegar a ponernos pretenciosos, podríamos decir la verdad. La distinción que hace José Donoso no es menor: ¿Quién soy? ¿El que escribe este diario o el que escribió mis novelas? En un primer momento uno supone que el novelista es, de alguna manera, alguien un poco ficcional, casi un personaje en sí mismo que sentado frente a un escritorio en una habitación solitaria nos narra las peripecias de otros personajes ficticios, mientras que el que escribe el diario es el hombre de carne y hueso que sólo escribe lo que realmente siente, cosa que puede ser un pensamiento notable o tal vez una trivialidad doméstica.

Sin embargo, Donoso, apelando para ejemplificar su idea a la gran fotografía del siglo XX, nos dice que el escritor está en todos lados; que el escritor es, antes que nada, un simple ser humano que se desgrana en cada una de las páginas o de las palabras que escribe, más allá del formato o de la intención.

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Richard Avedon, por Richard Avedon

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Y como la literatura no sólo es entretenimiento, sino interpelación, ahora nos resta dar a nosotros el paso personal y preguntarnos dónde nos encontramos ¿En cada uno de nuestros actos o detrás de la máscara, es decir sólo en la apariencia? ¿Y cuánto de mentira (tal vez involuntaria) hay en la primera, y cuánto de verdad hay en la segunda? Interesantes preguntas para hacer frente al espejo.

Más fuerte que cualquier arma

Hace muchos años leí una novela de ciencia ficción en la que tenía lugar una escena que me sorprendió: dos seres humanos discutían (eran seres evolucionados, así que lo que viene tiene sentido; de todos modos, no vamos a entrar en esos detalles que ahora no interesan. Diré que la novela —si mi memoria no falla—, era Venus más X, de Theodore Sturgeon y nada más. Vamos al punto que importa). Decía que dos seres humanos discutían y uno de ellos, en un momento, se enfurece. El otro, de inmediato, entrelaza sus manos de una manera particular y se transforma en un espejo. El primero, al verse reflejado en ese estado, se calma de inmediato. Recuerdo que en aquel momento eso me pareció una idea maravillosa. ¡Si tuviéramos esa capacidad! Soñé. ¡Cuántos conflictos, peleas, agresiones acabarían antes de empezar! Luego, muchos años después, leí en algún lado la misma idea pero en referencia a una obra clásica, muy anterior a la de Sturgeon. La busqué antes de escribir esta entrada, pero no pude encontrarla (¿Será verdad que la leí o sólo será mi imaginación? Al igual que el primer paréntesis, éste dirá que eso no importa y que la idea central va por otro lado y que ya quedó clara. sigamos, entonces).

Ahora acabo de ver esta foto; esta magnífica foto, la cual es del año 2013 y que corresponde a una protesta en la ciudad de Kiev:

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La misma idea aplicada a la vida real y, lo que es tal vez más notable, con los mismos resultados. La noticia (según leo en un artículo certeramente titulado Luego de ser golpeados por la policía estos manifestantes regresaron con algo más poderoso que las armas) recorrió el mundo (aunque parece que yo estaba dormido en alguna parte) e incluso se conmemoró meses después. El resultado puede verse, con más profundidad en las siguientes imágenes:

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Verse así, reflejado en un espejo, no es algo para cualquiera. Ese espejo no habla, sólo nos interpela a nosotros mismos. ¿En qué te has convertido? Parece haberle dicho a este muchacho que no puede mantener la mirada en alto, como suelen hacer (y como deberían, por norma) los integrantes de las fuerzas armadas.

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Esta imagen, tal vez más clásica, más romántica, no deja de ser tan fuerte como las dos anteriores. La perfecta posición que ha encontrado la mujer para mantener el espejo hace que sea su mirada (mirada que no deja de tener un sesgo de preocupación, de ansiedad, de miedo) la que se imponga sobre la otra, que tiene que desviarse hacia un lado, concediendo así, como un ajedrecista que deja caer a su rey sobre los escaques, la victoria a su oponente.

Jorge Luis Borges, en una cuarteta de su poema Arte poética, nos dice:

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Me gustaría modificarla apenas un poco, cambiar sólo dos palabras y (con el permiso tácito del maestro), dejarla, al menos por hoy, así:

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo
la vida debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

La vida; nuestra única e individual vida, vista como un constante espejo puesto frente a nosotros. No formularé la pregunta obvia (¿Quién podría mantener la mirada fija en él?) porque no es cuestión aquí de andar calzándose los zapatos del juez, lejos de mí semejantes suelas; pero sí podría formular otra, de cara al futuro y, por ello mismo, menos violenta: Si a partir de ahora tuviéramos frente a nosotros un espejo permanente; un reflejo constante; un recordatorio inevitable de lo que somos y de lo que podemos ser ¿Cómo actuaríamos y por qué lo haríamos de ese único modo? La respuesta, claro está, es privada y personal; y por eso nada más agrego, y aquí termino. Felices miradas para todos.

 

 

Pasaporte

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El pasaporte, según reza su definición, es ese «Documento que acredita la identidad y la nacionalidad de una persona y que es necesario para viajar a determinados países», y que también cumple con otros dos requisitos que se han mantenido casi invariables a lo largo de la historia: sirven como metáfora de vario uso y sirven para que todos odiemos la foto en la que nos vemos retratados, con cara de circunstancia en el mejor de los casos y con cara de delincuente liso y llano en el peor. 

Pero esto no siempre fue así (lo de las fotos, quiero decir, ya que lo de las metáforas sí lo fue y lo es, como lo probaré torpemente dentro de unos pocos segundos). Hubo un tiempo, cuando los pasaportes eran un mero papel que se desplegaba en dos o cuatro folios menores (y no como hoy que son prolijas libretas con diversos sistemas de seguridad), donde las fotografías que se permitían eran, literalmente, cualquier cosa. Desde fotos grupales hasta fotos con mascotas o, como la que inicia esta entrada, tañendo una guitarra con poca eficacia (o haciendo como que se tañe una guitarra, porque se nota que la muchacha no tiene ni idea de lo que tiene entre manos). Vamos a unos ejemplos, ya que no hay nada como una representación gráfica de lo que torpemente quiero señalar.

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En cuanto a lo de las metáforas relacionadas con el pasaporte son muchas y variadas y todas ellas, claro está, se relacionan con el viaje, con el paso de un sitio a otro; etc. «La educación es el mejor pasaporte para…» y cosas así. (Hasta existe una novela titulada Pasaporte a la eternidad y me digo qué incómodo ¿No? Eso de andar cargando con un documento por los tiempos de los tiempos…). En ese sentido esas metáforas no son demasiado brillantes, vamos a ser sinceros; y como a ser no demasiado brillante no hay quién me gane, usaré la misma idea para desearles a todos, desde aquí, desde esta torpe fotografía personal que es esta entrada, lo mejor para el año que entra. La torpeza no quita lo sincero. Si todo es un paso, una frontera, un recomienzo constante; si todo es una puerta que se cierra al mismo tiempo que se abre; les deseo un montón de brindis, muchos ayes en la penumbra, abrazos por doquier y también, por qué no, algunas lágrimas de alegría y de las otras también (recuerden: lo que no nos mata nos hace más fuertes). En síntesis: les deseo vida y que cada uno se entienda con ella. Salud.

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Carpe diem

El Renacimiento en pleno siglo XXI

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Cuando observamos alguna obra de arte del período renacentista, notamos de inmediato algunas características (incluso si no sabemos específicamente cuáles son esas características sabemos que «están ahí»; del mismo modo que sabemos cuándo una obra es abstracta, por ejemplo). Encontré este conjunto de fotos que bien podríamos calificar de «renacentistas» en cuanto a su composición.

Para sintetizar un poco el tema, podríamos decir que el Renacimiento fue una vuelta hacia el estilo antiguo grecorromano pero desde un enfoque científico. Los conceptos que definieron este arte fueron el orden, la proporción, la armonía, el ritmo, la medida, la simetría, la perspectiva, la euritmia (definición griega de una composición de tipo armónica de líneas, sonidos, colores o proporciones). Este trabajo (del que, lamentablemente no conozco el nombre del autor y ni siquiera sé si es el trabajo de un solo fotógrafo o de varios) reúne esas características y nos permite ver la realidad desde un punto de vista estético, a la vez que social.

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El ojo de un vagabundo

 

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En octubre del 2012 escribí una entrada titulada Burocracia y humanidad, donde hablaba de lo que me producen ciertos trabajos fotográficos. Ya que el paso del tiempo me lo permite, copiaré el mismo texto de aquel entonces, ya que al releerlo veo que vale con exactitud a lo que quiero decir hoy. El texto es siguiente:

 

«Cada vez que me encuentro con una serie de fotografías en las que las personas –personas comunes y corrientes, como uno– son el centro de atención siento una fascinación que va más allá de la mera observación estética. La primera vez que me ocurrió esto fue cuando tuve la oportunidad de hojear el libro Portraits, de Steve McCurry. En él sólo encontramos doscientas páginas de retratos, los cuales fueron tomados por este genial fotógrafo en sus viajes alrededor del mundo (McCurry es el autor de esa inolvidable fotografía, la cual seguramente todos conocemos, de esa niña afgana en un campo de refugiados y que hoy es la imagen principal de National Geographic). Ese libro, como ningún otro, y sin necesidad de una sola palabra, me hizo sentir esa conexión absoluta con el resto de la humanidad toda. Algo similar sentí al ver esta fotos de estas personas en sus sitios de trabajo. No puedo evitar preguntarme ¿Cómo es su vida? ¿Cuáles son sus sueños, sus deseos, sus temores? ¿A quién aman, por quiénes son amados?

Schopenhauer, en un magnífico ensayo sobre «El fundamento de la moralidad», trata particularmente el tema de la trascendente experiencia espiritual. ¿Cómo es que, se pregunta, un individuo puede olvidarse de sí mismo y de su propia seguridad y ponerse a sí mismo y a su vida en peligro a fin de salvar a otra de la muerte o el dolor, como si esa otra vida fuese la suya propia, y ese peligro ajeno, el suyo? Alguien así, responde Schopenhauer, está actuando en el marco del reconocimiento instintivo de la verdad de que él y el otro son uno. Se mueve no por la impresión secundaria y menor de sí mismo como separado de los otros, sino por la inmediata experiencia de la más grande y cierta verdad de que todos somos uno en nuestro ser. El nombre que dio Schopenhauer a esta motivación es «compasión», Mitleid, y la identifica como la única inspiración de acción inherentemente moral.

Algo así es lo que me hacen sentir estas fotografías (téngase en cuenta que «compasión» vas escrito entre comillas porque, como todo término filosófico, no es exactamente a eso a lo que se refiere. Aquí podríamos sumarle la idea de «empatía». Ése termino se acerca mucho más a lo que intento describir), una profunda conexión con esas personas».

 

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El trabajo que nos ocupa hoy perteneces a Jay Weinstein y lo realizó en sus viajes por la India. Pueden acceder a su sitio personal aquí., el cual se titula so i asked them to smile (así que les pedí que sonrieran). Como dije, lo que me provocan estas fotos es lo mismo que dije hace casi siete años. Hoy sumo una idea personal: ¿Por qué no hacer este mismo trabajo en la intimidad de nuestro entorno? ¿Cómo sería y qué sentiríamos al ver una serie de este tipo con los miembros de nuestra familia como modelos?

Una galería de fotografías del proyecto de Jay Weinstein. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

 

Lo que perdura en la oscuridad

 

Me topé con el trabajo de Michael Ackerman como siempre: por casualidad. La intensidad de su trabajo (siempre en blanco y negro) provocó en mí sensaciones más hermanadas con el silencio que con la sorpresa. El uso del grano grueso en la impresión, el sutil fuera de foco buscado adrede y, por supuesto, los temas elegidos (incluso cuando se trata de autorretratos o retratos), me dejaron más pensativo que subyugado por lo que suele ser un arte más cercano a lo teatral la mayor parte de las veces. Hay, por supuesto, muchos análisis de las obras de Ackerman, pero no me adentraré en ellos, sólo dejaré algunas muestras de su trabajo y sus mismas palabras, todo lo cual debería ser más que suficiente para explicar lo inexplicable.

 

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La fotografía que lo explica todo es una fotografía muerta, la que está viva es aquella que cuestiona, que crea preguntas.

No creo que la fotografía sea una forma de alcanzar la inmortalidad. Por supuesto que no. Pero es una forma de guardar, de conservar cosas, de aferrarme a lo que me importa. Es una forma de preservación. 

 

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Cuando estoy fotografiando me siento muy conectado con lo que fotografío, y eso me hace sentirme más vivo en ese momento. Es un sentimiento persistente. Vivir es algo diferente al mero hecho de existir; tal vez sea la pasión, el amor, creer realmente en algo que sabes que es verdad. También tiene que ver con poder aprender, evolucionar. Con no estar estancado.

Tampoco creo que la fotografía sustituya a la memoria, como tampoco lo hace la escritura. Las fotografías son transformaciones de la memoria, de la experiencia. Así que no creo que fotografiar a alguien te permita recordarlo mejor.

 

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Lo cierto es que tengo una relación conflictiva con el tiempo, no me siento nada cómodo con él. Estoy tan obsesionado con el paso del tiempo que eso puede llegar a ser paralizante. Pienso demasiado en ello y hago muy poco al respecto. Pierdo mucho tiempo pensando en ello.

Los lugares y las personas que fotografío tienen algo en común; que son misteriosos. También son impredecibles, vulnerables, generosos y necesariamente imperfectos.

 

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Muchas veces me pasa que veo a alguien y esa persona me intriga, siento el deseo de fotografiarla, pero no sé cómo, no sé cómo hacer que su cara sea más interesante. No se trata de hacer solo un retrato. Se necesita tiempo, persistencia, convicción y suerte para ir más allá de la superficie. Necesito que la gente que fotografío me ofrezca una forma de entrar. Por eso digo que son generosos y valientes. Y también yo necesito ser valiente para aceptar lo que me ofrecen. Y lo cierto es que a menudo no lo soy.

 

Una galería con otras imágenes de Michael Ackerman. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas. Para ver imágenes de su libro Half Life, pueden visitar su sitio oficial, aquí.

 

La historia a nuestro lado

 

1940-2004

Hitler en París, Francia. 1940

 

Un paseador de perros pasea con su mascota por un campo tranquilo en Nueva Jersey, perdido en sus propios pensamientos bajo un cielo cubierto. Detrás de él, el fantasma de una vasta aeronave, consumida por el fuego, cae en picado a la Tierra. Con el maletín en la mano, un hombre de negocios habla por su teléfono móvil mientras camina por Berlín, a través del fantasma del muro que dividió la ciudad en dos durante casi 30 años. En París, una joven pareja se sienta leyendo los periódicos en una pared ante la famosa Torre Eiffel; sin saberlo, una aparición de Adolf Hitler se alza victoriosa junto a ellos después de que sus fuerzas de la Wehrmacht tomaran la capital francesa por la fuerza; y en las playas de Normandía, los fantasmas de los soldados que trajeron la libertad al continente recrean su atrevida invasión, saltando de su lancha de desembarco mientras una madre e hija buscan cangrejos en las aguas.

Estas imágenes combinan las fotografías de los lugares de hoy en día con los fantasmas de acontecimientos históricos trascendentales que sucedieron allí. Creadas por el fotógrafo Seth Taras, fueron la base de una campaña publicitaria de 2010 para History Channel, las que iban acompañadas del mensaje “Sepa dónde se encuentra”.

Seth Taras viajó por el mundo tomando sus fotografías desde el lugar exacto en que se capturaron los principales eventos históricos; y luego usó un software de edición de fotos para combinarlos con sus contrapartes antiguas.

 

Barcelona, estallido de la guerra civil, 1936

Barcelona, estallido de la guerra civil, 1936

 

Alguna vez, en este mismo sitio, hablé de lo que sentí cuando me encontré en la cima de una de las pirámides mayas de Tikal. A menudo, en situaciones parecidas me encuentro viendo lo que allí pasó hace tiempo (me permitiré una  breve anécdota personal: hace unos meses caminábamos por el centro de la ciudad con mi pareja y su hijo de quince años cuando pasamos por uno de los sitios particulares del centro histórico; allí, donde fue fusilado un luchador por la independencia de México. Le hice notar esto a este muchacho, el que se encogió levemente de hombros, como sus quince años casi lo obligaban a hacer. Pero yo, sumido en mi visión personal lo detuve. «No, no… mira. Aquí pararon a José Guadalupe Salto; mira, estaba aquí con los ojos vendados… Y aquí (corrí hasta adentrarme unos metros en la avenida) estaba el pelotón de fusilamiento… El Capitán que dio la orden estaría aquí, con la espada en posición…». Entonces vi en sus ojos una chispa de sorpresa o de maravilla. él vio lo que allí sucedió hace doscientos años; y supe que había logrado que alguien viera aquello que para mí es uno de los encantos añadidos en cada uno de los sitios que visito). Algo de eso, también, y a pesar de no conocer en persona los sitios fotografiados, sentí al recorrer este conjunto de fotos de Seth Taras. Aprender a ver la geografía más allá del tiempo es una pequeña maravilla a la que uno puede acceder con un poco de imaginación y otro tanto de historia.

Una galería con las fotos de Taras. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.