Algunas razones por las cuales el capitalismo (desgraciadamente) no morirá

Nota previa: el siguiente texto contiene una pequeña, muy pequeña dosis de humor negro. Si el lector carece de tolerancia a él, tal como otros carecen de tolerancia a la lactosa o al gluten, será mejor que pase de largo. De lo contrario, se ruega no molestar.

Creo que el primer atisbo de que el capitalismo es algo genético lo tuve cuando vi a ese tipo, correctamente protegido por el inevitable pasamontañas, vendiendo ladrillos para así poder manifestarse mejor. ¿Será una ironía? Me pregunté, y tal vez lo fuera, pero no quise acercarme a preguntarle porque, sinceramente, temí la respuesta, además de que él tenía los ladrillos y yo ninguno. Comprarle uno antes no hubiese servido para nada, él seguía estando ―maldita sea la carrera armamentista― con el mayor poder bélico. Sin demasiadas opciones, seguí caminando. Más adelante, debajo de unos portales de piedra caliza, una adivina le leía las cartas a un iluso. Hija de los tiempos, ella había acondicionado el lugar con una mampara divisoria y estaba bien protegida por su cubrebocas y sus anteojos (¿y era eso una peluca o así tenía realmente el pelo?). Me dije que no estaría muy segura de sus capacidades anticipatorias si no podía prever el estado de salud de quien tenía adelante; pero quién sabe, tal vez, como dice el refrán «En casa de herrero, cuchillo de palo» y ella, tan sagaz para ver el futuro ajeno, no era capaz de ver el propio. Yo no lo sé y tampoco aquí pude preguntar nada. Ella estaba ocupada en lo suyo yo preferí salir de largo.

Un ladrillo pasó volando a centímetros de mi nariz y se estrelló, haciéndola mil pedazos de diamantes diminutos, contra una vidriera enorme de una tienda que no sé cómo se llama. Un muchacho y una muchacha pasaron corriendo por delante de mí, en la misma dirección en que lo había hecho el ladrillo unos segundos antes y, pidiéndome disculpas por el casi golpe, se metieron rápidos en el local. Me pareció bien que se disculparan. Revolucionarios, pero educados. Iba a decirles que todo estaba bien cuando veo salir a la chica con una botella de Coca Cola en la mano. Pensé en decirle que era demasiado romper una vidriera por una Coca Cola y, de paso, explicarle que la revolución es otra cosa, que ella implica un cambio radical de… pero no pude, ser fueron corriendo delante de un policía que los siguió unos metros, pero que pensó que una Coca Cola no valía la pena (o tal vez sí, porque volvió sobre sus pasos y también se metió en el local para tomar un par, una para él y otra para su compañero. A mí nadie me convidó ninguna. Ni el revolucionario ni el antirrevolucionario. Mejor así. El azúcar no me sienta bien).

Las ciudades están transformándose en centros turísticos locales, sin duda. Hay un millón de cosas que nunca había visto antes. Por ejemplo, un árbol parece sacado de una copia modesta y de mal gusto de una película de Tim Burton. Sus ramas están llenas de púas en la parte superior. ¿Estarán por filmar alguna película? Pregunto, sin darme cuenta, en voz alta, y me dicen que no; que esas púas fueron colocadas allí por la gente adinerada del lugar, así los pájaros no pueden posarse y, por ende, no ensuciar sus autos con esa mala costumbre que tienen algunos pájaros de comer y cagar, con perdón de la expresión. Y vamos, que es entendible, uno no tiene un Lexus o un Porsche para que un gorrión te deje su firma sobre el capot recién encerado…

No tengo que dar ni dos pasos para encontrarme con otra vidriera rota. Allí un televisor encendido que nadie ha robado aún (prefieren llevarse los que están en sus cajas, por lo que veo. El que está encendido ya tiene uso) nos regala con algunas noticias que, al menos para mí, son poco menos que curiosas. «Es un dilema moderno para los ultra ricos: un yate espera, pero ¿cómo alcanzarlo de manera segura sin exponerse a las masas plagadas de gérmenes? Dilema para los que vuelan alto: cómo viajar de forma segura a su yate». Dice la primera de ellas y me digo que esa pobre gente debe estar pasándola realmente mal. Pero la noticia siguiente me conmueve sobremanera: Una pareja de Youtubers que había adoptado a un niño chino con autismo, lo devolvió luego de haber hecho una buena suma de dinero con él online, como se dice ahora. ¡Qué desgracia! Tener que devolver a tu hijo adoptado… también, tener la mala suerte de que te salga chino y autista… ¿Habrán devuelto también el dinero? Vaya uno a saber… pobrecita, lo que debe sufrir esa madre, se la ve tan compungida… Me pregunto si aún debería llamársele así, madre. No tengo ni idea, pero tal vez debería llamársele de otro modo.

Suena mi celular y lo maldigo. No hay modo de pasear por una ciudad o por donde sea sin que alguien te encuentre en cualquier momento y en todo lugar. Es L., quien me pide que camino a casa compre más cubrebocas y alcohol en gel. Y que no tarde demasiado (esto último lo dejo aquí para que vean el alcance del machismo actual). Por suerte encuentro una máquina expendedora que ahora ya no vende golosinas y refrescos (esos se consiguen, por lo visto, a pedradas en los cristales); sino que vende todo tipo de elementos de higiene. Veloces para los negocios los muchachos. Sigo en el teléfono y le pregunto a L. si no necesita una cama que se convierte en ataúd. Lo estoy viendo ante mí y parece útil. No repetiré sus palabras, sólo diré que no lo compré. Me excuso diciendo que sólo le digo lo que veo, las mujeres suelen comprar cosas que los hombres no. Diferentes visiones, que le dicen. OK, tampoco repetiré lo que dijo. ¿Un juguete con forma de coronavirus, hecho en China? Ése sí, para que juegue el perro. ¿Una bandera norteamericana o israelí para quemar? Parece que una empresa irakí le encontró la vuelta al asunto y está vendiendo un montón. Además están baratas. Que no, que nosotros no hacemos esas cosas. ¿Una bolsa con cierre para muerto, a sólo doscientos pesos? L. a veces tiene una boca… que para qué les cuento. Decidí cortar la comunicación e ir directo a casa.

Un último susto: un hombre apunta con un arma directamente a la cabeza de una mujer. El susto dura sólo un segundo: está tomándole la temperatura, cosa que está muy bien. La señora tiene que comprar sus Gucci y Gucci no quiere que sus clientes le ensucien los tejidos. Una mano lava a la otra, dicen.

Les dejo una galería con algunas imágenes que he juntado a lo largo de estos días. Todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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Tres incógnitas sobre la comezón

 

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¿La comezón es una causa o un síntoma? Ésa es la primera de las dudas que los hombres tienen al respecto de este tema y es una pregunta que no le interesa a nadie. La segunda de las incógnitas ya es más general y no hay persona en el mundo que no lo haya sentido en carne propia. Le digo a Lourdes: «ahí, ahí… un poco más arriba, no… más a la derecha… sí, ¡sí! ¡No! Te pasaste… más abajo. ¡No tanto! Más arr…». No hay caso, es imposible. ¿Cómo puede ser que no podamos ser rascados con precisión por otra persona? A veces se acercan al punto nodal de la comezón pero de inmediato se alejan en ese mismo sentido. Nunca aciertan con el lugar exacto ni, tampoco, con la intensidad; ya que a veces sentimos que nos están pasando lo que bien podría ser una pluma de cisne y otras veces sentimos que nos están arrancando la piel con un instrumento de jardinería. Sin embargo, nosotros podemos hacerlo con precisión en ambos sentidos: precisión geográfica y precisión de intensidad. Salvo, claro —y he aquí los verdaderos casos que pueden llevarnos al borde de la desesperación—, que no podamos realizar el acto por nosotros mismos porque, por ejemplo, tenemos un brazo enyesado, o que, como suele ocurrir en gran porcentaje de los casos (un verdadero misterio médico), que la comezón se presente en medio de nuestra espalda. En el primero de los casos no tenemos más opción que recurrir a un tercero (el cual, como ya se ha determinado, nunca podrá realizar la actividad como corresponde); en el segundo de los casos, lo mejor que podremos hacer es imitar a los osos y buscar un buen árbol, si es posible de corteza rugosa y, realizando movimientos verticales de manera alternada, llevar a cabo la tarea por nosotros mismos; algo que, como bien se sabe, es la única manera de hacer bien las cosas.

La tercera y última incógnita aún está abierta a debate y, por supuesto, se aceptan colaboraciones al respecto con el fin de intentar responderla. Esa pregunta es la siguiente: ¿Por qué nunca nos pica en dos lugares al mismo tiempo?

Hitler, el multiuso

Es bien sabido que don Adolf Hitler fue, es y será el ser más malvado que haya pisado la faz de la Tierra. Nadie como él para ejemplificar el mal por el mal en sí, para señalar los extremos del autoritarismo y, sobre todo, para ganar discusiones. Sobre todo esto último, claro, porque lo que todo el mundo quiere es tener la razón y el mejor modo de hacerlo ante la falta de argumentos es acusar al otro de ser un nazi o de compartir ideas con el monstruo alemán.

Quien mejor notó esto fue Mike Godwin allá por la última década del siglo pasado, cuando estableció la llamada «ley de Godwin» o «Regla de analogías nazis de Godwin» (la cual es un enunciado y no una ley; pero sigamos llamándola como se la conoce hoy en día), la cual establece que: «A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno». Es decir, en toda discusión en internet, en algún momento uno de los contendientes acusará al otro de nazi o de émulo de Hitler.

 

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Godwin formuló la ley (o enunciado) basándose en los protocolos de Usenet; pero bien podemos extender esta conducta a toda la red. No hay más que leer cualquier discusión virtual para notar que esto es así. Lo que podemos aprender de esto es la puesta en práctica de la Ley de Godwin: Cuando alguien llega a este punto del que hablamos antes, la discusión se termina. Eso es lo más inteligente que podemos hacer: cuando en algún debate alguien saca a relucir la palabra «nazi» o «Hitler» hay que dejar la cuestión allí, porque el contrincante ha demostrado su incapacidad para debatir con la altura necesaria (salvo, claro, que estemos discutiendo, precisamente, asuntos como la WWII, la política europea del siglo XX o cuestiones similares, por supuesto).

 

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Todos los que no me agradan son Hitler – La guía infantil para la discusión política en línea

 

La red tiene, también, mucho de estupendo sarcasmo, y es así como encontré la imagen anterior, la cual remeda un libro infantil basado en la misma idea de la que venimos hablando. También encontramos una formulación muy anterior a la existencia de internet, la creada por el filósofo político judío alemán Leo Strauss, la llamada reductio ad Hitlerum (reducción a Hitler), argumentum ad Hitlerum o argumentum ad nazium, es decir, una falacia del tipo ad hominem, un ataque a la persona y no a sus argumentos.

De allí, entonces, que debamos salir corriendo ante la presencia de una persona que se comporta de esta manera al debatir cualquier tema; lo más probable es que nos encontremos frente a alguien que sólo conoce a dos tipos de personajes: Hitler y él mismo.

 

Correo literario, Wislawa Szymborska

 

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Acaba de llegar a mis manos un breve volumen que contiene las críticas literarias que Wislawa Szymborska escribió a lo largo de casi veintiún años en el semanario Życie literackie (Vida literaria), de su natal Polonia. Muchos saben que con respecto a Szymborska y su poesía siempre digo lo mismo: es la mejor de todas (y hasta ahora nada ha aparecido como para que cambie mi parecer al respecto). Algo de su fina ironía pude ver al leer algunos de sus reportajes y su discurso en la recepción del Premio Nobel; pero nada como este volumen. Por momentos me encontré riendo abierta y francamente ante las respuestas que Szymborska da a los escritores que enviaban sus trabajos para ser considerados para su publicación (nada sabemos de esos textos, sólo podemos acceder a la crítica que de ellos se hace. De todos modos, también puede ser parte del juego el pensar en qué podrían haberle mandado a esa revista a lo largo de todo ese tiempo). Les compartiré algunas de esas críticas, a modo de ejemplo.

 

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Portada de Correo Liteario y portada de el semanario Życie literackie (Vida literaria)

 

G.O. Es verdad que Nerón tenía un carácter nauseabundo, que se entregaba al libertinaje y a la grafomanía, pero que comiera patatas fritas es algo de lo que no se le puede acusar. A pesar de que patata rima muy bien con fogata.

Ludomir, Olsztyn. Por los poemas que nos envía, hemos llegado a la conclusión de que está usted enamorado. Alguien dijo que todos los enamorados son poetas. pero probablemente es una exageración. Le deseamos todo tipo de éxitos en su vida personal.

Welur, Chelm. «Díganme si mi prosa revela talento». Sí, revela. Pero por suerte para usted todavía sin consecuencias penales.

L.W., Cracovia. Nos dedicamos a valorar los poemas de amor, pero no damos consejos en cuestiones del corazón. En privado, por qué no, pero en esta columna tenemos que defender los intereses de la poesía, que resulta que florece mejor en un terreno de sentimientos mal depositados y en un ambiente de cierta incomodidad psíquica. En pocas palabras, si quueremos leer buenos poemas, insistimos en al menos un desengaño amoroso por cabeza. un verdadero talento sabrá qué hacer con él. Cordiales saludos.

Pegaz, Niepolomice. Pregunta usted si la vida tiene algún balor. El diccionario de ortograía contesta que no.

Meri, Cracovia. La descripción de la sesión espiritista ganaría seguramente se si hubiera compadecido usted mínimamente de los destinos de los espíritus célebres. Sócrates, invocado desde el más allá para que doña Zofia pueda enterarse de a qué números jugar en la lotería, despierta más bien compasión y suscita una trascendental reflexión sobre si realmente merece la pena ser Sócrates cuando los vivos son incapaces de rendirle el debido respeto. ¡menos mal que los espíritus no existen! De lo contrario, sería imprescindible publicar urgentemente un manual metafísico de buenos modales.

«Homo», Trzebinia. Pregunta usted qué opinión tenemos sobre Homero. hasta ahora, la mejor posible. ¿Por? ¿Ha pasado algo?

Roland, voivodia de Lublin. La cuestión del sinsentido de la vida es difícilmente desarrollable con la rima «lucha-babucha». Mejor explicarla por señas.

Baska. «Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los poemas que adjnuto? Creemos que es usted, efectivamente, una chica muy guapa».

Tomasz K., Chelm, regióon de Lublin. «He escrito por casualidad veinte poemas. Me gustaría verlos publicados»… Desgraciadamente, tenía razón el gran Pasteur cuando dijo que el azar favorecía a los espíritus preparados. Las musas le pillaron a usted en paños menores, espiritualmente hablando.

Leo W., Gdansk. Apreciamos las novelas con digresiones, sobre todo si son digresiones filosóficas. Y más todavía si quien las hace es «un científico de endiablado talento», com define usted a su personaje principal. Desgraciadamente, el peso específfico de esas digresiones es más bien nulo. Lo peor es que ese científico tiene en su cabeza un patético galimatías. Corregimos sólo aquello que puede explicarse con frases cortas: 1) Carlos Linneo no era romano, era sueco; 2) la filosofía de Epicuro no tiene nada que ver con el epicureísmo en el sentido coloquial del término; otra persona quizá no, pero un intelectual ambicioso debería saberlo casi antes de nacer; 3) Ptolomeo no era un cretino, sino un sabio que se equivocó. Como es apenas el inicio de la novela, que abundará, seguramente, en más divagaciones, le indicamos amablemente que entre la filosofía de Descartes y la ideología de Cartesius no hay grandes divergencias. Se lo decimos sólo por si acaso.

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Como bien se señala como subtítulo de este ejemplar de Editorial Nórdica, estos breves comentarios bien pueden ser un Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor. No pocas veces lo que dice Szymborska nos impulsa a tomar una hoja en blanco y ponernos a escribir; y varias otras nos hacen pensar que mejor sería dedicarnos a otra cosa. A pesar de los años, de la distancia temporal y del desconocimiento de la obra de la que se habla, los consejos literarios a veces pueden aplicarse con independencia de quién esté hablando o de quién esté leyendo.

Esperemos, al menos, no ser dignos de comentarios como los que dejé más arriba. Creo que con eso ya podríamos darnos por satisfechos.

El evangelio de la templanza en un mapa de ferrocarril

 

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Ustedes ya saben de mi afición por los mapas y, sobre todo, por los mapas extraños, inventados o alegóricos. Cada tanto tengo la suerte de encontrar uno nuevo, como en este caso, en que por azar me topé con este Mapa de la Templanza. G. E. Bula ideó este mapa en 1908 como una forma educativa indirecta. (Para verlo en mayor tamaño, pueden ir aquí). En el recuadro inferior izquierdo, puede leerse:

«Este mapa único creará una impresión duradera para el bien de todos los que lo estudien. Los nombres de estados, ciudades, ferrocarriles, lagos, ríos y montañas son significativos. Una copia de este mapa debería estar en cada hogar, hotel, estación de ferrocarril y lugar público. Sería un estudio interesante para los escolares, tanto en el  [sistema] público como en las escuelas dominicales. Hará que muchos abandonen la Ruta de la Gran Destrucción y terminen su viaje en la Gran Ruta Celestial. Precio 35 centavos».

Por supuesto, me puse a recorrer ese territorio con el placer de siempre; y encontré que todo parece partir de Villa Decisión (arriba, a la izquierda); y los puntos de llegada son sólo dos: La ciudad celestial (arriba, a la derecha) o Ciudad Destrucción (abajo), con dos caminos directos con los mismos aburridos nombres (la Gran Ruta Celestial los llevara directo a Ciudad Celestial, pasando por los estados de Corrección y Bonda y Sacrificio. Lo dicho: pretencioso y aburrido). Lo mejor está, por supuesto, en ir viajando por aquí y por allá. Deteniéndose donde a uno le parezca mejor. ¿Por qué no tomar el Camino que luce correcto? Los riesgos son mayores, sin duda; pero no vamos a negar que algunas alegrías se conseguirán por el camino,  pasando, por ejemplo, por el Estado de la Vanidad (donde tenemos el Pantano Mormón), Villa Presunción, Falsa Esperanza y luego, tomando un desvío, podemos llegar al Lago Cerveza (para quienes gusten de emociones más fuertes podrían tomar por el primer desvío y luego de pasar por Divorcio y Descontento, pueden llegar al Lago de la jarra de Ron, luego de pasar por el Parque Cocaína.

Como ven, hay para todos los gustos. Por cierto, el mal camino parece mucho más popular que el bueno; aquí, en el mapa, y en la vida real también. Mal que nos pese, las alegorías sólo sirven para entretenernos un rato y poco más. Por eso me despido y me voy a jugar con el mapa otro ratito.

¿Dónde está Calvin?

El siguiente texto lo tomé del Chemistry World Blog y, si bien no es más que una tontería curiosa, me gustó porque nos muestra ese aspecto poco conocido de esos hombres que son los científicos (de hecho, no puedo menos que imaginar las escenas que siguen como un fragmento de un capítulo de The Big Bang Theory):

Melvin Calvin fue un químico reconocido por sus trabajos complejos para evaluar el impacto de todo, desde la luz, el pH, el dióxido de carbono y el oxígeno en la fotosíntesis. Se hizo acreedor por ello al Premio Nobel en el año 1961. También era conocido por su poco sentido del humor. Parece que lo estricto era su forma de conducta general; tanto en su trabajo como en su vida privada.

Según John Kilcoyne, era un hombre serio con poca paciencia para bromas. Esto contrastaba con su estudiante graduado A. T. Wilson; un hombre con mucho de lo que los sajones llaman bromista práctico. Wilson hizo una apuesta con el secretario del departamento de que podía colar la imagen de un hombre pescando en uno de los reactores en el diagrama sin que su supervisor se diera cuenta. Wilson ganó su apuesta y el pescador todavía está en el diagrama. Calvin nunca se enteró. Aquí les dejo el diagrama en cuestión, por si quieren descubrir dónde está el pescador en cuestión (Para ver el diagrama en mayor tamaño, pueden ir aquí:

 

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Dicho esto (y mientras hago tiempo para que la respuesta quede un poco más abajo) y dejando las gracias un poco a un lado, hay que decir que el malhumorado Malvin Calvin es un hombre digno de estar al lado de algunos de los otros gigantes de las ciencias químicas. La mayoría de los científicos asociarán instantáneamente a Calvin con el famoso ciclo bioquímico, nombrado en su honor, que él elucidó. En la década de 1950, cuando Calvin llevó a cabo su trabajo, poco se sabía acerca de los detalles de la fotosíntesis y la idea de que el dióxido de carbono era la materia prima para hacer alimentos azucarados de las plantas no fue ampliamente aceptada. Los mecanismos de fotosíntesis que ayudó a resolver todavía nos parecen mágicos hoy en día; Es absolutamente increíble que una planta pueda tomar aire literalmente delgado y convertirlo en compuestos orgánicos que almacenan energía. Pero, de manera interesante, hoy enfrentamos un desafío análogo en la forma de la tarea aparentemente imposible de generar energía limpia a bajo costo. Parece claro que necesitamos más héroes de la química de al menos el mismo calibre que Calvin para abordar este problema. Y lo que con lo arduo del trabajo que inevitablemente tomará, un poco de sentido del humor probablemente ayudaría también.

Por cierto, el pescador se encuentra aquí:

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Listas de compras y errores de genios

Cuando el Museo de Arte de Seattle presentó una exhibición de los primeros dibujos de Miguel Ángel en 2009, éstos incluían tres menús que el escultor había garabateado en el reverso de un sobre en 1518: listas de compras para un sirviente.

 

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El crítico Steve Duin explicó: «Debido a que el sirviente que estaba enviando al mercado era analfabeto, Michelangelo ilustró las listas de compras: un arenque, tortelli, dos sopas de hinojo, cuatro anchoas y un cuarto de vino áspero. Con prisa (y añadiendo detalles que hoy nos resultan exquisitos) dibujó a un lado caricaturas con pluma y tinta».

En una lista similar, perteneciente a Galileo Galilei, puede encontrarse, junto a implementos para un experimento de óptica, cosas como arroz, pimienta y azúcar. Sin duda, una breve lista de compras de Galileo, similar a la que hace cualquiera de nosotros para no olvidar lo que debemos traer del mercado.

 

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Por último, y como un añadido extra, ya que estamos hablando de manuscritos de personajes famosos, una curiosidad: Un el manuscrito de 1490 escrito por Leonardo da Vinci donde éste enumera sucesivas duplicaciones de 2 pero donde hay un error de cálculo, cuando equivoca 2¹³ como 8092 (cuando en realidad el resultado es 8192). «Es inconfundible que es un error de cálculo de Leonardo y no de algunos copistas descuidados, ya que se encontró en el manuscrito original del propio Da Vinci», señala el informático de la Universidad de Gante Peter Dawyndt. Agregué una pequeña flecha señalando el error; quien quiera acercarse a un análisis de los errores de Leonardo, puede ir aquí.

 

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Titivillus, un amigo de la casa

 

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La demonología medieval (como posteriormente también la del Renacimiento) es minuciosa, ordenada, específica, aunque a veces parezca confundirse —según algunos medievalistas— con historias del folklore local de la región que corresponda. Quizá haya sido este último el caso de Titivillus, un demonio de quien se creía que trabajaba en nombre de Belfegor, Lucifer o Satanás y al que se le atribuía, cuando no la autoría, al menos la labor de recopilar los errores en los trabajos de los copistas y escribas medievales para luego usarlos en su contra, acusándolos de negligencia en su trabajo.

 

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En el monasterio de las Huelgas, en Burgos, la imagen de la Virgen de la Misericordia protege bajo su manto a un grupo de monjas cistercienses y a sus benefactores. Fuera del manto se ve, al lado derecho, a Titivillus cargando, precisamente, un fajo de libros. La obra pertenece a Diego de la Cruz.

 

La primera mención que se conoce de Titivillus está en el trabajo de Juan de Gales (John Galensis), en su Tractatus de Penitentia de 1285. Posteriormente, también se describió a Titivillus como el demonio encargado de provocar la charla ociosa, la mala pronunciación, la murmuración y la omisión de palabras durante la oración o cualquier oficio religioso. En algunas representaciones, se le ve cargando un fajo de libros (o un saco) donde llevaría estas palabras, que se le imputarían luego a las almas en el juicio individual, para hundirlas en el infierno. En algunas obras literarias, especialmente inglesas, en las que Titivillus aparece, el propio demonio omite palabras, sílabas e incluso frases enteras.

Así que ya saben, si algún error encuentran en ésta o en cualquier otra entrada de este blog, no fue culpa mía, sino de Titivillus, que anda haciendo de las suyas.

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Huellas (II)

 

Hace poco visité un convento del siglo XVI donde me encontré con la huella de un perro, huella que me llevó a hacerme algunas preguntas de esas que uno se hace porque sí y que resultan más útiles y válidas que las habituales ¿Lloverá mañana? o similares. Ahora encuentro esto, que me hace ver que no soy el único en «perder el tiempo en cuestiones triviales». El asunto no es menos encantador que el que me tocó en suerte a mí, pero sí mucho más atractivo por el detalle de que esta huella fue dejada en un manuscrito medieval. Vamos al grano:

 

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Mientras investigaba un manuscrito medieval, Emir O. Filipović, un asistente de enseñanza en la Universidad de Sarajevo, descubrió páginas del libro manchadas con las huellas entintadas de un gato. Como todo hijo de la modernidad, Filipović  tomó algunas fotos para mostrársela a sus amigos y, por extensión, a todos nosotros.

 

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Los manuscritos medievales generalmente contienen muchas cosas extrañas: garabatos pequeños, hongos extraños, iniciales decoradas elaboradas, agujeros presumiblemente perforados por gusanos u otras plagas, e incluso filigranas cuidadosamente hechas a mano.

 

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Estas huellas de tinta se hicieron poco después de escribir las páginas y podemos imaginar al monje que copiaba el libro, furioso, espantando al gato con pánico mientras intentaba sacarlo de su escritorio. Sea como haya sido, el daño ya estaba hecho y no había nada más que se pudiera hacer, tan sólo pasar la página y continuar el trabajo. Así, tal vez sin decirle nada a nadie, el monje siguió con su trabajo y el episodio fue «archivado» para la historia y para que yo pueda, hoy, escribir esta pequeña entrada.

Una lista para irresponsables rimadores

Encontré este extracto de una de las libretas de anotaciones de Jorge Luis Borges. La lista que contiene hace referencia a un concurso de poesía llevado a cabo en 1963, donde el escritor argentino formaba parte del jurado. La lista, al menos la parte a la que podemos acceder, es una muestra del típico humor borgesiano:

 

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Hubiese sido muy interesante haber podido tener la lista completa, pero por más que busqué no encontré ningún sitio que la tuviera. De todos modos algún día la encontraré; aquí en la red tarde o temprano todo termina apareciendo.

Por el momento me gustaría jugar un poco con la lista. Lo más obvio que se me ocurre es utilizarla para criticar los libros que uno lee, incluso los libros de los amigos (sobre todo aquellos a los que uno les reconoce buen sentido del humor). Otro uso podría ser el de exponer nuestro estado de ánimo a través de ella. Hoy, por ejemplo, me siento un poquito 28; pero más que nada, 31…