Nos están rodeando

 

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Estoy en una librería, como siempre, viendo qué hay de nuevo o qué nuevas ediciones encuentro de mis libros favoritos cuando me encuentro con este volumen, cuyo sugestivo título es El arte de la seducción. Aunque en la tapa se lo publicita diciendo «Del autor del éxito mundial Las 48 leyes del poder», cosa que no es muy atractiva que digamos, hojearlo no cuesta nada y eso hago. Enseguida me topo con la siguiente página, a la cual me apresuro a tomarle una instantánea para compartirla con ustedes.

 

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Es una tontería, lo sé; ¿pero cuántos comenzarán a considerar esto como válido o, peor aún, lógico? Intenté leer el párrafo, pero no pude terminarlo (de hecho, apenas pasé de los tres o cuatro renglones). Ahora vuelvo a intentarlo y no, no hay caso, es imposible avanzar en la lectura constantemente entorpecida por las arrobas y por la ridícula expresión m/p-adre.

Busqué de inmediato otros volúmenes de la editorial Océano, con el vivo temor de encontrar ese mismo horror en otros textos, pero por suerte se ve que la estupidez es propia del autor, no de la editorial, ya que al menos Moby Dick y unos cuentos de Edgar Allan Poe no habían sido violados en su pureza original.

Esperemos que el ejemplo no cunda, mis querides amigues; de lo contrario hasta tendremos que abandonar la literatura y dedicarnos al oboe, que al menos tiene la virtud de venir neutro desde la cuna.

 


Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

Dos ladrones (o dos chorros, como quieran)

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Hace unos días escuchaba una milonga muy divertida llamada Entre curdas , cantada por Jorge Vidal. Ante las risas que provocó en mí la letra de la canción, L. me pidió que le explicara de qué se trataba todo aquello, lo cual, me di cuenta al intentar «traducir» la letra, eso es imposible, ya que las implicancias y las sutiles referencias culturales hacen que se pierda todo sentido (toda «picardía»; porque el sentido sí puede traducirse de alguna manera) ¿Cómo traducir una expresión como «el jonca quedó forfai» o «rechupado como un faso»? Y es que el argot argentino es bastante peculiar (todo argot lo es; claro está, pero el argot argentino posee algunas particularidades que lo hacen un poco más complejo, como explicaré a continuación); por un lado tenemos las modificaciones habituales del lenguaje dadas por el mismo paso del tiempo, por la técnica y por las movidas culturales propias de cada edad (sobre todo los adolescentes). Y a eso hay que sumarle el lunfardo; un argot particular creado a principios del siglo XX y que mezcla términos y deformaciones sonoras de idiomas como el italiano, el gallego, el árabe, el idish y, en menor medida, del inglés y del francés (esto gracias a la ingente población inmigrante que llegó a Argentina después de la Primera Guerra Mundial, sobre todo). Por último, para complicar un poquito más las cosas, también se le suma el vesre; lo cual no es otra cosa que tomar una palabra, separarla en sílabas y decirlas en el orden opuesto (en uno de los ejemplos dados más arriba, la palabra jonca no es otra que cajón. Ese es un ejemplo sencillo porque es bisílabo. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, dorima? Pues nada más que do-ri-ma; es decir, marido).

 

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Hay muchas milongas y tangos que usan este argot como lengua común, es decir, como una especie de lingua franca. Un caso por demás particular es el que ocurrió hace algunas décadas, en pleno tiempo de la última dictadura militar. Por ese entonces, los puristas de la moral (escenificados por un ridículo General o algo similar) consideraban que este lenguaje, al igual que un pecho femenino o la matemática moderna, corrompían la mente de las personas y por eso debían desaparecer. El siguiente soneto, publicado bajo el seudónimo de Lope de Boedo (ya desde aquí sabemos que esto no es del todo serio; Boedo es un barrio de Buenos Aires y Lope, claro está, hace referencia a Lope de Vega); es un maravilloso ejemplo del uso artístico de este argot del que estoy hablando.

El soneto nos habla del momento de la crucifixión de Jesús y de su diálogo con los dos ladrones que se encontraban a su lado. La escena, vista desde el lenguaje callejero, cobra un nuevo sentido (aunque el original sentido religioso no desaparece, claro está; sólo es que parece más cerca de la verdad que la versión bíblica, me atrevería a decir). Lo gracioso es que alguien del gobierno militar de aquella época obligó a Edmundo Rivero (una de las voces del tango más famosas) a grabar una versión del soneto en lenguaje correcto; es decir, despojado de todo rastro de argot. Les dejo la versión cantada más abajo, para que puedan entenderla aquellos que no entienden este idioma pero, sobre todo, para que puedan compararla. Me permitiría aconsejarles (con las disculpas del caso), que primero lean el soneto y que después lo «sigan» a medida que lo canta Rivero. ¿Cuál de las dos versiones prefieren?

Dos ladrones

Hay tres cruces y tres crucificados
en la más alta, al diome, el Nazareno.
En la del wing lloraba el chorro bueno
mangándole el perdón de sus pecados.

Escracho torvo; dientes apretados,
mascaba el otro lunfa el duro freno
del odio, y destilaba su veneno
con el rechifle de los rejugados.

¿No sos hijo de Dios? Dale. Salvate.
Sos el Rey de los Moishes, arranyate.
¿Por qué no te bajás? ¡Dale, che, guiso!
Jesús ni se mosquió. ¡Minga de bola!
Y le dijo al buen chorro: Estate piola
que hoy zarparás conmigo al Paraíso.

 

 

La ironía, esa incomprendida

 

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Hace poco, y a raíz de un comentario algo irónico de mi parte, un amigo me dijo que ser irónico era, de alguna manera, ser violento con el interlocutor o con el objeto de la ironía. Yo defendí a la ironía considerando que mi amigo la confundía con el sarcasmo. Hoy encuentro un texto de Søren Kierkegaard que me permite seguir defendiendo a la ironía despojándola de todo carácter negativo. Dejaré el comentario al final, porque antes quisiera hacer una distinción precisa:

Para empezar, veamos qué dice la inevitable (no sé por qué) Real Academia Española al respecto:

Ironía: “Figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice.”

Sarcasmo: “Burla sangrienta, ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata a alguien o algo.”

Bien, ahí está la madre del borrego: la similitud entre ambos conceptos se debe a que el sarcasmo es un tipo de ironía, por lo que en ambas figuras se da a entender algo diferente a lo que en realidad se está diciendo. Sin embargo, hay una diferencia en cuanto a la finalidad: el sarcasmo se usa con la intención de herir los sentimientos de alguien.

Veamos el siguiente cuadro:

 

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Y aquí dejo el cometario del que hablé al principio, el cual propone un estadio más amplio de la ironía:

En su ensayo El concepto de la ironía, Kierkegaard coloca a este concepto en un estadio intermedio entre la estética y la ética. Para él, quienquiera que se distingua por poseer un juicio auténticamente ético respecto al mundo es irónico todo el tiempo y no sólo de vez en cuando y en una determinada situación. Quien así se conduzca estará listo para la vida misma, la cual será permanente objeto de su inteligente y regocijado menosprecio. Así como una verdadera presencia irónica nunca utiliza su intrínseco recurso simplemente para ser aplaudido momentáneamente, la ironía ética vuelta estética acaba por surgir en todo momento.

Como se ve, la ironía es un recurso maravilloso para destacar fragmentos de una historia o para darle sabor a un momento. El sarcasmo también lo es, pero hay que saber usarlo con mucha más precisión y sutileza; pero eso quedará para otra ocasión.

Somos mucho más que dos

Según la información suministrada por las Naciones Unidas, el español es la segunda lengua más hablada en el planeta. La lista de las diez lenguas más habladas es la siguiente:

 

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Es el mandarín el idioma que más practicantes tiene, pero al estar tan limitado geográfica y culturalmente, a nivel internacional es casi irrelevante. El inglés, el que muchos consideran como la lengua más hablada, se encuentra muy cerca de nuestra lengua madre en cantidad de hablantes originales; pero, para acallar nuestro infantil y chovinista orgullo, no debemos olvidar que si consideramos al español y al inglés como segundas lenguas, éste nos supera por mucho. En ese caso el inglés pasaría a ser hablado por casi 2.000 millones de personas, mientras que el español sería hablado por “tan solo” unos 500 millones.

Todos estos datos estadísticos no hacen otra cosa que poner el asunto en negro sobre blanco; es decir, no hacen nada más que indicarnos el estado de las cosas de manera práctica. Luego, la interpretación que hacemos de esos datos es cosa nuestra; lo cual, también, debemos justificar según entendamos.

En mi caso particular la lectura que hago de estos dos aspectos es hija de dos recuerdos. Por un lado recuerdo aquel ensayo de Isaac Asimov que respondía a la pregunta de cuál era el idioma indicado para ser un «idioma universal». Por supuesto, para él era el inglés y los motivos con los que justificaba esa elección eran prácticos: ya es el idioma que más se ha extendido a lo largo y ancho del planeta, no es muy complejo (puede ser aprendido con facilidad) y la mayor parte de la literatura científica está escrita o traducida a ese idioma.

 

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Asimov tenía razón en esos puntos, pero hace ya tiempo, cuando viví en los Estados Unidos, recuerdo haber leído a un periodista —de segunda categoría con ganas de lograr algo de fama pero sin el talento para ello— quien dijo que el español era «un idioma de sirvientes» (en clara referencia, claro está, a que quienes hablan español en ese país son, en general, quienes hacen las tareas de servicio). Es entonces que digo que si bien Asimov tenía razón, no debemos olvidar que esos mismos argumentos pueden y son usados por imbéciles con menos empatía que el escritor ruso-americano y que ello hace que esas ideas se vuelvan peligrosas.

Acceder a un idioma universal es algo deseable, aun si ese idioma sea el de un país en particular. Pero ello debe hacerse sin olvidar de defender a nuestro propio idioma (el cual está siendo más que vapuleado por nosotros mismos). Una cosa no quita a la otra. Ser universales pero sin olvidar lo particular. Ser ciudadanos del mundo pero sin dejar de ser hijos de nuestra tierra, hablando con pasión la lengua que nos corresponde.

Cancún Babel

Cancún BabelLos grandes centros turísticos se han transformado, como todos sabemos, en centros de reunión de nacionalidades diversas que cruzan sus caminos momentáneamente para luego proseguir su andar hacia otras ciudades y otros cruces hijos del azar. Cancún, Playa del Carmen y Tulum no son excepciones y, salvo por el tamaño de cada una de estas locaciones, lo cual influye en la cantidad de personas con las que podemos cruzarnos, las tres son ideales para conocer gente de distintas latitudes, todos ellos más que abiertos a compartir charlas, datos, información.

En Playa del Carmen, por ejemplo, me sentí como si esta ciudad fuese una sucursal de un balneario argentino debido a la gran cantidad de turistas de ese país pero, sobre todo, debido a que un gran porcentaje de los jóvenes que trabajan en la Quinta Avenida son argentinos y es común verlos en sus puestos tomando mate mientras hacen sus tareas. Luego, no sé si debido a que el clima caribeño parece predisponer a la gente a un carácter más abierto, un empleado del hotel donde nos hospedábamos, compartió el desayuno con nosotros. Era nativo de Belice y nos brindó interesantes datos de su país y de qué debíamos hacer si íbamos allí. Así es todo en la Riviera Maya. Esos datos se los pasamos a una pareja de italianos con quienes compartimos el transporte hacia la playa, quienes nos tradujeron los datos de una pareja de alemanes que nos recomendaban un cenote poco conocido.

Pero lo que más recordamos, por lo curioso e improbable del cruce, fue lo que nos sucedió con dos personas en nuestra visita a Chichén Itzá. Este viaje fue medianamente largo y nos detuvimos para ver algunas artesanías y para almorzar. Una pareja nos preguntó si podíamos compartir la mesa, a lo cual aceptamos gustosos. Eso nos llevó al diálogo inevitable que se da en esos casos «¿De dónde son; cuánto llevan aquí? Y demás». Ellos eran polacos y pensaban pasar un par de semanas allí antes de volar a Europa. Todo eso no pasa de ser algo trivial en esos casos; pero al día siguiente, a doscientos kilómetros de allí, en una playa alejada de los centros turísticos tradicionales, y mientras nos bañábamos en esas deliciosas aguas turquesas, sentimos una fuerte exclamación a nuestro lado. El polaco, sonriente y vociferante, se acercaba a saludarnos. No nos habíamos visto, pero en la arena estábamos apenas a treinta metros de distancia. Eso es lo que sucede en esos sitios, uno no sabe cómo es que se lo consigue, pero de una u otra manera termina conversando con personas con las que apenas comparte lenguajes. Es casi inevitable y se da de una manera natural que se hagan esfuerzos de una y otra parte y en general, con una estupenda predisposición, terminamos cruzando palabras con alguien que antes no pensábamos que podíamos llegar a entendernos.

Algunas horas después, luego de caminar un par de kilómetros, estábamos en la ruta esperando que se llenara el transporte que nos llevaría a la ciudad. Es habitual que estos vehículos sólo se pongan en marcha cuando se llenan, así que esperamos un rato charlando con quienes ya estaban allí. Quedaban seis lugares vacíos, los que fueron ocupados a lo largo de varios minutos por una empleada del balneario, un grupo de tres amigos y los últimos en llegar: el polaco y su esposa. Regresamos conversando entre sonoras risas (que nadie entendía) y cuando llegamos a destino nos despedimos bromeando sobre el siguiente, curioso, encuentro. Ésa fue la última vez que nos vimos.

Dos consideraciones personales sobre el lenguaje

Mi Be - “Communication v3.2”

Mi Be – “Communication v3.2”

Uno de los tópicos más delicados al viajar por el mundo y, sobre todo, al establecerse en una latitud diferente a la de origen, es el del lenguaje. Se llega con una carga semántica diferente, con un acento extraño, con sutilezas mínimas pero fundamentales. Esas diferencias bien pueden marcar un punto de inflexión entre el bienestar y el malestar, aunque esto parezca una exageración. Por un lado uno debe adaptarse a los localismos, los cuales pueden incluir términos mal empleados, como los que escucho aquí a diario, los diminutivos, por ejemplo. Es común oír panecito, trenecito, solecito, y así por el estilo. Claro está que esto no significa que sea yo el que hable bien. En mi caso, por mi raíz argentina, tengo la costumbre del vos, lo cual implica conjugar mal todos (todos) los verbos y usar el tiempo incorrecto (los argentinos usamos la segunda persona del plural como singular y le quitamos, generalmente, una letra a la conjugación correcta). En síntesis: en todos lados se cuecen habas (se “cocen”, dirían los mexicanos) y todos hacemos agua por algún lado. La cuestión es que uno se adapta y que la convivencia entonces pasa por otros asuntos.

I. Pero (llegó la tan temida palabrita) ¿Qué ocurre cuando las costumbres se van perdiendo de tal manera que lo que antes nos parecía correcto o bello ya no nos lo parece tanto? Lo digo porque acabo de ver un programa de TV argentino donde el uso del lenguaje y el acento me parecieron espantosos. Sé que los argentinos tenemos fama de soberbios, lo cual es una generalización torpe, todos sabemos eso; pero precisamente es lo que sentí al oír a esas personas; su acento y su tono me pareció absolutamente soberbio y pedante. Seguramente esas personas son más que correctas, pero hay algo en ese lenguaje que impulsa esas sensaciones. ¿Será ese el germen de ese mote inmerecido?

II. Por otro lado, ese mismo día vi una publicidad de Pepsi que decía algo así como “La persona que aparece en esta publicidad puede recordar la refrescancia de una Pepsi…” Tomé nota y esperé que el aviso apareciera otra vez, ya que me costaba creer que se hubiese dicho semejante atrocidad. El aviso apareció y sí, la palabra era y sigue siendo refrescancia. Aquí ya no tengo paciencia; que una persona, por costumbre local diga una palabra de manera incorrecta es una cosa; pero que en un aviso publicitario, el cual debería pasar por diferentes controles de calidad, se hable de esa manera es imperdonable. Después recordé un par de cosas más relacionadas con esto. Una es que la AT&T estadounidense, en su mensaje de voz, decía “Usted a accesado a…”. Por desgracia, el verbo “accesar” ya se ha vuelto bastante común incluso fuera de los estados unidos (hasta tal punto que incluso hay una consultora que se llama así, mal que les pese). Y también esta dirección web, la cual dice “entretención” en lugar de “entretenimiento”.

 

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El idioma es algo inquieto, eso es por todos conocido; y es por demás ridículo intentar fijarlo como si fuese una norma inmóvil; pero más allá de eso hay límites que, sobre todo, están fijados por el buen gusto y por la necesidad de cierta normativa (aunque esta sea flexible) que nos permita comunicarnos con mayor facilidad. Cuando necesitamos traducir de manera constante el propio idioma, es que estamos entrando en terreno peligroso.

Después de Babel

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Acabo de regresar de una semana pasada en la Riviera Maya; sitio de ensueño si los hay. Por allí pasan, hoy, decenas de etnias y de idiomas, así que caminar por cualquiera de sus calles o descansar en una de sus playas puede ser un entretenido juego de descubrimiento y de curiosidad sobre el grupo de personas que tenemos alrededor nuestro. Aunque el idioma que predomina es el inglés, es obvio que pueden escucharse muchos otros, algunos que suenan muy bonitos y otros que parecen sólo comunicarse por medio de órdenes (es la sensación que tengo al escuchar a los idiomas orientales, por ejemplo). El último día, como solemos hacer, nos “despedimos” comiendo unas clásicas quesadillas. Las muchachas que nos atienden hablan ente ellas en una lengua que sonaba delicadamente musical. No había en ese diálogo sílabas fuertes ni inflexiones que cortaran el diálogo en fragmentos menores, lo cual siempre brinda una sensación seca, cortante. Les preguntamos qué idioma es el que hablan y muy amables nos dicen que se trata del Q’anjob’al; una lengua derivada del maya antiguo y que sólo es hablado por menos de ochenta mil personas, la mayor parte de ellas habitantes de Guatemala y el sur de México. Ellas son de Chiapas (el único lugar en México donde se habla esta lengua) y agradecen con modestia no fingida los halagos que le hacemos a ese lenguaje tan bonito y musical. Una de ellas, ante mi incapacidad para pronunciar el término, me lo escribe en un papel para que yo pueda escribirlo aquí: Q’anjob’al. El único idioma nativo hablado por dos muchachas en una ciudad que parece ser un suburbio de Babel.

La etimología de los nachos

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Según el Oxford English Dictionary, los nachos llevan el nombre de una persona: Ignacio “Nacho” Anaya. A principios de 1940, “Nacho” Anaya era dueño de un restaurante conocido como El Moderno en Piedras Negras, México, al otro lado de la frontera de Eagle Pass, Texas, Estados Unidos. Alrededor de 1943 Anaya comenzó a servir un plato de totopos fritos rematados con pimientos jalapeños y queso derretido, llamándolo “plato de Nacho especial”. De allí a que al platillo se lo llamara directamente “nachos” no hubo más que un pequeño y exitoso paso.

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Los neologismos abren puertas.

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Hace unos días Danioska me dejó, en uno de sus comentarios, un neologismo; una palabra inventada ad hoc para enfatizar su argumento. Al responderle, yo cometí un error de tipeo y en lugar de “me alegró” salió un “me alegrió”, término que pude corregir pero que me hizo sonreír por la posibilidad de poder expresar en un solo término algo tan indefinible como una “alegría agria” o algo similar; en suma: una alegría que no era del todo bien nacida. Ahora, alguien a quien quiero mucho me dice, al querer escribir Anonymous, Amonymous; y ese “amo” como prefijo del término anónimo me hizo relamer de posibilidades de amores ocultos, pero sobre todo de amores en sí y por sí mismos. Lejos de toda simplificación psicoanalítica (el cielo me guarde de ello) recordé que Adolfo Bioy Casares, para señalar con más precisión a aquellas personas a las que se quería criticar, proponía escribir sus nombres o sus profesiones con ligeras faltas de ortografía. Así, un mal arquitecto podía ser señalado como arquitectö, por ejemplo.

Y aquí comienza lo lúdico. El placer por el juego de las palabras y por el de encontrar sentido en esos pequeños errores. Ya sean términos inventados a propósito o azarosos encuentros hijos de la velocidad o de las nuevas tecnologías (bien lo sufrimos todos cuando queremos escribir desde el minúsculo teclado de un teléfono) las palabras se transforman o directamente nacen para decir con mayor precisión lo que intentamos expresar con desigual fortuna. Somos lenguaje y también somos seres lúdicos; no está mal abandonarse, entonces, a los placeres de esas dos facetas que nos forman, nos modifican y, sobre todo, nos exponen.

Insultando a la antigua.

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Insultar es algo inherente al ser humano y, reconozcámoslo, es algo liberador y muchas veces se trata de un acto de simple y llana justicia. Cada época tuvo sus insultos, sus motes, sus modismos; y en cuanto a los insultos los hubo siempre, muchos y buenos. Algunos de ellos han quedado en el olvido, pero no estaría de más usarlos de vez en cuando. Dejo aquí algunos de ellos para que quien quiera usarlos aproveche la situación adecuada y los descargue con total franqueza y placer.

Carcunda: de ideas retrógradas.
Casquivano: ligero de cascos; persona fácil.
Crápula / Crapuloso: Sinvergüenza.
Tragasantos: Santurrón.
Zurumbático: Lelo, tonto, lento.
Fantoche: Ridículo, grotesco.
Mangurrián: Poco civilizado, salvaje.
Petimetre: Que se preocupa mucho en seguir las modas y mantener las formas; posturador profesional.
Verriondo: Siempre excitado sexualmente.
Cagalindes: Cobarde.
Vidaperdurable: Pesado, molesto.
Bultuntún: Que habla sin ton ni son.
Mamerto: De pocas luces.

En Argentina aún se usa, cada tanto, el mamerto y el crápula; alguna vez, hace ya de esto muchos años, llegué a oír el fantoche; pero eso es todo. Algunos de los otros términos los he encontrado en textos viejos (petimetre, por ejemplo). ¿Ustedes usan alguno de ellos allí donde sea que habiten?