A cualquier lugar

Jorge Wasenberg

Jorge Wasenberg el estupendo científico y escritor barcelonés cuenta en su Ideas para la imaginación impura que, con el fin de ilustrar lo que significa la ciencia en pocas palabras, termina un artículo publicado en El País con un pequeño cuento. Wasenberg añade el siguiente comentario: “Nunca he recibido tantas cartas de lectores preguntando por lo mismo (uno me urgió, vía correo electrónico, a una respuesta en honor a su salud mental, otro incluso me interceptó por la calle): ¿habían comprendido realmente lo que significaba el final de la columna?”

Leí el cuento —el que dejaré a continuación— y noto un par de cosas. Primero: creo que di con la lectura correcta; pero de inmediato me doy cuenta de que eso es lo que sentirán todos los que lo lean; es decir que la lectura será situada; y yo no soy ajeno a ello. Segundo: lo que entiendo al leer el relato es hijo de mi experiencia y de mis capacidades, así como de mis límites; entonces es cierto eso de que toda lectura es válida (esto me deja pensando mucho, ya que soy de los que no aceptan una interpretación total por parte del lector). Tercero: la ambigüedad del texto permite múltiples interpretaciones ¿Será posible, entonces, de alguna manera crear un lenguaje que no permita interpretación alguna?

He aquí el cuento. Las interpretaciones, claro, quedan por su cuenta.

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La carretera cruza el paisaje de horizonte a horizonte. En el centro del infinito un hombre mira cómo se acerca un automóvil. El conductor, deslumbrado por el sol de poniente, se pregunta por la estampa que se acerca sin moverse. Cuando por fin coinciden, la figura hace un leve gesto hacia el oeste. El viajero se conmueve, pero continúa su camino y susurra dos o tres veces «yo nunca me detengo para recoger desconocidos». La figura, ahora nítida en el espejo retrovisor, se encoge rápidamente hasta esfumarse entre las piedras del desierto. Y entonces el conductor gira en redondo y se lanza a toda velocidad en sentido contrario. La silueta resurge entonces de la nada y se dilata con su larga sombra. Ya se distingue la capucha puntiaguda bajo la que alguien intenta mirar a contraluz. De repente, la figura cruza la carretera con cuatro pasos muy decididos y, justo cuando el automóvil llega a su altura, lo vuelve a hacer. Vuelve a hacer el mismo gesto breve ¡pero ahora hacia el este! El viajero detiene el coche, tarda una centésima de segundo en comprender y tiene que reprimirse para no abrazarla.

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Tres pasiones

 

Bertrand Russell (1)

 

Bertrand Russell es uno de los hombres más lúcidos que ha pisado la Tierra. Para asegurarnos de ello sólo debemos leer cualquiera de sus libros (al menos los que los legos podemos leer, ya que los volúmenes de Principia mathematica reúnen un trabajo sólo apto para especialistas). Su Por qué no soy cristiano me ha acompañado por más de treinta años y lo sigue haciendo a menudo. Pero hoy quiero compartirles parte de la introducción a su autobiografía; prólogo escrito de su puño y letra el 25 de julio de 1956. No hay persona en este mundo —más allá de sus creencias, de sus ideas políticas, de sus inclinaciones personales— que pueda leer este texto y no decir “espero que cuando me llegue el momento yo pueda decir lo mismo”. Este fragmento es una muestra de esa lucidez de la que hablé al principio. Aquí está:

Para qué he vivido:

«Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad.

Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque comporta el Bertrand Russell (2)éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de ese gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que la conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que – al fin – he hallado.

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas y he tratado de aprender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.

 

 

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, victimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal pero no puedo y yo también sufro.

Esto ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad».

Aprender a leer

Escalera al cielo

Todos los que estamos aquí coincidimos en la importancia de la lectura y del valor de los libros; pero pocas veces nos hemos detenido a pensar qué significa, realmente, leer. Recuerdo que en los noventa leí un manual de escritura que aconsejaba paradójicamente, no leer tanto; cosa que en aquel momento me sorprendió un poco, ya que yo leía todo lo que estaba a mi alcance casi de manera indiscriminada (fue tanto lo que me llamó la atención que aún tengo grabadas esas palabras: “Leer mucho, paraliza”).

A este respecto comparto una reflexión de Arthur Schopenhauer sobre la lectura, su utilidad y, más específicamente, una forma muy singular de incorporarla a nuestra vida. El fragmento proviene del tomo Pensamiento, palabras y música publicado por la editorial Edaf:

“Cuando leemos, otro piensa por nosotros; repetimos simplemente su proceso mental. Algo así como el alumno que está aprendiendo a escribir y con la pluma copia los caracteres que el maestro ha diseñado antes con lápiz. La lectura nos libera, sentimos un gran alivio cuando dejamos la ocupación con nuestros propios pensamientos para entregarnos a la lectura. Mientras estamos leyendo, nuestra cabeza es, en realidad, un Shopenahuer - Pensamiento, palabras y músicacampo de juego de pensamientos ajenos. Y cuando éstos se retiran, ¿qué es lo que queda? Por esta razón, sucede que quien lee mucho y durante casi todo el día, y en los intervalos se ocupa de actividades que no requieren reflexión, gradualmente pierde la capacidad de pensar por sí mismo. Tal es el caso de muchas personas muy cultas. Acaban siendo incultas de tanto leer. […] Así no se llega a rumiar, y tan sólo rumiando se asimila lo que se ha leído; del mismo modo que los alimentos nos nutren, no porque los comemos, sino porque los digerimos. Si se lee de continuo, sin pensar después en ello, las cosas leídas no echan raíces y se pierden en gran medida. El proceso de alimentación mental no es distinto del corporal: apenas se asimila la quincuagésima parte de lo que se absorbe. El resto se elimina por evaporación, respiración, etcétera”.

Para finalizar con:

“A esto hay que añadir que los pensamientos depositados en el papel no son más que las huellas de un caminante sobre la arena: podemos ver la ruta que siguió, pero, para saber lo que vio en su camino, tenemos que usar nuestros propios ojos”.

La lectura es indispensable, estamos todos de acuerdo; pero antes que eso debemos aprender a leer, lo cual no siempre hacemos del todo bien y, muy importante, en general también olvidamos de enseñarle a los que vienen detrás.

Querer volver a ser niño

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Shaun Tan es un notable artista gráfico que ha creado las portadas de numerosos libros y que también ha ilustrado de manera magistral a clásicos infantiles, entre otros. En Los huesos cantores, recopila 75 esculturas que representan a otros tantos cuentos de los hermanos Grimm (Los huesos cantores toma su título de uno de los cuentos; el que habla sobre el hueso de un muchacho asesinado que, una vez tallado en una flauta, canta el destino y la injusticia). Cada escultura está fotografiada por el propio Tan y está acompañada de un breve texto del cuento. Juntos, fragmento y escultura, nos ponen en situación de quiénes son los personajes de la historia y se complementan en significado y connotaciones.

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Las esculturas tienen una altura de entre 10 y 30 cm. y están realizadas, según explica el propio autor, con papel maché y arcilla de secado al aire y pintura además de otros materiales como madera, pátina de hierro y de bronce, papel de aluminio, pan de oro, alambre, papel, hilo, tela, arena, azúcar y sal, arroz, flores o caramelos entre otros.
El libro tiene varios apartados. El primero de ellos es una breve explicación de quiénes eran y cómo crearon su obra los hermanos Grimm. Interesante historia que demuestra lo importante de su obra y el esfuerzo y las dificultades que se les presentaron en el camino. La contribución de los Grimm a la literatura infantil es importantísima y con esta introducción se hace latente su esfuerzo por conseguir su obra y el paralelismo con su vida personal.

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Al finalizar estas páginas, nos encontramos un epílogo del autor en el que explica el impacto de los cuentos de los hermanos Grimm en su vida y cómo se inspiró para crear estas esculturas. “A la hora de crear mis propias ilustraciones para Los huesos cantores, me he inspirado en gran medida en las tallas de piedra de los inuit y en las estatuillas de arcilla precolombinas (…). En estas manifestaciones se da una maravillosa mezcla de fantasía y realidad (…)”.

Una pequeña galería de sus trabajos en este libro. Para ver las imágenes en mayor tamaño, deben hacer clic en una de ellas. También pueden visitar la página personal de Shaun Tan aquí.

 

Confluencia

Remedios Varo - La huida

Remedios Varo – La huida

Más que leo, me deleito con ese amigo entrañable que es, para mí, Heny David Thoreau. Un pequeño volumen titulado Colores de otoño está haciendo que estas tardes de lluvia moreliana se vuelvan casi irreales de tan bucólicas (la lluvia lleva aquí más de un mes; si por mi fuera, que no se vaya nunca). Thoreau camina por su bosque en otoño y toma nota de todos los colores de las hojas que crujen bajo sus pies. Llega a su bote y lo encuentra alfombrado con ellas y decide no quitarlas de allí. Las acepta como una esterilla apropiada para el fondo de mi carruaje. Más adelante me encuentro con esta descripción:

“Por la tarde de aquel día, cuando las aguas están perfectamente calmas y llenas de reflejos, remo con suavidad por el brazo principal y, río arriba por el Assabet, llego a una caleta silenciosa, donde inesperadamente me veo rodeado por millares de hojas, como si fueran compañeras de viaje con el mismo propósito, o falta de propósito, que yo. Miren a esa gran flota de hojas-barco dispersas entre las que remamos por la bahía de este río plano, cada una de ellas curvada hacia arriba gracias al talento del sol, cada nervadura rígida, como las canoas de piel, con todos los posibles dibujos, algunas con proas y popas elevadas, como los majestuosos navíos de la antigüedad, que avanzaban despacio sobre las aguas mansas”.

¿Dónde vi antes a estas embarcaciones? Me pregunté sabiendo que en algún sitio había visto estas hojas que describe Thoreau. El nombre no tardó mucho en llegar: Remedios Varo. La huida es el cuadro en el que estaba pensando cuando leí ese fragmento; pero luego encontré algunos más con una idea que también puede adjuntarse aquí. Me gustó ese encuentro casual entre Thoreau y Remedios Varo; entre el realismo puro de uno y el surrealismo romántico de la otra.

Tomo nota, también, de una frase que Thoreau deja como al pasar, pero que me parece de una lucidez digna de ser destacada: “[…] como si fueran compañeras de viaje con el mismo propósito, o falta de propósito, que yo”. Toda una declaración de principios. ¿Tiene sentido nuestra vida o no lo tiene? Bueno, diría Thoreau; todo depende de lo que hagas con ella. O de cómo mires a las hojas secas que están a tu alrededor…

El arte siempre habla en voz baja; sólo hay que estar atentos a lo que susurra.

Remedios Varo - El hilo invisible

Remedios Varo – El hilo invisible

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Remedios Varo - Hallazgo

Remedios Varo – hallazgo

Pueden ver en mayor tamaño a La huida, aquíEl hilo invisible, aquí; y Hallazgo, aquí.

Buscar en el universo

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Umberto Eco dijo a fines del siglo pasado: el verdadero conocimiento radica en saber qué es lo que vale dentro del enorme cúmulo de información del que se dispone hoy. Otros pulieron la idea y de allí el concepto de analfabetismo funcional. Ya no importa si se sabe escribir o no, sino que ahora una persona culta es aquella que puede diferenciar y separar lo útil de lo inútil; es decir, y hablando en buen castellano, la paja del trigo.

Antes, Diderot se había anticipado a todos los demás: “A medida que pasan los siglos, la masa de obras crece sin cesar, y se puede prever un tiempo en el que será casi tan difícil educarse en una biblioteca como en el universo y casi tan rápido buscar una verdad subsistente en la naturaleza, como perdido entre un inmenso número de libros”.

Notable la anticipación del filósofo francés en pleno Siglo XVIII. Entre tantos miles y miles de volúmenes que se escribieron y se escriben ¿Cómo podremos ver lo que realmente vale la pena? Creo que aquí es cuando se abre la puerta a lo paradójico: la red, la misma que guarda todo y que lo multiplica hasta el hartazgo, es la que puede permitirnos, mediante sus buscadores y sus algoritmos, encontrar lo que necesitamos; pero eso sigue implicando que somos nosotros, en última instancia, quienes debemos saber qué es lo que estamos buscando. ¿Cómo salir de este atolladero?

Una soledad demasiado ruidosa

Una soledad demasiado ruidosa (1)

Llegué a Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal gracias a la recomendación de Adrián Camargo; escritor, director de cine, poeta y mejor amigo, con quien tuve el gusto de compartir algún viaje presentando nuestros respectivos poemarios.

Debo reconocer que a Hrabal apenas lo recordaba por alguna portada, nunca por haberme adentrado en sus libros, así que queda aquí el agradecimiento a Adrián por la presentación. Voy a ser breve porque quiero dejar algunas citas de la novela, ya que es preferible que el autor hable por sí mismo antes que la torpe exposición de quien esto escribe. Sólo para brindar algo de perspectiva, diré que el protagonista de la novela es Hanta, un hombre que lleva treinta y cinco años trabajando en una prensa recicladora de papel. Allí llegan cargamentos enteros de libros que Hanta se llevará consigo o que colocará con las hojas expuestas en las pilas de papel reciclado. La metáfora de la literatura como forma de escape al comunismo que sufría la Checoslovaquia de Hrabal es evidente; de allí que apenas en la página 4 ya nos encontremos con algo así:

“Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera sino porque va contra el sentido común.”

Una soledad demasiado ruidosa (6)

Pero no todo es una metáfora de la libertad bajo un régimen dictatorial.  A lo largo de las páginas vamos a encontrarnos con escenas variadas que incluso llegarán hasta rozar el surrealismo. Como muestra de la pluma de Hrabal, vaya este fragmento del segundo capítulo, donde Hanta habla de la muerte de su madre:

“Cuando murió mi madre, lloré por dentro, pero por fuera tenía los ojos secos. Al salir del crematorio vi que el humo trepaba por la chimenea hacia el firmamento, era mi madre que subía al cielo, y yo, que ya hacía diez años que trabajaba en mi cueva con papel viejo, bajé a la cueva del crematorio y me presenté diciendo que yo hacía aquel mismo trabajo, sólo que en vez de cadáveres humanos liquidaba cadáveres de libros, me quedé allí hasta que se acabó la ceremonia, vi cómo quemaban cuatro cadáveres al mismo tiempo, mi madre era la tercera, sin parpadear miraba de hito en hito el último elemento humano, a un empleado que separaba los huesos de las cenizas y los molía en un molinillo manual, así trituró también a mi madre, luego depositó los últimos restos suyos en una lata y yo sólo miraba, con los ojos fuera de las órbitas, como cuando veía alejarse los trenes que llevaban espléndidas bibliotecas hacia Suiza y Austria, a corona el kilo. Me venían a la memoria fragmentos de poemas de Sandburg que dicen algo así como que del hombre, al final, apenas queda nada más que el fósforo suficiente para una caja de cerillas, y el hierro suficiente para forjar un clavo donde colgarse”.

Una soledad demasiado ruidosa (7)

Por último, un notable fragmento del capítulo 6, donde Hanta se horroriza ante unos niños que rompen libros en lugar de leerlos y donde se compara este acto con la muerte sistematizada en una línea de montaje:

“[…] una maestra con un grupo de niños acababa de llegar al palacio de cristal iluminado por el sol; yo suponía que se limitarían a observar cómo se prensaba papel viejo, pero no, la maestra cogió un libro, atención, ¡crac!, arrancó las páginas, los niños lo comprendieron de sobra y todos tomaron libros con sus deditos, los libros se resistían, pero al fin y al cabo la fuerza de las manitas infantiles pudo más, las frentes se alisaron y pronto romper libros fue pan comido, mientras los obreros sonreían y los animaban… Todo eso me recordó mi visita a la granja industrial de Libuš; al igual que aquí los niños arrancaban las páginas de las cubiertas, allí eran jóvenes obreras quienes extirpaban con movimientos hábiles hígados y pulmones y corazones de pollos vivos colgados en un cinta transportadora, como si nada, todas las muchachas estaban alegres como unas pascuas, ignorando las miles de jaulas llenas de pollos vivos pero alicaídos… Algunos habrían podido escapar, y clo clo, picoteaban tan contentos, sin que se les ocurriese la posibilidad de liberarse, de huir lejos de la cinta con ganchos en la que las chicas colgaban del cuello a sus hermanitos. Eché un vistazo abajo, donde los niños aprendían a romper libros: en general se salían con la suya con tanto acaloramiento que se tuvieron que quitar las chaquetas y las camisas, sólo un niño y una niña se hicieron daño con algunos libros rebeldes […] Al final del largo pasillo me detuve; no pude resistir la tentación de desenvolver los paquetes para ver cuáles eran esos libros que habían ejecutado su venganza hiriendo los dedos de los niños: se trataba de Alicia en el país de las maravillas en dos tomos, saqué un ejemplar y comprobé que había salido en un tiraje de ciento cincuenta mil ejemplares, así que más de un cuarto de millón de Alicias luchaban con los deditos de los niños…”

Soy consciente de que los fragmentos que compartí aquí son algo extensos para lo que habitualmente es una entrada en un blog, pero creo que la pluma de Bohumil Hrabal merece que se la presente con la extensión que se merece; ya que como el mismo personaje dice en las páginas finales “cada objeto amado es el centro del paraíso terrenal”; y esta novela bien puede ser ese objeto.