Cómo estropear un buen libro (y también una buena idea, de paso)

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A lo largo de estos días en que he estado apartado de la red, me he dedicado, entre otras cosas, a ponerme al día con un par de lecturas que tenía pendientes (y digo pendientes en el sentido hedonista del término; lecturas que quería hacer, no que debía). Uno de estos libros fue La civilización en la mirada, de Mary Beard. La idea central del libro me parecía muy atractiva: «Toda civilización se configura en torno a unas imágenes compartidas colectivamente. Sus miembros se caracterizan por un modo peculiar de ver el mundo en que viven, de modo que la diferencia de las percepciones marca la diversidad de cada civilización». En otras palabras: la forma en que miramos determina el alcance de nuestra civilización (y la forma en que cada época miraba determinaba los alcances de su civilización).

En lo personal, es un tema que me atrae muchísimo, así que tenía muchas ganas de hincarle el diente a este pequeño volumen. La lectura comenzó bien, la escritura es sencilla y directa… nada del otro mundo; hasta que aparece el primer error de concepto grave, hijo de una patraña moderna: lo políticamente correcto. Veamos.

Beard está hablando de la antigua Grecia y se luego de señalar las diferencias entre los hombres y las mujeres (ya sabemos que la democracia griega no tiene nada que ver con lo que nosotros entendemos por democracia; eso está pode demás sabido), se larga con este párrafo:

«Hoy en día, la mayoría de nosotros no nos sentiríamos cómodos con su versión de la naturaleza humana, puesto que era profundamente sexista y jerárquica. [los griegos] Se burlan explícitamente de quienes tienen rostros, cuerpos o hábitos que no encajan, desde los bárbaros extranjeros hasta los viejos, los feos, los gordos y los fofos. Nos guste o no, estas imágenes visuales —tanto si se trataba de humanos como de híbridos— desempeñaban un importante papel en estos debates al mostrar a quienes las contemplaban cómo deberían ser, cómo deberían actuar y qué aspecto deberían tener».

¡Pues no es otra cosa lo que se hace en la actualidad! Que yo sepa las burlas hacia los que son diferentes es el pan nuestro de cada día; así que esa mirada superlativa que tiene Beard no sé de dónde la saca. Ese «Hoy en día no nos sentiríamos cómodos…» es un error grosero que ningún historiador debería cometer: el mirar a una civilización ajena o antigua mediante el filtro de la civilización a la que ese mismo historiador pertenece (por cierto ¿no es que el libro de Beard iba a tratar de cómo influye la mirada del observador en las sociedades? ¿Cómo pretende lograr esto si ella misma no puede alejarse lo suficiente? Además, las últimas oraciones, que parecen ofender a la autora (Estas imágenes, al mostrar a quienes las contemplaban cómo deberían ser, cómo deberían actuar y qué aspecto deberían tener) ¿No es lo mismo que hace la publicidad hoy? Los griegos al menos pueden decir que ellos estaban creando una sociedad nueva y que todo era experimento y error; pero para nosotros ¿cuál puede ser nuestra excusa?

Afrodita – Praxíteles

El segundo error (hay más, pero sólo me ceñiré a estos dos) es aún más grosero. Luego de hablar de la estatua de Afrodita hecha por Praxíteles, Beard cuenta una historia antigua donde tres hombres discuten de las virtudes de esta o aquella preferencia sexual. La estatua tiene una pequeña mancha en la cara interior de una nalga, ante lo cual uno de los hombres aplaude el talento de Praxíteles, quien ha manejado el material de tal forma que la mancha quede en un lugar discreto. Una mujer que hay allí les dice que un muchacho joven, enamorado de la Afrodita, consiguió quedarse toda la noche con ella, y que esa mancha es el único recuerdo de su atrevimiento. Hasta aquí la historia que tiene casi dos mil años; pero Beard no aguanta y larga la siguiente burrada:

«El relato pone de manifiesto hasta qué punto puede una estatua femenina volver loco a un hombre, pero también hasta qué punto puede el arte actuar de coartada ante lo que fue —reconozcámoslo— una violación. No olvidemos que Afrodita nunca consintió».

¿Esto es en serio? Tuve que preguntarme. Pero como no es el único caso, tuve que aceptar que así es; que para Mary Beard la historia es un campo de batalla que se pelea con la mirada de hoy, como si hubiésemos llegado al pináculo de la civilización, con ruinas en nuestro pasado y un campo yermo en nuestro futuro.

La mirada políticamente correcto es, sencillamente, despreciable. La mirada feminista no lo es, pero en este caso es errónea, y eso es imperdonable en un libro de historia, de arte y, sobre todo, de miradas, precisamente. Al menos para no caer en contradicciones que arrojen por el piso con todo el trabajo que se ha hecho hasta ahora.

Por cierto, sé que estoy en desventaja con respecto a la señora Beard; he buscado información sobre ella y parece ser que se encuentra en la cima de su popularidad y consideración. Para mí, al menos, esta puerta de entrada a su obra a sido más que penosa y es posible que me pierda de algunas buenas páginas (pensaba leer, en algún momento, su SPQR. Una historia de la antigua Roma); pero temo que pasaré de largo.

Algunos aforismos de Fernando Pessoa

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En estos tiempos donde todo se guarda y, si se tiene el nombre adecuado y más allá de la calidad de lo que se haya guardado, además, se publica, ha llegado a mis manos (no recuerdo cómo, la verdad) un pequeño libro con aforismos de Fernando Pessoa. El escritor portugués es siempre interesante, no cabe duda; y es posible que sea más interesante cuando no se está de acuerdo con él. Como sea, comparto aquí algunos de estos breves aforismos, enfocado, mayormente, en el arte y la poesía. La numeración de los aforismos es algo caótica gracias a esta espantoso nuevo formato que nos provee WordPress. Así que tuve que dejar la numeración a la que este formato me obligó y, entre paréntesis, dejé el número que corresponde al aforismo en el libro (nótese que, después de la segunda imagen, la numeración vuelve a comenzar desde el 1; cosa que no pude cambiar, aunque lo intenté).

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  1. Dicen que finjo o miento todo lo que escribo, no. Yo simplemente siento con la imaginación.
  2. Todo libro que leo, sea de prosa o verso, de pensamiento o emoción, sea un estudio sobre la cuarta dimensión o una novela policíaca es, en el momento que lo leo, la única cosa que he leído.
  3. (4) No existe nada, ninguna realidad, excepto las sensaciones, pero de cosas no situadas en el espacio, y a veces ni siquiera en el tiempo.
  4. (8) La literatura, como cualquier forma de arte, es la confesión de que la vida no basta.
  5. (9) Todo arte es una forma de literatura, porque consiste en expresar algo. Hay dos formas de expresarlo: hablar y callarse. Las artes que no pertenecen a la literatura son la proyección de un silencio expresivo.
  6. (10) En la vida, la única realidad es la sensación. En el arte, la única realidad es la conciencia de la sensación.
  7. (14) No tengo ambiciones ni deseos. Ser poeta no es mi ambición. Es mi manera de estar solo.
  8. (15) El poeta es aquel que va siempre más allá de lo que puede hacer.
  9. (16) El poeta superior dice lo que siente de verdad; el poeta mediano, lo que decide sentir; y el poeta inferior, lo que cree que debe sentir.
  10. (19) A veces hay un gran placer estético en dejar pasar, sin expresarla, una emoción que exige palabras. Ningún poeta tiene el derecho de escribir versos sólo porque tiene la necesidad de ello.

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  1. (20) no me preocupo de las rimas. Es raro que dos árboles, uno al lado del otro, sean iguales.
  2. (22) Afirmo que un poema es una persona, un ser vivo que pertenece, con presencia corporal y una existencia carnal, a otro mundo al que nuestra imaginación lo proyecta.
  3. (30) Esta tendencia de crear a mi alrededor otro mundo, semejante a éste pero poblado con otros habitantes, nunca dejó de perseguirme.
  4. (37) Mi alma es una orquesta secreta; ignoro cuáles instrumentos pulso y cuáles rechinan dentro de mí. Yo sólo me reconozco como una sinfonía.
  5. (39) Ayer sufrí la influencia refrescante de algunas páginas de estadística. Si se reflexiona con cuidado, el misterio del Universo se encuentra también ahí. Aunque no lo parezca.
  6. (66) Un, si es verdaderamente sabio, puede goza desde una silla de todo el espectáculo del mundo, sin saber leer, sin hablar con nadie, utilizando sólo sus sentidos con la condición de que su alma no esté jamás triste.
  7. (72) Lo que se necesita es ser natural y sereno en la felicidad y la desdicha. Sentir como quien mira, pensar como quien anda , al borde de la muerte, acordarse de que el día muere…
  8. (78) No las cosas, sino nuestra sensación de las cosas.
  9. (86) A cada quien su alcohol. Existir me procura bastante alcohol.
  10. (90) Me duele la cabeza y el universo.

Escribir, aunque nadie nos lea

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Encontré, hace unos días, unas cartas y manuscritos de algunos escritores famosos. En lugar de hablar de ellas, y aprovechando unas lecturas que hacía por esos días, preferí usarlas para ilustrar algunas reflexiones sobre el lenguaje y la escritura. Los cuatro primeros textos que siguen a continuación parten de las lecturas del escritor español José Salinas y pertenecen, en un alto grado, a él; yo sólo me animé a pequeños agregados personales. El quinto texto parte de la lectura de Joan-Charles Mèlich.

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I. Existe una estrecha relación entre el lenguaje, el individuo y el tiempo; y esta relación confluye en la lengua escrita. Esta es muy diferente de la lengua hablada, porque la actitud del ser humano cuando escribe, su actitud psicológica, es muy distinta de cuando habla. Cuando escribimos se siente, con mayor o menor conciencia, lo que se llamaría la responsabilidad ante la hoja en blanco; es porque percibimos que ahora, en el acto de escribir, vamos a elevar al lenguaje a un plano distinto del hablar, vamos a operar sobre él, con nuestra personalidad psíquica, más poderosamente que en el hablar. En suma, hablamos casi siempre con descuido, escribimos con cuidado. Casi todo el mundo pierde su confianza con el lenguaje, su familiaridad con él, apenas coge una pluma.

II. Por motivos viejos y nuevos, ha llegado el momento en que el hombre y la sociedad actuales tienen que detenerse a reflexionar profundamente sobre el lenguaje, bajo el peligro de verse arrastrados ciegamente a su degeneración por la presión de fuerzas externas que, inconscientes de la génesis de su propio accionar, hacen zozobrar el sentido de lo que, ya de por sí fluido y móvil, quiere ser impulsado en determinada dirección cayendo, de esta manera, en la contradicción de que para luchar contra una (supuesta) tiranía, se actúa de manera tiránica.

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III. No hay forma en que un ser humano completo y complejo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión y dominio de su lengua. Porque el individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo que lleva dentro, y esa expresión sólo se cumple por el medio del lenguaje. A medida que se desenvuelve el razonamiento y se advierte esta fuerza extraordinaria del lenguaje en modelar a nuestra propia persona, en formarnos, se aprecia la enorme responsabilidad de una sociedad humana que deja al individuo en estado de incultura lingüística. En realidad, el hombre que no conoce su lengua vive pobremente, vive a medias.

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IV. Madam, you have bereft me of all words / Only my blood speaks to you in my veins (Señora, me ha dejado sin palabras / Sólo mi sangre le responde en mis venas) dice Shakespeare por boca de Bassanio en El mercader de Venecia. La visión de la belleza de Porcia ha logrado que Bassanio pierda el habla, pero lo dice con palabras y es gracias a ellas que ahora sabemos que no las tiene. Hermosa paradoja del lenguaje poético que nos deja saber que el silencio sólo puede ser expresado a través de la ruptura del silencio. Somos, entonces, seres inseparables del lenguaje.

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V. «Escribir lo que nadie leerá. Ése es el momento en el que surge la escritura como forma de vida» dice Joan-Charles Mèlich; y es todo lo que importa o todo lo que debería importarnos. Si después nuestras letras llegan a alguien y encuentran un interlocutor válido, mejor, pero no debería ser ése el objetivo primero; sino, simplemente, el escribir; «escribir lo que nadie leerá».

Tres pequeñas curiosidades

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Como muchos ya saben, uno de mis pequeños placeres es el de revisar libros antiguos (debería decir revisar libros antiguos, así, en cursiva; porque no es que uno pueda acercarse mucho a ellos o que se los encuentre a la vuelta de la esquina); pero por suerte la red nos brinda la oportunidad de poder tener algún contacto con ellos; a veces de manera fragmentaria, a veces en forma completa. Hoy les dejaré tres pequeñas curiosidades de las últimas que he encontrado.

La primera es esta doble página donde el copista se dio cuenta, algo tarde, de que había copiado mal dos columnas completas. Como todos sabemos, eso que puede ser un error trivial hoy en día, no lo era en aquellos tiempos donde un pergamino era extremadamente caro. Es así que el copista tuvo que tachar lo que había copiado mal y dejó dos señales, indicando dónde se debía detener la lectura (dimitte “deja” (de leer)) y a la izquierda y dónde retomarla (legge “lee”) a la derecha. Podría haber sido peor.

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Este segundo caso es, al menos para el lector, un poco más molesto. Era algo común en aquellos tiempos el cortar algunas páginas de los libros. Las razones generalmente eran estéticas; en general se trataba de alguna bella ilustración que alguien quería tener en una pared o que quería regalar para quedar bien con la dama enamorada o el superior intransigente. Haya sido como haya sido en este caso, un lector con espíritu bien dispuesto dejó, en el margen del pedacito de hoja que fue cortada, un Patientia más que adecuado. No quedaba otra opción, por cierto.

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Este último es apenas una gracia, pero no deja de ser encantadora. Caminando sobre la inicial iluminada podemos ver a un peuqeño y travieso personaje que huye, con un hacha en su mano izquierda, luego de haber roto la preciosa hoja manuscrita. El hueco, claro está, es el que podemos ver en el ángulo inferior derecho.

Los manuscritos antiguos, como ya algunas veces he compartido aquí, están llenos de estas pequeñas curiosidades; las que nos dicen mucho sobre las personas de aquellas épocas, las cuales solemos imaginar siempre serias y en exceso formales. Estos tres pequeños ejemplos nos muestran que, por suerte, siempre hubo gente paciente, amable y, sobre todo, con sentido del humor.

Describe la lengua del pájaro carpintero…

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Hace unos días terminé de leer la biografía de Leonardo da Vinci de Walter Isaacson. El libro es más que interesante porque Isaacson se basa en los cuadernos de notas de Leonardo, los cuales brindan muchísimo material para intentar (al menos intentar) acercarse a los aspectos más creativos de Leonardo. Por supuesto que hay sitio para analizar sus pinturas y sus numerosísimos trabajos como ingeniero e inventor y también para los datos más relevantes de su vida personal; pero creo que centrarse en los aspectos más creativos de un personaje único como Leonardo fue una jugada más que inteligente. Dejo una página, a modo de ejemplo:

«Mi punto de partida para este libro no fueron las obras maestras de Leonardo, sino sus cuadernos. Creo que su mente se refleja mejor en las más de siete mil doscientas páginas de notas y garabatos suyos que, de forma milagrosa, se han conservado hasta hoy. […]

Mis perlas favoritas, entresacadas de sus cuadernos, son sus listas de tareas pendientes, que destellan curiosidad. Una de ellas, que data de la década de 1490, cuando Leonardo se hallaba en Milán, consiste en la lista de lo que quiere aprender ese día. «Medidas de Milán y aledaños» es la primera entrada, que obedece a un fin práctico, como revela una entrada posterior en la lista: «Dibuja Milán». Otras le muestran buscando sin cesar a personas de las que obtener información: «Haz que el maestro de aritmética te muestre cómo cuadrar un triángulo. […] Pregunta a Giannino el bombardero cómo se hicieron las murallas de Ferrara sin foso. […] Pregunta a Benedetto Portinari por qué medios corren sobre el hielo en Flandes. […] Encuentra a un maestro de hidráulica y que te diga cómo se repara una acequia y cuánto cuesta la reparación de una esclusa, un canal y un molino a la lombarda. […] [Pregunta] las medidas del sol que prometió darme el maestro Giovanni, francés». Resulta insaciable.

Una y otra vez, año tras año, Leonardo enumera todo lo que tiene que hacer y aprender. Algunas anotaciones implican el tipo de observación atenta que la mayoría de nosotros no solemos hacer. «Observemos el pie del ganso: si estuviera siempre abierto o siempre cerrado no podría hacer ningún movimiento». Otras implican preguntas del tipo «Por qué el cielo es azul?», sobre fenómenos tan comunes que en raras ocasiones nos paramos a preguntarnos por ellos: «Por qué el pez en el agua es más rápido que el ave en el aire cuando debería ser lo contrario, puesto que el agua es más pesada que el aire?».

Lo mejor de todo son las preguntas que parecen surgir al azar: «Describe la lengua del pájaro carpintero», se ordena a sí mismo. ¿Quién demonios decide un buen día, sin ningún motivo, que quiere saber cómo es la lengua del pájaro carpintero? ¿Y cómo averiguarlo? No constituye una información que Leonardo necesitara para pintar un cuadro o para entender el vuelo de las aves. Sin embargo, ahí está y, como veremos, existen elementos fascinantes que aprender sobre la lengua del pájaro carpintero. Quería saberlo porque era Leonardo: curioso, apasionado y siempre lleno de asombro.

También tenemos esta extrañísima entrada: «Ve todos los sábados a los baños, donde verás a hombres desnudos». Podemos suponer que Leonardo quisiera acudir por razones anatómicas y estéticas. Pero ¿debía anotarlo para recordarlo? El siguiente punto de la lista es: «Hinchar los pulmones de un cerdo y comprobar si aumentan de anchura y longitud, o solo de anchura». Como escribió el crítico de arte neoyorquino Adam Gopnik, «Leonardo sigue siendo un bicho raro, rarísimo, y punto».

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Los tres volúmenes del Codex Foster, de Leonardo da Vinci. – MSL/1876/Forster/141. © Victoria and Albert Museum, London

Manuscritos medievales bordados

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Encontré estas deliciosas fotos pero, lamentablemente, no encontré demasiada información al respecto. Seguramente no sea algo demasiado común, de allí que, entonces, lo que pueda encontrarse sea en exceso limitado.

Como bien se sabe, los manuscritos en la edad media estaban hechos con pergaminos, los cuales se confeccionaban con pieles de animales, especialmente cordero, aunque no exclusivamente. Es posible que el cuchillo del artesano que preparaba este material, al querer raspar alguna imperfección, haya deshecho la delicada pieza o haya producido algún corte el que, con el paso del tiempo, se haya agrandado aún más. Sea como haya sido, podríamos decir que estos agujeros en estos manuscritos de la Edad Media no son , exactamente, una carencia. Podríamos decir que, de algún modo, sirven a la obra.

 

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De todos modos, las reparaciones no son tan comunes como los agujeros, y este parece ser un caso bastante excepcional. En este manuscrito conservado en Uppsala, Suecia (posiblemente pertenezca al siglo XIII o XIV), los defectos están arreglados o, al menos, enmascarados por bordados. Esto fue realizado por las monjas que hicieron la adquisición de la obra en 1417 (las imagino inclinadas sobre el libro, trabajando con infinita paciencia mientras charlaban de vaya uno a saber qué. ¿Amarían tanto a los libros o tendrían demasiado tiempo libre? Tal vez las dos cosas…). Se trata de un bordado en seda, cuyos colores, como se nota, han sabido pasar los siglos.

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Reflexiones varias a partir de una lectura de Rayuela

 

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Hará cosa de un mes compré una edición de Rayuela, de Julio Cortázar; la cual terminé hace unos días y la cual disfruté muchísimo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la leí? No lo recuerdo; pero fueron más de diez años, eso es seguro. Esta lectura me hizo tomar nota de algunas cosas tangenciales, las cuales no tienen que ver, casi, con la novela en sí, sino con otras cuestiones que parten a raíz de ella.

Uno. Me pregunté qué habría entendido yo en aquella primera lectura de Rayuela. Hago memoria y por algunas referencias secundarias calculo que tendría unos catorce años. Me digo que probablemente no entendí nada y que, al igual que con el Zaratustra de Nietzsche debí haberme quedado con alguna imagen más fuerte que las demás; porque del libro en sí seguro que no capté nada. También me pregunté cuanto podrá entender de ciertas cosas los lectores no argentinos. Cortázar, sin previo aviso, deja caer giros, guiños y referencias que sencillamente no pueden ser captadas por un extranjero (idea secundaria: es obvio que a mí me pasa lo mismo con los autores que  son extranjeros para mí). Y mejor no pensar en las traducciones de idiomas radicalmente diferentes al nuestro… A veces creo que ni siquiera estamos leyendo el mismo libro (hay un juego de palabras italiano que ilustra a la perfección esta idea: traduttore, tradittore; es decir: traductor, traidor…).

Dos. Años después (recuerdo que había tenido a mi primer hijo; es decir que estamos hablando de hace poco más de treinta años), volví a leerlo, pero tampoco tengo muchos recuerdos de aquella lectura. Un poco más acá, me encontraba en un pueblo rural de mi país cuando, en una tienda que vendía de todo, vi una pila de libros de Cortázar, en una edición muy barata. Pregunto por el precio de esos libros y me dicen «Diez pesos cada uno. Y el gordo, veinte». El gordo, claro está, era Rayuela. La edición era tan barata y el papel tan ordinario que ese ejemplar de Rayuela tendría unos siete centímetros de espesor. Lo compré igual. Recordar eso me llevó a pensar en…

Tres. ¿Cuántos libros he (hemos) comprado más de una vez y por qué? Haciendo un rápido racconto veo que, en mi caso, he comprado Rayuela al menos cuatro veces. Así habló Zaratustra, también cuatro. Cien años de Soledad; El perfume; Facundo… al menos tres de cada uno. ¿El Martín Fierro? Ya perdí la cuenta. ¿El Quijote? Otro que no me acuerdo, pero acabo de comprar la Edición Aniversario y debe ser, al menos, la quinta vez. ¿Hay otros? ¿Borges? Ni hablar…

También pienso en las razones por las cuales he comprado esos libros una y otra vez y, por supuesto, las razones son muchas. Préstamos que no se devuelven; roturas; mudanzas (tengo la costumbre de mudarme, de una sola vez, a miles de kilómetros de distancia, lo cual me obliga a dejar todo atrás. Y entonces uno ve esa edición que tanto le gusta y ahí va, otra vez).

Cuatro. ¿Cuál será el próximo libro que tengo o tuve y que compraré otra vez? No lo sé; pero ideas son las que me sobran…

De palabras compartidas y presencias tutelares

 

Biblioteca

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Dijo Samuel Butler, en su Ramblings en Cheapside, de 1890: «No me gustan los libros. Creo que tengo la biblioteca más pequeña de cualquier literato en Londres, y no deseo aumentarla. Mantengo mis libros en el Museo Británico y en el de Mudie, y me enoja mucho si alguien me da uno para mi biblioteca privada. Una vez escuché a dos damas disputando en un vagón de ferrocarril si una de ellas había malgastado o no dinero. «Lo gasté en libros —dijo el acusado— y no es un desperdicio de dinero comprar libros». «De hecho, querida, creo que sí lo es», fue la réplica, y en la práctica estoy de acuerdo con eso».

No está mal eso de considerar a la biblioteca pública como parte de nuestra biblioteca personal; después de todo, lo es, aunque compartida con el resto de la sociedad, esa biblioteca es nuestra. Pero quienes amamos a los libros tenemos que tenerlos cerca. Nos atrae la posibilidad de poder tomarlos y dejarlos cuando queremos o simplemente de verlos ahí, más o menos prolijamente ordenados en los estantes. Como dijo Borges, quien siendo ciego tenía, por supuesto, varios libros en su casa: «Al irme a dormir tengo que estar rodeado de libros. Aunque sé que no puedo leerlos, necesito la presencia tutelar del libro». Otra gran idea: la presencia tutelar. El libro como un padre (y no hace falta adentrarse mucho en la metáfora para ver sus perfectas referencias).

Tal vez no sólo sea la idea tutelar la que necesitamos. Tal vez sea algo más, la presencia  viva del libro. Como dijo Gilbert Highet sobre Juvenal, idea que puede aplicarse a cualquier libro: «La vida de un buen libro es mucho más larga que la vida de un hombre. Su autor muere, y su generación muere, y sus sucesores nacen y mueren; el mundo que conocía desaparece, y nuevas órdenes que no podía prever se establecen en sus ruinas; la ley, la religión, la ciencia, el comercio, la sociedad, todos se transforman en formas que lo sorprenderían; pero su libro sigue vivo. Mucho después de que él y su época hayan muerto, el libro habla con su voz».

 

El Philobiblon: el tratado más antiguo sobre el amor a los libros

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El Philobiblon es una colección de ensayos sobre la adquisición, preservación y organización de libros escritos por el bibliófilo medieval Richard de Bury poco antes de su muerte, en 1345. Escrito en latín, como era la costumbre de la época, se divide en veinte capítulos, cada uno cubriendo un tema diferente relacionado con los libros, temas que abarcan desde el uso al préstamo de volúmenes, por ejemplo. Richard de Bury utiliza el lenguaje del fuego del infierno y la condenación para expresar su devoción por los libros, especialmente los de ciencia e historia. El resultado es maravillosamente entretenido, hilarantemente divertido y en muchos aspectos completamente moderno.

Richard de Bury ama los libros, tanto como vehículo de cultura como objetos materiales en sí mismos. Se queja de todas las cosas que molestan a los escritores, propietarios y libreros modernos: gente que se niega a gastar dinero en libros; libreros que sobrevaloran los sobrevaloran; «intérpretes bárbaros»; plagiarios; y cualquiera que maltrate, de cualquier manera, a un libro. De hecho, se vuelve bastante intolerante con los estudiantes que comen mientras están encorvados sobre sus libros; dejan que sus narices goteen sobre las páginas; usan trozos de plantas como marcadores; y se duermen sobre los libros arrugando sus páginas.

… manejan los libros con los dedos aún sucios de la cena, comen en ellos, escriben en los márgenes o rasgan las páginas, sobre todo las que no tienen texto, para utilizarlas con otros fines.

Hay capítulos en los que podríamos creer que los libros son seres vivos torturados por aquellos que los maltratan (una nota importante: en el texto de de Bury los libros son los que hablan en primera persona. En el fragmento siguiente sería la primera persona del plural. «nosotros», aquí, son los libros):

No hay ninguna droga curativa alrededor de nuestras crueles heridas, que son tan atrozmente infligidas a los inocentes, y no hay ninguna para poner un yeso sobre nuestras úlceras; pero harapientos y temblorosos somos arrojados a oscuras esquinas, o en lágrimas tomamos nuestro lugar con el santo Job en su estercolero, – o demasiado horrible para relatarlo – son enterrados en las profundidades de las alcantarillas comunes.

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Por otro lado, transmite exactamente por qué tantos de nosotros somos amantes de los libros.

Finalmente debemos considerar qué agradable es la enseñanza que hay en los libros, ¡qué fácil se accede a sus secretos! ¡Con qué seguridad ponemos al descubierto la pobreza de la ignorancia humana en los libros sin sentir ninguna vergüenza! . . . Son maestros que nos instruyen sin vara ni férula, sin palabras de enojo… No regañan si te equivocas, no se ríen de ti si eres ignorante

Para Richard Bury los libros enlazan pasado y futuro, permiten hablar con los muertos y vislumbrar el futuro, y son una cura contra la guerra. En ese sentido su visión del libro es en extremo moderna:

“En los libros encuentro a los muertos como si estuvieran vivos; en los libros preveo las cosas que vendrán; en los libros se exponen los asuntos bélicos; de los libros surgen las leyes de la paz”

Como hombre de religión (de Bury era obispo) considera a los libros como fuente de riqueza, justicia y felicidad, considerando al libro, la lectura y la escritura como un bien divino, otorgado a los hombres:

Quien por lo tanto afirma ser celoso de la verdad, de la felicidad, de la sabiduría o el conocimiento, incluso de la fe, debe convertirse en un amante de los libros. […] toda la gloria del mundo se desvanecería en el olvido si, como remedio, no hubiese dado Dios a los mortales el libro […].

Cita a Ovidio quejándose de que mucha gente de hoy en día se dedica a ganar dinero en lugar de estudiar y hacer nuevas ciencias y filosofías:

Aunque es cierto que todos los hombres desean naturalmente el conocimiento, sin embargo no todos tienen el mismo placer en aprender. Al contrario, cuando han experimentado el trabajo del estudio y encuentran su sentido cansado, la mayoría de los hombres arrojan desconsideradamente la nuez, antes de haber roto la cáscara y alcanzado el núcleo.

En el tratado también alude al valor del libro y a las bibliotecas como una riqueza incomparable entre todas las riquezas del mundo:

Las riquezas, de cualquier especie que sean, están por debajo de los libros, incluso la clase de riqueza más estimable: la constituida por los amigos, como lo confirma Boecio en su II libro de De Consolatione[…] “Una biblioteca repleta de sabiduría es más preciada que todas las riquezas, y nada, por muy apetecible que sea, puede comparársele” […]. . En los libros escalamos montañas y exploramos los abismos más profundos del abismo.

En el capítulo XVII, presenta un maravilloso y alegre conjunto de reglas para el manejo de los libros.

que [los libros] se alegren de su pureza mientras los tengamos en nuestras manos, y que descansen seguros cuando sean devueltos a sus depósitos.

No deja de ser sorprendente que siete siglos después sus pensamientos sobre el valor del libro sigan siendo tan atinados. De todas las maravillas que contiene el Philobiblion, me quedo con la síntesis de lo que significan como maestros:

Son maestros que nos instruyen sin vara ni férula, sin palabras de enojo… No regañan si te equivocas, no se ríen de ti si eres ignorante.

He buscado una versión original de este libro, pero no la he podido encontrar (como digo siempre: si alguien la encuentra, le pido que me avise. Ante la imposibilidad de adquirir estos volúmenes, a veces la red nos depara el placer de poder conseguirlos digitalizados). Pero sí he encontrado versiones en inglés y en francés. Para acceder a una lectura en línea (en inglés), pueden ir aquí (Wikisource); o aquí (The Gutemberg Project).

El arduo acto de leer

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¿Se puede leer sin conocimiento? Esta pregunta la he planteado en varias ocasiones y aunque por mi parte doy una respuesta casi terminante (afirmo que no, que no es posible tal cosa) no quiero ser tan cerrado como para no aceptar la respuesta contraria si esta se encuentra bien fundamentada.

Al decir «conocimiento» me refiero a aspectos específicos de datos que rodean a la factura de tal o cual obra. Esta discusión, que nos viene del siglo pasado y que nace gracias a la llegada de esa debacle que fue el posmodernismo, dice que no importan los datos biográficos del autor, por ejemplo, ni tampoco las circunstancias en las que escribió, sino que la obra debe valerse por sí misma. Puedo aceptar estos argumentos, pero sólo en parte. Cuando alguna discusión de este tenor se presenta, siempre pongo como ejemplo la primera cuarteta de El Golem, de Borges:

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.

Si no se sabe que el griego es Platón, que el Cratilo es uno de sus diálogos, donde trata el tema del lenguaje, y que el arquetipo es el patrón ejemplar del cual se derivan otros objetos, ideas o conceptos; mal podemos entender los versos tercero y cuarto. Así que en este caso podemos decir que el conocimiento previo es fundamental para la comprensión del texto. Habrá otros muchos, por supuesto, que no necesitan ningún tipo de información adicional, aunque esto no invalida mi punto, ya que en ese caso el conocimiento lo tenemos, de alguna manera, internalizado.

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Veamos un ejemplo que acaba de sucederme y que me ha obligado a volver a pensar en estos asuntos. Lo voy a plantear de forma inversa a como me ha sucedido a mí. Veamos este poema, también de Borges:

En memoria de Angélica

¡Cuántas posibles vidas se habrán ido
en esta pobre y diminuta muerte,
cuántas posibles vidas que la suerte
daría a la memoria o al olvido!
Cuando yo muera morirá un pasado;
con esta flor un porvenir ha muerto;
en las aguas que ignoran, un abierto
porvenir por los astros arrasado.
Yo, como ella, muero de infinitos
destinos que el azar no me depara;
busca mi sombra los gastados mitos
de una patria que siempre dio la cara.
Un breve mármol cuida su memoria;
sobre nosotros crece, atroz, la historia.

El sentido del poema no es demasiado complejo (de hecho, se haya a una enorme distancia del comienzo de El Golem, por ejemplo). Pero ahora, terminando el grueso volumen de los diarios de Bioy Casares sobre Borges, encuentro esta entrada, la correspondiente al 24 de noviembre de 1974 (Casares, Adolfo Bioy, Borges, p.1492):

«Come en casa Borges. Murió Angélica, una hijita de su sobrino Luis, de cinco años, ahogada en una piscina». Luego a pie de página: «Para ella escribió Borges En memoria de Angélica».

Ahora el poema es otro. Aunque la lectura inicial no era imposible de comprender, se ha corrido un velo sutil que nos permite una mayor comprensión de cada verso y del sentido total del poema. Volver a leerlo ahora hace que cada idea cobre otra dimensión. En lo personal, el verso «con esta flor un porvenir ha muerto» me parece de una tristeza tan profunda que no puedo recordar otro que se le acerque en precisión y dolor.

Volviendo al tema con que inicié esta entrada, la pregunta permanece: ¿Se puede leer sin conocimiento? Siguiendo diciendo que no; pero acepto dejar la puerta levemente entornada con un ligero tal vez; aunque creo que a quien piense distinto le va a costar trabajo convencerme de lo contrario.