Titivillus, un amigo de la casa

 

Titivillus (1)

 

La demonología medieval (como posteriormente también la del Renacimiento) es minuciosa, ordenada, específica, aunque a veces parezca confundirse —según algunos medievalistas— con historias del folklore local de la región que corresponda. Quizá haya sido este último el caso de Titivillus, un demonio de quien se creía que trabajaba en nombre de Belfegor, Lucifer o Satanás y al que se le atribuía, cuando no la autoría, al menos la labor de recopilar los errores en los trabajos de los copistas y escribas medievales para luego usarlos en su contra, acusándolos de negligencia en su trabajo.

 

Titivillus (3)

En el monasterio de las Huelgas, en Burgos, la imagen de la Virgen de la Misericordia protege bajo su manto a un grupo de monjas cistercienses y a sus benefactores. Fuera del manto se ve, al lado derecho, a Titivillus cargando, precisamente, un fajo de libros. La obra pertenece a Diego de la Cruz.

 

La primera mención que se conoce de Titivillus está en el trabajo de Juan de Gales (John Galensis), en su Tractatus de Penitentia de 1285. Posteriormente, también se describió a Titivillus como el demonio encargado de provocar la charla ociosa, la mala pronunciación, la murmuración y la omisión de palabras durante la oración o cualquier oficio religioso. En algunas representaciones, se le ve cargando un fajo de libros (o un saco) donde llevaría estas palabras, que se le imputarían luego a las almas en el juicio individual, para hundirlas en el infierno. En algunas obras literarias, especialmente inglesas, en las que Titivillus aparece, el propio demonio omite palabras, sílabas e incluso frases enteras.

Así que ya saben, si algún error encuentran en ésta o en cualquier otra entrada de este blog, no fue culpa mía, sino de Titivillus, que anda haciendo de las suyas.

Titivillus (2)

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El gran coro de agua

 

crystal-cascade1Al este del Walhalla, se halla el castillo de Sokwabek construido dentro de una gran cueva con paredes de cristal. Era la residencia de Bragi, el señor de los cantos y los encantos y creador de la poesía. En la entrada de la gruta se despeñaba una gran cascada, cuyo estruendo estaba formado por misteriosas voces que aleccionaban acerca de los sucesos del pasado y vaticinaban los acontecimientos del futuro; esas voces eran, entonces, el cúmulo de todo lo dicho. El lugar era tan portentoso que hasta el mismo Odín en persona acudía allí para meditar.
La historia es mucho más extensa, pero quisiera detenerme en un detalle: en la cascada. Si esa fantástica caída de agua está formada por todo lo dicho y por todo lo que se dirá, entonces allí estarán las voces de aquellos seres queridos que ya no están con nosotros y también estarán las voces de todos aquellos que seguirán nuestros pasos pero a los que no podremos oír porque seremos nosotros, en ese caso, quienes ya no estaremos presentes para oírlos. Pero tal vez lo más importante de todo es que allí también estará nuestra voz con todo lo que hemos dicho y lo que diremos aún. ¿Qué sentiremos al oírnos? ¿Nos avergonzaremos de nuestras palabras o tendremos la fortuna de sentir aunque sea un mínimo y justificado orgullo?

Bragi_and_Idunn

Bragi e Idunn

No puedo menos que enlazar esta idea con la que dejé aquí hace unos días, cuando hablé de la ninfa Eco: Creo (quiero hacer esta lectura) que estas historias mitológicas nos dicen que lo mejor que podemos hacer es cuidar lo que decimos y cómo lo decimos. En el caso de la ninfa Eco para no obligarla a rebajarse a repetir palabras banales; en el caso de la gran cascada del Palacio Sokwabek, para no avergonzarnos nosotros mismos al oír nuestra voz, ni avergonzar a nuestros mayores, ni a aquellos que seguirán nuestros pasos, aunque nunca vayan a conocernos.

Eco

John William Waterhouse - Echo and Narcissus - 700

Eco y Narciso, John William Waterhouse 

Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos jugado con el asombro que nos produce oír nuestras propias palabras reflejadas en una superficie lejana. El eco, ese fenómeno que siempre nos resultará curioso más allá de nuestra edad o de nuestra condición, también tiene una historia no menos curiosa e interesante.
En la mitología griega, Eco es una ninfa de la montaña que amaba su propia voz. Fue

Nymphe by Gaston Bussière. - 350

Ninfa, Gaston Bussière

criada por ninfas y educada por las Musas. De la bella y joven Eco salían las palabras más bellas jamás nombradas; en cuanto a las palabras ordinarias, se oían de forma más placentera. Esto molestaba a Hera, celosa de que Zeus, su marido, pudiera cortejarla como a otras ninfas (ya sabemos que Zeus era un dios con debilidades más bien humanas). Y así sucedió. Cuando Hera descubrió el engaño, castigó a Eco quitándole la voz y la obligó a repetir la última palabra que decía su interlocutor. Incapaz de tomar la iniciativa en una conversación y limitada sólo a repetir las palabras ajenas, Eco se tuvo que apartar del trato humano.
Retirada en el campo, Eco se enamoró del hermoso pastor Narciso. Eco lo seguía todos los días sin ser vista, pero uno de ellos, debido a una impertinencia al pisar una rama, Narciso la descubrió. Eco buscó ayuda de los animales del bosque como ninfa que era, para que le comunicaran a Narciso el amor que ella sentía, ya que ella no podía contarlo. Una vez que Narciso supo esto, se rió de ella y Eco volvió a su cueva y permaneció allí hasta morir. Otras ninfas pidieron a los dioses un justo castigo por esta cruel actitud de Narciso, y así fue que Némesis (la que arruina a los soberbios), maldijo a Narciso a enamorarse de su propio reflejo.
Se me ocurre, entonces, que al pasear por una montaña o por cualquier otro sitio donde nos sorprenda nuestra propia voz, en realidad estamos en presencia de la ninfa Eco, quien repite nuestras últimas palabras aún bajo la obligada imposición de Hera. Creo que lo mejor que podemos hacer, al menos para paliar en algo el dolor de aquella muchacha tan duramente castigada, es decir algunas palabras bonitas, algunas palabras amables, algunas palabras dignas; así, además de hacerle un favor a ella, también nos lo haremos a nosotros mismos, ya que recibiremos de la voz de ninfa, en retorno, al menos una palabra bonita, amable, digna.

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Ninfa Eco, Paul Lemoyne

Caligramas en el cielo

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Todos conocemos los maravillosos caligramas de Guillaume Apollinaire, quien desde 1918 comenzó a dibujar artísticamente a sus poemas. Pero el arreglo artístico de palabras en la página se remonta a muchos siglos atrás. Algunos de los primeros ejemplos de estos “caligramas” se encuentran en un maravilloso manuscrito del siglo IX conocido como Aratea.
Cada página del Aratea tiene un poema en la mitad inferior —escrito por el poeta griego Aratus en el siglo III a.e.c. y traducido al latín por un joven Cicerón— que describe una constelación astronómica. Esta constelación está bellamente ilustrada encima de la poesía. Los dibujos se componen de palabras tomadas de la Astronomica de Hyginus. Los pasajes utilizados para formar las imágenes describen la constelación que crean en la página y, de esta manera, se unen entre sí. Ni las palabras ni las imágenes tendrían sentido completo sin que el otro estuviera allí para completar la escena. También, pueden observarse puntos rojos en cada cuadro: éstos muestran donde las estrellas aparecen en el cielo.

Este notable objeto reúne casi 2000 años de historia cultural. Usando dos textos romanos sobre astronomía escritos en el siglo I a.e.c., el manuscrito fue creado en el norte de Francia alrededor del 820. Luego encontró su camino a la biblioteca de la familia Harley en Inglaterra, antes de ser vendido al estado inglés en 1752 bajo la misma ley del parlamento que creó el museo británico.

Dejo una galería de estupendas imágenes. Como siempre, para ver en mayor tamaño, hagan clic sobre una imagen cualquiera.

La montura de los poetas

Odín y Sleipnir (1)
Todos conocemos por su propio nombre a algunos de los caballos más famosos: Rocinante, Babieca, Bucéfalo. También sabemos que en las diversas mitologías existen muchos y poderosos caballos que servían bien a sus poderosos amos; caballos como Burak, Pegaso o los unicornios. Pero hay uno en particular que merece un lugar aparte. Se trata de Sleipnir; el caballo gris de ocho patas que le fue regalado a Odín por Loki, luego de aquella aventura con el gigante de piedra que construía una muralla para proteger a los dioses en el Asgard. Sleipnir era el mejor de los caballos y se dice que era montado hasta para llegar al mismísimo Hel (el reino del submundo). Sus ocho patas eran símbolos de los ochos vientos provenientes de los ocho puntos cardinales y tenía runas grabadas en los dientes.
Hasta aquí nada que no sea común en estas historias mitológicas; pero como dije, SleipnirOdín y Sleipnir (2) merece un lugar aparte, y esto es por un detalle que tal vez no sea menor. Sleipnir no sólo era el caballo de Odín, el respetado dios nórdico; sino que también era quien llevaba a los poetas al cielo. Cuando un poeta moría su alma accedía al cielo nórdico, al mismo Asgard, montado en este fabuloso animal gris (hasta el color parece ser un símbolo en sí mismo, lejos de toda dualidad que me sabe a demasiado vulgar).
Que los dioses brindasen a los poetas un lugar destacado en su cielo es un detalle que magnifica a ese cielo y a esa mitología; que el más poderoso de los dioses prestara a su mejor montura para trasladar el alma de cada uno de ellos a su última morada es algo que nos hace desear haber sido hijos de ese dios o de esa cultura.