De derechos y obligaciones

El año pasado los doctores del Jackson Memorial Hospital de Miami se encontraron ante un dilema al que nunca habían hecho frente. Una ambulancia llegó con un hombre de 70 años en estado crítico, inconsciente, quien luego de ser ingresado se vio que en su pecho había un mensaje inesperado que detenía el proceso normal de cuidados y reanimación. Tatuado en tinta oscura, en inglés, bajo su cuello: Do Not Resuscitate. –No resucitar–; y debajo, su firma.

 

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En el Jackson Memorial empezaron por intentar reanimarlo lo necesario para poder confirmar si el tatuaje reflejaba lo que quería. El hombre, que llegó solo y del que no se conocía el contacto de familiar o amigo alguno, tenía un historial clínico complejo: problemas cardiacos, de pulmón, diabetes. No lograron sacarlo de la inconsciencia.

Ante la encrucijada, decidieron pedir consejo. Llamaron a un médico especialista en bioética. Kenneth W. Goodman. Él analizó el caso y les recomendó que lo dejasen morir. Goodman consideró que el tatuaje había tenido que ser “muy deliberado”. El hospital dejó fallecer al hombre del tatuaje.

Recuerdo el caso de Ramón Sampedro entre otros muchos menos conocidos. La pregunta que subyace es: ¿Cómo y dónde trazar la línea entre la libre opción a morir y la obligación moral de un equipo médico? ¿Cuándo el juramento hipocrático choca de manera indefectible con la decisión personal del derecho a morir? ¿Dónde trazaríamos nosotros mismos nuestra propia línea?

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Bajo el andamio

 

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Antoine Joseph Wiertz – Dernières pensées et visions d’une tête coupee

 

El artista belga Antoine Joseph Wiertz (1806-1865) dedicó la mayor parte de su arte a expresar su obsesión —propia de la era romántica— con la muerte. Wiertz se interesó personalmente en la cuestión científica de cuánto tiempo sobrevivía la consciencia en la cabeza de una víctima de ejecución mediante la guillotina, y en 1848 utilizó la hipnosis para intentar compartir los dolores y la rápida pérdida de conciencia en un asesino sometido a decapitación por el crimen de haber asesinado a su casera. El resultado fue un tríptico completado en 1853 titulado Dernières pensées et visions d’une tête coupee (Últimos pensamientos y visiones de una cabeza cortada), donde representa las impresiones de una cabeza guillotinada de sus últimos tres minutos de conciencia.

Wietz agregó una descripción verbal de cada uno de los paneles. Aquí hay un extracto del segundo minuto, Under the Scaffold (Bajo el andamio):

«Por primera vez, el prisionero ejecutado es consciente de su posición. Mide con sus ojos ardientes la distancia que separa su cabeza de su cuerpo y se dice a sí mismo: “Mi cabeza está realmente cortada”.

Ahora el frenesí se redobla en fuerza y ​​energía. El prisionero ejecutado imagina que su cabeza está ardiendo y girando sobre sí misma, que el universo se está derrumbando y girando con él, que un fluido fosforescente gira alrededor de su cráneo a medida que se derrite. En medio de esta horrible fiebre, una idea loca, increíble e inaudita toma posesión del cerebro moribundo. ¿Lo creerías? Este hombre cuya cabeza ha sido cortada todavía concibe una esperanza. Toda la sangre que queda en burbujas, brota y recorre con furia todos los canales de la vida para captar esta esperanza.

En este momento, el prisionero ejecutado está convencido de que está extendiendo sus manos convulsas y llenas de rabia hacia su cabeza expirada. No sé lo que significa este movimiento imaginario. Espera … Entiendo … ¡Es horrible!

Oh! Dios mío, ¿qué es la vida que continúa la lucha hasta la última gota de sangre?»

En el mismo año, el autor estadounidense Theodore Witmer había registrado sus propias impresiones luego de ver una ejecución en la década de 1840. «¿Por qué alguien no nos da Las reflexiones de un hombre decapitado?», Preguntó. «Si resultara estúpido, podría excusarse por falta de cabeza». Más allá de la broma algo torpe, hubiese sido interesante saber qué hubiese pensado Witmer de la obra del Antoine Joseph Wiertz.

Felicidades

 

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Max Ernst

 

“Bienvenido. Y felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees. En primer lugar, para que estés aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, trillones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos años -tenemos esa esperanza-, estas pequeñas partículas participarán sin queja en los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacto y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.” Bill Bryson, Una breve historia de casi todo.

Es fácil, a veces, perder el horizonte de lo que es y no es la vida o, dicho de otra manera, sobre lo que es y debería ser. Las pretensiones de inmortalidad que son moneda común a lo largo y ancho del mundo y de las civilizaciones me parecen propias de espíritus infantiles, de esos que tienen miedo a lo desconocido, como si otra cosa no fuera el mismo acto de estar vivo. ¿Qué significa despertar cada mañana, levantarse y salir al mundo? Eso es adentrarse a lo desconocido de manera constante. Aun cuando se siga una rutina determinada siempre cabe la posibilidad de que algo rompa —y a veces de manera definitiva— esa torpe costumbre. ¿Quién querría, además, extender esa rutina por toda la eternidad? Siempre que aparece este tema recuerdo aquel fragmento de Destejiendo el arco iris, Richard Dawkins y que me parece el planteo más lúcido que he visto en mucho tiempo:

 “Nosotros vamos a morir y eso nos convierte en los afortunados. Mucha gente nunca va a morir porque ellos nunca nacerán. Las posibles personas que podrían haber estado aquí en mi lugar pero que de hecho nunca verán la luz del día excede en número a los granos de arena del desierto del Sahara. Por supuesto aquellos fantasmas sin nacer incluyen poetas más importantes que Keats y científicos más importantes que Newton. Nosotros sabemos esto porque el conjunto de posibles personas permitidas por nuestro ADN excede  masivamente al conjunto de personas reales. A pesar de estas asombrosas posibilidades, somos TÚ y YO, en nuestra normalidad, los que estamos aquí. Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de la vida en contra de todas las probabilidades ¿Cómo nos atrevemos a lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del cual la inmensa mayoría nunca ha despertado?”

La ganadora perpetua

The Seventh Seal - Ingmar Bergman

Muchos conocerán la famosa escena de la película de Ingmar Bergman El séptimo sello; la cual es más conocida por las escenas en las que el caballero Antonius Block juega al ajedrez con la Muerte, personificada como un hombre pálido y misterioso que a menudo sostiene una guadaña y lleva el típico traje negro y capucha. La muerte como personaje ha aparecido en el arte durante siglos, pero una de las primeras apariciones del símbolo de la muerte jugando al ajedrez se remonta a la pintura medieval del siglo XV de Albertus Piktor. Esta obra se encuentra en la Iglesia católica del condado de Täby, justo al norte de Estocolmo. Parece probable que Ingmar Bergman se refirió específicamente a la pintura de Pictor como un homenaje a esa pintura.

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Pintura de la iglesia en Täby, Suecia, por Albertus Pinktor hacia 1480.

Buscando más información he encontrado varias representaciones antiguas de esta imagen simbólica. Las dejo a continuación. Para ver las imágenes en mayor tamaño y una descripción breve, hacer clic sobre una de ellas.

El perdido arte de hablar claro

espiritismoEs por todos sabidos que, hoy por hoy, no se puede criticar a nadie. No importa el delirio de quien tengamos frente a nosotros; hoy, con esa idea desnaturalizada del “respeto a las ideas del otro” cualquiera puede decir lo que se le ocurra amparado en esa ley no escrita y sin validez alguna. Lo que no se entiende es que una cosa es respetar al prójimo y otra muy distinta es respetar a las ideas del prójimo. Lo primero es válido, lo segundo, no. Si una persona me dice que Neptuno influye, digamos, en mi sistema nervioso, debo respetar su derecho a creer en esas tonterías (si la persona es honesta) ¿pero respetar esa idea descabellada? Ni por asomo.
Prefiero aquellas épocas en donde había cierto respeto por el conocimiento y por las personas que poseían ese conocimiento. Hoy, tiempos en que, como dice el tango es «lo mismo un burro que un gran profesor» eso no ocurre y hasta es posible que resultemos agredidos si proponemos tal cosa (hay que ver lo estrecha que es la relación entre la violencia y la ignorancia).

Contaré una anécdota al respecto: Florence Cook fue una médium que no sólo se ponía en contacto con los muertos, sino que los materializaba; como solía hacerlo, particularmente, con el fantasma de Katy King. Dichas apariciones provocaron una fuerte polémica alrededor de 1870. La historia es por demás interesante, pero no voy a Thomas Huxleyhablar de ella, sino de lo que dijo Thomas Huxley, naturalista y abuelo del famoso escritor Aldous Huxley, cuando fue invitado a presenciar una de estas sesiones espiritistas. Huxley respondió: “Lamento no poder aceptar la invitación. No siento el menor interés por tales asuntos. Suponiendo que estos hechos fueran reales, tampoco me interesan. Es que si los habitantes del mundo espiritual no hablan con más sabiduría y sentido que los demostrados por sus amigos convocantes, he de clasificarlos en la misma y baja categoría. Preferiría vivir como barrendero que ser condenado, una vez muerto, a despachar simplezas por boca de un médium y a una libra por sesión”.

 

Bien por Thomas. Ahora ¿se imaginan lo que dirían hoy de este hombre? Lo único que hizo fue poner las cosas en negro sobre blanco, pero no cabe duda de que sería crucificado bajo el mote de intolerante, fanático o, incluso, es probable que se lo calificara hasta como ignorante. Lindos tiempos estos donde hasta la tolerancia es intolerante…

Viajando en el tiempo

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Dado egipcio – Año 0

Tanto se ha discutido sobre la posibilidad de viajar en el tiempo que a veces olvidamos que eso no sólo es posible (nosotros no hacemos otra cosa; solo que nuestras limitaciones nos permiten movernos en un solo sentido; no culpemos a nadie de nuestras incapacidades); a veces olvidamos que podemos viajar al pasado, aunque sea de un modo tangencial, acercándonos a esos tiempos no de manera directa, sino a través de lo que las voces de ese pasado nos dicen.

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Media hogaza de pan carbonizado, Pompeya, año 79 e.c.

Encontré estas tres fotografías en tres artículos independientes de una página arqueológica. De alguna manera sentí que los tres comenzaban a conversar entre ellos y que de alguna manera, aunque limitado por mi incapacidad para entender en profundidad su lenguaje, me hablaban de mí. Como suele ocurrir siempre, en un principio lo que escuché fue lo más obvio; algo así como que allí había una metáfora del hombre o de su destino (la vida en el pedazo de pan, el azar en el dado, la muerte en esa bala clavada en el pecho) pero deseché esa idea por vulgar; no me parecía digno de ellos decir semejante tontería. Entonces sólo me dediqué a escuchar sin interponer nada de mi parte, sin intervenir, sin sumar una sola idea o atisbo de idea; sólo me dediqué a escuchar el ligero murmullo con el cual esos objetos nos hablan desde ese pasado más o menos remoto y nos saludan y se despiden con un ligero “hasta pronto”.

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Esqueleto de un soldado de 23 años muerto en la batalla de Waterloo. La bala que lo mató aún puede verse entre sus costillas. Año 1815.

 

 

 

El susurro perpetuo.

20160725_141312Hace poco tuve la oportunidad de visitar por primera vez la ciudad de Guanajuato, conocida por su particular belleza pero, por sobre todo, por sus momias. Debo decir que me sentí levemente decepcionado al visitar este museo; me hubiese gustado un poco más de intensidad en la muestra, un poco más de historias relevantes y de contexto social. Pero ya se sabe, hoy en día lo que prima parece ser el beneficio económico, así que luego de una larga cola para poder ingresar, nos despacharon en unos veinte minutos y a otra cosa, que pase el que sigue. De todos modos, el tema de las momias de Guanajuato es por demás interesante, así que busqué algo más de información al respecto, la cual intentaré resumir.

En 1833, un brote de cólera golpeó Guanajuato, México, y los muertos fueron enterrados en el cementerio local. Sesenta y tres años más tarde, en 1896, las autoridades municipales comenzaron a cobrar una tasa por los lotes ocupados en el cementerio, y las familias pobres que no podían pagarla se20160725_141627 vieron obligadas a desenterrar a sus muertos. No fue poca la sorpresa y el horror que sintieron (pienso en la época y a ello sumo la particular relación que tienen los mexicanos con la muerte) al descubrir que allí no había esqueletos, como se suponía, sino cuerpos grotescamente conservados, retorcidos en posturas de pesadilla y con expresiones faciales aún visibles. Las condiciones del clima y del suelo de la región se habían combinado para conservar los cadáveres de esa forma.

La ciudad ha puesto 119 de los cuerpos —algunos todavía con pelo, cejas y pliegues en la piel—, en exhibición (eso es lo que dice la información general; hoy en día hay muchos menos). El escritor Tom Weil dijo, luego de visitar el sitio: “En las figuras puede verse tanto a los vivos como a los difuntos; la muerte con un rostro humano y la humanidad con el cráneo debajo de la piel”. Ray Bradbury, que visitó el museo en la década de 1940, escribió: “Se veían como si hubieran saltado, quebrados en sus tumbas en posición vertical, las manos cerradas sobre sus pechos arrugados y gritando. Las mandíbulas caídas, la lengua fuera, las fosas nasales abiertas. Congelados de esa manera. Todos ellos tenían la boca abierta. El suyo era un grito perpetuo. Luego agregó: “La experiencia me hirió y me 20160725_142309aterrorizó, casi no podía esperar a huir de México. Tenía pesadillas sobre la muerte donde tenía que permanecer en los pasillos de los muertos con los cuerpos apoyados y sostenidos apenas por un cable. Con el fin de purgar mi terror, al instante, escribí “El siguiente en la línea”. Fue una de las pocas veces que una experiencia dio resultados casi en el acto”.

Cada uno que pasa por allí sale, sin duda, transfigurado. Al menos, claro está, que se encuentre ajeno a todo sentir o a todo pensar; es decir, al menos que ya está muerto en vida. La muerte o el horror como génesis creativa, en el caso de Ray Bradbury o del pensamiento filosófico de Tom Weil, quien atinadamente se vio a sí mismo y a todos nosotros allí. Las momias de Guanajuato, de un modo u otro, nos hablan o susurran cuando pasamos a su lado.