La literatura como refugio último

 

Leyendo entre los escombros

 

Uno de los debates que parecen ser eternos es el del artista que se recluye en su Torre de marfil o aquel que hunde los pies en el barro de la historia. Lejos yo de ser un artista y, menos aún, alguien a quien esta pregunta se le vaya a hacer por motivo alguno, a veces me encuentro en ese mismo planteo sólo por el entorno del que, para mal o para bien, formo parte. Y veo, ya sin molestia alguna, que poco a poco voy pasando del segundo estado al primero. El segundo estado, propio del ímpetu juvenil, rebelde, inquisidor, activo; sigue pareciéndome el moralmente correcto; pero el primero se me hace cada vez más indispensable para poder descansar del insoportable estado de mediocridad de esta sociedad que nos rodea. Claro, diciendo esto es cuando abrimos la puerta a esa crítica que tilda de superficial a todo aquel que la adopta. Pero nada más lejos de ello, puedo asegurarlo; sólo es que si uno pelea y pelea por alguien y resulta que ese alguien se pone del lado opuesto, del lado del que lo oprime o molesta o roba o viola… Bueno ¿Qué hacer? ¿Vestirse de Quijote por quien no lo agradece ni lo merece? ¿Correr el riesgo del patíbulo por defender a quien a la postre va a afilar el hacha del verdugo? No, nada de eso; los superhérores están bien para los cómics o el cine, nada más.

Y luego sigue el resto, claro. La publicidad, los medios, las redes sociales… Todo es tan vulgar, tan tristemente mediocre, tan pequeño en su intención, tan simple en su contextura, tan molesto en su ejecución, que lo único que puede hacerse por la propia salud mental es encerrarse en el último refugio que nos queda: la literatura. ¿Alguien quiere saber qué es lo que está ocurriendo en la sociedad? Que lea libros. ¿Alguien quiere entender de qué está hecho y de qué están hechos los demás? Que lea libros. ¿Alguien quiere acceder a la belleza y, al mismo tiempo, entender lo que sucede aquí y ahora? Que lea libros. La literatura es el refugio último contra la mediocridad imperante. Los libros no mienten, sin importar si su contenido es filosófico, poético, científico, novelístico. Ellos contienen en sí mismos el antídoto contra sí mismos. Leer un libro malo nos enseña a no leer libros malos y es así como ellos mismo nos inoculan sobre el bien y el mal y es así como también nos señalan quiénes son dignos de nuestra lucha y quiénes no. Y mientras éstos últimos sean mayoría, pues no quedará otra opción que tomar nuestros libros y adentrarnos en nuestra pequeña torre que, aunque sea de adobe y paja, lucirá como del mejor y más níveo marfil.

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Esta tierra que se agarra a mí

 

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Hace algunos años encontré en Argentina una edición de poemas de William Faulkner traducidos por Javier Marías que llevaba por título Si yo amaneciera otra vez. Recuerdo que mi amor por Faulkner no se vio mellado por no haberme gustado mucho su poesía (de la que luego el mismo Faulkner renegaría, si mal no recuerdo). Ahora me encuentro este poema —perteneciente a ese libro y que incluye el verso que le da nombre al volumen— que me pareció raro y maravilloso. ¿Será que los años o el camino recorrido han cambiado algo en mí (ya que no en el poema) y que ahora puedo atisbar algo más de lo que antes no veía? Sea como fuere, el poema y la imagen con la que ilustro la entrada (la cual tenía guardada para una ocasión especial, la cual resultó ser ésta) son lo que hoy soy yo; algo o alguien que pendula entre las rarezas y las maravillas y que no quiere dejar de hacerlo por nada del mundo.

 

SI HAY DOLOR, QUE SEA SÓLO LLUVIA

y ésta sólo dolor de plata por el dolor en sí,

si estos verdes bosques sueñan aquí para despertar

en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.

 

Pero dormiré, pues ¿dónde hay muerte

mientras que en estas azules y soñolientas colinas de lo alto

tenga yo como el árbol mi raíz? Aunque esté muerto,

esta tierra que se agarra a mí me encontrará el aliento.

La conciencia conservadora

 

Execution by Guillotine in Paris during the French Revolution, 1790s (1793-1807).

Pierre Antoine De Machy

 

Me encontraba en la playa, disfrutando del agua y pensando en lo que había escuchado el día anterior, aquellas palabras de Derrida que decían «No hay nada fuera del texto» cuando, al intentar profundizar un poco en esa idea, escuché con claridad a la famosa «voz de la conciencia» (y siempre se la nota con claridad cuando dice cosas como esta, lo cual no siempre sucede en otras ocasiones en las que sería muy necesario su consejo o punto de vista) diciendo: «No tienes la capacidad para ello». Me detuve de inmediato. Me di cuenta de que la voz de mi conciencia, al menos en ese momento, tenía la voz de mi madre. «Por supuesto que tengo la capacidad suficiente» me dije; entonces ¿De dónde provenía esa idea castradora y totalmente negativa? Bueno, evidentemente la voz era real en la medida en que ese tipo de frases, con las modificaciones del caso, eran las que solía escuchar en boca de mi madre. Seguí adelante: el paso siguiente fue establecer qué es la conciencia, y la respuesta clásica vino a mi mente de manera inmediata: la conciencia es la voz de la reserva moral. Bien, pero ¿Qué es la moral? ¿El conjunto de reglas que determina la conducta adecuada y socialmente aceptable? En parte, sí; pero también sería la continuación de la voz moral de nuestros padres; es decir, del conservadurismo, de la tradición, de los límites, del control. Y como ya lo estableció Nietzsche en La genealogía de la moral, en este caso esa conducta sería la voz moral del poder; el cual, como bien sabemos, tiende, naturalmente, a ser conservador.

Como la moral no es algo fijo e inamovible, sino que se modifica con el paso del tiempo, establecer reglas morales rígidas es el peor error que se comete en relación a la educación de nuestros hijos. Lo que debe enseñárseles es la importancia del comportamiento moral y la búsqueda de sus propias reglas; no la obligada perpetuación de reglas que para ellos bien pueden estar perimidas.

Aquietar la conciencia negativa es, entonces, un trabajo circular. Decapitar a nuestros padres es aquietar la conciencia negativa y aquietar la conciencia negativa es decapitar a nuestros padres. Hacerlo de manera definitiva es nuestra tarea; hacerlo y enseñárselo a los que vienen detrás. Antes que nada, la coherencia.

Cancún Babel

Cancún BabelLos grandes centros turísticos se han transformado, como todos sabemos, en centros de reunión de nacionalidades diversas que cruzan sus caminos momentáneamente para luego proseguir su andar hacia otras ciudades y otros cruces hijos del azar. Cancún, Playa del Carmen y Tulum no son excepciones y, salvo por el tamaño de cada una de estas locaciones, lo cual influye en la cantidad de personas con las que podemos cruzarnos, las tres son ideales para conocer gente de distintas latitudes, todos ellos más que abiertos a compartir charlas, datos, información.

En Playa del Carmen, por ejemplo, me sentí como si esta ciudad fuese una sucursal de un balneario argentino debido a la gran cantidad de turistas de ese país pero, sobre todo, debido a que un gran porcentaje de los jóvenes que trabajan en la Quinta Avenida son argentinos y es común verlos en sus puestos tomando mate mientras hacen sus tareas. Luego, no sé si debido a que el clima caribeño parece predisponer a la gente a un carácter más abierto, un empleado del hotel donde nos hospedábamos, compartió el desayuno con nosotros. Era nativo de Belice y nos brindó interesantes datos de su país y de qué debíamos hacer si íbamos allí. Así es todo en la Riviera Maya. Esos datos se los pasamos a una pareja de italianos con quienes compartimos el transporte hacia la playa, quienes nos tradujeron los datos de una pareja de alemanes que nos recomendaban un cenote poco conocido.

Pero lo que más recordamos, por lo curioso e improbable del cruce, fue lo que nos sucedió con dos personas en nuestra visita a Chichén Itzá. Este viaje fue medianamente largo y nos detuvimos para ver algunas artesanías y para almorzar. Una pareja nos preguntó si podíamos compartir la mesa, a lo cual aceptamos gustosos. Eso nos llevó al diálogo inevitable que se da en esos casos «¿De dónde son; cuánto llevan aquí? Y demás». Ellos eran polacos y pensaban pasar un par de semanas allí antes de volar a Europa. Todo eso no pasa de ser algo trivial en esos casos; pero al día siguiente, a doscientos kilómetros de allí, en una playa alejada de los centros turísticos tradicionales, y mientras nos bañábamos en esas deliciosas aguas turquesas, sentimos una fuerte exclamación a nuestro lado. El polaco, sonriente y vociferante, se acercaba a saludarnos. No nos habíamos visto, pero en la arena estábamos apenas a treinta metros de distancia. Eso es lo que sucede en esos sitios, uno no sabe cómo es que se lo consigue, pero de una u otra manera termina conversando con personas con las que apenas comparte lenguajes. Es casi inevitable y se da de una manera natural que se hagan esfuerzos de una y otra parte y en general, con una estupenda predisposición, terminamos cruzando palabras con alguien que antes no pensábamos que podíamos llegar a entendernos.

Algunas horas después, luego de caminar un par de kilómetros, estábamos en la ruta esperando que se llenara el transporte que nos llevaría a la ciudad. Es habitual que estos vehículos sólo se pongan en marcha cuando se llenan, así que esperamos un rato charlando con quienes ya estaban allí. Quedaban seis lugares vacíos, los que fueron ocupados a lo largo de varios minutos por una empleada del balneario, un grupo de tres amigos y los últimos en llegar: el polaco y su esposa. Regresamos conversando entre sonoras risas (que nadie entendía) y cuando llegamos a destino nos despedimos bromeando sobre el siguiente, curioso, encuentro. Ésa fue la última vez que nos vimos.

Los sonidos del silencio

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Foto: Borgeano

Estoy en la cima de la Pirámide del Sol, en Teotihuacán; sitio mágico al que soñé visitar desde años atrás. A un par de kilómetros se lleva a cabo un festival de música tecno. Estar en la cima de esa pirámide escuchando el tum-tum-tum, constante de la música rompe con todo el encanto del lugar. En un cenote, un grupo de personas disfruta de la maravilla del sitio cuando llegan tres muchachos con una bocina y música a todo volumen. Discuto con ellos hasta que logro hacerles apagar el aparato. En la cumbre de los Andes un grupo de gente espera ver volar a un cóndor, amo y señor del lugar; todos esperan con ansiedad y cuando el ave comienza a volar muchos exclaman un “wuuuuu…” propio de un recital de rock. En las ruinas de Tulum, en la Riviera Maya, nos cruzamos con un grupo de muchachos de los cuales uno lleva, en su mochila, una bocina con música electrónica. Como vamos en sentido contrario lo único que hacemos es bajar más rápido e irnos de allí cuanto antes. Debo irme de una playa maravillosa en Panamá porque desde los puestos de comida la playa toda se ve inundada con música de Luis Miguel. Estoy en la cúspide de una pirámide en las ruinas de Tikal; unos escalones más abajo un grupo de veinteañeros charla a toda voz sobre sus fotos de Facebook. En el Paseo de las Rosas, en Morelia; no se puede tomar un café sin que de manera constante alguien se pare a nuestro lado a tocar la guitarra, a cantar o a soplar unas hojas a modo de armónica. A veces mientras un músico está tocando ya hay otro esperando su turno apoyado en un árbol. En Perú cada local coloca bocinas hacia la calle y los dependientes vocean sus productos a toda voz y a toda velocidad; mientras tanto, los taxis pasan lentos a nuestro lado y todos tocan claxon para ver si queremos subir. En un parque nacional colombiano situado en la cima de una alta montaña aún pueden oírse las sierras de quienes talan árboles en la distancia.
Parece imposible encontrar un sitio silencioso donde haya más de una persona; el simple hecho de que dos personas estén juntas implica, sin saber bien cómo ni por qué, que debe haber música o diálogo. No pocas veces esos lugares podrían ser un sitio de paz y tranquilidad para el viajero, pero son las propias personas quienes se encargan de romper esas dos virtudes humanas. Nada puede hacerse si cerca de donde nos encontramos se encuentra, digamos, una fábrica; pero muchas veces nos encontramos en sitios donde sólo hay gente y si esta se mantuviera unos minutos en silencio, el entorno todo se vería modificado para mejor.
Viajar implica, también, el respeto al otro; y recordar que nosotros somos el otro del otro sería una de las bases con las que comenzar cualquier viaje.

Melancolías (II)

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Para terminar hoy con lo que empecé ayer, quiero compartir uno de esos pequeños recuerdos placenteros que sólo tienen importancia para uno mismo, pero que de algún modo, al ser eso parte integral de uno, también puede ser considerado digno de mostrar, como si fuese una faceta de ese cristal múltiple y complejo que somos.

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El hornero es un pequeño pájaro endémico del sur de América del Sur. Es el ave más común de donde provengo y tiene una característica peculiar: construye su casa con adobe; es decir, con barro. No sólo eso, sino que además, para protegerse del frío y de los fuertes vientos que son habituales durante largos meses en aquellas lejanas latitudes, construye una pared interior que separa la estancia en dos partes. Es decir que construye su vivienda con dos ambientes, por así decirlo.

hornero 03

Recuerdo muchos horneros y muchas de sus casas, las cuales son habituales en los árboles, por supuesto, pero también en casas o, como las imágenes con que ilustro la entrada, en edificios o en monumentos. Recuerdo uno muy particular, en una pequeña ciudad llamada Coronel Pringles. En ella hay un monumento al General San Martín y detrás de él hay una alta columna rematada con un imponente cóndor. Fue muy gracioso ver debajo del ala de esa ave andina el nido de un humilde hornero, que había encontrado allí una doble protección: la de su casa y la del ala del cóndor inmóvil. Nadie como la naturaleza sabe cómo manejar la ironía.

El hornero no es un pájaro notable, no es grande ni tiene colores brillantes; pero es un gran arquitecto y es el primer ave que aprendí a reconocer y eso es algo que, como el primer amor, uno nunca olvida.

Buscando en la red he encontrado un par de imágenes que ilustran lo anterior. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Melancolías (I)

Florencio Molina Campos (1)

No soy una persona que se someta a la melancolía de manera habitual, pero de tanto en tanto —el tiempo es un cruel combatiente— uno añora a su tierra y a quienes allí han quedado. Como se dijo aquí hace unos días, no hay viaje sin una Ítaca, es decir, sin un punto de referencia que es el que nos hace, en otras palabras, ser.

Lo que diré a continuación es algo totalmente tangencial con respecto al tema de la melancolía, ya que si tuviera que hacer referencia a ella de manera directa debería hablar aquí de personas físicas y de relaciones demasiado íntimas y eso es mejor dejarlo para otros momentos y circunstancias. Valga, entonces, esto como símbolo o metáfora de la melancolía o de la añoranza.

Florencio Molina Campos (91)

Florencio Molina Campos fue un dibujante y pintor argentino nacido a fines del siglo XIX; recuerdo en mi niñez que sus almanaques (de hecho, eran los Almanaques Alpargatas; nombre del calzado que se usaba en mayor medida en el campo y que aún hoy se sigue usando) colgaban de cada casa y de cada negocio de mi ciudad. Sus escenas gauchescas (precisamente, del espacio geográfico que me rodeaba en esa gran extensión que es Argentina) eran las mismas que podían verse con salir unos pocos kilómetros de la ciudad donde vivía.

Por sobre todas las imágenes, para mí lo mejor de Molina Campos eran sus caballos y veo que siguen siéndolo. Al buscar las imágenes con las que pensé en ilustrar esta entrada me encontré detenido en las que los caballos tienen una presencia más marcada. A medio camino entre la caricatura y el realismo (lo que voy a dejar aquí es más que nada una muestra de lo primero; aunque hay mucho de lo segundo en la obra pictórica de Molina Campos), sus caballos serán siempre, para mí, la firma de los trabajos de Florencio Molina Campos. Sus caballos y el horizonte como una línea eterna que se pierde en la lejanía, como en la pampa, como en la melancolía.

Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.