Melancolías (II)

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Para terminar hoy con lo que empecé ayer, quiero compartir uno de esos pequeños recuerdos placenteros que sólo tienen importancia para uno mismo, pero que de algún modo, al ser eso parte integral de uno, también puede ser considerado digno de mostrar, como si fuese una faceta de ese cristal múltiple y complejo que somos.

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El hornero es un pequeño pájaro endémico del sur de América del Sur. Es el ave más común de donde provengo y tiene una característica peculiar: construye su casa con adobe; es decir, con barro. No sólo eso, sino que además, para protegerse del frío y de los fuertes vientos que son habituales durante largos meses en aquellas lejanas latitudes, construye una pared interior que separa la estancia en dos partes. Es decir que construye su vivienda con dos ambientes, por así decirlo.

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Recuerdo muchos horneros y muchas de sus casas, las cuales son habituales en los árboles, por supuesto, pero también en casas o, como las imágenes con que ilustro la entrada, en edificios o en monumentos. Recuerdo uno muy particular, en una pequeña ciudad llamada Coronel Pringles. En ella hay un monumento al General San Martín y detrás de él hay una alta columna rematada con un imponente cóndor. Fue muy gracioso ver debajo del ala de esa ave andina el nido de un humilde hornero, que había encontrado allí una doble protección: la de su casa y la del ala del cóndor inmóvil. Nadie como la naturaleza sabe cómo manejar la ironía.

El hornero no es un pájaro notable, no es grande ni tiene colores brillantes; pero es un gran arquitecto y es el primer ave que aprendí a reconocer y eso es algo que, como el primer amor, uno nunca olvida.

Buscando en la red he encontrado un par de imágenes que ilustran lo anterior. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Melancolías (I)

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No soy una persona que se someta a la melancolía de manera habitual, pero de tanto en tanto —el tiempo es un cruel combatiente— uno añora a su tierra y a quienes allí han quedado. Como se dijo aquí hace unos días, no hay viaje sin una Ítaca, es decir, sin un punto de referencia que es el que nos hace, en otras palabras, ser.

Lo que diré a continuación es algo totalmente tangencial con respecto al tema de la melancolía, ya que si tuviera que hacer referencia a ella de manera directa debería hablar aquí de personas físicas y de relaciones demasiado íntimas y eso es mejor dejarlo para otros momentos y circunstancias. Valga, entonces, esto como símbolo o metáfora de la melancolía o de la añoranza.

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Florencio Molina Campos fue un dibujante y pintor argentino nacido a fines del siglo XIX; recuerdo en mi niñez que sus almanaques (de hecho, eran los Almanaques Alpargatas; nombre del calzado que se usaba en mayor medida en el campo y que aún hoy se sigue usando) colgaban de cada casa y de cada negocio de mi ciudad. Sus escenas gauchescas (precisamente, del espacio geográfico que me rodeaba en esa gran extensión que es Argentina) eran las mismas que podían verse con salir unos pocos kilómetros de la ciudad donde vivía.

Por sobre todas las imágenes, para mí lo mejor de Molina Campos eran sus caballos y veo que siguen siéndolo. Al buscar las imágenes con las que pensé en ilustrar esta entrada me encontré detenido en las que los caballos tienen una presencia más marcada. A medio camino entre la caricatura y el realismo (lo que voy a dejar aquí es más que nada una muestra de lo primero; aunque hay mucho de lo segundo en la obra pictórica de Molina Campos), sus caballos serán siempre, para mí, la firma de los trabajos de Florencio Molina Campos. Sus caballos y el horizonte como una línea eterna que se pierde en la lejanía, como en la pampa, como en la melancolía.

Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

 

Algunas reflexiones sobre los titulares del diario de ayer

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“Dios les dio una cara y ustedes se hacen otra”.

A veces es por obligación social, vea. ¿Cuántas personas aceptarían o soportarían ver nuestra cara original, limpia, sin rastro alguno de maquillaje? Lo mismo hacemos nosotros con los demás. Si viéramos a los otros tal cual son no creo que hubiera relación humana posible; la mayoría saldría corriendo horrorizado de lo que tiene delante.

 

“¡Palabras, palabras, todo palabras!”

No podemos salir de ellas. Todo es texto. Nuestros pensamientos están hechos de palabras y todo lo que nos rodea es una decantación de ellas. Las palabras no sólo son el modo que hemos encontrado de comunicarnos, sino que es la única forma en la que podemos pensar. La muerte no es más que la ausencia de palabras.

 

“Morir, dormir… ¿dormir? Tal vez soñar”.

Morimos cada noche, renacemos en cada despertar. ¿Por qué preocuparnos tanto, entonces? Nada nos gusta más, a todos, que la cama y el sueño reparador. Morir, dormir… y ni siquiera soñar ¿Para qué? Suficientes sueños inconclusos ya tuvimos en esta parte de la vida.

 

“Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser”.

Optimismo a ultranza. Creo que la mayoría ni siquiera sabe lo que es, mucho menos lo que puede llegar a ser. De todos modos, la frase es bonita y muchos la van a repetir como si fuese una verdad tallada en piedra.

 

“Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay más de lo que puede soñar tu filosofía”.

Y así es como le abrimos la puerta a los charlatanes. Por ella entra cualquier imbécil al que se le cae la baba por el costado de la boca, dice esta frase y se cree con el derecho a que su imbecilidad tenga el estatus de verdad digna de ser respetada.

 

“No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace parecer así”.

Quien dialoga con Horacio corre a una velocidad increíble. No sólo habla de filosofías que no conoce sino que ahora se mete con la neurofisiología. También acá le va mal, aunque tenga mucha prensa a su favor.

 

“Asume una virtud si no la tienes.”

A muchos les vendría bien fingir para tener lo que la naturaleza no les ha brindado. Tal vez empiecen fingiendo y terminen creyendo. Mientras tanto, habrán molestado bastante menos que lo habitual.

 

“Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito”.

Así sí. Ése es el modo. Dejemos que caiga el telón y pasemos a otra cosa.

 

Los “titulares” del diario de ayer son citas del Hamlet de Shakespeare. Las “reflexiones” no son más que primeras impresiones (sin modificar) que nacieron a partir de ellas.

Como Macedonio

Vincent van Gogh - La habitación de Arles

A veces me siento como Macedonio Fernández, ese tipo que escribía libros que nunca publicaba y que vivía en pensiones de mala muerte hasta que lo echaban por no poder pagar y entonces se iba a otro lugar hasta que volvían a echarlo y así hasta que un día se mudó al cementerio y de allí ya nadie lo echó más ni se molestó, siquiera, en visitarlo o ver cómo estaba.

Digo que así me siento porque desde que dejé todo en el pasado y me dediqué a caminar con lo puesto y poco más (siempre se hace necesario un cambio de ropa, al menos) no hago otra cosa que escribir libros que nadie lee y que posiblemente nadie leerá y me importa tanto eso como le importaba a Macedonio Fernández. Las tardes se suceden, los días pasan, las arrugas se multiplican, y eso es todo. Lo que pasó, pasó, y nadie puede revivirlo o darle otro sentido que el que tuvo en su momento. Intentar fijar las cosas es absurdo; intentar guardarlas en pedazos de cartulinas, en papel o en cualquier otro medio, también. No hay más que ver algunas fotografías viejas para darnos cuenta de que ninguna de las personas que fueron  retratadas en ellas están por aquí. Ni ellas ni lo que sintieron o pensaron, ni lo que quisieron o lo que atesoraron. Mucho menos sus sueños. Hasta es posible que estos hayan desaparecido mucho antes que ellos.

Por eso, como dice mi amigo Arturo, las únicas cosas que valen la pena en esta vida son los asuntos del amor y del conocimiento. No hay otra cosa que valga la pena; Macedonio lo sabía y yo lo aprendí no hace mucho. De allí que sólo sea suficiente con un libro para leer y una piel adecuada a la hora de dormir. Digo piel y no compañía porque aunque la diferencia entre ambas es sutil, no es menos precisa ni profunda esa diferencia.

¿Y la muerte? Pues la muerte… que se vaya al carajo.

Dos consideraciones personales sobre el lenguaje

Mi Be - “Communication v3.2”

Mi Be – “Communication v3.2”

Uno de los tópicos más delicados al viajar por el mundo y, sobre todo, al establecerse en una latitud diferente a la de origen, es el del lenguaje. Se llega con una carga semántica diferente, con un acento extraño, con sutilezas mínimas pero fundamentales. Esas diferencias bien pueden marcar un punto de inflexión entre el bienestar y el malestar, aunque esto parezca una exageración. Por un lado uno debe adaptarse a los localismos, los cuales pueden incluir términos mal empleados, como los que escucho aquí a diario, los diminutivos, por ejemplo. Es común oír panecito, trenecito, solecito, y así por el estilo. Claro está que esto no significa que sea yo el que hable bien. En mi caso, por mi raíz argentina, tengo la costumbre del vos, lo cual implica conjugar mal todos (todos) los verbos y usar el tiempo incorrecto (los argentinos usamos la segunda persona del plural como singular y le quitamos, generalmente, una letra a la conjugación correcta). En síntesis: en todos lados se cuecen habas (se “cocen”, dirían los mexicanos) y todos hacemos agua por algún lado. La cuestión es que uno se adapta y que la convivencia entonces pasa por otros asuntos.

I. Pero (llegó la tan temida palabrita) ¿Qué ocurre cuando las costumbres se van perdiendo de tal manera que lo que antes nos parecía correcto o bello ya no nos lo parece tanto? Lo digo porque acabo de ver un programa de TV argentino donde el uso del lenguaje y el acento me parecieron espantosos. Sé que los argentinos tenemos fama de soberbios, lo cual es una generalización torpe, todos sabemos eso; pero precisamente es lo que sentí al oír a esas personas; su acento y su tono me pareció absolutamente soberbio y pedante. Seguramente esas personas son más que correctas, pero hay algo en ese lenguaje que impulsa esas sensaciones. ¿Será ese el germen de ese mote inmerecido?

II. Por otro lado, ese mismo día vi una publicidad de Pepsi que decía algo así como “La persona que aparece en esta publicidad puede recordar la refrescancia de una Pepsi…” Tomé nota y esperé que el aviso apareciera otra vez, ya que me costaba creer que se hubiese dicho semejante atrocidad. El aviso apareció y sí, la palabra era y sigue siendo refrescancia. Aquí ya no tengo paciencia; que una persona, por costumbre local diga una palabra de manera incorrecta es una cosa; pero que en un aviso publicitario, el cual debería pasar por diferentes controles de calidad, se hable de esa manera es imperdonable. Después recordé un par de cosas más relacionadas con esto. Una es que la AT&T estadounidense, en su mensaje de voz, decía “Usted a accesado a…”. Por desgracia, el verbo “accesar” ya se ha vuelto bastante común incluso fuera de los estados unidos (hasta tal punto que incluso hay una consultora que se llama así, mal que les pese). Y también esta dirección web, la cual dice “entretención” en lugar de “entretenimiento”.

 

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El idioma es algo inquieto, eso es por todos conocido; y es por demás ridículo intentar fijarlo como si fuese una norma inmóvil; pero más allá de eso hay límites que, sobre todo, están fijados por el buen gusto y por la necesidad de cierta normativa (aunque esta sea flexible) que nos permita comunicarnos con mayor facilidad. Cuando necesitamos traducir de manera constante el propio idioma, es que estamos entrando en terreno peligroso.

Loas a la cama

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En ella nacemos y, si somos afortunados, en ella moriremos (La muerte de los justos se llama a esa forma pacífica de marcharse para siempre; pasando, sin saberlo, de un sueño al otro). Ella está allí, casi siempre invisible a nuestros ojos, pero es en ella donde pasamos y pasaremos gran parte de nuestra vida: durmiendo, lo cual ya implica al menos un tercio del tiempo que estaremos sobre esta tierra —y supongo que alguno ya estará haciendo las cuentas de rigor—, amando; compartiendo charlas, juegos, películas, comidas, con el ser elegido para estar a nuestro lado (es decir, otras formas del amor), leyendo o, también, escribiendo; tal vez una carta, tal vez un cuento, una novela o, quizá, unos simples apuntes como esta nota, garabateada en un viejo cuaderno deshojado.

Cuatro habitaciones

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Hay un proverbio indio que dice algo así como que “cada uno es una casa con cuatro cuartos, uno físico, uno emocional, uno mental y uno espiritual. La mayoría de nosotros tendemos a vivir en una habitación la mayor parte del tiempo, pero a menos que vayamos a cada habitación todos los días, aunque sólo sea para mantenerla ventilada, no somos una persona completa”.

Para alguien que viene de una formación autodidacta completa (y cuando digo completa quiero decir algo así como com-ple-ta ¿vio?), aprender que esas cuatro habitaciones sí existen y que merecen su atención personal y prolija fue algo que requirió tiempo, bastante más que el que hubiera sido preferible.

Pero bueno, nada de quejas por aquí. “Más vale tarde que nunca” dice el saber popular y en este caso me pliego a él.  Lo más bonito de ser autodidacta es que uno se acostumbra y se queda con lo mejor de asunto: aprender siempre. Aprender a aprender; aprender a desaprender, aprender, sí, todo y de todo, hasta el último aliento.