Reflexiones varias a partir de una lectura de Rayuela

 

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Hará cosa de un mes compré una edición de Rayuela, de Julio Cortázar; la cual terminé hace unos días y la cual disfruté muchísimo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la leí? No lo recuerdo; pero fueron más de diez años, eso es seguro. Esta lectura me hizo tomar nota de algunas cosas tangenciales, las cuales no tienen que ver, casi, con la novela en sí, sino con otras cuestiones que parten a raíz de ella.

Uno. Me pregunté qué habría entendido yo en aquella primera lectura de Rayuela. Hago memoria y por algunas referencias secundarias calculo que tendría unos catorce años. Me digo que probablemente no entendí nada y que, al igual que con el Zaratustra de Nietzsche debí haberme quedado con alguna imagen más fuerte que las demás; porque del libro en sí seguro que no capté nada. También me pregunté cuanto podrá entender de ciertas cosas los lectores no argentinos. Cortázar, sin previo aviso, deja caer giros, guiños y referencias que sencillamente no pueden ser captadas por un extranjero (idea secundaria: es obvio que a mí me pasa lo mismo con los autores que  son extranjeros para mí). Y mejor no pensar en las traducciones de idiomas radicalmente diferentes al nuestro… A veces creo que ni siquiera estamos leyendo el mismo libro (hay un juego de palabras italiano que ilustra a la perfección esta idea: traduttore, tradittore; es decir: traductor, traidor…).

Dos. Años después (recuerdo que había tenido a mi primer hijo; es decir que estamos hablando de hace poco más de treinta años), volví a leerlo, pero tampoco tengo muchos recuerdos de aquella lectura. Un poco más acá, me encontraba en un pueblo rural de mi país cuando, en una tienda que vendía de todo, vi una pila de libros de Cortázar, en una edición muy barata. Pregunto por el precio de esos libros y me dicen «Diez pesos cada uno. Y el gordo, veinte». El gordo, claro está, era Rayuela. La edición era tan barata y el papel tan ordinario que ese ejemplar de Rayuela tendría unos siete centímetros de espesor. Lo compré igual. Recordar eso me llevó a pensar en…

Tres. ¿Cuántos libros he (hemos) comprado más de una vez y por qué? Haciendo un rápido racconto veo que, en mi caso, he comprado Rayuela al menos cuatro veces. Así habló Zaratustra, también cuatro. Cien años de Soledad; El perfume; Facundo… al menos tres de cada uno. ¿El Martín Fierro? Ya perdí la cuenta. ¿El Quijote? Otro que no me acuerdo, pero acabo de comprar la Edición Aniversario y debe ser, al menos, la quinta vez. ¿Hay otros? ¿Borges? Ni hablar…

También pienso en las razones por las cuales he comprado esos libros una y otra vez y, por supuesto, las razones son muchas. Préstamos que no se devuelven; roturas; mudanzas (tengo la costumbre de mudarme, de una sola vez, a miles de kilómetros de distancia, lo cual me obliga a dejar todo atrás. Y entonces uno ve esa edición que tanto le gusta y ahí va, otra vez).

Cuatro. ¿Cuál será el próximo libro que tengo o tuve y que compraré otra vez? No lo sé; pero ideas son las que me sobran…

Yuriria, Guanajuato

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Foto: Borgeano

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El monumental convento se yergue solitario bajo un sol que cae recto sobre él y mí. Se lo conoce simplemente como el Convento de Yuriria, pero en realidad debería llamárselo como Antiguo Convento de San Agustín o como Convento de Yuririhapúndaro (este término purépecha significa, literalmente, Lugar del lago de sangre). No hay edificación alguna por detrás que le sirva de decorado moderno —tal como ocurre en casi cualquier otro sitio del mundo, donde este tipo de construcciones antiguas ya ha sido casi ahogada por edificios que las superan en altura, aunque nunca en belleza— y esa silueta, entonces, recortada sobre el celeste sin degradé del cielo que nos sirve de telón de fondo, hace que su aspecto sea aún más sólido e imponente. Su arquitectura es curiosa, al menos si la comparamos con las construcciones propias de mediados del siglo XVI, al que pertenece. La fachada de la iglesia nos muestra un estilo plateresco, lo que la hermana a la Universidad de Salamanca, por ejemplo; pero no hay simetría que nos permita la tranquilidad de la imagen centrada, precisa, equilibrada. El edificio parece moverse hacia uno u otro lado, depende desde donde lo observemos. Se tiene la sensación de que no fue construido de una manera ordenada, estudiada de antemano; sino que parece que luego de haber construido la iglesia (con su forma de cruz, clásica) fueron agregándose más y más estancias a medida que se iban necesitando o tal vez por capricho o deseo de algún lejano obispo.

Me asalta, aquí también, la idea, la imagen, de la dualidad. Entro al convento y entro a otro mundo; no sólo porque, evidentemente, las sensaciones que produce acceder a los pasillos que rodean a sus dos patios interiores o a los secundarios que se internan hacia las habitaciones u otras dependencias del convento parecen llevarnos a un pasado de manera directa: los frescos se han ido deteriorando y sólo quedan pocos de ellos en buen estado, las nervaduras en los arcos de los techos, los viejos utensilios de madera que deben pesar decenas de kilos; el viejo mecanismo de un viejo reloj que en conjunto mide más de dos metros de alto; las gárgolas, pequeñas, que adornan allí arriba los arcos sostenidos por columnas dóricas; sino porque el cambio de luz y de temperatura hace que todo se acentúe más aún. Yuriria resplandece bajo un sol que parece arrancar iridiscencias hasta de las mismas piedras. Todo es color y calidez; todo brilla y se destaca y produce una sensación de bienestar que hace olvidar al mundo en sí y solo se anda, se camina, se pasea y siempre parece la misma hora, el mismo momento del día (la noche, para estar a tono, parece caer de manera sorpresiva); en cambio al entrar al convento se ingresa al mundo de la oscuridad; del frío que recorre los pasillos en forma de corriente de viento; del silencio; del olvido. Se recorre esos pasillos agustinos y se observa con atención las marcas en la piedra, algún detalle aún visible en algunos de los frescos. Se ingresa a las pequeñas habitaciones de los sacerdotes y se mira por las ventanas hacia el lago que está allí cerca (en una de ellas, cuyos postigos estaban clausurados, cierro la puerta y me quedo adentro por algunos minutos, en una oscuridad de celda casi absoluta. Me gusta el silencio y este no me resulta opresivo, pero creo que no muchos podrían hoy soportar estar allí por mucho tiempo. Pienso en lo que pensaría el hombre que allí paso gran parte de su vida).

Dentro del convento se pierde la imagen del exterior. Lo que afuera parece una sucesión algo caótica y que pasa de ser iglesia a castillo medieval, más allá tal vez a cárcel y más allá aún a sólo una mera pared (de piedras, en lugar de ladrillos, lo que también indica un cambio de material además de un cambio de forma) adentro es una sucesión ordenada de pasillos y habitaciones; de patios y dependencias. Entonces uno debe salir, volver a rodear al convento y a observarlo con detalle, intentar ubicar cada cosa que acaba de verse en el interior desde afuera, darse cuenta de que esto no es posible y, así, convencerse de que hay tiempos simultáneos o paralelos; y que uno puede vivir en todos ellos, si así lo quiere.

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Un par de fotos más. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Mariposas, mariposas por todos lados

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Foto: Borgeano

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«Ya no se ven mariposas. Antes se veían muchas; ahora ya no». Recuerdo haber oído a mi madre decir eso hace ya más de cuatro décadas (aproximándose peligrosamente a las cinco). Creo que lo que más recuerdo de esas palabras fue el tono melancólico en el que las pronunció. Ella venía de vivir en una zona rural, en un vagón del ferrocarril donde trabajaba mi padre, el cual estaba acondicionado como vivienda. Cuando dijo esas palabras estábamos en una ciudad y, aunque vivíamos en los suburbios, las mariposas por allí no se acercaban. El tono melancólico ―vuelvo a él porque es lo más importante de esas palabras― reflejaban la pérdida de aquello que se tuvo y que se echa de menos, tal vez porque de alguna manera íntima y no racional, se sabe que no se volverá a poseer, a encontrar.

Recordé esas palabras cuando ascendía por las escaleras de madera o los senderos de grava y tierra del cerro Campanario hacia el Santuario de las mariposas Monarca; la extraña mariposa que viaja más de ocho mil kilómetros para escapar del invierno canadiense e hibernar aquí, a más de tres mil metros de altura, en estas cimas de cedro, pino y oyamel. La mañana estaba fresca y densas nubes cubrían el cielo. Quienes me llevaron aquel día me dijeron que no íbamos a tener suerte, que no íbamos a ver nada y, aunque después supe con exactitud a qué se referían, allí estábamos y seguimos subiendo sólo para ver si teníamos suerte al llegar a la cima; si el clima cambiaba en el tiempo que nos tomaba subir esos dos kilómetros y fracción caminando. Al llegar allí encontramos un sitio amplio, cercado por cintas amarillas. Los altos árboles que nos rodeaban fueron, para mí, una maravilla; pero para quienes me habían llevado estaban bastante desilusionados; ellos querían sorprenderme con el vuelo de miles o de decenas de miles de mariposas anaranjadas y negras; y lo único que pudimos ver eran los grandes racimos (¿se les dirá así? No lo creo, pero esa es la imagen que se me ocurre: la del racimo, como si estuviese frente a una vid gigantesca; de decenas de metros de alto y con racimos de dos o tres metros colgando de las ramas) de mariposas que, dormidas, esperaban el regreso del tiempo propicio para regresar a Canadá, cruzando medio México y todos los Estados Unidos. La desilusión de mis acompañantes no es compartida por mí. El saber que esas pequeñas mariposas (con todo lo que una mariposa es o implica en el imaginario humano; no hay otro animal que sea o pueda ser el símbolo de la fragilidad como lo son ellas) realicen ese viaje hasta esta exacta montaña y las que la rodean es algo que roza lo inexplicable; no porque la ciencia no pueda hacerlo, por supuesto, sino porque al ver una sola de ellas se pierde toda relación con las precisiones científicas. La poética visión de una mariposa o de miles de ellas dormitando en un racimo colgado de un oyamel hace que dejemos de lado las precisiones y nos abandonemos a la maravilla de lo imposible. Entonces, no es que no podamos explicar la migración de las Monarcas; es que preferimos no hacerlo.

Estuvimos un par de horas allí, mirando hacia lo alto; pero el cielo no abría, el frío se acrecentaba, las nubes se tornaban cada vez más densas y oscuras y, ante la posibilidad de que la lluvia nos atrapara allí, decidimos bajar. Las disculpas de mis acompañantes eran innecesarias. Yo había visto mucho, más que suficiente.

Aún así; dos semanas después, por insistencia de uno de ellos, volvimos. Retomamos la subida con calma, deteniéndonos, incluso, cada tanto para descansar (no es que se esté ascendiendo a la cima del Everest o del Aconcagua; pero para alguien nacido al nivel del mar; ascender por laderas empinadas a tres mil metros no es algo que se haga al trote ni mucho menos). Al llegar a la cima del Campanario entendí a mis acompañantes cuando dos semanas antes se habían sentido desilusionados ante la quietud de las Monarcas. Todo era una explosión de color y movimiento continuo: miles, tal vez decenas de miles de mariposas volando por doquier y los racimos, allí arriba, continuaban intactos. En la cima de la montaña, es decir, en pleno santuario, debe mantenerse el silencio y, de ser necesario hablar, sólo hay que hacerlo en un susurro; pero no hace falta que nadie nos lo diga de manera explícita; este es uno de esos sitios donde la naturaleza impone su dominio y su impronta de magnificencia. Aquí el silencio es obligado porque así nos lo señala el entorno. ¿Qué puede decirse? En silencio alguno señala un claro en el bosque, donde los rayos de sol penetran casi verticales y donde las mariposas vuelan en mayor cantidad. Nos tocó un buen día y eso marcó la diferencia (luego nos enteramos que el día anterior había ocurrido todo lo contrario; el frío y la falta de sol hizo que la quietud de las mariposas fuese aún mayor que la primera vez que estuvimos allí. «Es sólo una cuestión de suerte», nos dijo uno de los guardaparques. Y nosotros la habíamos tenido esa tarde).

Las mariposas no pueden tocarse, ni siquiera las que mueren y quedan sobre el suelo vegetal; pero ellas vienen y van, rodean al visitante que se queda de una pieza, mudo y sonriente (una constante en todos los que allí estaban) y se posan en su cuerpo, como para que podamos, por fin, observarlas como queremos hacerlo: a pocos centímetros de nuestros ojos y por varios minutos.

Aunque es innecesario, me acerco a la cinta amarilla, como si así pudiera estar más cerca de ellas. Pienso en mi madre y me digo que me gustaría que estuviera allí, conmigo y con ellas. Invertir la melancolía de aquellas palabras suyas y decirle que sí; que aún las hay, y muchas; y que viajan ocho mil kilómetros, y que duermen colgadas de las ramas del oyamel o del cedro y que ellas, al igual que nosotros, tal vez lo único que necesitan es un poco de sol y silencio. Lo demás es sólo un largo viaje.

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Foto: Borgeano

 

Diarios viejos

Me gustan los diarios personales. Entre mis lecturas preferidas se encuentran los diarios personales de aquellos autores o personajes que admiro pero, más aún, me gusta escribir mis propios diarios. Desde que comencé a hacerlo he notado que cada día cambia una vez que se lo lleva al papel. La mirada de la escritura es otra que la mirada corriente del minuto-a-minuto (Jaques Derrida dirá que se escribe con la mano, no con la cabeza; señalando así que el mero acto de escribir «saca» de nuestro interior algunas cosas que ni siquiera nosotros mismos no sabíamos que estaban allí).

Ayer, ordenando papeles, colocando libros en estantes nuevos, revisando carpetas y cuadernos varios, encontré un diario del 2011 y 2012 que por alguna razón (bueno, hay una sola, y se la llama desorden) no quedó, como el resto, ordenados prolijamente en una caja en Argentina. Sentado en el piso leo por aquí y por allá y me digo que algunas entradas podrían compartirse. Las personales quedan donde deben, en lo privado y, tres o cuatro, deberían hacerlo en el olvido, aunque una vez escritas…

 

Diario 100

 

08/11/11

Leo en Puro humo, de Cabrera Infante, que un tal Luis Marx inventó un método para cuidar sus plantaciones de tabaco. Con sábanas blancas cubría enormes extensiones de sus vegales. Luis Marx llamó a su invento «mi gentil red de mariposas», un bello nombre para un objeto trivial. Hace unos días vi una noticia sobre la Estación  Espacial china, a la que llaman «Pagoda del cielo». Otro nombre bello, aunque esta vez menos sorprendente. Creo que deberíamos usar ese tipo de expresiones más a menudo, aún en el lenguaje cotidiano. Pero sin exagerar; ya se sabe, demasiada miel…

11/11/11

Bueno, llegó al fin el 11/11/11. Habría que declararlo el Día Internacional del Idiota. Los noticieros dan vergüenza, cosa que diariamente  hacen, pero hoy se han superado. Parece que nada importante ha pasado en el mundo hoy, todo se reduce a ver cuánta gente se ha casado en esta fecha (se dice que la cantidad triplicó a la habitual, por lo que lo de Idiota está plenamente justificado); a ver rondas de gente  meditando en los parques; a ver cuánta gente jugó a la lotería (En una agencia aseguraron que el 90‰ de las jugadas eran al número 11, 111 ó 1.111). Y en todos los canales igual. Schopenhauer tenía razón: la inteligencia humana es limitada, pero la estupidez no tiene límites.

29/11/11

La ausencia de fe, en mi caso, se eleva al cuadrado. No solo no tengo fe en la existencia de un creador supremo ni en nada por el estilo; sino que -y creo que esto es un poco más grave-, no tengo fe en mí mismo. Digo que lo segundo es más grave porque sobre lo primero no tengo injerencia alguna, en cambio sobre lo segundo, al menos de una manera supuesta, sí; pero eso me lleva a un círculo vicioso, a una paradoja.

Diario 101

29/12/11

Vi Waking Life, de Richard Linklater. Me gusta mucho este director y el estilo que les imprime a sus películas; aunque por momentos uno se pierde entre tanta gente que habla y habla sin parar. Pero no importa, son sólo unos segundos y uno vuelve enseguida a la pantalla. Me gustan esos diálogos extraños donde todo se mezcla: filosofía, ciencia, religión, arte, realidad, irrealidad. Ésos son los diálogos que me gustaría mantener y que sólo consigo hacerlo -al menos hasta cierto punto- con M.

30/12/11

Leo, en Destrucción del edificio de la lógica,  de Noé Jitrik: «¿Por qué la gente rechaza hablar de conceptos y sólo quiere referir acontecimientos o anécdotas?». Algo tan simple como eso es lo que me pregunto siempre; y las respuestas que encuentro no son muy optimistas.

17/01/12

…en un momento de la charla A. me dice «¡Pero R., te vas a volver un ermitaño!», «si supieras cuánto lo espero…» me dieron ganas de contestarle. Y la verdad es que, cada día que pasa, la gente me importa menos. Al menos el contacto con la gente.

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Y en definitiva, ¿qué significa corrección política? Pues no es más que una tautología. Toda corrección es política.

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No todas las aves hacen nido en el mismo árbol. Para algunos, como el cóndor, los árboles son demasiado pequeños; ellos necesitan, como mínimo, una montaña.

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01/02/12

La naturaleza humana tiende a lo dionisíaco, las religiones atan al hombre a lo apolíneo. De ahí proviene la neurosis humana, su propia frustración, su agresividad incontenible.
Las religiones, por lo tanto, no pueden ser perdonadas. Y la neurosis, la esquizofrenia, son enfermedades mentales contagiosas; en tanto son transmitidas de unos individuos a otros. Memes virales, podrían llamarse.

02/02/12

Ayer murió Wislawa Szymborska. Acabo de enterarme por internet. Obvio; ¿en qué otro lugar pueden pasar esta noticia? ¿en la T.V. o en la radio? Difícil.
Y uno siente una pena infinita, como si se hubiese ido un amigo de la infancia o algo así. Y es que es eso, casi exactamente, lo que ocurrió.

— ♦ —

Tarde y noche tranquilas. María, que está a trescientos cincuenta kilómetros de distancia,  me dice que llueve mucho. Un par de horas después llueve en Mar del Plata, pero esta vez no se lo dije a nadie. Sonrío cuando comienza a llover, y cambio la música de la computadora por la música del agua.

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Luz prestada

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Mis estimados contertulios: heme aquí, presente de manera fugaz, cual cometa que se acerca a la órbita terrestre de forma esporádica, aunque con menos renombre y precisión que el que lleva el nombre de Mr. Halley. También con menos brillo, para ser sinceros, y es por eso que he pedido prestado algo de brillo ajeno para estas circunstancias (breve fuga trivial: algunos asuntos personales y ciertos problemas técnicos –mi teléfono y mi laptop pasaron a mejor vida– me mantienen fuera de la red. He vuelto al papel y al lápiz y a la lectura constante de esos objetos tan caros a nuestros afectos que se llaman libros. En cuanto pueda volveré; por ahora eso está difícil. Me disculpo con aquellos a quienes debo respuestas y cartas).
Pero estaba hablando de brillo ajeno y, como mi ausencia no tiene fecha de caducidad (es decir, no sé cuándo volveré a subir otra entrada), me gustaría que la página que quede aquí sea por demás luminosa; es por eso que le he pedido a una querida amiga que me deje publicar un par de poemas suyos y ella dijo, por suerte, que sí.
Laura Mastracchio es una poeta argentina que –movida por un exceso de celo en la búsqueda de la perfección– escribe menos de lo que debería y que –movida por un exceso de autocrítica (mal compartido por quién esto escribe y por dos más que yo conozco)– comparte menos aún. Así que es un enorme gusto el poder compartir dos poemas suyos aquí, iluminando esta casa hasta que los vientos del destino empujen mi barca hasta este puerto en algún momento futuro.
Disfrútenlos

IDENTIDAD

Impedir que
la voz del tiempo
precipite mi paso,
es todo un desafío.
Procuro retenerme
justo aquí,
en oportuna soledad
no tan lejos del alba,
en un silencio
casi imposible,
para intentar morir
un poco menos.

Debo
contra toda razón
aceptar el reto
de lo infinito:
trazos y letras
en virtuoso hallazgo,
el lenguaje del color
y la poesía
sobre el breve lienzo
de mi existencia.

 

NOSOTROS

Nosotros,
los que solíamos tomar café
con nuestra propia sombra
y luego, jugar a pisarle los pasos
en soleadas calles porteñas.

Nosotros,
los que al vernos reflejados
en una u otra vidriera
versábamos a puro antojo
sobre los valores de la vida.

Nosotros
sumábamos nuestros nombres
al patrimonio de lo eterno,
y no hacíamos más que reír
ante la certitud del espejo.

Nosotros
-entiéndanme bien-
solíamos ser nosotros mismos.

Nosotros
damos hoy vuelta a la esquina
para perdernos de vista
por el empacho de encajar
con el modelo de lo absurdo.

Nosotros
extraviados estamos
de la propia memoria:
guardamos lo que éramos
en bolsillos rotos.

Nosotros,
multitudes sonoras
rabiosamente conectadas
a caprichos contemporáneos.

Nosotros
-entiéndanme bien-
sabíamos estar con nosotros mismos.

El ronroneo constante

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Para Lou, mi copiloto

 

Vivir es como conducir un auto por una ruta sin fin. El espejo retrovisor nos muestra el pasado y sería ridículo conducir fijando todo el tiempo la vista en él. Adelante, frente al parabrisas, más allá del motor y de las defensas, está el futuro, el cual, erróneamente, creemos conocer porque la cinta de asfalto se parece mucho a la que dejamos atrás; pero la verdad es que no sabemos absolutamente nada de lo que nos espera detrás de la siguiente curva. Tal vez la ruta se torne un camino secundario de grava y tierra; tal vez sea una moderna y ancha autopista; tal vez serpentee peligrosamente entre montañas y precipicios; tal vez no cambie en absoluto durante cientos de kilómetros; tal vez nos encontremos con el final del camino, abrupto y definitivo.

Sea como fuere, la única certeza que tenemos es el ronroneo constante del motor, el constante avance de los números en el cuentakilómetros, el sonido o la sensación del viento, la charla con nuestros acompañantes.

Tomo el volante y siento el cuero delicado bajo las palmas de mis manos. Suavemente lo giro hacia la izquierda y luego hacia la derecha y el automóvil obedece con presteza. Hasta cierto punto —y soy consciente de que sólo es hasta cierto punto— tengo el control de la situación, y por puro placer acelero un poco o ralentizo la marcha.

Todo lo demás es secundario o ilusión.

La suma de los fragmentos

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Acabo de ver por segunda o tercera vez Synecdoche, New York y me puse a pensar en los diálogos y en el significado general de la película; lo que me lleva a pensar (y querer crear): ¿cómo hacer una obra fragmentaria? Y me respondo: ¡Con fragmentos! Pienso entonces en J.G. Ballard y su La exhibición de atrocidades; o en William Burroughs y su El almuerzo desnudo.

             Así debería ser todo, me digo. (Así es todo: fragmento tras fragmento tras fragmento).

            Me voy a acostar y miro los libros en los estantes ¿qué son sino fragmentos de bibliotecas? Me desvisto y veo que la ropa son fragmentos que cubren a otros fragmentos que forman mi cuerpo. Tomo el libro de Paul Auster Ensayos completos. Leo una frase aquí, otra allá, una tercera más allá, una cuarta más acá. Son independientes e incoherentes y, al mismo tiempo, guardan cierta relación, cierta coherencia interna.

            Es como la suma de los actos que realicé antes de acostarme: revisar la puerta, lavarme los dientes, buscar los anteojos, apagar la luz de la cocina (éste acto lo sentí especialmente fuerte; tal vez fue allí que me di cuenta de lo que estaba sucediendo).

            Mucha gente me ha dicho: «Borgeano, tú piensas demasiado» o su equivalente negativo: «Borgeano ¡No pienses tanto!» Creo, por el contrario, que debería pensar más; sobre todo en estas cosas, y escribirlas. Detalles. Insignificancias o significantes. La fragmentación como totalidad.

            Sinécdoque borgeana.

Tres incógnitas sobre la comezón

 

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¿La comezón es una causa o un síntoma? Ésa es la primera de las dudas que los hombres tienen al respecto de este tema y es una pregunta que no le interesa a nadie. La segunda de las incógnitas ya es más general y no hay persona en el mundo que no lo haya sentido en carne propia. Le digo a Lourdes: «ahí, ahí… un poco más arriba, no… más a la derecha… sí, ¡sí! ¡No! Te pasaste… más abajo. ¡No tanto! Más arr…». No hay caso, es imposible. ¿Cómo puede ser que no podamos ser rascados con precisión por otra persona? A veces se acercan al punto nodal de la comezón pero de inmediato se alejan en ese mismo sentido. Nunca aciertan con el lugar exacto ni, tampoco, con la intensidad; ya que a veces sentimos que nos están pasando lo que bien podría ser una pluma de cisne y otras veces sentimos que nos están arrancando la piel con un instrumento de jardinería. Sin embargo, nosotros podemos hacerlo con precisión en ambos sentidos: precisión geográfica y precisión de intensidad. Salvo, claro —y he aquí los verdaderos casos que pueden llevarnos al borde de la desesperación—, que no podamos realizar el acto por nosotros mismos porque, por ejemplo, tenemos un brazo enyesado, o que, como suele ocurrir en gran porcentaje de los casos (un verdadero misterio médico), que la comezón se presente en medio de nuestra espalda. En el primero de los casos no tenemos más opción que recurrir a un tercero (el cual, como ya se ha determinado, nunca podrá realizar la actividad como corresponde); en el segundo de los casos, lo mejor que podremos hacer es imitar a los osos y buscar un buen árbol, si es posible de corteza rugosa y, realizando movimientos verticales de manera alternada, llevar a cabo la tarea por nosotros mismos; algo que, como bien se sabe, es la única manera de hacer bien las cosas.

La tercera y última incógnita aún está abierta a debate y, por supuesto, se aceptan colaboraciones al respecto con el fin de intentar responderla. Esa pregunta es la siguiente: ¿Por qué nunca nos pica en dos lugares al mismo tiempo?

Autorretrato del olvido

 

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William Utermohlen (1933- 2007).

 

El 22 del mes pasado publiqué una entrada donde hablé de lo que me hizo sentir un video musical y de las reflexiones que provocó en mí a partir de sus imágenes. Cuando L. lo vió pensó que mis comentarios tuvieron como germen esa dolorosa enfermedad que es el Alzheimer, cosa que yo no había tenido en cuenta en absoluto pero que, sin duda, bien puede ser considerado en este caso (eso fue lo que ella vio en el video y aquí sí puede permitirse aquello de que (casi) toda interpretación es válida). El video cobra, entonces, otra faceta no menos precisa y, por supuesto, no menos penosa.

Mientras charlábamos de lo que cada uno habíamos visto en esas imágenes recordé el caso de un pintor que había iniciado una serie de autorretratos al enterarse de que había sido diagnosticado con Alzheimer. Se trata de William Utermohlen y hablaré muy poco de él aquí (pueden leer un excelente artículo aquí, en inglés), ya que mi intención es seguir ahondando en lo que esas imágenes provocaron en mí. Sí compartiré una serie de imágenes de la obra de Utermohlen porque ello será la síntesis perfecta de lo que significa este tema tan profundamente angustiante: el olvido, ya sea éste producto de una enfermedad o de la inevitable muerte. Sea como fuere, no hay nada que hacer más que enfrentarse a ellos con todas las armas que disponemos y, de ser posible, mejorar su estado, su alcance y su poder. Hay muchas cosas que no pueden evitarse en nuestra vida, pero la angustia es algo que podemos mantener a raya si trabajamos en ello.

 

William Utermohlen, síntesis

William Utermohlen – Síntesis de sus autorretratos

 

De todas las palabras e ideas que cruzamos con L. veo que lo que más me llama la atención son las dos imágenes finales de ambas series, tanto la del video como la de la serie de autorretratos tienen muchísimo en común: una pérdida del sentido de detalle, una vuelta a la sencillez de las formas, un retorno, tal vez, a lo más básico de nosotros mismos. La síntesis de las formas como síntesis del olvido.

 

Una galería de imágenes de los autorretratos de William Utermohlen. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

 

Apuntar alto, siempre

En este espacio suelo, o al menos intento la mayor parte del tiempo, tratar temas relativos a la cultura pero, últimamente me he visto empujado a hablar de algunas cosas  que no son de mi agrado pero que me parece que deben ser tratadas por su importancia general, tal como el avance de la derecha en diversas elecciones (política, un tema que me interesa en la medida en que nos afecta, pero no porque en sí guarde algo que considere digno de interés) o como la maledicencia o lo políticamente correcto. Esta última costumbre señala que no puedo decir «ignorante» o «estúpido» porque resulta ofensivo (precisamente, a ese mismo «ignorante» o «estúpido»; los cuales se ponen así, a resguardo de toda crítica sin tener que hacer nada para que ésta carezca de validez).

 

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Es entonces que voy a adentrarme en un tema que también me parece fundamental y necesario; la justificación de una postura: la mía (la cual no es original ni tampoco es privativa de quien esto escribe, por fortuna).

Virgilio, en el 29 a.e.c., da a conocer su Geórgicas; poema en cuatro partes cuya intención es glosar e informar acerca de las labores agrícolas, además de representar una loa de la vida rural. Mil quinientos años después, Juan Luis Vives (1482-1540) proclamó que la formación humana tiene su horizonte en el «cultivo del alma» y poco más tarde, Francis Bacon emplearía la expresión georgica animi (agricultura espiritual) para indicar el procedimiento mediante el cual puede el hombre alcanzar el sometimiento de la voluntad a las prescripciones morales y así conseguir la felicidad (esto es, de algún modo, también la idea de Spinoza: Cuando el hombre comprende que no es libre y acepta su esencia, es cuando puede realmente acercarse a la libertad. La razón es, por tanto, la herramienta que nos permite conseguirlo, que lo hace posible. Es mediante la razón que podemos alcanzar el conocimiento, y con él la libertad. El Ser del hombre es saber que no es libre y que tiene que vivir de acuerdo con su naturaleza). En el 2016, es Michel Onfray quien toma esta idea y la resume en su Cosmos:

«Uno hace en su alma trabajos de jardinería como los que practica el jardín y lo que se remarca tanto en una como en el otro se hallará en ellos voluntariamente o por defecto. Si uno no les brinda cuidados y no los trabaja, las malas hierbas crecen y luego invaden la parcela, de tierra o de alma. Dejarse estar, en este caso como en cualquier otro, es lo peor, pues lo que siempre triunfa en lo más bajo, lo más vil que hay en nuestro interior. La fuerza del cerebro reptiliano aplasta todo y contraría el trabajo del neocórtex. Cuando este no se activa, queda libre el camino para dejar hablar en voz alta a la bestia que hay en el hombre».

Más claro, imposible: es la razón, el conocimiento, el pensamiento, lo que nos diferencia de las bestias y, si bien la razón también es dable de crítica, lo es desde la misma razón, no desde fuera de ella. Entonces, como corolario de todas estas citas, me animo a decir que sí es válido llamar a las cosas por su nombre, más allá de que alguno que otro se sienta ofendido o molesto por ello. Si no quiere que esto sea así, que apele a la razón, no a la violencia o a una normativa inventada ad hoc para defender a los imbéciles.

 

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