Enigma

 

 

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Enigma

Eres, de entre todos, mi enigma favorito
eres como una diosa que camina lento en el jardín
o como la pregunta incesante en la boca de un niño.
¿Es real lo que me muestras o sólo
es la pulida superficie de un espejo?
¿Cómo pueden ser tus labios distintos de los labios
que siento en tu beso o a través de tu beso?
La marca en mi espalda no es exactamente
la misma que tu mano, sin embargo fue ella
quien la dejó allí, al parecer para siempre.

Mi arcano constante, mi incógnita certera
¿Cómo será el abrazo que me diste?
¿Cómo fue el encierro de torero entre tus piernas
que me darás mañana o pasado mañana?
¿Cuánto de mi hoy hay en tu ayer y en tu mañana?
¿Cuánto de mi piel aún arde en tu memoria?
¿Seré, algún día, la pregunta de tus noches?

Si soy a mi vez, adivinanza, que sea, entonces
el misterio equivalente en esta ecuación
de diosas en jardines, y decimales infinitos.

 

 

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Las farolas caminan la calle o el arte de las metáforas andantes

 

Las farolas

A principios de este año compartí algunas notas tomadas de la lectura de Luz velada, el poemario de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós. Algunos vaivenes personales hicieron que me alejara de la ciudad que habito en este momento por casi seis meses y luego, otras cuestiones fueron, también, relegando algunas lecturas, entre otras cuestiones. En suma, vamos, que fue un año movido por demás y que no pude dedicarme por completo a lo que más me gusta: leer y escribir. Pero, como todo llega a su debido momento, las lecturas avanzan y la escritura también, aunque no tanto como uno quisiera. Pero vamos al punto que me interesa hoy: la lectura del estupendo Las farolas caminan a calle, es decir, del tercer volumen de poesías de Isabel.

Este volumen, este Las farolas caminan la calle, nos muestra un notable avance en la poesía de Isabel Fernández de Quirós; aunque no por ello esto signifique, de ninguna manera, decir que Luz velada es menor que este volumen. No, en lo absoluto. De hecho, podría citar aquí dos fragmentos de lo que dije hace casi un año: «En Luz velada son evidentes las connotaciones y las relaciones espirituales y las terrenales. El amor, sobre todo, es el sentimiento aglutinante que nivela todos los temas bajo su luz» y «Otro aspecto que forma una parte integral de cada poema es la mirada de la mujer que observa al mundo y lo describe. Esto no es algo que pueda ser considerado como algo obvio, ya que no necesariamente una cosa implica la otra (¿Cuántos poetas hay que observan pero a la hora de escribir se quedan fuera de sus escritos?)». Estas dos citas podría aplicarlas aquí mismo, porque la mirada de la poeta no es más que una consecución coherente en lo temático. Donde sí noto ese avance del que hablo al inicio del párrafo es en la escritura; en los deliciosos y originales juegos metafóricos que logra Isabel desde las primeras páginas de este volumen, como en Sirena del cielo:

 

Vestida de nube blanca
—sirena del cielo—
danzas en lo etéreo
mientras la luz de la amanecida
es iris en tus escamas de plata.

En la distancia,
vuela indiferente un vencejo.
Y mis ojos de colores
sonríen mañanas.

 

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No se agota el volumen en lo meramente bello de la poesía; es decir, no en una sucesión de imágenes bonitas o ensoñeadoras. También tenemos aquí, y dicho con no menos gracia, la mirada de la mujer plena de conciencia y de seguridad en sí misma. La mujer, como dije antes y ahora repito, cuya voz es «conciencia compartida»; «la voz de la humanidad hablando a la humanidad e interpelándola desde lo implícito o desde lo explícito». ¿Ejemplos? Hay muchos, pero no podría incluirlos aquí sin que esta entrada excediera los límites que corresponden a un comentario. Seguramente podrán agenciarse un ejemplar de este Las farolas caminan la calle (cuyo título ya es un ejemplo de las deliciosas metáforas de las que hablé antes) y regalárselos ustedes mismos para este fin de año que se aproxima. Creo que éste es uno de los tres mejores libros de poesía que leí este año. Espero que el próximo me depare tantas buenas sorpresas como éste (al menos en este aspecto, me apuro a aclarar).

Y sí, está bien; les dejo uno más para cerrar la entrada como corresponde, con palabras bonitas, mucho mejores que las mías.

 

Las farolas

Las farolas caminan la calle.
Mis pasos respiran al tiempo
que laten sus luces.
El viento, sin dueño.
La noche, con la cancela echada.
Y un relente despiadado
congela los poros desnudos del otoño.

Una fila de caracoles rompe el silencio.
Les dejo paso.

Estética renacentista

 

Como siempre que suelo compartir poesía, trato de decir lo menos posible, ya que es el poema quien habla por sí mismo. A veces intentar explicar por qué a uno le gusta tal o cual texto es un error (casi siempre lo es en materia de poesía). Así que me voy silbando bajito. Porque sí.

 

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Estrellas binarias

I
Invisible la cuerda
que en su giro liga
el armonioso baile
de dos cuerpos que sólo
se han mirado en sombras.

II
Estética renacentista:
se conocen de oídas

y se aman.

 

Diana Aradas

 


Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

Mientras no llenen de barro mi boca

 

La vida, ese sinsentido tan maravilloso y extraño, ha dado lugar a incontables ensayos, pensamientos, aforismos, canciones, poemas… he leído uno de estos últimos en No vendrá el diluvio tras nosotros, de Joseph Brodsky y, del mismo modo en que no puedo evitar sentirme plenamente reflejado en ese poema, tampoco puedo evitar querer compartirlo aquí, con todos ustedes porque, a pesar de todo este sinsentido, uno no puede menos que estar agradecido.

 

NI-59

 

Yo he entrado en la jaula en lugar de la fiera,
he grabado el apodo y la pena a hierro en prisión,
junto al mar he vivido, he jugado a la ruleta,
he comido en traje de frack con quién sabe Dios.
Asomado a un glaciar, medio mundo habré visto,
zozobrado tres veces, dos de ellas lograron rajarme.
Del país que me ha dado sustento he huido.
Quienes me han olvidado llegan a ser ciudad.
Me he perdido en estepas que el grito del huno recuerdan,
he llevado lo que ahora de moda suele estar,
he cubierto almiares de negro sudario, he sembrado centeno,
agua seca tan solo no he llegado a probar.
He abierto a mis sueños a pupila del guardia, siniestra,
he comido el pan del exilio sin dejar la corteza.
He prestado mis cuerdas a todas las voces, además del aullido;
he pasado al susurro. Y cuarenta en el día de hoy he cumplido.
¿Qué decir de la vida? Que resulta que es larga.
Que no soy solidario más que con el dolor.
Pero mientras no llenen de barro mi boca,
de ella sólo habrá de brotar gratitud.

24 de mayo de 1980

 

 

Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

Apuntes de salitre o la pasión a flor de piel

Hace unos pocos días he recibido, con no poco placer, el libro de María Jesús Beristain Apuntes de salitre, el cual había estado esperando con no pocas expectativas. Muchos de los que aquí pasan conocen a María por los escritos en su blog ; pero es muy diferente leer la obra de alguien de manera fragmentaria a tener todo un volumen con sus trabajos (en este caso, con sus poesía). Vamos, entonces, al libro en sí mismo.

 

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En una primera lectura veo que la mayor parte de los poemas de Beristain son, podría decirse, poemas de amor; pero eso sólo ocurre, como dije, en una primera lectura, la cual, como bien se sabe, sólo es apta para hacerse de una idea general de lo que tenemos entre manos. En una lectura posterior, más pausada, veo que si bien el eje central de los poemas son la visión romántica de un estado espiritual (ya vemos aquí que no podemos decir “poemas de amor”, con tanta simpleza) los versos de la poesía de Apuntes de salitre exceden la idea de un amor presente (presente y ausente al mismo tiempo y uno que ha brindado no pocas satisfacciones a la poeta). En estos poemas la evocación de aquella pasión no se convierte en lacrimógenos versos, sino en precisas metáforas de orgullosa vida; vida vivida (si se me permite la aliteración) con la misma pasión con que se ha amado. Los poemas de María Jesús Beristain son un ejemplo de pasión vital; de deseo de vivir a pesar de ya haber vivido algo (y bien, por fortuna). Esa pasión por la vida es la misma pasión que se siente en el amor y ambos términos pueden ser cambiados haciendo que todas las expresiones que así se obtienen son igualmente válidas: la pasión por la vida es la misma que la pasión del amor; la pasión del amor es la misma que la de la vida y aquí, en Apuntes de salitre encontramos la unión (como corresponde a toda poesía) en la síntesis metafórica: cada verso, desde el más romántico hasta el más sensual, nos remiten —aunque están escritos con un hombre en particular en la pluma de la poeta— con la misma intencionalidad, a la vida misma. Abro el libro al azar y leo:

 

Adagio

 

¡Cuánto musgo
detenido
llevo esta mañana
ensortijado
en las pestañas…!

 

Cada vez que intento esconderme
del adagio ardiente de tus manos
una música de algas extraviadas
me invade
y un terror deliciosísimo
me diluye,
abismal y diversa, entre tus dedos
de infinitos senderos…

 

 

Vale este poema como ejemplo de lo que digo. Si el poema sólo tuviese como destinatario a alguien en particular, no tendría más valor que el de una mera nota o carta en la que se establecería un diálogo privado; pero la poeta, a pesar de que parta de una subjetividad imposible de soslayar, habla de aquello que excede a lo meramente personal. Es entonces que Apuntes de salitre es una oda a la vida desde la pasión y con toda la pasión (y la sutileza) que la poeta puede volcar en una página. Valga, como otro ejemplo, este poema (y ustedes juzgarán a quién se lo escribe María Jesús Beristain o cuáles son los alcances de su poesía):

 

Pretil de piedra

 

Mira la piedra el poeta,
más allá se recuesta en el pretil
y saborea
la humedad de unos labios
en el silencio de las horas,
siesta de pétalos de seda
salvaje,
laberinto de sombras
ávidos lazos de sangre y sueños
cautivos
de un jardín sin dueño.

 

María Jesús Beristain

 

Apuntes de salitre puede leerse, entonces, como lo que es: un libro de poemas donde la autora nos invita acceder a lo más íntimo de sí (cada poema es hijo de una subjetividad insoslayable, ya lo dije); pero también puede (y creo que debe) leerse como un libro que nos abre las puertas a algo que va más allá. En mi caso encontré una pasión entre contenida y desbocada (¡vaya paradoja!) por la vida. ¿Qué encontrará cada uno de los otros lectores? Vaya uno a saberlo. Pero eso es lo bello de la poesía y de los libros: dialogamos en la lectura de cada verso, de cada página y, en ese sentido, cada poema de Apuntes de salitre es una charla que mantenemos con María Jesús Beristain y  con su pasión por la vida.

 

No importa

 

Hoy sólo comparto un poema del gran José Emilio Pacheco. Como corresponde, el poema dice todo por sí mismo, así que de nada servirá lo que yo pueda agregar. Aquí el poema, entonces, y mi huida.

 

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La flecha

No importa que la flecha no alcance el blanco.
Mejor así.
No capturar ninguna presa,
no hacerle daño a nadie,
pues lo importante
es el vuelo, la trayectoria, el impulso,
el tramo de aire recorrido en su ascenso,
la oscuridad que desaloja al clavarse,
vibrante,
en la extensión de la nada.

 

José Emilio Pacheco

Poesía, filosofía y heavy metal, todo en uno

Hace un par de día me topé con el poema de Ella Wheeler Wilcox Los vientos del destino, poema que fue publicado allá por 1919:

 

Los vientos del destino

Un barco zarpa para el Este
y otro para el Oeste,
soplando para ambos los mismos vientos,
es el timón del marino y no el viento
el que determina el camino a seguir.

Los vientos del destino son como los vientos del mar,
mientras viajamos a través de la vida.
Son los actos del alma los que determinan el rumbo
y no la calma o la tempestad.

 

Este poema, insisto, fue publicado en 1919; es decir 19 años después de la muerte de Friedrich Nietzsche, de quien veo expuesto aquí parte de su pensamiento. Wilcox nos habla de la responsabilidad personal en nuestros actos; de nuestra decisión a la hora de tomar el rumbo de nuestra vida. Ella, como buena poeta, lo hace de un modo sutil y elegante; el filósofo alemán lo había hecho con toda la fuerza de su decisión, con todo su «filosofar a martillazos», como él gustaba llamar a su estilo:

«No hay razón para buscar el sufrimiento, pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada»; «Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los “cómos”» o su famoso «Lo que no me mata, me hace más fuerte».

 

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Esa misma idea la retomará más tarde Jean-Paul Sartre, quien diría: «El hombre está condenado a ser libre, ya que una vez en el mundo, es responsable de todos sus actos» o el bellísimo «Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él»; frase que no nos deja la menor posibilidad de escapar de nuestra responsabilidad.

Por último, hace unos días escuchaba una canción llamada Delusion Pandemic y oigo que el cantante se larga con el siguiente speech: «Ahora es el momento en que todo puede cambiar / Tú eres completamente responsable de tu propia vida / y nadie vendrá a salvarte de ti mismo. / Así que deja de culpar a tus problemas o cualquier otra cosa / No importa nada / cuán injusto crees que es el mundo / es solo lo que haces / aquí y ahora / justo este puto instante que es el que importa. / Es tu elección: hundirte o nadar».

El lenguaje corresponde, por supuesto, a una banda de heavy metal; pero no está nada mal; sobre todo considerando que el mensaje es exactamente el mismo y que no es el que está de moda; es decir, quejarse por todo y considerar que el mundo está aquí para nosotros cuando ya sabemos que al mundo no le importa lo más mínimo nuestra existencia.

Un filósofo del siglo XIX; una poeta contemporánea de él, que escribe al otro lado del mar, y una banda de hevy metal en el siglo XXI hablan de lo mismo, a su modo y a su buen entender: Somos responsables de nuestras decisiones, nos guste o no. A nadie podemos cargar con nuestras responsabilidades y quien no quiera verlo está condenado a una vida de oveja, de masa, de nada, en suma. Me voy, por cierto con Nietzsche, quien nos da el último martillazo cuando nos recuerda que «Cada uno alcanza la verdad que puede soportar».