Óyela de nuevo (remake)

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Como todos sabemos y declaramos y afirmamos cada vez que tenemos la oportunidad de hacerlo, lo importante se encuentra en las cosas pequeñas; en esos mínimos detalles que nos hacen sentir que la vida está allí donde no suelen enseñarnos que está. Luego de un mes o poco más donde de todo ha pasado, vuelvo a compartir este poema de Seamus Heaney. Sólo eso: un poema para tiempos lluviosos y un recordatorio de dónde se halla eso que solemos llamar lo importante.

El palo de lluvia

Voltea el palo de lluvia y lo que pasa
Es una música que nunca imaginaste
En los oídos. En un tallo de cactus,

Aguacero, embestida a la esclusa, derrame,
Resaca. Y como si el agua tocara la gaita
Te quedas quieto: lo mueves otro poco

Y un diminuendo corre por todas las escalas
Como una coladera que dejara de gotear. Y viene
De nuevo, un salpicar de gotas desde las hojas frescas;

Luego, perlas sutiles sobre pasto y margaritas;
Luego, briznas esplendorosas, casi alientos de aire.
Voltéalo para el otro lado. Lo que pasa

No sufre merma por haber pasado ya
Una, dos, diez, mil veces antes.
¿Qué más da si toda la música que rezuma

Es caída de arena o semillas secas por un cactus?
Eres el hombre rico que entra al cielo
Por el oído de una gota de lluvia. Oye, óyela de nuevo.

Canción negra, el último (primer) libro de Wislawa Szymborska

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Canción negra, el último libro publicado de Wislawa Szymborska, tiene una historia curiosa, aunque no demasiado extraña. Se trata, como dije, del último libro publicado de la poeta polaca, aunque ella nunca quiso publicarlo en vida (y que yo sepa, tampoco dejó dicho que se publicara después de su muerte, pero ya se sabe cómo son los herederos de los escritores y otros artistas). Allá por los años setenta, su ex esposo, con quien mantenía una relación amistosa muy fuerte, buscó en viejas revistas y periódicos locales y recopiló los primeros textos que Wislawa había publicado en sus primeros pasos en la poesía; de allí el nacimiento de este pequeño volumen que ella guardaría por siempre pero que nunca daría a la imprenta. Luego de su muerte el libro sería encontrado junto a otros papeles y, al final, publicado hace algunos años en Polonia y, ahora, en español.

Al leerlo uno comprende las razones por las cuales Szymborska prefirió no darlo a la imprenta. No es que haya mala calidad aquí, ni mucho menos (hay escritores que parece que nunca escribieron mal ni que pudieran haberlo hecho, aunque sea adrede); pero la mayoría de estos poemas están fechados en la época inmediatamente posterior a la segunda guerra mundial y el peso de esa pesadilla está siempre presente, de manera inevitable (¿Y es que alguien que hubiese pasado por esa experiencia podría escribir sobre alguna otra cosa, al menos durante un buen tiempo de maduración y transformación?). Canción negra es el título perfecto para este conjunto de poemas que ahora son un libro y que se hacen imprescindibles para comprender el desarrollo artístico de la que tal vez sea la mejor poeta del siglo XX. Si el libro debió ser publicado o no es algo que hablaremos en otra ocasión; por ahora, les dejo un par de poemas de este último/primer libro de la mejor de todas (ahora sí, sin «tal vez» alguno).

BUSCO LA PALABRA

Quiero definirlos con una sola voz:
¿cómo eran?
Tomo palabras corrientes, robo en los diccionarios,
las mido, sopeso y examino:
Con ninguna
atino.

Las más valientes, siguen siendo miedosas,
las más despectivas, pecan aún de inocentes.
Las más despiadadas, en exceso indulgentes,
las más encarnizadas, poco irrespetuosas.

Esa palabra debe ser como un volcán,
¡golpear, arrasar, arrancar de sopetón,
como la terrible cólera de Dios,
como el odio en ebullición!

Quiero que esa sola palabra
esté empapada en sangre,
que como los muros de un penal
acoja en su interior cualquier fosa común imaginada.
Que describa de forma fiel y clara
quiénes fueron ellos, qué hizo aquella
gente.

Porque lo que oigo,
o lo que se escribe
resulta insuficiente.
Es insuficiente.

Impotente esta lengua,
repentinamente pobres sus sonidos.
Me devano los sesos
buscando esa palabra
pero no lo consigo.
No lo consigo.

          1945

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

En la más ardiente de nuestras ciudades,
hunden el rostro en sangre coagulada
cadáveres de niños,

Primera vez que juegan a la guerra:
ya sin bromas, la primera e intrépida refriega.
Alguien mostró cómo. Él probó. Es coser
y cantar.
Disparar. Da en el blanco. Qué fácil
disparar.
La primera aventura. Adulta, verdadera.
Agarra una botella de gasóleo -tenaz y
concentrado
Ayer serían tres los tanques y hoy llegará
el cuarto.
Se adelantan a la orden unas manos
inquietas.

… a través de una ciudad que cae a
pedazos,
pasto de unas llamas que ya nadie es
capaz de dominar,
armada de unos puños contenidos,
petrificada en un grito,
se abre paso bajo el denso y ardiente
granizo de las balas,
la cruzada callejera de los niños.

Nuestros ojos con los últimos recuerdos
ya cansados:
las manos, saben, creen, en cambio.
Manos con las que habremos de levantar el peso de esta tierra,
que saben que el mundo renacerá sin los fantasmas de la guerra,
que pagará, sin vueltas, por los años abatidos,
y creen en un nuevo orden y un nuevo
ritmo.

… y quizá también por eso
nos ahoga día y noche
ese tristísimo por qué,
ese callado para qué
los cadáveres de los niños caídos.

Catulo ya lo sabía

Leyendo el estupendo ¡Viva el latín! Historia y belleza de una lengua inútil, de Nicola Gardini, me encuentro con un par de perlas que no puedo dejar de compartir (hoy dejaré una de ellas, en otro momento compartiré la otra y, supongo, lo que me queda de lectura me deparará alguna más).

El libro de Gardini está organizado de un modo sencillo: luego de unos primeros capítulos donde expone su propia historia de amor y pasión por el latín, Gardini dedica el resto de los capítulos a analizar a los autores clásicos y a señalar los detalles de la lengua latina y otras cuestiones particulares. Del capítulo cuarto, el dedicado al poeta veronés Catulo, copio el siguiente fragmento:

«[…] Y el poema 51 nos acerca a una de las palabras más latinas que podamos imaginar: otium. Catulo, dirigiéndose a sí mismo por el nombre (cosa que hace también en otro lugar), dice: «otium, Catulle, tibi molestum est». […] ¿Pero qué es el otium que tan funesto resulta para el poeta y que, como se explica en los últimos versos, ha hecho que se perdieran reyes y urbes enteras? Traducirlo como «ocio», es decir, con la palabra que deriva directamente de él, es restrictivo, aunque no se pueda traducir de otra manera. Para nosotros, el «ocio» es un holgazanear, un pasar el tiempo instalados en la vacuidad. En la mentalidad romana, el otium es una manera de vivir, es lo opuesto al negotium, la actividad política o pública en general, y se identifica con el estudio y la contemplación. Entre ambos ideales fluye una tensión muy conflictiva. En teoría, deberían compensarse; en la práctica, son mutuamente excluyentes. El otium puede no ser una elección, sino un exilio del negotium, que para los romanos de la era republicana representa sin duda la más alta forma de vida. Para Catulo, en cambio, el otium es una opción polémica, una desvinculación orientada al ejercicio de la poesía, aunque ni mucho menos apolítica, sino más bien llena de pasión civil y de indignación, porque su poesía, aunque parezca fresca e individualista, tiene como objetivo una renovación de la ética social mediante la defensa de valores como la lealtad o la justicia. Catulo detesta la corrupción, la traición y la frivolidad, tanto en las personas que gozan de su afecto como individuos que rigen el Estado, empezando por Julio César».

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Catulo – 84 a.e.c. – 54 a.e.c.

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Repito aquí lo que me he encontrado repitiendo a lo largo del último año: ya todo ha sido dicho, sólo hay que mirar a la historia. La que para muchos es un novedoso debate o forma de pensamiento y que enfrenta a las artes liberales contra las disciplinas prácticas, ya estaba planteada y respondida hace más de dos mil años. La dicotomía «ocio / negocio» (al ser de raíz latina vemos cómo aún se mantiene la etimología en nuestro idioma) queda zanjada con la expresión: «En teoría, deberían compensarse; en la práctica, son mutuamente excluyentes. El otium puede no ser una elección, sino un exilio del negotium» y, al final de la exposición de Gardini, cuando dice: «Catulo detesta la corrupción, la traición y la frivolidad, tanto en las personas que gozan de su afecto como individuos que rigen el Estado, empezando por Julio César».

Es decir: la ética como herramienta fundamental de la conducta humana, no importa si se trata de nuestro propio círculo íntimo o del presidente. La ética que nos obliga a buscar la verdad y, después, a exponerla; porque esa misma ética hace que lo segundo sea una consecuencia de lo primero. ¿Y dónde se encuentra esta forma de sabiduría? Pues nada menos que en la poesía y, por extensión, en las artes liberales. Es allí donde podremos convertirnos en seres independientes y soberanos; no en la practicidad de lo trivial y, mucho menos, en la productividad desbocada.

Catulo ya lo sabía. Nosotros todavía lo estamos discutiendo.

¿Cómo se te ocurre?

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¿Cómo se te ocurre?

¿Cómo se te ocurre escribir un poema?

¿Cómo crees que una palabra

detrás de otra palabra puede

siquiera

llegar a tener algún significado?

                             “Brilla en la noche

                             el silencio magnífico de las estrellas

                             y su luz, su cuña

                                            su astilla

                                                 filigrana

                                de plata

                               se clava en mi carne

                                                         y mi madero”.

Por Dios ¿De dónde sacas esas ideas?

¿Cómo es posible que aún creas

que puedes hacer que una palabra diga

lo que tú quieres que diga?

¿Qué significa

                       blanco

                                 naranja

                                            peca

nievenubenueve

                       aguacero

                                  estatua

                                             sabor?

                            “La mañana se mide en tazas de té

                                              y la lluvia

                                              en melancolías fugaces,

                                              en tu rostro o tu nombre dibujados

                                              en el vapor condensado en las ventanas.

                             La noche, en cambio,

                                              se mide en olvidos”.

Con tu tozudez habitual

insistes.

¿Dices que puedes hacer que un papel hable?

¿Hablas de etimologías, significado, significante

Como si esas no fueran

                                      palabras?

¿Qué norma sigue la palabra «norma»?

                                     “Y buceo en un mar

                                                      azul transparente y leve

                                                      leve de nada o de casi nada

                                                      de tan etéreo.

                                       Deambulo entre las curvas        de las mareas

                                                      entre los meandros

                                                                                del aire.

Por Dios ¿Cómo se te ocurre intentar

siquiera

intentar

escribir un poema?

Flores de invierno y otros dos poemas de Louise Glück

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Hace un par de semanas se hizo público el Premio Nobel de Literatura, el cual este año le fue otorgado a la poeta Louise Glück. Digo desde ya que no conocía ni siquiera de nombre a dicha señora y, por supuesto, nunca había leído algo de ella, ni siquiera en una antología o en una revista. Así que busqué algo de información y me encuentro con que su obra en español está circunscrita a la editorial Pre-Textos, sita en Valencia (y al margen: ¿no podrían haber trabajado un poco más las portadas de los libros? Parecen ediciones del año cuarenta del siglo pasado).

El hecho de no saber quién era Louise Glück no me molestó en lo absoluto (desde Sócrates para acá soy más que consciente que es —y siempre será— mucho más lo que ignoro que lo que sé o lo que pueda aprender en el camino); al contrario, hasta pensé que, con suerte, podría sucederme lo mismo que me pasó cuando ganó el Nobel Wislawa Szymborska, de quien nada conocía y que después pasó a ser, como digo siempre, la mejor de todas. ¿Sería este un caso similar? ¡Cabía la posibilidad! Y tan solo eso ya era bueno de por sí.

¿Y qué pasó? Pues bueno, aún me falta mucho, sin duda, una golondrina no hace verano y un libro no hace una obra completa, así que ya veremos. Por ahora sólo digo, con la modestia del caso (con la modestia del que sabe que no sabe) que Glück no está nada mal, pero que Wislawa sigue siendo la mejor. Les comparto aquí tres poemas de su El iris salvaje, para comenzar a echarle un vistazo y ver qué les parece.

FLORES DE INVIERNO

¿Sabes qué era, cómo vivía? Conoces
la desesperación, entonces
el invierno debería tener sentido para ti.

No esperaba sobrevivir,
con la tierra oprimiéndome. No esperaba
despertar de nuevo, sentir
mi cuerpo sobre la tierra húmeda
capaz de responder de nuevo, recordando
después de tanto tiempo cómo abrirme de nuevo
a la luz fría
de la primera primavera…

asustada sí, pero de nuevo entre ustedes
gritando sí riesgo alegría.

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AMOR BAJO LA LUZ DE LA LUNA

A veces un hombre o una mujer imponen su desesperación
a otra persona, a eso lo llaman
alternativamente desnudar el corazón, o desnudar el alma.
(Lo que significa que para entonces adquirieron una.)
Afuera, la tarde de verano, todo un mundo
arrojado a la luna: grupos de formas plateadas
que podrían ser árboles o edificios, el angosto jardín
donde el gato se esconde para revolcarse en el polvo,
la rosa, la coreopsis y, en la oscuridad, la cúpula dorada del capitolio
transformada en aleación de luz de luna,
forma sin detalle, el mito, el arquetipo, el alma
llena de ese fuego que en realidad es luz de luna,
tomada de otra fuente, y brilla
unos instantes, como brilla la luna: piedra o no,
la luna sigue estando más que viva.

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EL ESPINO

Al lado tuyo, pero no
de tu mano: así te miro
andar por el jardín
de verano: las cosas
que no pueden moverse
aprenden a mirar. No necesito
perseguirte a través
del jardín; en cualquier parte
los humanos dejan
señal de lo que sienten, flores
esparcidas en el polvo del camino, todas
blancas y doradas, algunas
levemente alzadas
por el viento de la tarde. No necesito
seguirte adonde estás ahora,
hundido en la ponzoña de este campo, para
saber la causa de tu huida, de tu humana
pasión, de tu rabia: ¿por qué otra cosa
dejarías caer todo aquello
que has acumulado?

al viento crudo del nuevo mundo.

La precaria existencia del amor perfecto

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De La infinita paciencia del agua, me segundo (e inédito) libro de poemas, recupero este brevísimo poema:

Amores perfectos

Ante la imposibilidad de ardores voluptuosos,
el platonismo nos compensa
con amores perfectos.

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El poema nace ante la imposibilidad de acceder al paraíso, pero no de imaginarlo. Las causas de lo primero pueden ser muchas pero todas ellas pueden sintetizarse en una sola palabra: distancia. No importa si el objeto de nuestro amor vive a una casa de distancia, si esa persona no nos ama, lo mismo sería que si viviera en las antípodas. ¿Y si la distancia es realmente física? Tal vez sea peor, porque no tendríamos, siquiera, la oportunidad de saber si los hados nos hubiesen beneficiado al menos con una sola, mínima posibilidad de acercamiento. De allí, entonces, que podamos imaginar un amor perfecto (gracias, en parte, a Platón, que creó esa entelequia que hoy mal llamamos amor platónico). Como sea, perdámonos en las infinitas posibilidades y elijamos la mejor de todas ellas: la del amor perfecto. ¿por qué conformarnos con menos?

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Quisiera recordar, aquí, unas palabras que ya compartí alguna vez, y que tal vez acompañen con más certeza lo que vengo diciendo. Pertenecen a Roland Barthes y, en lo que a mí respecta, son perfectas en su sentido e intención:

«El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras. Lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación. (Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: es el galanteo)».

Ante la imposibilidad de amores voluptuosos, también se puede amar a través de las palabras.

Un poema que nos incluye a todos

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Compartir un poema no es algo que requiera mucha explicación. Uno lee algo que le gusta, que cree que puede o debe ser compartido con la esperanza de que del otro lado de la pantalla otro sienta lo mismo que uno (lo que no siempre sucede ni tiene porqué suceder) y nada más. Eso es todo. el poema o el texto que se comparte debe hablar por sí mismo, cosa que estoy seguro de que este poema hará con creces. Se trata de Niños y adultos, de José Emilio Pacheco y pertenece a su libro La arena errante.

NIÑOS Y ADULTOS

A los diez años creía
que la tierra era de los adultos.
Podían hacer el amor, fumar, beber a su antojo,
ir adonde quisieran.
Sobre todo, aplastarnos con su poder indomable.

Ahora sé por larga experiencia el lugar común:
en realidad no hay adultos,
sólo niños envejecidos.

Quieren lo que no tienen:
el juguete del otro.
Sienten miedo de todo.
Obedecen siempre a alguien.
No disponen de su existencia.
Lloran por cualquier cosa.

Pero no son valientes como lo fueron a los diez años:
lo hacen de noche y en silencio y a solas.

El soñador. Almafuerte

Para Xabier Novella

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soñador

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Pedro Bonifacio Palacios, mejor conocido como Almafuerte, fue un poeta argentino más querido y admirado que citado o leído. Esto no es una paradoja ni una contradicción, sólo es el señalamiento de una realidad patente: quienes lo quieren y lo admiran lo hacen con la pasión que se le reserva a los imprescindibles; el resto, a lo sumo, cita uno o dos de sus poemas (¡Avanti! o ¡Più Avanti!) y poco más. Su poesía tiene la impronta de principios del siglo XX; pero eso lejos de ser una mella en esos versos se ha transformado, con el paso de los años, en una muestra de solidez, de carácter, de fortaleza. No hay más que leer sus Siete sonetos medicinales (poemas de notable raíz nietzscheana) para darse cuenta de que puede decirse cualquier cosa de ellos, menos que han perdido el filo.

Ahora les comparto este otro poema, sencillo, romántico, directo; donde más de uno se verá representado o señalado. Espero que así sea.

 

El soñador

Le aserraron el cráneo;
le estrujaron los sesos,
y el corazón ya frío
le arrancaron del pecho.
Todo lo examinaron
los oficiales médicos
mas no hallaron la causa
de la muerte de Pedro;
de aquel soñador pálido
que escribió tantos versos,
como el espacio azules
y como el mar acerbos.
¡Oíd! Cuando yo muera,
cuando sucumba, ¡oh, médicos!
ni me aserréis el cráneo
ni me estrujéis los sesos,
ni el corazón ya frío
me arrebatéis del pecho,
que jamás hasta el alma,
llegó vuestro escalpelo.
Y mi mal es el mismo,
es el mismo de Pedro;
de aquel soñador pálido
que escribió tantos versos,
y como el espacio azules
y como el mar acerbos.

Voy, sí

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Clarice Lispector

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Comparto este texto de Clarice Lispector sin saber su título y sin poder clasificarlo: ¿Poema en prosa, prosa poética, semblanza? No importa; las clasificaciones son sólo una forma de orden y nada más. Vamos a él, entonces, y que hable por sí mismo (y vaya si o hace):

 

Más allá de la oreja existe un sonido, en el extremo de la mirada un aspecto, en las puntas de los dedos un objeto: es allí adonde voy. En la punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espada la magia: es allí adonde voy. En la punta del pie el salto. Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí adonde voy. ¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Yo os espero. Es allí adonde voy. En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra “tertulia”, y no sé dónde ni cuándo. Al borde de la tertulia está la familia. Al borde de la familia estoy yo. A la orilla de mí estoy yo. Es hacia mí adonde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un rincón para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé sobre qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En el extremo de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras.¿Palabras al viento? ¿Qué importa,los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo a la orilla del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, perro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

Cada uno es lo que es (y anda siempre con lo puesto)

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Esquivel

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Dice Laura Esquivel: «Cada vez soy más consciente de que uno se convierte en lo que mira, en lo que recuerda, en lo que anhela, en lo que transmite. El futuro comienza hoy y depende de lo que elijo ver, de lo que me permito decir, de lo que quiero recordar y de lo que decido amar».

Este pequeño manual del buen sentido común nos ha llegado de manos de diferentes autores a lo largo de toda la historia; y no deja de ser curioso que, a pesar de ello, la gente siga prendida y prendada a sus pequeñeces de siempre. Del mismo modo en que se repite una y otra vez que «uno es lo que come» y otras cosas por el estilo, pocos parecen tener en cuenta los otros dos alimentos complementarios y tan necesarios como el primero: el intelectual y el espiritual. ¿Será porque una manzana es algo tangible y la verdad no? ¿Será porque sentimos cómo se aplaca la sed al tomar un trago de agua pero no tenemos esa misma sensación cuando comprendemos cómo actúa un argumento? Vaya uno a saber. La cuestión es que uno es lo que decide ser. Del mismo modo en que elegimos una manzana por sobre una chuleta grasosa o una chuleta grasosa por sobre una manzana, del mismo modo elegimos la verdad, la belleza, el honor, el amor o exactamente lo contrario, es decir: la mentira, la fealdad, la ignominia, el odio (y cada cerdo después se revolcará en su chiquero, por supuesto; la cuestión es ser consecuente con la elección y saberse responsable de ella). Como dije, esto nos los han dicho desde siempre diversos autores, cada cual a su modo y estilo. Tengo aquí, a mi lado, mi cuaderno de notas y encuentro citas de Séneca (allá a los lejos), de Spinoza (a mitad de camino) y de Fernando Pessoa (ya más cerquita). Me quedo con este último, porque lo dijo de manera poética y porque sí, porque eso también es elegir:

 

Poema XVIII

Ojalá fuese yo el polvo del camino
Y los pies de los pobres me pisaran…
Ojalá fuese yo los ríos que corren
Y hubiese lavanderas en mi orilla…

Ojalá fuese yo los sauces de la margen del río
Y tuviese sólo el cielo encima y el agua debajo…
Ojalá fuese yo el burro del molinero
Y él me golpease y me estimase…

Antes eso que ser el que atraviesa la vida
Mirando atrás y sintiendo pena.