No importa

 

Hoy sólo comparto un poema del gran José Emilio Pacheco. Como corresponde, el poema dice todo por sí mismo, así que de nada servirá lo que yo pueda agregar. Aquí el poema, entonces, y mi huida.

 

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La flecha

No importa que la flecha no alcance el blanco.
Mejor así.
No capturar ninguna presa,
no hacerle daño a nadie,
pues lo importante
es el vuelo, la trayectoria, el impulso,
el tramo de aire recorrido en su ascenso,
la oscuridad que desaloja al clavarse,
vibrante,
en la extensión de la nada.

 

José Emilio Pacheco

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Poesía, filosofía y heavy metal, todo en uno

Hace un par de día me topé con el poema de Ella Wheeler Wilcox Los vientos del destino, poema que fue publicado allá por 1919:

 

Los vientos del destino

Un barco zarpa para el Este
y otro para el Oeste,
soplando para ambos los mismos vientos,
es el timón del marino y no el viento
el que determina el camino a seguir.

Los vientos del destino son como los vientos del mar,
mientras viajamos a través de la vida.
Son los actos del alma los que determinan el rumbo
y no la calma o la tempestad.

 

Este poema, insisto, fue publicado en 1919; es decir 19 años después de la muerte de Friedrich Nietzsche, de quien veo expuesto aquí parte de su pensamiento. Wilcox nos habla de la responsabilidad personal en nuestros actos; de nuestra decisión a la hora de tomar el rumbo de nuestra vida. Ella, como buena poeta, lo hace de un modo sutil y elegante; el filósofo alemán lo había hecho con toda la fuerza de su decisión, con todo su «filosofar a martillazos», como él gustaba llamar a su estilo:

«No hay razón para buscar el sufrimiento, pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada»; «Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los “cómos”» o su famoso «Lo que no me mata, me hace más fuerte».

 

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Esa misma idea la retomará más tarde Jean-Paul Sartre, quien diría: «El hombre está condenado a ser libre, ya que una vez en el mundo, es responsable de todos sus actos» o el bellísimo «Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él»; frase que no nos deja la menor posibilidad de escapar de nuestra responsabilidad.

Por último, hace unos días escuchaba una canción llamada Delusion Pandemic y oigo que el cantante se larga con el siguiente speech: «Ahora es el momento en que todo puede cambiar / Tú eres completamente responsable de tu propia vida / y nadie vendrá a salvarte de ti mismo. / Así que deja de culpar a tus problemas o cualquier otra cosa / No importa nada / cuán injusto crees que es el mundo / es solo lo que haces / aquí y ahora / justo este puto instante que es el que importa. / Es tu elección: hundirte o nadar».

El lenguaje corresponde, por supuesto, a una banda de heavy metal; pero no está nada mal; sobre todo considerando que el mensaje es exactamente el mismo y que no es el que está de moda; es decir, quejarse por todo y considerar que el mundo está aquí para nosotros cuando ya sabemos que al mundo no le importa lo más mínimo nuestra existencia.

Un filósofo del siglo XIX; una poeta contemporánea de él, que escribe al otro lado del mar, y una banda de hevy metal en el siglo XXI hablan de lo mismo, a su modo y a su buen entender: Somos responsables de nuestras decisiones, nos guste o no. A nadie podemos cargar con nuestras responsabilidades y quien no quiera verlo está condenado a una vida de oveja, de masa, de nada, en suma. Me voy, por cierto con Nietzsche, quien nos da el último martillazo cuando nos recuerda que «Cada uno alcanza la verdad que puede soportar».

Mientras escribo

Hace unos días escuché el último trabajo de Antonio Birabent, Oficio: Juglar; el cual consta de ocho poemas musicalizados y cantados por él mismo. Allí encontré algunos poemas y a un par de autores que no conocía o que conocía “de oídas”, como suele decirse (y que esto no se entienda como un chiste fácil). La primera canción es Lloraría, poema de Sergio Bizzio, el cual dejo aquí dedicado a tdos mis amigos escritores (quienes me disculparán por no nombrarlos a todos, ya que la lista sería extensa ¡Soy un hombre afortunado!).

 

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Lloraría

La gente sale a buscar trabajo,
a comer,
a bailar,
a gastar,
a ver un eclipse mientras yo escribo.
Mi hijo juega solo mientras escribo.
Mientras escribo se encuentran los amigos,
se hacen negocios,
política, dinero, trampas, guerras, matrimonios, puentes, atentados mientras yo escribo.

Lloraría por lo que perdí.
Lloraría, mientras yo escribo.

¿Qué estaba haciendo?
¡Escribía!
La gente es “feliz” por momentos
y con “pequeñas cosas cotidianas”.
¿No es para llorar?
Les das algo y te agradecen,
les das más y hacen silencio.
El mismo desconcierto
siento yo
cuando pienso
en el tiempo
que pasé
escribiendo.

¿Llueve?
Llovizna.
Lloraría, mientras yo escribo.

Contigo

Para L., que vive temiéndole a todo.

 

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Contigo

¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?

 

Luis Cernuda (quien nació, dicho sea de paso, un 21 de septiembre de 1902, en Sevilla).

Dos ladrones (o dos chorros, como quieran)

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Hace unos días escuchaba una milonga muy divertida llamada Entre curdas , cantada por Jorge Vidal. Ante las risas que provocó en mí la letra de la canción, L. me pidió que le explicara de qué se trataba todo aquello, lo cual, me di cuenta al intentar «traducir» la letra, eso es imposible, ya que las implicancias y las sutiles referencias culturales hacen que se pierda todo sentido (toda «picardía»; porque el sentido sí puede traducirse de alguna manera) ¿Cómo traducir una expresión como «el jonca quedó forfai» o «rechupado como un faso»? Y es que el argot argentino es bastante peculiar (todo argot lo es; claro está, pero el argot argentino posee algunas particularidades que lo hacen un poco más complejo, como explicaré a continuación); por un lado tenemos las modificaciones habituales del lenguaje dadas por el mismo paso del tiempo, por la técnica y por las movidas culturales propias de cada edad (sobre todo los adolescentes). Y a eso hay que sumarle el lunfardo; un argot particular creado a principios del siglo XX y que mezcla términos y deformaciones sonoras de idiomas como el italiano, el gallego, el árabe, el idish y, en menor medida, del inglés y del francés (esto gracias a la ingente población inmigrante que llegó a Argentina después de la Primera Guerra Mundial, sobre todo). Por último, para complicar un poquito más las cosas, también se le suma el vesre; lo cual no es otra cosa que tomar una palabra, separarla en sílabas y decirlas en el orden opuesto (en uno de los ejemplos dados más arriba, la palabra jonca no es otra que cajón. Ese es un ejemplo sencillo porque es bisílabo. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, dorima? Pues nada más que do-ri-ma; es decir, marido).

 

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Hay muchas milongas y tangos que usan este argot como lengua común, es decir, como una especie de lingua franca. Un caso por demás particular es el que ocurrió hace algunas décadas, en pleno tiempo de la última dictadura militar. Por ese entonces, los puristas de la moral (escenificados por un ridículo General o algo similar) consideraban que este lenguaje, al igual que un pecho femenino o la matemática moderna, corrompían la mente de las personas y por eso debían desaparecer. El siguiente soneto, publicado bajo el seudónimo de Lope de Boedo (ya desde aquí sabemos que esto no es del todo serio; Boedo es un barrio de Buenos Aires y Lope, claro está, hace referencia a Lope de Vega); es un maravilloso ejemplo del uso artístico de este argot del que estoy hablando.

El soneto nos habla del momento de la crucifixión de Jesús y de su diálogo con los dos ladrones que se encontraban a su lado. La escena, vista desde el lenguaje callejero, cobra un nuevo sentido (aunque el original sentido religioso no desaparece, claro está; sólo es que parece más cerca de la verdad que la versión bíblica, me atrevería a decir). Lo gracioso es que alguien del gobierno militar de aquella época obligó a Edmundo Rivero (una de las voces del tango más famosas) a grabar una versión del soneto en lenguaje correcto; es decir, despojado de todo rastro de argot. Les dejo la versión cantada más abajo, para que puedan entenderla aquellos que no entienden este idioma pero, sobre todo, para que puedan compararla. Me permitiría aconsejarles (con las disculpas del caso), que primero lean el soneto y que después lo «sigan» a medida que lo canta Rivero. ¿Cuál de las dos versiones prefieren?

Dos ladrones

Hay tres cruces y tres crucificados
en la más alta, al diome, el Nazareno.
En la del wing lloraba el chorro bueno
mangándole el perdón de sus pecados.

Escracho torvo; dientes apretados,
mascaba el otro lunfa el duro freno
del odio, y destilaba su veneno
con el rechifle de los rejugados.

¿No sos hijo de Dios? Dale. Salvate.
Sos el Rey de los Moishes, arranyate.
¿Por qué no te bajás? ¡Dale, che, guiso!
Jesús ni se mosquió. ¡Minga de bola!
Y le dijo al buen chorro: Estate piola
que hoy zarparás conmigo al Paraíso.

 

 

El predicador

 

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Es por demás conocida aquella expresión con la que Friedrich Nietzsche comienza su Zarathustra: «¡Oh, Sol, qué sería de ti sin aquellos a quienes iluminas!». También podríamos invertir la ecuación y preguntarnos ¿Y qué sería de nosotros sin él? Este poema de Mary Oliver nos marca el camino que podemos tomar si consideramos todo el conjunto con sencillez y humildad. También es una buena formad de comenzar el día, después de todo, la poesía no es más que otra forma de luz y calor.

Por qué despierto temprano

Hola, sol en mi cara
hola, tú que haces la mañana
y la extiendes sobre los campos
y en las caras de los tulipanes
y las glorias del amanecer, asintiendo
y en las ventanas del miserable
y también del irascible.

Eres el mejor predicador que haya existido alguna vez,
querida estrella, eso simplemente sucede
estás donde estás en el universo
para mantenernos lejos de la oscuridad,
para alegrarnos con un toque cálido,
para mantenernos en tus grandes manos de luz
buenos días, buenos días, buenos días.

Mira, ahora, cómo empiezo mi día
en felicidad, en bondad.

Mary Oliver

Tabula rasa

 

Fouquet - Madonna

 

Tabula rasa

Madonna, de Fouquet, 1450

 

La virgen andrógina
de palidez nívea y
un pecho expuesto
perfectamente esférico
manzana de cristal
destino exacto para la boca
los labios, la saliva,
sostiene en su falda
sobre una pierna invisible
oculta bajo los pliegues y repliegues
a un niño con cara de adulto
no de viejo sino
de adulto aburrido
indiferente o ignorante
de todo lo que lo rodea.
Ángeles rojos
como brasas del infierno
o azules
como un ahogado antiguo
protegen su talle diminuto.
Su pecho transparente
(suspiros y besos y gemidos
caben allí y permanecen
hasta que una lengua tensa
los empuja hasta el cuello
y más allá, a esos labios
diminutos)
su boca con forma y tamaño
de almendra roja
sus ojos, líneas imperceptibles
en su mirada baja
como tímida pero no
su ancha frente coronada
su velo traslúcido
y el resumen exacto:
la fórmula perfecta
del erotismo blasfémico
¡Doble erotismo, doble sensualidad!
¡Doble transgresión!
¡Doble Placer!

Todo está allí y no lo está
los pliegues de la falda
cubren y señalan
ese sexo omnipresente
seguramente rasurado
o mejor aún
naturalmente lampiño
como el de la niña que parece
pero que no es
afortunadamente
no
es