La máscara de nosotros

 

Entramos a un comercio, el dependiente nos saluda amablemente y salimos de allí con lo que fuimos a buscar. Nos cruzamos en la calle con un conocido y cruzamos saludos casuales sin detener la marcha. Llegamos a casa y abrazamos a nuestras parejas y besamos a nuestros hijos o a nuestros padres y nos sentamos a comer todos juntos. Nos miramos al espejo mientras nos lavamos los dientes y una cara conocida nos mira desde el fondo de ese mismo espejo…

 

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Aunque, en sus inicios, estuvieron asociadas al culto religioso, las máscaras griegas luego formaron parte de las actividades artísticas desarrolladas con el teatro. Se usaron por primera vez por el dramaturgo Tepis, como un elemento para caracterizar a los personajes que escenificaban dramas de política, religión o de la vida cotidiana dentro de una obra. Generalmente, las máscaras utilizadas eran de naturaleza inmóvil, es decir, con una mueca fija de tragedia o risa. Así, dentro de una misma obra, los actores en escena podían interpretar varios personajes o variar sus rostros para cambiar el estado de ánimo de alguno de ellos e, incluso, demostrar el rango de un rol.

Las representaciones teatrales de la cultura griega se diferenciaron por tener tres estilos diferentes, los que influían en los tipos de máscaras. Las máscaras de la comedia soliendo ser toscas y ridículas, se construían con una sonrisa, deformando los gestos o los rasgos del personaje; en cambio, las de la sátira, eran más fantásticas y con fisonomías zoomorfas, por ser un género más divertido; mientras, que las de la tragedia, representaban diversos personajes, como jóvenes, viejos o mujeres, que una manera muy trágica o severa, sin abandonar la belleza que las caracterizaba, dándole un toque especial al espectáculo. Así que además de su capacidad de hacer resonar la voz del actor, las máscaras griegas permitían al espectador identificar a cada uno de los personajes dentro de un drama. Sin duda una buena herramienta.

 

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Si nos adentramos por un segundo en la etimología, vemos que la palabra «máscara» nos llega desde el árabe «más-hara» y ésta de «sáhara» (el burló) y de «sahir» (burlador). En suma: una ficción, una impostura, un ardid para burlar la realidad. Pero más me interesa la etimología de la palabra «persona», que proviene del latín persona, la cual no era otra cosa que la máscara que se usaba en el teatro. Somos, entonces, y en tanto personas, una máscara constante, una representación de lo que realmente somos. Y eso no está nada mal, claro que no; vivir en sociedad no significa someter a los demás a nuestros caprichos (lo que ocurriría si nos despojáramos en toda máscara, si pudiésemos hacer tal cosa, además); sino conducirnos en el límite justo entre una máscara y la otra. Lo suficiente como para que esa cara que nos mira desde el fondo del espejo no nos avergüence en ningún momento.

 

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Ninguno de ellos

 

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«Creo que podría transformarme y vivir con los animales.
¡Son tan apacibles y dueños de sí mismos!
Me paro a contemplarlos durante tiempo y más tiempo.
No sudan ni se quejan de su suerte,
no se pasan la noche en vela, llorando por sus pecados,
no me fastidian hablando de sus deberes para con Dios.
Ninguno está insatisfecho, a ninguno le enloquece la manía de poseer cosas.
Ninguno se arrodilla ante otro, ni ante los congéneres que vivieron hace miles de
años.
Ninguno es respetable ni desgraciado en todo el ancho mundo».

Walt Whitman – Hojas de hierba y Selección de prosas (Canto a mí mismo. 32).

 

Que sirva este fragmento del maravilloso Whitman como corolario a la entrada anterior, El poder de la lágrima fácil. Un hombre debe hacer lo que un hombre debe hacer, dice el saber popular y, lejos esta postura mía del machismo más acendrado (cualquiera que me conozca mínimamente sabrá que me encuentro a años-luz de esa posición), sólo quiero hacer un elogio de la responsabilidad; del amor propio; del coraje como fundamento de una vida madura. «Ninguno es respetable ni desgraciado en todo el ancho mundo» dice Whitman de los animales sabiendo, mejor que nadie, que nosotros somos sólo uno más del conjunto. Deberíamos comportarnos como tales.

El poder de la lágrima fácil

 

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Cuentan que hace tiempo atrás existía algo que se llamaba intimidad. Se dice que en este ámbito las personas solían llevar a cabo ciertas actividades que por alguna razón particular no debían ser vistas por los demás. A veces estas razones eran el decoro; otras veces era la privacidad de ciertos temas; a veces sólo se trataba de buen gusto; la cuestión era que ciertas cosas sólo se hacían en privado y lejos de la mirada indiscreta de la masa. Hoy, en cambio, cuando todo debe ser expuesto de la manera más flagrante posible, ese ámbito que, me dicen, se llama intimidad ha desaparecido (extinguido, podríamos decir para usar un término moderno, aunque nadie parece extrañarlo demasiado ni sentir pesar alguno por su ausencia como sucede con otras especies extintas).

Entre esos actos que se llevaban a cabo en la intimidad (con lo que me gusta esta palabra… ustedes disculpen, pero seguiré usándola a lo largo de todo el texto) figuraba, como uno de los principales, el llanto. Y más si se trataba de un hombre… (otra figura en peligro de extinción). Sin embargo ahora no sólo está bien llorar en público, sino que se hace necesario hacerlo en cada oportunidad que sea posible; y si bien lo primero no tiene nada de malo, lo segundo es bastante lamentable. Pongo un ejemplo: un programa de televisión donde unos tipos que viven levantando pesas y ejercitándose durante diez horas al día compiten por ver quién es el más fuerte, el más ágil, el más potente. Bien,  lo que me llama la atención es que antes de entrar a la arena todos llorarán frente a la cámara. Uno porque es padre soltero, el otro porque perdió a un amigo en Afghanistán, el otro porque venció al cáncer… por la razón que sea, todos lloran. Después hacen gala de un nivel de testosterona que bien podría igualar al de un elefante macho en plena época de apareamiento; pero primero deben demostrar que son, sobre todo, sensibles.

 

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Y aunque sé que me encuentro en franca minoría cuando hablo de estas cosas, seguiré diciendo que si veo a alguien realizando una tarea, sólo quiero que esa tarea sea llevada a cabo de la mejor manera posible y nada más. Hoy todo tiene que pasar por la lágrima fácil, para así conmover a un espectador que parece más un recipiente hueco que un ente sólido y firme en sí mismo. Veo un programa de cocina. Antes de ponerse a trabajar a los cocineros les pasan unos videos de sus familiares y… ¡hala! todo el mundo a moquear como dios manda.

Y este estado de debilidad viene de la mano con muchos otros también modernísimos. Por ejemplo: un grupo de personas está en medio de, digamos, la selva para probar su resistencia. Quien pase más tiempo allí serpa el ganador. No falta el que a la semana se pone a llorar porque extraña a la familia. ¡A la semana! Y yo pienso ¿y qué le pasaría a este imbécil si tuviese que trabajar en una mina o en un barco pesquero de altura o si estuviese en una base antártica o si fuese un camionero que debe cruzar el país de límite a límite?

 

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El mundo se cae a pedazos y uno extraña a esos viejos nuestros, esos que quedaban viudos a corta edad y aún así se levantaban cada mañana a acarrear agua de un pozo, criar a sus hijos y además salían a trabajar en medio del barro sin elevar jamás una queja. No estoy diciendo que esos tiempos eran mejores, sólo digo que esas actitudes eran mejores; digo que, en algunos aspectos, ellos eran mejores. Hoy, que la mayoría tiene todo al alcance de su mano lo único que parecen haber descubierto es la forma más fácil de manipular al resto por medio de esa lágrima fácil que no sólo lava las conciencias sino, sobre todo, también el buen gusto.

 

El ojo de un vagabundo

 

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En octubre del 2012 escribí una entrada titulada Burocracia y humanidad, donde hablaba de lo que me producen ciertos trabajos fotográficos. Ya que el paso del tiempo me lo permite, copiaré el mismo texto de aquel entonces, ya que al releerlo veo que vale con exactitud a lo que quiero decir hoy. El texto es siguiente:

 

«Cada vez que me encuentro con una serie de fotografías en las que las personas –personas comunes y corrientes, como uno– son el centro de atención siento una fascinación que va más allá de la mera observación estética. La primera vez que me ocurrió esto fue cuando tuve la oportunidad de hojear el libro Portraits, de Steve McCurry. En él sólo encontramos doscientas páginas de retratos, los cuales fueron tomados por este genial fotógrafo en sus viajes alrededor del mundo (McCurry es el autor de esa inolvidable fotografía, la cual seguramente todos conocemos, de esa niña afgana en un campo de refugiados y que hoy es la imagen principal de National Geographic). Ese libro, como ningún otro, y sin necesidad de una sola palabra, me hizo sentir esa conexión absoluta con el resto de la humanidad toda. Algo similar sentí al ver esta fotos de estas personas en sus sitios de trabajo. No puedo evitar preguntarme ¿Cómo es su vida? ¿Cuáles son sus sueños, sus deseos, sus temores? ¿A quién aman, por quiénes son amados?

Schopenhauer, en un magnífico ensayo sobre «El fundamento de la moralidad», trata particularmente el tema de la trascendente experiencia espiritual. ¿Cómo es que, se pregunta, un individuo puede olvidarse de sí mismo y de su propia seguridad y ponerse a sí mismo y a su vida en peligro a fin de salvar a otra de la muerte o el dolor, como si esa otra vida fuese la suya propia, y ese peligro ajeno, el suyo? Alguien así, responde Schopenhauer, está actuando en el marco del reconocimiento instintivo de la verdad de que él y el otro son uno. Se mueve no por la impresión secundaria y menor de sí mismo como separado de los otros, sino por la inmediata experiencia de la más grande y cierta verdad de que todos somos uno en nuestro ser. El nombre que dio Schopenhauer a esta motivación es «compasión», Mitleid, y la identifica como la única inspiración de acción inherentemente moral.

Algo así es lo que me hacen sentir estas fotografías (téngase en cuenta que «compasión» vas escrito entre comillas porque, como todo término filosófico, no es exactamente a eso a lo que se refiere. Aquí podríamos sumarle la idea de «empatía». Ése termino se acerca mucho más a lo que intento describir), una profunda conexión con esas personas».

 

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El trabajo que nos ocupa hoy perteneces a Jay Weinstein y lo realizó en sus viajes por la India. Pueden acceder a su sitio personal aquí., el cual se titula so i asked them to smile (así que les pedí que sonrieran). Como dije, lo que me provocan estas fotos es lo mismo que dije hace casi siete años. Hoy sumo una idea personal: ¿Por qué no hacer este mismo trabajo en la intimidad de nuestro entorno? ¿Cómo sería y qué sentiríamos al ver una serie de este tipo con los miembros de nuestra familia como modelos?

Una galería de fotografías del proyecto de Jay Weinstein. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

 

Sin rebelión en la granja

 

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Encendemos nuestra computadora o nuestro teléfono inteligente y allí está ese comentario que nos enoja o que nos encanta. Lo subió un amigo al que nunca hemos visto, el cual lo compartió de otro amigo, el cual… ¿Quién creó ese texto? no lo sabemos y la verdad es que no nos importa. Nos enoja o nos encanta y con eso tenemos suficiente. lo copiamos o lo reenviamos y nos transformamos en un nexo más entre el texto y el siguiente lector. El nivel de masificación al que hemos llegado en nuestros días es tal que un simple tweet de un usuario puede llegar literalmente a cientos de miles de personas en segundos. Pero parte del anonimato de Internet propicia que los movimientos en redes sociales no sean siempre perpretados por humanos. Países como Rusia o Estados Unidos han usado diversos engaños de esta clase para cambiar la opinión de la gente e influir especialmente en comicios electorales. Sólo hay que pasarse por un tweet para darse cuenta de cómo: granjas de clicks repletas de smartphones para generar o impulsar a estos movimientos.

 

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El escritor Jamie Bartlett, especialista en tecnología, subió un tweet el pasado día 11 de marzo con un vídeo extraordinario: estantes con al menos varias docenas de smartphones generando clicks en Internet. El vídeo proveniente de la cuenta English Russia mostraba que en una simple oficina se pueden generar cientos e incluso miles de interacciones en redes sociales. Diversos operadores desde unos ordenadores mandan comandos a los smartphones para que hagan automáticamente lo que se les ordena. No hace falta más que eso, varios cientos de smartphones funcionando al unísono para hacer lo que ellos quieran. Los usos de estas interacciones se cuentan en cientos; desde provocar viralidad en redes sociales hasta crear una opinión en Internet que se extienda con ciertos adeptos pasando por incluso fomentar fake news que favorecen a una ideología o movimiento político concreto.

 

La pregunta ¿Quién está detrás de todo esto? Carece de interés (debido, sobre todo, a la imposibilidad de respuesta). La pregunta que sí podemos hacernos es: ¿Qué haremos nosotros con esta información? Cada cual la responderá a su modo y según su buen parecer. Lejos de toda paranoia (ya no creo que nadie pueda negar que este tipo de cosas se hace a diario a lo largo y ancho de todo el mundo), tal vez lo mejor sea, como en antaño, volver a las viejas fuentes de información: los libros y el pensamiento que ellos alimentan. A veces el mejor avance es volver un poco sobre nuestros propios pasos.

Nota: sé que el enlace que puse más arriba a una cuenta de Twitter está “caído”; pero lo puse igual para demostrar cómo funcionan, también, las grandes redes sociales. De todos modos, si quieren verlo por ustedes mismos, pueden buscar “granja de smartphones” en su buscador o click farms en Youtube.

 

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El refugio de los cobardes

Escena 3ª (Plaza de Ansano, Plasencia, Cáceres, Extremadura, España)

Escena 3ª (Plaza de Ansano, Cáceres, Extremadura, España)

 

El pasado lunes 29 de abril, el periódico mexicano La Jornada tituló de esta manera su nota principal: Macri insiste en culpar al gobierno anterior del caos en Argentina. El actual mandatario argentino ya está por terminar su mandato y sigue haciendo lo mismo que hace cuatro años y lo mismo que hizo a lo largo de todo este tiempo: culpar al gobierno anterior. Y no dejo de decirme que esto de ser presidente de un país no es algo tan difícil… Si algo sale bien es gracias a mi capacidad, si algo sale mal es por culpa del otro, de cualquier otro.

Este asunto me lleva a uno más amplio, más general, el cual puedo plantear bajo la forma de una pregunta: ¿No es esta actitud la muestra flagrante de la infantilización extrema a la que ha llegado nuestra sociedad? Ahora resulta que nadie es responsable de nada y que, cual niños asustados, se deba recurrir al monstruo que supuestamente está debajo de la cama. El xenófobo que culpa de todo a los inmigrantes; el neofeminismo que ve en todo hombre a un cavernícola o en el lenguaje a un arma de destrucción masiva; el adolescente que ve en toda crítica un ataque personal; el político que, como vimos, siempre acusa a un funcionario anterior (o también a los inmigrantes o a un gobierno vecino); el mal artista que señala como «retrógrado» a todo aquel que no se postra ante sus manchas sin sentido o ante su poesía de cloaca; el  vecino que culpa a la escuela porque su hijo es un grosero sin remedio; el ecologista de café que se rasga las vestiduras por el plástico en los océanos; todos, todos, todos, encuentran en el otro a alguien culpable de algo. Claro, desde la perspectiva parcial que se maneja en esos ámbitos todos somos culpables; porque el error en el planteamiento así lo determina, aunque la lógica por aquí ande desaparecida sin aviso.

¿Has tomado un refresco en envase de plástico? ¿Eres hombre? ¿Dices «los niños» en lugar de decir «les niñes»? ¿Eres extranjero? ¿Crees que Daddy Yanqui no es tan bueno como Mozart? ¿Eres heterosuexual? ¿Crees que versos como «Tonto… ¿Quién es tonto? / El hombre es tonto / ¿Tonto? Tanto como una flor» son malos? (y aclaro que son reales); ¿Crees que la educación escolar es otra que la educación que debe ser impartida en tu propia casa? ¿Crees que un político debe ser responsable de sus actos al igual que lo es un médico, el conductor de un taxi o un ciudadano cualquiera, si vamos al caso? Pues para esta gente estás equivocado de cabo a rabo, porque ellos, sencillamente, no son responsables de nada. 

La infantilización de la sociedad es una excusa donde los cobardes se resguardan de toda responsabilidad personal. Las personas adultas, en cambio, son perfectamente conscientes de que sus actos son los que determinan las consecuencias que de ellos se derivan y se hacen, entonces, cargo de esas mismas consecuencias. Las falencias también forman parte del accionar humano, así que también tenemos un margen para la prueba y error, siempre que éstos últimos sean involuntarios, claro está; pero ni aún así podremos hacer que estas personas se responsabilicen por algo. Claro, siempre es más sencillo señalar con el índice hacia otro; no importa si se es el presidente de un país o un imbécil que no hace lo suficiente para nada, siempre será el otro o será el mundo el que no les habrá dado eso que tanto merecen.

Hitler, el multiuso

Es bien sabido que don Adolf Hitler fue, es y será el ser más malvado que haya pisado la faz de la Tierra. Nadie como él para ejemplificar el mal por el mal en sí, para señalar los extremos del autoritarismo y, sobre todo, para ganar discusiones. Sobre todo esto último, claro, porque lo que todo el mundo quiere es tener la razón y el mejor modo de hacerlo ante la falta de argumentos es acusar al otro de ser un nazi o de compartir ideas con el monstruo alemán.

Quien mejor notó esto fue Mike Godwin allá por la última década del siglo pasado, cuando estableció la llamada «ley de Godwin» o «Regla de analogías nazis de Godwin» (la cual es un enunciado y no una ley; pero sigamos llamándola como se la conoce hoy en día), la cual establece que: «A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno». Es decir, en toda discusión en internet, en algún momento uno de los contendientes acusará al otro de nazi o de émulo de Hitler.

 

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Godwin formuló la ley (o enunciado) basándose en los protocolos de Usenet; pero bien podemos extender esta conducta a toda la red. No hay más que leer cualquier discusión virtual para notar que esto es así. Lo que podemos aprender de esto es la puesta en práctica de la Ley de Godwin: Cuando alguien llega a este punto del que hablamos antes, la discusión se termina. Eso es lo más inteligente que podemos hacer: cuando en algún debate alguien saca a relucir la palabra «nazi» o «Hitler» hay que dejar la cuestión allí, porque el contrincante ha demostrado su incapacidad para debatir con la altura necesaria (salvo, claro, que estemos discutiendo, precisamente, asuntos como la WWII, la política europea del siglo XX o cuestiones similares, por supuesto).

 

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Todos los que no me agradan son Hitler – La guía infantil para la discusión política en línea

 

La red tiene, también, mucho de estupendo sarcasmo, y es así como encontré la imagen anterior, la cual remeda un libro infantil basado en la misma idea de la que venimos hablando. También encontramos una formulación muy anterior a la existencia de internet, la creada por el filósofo político judío alemán Leo Strauss, la llamada reductio ad Hitlerum (reducción a Hitler), argumentum ad Hitlerum o argumentum ad nazium, es decir, una falacia del tipo ad hominem, un ataque a la persona y no a sus argumentos.

De allí, entonces, que debamos salir corriendo ante la presencia de una persona que se comporta de esta manera al debatir cualquier tema; lo más probable es que nos encontremos frente a alguien que sólo conoce a dos tipos de personajes: Hitler y él mismo.