Confucio y la escuela de hoy

 

Confucio estatua bronce manos juntas

 

Tuvo pocos discípulos en su vida. El prestigio llegó después de su muerte, al difundirse su pensamiento. En los Cuatro Libros Shu se atribuye a Confucio el siguiente discurso, que resume sus teorías morales:

“Nuestros antiguos sabios practicaron la observancia de las tres leyes fundamentales de relación: entre los soberanos y los súbditos, entre los padres y los hijos y entre el esposo y la esposa, así como el cultivo de las cinco virtudes capitales. Basta nombrarlas para que comprendan su excelencia o necesidad. Son estas virtudes:
1) La humanidad, o sea el amor universal entre todos los de nuestra especie sin distinción.
2) La justicia, que da a cada individuo lo que es debido, sin favorecer a uno sobre otro.
3) La conformidad con los ritos prescritos y usos establecidos de la sociedad, a fin de que sus miembros tengan un mismo modo de vida de igual participación en las ventajas e inconvenientes de la misma.
4) La honradez, o sea la rectitud de espíritu y corazón que nos induce a buscar en todo la verdad, y a desearla sin engañarse uno mismo ni a los otros.
5) La sinceridad o buena fe, es decir, la franqueza de corazón que excluye todo fingimiento y disfraz, en conducta en palabras.
Todo lo anterior hizo a nuestros maestros respetables durante sus vidas e inmortalizó su nombres después de la muerte. Tomémoslos por modelos, empleemos nuestros esfuerzos por imitarlos”.

Dos mil doscientos años y aún la sencillez es la que gobierna. No hacen falta tratados de mil páginas explicando el ser y sus alcances. Por lo menos como base moral, Confucio (junto con algunos otros), sigue siendo una cima.

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La amenaza del despertar

 

Hermann Hesse

 

Editorial Losada ha editado dos libros con fragmentos (casi a modo de sentencias, me atrevería decir, aunque son más que eso, por fortuna) de Hermann Hesse. Del primero de esos volúmenes rescato esta magnífica cita que emparenta al autor alemán con lo mejor de la corriente humanista propia de su tiempo, pero que se extiende hasta nosotros en la medida en que esa escuela aún sigue siendo válida en la mayor parte de sus postulados. Dice Hesse: «Cada hombre es el centro del mundo, alrededor de cada uno parece girar voluntariamente, y cada hombre y cada día de su vida es el punto final y la culminación de la Historia: tras él, los siglos y los pueblos están hundidos y marchitados, y ante él no hay nada, sólo el momento, todo el gigantesco aparato de la Historia parece estar al servicio del apogeo del presente. El hombre primitivo considera como una amenaza cualquier cosa que perturbe este sentimiento de ser el centro, de estar en la orilla mientras los otros son arrastrados por la corriente, se niega a que le despierten y le enseñen, le parece odioso y hostil el despertar y el verse rozado por la realidad y se aparta con instinto amargado de aquéllos a los que ve acometidos por el estado de alerta, de los visionarios, problemáticos, genios, profetas, posesos».

¿No es esto lo que vemos a nuestro alrededor en todo momento, en los medios, en la red y por doquier (en este sentido la red sirve para que podamos observar de cerca lo que en otros momentos no era más que lejanía inaccesible). Para terminar con la idea, una página después Hesse nos dice, y esta vez sí, a modo de sentencia casi conminatoria: «Quienes no quieren responsabilidad ni pensar por cuenta propia necesitan y exigen caudillos».

Contrato

No soy muy afecto a subir videos a esta página, pero hoy me veo obligado a ello para poder hablar después con mayor libertad. De todos modos, como el video dura un poco más de cuatro minutos, sintetizaré su contenido para que aquellos que no quieran verlo (seguramente lo habrán visto adaptado a su propio país en algún momento de sus vidas) pueda pasar de largo y evitarse el mal trago. El video no es más que una compilación del actual gobierno argentino y su doble discurso; el de antes de las elecciones y el de después, que reviste mayor gravedad ya que no se trata de un mero discurso hablado, sino de actos que conllevan el dolor y el malestar a todo un pueblo.

 

 

El punto central al que me lleva el video es el siguiente: ¿No es posible que comience a considerarse el discurso previo a las elecciones democráticas como un contrato entre dos partes? Debe haber algún modo —apelo para ello al conocimiento preciso y efectivo de los doctores en leyes— por el cual el electorado tenga en sus manos el poder llevar a la justicia a todo aquel que no cumpla con su parte del contrato, tal como ocurre, bien lo sabemos, en cualquier otro ámbito social.

De nada sirven las frases de rigor ni la palabrería vacua en fórmulas como la argentina, cuando se le pregunta al presidente entrante, en el acto de investidura, si se compromete a cumplir con la ley y éste dice «Si así no lo hiciere, que Dios y la Patria me lo demanden». Nada, eso es pura verborrea cínica, sin sentido y de mal gusto. No conozco a político alguno, ni a uno solo de ellos, a quien la Patria (y mucho menos Dios) le haya hecho reclamo alguno. ¿No es hora, entonces, de dejar establecidos los derechos y obligaciones en negro sobre blanco de una vez por todas y con pleno valor de ley?

Por último, un breve descargo que me llega desde el despacho del Abogado del Diablo: No olvidemos que somos nosotros —todos y cada uno de nosotros, tanto los que votan como quienes se abstienen de ello— quienes ponemos a estos delincuentes en las posiciones en las que se encuentran. No aparecen por generación espontánea.

Pero algo de cierto hay, también, en que muchos pudieron haberlos elegido creyendo en sus promesas y en sus palabras. De allí, insisto, en que se hace necesario un cambio en las reglas y que éstas deban ser ajustadas como en cualquier otro ámbito legal: Lo que se promete, se cumple. Lo que se dice, se hace. Y a partir de allí sí, se podrá decir, todos amigos.

El arco o la ballesta

 

Baallesta

 

Los movimientos sociales o culturales son siempre bienvenidos si partimos de la idea de que todo movimiento implica evolución y que, por el contrario, todo conservadurismo implica un anclar las cosas en un solo y único estado, sin permitir modificación alguna sobre ellas. Está muy bien, entonces, adentrarse en el camino del movimiento y del cambio, pero siempre y cuando pongamos en funcionamiento, para ello, las capacidades críticas que tenemos como especie y no solamente el deseo personal o las conveniencias particulares, que más bien parecen propias de la animalidad que de la humanidad de la que decimos formar parte.

Esto viene a colación porque, últimamente, he notado un acentuado deseo de imponer ciertas normas artificiales —cuando no delirios absolutamente personales— al conjunto de la sociedad, como si se pudiese establecer por ley lo que no puede ser ni siquiera considerado por costumbre. Ahora cualquiera pretende que su postura personal sea considerada en igualdad de condiciones con la lógica, la ciencia, la moral o la justicia según su buen parecer y bajo la premisa absurda del «Yo soy igual que todos y la opinión de uno es igual a la de cualquiera». Bajo esta fachada de igualitarismo (el cual parece fabricado en un jardín de infantes más que en una universidad) encontramos, generalmente, las verdaderas razones de su existencia: una victimización constante, una notable incapacidad para la superación personal, una patética necesidad de obtener la lástima ajena.

 

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Es fácil reconocer a estas personas: hablan siempre desde el yo, nunca desde la abstracción y, por supuesto, prefieren las anécdotas a los razonamientos. Es por eso que haría falta recordarles, antes de cada debate o cruce de palabras, aquella sentencia de Samuel Johnson: «El testimonio es como una flecha disparada desde un arco largo; la fuerza de la misma depende de la fuerza de la mano que la arrojó. El argumento es como una flecha disparada por una ballesta, que tiene siempre la misma fuerza, aunque la haya disparado un niño».

Dediquémonos, entonces, a las ballestas y sus flechas certeras y, cuando veamos a alguien acercarse con un arco largo, dejémoslo pasar de largo, rumbo al arenero donde juegan los niños del jardín de infantes.

Peligro constante (y multiplicándose)

 

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En la década de 1970, el historiador económico italiano Carlo M. Cipolla hace circular un ensayo entre sus amigos titulado “Las leyes fundamentales de la estupidez humana.” Hizo una lista de cinco leyes fundamentales:

  1. Siempre e inevitablemente uno subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
  2. La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa persona.
  3. Una persona estúpida es una persona que causa pérdidas a otra persona o a un grupo de personas, mientras que él mismo no se deriva ningún beneficio e incluso posiblemente incurra en pérdidas.
  4. Las personas no estúpidas subestiman siempre el poder dañino de individuos estúpidos. En particular, las personas no estúpidas olvidan constantemente que en todo tiempo y lugar y en cualquier circunstancia, tratar o asociarse con gente estúpida siempre resulta ser un error costoso.
  5. Una persona estúpida es el tipo más peligroso de persona.

 

Diagrama de la estupidez

 

El diagrama anterior elabora la tercera ley. Como puede verse con una simple mirada, podemos ver que las personas inteligentes contribuyen a la sociedad y ellos mismos se benefician de esto. Las personas bondadosas actúan en beneficio general pero son víctimas, a veces, del accionar de los otros y por eso, pueden tener pérdidas a cambio. Las personas malas sólo piensan en sí mismas, incluso si esto significa perjudicar a los que les rodean. Y la gente estúpida se daña a sí misma y a los demás. Esto hace que la gente estúpida sea aún más perniciosa que los bandidos: mientras que el comportamiento de un bandido es al menos comprensible, no hay manera racional de saber cuándo, cómo y por qué actuará un estúpido. Cuando nos enfrentamos a una persona estúpida estamos completamente a su merced.

El ensayo completo está aquí. «Nuestra vida cotidiana está compuesta principalmente de casos en los que se pierde dinero y/o tiempo y/o energía y/o el apetito, la alegría y el buen estado de salud debido a la acción improbable de alguna criatura absurda que no tiene nada que ganar y que de hecho no gana nada pero que no duda en causar vergüenza, dificultades o daño», escribe Cipolla. «Nadie sabe, entiende o, posiblemente, puede explicar por qué esa criatura absurda hace lo que hace. De hecho no hay una explicación; o mejor, sólo hay una explicación posible: la persona en cuestión es estúpida».

Corolario

Para terminar, de alguna manera, con las entradas de los dos días anteriores, dejo este poema de A. E. Quintero, el cual no tiene título y sobre el que aconsejo una lectura en voz alta, porque lo amerita.

 

niños de la calle

 

¿Y qué si el chico
ocupa la moneda para droga?

¿Y qué
si la emplea para comprar un cigarro suelto
o para estopa?

¿A ti, qué? ¿En qué te ensucian sus versiones de irse,
sus maneras de evitarse,
el transporte colectivo
en el que sueña no estar rumbo a su cuarto de cemento?

¿A ti qué
si ocupa esa moneda para no ver a su padre
cuando llega a verlo?

Si la gasta en comprarse
invisibilidad o se emborracha
antes, ¿a ti qué?
¿Le vas a dar trabajo?
¿Le vas a borrar de los ojos los ojos de su madre?
¿Le vas a cambiar los huesos
para que duerma más cómodo en las calles?

¿O sólo le vas a hablar de la multiplicación de los panes,
y las ventajas de llevar una cruz al cuello?

¿Tú cómo te evitas? ¿Cómo evades tanta conciencia?

¡Coño, dale la moneda y ya!

La nave de los locos en el siglo XXI

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La nave de los locos – Hieronymous Bosch

Ayer hablé de Javier, un hombre al que conocí en un banco de la plaza de Morelia. Cuando nos íbamos, L. me dice que ha escuchado ciertas historias sobre vagabundos o indigentes que de pueblos o ciudades vecinas dejan por las noches aquí, en esta ciudad. Hace unos años, cuando con una amiga íbamos a leer y a hacerles escuchar música a los internos del asilo Hogar del Cristo Abandonado (ése es el nombre oficial), oí lo mismo y, en un par de casos, pude verificar que esto es realmente así. Recuerdo que nos señalaron un par de casos donde se habían abandonado a personas en las mismas puertas del asilo y que éstas muchas veces no sabían explicar de dónde venían o quiénes las habían dejado allí. Incluso instituciones de la misma Morelia a veces no aceptan a ciertas personas ya que éstas deben ser ingresadas por un familiar (cuando en realidad no quieren aceptarlas por las condiciones de salud o de indigencia en la que se encuentran).

Esto me hizo recordar a la idea de La nave de los locos. En la edad media, a los locos o a los enfermos terminales se los metía en una barca y se los dejaba en el río, para que las aguas los llevaran corriente abajo y así llegaran a la siguiente ciudad o para que murieran en algún lugar cualquiera, pero lejos de casa. Eso es lo mismo que ocurre ahora, al menos en esta parte de México tan querida por otros motivos pero tan detestada por estas cosas. Hoy la nave de los locos tiene cuatro ruedas y deambula por las noches dejando cuerpos desperdigados por las calles o en las puertas de los asilos que sí los acogen y que son los únicos que hacen del acto y de la palabra algo uniforme y coherente. El resto, como siempre, se lava las manos con la misma prolijidad con la que antes lavaron su conciencia.