Más que nunca

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Bosque

 

Si bien la entrada anterior pudo ser considerada como bastante pesimista (y lo fue, de hecho), quisiera decir que no, que no lo es en absoluto. Por una parte no creo que la humanidad vaya a desaparecer, al igual que gran parte de la diversidad zoológica. Sé que la situación es delicada y no niego eso; sólo es que creo que el hombre va a encontrar una salida a este atolladero en el que nos encontramos (claro, si eso no ocurriera no va a quedar nadie para señalar mi error, pero este tipo de comentarios son los que hacen que se me señale como pesimista; así que lo obviaré y no diré nada de eso). La cosa está complicada, es cierto; pero los seres humanos somos bastante vivos a la hora de actuar cuando las papas queman (sobre todo si las papas tienen nuestra forma y consistencia).

Dejo esta frase de Albert Camus, quien algo sabía de estas cosas, aunque él dijo esto en otro tiempo y bajo otras circunstancias, la cita nos viene como anillo al dedo. Quien quiere oír, que oiga:

«Sabemos que acaso sea imposible nuestra salvación, pero esa no es razón para dejar de intentarlo. No está permitido calificarla de imposible antes de haber hecho lo preciso para demostrar que no lo era. Más que nunca, hay razones para luchar».

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Cuando llegue la noche

 

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William-Adolphe Bourguereau – Igualdad ante la muerte

 

En estos últimos días he visto algunos artículos que dicen algo así como «Comienza la sexta extinción masiva» o «La ONU advierte que la vida se distinguirán el 2050» (o 2060 según el caso). Es muy probable que esta información sea falsa o exagerada, pero supongamos por un momento que tenga algunos visos de realidad; ¿Qué puede deducirse de ello? De la primera información tenemos que tomar en cuenta un punto importante: si ésta es la sexta extinción masiva quiere decir que antes tuvo otras cinco y, sin embargo, la vida aquí está (de las cinco extinciones anteriores, la peor fue la tercera, la del período Pérmico-triásico, que terminó con el 96% de las especies). La vida es más persistente en la que los seres humanos pensamos y se abrirá paso a través de la sexta extinción masiva. Claro, el punto que es posible que seamos nosotros los que no pasemos esa barrera; y ése es el verdadero temor de algunos. Como bien sabemos el ombligo de los humanos es el verdadero centro del universo y es entonces que muchos se aterrorizan ¿Cómo es que el mundo sobrevivirá sin mí? Ese sin mí no es exagerado; la verdad es que la gente no piensa en la humanidad como concepto ni en sus mejores momentos.

 

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Pues bien, la naturaleza pudo, puede y podrá vivir sin seres humanos (de hecho, lo hizo durante casi toda su existencia); y dentro de poco (más tarde o más temprano tendrá que ocurrir) la humanidad como tal desaparecerá, y será de manera definitiva. ¿Hay que preocuparse por eso? Bueno sí, pero tampoco hay que exagerar con la pérdida. ¿Qué es lo que hay que salvar de la humanidad? Muchos hacen hincapié en la belleza que el hombre ha creado y sacan a relucir la palabra mágica: poesía (y también, en menor grado, sinfonía) y dicen cosas como «¡Pero se perderán todas las poesías y las sinfonías!» o «¡La belleza que el hombre ha creado se perderá en la nada!» y exclamaciones similares. Por una parte tienen un poco de razón quienes así se pronuncian, pero tan sólo un poco. No hay que olvidar que por cada Mozart que ha aparecido han tenido que hacerse presentes varias decenas de millones de seres humanos comunes y corrientes, y por cada Einstein, otro tanto. También hemos creado los elementos complementarios opuestos; es decir, hemos creado a Hitler, Ghengis Khan, Mao Tse Tung, la mayor parte de los presidentes norteamericanos y dos o tres Papas; así que eso de andar contando historia de la humanidad sólo a base de Mozarts y de Szymborkas no es nada justo. Esas son minorías, excepciones, las cerezas del pastel; los demás somos parte de la masa indiferenciada. Por cierto, un punto importante: si la humanidad está a punto de desaparecer, es por sus propios errores; así que eso ya nos demuestra que no somos tan inteligentes como creemos que somos. Así que llegamos a este punto donde la naturaleza está a punto de hacernos caer en el olvido como la plaga que somos y eso es todo. Quién sabe, quizás la próxima vez logre crear una especie realmente inteligente… ¿Se imaginan lo que serán sus poesías y sus sinfonías? Estoy seguro de que eso sí que debería ser preservado.

La relatividad de lo relativo

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Verdad

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Hace un tiempo subí a mi ex cuenta de Facebook la imagen que figura arriba. En aquel momento un muchacho se burló de mí acusándome de relativista, lo cual no era, ni por asomo, cierto; pero de nada valieron mis aclaraciones o explicaciones. Dejé eso de lado porque, como bien se sabe, en Facebook todo el mundo quiere tener razón y nada más (de allí que hable de mi “ex-cuenta”). Ahora me encuentro con esta frase de José Saramago: «En mi opinión, la gran sabiduría reside en ser capaz de relativizarlo todo. No dramatizar nada». Y he ahí la explicación de todo (y ahora lo digo por mí y para mí, que es lo que vale).

En lo filosófico no soy un relativista; no, absolutamente (en este sitio me he peleado ya demasiadas veces con el posmodernismo como para caer en esos mismos errores). En lo científico lo acepto como parte integral de unas disciplinas (la física, por ejemplo) pero lo niego en otras (la matemática); mientras que me parece que es una herramienta útil en los metodológico (ésa fue mi intención primera al publicar el cartel anterior: es cierto lo que se dice en ambos casos mientras se estudia el tema. Es decir que vale como un «mientras tanto» y nada más que eso). En lo social, en cambio, le doy tan poca importancia a las cosas que a veces me conduzco como si fuera un relativista. ¡Y es que uno no va a andar peleándose con cada persona que se encuentra por la calle y que sostiene una tontería como si fuera la verdad absoluta! No, en esos casos uno se hace a un lado y sigue su camino tratando de desentenderse de todo ello. No soy relativista, pero a veces se gana en tranquilidad actuando como si se lo fuera…

Amenazas innecesarias

 

El alcance del pensamiento posmoderno ha tenido y tiene consecuencias que van más allá de lo meramente anecdótico. Que un trasnochado juegue con la idea de que la Tierra es plana y que hay una conspiración de todos los científicos del mundo para decir lo contrario mueve a risa y no va más allá de eso. Cuando el trasnochado en cuestión se sube a un avión o a un barco éstos navegarán como corresponde, considerando a la Tierra como una esfera y listo, se acabó el problema (al igual que sucede cuando el trasnochado usa el GPS de su teléfono móvil, sin ir más lejos).

Pero el pensamiento posmoderno (sé que esto es una contradicción en los términos, pero permítanmelo y sigamos avanzando) no siempre es tan inocuo. Encontré esto hace unos días y, si bien no pude confirmar la fuente, nada me hace suponer una noticia falsa (aun así, hay muchos otros casos que corroboran la misma conducta en otras muchas personas):

 

Vacunas

 

El diario Perfil de Argentina, tituló así un importante artículo sobre el tema: «Los “antivacunas”, una de las más grandes amenazas para la Humanidad en 2019» a lo que se agrega el subtitulo: «La OMS ubicó a las personas que se niegan a vacunarse o vacunar a sus hijos como uno de los máximos desafíos, junto a la lucha contra enfermedades como el ébola o el sida». El diario El País, de España, hasta tiene una etiqueta donde pueden seguirse este tipo de noticias. pueden acceder aquí y ver los títulos por ustedes mismos.

El pensamiento posmoderno, entonces, ya deja de ser gracioso para pasar a ser un problema. Esta forma de antipensamiento (ahora sí, llamémoslo como corresponde) no merece el más mínimo respeto y debe ser atacado con firmeza en cualquier ámbito que se presente. Éste de los antivacunas es sólo uno de ellos; tal vez parezca el más nocivo por sus efectos inmediatos; pero a largo plazo es probable que toda expresión de este antipensamiento sea igual de peligrosa. La ignorancia siempre lo es.

 

El (estúpido) ombligo del mundo

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egoísmo

 

 

Leyendo una de las tantas buenas entradas de esos blogs que suelo visitar, me encuentro «puliendo» el significado de una palabra en particular: egoísmo. Y me doy cuenta de que a veces a las palabras debemos retorcerlas, apretarlas, en suma: exprimirlas hasta sacarle la última gota de sentido. Si lo hacemos con regularidad vemos que no es algo tan difícil y que los resultados son similares a hacer zumo de ciertas frutas: muchas de ellas nos brindan un resultado que comienza a decantarse en el vaso en el que lo tenemos y se acomoda en capas de diferente densidad. Lo mismo pasa con el sentido de ciertas palabras: se divide en capas cada vez más sutiles pero todos ellos válidos y útiles. ¿Qué es ser egoísta? Etimológicamente La palabra «egoísmo» deriva del latín, formado de ego (yo, el ser individual) y el sufijo -ismo (tendencia, práctica de…). Por lo tanto, y como todos sabemos, un egoísta es alguien que actúa teniendo al yo como eje central.

Esto, la verdad, nos dice bien poco o no nos dice nada más allá de lo que ya sabemos. Pero hay una definición que me gusta mucho. En Punto de fuga, una novela de Arturo F. Silva, uno de los personajes dice «un egoísta no es más que un coleccionista de estupideces». Y así es. ¿Qué hace un egoísta? Acapara, guarda, esconde. ¿Qué? Pues lo que sea. Cosas materiales pero también inmateriales. Yo conocí a uno que guardaba información. Sí, él no compartía cosas que a los demás podían serles útiles y que para él no hubiesen significado pérdida alguna. Sin embargo, las escondía como si se trataran de un tesoro. Están aquellos otros que, incapaces para ser felices, se abocan a la infelicidad general, bajo la premisa «Si yo no soy feliz, pues que nadie lo sea».

¿Qué se gana en estos casos? Nada. Ni siquiera tienen la inteligencia para darse cuenta del absurdo en el que están inmersos y del que nada los podrá sacar, ni mil toneladas de objetos materiales ni mil intentos infructuosos de dañar la felicidad del prójimo (como si tal cosa pudiese ser posible, después de todo. Si alguien es feliz es a pesar de todos los que lo rodean. La misma definición lo protege de los mediocres). Me quedo, entonces, y como fórmula final, con la sintética cita anterior: «un egoísta no es más que un coleccionista de estupideces».

La matemática de la sociedad

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sociedad

 

Muchas veces he dicho, en este mismo sitio, que la enseñanza interdisciplinaria es fundamental para el crecimiento personal y, por consiguiente, del funcionamiento social. Esta vez me permitiré un ejemplo concreto. Todos conocemos o nos hemos topado con esas personas que no saben conducirse socialmente. Los ejemplos variarán de uno a otro y pueden ir de pequeñas tonterías como no hacer espacio suficiente como para otra persona pueda pasar hasta otras cosas intermedias o graves, como sería conducir sin hacer caso de las reglas de tránsito.

El famoso Dilema del prisionero podría ayudarnos a resolver estos asuntos. Este dilema fue planteado por primera vez por Merrill M. Flood y Melvin Dresher en 1950 y se circunscribe a la Teoría de juegos (a no confundirse; la Teoría de juegos parte del concepto lúdico, pero tiene aplicaciones muy serias, como el sistema de equilibro de Nash, el cual se aplica, entre otros ámbitos, a la economía. ¿Se acuerdan de Una mente brillante? Pues de ese mismo hombre estamos hablando). Bien, para sintetizar, digamos que el Dilema del prisionero dice así: «La policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos y, tras haberlos separado, los visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante un año por un cargo menor». Generalmente suele usarse un cuadro de doble entrada para dejar el ejemplo más claro:

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Bien, para no extendernos demasiado en estos asuntos, la cuestión es: ¿Cómo deben actuar los prisioneros para obtener el mejor trato? La misma pregunta es la que se nos plantea desde otra película. ¿Alguien recuerda El caballero oscuro? (Sí, hablo de una película de Batman). Allí, el Joker propone la siguiente idea para sembrar el caos en la ciudad: dos ferrys están llenos de explosivos, en uno viajan personas de la ciudad de Gotham huyendo del desorden que ha creado el criminal, y en el otro criminales y presos trasladados de la prisión en la que estaban para evitar una posible fuga. El juego que les propone El Joker, para demostrar que en cada ser humano hay un ser malvado, es que dentro de los barcos deja el detonador, pero del otro barco, dando la opción a la gente que está dentro de cada ferry de salvarse si aprietan el detonador y hacen explotar el barco donde no están ellos. Es el mismo dilema y es el que nos encontramos a lo largo de cada acto que llevamos a cabo en nuestras vidas. ¿Cómo debemos actuar frente a este problema? La matemática nos lo enseña: colaborando. Así lo estableció Nash (y por lo cual ganó el Premio Nobel de economía) y así lo sabe cualquier hijo de vecino bienintencionado. En sociedad debemos colaborar entre todos y, así, todos salimos ganando.

Enseñarles matemática a los jóvenes más allá de las meras operaciones aptas para que trabajen en una oficina (el cine, por ejemplo, podría ser una buena herramienta accesoria. La música y la literatura podrían ser otras dos); sería un camino tangencial —y práctico— para que se muevan de manera más educada en sociedad. Aunque parezca que una cosa nada tiene que ver con la otra.

Leer entre las ruinas

“¿Qué poder tienen las grandes obras de arte en mi vida que me hacen sentir tan feliz?” No lo sé: Leemos en la ignorancia. Leemos en largos y lentos movimientos, como flotando en el espacio, ingrávidos. Leemos llenos de prejuicios, con malicia. Leemos con generosidad, llenando vacíos, corrigiendo errores. Y a veces, cuando las estrellas son favorables, leemos conteniendo el aliento, con un estremecimiento, como si alguien o algo hubiera “caminado sobre nuestra tumba”, como si, de repente, hubiéramos rescatado una memoria de un lugar profundo dentro de nosotros mismos; el reconocimiento de algo que no sabíamos que estaba allí, o de algo que se siente vagamente como un parpadeo o una sombra, cuya forma fantasmal sale y se instala en nosotros que no podemos ver lo que es, lo que nos deja más viejos y más sabios.

 

Holland House Library, London, after a German air raid in October 1940.

Holland House library, Londres, luego de un bombardeo alemán en octubre de 1940

 

Esta lectura tiene una imagen. Una fotografía tomada en 1940, durante los bombardeos de Londres en la Segunda Guerra Mundial, muestra los restos de una biblioteca medio derruida. A través del techo destrozado se ven edificios fantasmales, y en el centro del local hay un montón de vigas y piezas de mobiliario. Pero las estanterías en la pared se mantuvieron firmes y los libros parecen enteros. Tres hombres se encuentran entre los escombros: uno, como si dudara acerca de qué libro escoger, parece leer los títulos de los lomos; otro, con lentes, se dispone a sacar un volumen; el tercero está leyendo sosteniendo un libro abierto entre las manos. Ellos no le están dando la espalda a la guerra, ni haciendo caso omiso a la destrucción. No prefieren los libros a la vida exterior. Ellos están tratando de persistir ante la adversidad común; están afirmando el derecho de todos a preguntar; están tratando de encontrar otra vez —entre las ruinas, en medio de esa asombrosa percepción que la lectura a veces concede— una manera lúcida de comprender.

Una historia de la lectura. Alberto Manguel.