Caprichos de millonarios

IHEn su novela de 1895, Propeller Island, Julio Verne representa un inmenso barco que navega por el océano Pacífico y el cual está habitado por millonarios. En 1999 una organización que se llamaba Freedom Ship International propuso hacer lo mismo: un barco cuatro veces más largo que el Queen Mary, de 25 pisos de altura. En total, la nave contendría 18.000 unidades habitacionales, 3.000 unidades comerciales, 2.400 unidades de tiempo compartido y 10.000 unidades hoteleras; y al igual que la nave de Verne circularía alrededor del mundo de manera  continua.

“La superestructura del buque propuesto, que se elevaría veinticinco pisos por encima de su amplia cubierta principal, abrigaría un espacio residencial, una biblioteca, escuelas y un hospital de primera clase, además de tiendas al por menor y al por mayor, bancos, hoteles, restaurantes, Casinos, oficinas, almacenes y empresas ligeras de fabricación y montaje.” Decía la empresa en su campaña publicitaria.

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Por lo pronto, el asunto sigue en proyecto, aunque en una primera instancia estaba proyectado para ser puesto en servicio en el 2013. Mientras tanto, si alguno quiere ir probando cómo es todo eso, podría abordar la nave llamada The World, la cual es más pequeña pero que sirve a los mismos propósitos. “El mar es nuestro mundo” dice en su página web; aunque mejor debería decir aquella frase de Oscar Wilde: “La naturaleza imita al arte”.

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Cartografía en tres dimensiones

En Maps Are Territories, de David Turnbull, de 1989 (pueden ver parte de su trabajo aquí), encuentro la siguiente historia: Cuando el oficial naval danés Gustav Holm estaba explorando la costa oriental de Groenlandia en 1885, un inuit llamado Kunit le dio este mapa de madera tridimensional:

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Las dos partes forman un todo: la talla inferior representa la costa de Sermiligak a Kangerdlugsuatsiak, y la superior representa a las islas en alta mar, frente a la costa. Los Inuit llevaban estos mapas en sus kayaks para navegar por las aguas entre las dos masas terrestres.

Como el “artefacto” me resultó curioso pero incomprensible, busqué algo más de información y encontré esta explicación, basada en la comparación con un mapa clásico de dos dimensiones (clásico, claro está, para nosotros), comparación que puede ayudarnos a entender mejor el significado de la talla de madera.

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Noto que cuando uno encuentra estas cosas en un primer momento lo considera algo curioso, pero luego se da cuenta de que ello no es más que una cuestión de etnocentrismo radical (por no decir egocentrismo, directamente) ¿Quién dice que un mapa tiene que tener dos dimensiones? Sólo la costumbre nos impulsa a pensar de determinada manera. Abrirse a cosas como estas también nos ayuda a impulsar nuestros propios aspectos creativos. Por ejemplo ¿de qué otra forma podríamos representar los accidentes geográficos? ¿De qué manera original podríamos establecer similitudes entre dos cosas totalmente diferentes? ¿De qué otro modo podríamos exponer lo que queremos decir? Eso, después de todo, no es otra cosa que lo que hacen los artistas o, en algunos campos, también los científicos. Otra forma de disminuir los límites entre el juego y la realidad.

Un mundo de perdedores.

Ser cool… Tomarse una foto con un funcionario público aunque ese funcionario público esté separado por una valla y esté rodeado de guardias de seguridad (alejados lo suficiente como para no salir en la foto, pero cerca como para romperte el cuello si piensas acercarte demasiado). Claro, también podemos ver a una asesina de guante blanco y aceptada socialmente porque se encarga de los otros, por ejemplo. Sea como fuere, lo grave del caso está a la izquierda de la fotografía. Un montón de descerebradas intentado una selfie que ni siquiera va a ser original (¿hay algo que lo sea en este mundo?). Y lo peor es que esas descerebradas y muchos otros de igual calibre son los que van a elegir a su (nuestro) presidente.

La democracia es una exageración de la estadística, dijo alguna vez Borges y, como siempre, tenía razón.

Tecnología y la &@#$^@$%#^*&^(%&*

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Un mes atrás sufrí un percance que seguramente a todos, de una u otra forma, les habrá sucedido. Un golpe dañó el disco duro de mi laptop. Los problemas posteriores son varios: además del gasto de dinero, lo peor es perder información; en mi caso casi todo el trabajo que hice en los dos últimos meses, por ejemplo (sí, sé que hay que hacer respaldos y todo eso; y lo hago, pero a veces uno se confía, se deja estar y pasa esto). Luego de arreglar el problema —en la medida de lo posible—, me dedico a reorganizar el nuevo aparato. Luego de unos días el feader, ese adminículo que nos avisa de las entradas de los blogs amigos, decide borrarse por sí mismo; ahora es el teclado el que decide declararse en rebeldía y bajo una estricta autonomía, hace lo que se le antoja. Desaparecen los signos y hasta alguna letra (la ñ, por ejemplo) y hay que andar buscándolos por todo el teclado hasta que por suerte se las encuentra en el otro extremo. De todos modos no sirve de mucho, cuando a la degenerada se le antoja vuelve a la configuración anterior y otra vez comienza la búsqueda de un signo de interrogación o de un acento.

No hace mucho tiempo que se hablaba del fin del libro y tonterías similares. Aquí tenemos un argumento de peso sobre un valor añadido al acto de recopilar la información importante en papel. Tenemos libros que llevan cuentos de años encima y que, por supuesto, son perfectamente legibles; cosa que no pasa ni pasará con las modernas tecnologías. Cuando apareció el CD parecía que se había encontrado la panacea universal ¡Toda una biblioteca cabe en un pequeño disco plástico! Al diablo con ello, los CD tenían una vida limitada (limitadísima) y por si fuera poco, las mismas tecnologías se ocuparon en que quedara caduco en menos de una década. Ahora con las plataformas digitales y demás, todo el saber humano cabe en… vaya uno a saber dónde. Hace unos días leí un artículo sobre las futuras computadoras cuánticas o atómicas, las cuales podrán guardar el equivalente a todo lo que los seres humanos han escrito en una memoria del tamaño de un sello postal. Eso sí, que no se te corte la luz, hermano, porque vas a quedar, literal y metafóricamente, bien a oscuras.

Mi smartphone al óleo.

La venus del espejo - Diego Velázquez

La venus del espejo, Diego Velázquez

Ayer usé como imagen para ilustrar la entrada una variante de la muy famosa pintura Wanderer above a Sea of Fog, de Caspar David Friedrich, la cual pertenece a la serie Cómo serían las obras de arte clásicas si sus modelos tuviesen artefacto móviles. Desconozco quién es el autor o los autores de estos trabajos; pero quien haya sido logró, con una buena dosis de humor de por medio, un galería que interactúa con la realidad actual de una forma más que interesante.

Les dejo varias otras obras modificadas (algunas muy bien hechas, otras no tanto) para que las juzguen ustedes mismos. Como siempre, para verlas en mayor tamaño pueden hacer clic sobre una de ellas. Allí también tendrán los datos de cada una de las obras originales.

La máquina de escribir de Lewis Carroll.

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Borges cuenta que después de leer “Alicia en el país de las Maravillas” Victoria Ocampo le escribió al autor una carta pidiéndole otros títulos que tuviera publicados. Charles Dogson (Lewis Carroll) le mandó, para su desconcierto, una lista de libros de lógica. Esa carta fue escrita en esta máquina de escribir Hammond Nº 1 que Carroll adquirió en mayo de 1888. Eso es, en realidad, falso; parece ser (pero sólo parece, ya que tampoco hay pruebas de ello) que la persona que pidió más libros de Carroll luego de leer las aventuras de la querida Alicia fue nada menos que la Reina Victoria. En otros sitios he leído que Carroll escribió Alicia en el país de las maravillas en esta máquina, pero eso no es así; Alicia en el país de las maravillas fue escrita en 1864 (éste año se celebró, por lo tanto, el 150° aniversario de ese maravilloso libro e incluso The Morgan Library expuso los originales de la obra). Carroll utilizó esta máquina Hammond Nº 1 para escribir un tratado de matemática y parte de su correspondencia. En 2012 la máquina llegó a una pequeña casa de subastas en Inglaterra y fue adquirida por el escritor Charlie Lovett, quien siguió investigando sobre ella y quien publicó algunos artículos sobre ella (parece ser que el mismo Carroll introdujo algunas modificaciones en el mecanismo, lo cual hace que esa Hammond Nº 1 tenga aún más valor, supongo).

Hace un par de años escribí sobre la máquina de escribir de Nietzsche, quien quiera ver esa otra maravilla técnica y cómo influyó en el filósofo alemán, puede pasar por aquí.

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Seis libros en uno.

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No todos los días se ve un libro que se puede leer en seis formas completamente diferentes, y este pequeño libro de la Biblioteca Nacional de Suecia es, sin duda, una maravillosa anomalía. Según el historiador de libros medievales Erik Kwakkel, este texto del siglo XVI tiene seis pares de ganchos estratégicamente colocados que hace posible que los seis libros sean perfectamente unidos en una solo. Este volumen en particular contiene textos devocionales, incluyendo el de Martin Luther Der kleine Catechismus, que fue impreso en alemán entre los años 1550 y los años 1570.

A pesar de que podría ser difícil mantener el orden de lectura en este libro, no se puede ignorar que la ingeniería del mismo es toda una hazaña. En la era de la Kindle, del Nook y del iPad, es un buen recordatorio del ingenio artesanal; y una clara muestra de por qué los libros no desaparecerán.

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