Breve comentario sobre la felicidad (II)

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La pregunta sobre la felicidad, creo, está mal formulada. En lugar de buscar comprender qué es la felicidad o cómo encontrar la receta (como si ello fuera posible) para conseguirla, lo que creo que hay que preguntarse es: ¿Por qué a la gente le cuesta tanto ser feliz? Mi modesta respuesta es que esto es así por dos motivos: porque la gente busca la felicidad donde no está y porque la gente busca la felicidad.

Me explico: la gente busca la felicidad donde no está y se niega a ir donde sí está. Erran, de manera casi compulsiva, el camino, yendo en sentido contrario, de en lugar de ir hacia lo interior van hacia lo exterior. Buscan la felicidad en las compras compulsivas, en la adquisición de lo que sea (objetos, dinero, poder, personas) y no en lo contrario, que es en dejar ir, en soltar, en reducir. Y esto que todos saben o que todos han leído en algún momentos es algo bastante difícil de llevar a la práctica, es cierto; pero también es indispensable. Es por eso que la mayoría opta por el camino cómodo. Al ver una idea de este tipo dice «¡Qué bonito!», comparte la idea en una red social y luego se va a comprar algo, lo que sea.

Lo segundo es que la gente busca la felicidad cuando lo que debe hacer es encontrarla. En general uno no es feliz; sino que está feliz. La pequeña diferencia aquí radica en que ser feliz implicaría una continuidad de ese estado de ánimo, lo cual sería intolerable (una persona constantemente feliz terminaría convirtiéndose en un imbécil insoportable). El segundo estado es más natural. Uno está ocupado en sus cosas, es decir, viviendo, como siempre y, de manera repentina algo —una melodía, un ser querido, un recuerdo, un hallazgo, una idea— nos conmueve y somos, por un momento, más o menos felices. Luego, querer persistir en la extensión de ese estado es, como dije, absurdo. Saber valorarlo, disfrutarlo mientras dure (algunos demasiados fugaces, otros, más persistentes) y saber dejarlos ir es todo un aprendizaje, para lo cual ayuda —y no poco—, saber que más tarde o más temprano una nueva sensación (un nuevo algo) vendrá a sacudir nuestra rutina y a regalarnos, así, un nuevo momento de felicidad.

Y mientras vamos viviendo, que no es poco; vivir sin buscar nada con demasiado ahínco; solo viviendo y estando atentos, porque a veces estos momentos son demasiado volátiles y no es cuestión de andar desperdiciando felicidades porque sí.

México inagotable

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Mi México es inagotable, lo cual es una virtud que agradece este ser inquieto que siempre está tratando de conocer algo nuevo o de encontrar algo que despierte a ese hermoso gusanito de la curiosidad. A lo largo de estos años, en los que he podido recorrer cierta parte de este enorme país (nueva ventaja: siempre me quedará algo nuevo por recorrer), he visto que cada zona muestra con orgullo sus tradiciones culturales; las cuales incluyen la gastronomía, las danzas, los ritos, la vestimenta. Sobre este último punto hoy quiero compartirles uno de esos hallazgos de los que hablé al principio. Uno de esos simples detalles que cambian todo lo que uno verá a continuación.

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Acabo de encontrar un artículo que, entre otras cosas, me ha enseñado que aquello que yo veía sólo como una mera forma decorativa, tiene, además, un profundo sentido simbólico. Una síntesis de esos significados podrán verla en la imagen siguiente:

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Ahora podría decir «Bueno, muy interesante. Y qué bonito. Ya, felicitaciones» e irme muy tranquilo a comprar una artesanía o a tomar un refresco; pero no puedo minimizar ese tipo de cosas y no porque no pueda hacerlo, sino porque no quiero; porque siento que estoy perdiendo algo que excede lo meramente decorativo o artesanal. No puedo dejar de ver, en cada muchacha que pasa caminando por la plaza (porque aquí es común que todavía se usen estos trajes diariamente, y no solo en las festividades o celebraciones locales), que lleva en su falda, en su corpiño o en los volantes, una síntesis de México todo: allí, en esas formas geométricas bordadas con esmero, lucen y danzan las estrellas y las flores; las serpientes se mueven sinuosas, las mariposas parecen posarse en los árboles y hasta el universo todo es sólo una parte más de la danza y el color. Aquí todo es siempre nuevo y siempre renovado. ¿Cómo no estar feliz de ser de aquí?

Lo dije: México es inagotable.

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El discreto encanto de ser humano (Parte III de III)

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Una de las discusiones más fuertes que vienen dándose en este último tiempo; magnificada, también, por los alcances de la pandemia que estamos sufriendo, es el del alcance y la responsabilidad que le cabe al sistema capitalista en toda esta cuestión. Más aún, a quien se apunta es al capitalismo tardío, neoliberalismo o capitalismo salvaje (cualquiera de las tres expresiones señalan a lo mismo, sólo que alguna lo hace de manera más literal y otra lo hace de manera más permisiva), quien es el que parece no tener control ni permitir, tampoco, que nadie intente tal cosa (es decir, controlarlo. No hay más que ver lo que sucedió hace pocos días en Wall Street).

El gran «caballito de batalla» de este sistema económico-ideológico es la llamada «meritocracia», la cual vendría a sintetizar todo en un sencillo «Si tiene, es porque se lo ganó; si no tiene, es porque no ha hecho lo suficiente»; dejado de lado, por supuesto, todas aquellas variables que forman parte de la existencia humana y de la que, en líneas generales, quienes sostienen esta faceta ideológica, están exentos en un alto grado.

En mi caso, la foto con la que abro esta entrada es estupenda para plantear el asunto desde el otro ángulo, desde el otro punto de vista. Ante ella, un liberal (o capitalista tardío o un neoliberal; no creo que le gustaría que lo llame capitalista salvaje) diría algo así como: «Si a pesar de las condiciones externas, como repartidor le conviene entregar pedidos, quiere decir que elige libremente y prefiere ganar dinero a quedarse parado». Yo creo que la pregunta es la contraria: si el repartidor fuese libre, ¿elegiría entregar pedidos en plena nevada con la ciudad en ese estado? Lo que nos lleva a otra pregunta: ¿puede haber libertad si no están garantizadas las condiciones que nos permiten ser libres? ¿Qué libertad de elección existe cuando la decisión está subordinada a la necesidad?

La biblioteca oculta del monasterio de Sakya

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En el año 2003 fue hallada, en una pared sellada de 60 metros de largo y 10 de alto, en el templo budista del monasterio de Sakya, una enorme biblioteca que contenía cerca de 84.000 rollos. Por supuesto, semejante cantidad de textos llevará años en ser estudiados y catalogados; pero por lo pronto se espera que la mayoría de ellos resulten ser escrituras budistas, aunque también pueden incluir obras de literatura, historia, filosofía, astronomía, matemáticas y arte. Esos libros permanecieron intactos por cientos de años y están siendo examinados por la Academia Tibetana de Ciencias Sociales.

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El Monasterio Sakya (también conocido como Pel Sakya; “Tierra Blanca”) es un monasterio budista situado a 25 km al sureste de un puente que está a unos 127 km al oeste de Shigatse en la carretera a Tingri en el Tíbet; así que llegar allí no es fácil (pero sin duda que valdría la pena el esfuerzo). Es la sede de la escuela Sakya (o Sakyapa) de budismo tibetano y fue fundado en 1073 por Konchok Gyelpo. Después del levantamiento de Lhasa del 10 de marzo de 1959 para proteger al 14º Dalai Lama del Ejército de Liberación del Pueblo Chino Comunista, la mayoría de los monjes del Monasterio Sakya se vieron obligados a irse. Dice Dawa Norbu (politólogo y Profesor de Estudios Asiáticos): “Anteriormente había unos quinientos monjes en el Gran Monasterio Sakya, pero a finales de 1959 sólo quedaban 36 monjes ancianos”. La mayoría de los edificios del monasterio están en ruinas , porque fueron destruidos durante la Revolución Cultural .

Creo que fue una enorme fortuna que esos volúmenes se encontraran ocultos detrás de esa pared, ya que uno tiembla al pensar en lo que hubiese sucedido con ellos de haber caído en manos de las hordas rojas de mediados del siglo pasado. Salvados así de la barbarie, hoy podemos regocijarnos, aunque más no sea con la apreciación de su belleza intrínseca; ya que estamos imposibilitados de leerlos (al menos la mayoría de nosotros, claro está). No dejo de pensar en cuáles otras maravillas están esperando detrás de vaya a saber uno qué pared o escondite.

Una pequeña galería de fotos del monasterio y de la biblioteca. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

La salvación por la escritura

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De Emil Cioran, el gran pesimista, les dejo un fragmento de sus Conversaciones, donde explica porqué escribe y porqué siguió escribiendo sin detenerse nunca. Creo que hay algunos de quienes pasan por aquí que podrían verse reflejados en algunas de sus palabras (no creo que en todas, por su bien espiritual; parecerse en exceso a Cioran no es algo demasiado deseable, eso es seguro); pero sí al menos en las que se refieren a la necesidad de escribir, aun cuando nadie vaya a leer ese trabajo. (aquí debería ir una conclusión, pero sería redundante y menos elegante que la que se encuentra en el texto que dejo a continuación. Vayamos a él).

Tras la aparición en español de Brevario, dos estudiantes andaluces me preguntaron si era posible vivir sin “fundamentación”. Les respondí que era cierto que no he encontrado en ninguna parte un cimiento sólido y que sin embargo he logrado durar, pues con los años se acostumbra uno a todo, incluso al vértigo. Y además no velamos ni nos interrogamos constantemente, siendo como es la lucidez absoluta incompatible con la respiración. Si fuéramos en cada instante conscientes de lo que sabemos, si, por ejemplo, el sentimiento de la falta de fundamento de todo fuera a la vez continuo e intenso, nos liquidaríamos y nos dejaríamos invadir por la idiotez. Se existe gracias a los momentos en que se olvidan ciertas verdades, y ello porque durante esos intervalos se acumula la energía que permite afrontar dichas verdades. Cuando me desprecio, para recuperar la confianza me digo que, después de todo, he logrado mantenerme en el ser o en una apariencia de ser con una percepción de las cosas que pocos hubieran podido soportar. Varios jóvenes en Francia me han dicho que el capítulo del Brevario que les ha interesado más es “El autómata”, esa quintaesencia de lo intolerable. A mi manera, debo de ser un luchador, puesto que no he sucumbido a mis obsesiones.

Los dos estudiantes me preguntaron también por qué no he dejado de escribir, de publicar. No todo el mundo tiene la suerte de morir joven, les respondí. Mi primer libro, de título rimbombante —En las cimas de la desesperación— lo escribí en rumano a los veintiún años, prometiéndome no volver a escribir nada más. Luego escribí otro, y me hice la misma promesa tras acabarlo. La comedia se ha repetido durante más de cuarenta años. ¿Por qué? Porque escribir, por poco que sea, me ha ayudado a pasar de un año a otro, dado que las obsesiones expresadas se debilitan y se superan a medias. Escribir es un alivio extraordinario. Y publicar no lo es menos. Un libro que aparece es nuestra vida o una parte de nuestra vida que se convierte en algo externo, que deja de pertenecernos, que ha cesado de agobiarnos. La expresión nos disminuye, nos empobrece, nos descarga del peso de nosotros mismos, la expresión es pérdida de substancia y liberación. Ella nos vacía, es decir, nos salva, nos despoja de una plétora que estorba. Cuando se execra a alguien hasta el punto de querer liquidarlo, lo mejor que se puede hacer es coger un folio y escribir un buen número de veces que es una canalla, un truhán, un monstruo; tras ello, se da cuenta uno cuenta de que se le odia menos y de que apenas se piensa ya en la venganza. Eso es más o menos lo que yo hago conmigo mismo y con el mundo. Extraje el Brevario de mis bajos fondos para injuriar a la vida e injuriarme. El resultado fue que me he soportado mejor como he soportado mejor la vida. Cada uno se cura como puede.

Emil Cioran, Conversaciones.

Una anécdota sobre, y un poema de, Oliverio Girondo

Espantapájaros, de Oliverio Girondo. Primera edición.

En mi última visita a Buenos Aires, mientras caminábamos con L. rumbo al clásico barrio de San Telmo, nos encontramos, de manera casual, con un museo bastante particular (tanto es así que ni siquiera recuerdo su nombre ni su ubicación). En realidad era una de las muchas casas antiguas del Buenos Aires del principios del siglo XX: de estilo francés y con espacios amplios, grandes ventanales, baldosas traídas de vaya uno a saber dónde (Italia, Francia o Portugal, seguramente), escaleras de mármol, balaustradas de metal forjado y apoyamanos de madera tallada y lustrada. El museo, al menos en un aspecto exterior, no era más que una puerta con una placa y, si uno pasaba por allí distraído no lo hubiese notado en lo más mínimo. Entramos con cierto recelo ya que, como dije, todo tenia el aspecto de una mera casa antigua y nada más, pero enseguida nos encontramos con un amable señor que nos indicó el piso superior, asegurándonos que el museo estaba allí, esperando a los visitantes.

No había demasiado para ver, realmente; más que nada eran curiosidades de la propia cultura porteña, lo cual no estaba mal, pero tampoco era para tanto. Bueno, eso fue así hasta que entramos a una habitación y nos encontramos con un monigote de más de dos metros de alto que representaba a un hombre vestido con un impermeable cerrado, galera, guantes blancos, monóculo y una flor en el ojal (yo mido un metro ochenta y apenas alcanzaba a su hombro, L. pasaba un poco la altura del codo). Miro al hombre que nos acompañaba y le digo “Esto se parece a…” y él, sonriendo con no poca picardía y placer me dice “No se parece. Es“. Me quedo de una pieza. Supuse que ese monigote ya había sido destruido hacía más de cincuenta años, por lo menos…

Su historia es simple y, para los amantes de la literatura argentina, un verdadero clásico: en 1932 Oliverio Girondo publica Espantapájaros, el que sería su tercer libro de poemas; y para promocionarlo, no se le ocurrió mejor idea que la de construir (o hacer construir) al personaje de la portada, colocarlo sobre una carroza fúnebre que alquiló para la ocasión, y dar vueltas y vueltas por las calles de Buenos Aires promocionando su libro. La estrategia dio resultado: en pocos días la edición se agotó.

Y eso es todo, al menos lo era para mí hasta que encontré al famoso espantapájaros en un rincón de una vieja casa porteña, donde funciona un museo cuyo nombre no recuerdo.

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Y como cierre, dedicado en lo personal a L., el poema de Oliverio Girondo que le da título al libro: Espantapájaros

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No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible

no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?

¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
“¡María Luisa! ¡María Luisa!”… y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes…
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?

¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

El último cuadro de van Gogh (misterio resuelto)

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Vincent van Gogh – Raíces de árbol. 1890

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El cuadro Raíces de árbol, pintado hace 130 años por Vincent van Gogh a solo unas horas de su muerte, representa una colina del pueblo francés de Auvers-sur-Oise, un descubrimiento inédito anunciado este martes, en el aniversario de su fallecimiento.

El cuadro refleja el tronco y las raíces de varios árboles grandes que sobresalen de la pendiente de una colina, junto a la que pasa un camino de piedras, la calle Daubigny, que cruza Auvers-sur-Oise, y pasa a pocos metros de la calle que sus vecinos bautizaron como la Rue Van Gogh, en recuerdo del pintor holandés.

Los expertos en la vida del artista llevaban 130 años especulando sobre el lugar donde Van Gogh había pintado ese lienzo, el último, y fue Wouter van der Veen, director científico de la fundación francesa Institut Van Gogh, quien dio con este descubrimiento, primordial para conocer las últimas horas de vida del pintor.

Van der Veen tenía escaneada en su ordenador una postal en blanco y negro, que data de entre 1900-1910, en la que aparece un desconocido de espaldas sujetando una bicicleta con la mano derecha, delante de una colina de la que sobresalían varios árboles, una imagen que le recordó a uno de los cuadros de Van Gogh que ya había visto en Ámsterdam.

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Aunque el paisaje que aparece en la postal es de un par de décadas después del lienzo, se puede ver con claridad que ambas representan la misma configuración de una colina, que simboliza la vida y la muerte de Van Gogh, según Louis van Tilborgh, veterano investigador del Museo Van Gogh de la capital holandesa.

Cuando el pasado mayo se levantaron las restricciones a la movilidad, impuestas en Francia para frenar los contagios del coronavirus, el experto viajó al pequeño pueblo francés para verificar su teoría sobre Raíces de árbol, el cuadro que Van Gogh planteó el 27 de julio de 1890, y que nunca llegó a terminar, al morir horas después por herida de bala.

«Cada elemento de esta misteriosa pintura puede explicarse al observar la tarjeta postal: la forma de la ladera, las raíces, su relación entre sí, la composición de la tierra y la presencia de un lado empinado de una piedra caliza», analiza el autor del descubrimiento, presentado este martes a la prensa.

El lugar está a 150 metros de Auberge Ravoux, la posada en Auvers-sur-Oise donde Van Gogh se quedó los últimos 70 días de su vida y, para la sorpresa general, el tronco del árbol más grande que aparece en el cuadro todavía sigue presente y es totalmente reconocible a la hora de compararlo con el lienzo.

El paisaje dibujado “coincide también con la costumbre de Van Gogh de pintar sitios de su entorno inmediato”, mientras que la luz del sol reflejada en el cuadro indica que las últimas pinceladas las pintó durante las últimas horas del atardecer, lo que añade aún más información sobre aquel día en el que se cree que el artista se disparó.

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Texto tomado del artículo “Raíces de árbol” de Van Gogh: los secretos del cuadro que precedió su muerte, del diario Página/12. Para ver el artículo completo, pueden ir aquí.

Voy, sí

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Clarice Lispector

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Comparto este texto de Clarice Lispector sin saber su título y sin poder clasificarlo: ¿Poema en prosa, prosa poética, semblanza? No importa; las clasificaciones son sólo una forma de orden y nada más. Vamos a él, entonces, y que hable por sí mismo (y vaya si o hace):

 

Más allá de la oreja existe un sonido, en el extremo de la mirada un aspecto, en las puntas de los dedos un objeto: es allí adonde voy. En la punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espada la magia: es allí adonde voy. En la punta del pie el salto. Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí adonde voy. ¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Yo os espero. Es allí adonde voy. En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra “tertulia”, y no sé dónde ni cuándo. Al borde de la tertulia está la familia. Al borde de la familia estoy yo. A la orilla de mí estoy yo. Es hacia mí adonde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un rincón para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé sobre qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En el extremo de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras.¿Palabras al viento? ¿Qué importa,los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo a la orilla del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, perro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

Lobos de mar

 

Pescador 01

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Descalzo el pie sobre la arena ardiente,
ceñida la cabeza de espadañas,
con una caña entre las verdes cañas,
que al Tajo adornan la famosa frente,
tiende sobre el cristal de su corriente
su cuerda el pescador, y por hazañas
tiene el sufrir que el sol por las montañas
se derribe a las aguas de occidente.

Así comienza Lope de Vega su poema Descalzo el pie sobre la arena ardiente y uno siente que está hablando, a través del tiempo, de los últimos pescadores de la isla griega de Paros. Muchos de los que por aquí pasan saben de mi debilidad por los retratos, debilidad que excede el mero marco artístico y que se adentra en lo que suelen decirme (o, dicho con mejor tono, con lo que suelo ver) esos rostros que me miran desde la imagen. Ya he hablado aquí de los trabajos de Steve McCurry, Jay Weinstein, Michael Ackerman o de Jan Banning; a los que hoy sumo un nuevo nombre. Copio del sitio web donde se encuentra este trabajo que he encontrado ahora:

Christian Stemper es un fotógrafo que, desde 2010, ha estado documentando a los últimos pescadores individuales restantes y sus barcos, en la isla griega de Paros. El documental fotográfico LUPIMARIS está dedicado a la historia, las historias y los rostros de los pescadores griegos y sus tradicionales y coloridos barcos de madera.

La mitad de los barcos que fueron fotografiados en 2010 ya no existen: destruidos, abandonados o vendidos a turistas. Debido a que ya nadie quiere convertirse en pescador, las embarcaciones de pesca tradicionales están muriendo y, por lo tanto, también lo hace una tradición milenaria. Son los últimos de su tipo y están en estado de extinción.

No hay mucho que agregar. Cuando un trabajo habla por sí mismo lo único que uno puede agregar es un lugar común, o dos, a lo sumo. Dejo a continuación una breve galería con fotos que parecen iguales pero que, sin duda, no lo son. Todas hablan o vibran en diferentes frecuencias, las que son, al mismo tiempo, armónicas. La humanidad subyace en esos retratos y todos estamos reflejados en ellos.

Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic en una de ellas. Pueden ir al sitio oficial del documental, aquí.

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Los ojos de los elefantes

En los últimos tiempos, este asunto del maltrato animal, del trato animal, de los animales en sí, se me ha ido tornando en una obsesión. Creo (quiero creer) que estamos lo suficientemente maduros como para empezar a ver las cosas como son, que los animales son seres que sienten, desean, sufren, etc. Creo (quiero creer) que ya estamos más que sobrepuestos a la estupidez cristiana que nos colocaba por delante y por encima de todas las criaturas de la tierra: «El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra, y en todos los peces del mar; en vuestra mano son entregados» (Génesis 9:2). Es hora de que dejemos de ser tan hipócritas y olvidar tanta palabrería hueca y falsa. Si somos seres inteligentes (los más inteligentes decimos, ya que no los más modestos), comencemos a actuar como tales, ya que eso es lo que nos convierte en lo que somos: el acto, no la exposición elegante de ellos.

Hace unos días salió a la luz la noticia de la muerte de una elefanta preñada por haber comido una piña con explosivos. Esto me trajo a la memoria a algunos casos particulares que siempre tengo presentes por un detalle en particular: los ojos, la mirada de estos animales. Como con todo en esta vida, tenemos nuestras filias y nuestras fobias. De las segundas no hablaré ahora, de las primeras, de las muchas que forman ese conjunto, los elefantes ocupan un lugar especial. ¿La razón? Pues tal vez la única palabra que pueda sintetizar lo que siento ante ellos es asombro. No por nada el hinduismo le brinda un lugar de preponderancia entre sus dioses, cosa que no está nada mal. Si hay algún animal que puede llegar a entrar en la categoría de dios, esos son los elefantes.

Dije que después de la noticia de la muerte de esta elefanta preñada, no pude menos que recordar algunas historias de humanos y de elefantes; más precisamente del accionar de los primeros y de los ojos de los segundos. Busqué las imágenes con no poco dolor, lo reconozco, porque ello me es inevitable. Hay algo allí que excede lo que mi entendimiento puede llegar a captar. Lo que veo en esas miradas no puedo traducirlo ni, tampoco, quiero hacerlo. Sé que esa tarea será imposible y el solo intento eso será siempre inexacto.

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La primera de las fotos es la de un elefante siendo transportado para un circo. La segunda, la que viene a continuación, trae consigo una historia que será breve: Tyke fue una elefanta perteneciente al Circo Internacional de Honolulú que el 20 de agosto de 1994, después de huir durante una presentación en el Neal Blaisdell Center, murió de 86 disparos por la policía. El animal tenía apenas veinte años y, harta del maltrato diario, huyó, hiriendo a dos personas. La brutalidad de la escena hizo que Tyke fuera, a partir de allí, la imagen de los derechos de los animales. Yo sigo sin poder apartar mi mirada de la suya.

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Tyke

Pero como todos sabemos, esto es moneda corriente, nada que no sepamos ya. Recuerdo que alguna vez escribí sobre estos animales. Busco la entrada y veo que tiene ocho años, lo cual es nada en ninguna escala temporal; sólo me causa una profunda molestia tener que volver a escribir sobre el mismo desagradable tema después de tanto tiempo.

En esa entrada conté los casos de Topsy, una elefanta a la que electrocutaron en el Luna Park de Conney Island en el año 1903. Eran los tiempos turbulentos del inicio de la electricidad y de todos los horrores que alumbraría el siglo XX. Topsy tenía 28 años y había sido una de las principales atracciones del parque, una magnífica elefanta de tres toneladas que hacía las delicias de los visitantes. Sin embargo, sus violentos arrebatos le llevaron a matar a tres hombres en menos de tres años, el último de ellos el borracho de su cuidador, que le daba de comer cigarrillos encendidos. Los propietarios de Luna Park decidieron deshacerse de Topsy. Probaron con zanahorias untadas de cianuro, pero no funcionó. Entonces se les ocurrió la idea de sacar dinero con el asunto y anunciaron que Topsy sería ahorcada públicamente por sus crímenes. El anuncio despertó las protestas de los defensores de animales, que consideraron que colgar a un elefante era inhumano, así que buscaron otra solución.

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Topsy

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Fue entonces cuando el prestigioso Thomas Alva Edison en persona propuso que utilizaran un sistema que él y uno de sus colaboradores venían desarrollando desde hacía algunos años. Concretamente desde 1890, año de la primera ejecución con silla eléctrica en el estado de Nueva York. A las asociaciones de animales les pareció que freír a un elefante era una forma más «humana» de matarlo.

Casualmente, la compañía de Edison, promotora de la corriente continua, se disputaba entonces el control del sistema eléctrico estadounidense con la compañía Westinghouse. Para desacreditar a su adversario, el gran Nikola Tesla, Edison había declarado que el sistema de corriente alterna de la Westinghouse era una verdadera amenaza para los hogares, y aquel experimento le ayudaría a demostrarlo. (No en vano, ya había pasado diez años electrocutando perros y gatos en su laboratorio para demostrar los peligros de la corriente alterna).

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Mary. colgada a principios del siglo XX

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Supongo que no es necesario que termine esta entrada con las preguntas de siempre, porque de tan obvias no creo que sean necesarias. Sabemos cuáles son y que todas son variantes que incluyen como eje central actividades humanas como el circo, los zoológicos y acuarios, la tauromaquia, la cacería deportiva. Cada cual responderá a esas preguntas según su buen saber y entender. Lo único que yo sé es que, en lo que a mí respecta, no habrá nadie que pueda justificar lo que veo en los ojos de esos elefantes. La razón no sirve para esas cosas.