Apuntes de salitre o la pasión a flor de piel

Hace unos pocos días he recibido, con no poco placer, el libro de María Jesús Beristain Apuntes de salitre, el cual había estado esperando con no pocas expectativas. Muchos de los que aquí pasan conocen a María por los escritos en su blog ; pero es muy diferente leer la obra de alguien de manera fragmentaria a tener todo un volumen con sus trabajos (en este caso, con sus poesía). Vamos, entonces, al libro en sí mismo.

 

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En una primera lectura veo que la mayor parte de los poemas de Beristain son, podría decirse, poemas de amor; pero eso sólo ocurre, como dije, en una primera lectura, la cual, como bien se sabe, sólo es apta para hacerse de una idea general de lo que tenemos entre manos. En una lectura posterior, más pausada, veo que si bien el eje central de los poemas son la visión romántica de un estado espiritual (ya vemos aquí que no podemos decir “poemas de amor”, con tanta simpleza) los versos de la poesía de Apuntes de salitre exceden la idea de un amor presente (presente y ausente al mismo tiempo y uno que ha brindado no pocas satisfacciones a la poeta). En estos poemas la evocación de aquella pasión no se convierte en lacrimógenos versos, sino en precisas metáforas de orgullosa vida; vida vivida (si se me permite la aliteración) con la misma pasión con que se ha amado. Los poemas de María Jesús Beristain son un ejemplo de pasión vital; de deseo de vivir a pesar de ya haber vivido algo (y bien, por fortuna). Esa pasión por la vida es la misma pasión que se siente en el amor y ambos términos pueden ser cambiados haciendo que todas las expresiones que así se obtienen son igualmente válidas: la pasión por la vida es la misma que la pasión del amor; la pasión del amor es la misma que la de la vida y aquí, en Apuntes de salitre encontramos la unión (como corresponde a toda poesía) en la síntesis metafórica: cada verso, desde el más romántico hasta el más sensual, nos remiten —aunque están escritos con un hombre en particular en la pluma de la poeta— con la misma intencionalidad, a la vida misma. Abro el libro al azar y leo:

 

Adagio

 

¡Cuánto musgo
detenido
llevo esta mañana
ensortijado
en las pestañas…!

 

Cada vez que intento esconderme
del adagio ardiente de tus manos
una música de algas extraviadas
me invade
y un terror deliciosísimo
me diluye,
abismal y diversa, entre tus dedos
de infinitos senderos…

 

 

Vale este poema como ejemplo de lo que digo. Si el poema sólo tuviese como destinatario a alguien en particular, no tendría más valor que el de una mera nota o carta en la que se establecería un diálogo privado; pero la poeta, a pesar de que parta de una subjetividad imposible de soslayar, habla de aquello que excede a lo meramente personal. Es entonces que Apuntes de salitre es una oda a la vida desde la pasión y con toda la pasión (y la sutileza) que la poeta puede volcar en una página. Valga, como otro ejemplo, este poema (y ustedes juzgarán a quién se lo escribe María Jesús Beristain o cuáles son los alcances de su poesía):

 

Pretil de piedra

 

Mira la piedra el poeta,
más allá se recuesta en el pretil
y saborea
la humedad de unos labios
en el silencio de las horas,
siesta de pétalos de seda
salvaje,
laberinto de sombras
ávidos lazos de sangre y sueños
cautivos
de un jardín sin dueño.

 

María Jesús Beristain

 

Apuntes de salitre puede leerse, entonces, como lo que es: un libro de poemas donde la autora nos invita acceder a lo más íntimo de sí (cada poema es hijo de una subjetividad insoslayable, ya lo dije); pero también puede (y creo que debe) leerse como un libro que nos abre las puertas a algo que va más allá. En mi caso encontré una pasión entre contenida y desbocada (¡vaya paradoja!) por la vida. ¿Qué encontrará cada uno de los otros lectores? Vaya uno a saberlo. Pero eso es lo bello de la poesía y de los libros: dialogamos en la lectura de cada verso, de cada página y, en ese sentido, cada poema de Apuntes de salitre es una charla que mantenemos con María Jesús Beristain y  con su pasión por la vida.

 

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No importa

 

Hoy sólo comparto un poema del gran José Emilio Pacheco. Como corresponde, el poema dice todo por sí mismo, así que de nada servirá lo que yo pueda agregar. Aquí el poema, entonces, y mi huida.

 

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La flecha

No importa que la flecha no alcance el blanco.
Mejor así.
No capturar ninguna presa,
no hacerle daño a nadie,
pues lo importante
es el vuelo, la trayectoria, el impulso,
el tramo de aire recorrido en su ascenso,
la oscuridad que desaloja al clavarse,
vibrante,
en la extensión de la nada.

 

José Emilio Pacheco

El predicador

 

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Es por demás conocida aquella expresión con la que Friedrich Nietzsche comienza su Zarathustra: «¡Oh, Sol, qué sería de ti sin aquellos a quienes iluminas!». También podríamos invertir la ecuación y preguntarnos ¿Y qué sería de nosotros sin él? Este poema de Mary Oliver nos marca el camino que podemos tomar si consideramos todo el conjunto con sencillez y humildad. También es una buena formad de comenzar el día, después de todo, la poesía no es más que otra forma de luz y calor.

Por qué despierto temprano

Hola, sol en mi cara
hola, tú que haces la mañana
y la extiendes sobre los campos
y en las caras de los tulipanes
y las glorias del amanecer, asintiendo
y en las ventanas del miserable
y también del irascible.

Eres el mejor predicador que haya existido alguna vez,
querida estrella, eso simplemente sucede
estás donde estás en el universo
para mantenernos lejos de la oscuridad,
para alegrarnos con un toque cálido,
para mantenernos en tus grandes manos de luz
buenos días, buenos días, buenos días.

Mira, ahora, cómo empiezo mi día
en felicidad, en bondad.

Mary Oliver

Charlando con Diógenes

 

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Estábamos con L., dando el habitual paseo nocturno cuando nos sentamos en una de las bancas de piedra de la plaza. L. me hace unas señas y veo a un hombre (me cuesta llamarlo “indigente”) sentado en el extremo del banco. En un primer momento no veo lo que me señala, pero luego sí: una pequeña perra, de unos pocos meses, se acurruca en su falda. Ambos duermen con tranquilidad. Poco a poco la perra se va deslizando y parece que va a caerse, pero el hombre, como una madre atenta aún durante el sueño, vuelve a acurrucarla y su regazo y entrelaza sus dedos para que así la cachorra esté más cómoda.

Le digo a L. «¿Te diste cuenta? Es Diógenes». Aclaro que mi fascinación por el filósofo griego es tal que la imagen que ilustra esta entrada también es el fondo de pantalla de mi laptop, así que la referencia no fue gratuita ni tuve que añadir nada más. L. sabía lo que yo le decía, aunque nunca supusimos que eso pasaría a ser algo un poquito más real. Me explico:

Algunos minutos después el hombre despierta y le preguntamos por la perra y una cosa llevó a la otra y mantuvimos una larga charla en ese banco de piedra de la plaza de Morelia. Él se llama Javier y constantemente se refería a su perra (“Chiqui”) como “Su mejor amiga”, “su juguete favorito”, “su mascota preferida”. Nos contó su historia y, en un momento dijo algo único: “Yo no molesto a nadie y sólo quiero que nadie me moleste”.

Si Schopenhauer tiene razón (y en general la tiene), cuando una persona observa algo con desapego artístico, es la misma persona que lo observó antes, no importa si fue hace doscientos años, si es ahora o si será dentro de otros doscientos años. Ese desapego emocional que nos permite el arte y el pensamiento hacen que nos separemos de la mediocridad general de ser un mero humano para pasar a ser algo más; algo que excede a esta pequeña cosa que somos. Si Schopenhauer tiene razón (y en general la tiene), ese hombre, en ese momento fue Diógenes. Esas palabras son las mismas que Diógenes le dijo a Alejandro Magno: «Quítate que me tapas el sol». Esa imagen que tuve al principio, la del vagabundo con su perro durmiendo mientras el mundo se afana en sus cosas triviales (mientras todos pasan mirando sus teléfonos móviles; mientras pasan con sus bolsas de la tienda de moda, mientras sacan de sus bolsillos las llaves para poner en marcha el auto) se convirtió en una realidad minutos más tarde cuando el filósofo me recordó que nada es más importante que la paz interior y que yo, todavía, tengo demasiadas cosas

L. y yo tuvimos la suerte, al menos por un instante, de charlar con el mismísimo Diógenes, quien viajó a través del tiempo para decirnos, a su modo, que nos corriéramos un poco y no le tapáramos el sol.

Poemas por metro

Uno de los aspectos más difíciles a la hora de escribir un libro es el de la disciplina que se hace necesaria para ello. En general uno de los problemas más comunes para casi todos los escritores es el de encontrar el momento o la inspiración necesaria para abocarse de lleno a su trabajo. Es así que son muchos los que han buscado de manera indirecta tratar de llegar a buen puerto o, al menos, tratar de zarpar de una vez por todas (porque otra cosa es cierta: una vez que se empieza la cosa es más sencilla). De los muchos métodos que se han creado para romper con estas trabas por todos conocidas, me agradó mucho la inventada por Jacques Jouet

 

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Mapa parcial del metro de París

 

A mediados de la década de 1990, Jacques Jouet introdujo “poemas metro”, poemas escritos en el Metro de París de acuerdo con un conjunto particular de reglas. Él explicó las reglas en un poema:

Hay tantas líneas en un poema de metro como estaciones en su viaje, menos una.
La primera línea se compone mentalmente entre las dos primeras estaciones de tu viaje (contando la estación en la que subiste).
Luego se anota cuando el tren se detiene en la segunda estación.
La segunda línea se compone mentalmente entre la segunda y la tercera estación de tu viaje.
Luego se anota cuando el tren se detiene en la tercera estación.
Y así.

El poeta no debe escribir nada cuando el tren se está moviendo, y no debe componer nada cuando el tren se detiene. Si cambia de línea, entonces debe comenzar una nueva estrofa. Escribe la última línea del poema en la plataforma de la estación final. El poema de Jouet se compuso en el Métro, de acuerdo con sus propias reglas. Presumiblemente, este tipo de escritura podría hacerse en cualquier metro, pero Marc Lapprand señala que el sistema de París lo soporta inusualmente bien: es denso, con 368 estaciones diferentes, incluidos 87 puntos de conexión y un distancia bastante corta entre ellos (543 metros, en promedio). El recorrido aproximado entre dos estaciones en París es de un minuto y medio, lo que significa que el poeta debe pensar rápido para mantener el ritmo.

 

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Levin Becker, quien probó la técnica para su libro 2012 Many Subtl Channels, lo encontró sorprendentemente desafiante: “Constriñe el espacio alrededor de sus pensamientos, no las letras o palabras con las que finalmente los terminará: hay que trabajar rápido para lograr pensamientos del tamaño correcto, para enfocarse en la línea que se tiene a mano sin modificar la anterior o anticipar la siguiente “.

En abril de 1996, Jouet escribió un poema de 490 versos mientras pasaba por todas las estaciones del Metro, siguiendo un mapa optimizado presentado por un teórico gráfico. Aún no he leído el poema, pero lo que me parece interesante es el proceso creativo, la idea primordial que es la que permite jugar con los aspectos creativos que no siempre se hacen presentes cuando más los necesitamos. A falta de metro en la ciudad donde vivo veré qué puedo inventar para sacarle provecho a las calles o a los edificios o a… vaya uno a saber qué.

La lluvia de ayer, la lluvia de hoy

 

 

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Leo este poema de Borges que me conmueve con su verso final (ciertas ausencias suelen ser ubicuas). También veo allí la huella de Schopenhauer, para quien el tiempo no era tan lineal como lo consideramos nosotros.

 

La lluvia

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto

patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.

 

Es posible que este bello soneto haya sido inspirado por otro soneto anterior, de Horacio Rega Molina, escritor argentino nacido en 1899 (el mismo año que Borges) y fallecido en 1957:

 

Lluvia

¿Por qué la lluvia nos conmueve tanto,
si ella baja, con ritmo paralelo,
hoy también como ayer, de un mismo cielo,
con un mismo dolor y un mismo canto?

¿Será tal vez el sugestivo encanto
de que, por un fenómeno gemelo,
nosotros nos hallamos en su duelo
y ella se reconoce en nuestro llanto?

La lluvia trae algún recuerdo ausente
con la bruma del tiempo y la distancia.
Y es tal evocación que, de repente,

se nos figura, desde aquella estancia,
que hemos visto cruzar en la corriente
el barco de papel de nuestra infancia.

 

 

Sea como fuere, más allá de las influencias o las apropiaciones, es imposible no ver allí una línea estética y conceptual que une a ambos poemas. También, siguiendo la misma línea poética, podríamos imaginar que del último verso es de donde Joan Manuel Serrat tomó la inspiración para su canción Barquito de papel. ¿Quién sabe qué verso se habrá tomado de esa canción de Serrat para hacer con él otra obra que continúe la saga?

Libros únicos: el Codex Rotundus

 

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Los manuscritos y códices que sobreviven desde finales del siglo XV son a menudo asuntos grandes y fastuosos, y generalmente se ajustan a ciertas normas en términos de forma. Pero esta pequeña joya curiosa e inusual, que toma su nombre ‘Codex Rotundus’ de su forma única, mide poco más de 9 centímetros de ancho y es circular. Sus 266 páginas están atadas a lo largo de una espina dorsal de solo 3 cm de largo, tan pequeña que se necesitan tres broches para ayudar a mantenerla cerrada. Se pensó que se había recuperado en el siglo XVII, los broches originales que ayudan a sostener el pequeño códice juntos, se reutilizaron. Como muchos de los manuscritos de este período, es un texto devocional, un Libro de Horas profusamente iluminado en latín y francés.

 

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Los restos de un escudo de armas, que parece que un propietario posterior parece haber intentado borrar, en la primera ‘D’ inicial sugiere que fue creado para Adolf de Cleves y Mark (1425-1492). Adolfo era un aristócrata rico y bien conectado, sobrino de Felipe el Bueno y primo de Carlos el Audaz, sucesivos duques de Borgoña. Los broches tienen un monograma y estos también vinculan el códex con Adolf: las mismas decoraciones estilizadas aparecen en otro Libro de las Horas que se sabe que fue suyo y que ahora tiene la Galería de Arte Walters en Baltimore. A pesar de las asociaciones reales y cortesanas del códice, su tamaño y portabilidad sugieren que estaba destinado a un uso devocional privado, para que el propietario lo llevara a la iglesia o en largos viajes lejos de casa.

 

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La forma es ciertamente un truco bibliográfico, la Cambridge History of the Book se refiere a él como “extraño”, pero también se piensa que sugiere la perfección del círculo y la esfera y simboliza así al mundo (cristiano).

El libro contine 3 miniaturas de página completa y unas 30 iniciales decoradas y muestran escenas de la Biblia, episodios de la vida de Cristo y dibujos de santos. El artista no es identificado, y sólo es conocido históricamente como «el pintor del códex rotundus», pero según la Biblioteca de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Ohio (que adquirió una copia facsímil hace unos años), ciertos rasgos estilísticos indican que se hizo alrededor de 1480 en un taller de Brujas a menudo asociado con los libros de la corte de borgoña.

Una galería con más imágenes sobre el libro. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas: