El minotauro interior

 

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Poco afecto a las frasecitas de ocasión, encontré esta cita —que no sé a quién pertenece— que tiene más jugo de lo que su simple exposición permite:

“Hay un lugar, en el interior de cada uno de nosotros, como una cueva, donde almacenamos todos nuestros miedos, nuestros odios, nuestras penas y nuestra tristeza, nuestra agonía y el dolor, nuestras fallas, y si no nos ocupamos de ellos, en momento en que ya como un monstruo que se esconde en la cueva. Este monstruo crece con el tiempo, escondiéndose en la oscuridad, esperando para atacar. Si esperamos demasiado tiempo, llegaremos a ser impotente para ella y cuando ataca, no vamos a tener nada que podamos usar para defendernos”.

Para ser sinceros no me agrada mucho esa personificación con el monstruo y demás (y menos ahora, que cualquier idiota dice cosas como «Debes aceptar mis monstruos interiores» por el simple hecho de vestir de negro; creyendo que por eso ya son hijos de Satanás); pero creo que algo de cierto hay en lo que se dice allí. Para hablar de monstruos o de aparecidos, mejor quedémonos con quien sabe algo del tema, como Stephen King, quien alguna vez dijo «Los monstruos son reales, y los fantasmas también: viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan». La misma idea, pero con mejor síntesis.

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Esta tierra que se agarra a mí

 

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Hace algunos años encontré en Argentina una edición de poemas de William Faulkner traducidos por Javier Marías que llevaba por título Si yo amaneciera otra vez. Recuerdo que mi amor por Faulkner no se vio mellado por no haberme gustado mucho su poesía (de la que luego el mismo Faulkner renegaría, si mal no recuerdo). Ahora me encuentro este poema —perteneciente a ese libro y que incluye el verso que le da nombre al volumen— que me pareció raro y maravilloso. ¿Será que los años o el camino recorrido han cambiado algo en mí (ya que no en el poema) y que ahora puedo atisbar algo más de lo que antes no veía? Sea como fuere, el poema y la imagen con la que ilustro la entrada (la cual tenía guardada para una ocasión especial, la cual resultó ser ésta) son lo que hoy soy yo; algo o alguien que pendula entre las rarezas y las maravillas y que no quiere dejar de hacerlo por nada del mundo.

 

SI HAY DOLOR, QUE SEA SÓLO LLUVIA

y ésta sólo dolor de plata por el dolor en sí,

si estos verdes bosques sueñan aquí para despertar

en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.

 

Pero dormiré, pues ¿dónde hay muerte

mientras que en estas azules y soñolientas colinas de lo alto

tenga yo como el árbol mi raíz? Aunque esté muerto,

esta tierra que se agarra a mí me encontrará el aliento.

Lo que saben los poetas

 

José Emilio Pacheco

 

La moral es algo móvil y que se adapta a los tiempos. Pero hay algunos códigos morales que no pueden ser modificados sin que cambie lo que tenemos de intrínsecamente humanos. En ese sentido, la moral es siempre la misma: imperecedera y eterna. Uno de esos códigos (uno de esos imperativos, estoy tentado a decir) es el de no ser, jamás, un cobarde acomodaticio. La razón de nuestro propio sentido de humanidad no puede estar sujeta a conveniencias particulares. Los poetas lo saben bien (¿Quién como ellos para defender el valor de la palabra y de todo lo que ella implica?) y José Emilio Pacheco en Moralidades legendarias, poema incluido en su Irás y no volverás, de 1973; lo dice como siempre: alto y claro.

Moralidades legendarias

Odian a César y al poder romano.
Se privan de comer la última uvita
pensando en los esclavos que revientan
en las minas de sal o en las galeras.
Hablan de las crueldades del ejército
en Iliria y en las Galias.
Atragantados
de jabalí, perdices y terneras
dan un sorbo
de vino siciliano
para empinar los labios pronunciando
las más bellas palabras:
la uuumaaaniiidaad, el ooombreee todas ésas
—tan rotundas, tan grandes, tan sonoras—
que apagan la humildad de otras más breves
—como, digamos por ejemplo, gente.

Termina la función. Entran los siervos
a llevarse los restos del convite.
Entonces los patricios se arrebujan
en sus mantos de Chipre.
Con el fuego del goce en sus ojillos
como un gladiador que hunde el tridente,
enumeran felices los abortos
de Clodia la toscana,
la impotencia de Livio, los avances
del cáncer en Vitelio.
Afirman que es cornudo el viejo Claudio
y sentencian a Flavio por corriente,
un esclavo liberto, un arribista.

Luego al salir despiertan a patadas
al cochero insolado
y marchan con fervor al Palatino
a ofrecer mansamente el triste culo
al magnánimo César.

 

El país de las sombras largas

La pintura metafísica es el nombre de un movimiento artístico italiano, creado por Giorgio de Chirico y Carlo Carrà. Sus pinturas como sueños de plazas típicas de ciudades italianas idealizadas, como también las aparentemente casuales yuxtaposiciones de objetos, representaron un mundo visionario que se entrelazaba casi inmediatamente con la mente inconsciente, más allá de la realidad física, de ahí el nombre de tal corriente artística. Me he sentido atraído por la obra de Giorgio de Chirico desde mucho antes de haber entendido algo de ella y eso la convirtió, al menos en mi caso, en uno de los ejemplos más claros de que no siempre tenemos que entender a la obra para que nos guste (después supe o comprendí que sí es muy bueno saber sobre ellas; pero ese es tema para otro momento).

Ahora encuentro en otro de mis preferidos, Edward Hopper —aunque éste lo es por razones totalmente opuestas al primero—, una obra que me permite enlazarlos para… diferenciarlos.

 

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Edward Hopper, The Lighthouse at Two Lights, 1929 – Giorgio de Chirico – La nostalgia del infinito, 1913

Creo que las dos obras son, en esencia, la misma; pero mientras la pintura de Hopper me habla del aquí y ahora; de la soledad y de la calma, la de de Chirico no me habla, sino que me hace hablar. No hay calma en ella a pesar de lo despojado de la escena; no hay «aquí y ahora» sino que lo que existe es un tiempo intemporal, si se me permite el oxímoron; no hay «calma» sino un profundo movimiento espiritual o psicológico. Y eso es lo que me atrae, sin duda alguna; que esas pinturas dialoguen conmigo cada vez que las veo es, supongo, lo que las hace maravillosas para mí y también es posible que ésa sea esa la razón por la cual siguen siéndome indispensables sin importar el tiempo que pase.

Digo «tal vez» porque uno nunca está demasiado seguro de estas cosas. Nuestra psique (nuestra metafísica diría de Chirico) a veces tiene sus propias razones y motivos para preferir una cosa por sobre otra. Sin ir más lejos, en otra de las obras de Hopper encuentro una sombra como las que son habituales en las obras de de Chirico y veo que esa sombra es lo que hace que el cuadro cobre un nuevo sentido. ¿Qué estará diciéndome mi inconsciente? No lo sé ni pienso averiguarlo; sólo basta con que siga disfrutando de obras así.

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Edward Hopper – Seven a.m. (pueden ver la sombra de la que hablo en el texto, abajo, a la izquierda).

Libros de diez pesos

facundo-o-civilizacion-y-barbarie-domingo-faustino-sarmiento-D_NQ_NP_15734-MLM20108065274_062014-FTodos los domingos, en la ciudad de Morelia, se levanta un mercado callejero llamado popularmente El Audi (apócope de El Auditorio). El mercado ocuparía un buen par de kilómetros lineales y en él puede encontrarse de todo, desde ropa a antigüedades y desde electrodomésticos a juguetes. Solemos ir como se va de visita a un parque y cada cual tiene sus puestos preferidos. No creo que sea necesario decir que mis puestos preferidos son los de libros, sobre todos los de libros viejos, que es donde se consiguen los ejemplares menos comunes y a mejor precio (a veces).

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Esta afición que no es demasiado extraña en lo general, tiene, para mí, una faceta que ceo que la hace distinta con respecto a la generalidad de los casos. No sé si por obra del azar o si se debe a alguna otra razón oculta, lo cierto es que he leído muchos de los libros clásicos de la literatura argentina estando en el extranjero y eso fue debido, sobre todo, a que iba encontrando esos libros casi sin buscarlos. Recuerdo que el primero de ellos fue el Facundo, de Sarmiento; el cual encontré en una venta de la librería central de Miami, cuando yo vivía en aquella ciudad (Facundo, valga la aclaración, es una obra central dentro de la literatura y el pensamiento argentino y latinoamericano. Es una obra que excede lo meramente local en todos los aspectos). Luego encontré a otros autores en otras latitudes, como a Roberto Arlt en Perú o a Jauretche en Colombia.DonSegundocover.0 Ahora, en México y más precisamente en Morelia encontré otra vez a Sarmiento y su Facundo, además de Recuerdos de provincia; a Ricardo Güiraldes y su Don Segundo Sombra; un biografía escolar de Hipólito Bouchard escrita por E. Nicola Siri (el librito es tan viejo que tiene algunas páginas pegadas por la humedad y los hongos. Además el título es Buchardo; es decir es de cuando los nombres y apellidos se traducían o se adaptaban al español) a Ezequiel Martínez Estrada en una Antología, y a W. H. Hudson y su El ombú.

Todos estos libros me costaron diez pesos cada uno; es decir, 0,47 euros. ¿Quién dijo que leer es caro? No sólo puede ser barato, sino que también pueden encontrarse obras de calidad si se recorre lo suficiente (también he encontrado muchas obras de la literatura universal y, si bien esas ediciones no son las mejores, al menos uno las puede subrayar, S_17775-MLC20143155643_082014-Osi lo desea, sin demasiado sentimiento de culpa).

Por último, lo que me motivó a escribir esta entrada no fue tanto la anécdota en sí; sino la felicidad de una lectura. W. H. Hudson es un autor que nunca había leído y que sólo conocía por referencia de libros de texto o de otros autores (Borges, por ejemplo) y la lectura de El ombú fue plena de momentos de intensa felicidad (no exagero; sólo expongo lo que me hicieron sentir esas páginas y lo comparto con ustedes). Aclaro que no estoy recomendado esa lectura. El ombú es un libro viejo, D_Q_NP_1881-MLU4564605717_062013-Qlocalista, con un lenguaje casi incomprensible y con referencias específicas a la pampa argentina del siglo XIX; así que no creo que sea una lectura para todos.

Lo que sí estoy haciendo es compartir la curiosidad de haber encontrado a miles de kilómetros de casa un par de libros que me han traído el recuerdo de una latitud y de una historia que son las mías y que nunca me dejarán por más que camine por otros rumbos o por un mercado callejero buscando historias impresas en viejos papeles amarillos.

 

 

 

¡Señora, llegó el librero!

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Carro tirado por caballos en Washington, 1900. Fue uno de los primeros bibliobuses americanos. Construido en 1905, fue golpeado y destruido por un tren en 1910.

Las bibliotecas ambulantes se usaban a menudo para hacer llegar los libros a las aldeas, pueblos o suburbios de las ciudades que no tenían edificios para albergar a las bibliotecas. El bookmobile (bibliobús) pasó de ser un simple carro tirado por caballos en el siglo XIX a grandes vehículos modificados para requisitos particulares que hicieron parte de la cultura americana y europea y alcanzaron su punto más alto de popularidad a mediados del siglo XX.

He aquí una galería que nos permitirá tomar un pequeño viaje por el camino de la memoria con estas olvidadas bibliotecas sobre ruedas. Para ver las fotos en mayor tamaño y una descripción, hacer clic sobre una de ellas.

 

Disponibles a los acontecimientos

René Magritte

René Magritte

Dice Michel Onfray: “En la escuela de la poesía hay una marcada familiaridad con el azar, objetivo predilecto de André Breton: mostrarse disponible a los acontecimientos para suscitar y solicitar el advenimiento, ponerse a disposición del mundo para que advenga una señal y surja una epifanía, abrirse a lo real para penetrarlo a la manera de un fruto decidido a darse, convencido de la necesidad de ofrecerse”.

Hace unos días protestaba contra la nueva poesía o contra lo que se está haciendo hoy en poesía (me corrijo levemente ya que, en honor a la verdad, el volumen que me regalaron no pretendía erigirse como muestra definitiva sobre el tema). Este fragmento de Onfray que encontré en su Teoría del viaje me ayuda a reafirmar mi punto de vista de que si bien la poesía es la mirada del uno (el poeta) sobre lo demás (el mundo); no es menos cierto que esa mirada debe ser abarcadora, incluyente y, sobre todo, general. Cuando un poeta me habla de lo que comió ayer por la noche o de cuánto le gusta el cine de Spielberg no está poetizando, sino que sólo se limita a escribir un diario personal en forma de versos.

La poesía debe estar abierta frente al mundo: debe mostrárnoslo, integrarnos a él, incluirnos, hacernos partícipes, sorprendernos, señalarnos aquello que no vemos, acompañarnos; nunca debería ser como una mirada disciplinada y egoísta sobre él.