El ronroneo constante

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Para Lou, mi copiloto

 

Vivir es como conducir un auto por una ruta sin fin. El espejo retrovisor nos muestra el pasado y sería ridículo conducir fijando todo el tiempo la vista en él. Adelante, frente al parabrisas, más allá del motor y de las defensas, está el futuro, el cual, erróneamente, creemos conocer porque la cinta de asfalto se parece mucho a la que dejamos atrás; pero la verdad es que no sabemos absolutamente nada de lo que nos espera detrás de la siguiente curva. Tal vez la ruta se torne un camino secundario de grava y tierra; tal vez sea una moderna y ancha autopista; tal vez serpentee peligrosamente entre montañas y precipicios; tal vez no cambie en absoluto durante cientos de kilómetros; tal vez nos encontremos con el final del camino, abrupto y definitivo.

Sea como fuere, la única certeza que tenemos es el ronroneo constante del motor, el constante avance de los números en el cuentakilómetros, el sonido o la sensación del viento, la charla con nuestros acompañantes.

Tomo el volante y siento el cuero delicado bajo las palmas de mis manos. Suavemente lo giro hacia la izquierda y luego hacia la derecha y el automóvil obedece con presteza. Hasta cierto punto —y soy consciente de que sólo es hasta cierto punto— tengo el control de la situación, y por puro placer acelero un poco o ralentizo la marcha.

Todo lo demás es secundario o ilusión.

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El ojo de un vagabundo

 

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En octubre del 2012 escribí una entrada titulada Burocracia y humanidad, donde hablaba de lo que me producen ciertos trabajos fotográficos. Ya que el paso del tiempo me lo permite, copiaré el mismo texto de aquel entonces, ya que al releerlo veo que vale con exactitud a lo que quiero decir hoy. El texto es siguiente:

 

«Cada vez que me encuentro con una serie de fotografías en las que las personas –personas comunes y corrientes, como uno– son el centro de atención siento una fascinación que va más allá de la mera observación estética. La primera vez que me ocurrió esto fue cuando tuve la oportunidad de hojear el libro Portraits, de Steve McCurry. En él sólo encontramos doscientas páginas de retratos, los cuales fueron tomados por este genial fotógrafo en sus viajes alrededor del mundo (McCurry es el autor de esa inolvidable fotografía, la cual seguramente todos conocemos, de esa niña afgana en un campo de refugiados y que hoy es la imagen principal de National Geographic). Ese libro, como ningún otro, y sin necesidad de una sola palabra, me hizo sentir esa conexión absoluta con el resto de la humanidad toda. Algo similar sentí al ver esta fotos de estas personas en sus sitios de trabajo. No puedo evitar preguntarme ¿Cómo es su vida? ¿Cuáles son sus sueños, sus deseos, sus temores? ¿A quién aman, por quiénes son amados?

Schopenhauer, en un magnífico ensayo sobre «El fundamento de la moralidad», trata particularmente el tema de la trascendente experiencia espiritual. ¿Cómo es que, se pregunta, un individuo puede olvidarse de sí mismo y de su propia seguridad y ponerse a sí mismo y a su vida en peligro a fin de salvar a otra de la muerte o el dolor, como si esa otra vida fuese la suya propia, y ese peligro ajeno, el suyo? Alguien así, responde Schopenhauer, está actuando en el marco del reconocimiento instintivo de la verdad de que él y el otro son uno. Se mueve no por la impresión secundaria y menor de sí mismo como separado de los otros, sino por la inmediata experiencia de la más grande y cierta verdad de que todos somos uno en nuestro ser. El nombre que dio Schopenhauer a esta motivación es «compasión», Mitleid, y la identifica como la única inspiración de acción inherentemente moral.

Algo así es lo que me hacen sentir estas fotografías (téngase en cuenta que «compasión» vas escrito entre comillas porque, como todo término filosófico, no es exactamente a eso a lo que se refiere. Aquí podríamos sumarle la idea de «empatía». Ése termino se acerca mucho más a lo que intento describir), una profunda conexión con esas personas».

 

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El trabajo que nos ocupa hoy perteneces a Jay Weinstein y lo realizó en sus viajes por la India. Pueden acceder a su sitio personal aquí., el cual se titula so i asked them to smile (así que les pedí que sonrieran). Como dije, lo que me provocan estas fotos es lo mismo que dije hace casi siete años. Hoy sumo una idea personal: ¿Por qué no hacer este mismo trabajo en la intimidad de nuestro entorno? ¿Cómo sería y qué sentiríamos al ver una serie de este tipo con los miembros de nuestra familia como modelos?

Una galería de fotografías del proyecto de Jay Weinstein. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

 

El evangelio de la templanza en un mapa de ferrocarril

 

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Ustedes ya saben de mi afición por los mapas y, sobre todo, por los mapas extraños, inventados o alegóricos. Cada tanto tengo la suerte de encontrar uno nuevo, como en este caso, en que por azar me topé con este Mapa de la Templanza. G. E. Bula ideó este mapa en 1908 como una forma educativa indirecta. (Para verlo en mayor tamaño, pueden ir aquí). En el recuadro inferior izquierdo, puede leerse:

«Este mapa único creará una impresión duradera para el bien de todos los que lo estudien. Los nombres de estados, ciudades, ferrocarriles, lagos, ríos y montañas son significativos. Una copia de este mapa debería estar en cada hogar, hotel, estación de ferrocarril y lugar público. Sería un estudio interesante para los escolares, tanto en el  [sistema] público como en las escuelas dominicales. Hará que muchos abandonen la Ruta de la Gran Destrucción y terminen su viaje en la Gran Ruta Celestial. Precio 35 centavos».

Por supuesto, me puse a recorrer ese territorio con el placer de siempre; y encontré que todo parece partir de Villa Decisión (arriba, a la izquierda); y los puntos de llegada son sólo dos: La ciudad celestial (arriba, a la derecha) o Ciudad Destrucción (abajo), con dos caminos directos con los mismos aburridos nombres (la Gran Ruta Celestial los llevara directo a Ciudad Celestial, pasando por los estados de Corrección y Bonda y Sacrificio. Lo dicho: pretencioso y aburrido). Lo mejor está, por supuesto, en ir viajando por aquí y por allá. Deteniéndose donde a uno le parezca mejor. ¿Por qué no tomar el Camino que luce correcto? Los riesgos son mayores, sin duda; pero no vamos a negar que algunas alegrías se conseguirán por el camino,  pasando, por ejemplo, por el Estado de la Vanidad (donde tenemos el Pantano Mormón), Villa Presunción, Falsa Esperanza y luego, tomando un desvío, podemos llegar al Lago Cerveza (para quienes gusten de emociones más fuertes podrían tomar por el primer desvío y luego de pasar por Divorcio y Descontento, pueden llegar al Lago de la jarra de Ron, luego de pasar por el Parque Cocaína.

Como ven, hay para todos los gustos. Por cierto, el mal camino parece mucho más popular que el bueno; aquí, en el mapa, y en la vida real también. Mal que nos pese, las alegorías sólo sirven para entretenernos un rato y poco más. Por eso me despido y me voy a jugar con el mapa otro ratito.

La cruz y la concha

 

Hace un tiempo encontré, al salir de un ascensor en un hotel y restaurante de esta ciudad de Morelia, una pequeña capilla preparada para el servicio de los huéspedes. No dejó de llamarme la atención que un hotel y restaurante tuviera un servicio así; pero como aquí la presencia cristiana es por demás fuerte y antigua, uno termina acostumbrándose a que por todos lados haya cruces o iglesias o capillas. Lo que sí llamó más mi atención, fue que la gran cruz de piedra caliza tenía tallados símbolos masones:

 

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No es la primera vez que me encuentro con símbolos masones en las ciudades que visito; pero el hecho de encontrarlos en una cruz y en un lugar público fue —al menos para mí—, por demás curioso. Ahora, hace un par de semanas, fui de visita a Tzintzuntzan; un pueblo mágico del estado de Michoacán, al que suelo ir cada tanto para visitar sus yácatas (construcciones de piedra de las que hablaré en otro momento) y para comer algunos de sus platos típicos en la plaza central del pueblo, la que se encuentra, por supuesto, al frente de la iglesia. Esta iglesia franciscana es muy bonita, luminosa (no como otras donde uno siente que acaba de entrar a una catacumba) y su techo está adornado con paneles ilustrados con coloridos dibujos religiosos. A la salida, caminando por los amplios jardines que nos llevan a la plaza antes citada, encontré esta cruz de piedra caliza, con los mismos símbolos masones:

 

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La única diferencia entre ambas cruces son las conchas de vieira en los brazos de la segunda cruz. La concha de vieira es un símbolo que nos llega desde España y que recibe el nombre de «Concha de Santiago», y nos lleva de la mano a ese camino o sendero que, desde todos los rincones de Europa, conducía a los peregrinos al santuario de Santiago de Compostela y que, aun hoy en día, incluye todavía la concha como señalamiento de ruta, pero que, a través de los tiempos, pasó a simbolizar toda peregrinación en sí, hasta el punto de llegar a denominarse también la «Concha del Peregrino» (aunque, para ser exactos, la «Concha de Santiago» se talla, tradicionalmente, a la inversa que en la cruz de la foto; es decir, con la parte convexa hacia el exterior. Entonces los canales de la concha son los que representan a los caminos que terminan en Santiago).

Por cierto, y totalmente al margen. Buscando información sobre estos símbolos, encontré que la concha de Santiago (o la del peregrino, vaya uno a saber la naturaleza de la distinción) fue uno de los símbolos del renunciante Papa Benedicto XVI. Se encuentra tanto en su escudo como es su vestimenta oficial.

 

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Más allá de la poca simpatía que me despiertan las personas que se esconden detrás de símbolos o signos, no puedo menos que reconocer que encontrar estas cosas a lo largo de mi camino es algo que me resulta fascinante. Por una parte le añaden encanto a cada uno de mis paseos; por otro, me recuerdan que no hay que dejar de mirar con atención a todo lo que nos rodea. Lo maravilloso siempre está allí, en lo natural o en lo artificial; y es parte integral del viaje el descubrirlo o el dejarlo pasar sin darle la debida importancia.

De la imposibilidad de detenerse

 

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Tengo un libro a punto de ser terminado que tiene como tema central al viaje; al viaje en sí mismo, como punto de partida reflexivo y filosófico, y al viaje como experiencia personal, es decir que contiene algunos capítulos donde matizo la temática central con algunos textos personales que he escrito a lo largo del camino. Les dejo aquí, a modo de ejemplo (y mientras busco ese centro del que hablé hace unos días y que aún no aparece), el breve capítulo titulado De la imposibilidad de detenerse.

 

¡Débiles son mis piernas!
pero está en flor
el monte Yoshino.

Matsuo Basho es el maestro absoluto del haiku y tal vez también lo sea del arte de caminar. Lejos de estas páginas el querer resumir la biografía del gran maestro japonés; basta con saber que atravesó el Japón caminando en una época donde este último detalle era considerado como un acto alocado por lo peligroso del camino y que viajaba con el único objetivo de observar a la naturaleza. Podía caminar kilómetros sólo para observar el paisaje desde la cima de una montaña o a la luna desde la orilla de un lago. Como bien sabemos, todo haiku es más que la conocida tríada de 5-7-5 sílabas; el haiku es una gema que debe ser pulida con exquisito detalle y precisión y es por eso que siempre nos dice más de lo que incluyen sus pocas palabras. El que inicia este capítulo me sabe a la quintaesencia del viajero; de aquel que no puede detenerse ni quiere, siquiera, pensar en hacerlo. El deseo de viajar es más fuerte que los impedimentos temporales, ese deseo siempre se impone de una u otra manera a los accidentes de la vida diaria del mismo modo que se imponen, sorteándolos sin dudar un segundo, a los accidentes del camino. El deseo del viajero —el deseo del viaje, tan intrincados están estos dos conceptos que es difícil, sino imposible, diferenciarlos— es tan fuerte que aun si se sabe de serias dificultades en el camino que se va a iniciar, éste será recorrido de igual manera. Citando nuevamente a Basho, el viajero podría recitar:

Hoy el rocío
borrará la divisa
de mi sombrero.

Y aun así nada detendrá su viaje ni su andar.

Cerrando capítulos

 

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Desde hace unos días me encuentro presa de un vaivén de sentimientos y emociones que me llevan de un extremo al otro de mis estados anímicos y esto hace que no me sienta del todo cómodo conmigo mismo. Me he dado cuenta de que esto ocurre porque no cierro las puertas que ya deberían estar cerradas. Esto me hizo recordar a aquel truco que podemos usar cuando un fragmento de una canción se nos queda dando vueltas en la cabeza y no podemos deshacernos de ella: el truco en cuestión es el de cantar la canción hasta el final; entonces es muy probable que la canción desaparezca de una vez por todas. Resulta que el cerebro odia dejar las cosas a medias, inconclusas y, por eso mismo, nos repite una y otra vez ese fragmento que se torna insoportable. Esa idea me llevó a otra similar en intención pero mayor en objetivo, que es la idea budista de que nuestra habitación es un reflejo de nuestro interior; es decir que una es metáfora de la otra y que poner orden en nuestras cosas es comenzar a poner orden en nuestra vida misma.

Sea esto último verdadero o no, la verdad es que es útil, más cuando reconocemos que es necesaria algo de ayuda para salir del laberinto en que nos encontramos. Entonces, haré la prueba y comenzaré a poner orden en mi habitación para ver si así puedo seguir con lo que debo (y quiero, además) hacer.

Comenzaré cerrando el asunto del viaje (aunque seguramente no será algo definitivo, porque alguna anécdota, alguna curiosidad o algún dato preciso aparecerá en algún momento), lo cierto es que siento que aquella idea inicial de compartir la experiencia con ustedes —cosa que quedó trunca, como habrán notado— todavía está abierta y eso es una molestia. Aquí está, entonces, el derrotero de este viaje que, como dije en la entrada anterior, tuvo de todo: blancos, negros y, sí, infinidad de colores intermedios:

 

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Ahora estoy de nuevo en Morelia, recuperando todo aquello que en realidad nunca había perdido. Recorriendo estas calles que conocí apenas hace tres años pero que se han ganado mi corazón de manera definitiva (no hay nada como una imagen cursi para explicarnos con pocas palabras). También estoy recuperando mi habitación y mis momentos frente al teclado (donde aun no he escrito nada que valga la pena ¿ven a lo que me refiero cuando les digo que necesito orden?). Hablando de eso, creo que ya es hora de que vuelva a trabajar. Mejor sigo ordenando un poco y mañana o pasado mañana volvemos a encontrarnos por aquí. ¿Alguien sabe cuál es el mejor modo de guardar un sombrero?

Claroscuros y perspectiva

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Foto: Borgeano

Terminó. Al menos este viaje terminó. Tuvo de todo, de lo bueno y de lo malo, de lo trivial y de lo significativo; tuvo momentos que fueron dignos de recordar y otros que no podré olvidar aunque quiera hacerlo con todas mis fuerzas. Está bien, así es la vida de cualquier persona y este viaje en sí mismo no es más que un fragmento de una vida particular, de este modo, entonces, está atado a esos mismos vaivenes azarosos y no puedo quejarme por ellos.

Los que iban a ser tres meses de vacaciones y reencuentros se fueron extendiendo para ser, al final, casi seis meses. Viví con muchos —por fortuna bien acompañado con L., quien también vivió una fuerte transformación, de mera parte observadora (por decirlo de algún modo no del todo acertado) a ser una pieza central e integral en ese rompecabezas que es una familia— encuentros inolvidables y, de algunos otros, me despedí para siempre. Un viaje como metáfora del otro.

Todo viaje es dual, escribí en algún lado; y ahora podría refrendar esa idea de manera definitiva. Dual, como nosotros, los seres humanos que estamos inmersos en él. De allí la necesidad de poner todo en perspectiva, sobre todo a los claroscuros de la vida. Ponerlos en perspectiva y entender que aun estando de paso, no podemos menos que celebrar y honrar el estar aquí, haciendo lo que debemos hacer y del modo en que debemos hacerlo.

Me da mucho gusto, quiero decir, estar de vuelta con ustedes.

 

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Foto: Borgeano