La historia interminable

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En una página de su El infinito viajar, Claudio Magris narra la historia (tal vez apócrifa) de un hombre que, durante la guerra civil española y para protegerse de esa violencia o de otra violencia personal, se ocultó en la Biblioteca pública de Madrid a lo largo de varios meses. Magris se imagina a ese hombre protegido por las altas paredes de libros, de donde sólo saldría por la noche para buscar algo para comer y adonde volvería cuanto antes.

No deja de parecerme por demás atractiva esta idea de separarse del mundo pero, al mismo tiempo, estar rodeado de toda la historia de la humanidad. Me sabe a historia con toques de isla desierta; ya sea con los tesoros de Stevenson o con alguno de esos chistes que aparecen en los periódicos. Las variantes que podemos crear pueden ser infinitas: desde la historia del hombre que nada sabe pero que por aburrimiento comienza a leer hasta convertirse en un sabio; la historia del hombre que encontró en uno de esos libros la respuesta a su problema personal; o tal vez la historia del hombre que quedó para siempre allí, un eterno bibliotecario entre esos libros que resultaron ser, más que una protección, una celda. Tal vez en esta misma historia estamos representados todos nosotros.

 

Loas a la cama

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En ella nacemos y, si somos afortunados, en ella moriremos (La muerte de los justos se llama a esa forma pacífica de marcharse para siempre; pasando, sin saberlo, de un sueño al otro). Ella está allí, casi siempre invisible a nuestros ojos, pero es en ella donde pasamos y pasaremos gran parte de nuestra vida: durmiendo, lo cual ya implica al menos un tercio del tiempo que estaremos sobre esta tierra —y supongo que alguno ya estará haciendo las cuentas de rigor—, amando; compartiendo charlas, juegos, películas, comidas, con el ser elegido para estar a nuestro lado (es decir, otras formas del amor), leyendo o, también, escribiendo; tal vez una carta, tal vez un cuento, una novela o, quizá, unos simples apuntes como esta nota, garabateada en un viejo cuaderno deshojado.

El discreto encanto de saberse nada

Antes de juzgar a otros o reclamar cualquier verdad absoluta, considere que tú puedes ver menos del 1% del espectro electromagnético y escuchar menos del 1% del espectro acústico. Mientras lees esto, estás viajando a 220 kilómetros por segundo a través de la galaxia. El 90% de las células de tu cuerpo llevan su propio ADN microbiano y no son, por lo tanto “Tú”. Los átomos en tu cuerpo son 99,9999999999999999% de espacio vacío y ninguno de ellos es el mismo con el que has nacido; pero todos, de todas formas, se originaron en el vientre de una estrella. Los seres humanos tienen 46 cromosomas, 2 menos que la papa común. La existencia del arco iris depende de los fotoreceptores cónicos en tus ojos; para los animales sin conos, el arco iris no existe; así que no sólo miras un arco iris, sino que en realidad lo creas. Esto es bastante sorprendente, especialmente teniendo en cuenta que todos los hermosos colores que ves representan menos del 1% del espectro electromagnético.

Arco iris

El anterior es un párrafo anónimo que puede resultar algo negativo o pesimista para muchos; pero para mí es uno de esos fragmentos que resultan por demás atractivos porque coloca al lector —mal que le pese— en una posición de la que no puede salir a menos que reconozca la verdad del texto o que se escape buscando refugio en una religión cualquiera. No hay más opciones que esas dos: o aceptamos la nada que somos (y nos adecuamos a ella, lo cual es la verdadera ganancia del asunto) o nos drogamos con lo que tengamos más a mano. Cada quien sabrá lo que hace al respecto. ¡Salud!

Somos, nada más, que copos de nieve

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Por esas cosas del azar o de la sincronía (tal vez sólo sean nombres distintos para la misma cosa), leí el siguiente párrafo y pocos minutos después me encontré con un artículo fotográfico que mostraba a algunos copos de nieve en el momento previo a desaparecer para siempre. Cuando leí el fragmento que les dejo a continuación no pensé en postearlo; pero al ver las fotos pensé que sería el complemento perfecto el uno del otro. La cita es de Steve Maraboli; del libro Life, the Truth, and Being Free. Las imágenes pertenecen al trabajo del fotógrafo ruso Andrew Osokin. La reflexión corre por cuenta de cada uno de nosotros.

Somos perfectamente imperfectos. Todos hemos oído que no hay dos copos de nieve iguales. Cada copo de nieve toma la forma perfecta para lograr la máxima eficiencia y eficacia para su viaje, y mientras la fuerza universal de la gravedad les da un destino compartido, el espacio expansivo en el aire da a cada copo de nieve la oportunidad de tomar su propio camino. Están, entonces, en el mismo camino, pero cada uno toma una ruta diferente. A lo largo de este viaje impulsado por la gravedad, algunos copos de nieve chocan y se dañan unos a otros, algunos chocan y se unen, algunos son influenciados por el viento… ¡Hay tantas transiciones y cambios que tienen lugar a lo largo del viaje del copo de nieve! Pero, cualquiera que sea la transición, el copo de nieve siempre se encuentra perfectamente formado para su viaje. Podemos encontrar paralelos en la naturaleza como un bello reflejo de esta gran orquestación. Uno de estos paralelos es el de los copos de nieve y nosotros. Nosotros también estamos todos en la misma dirección. Estamos siendo impulsados por una fuerza universal al mismo destino. Todos somos individuos que tomamos diferentes viajes a lo largo de nuestro periplo y a veces chocamos unos con otros, nos cruzamos, nos alteramos… tomamos diferentes formas físicas. Pero en todo momento nosotros también somos 100% perfectamente imperfectos. En cada momento dado somos absolutamente perfectos para lo que se requiere para nuestro viaje. Yo no soy perfecto para tu viaje y tú no eres perfecto para mi viaje, pero soy perfecto para mi viaje y eres perfecto para tu viaje. Nos dirigimos al mismo lugar, estamos tomando diferentes rutas, eso es todo. Piensa en lo que podría significar esta gran orquestación para entender nuestras relaciones. Imagina interactuar con los demás sabiendo que ellos también comparten este paralelo con el copo de nieve. Al igual que tú, se dirigen al mismo lugar y no importa lo que puedan parecerte, ellos han tomado la forma perfecta para su viaje. Cuán fuertes serían nuestras relaciones si pudiéramos ver y respetar esa simple idea: la de que todos somos perfectamente imperfectos para nuestro viaje“.

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Polaroids VIII

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XXIV.

Estoy en Puno, Perú, alojado en el tercer piso de un hotel al que debo acceder por una escalera, ya que no hay ascensor. A las siete de la mañana golpean con fuerza a la puerta de mi habitación. Despierto confundido y no respondo de inmediato; entonces los golpes se repiten. Como viajo solo la confusión deja paso a la sorpresa y sin levantarme de la cama pregunto quién es. Se trata de una de las empleadas del hotel quien me pregunta cómo quiero el desayuno; le respondo que no lo sé, que no importa, que luego veré y que no se haga problema, que yo mismo me lo haré si es necesario. Con voz firme me responde desde el otro lado de la puerta: «No. Yo se lo prepararé». Una respuesta tan tajante me hace reír. Como a todo esto ya estoy más que despierto no tengo otra opción que levantarme y comer ese desayuno que tan amablemente me prepararon. Antes de salir a caminar me dirijo a la recepción y les digo que sólo estoy de paseo, que no es necesario que se me despierte tan temprano. Me hacen caso. A la mañana siguiente los golpes a mi puerta fueron a las siete y media.

XXV.

En la peatonal de la Ciudad de México veo cómo la gente se comporta como átomos en una sustancia fluida. Todos caminan apresurados en todas direcciones e interactúan antes de tocarse; como si tuvieran cargas eléctricas opuestas parecen repelerse y se desvían unos a otros sin tocarse. Me detengo a observarlos por unos instantes y veo que esa forma de interactuar los lleva hacia su destino, sí; pero en lugar de hacerlo en línea recta lo hace haciendo que reboten contra los otros átomos que se dirigen en sentido contrario en un camino zigzagueante y graciosamente confuso.

XXVI.

L. me escribe y me pide que le enseñe a ser como Diógenes, ese filósofo del que siempre estoy hablando; me pide que le enseñe a vivir con poco o con nada. Es soñadora y cree que puedo guiarla en ese sentido. Le llama la atención que pueda acompañarla a un centro comercial y que nunca desee nada, que pueda recorrer cada pasillo y entrar en cada tienda sin que la ansiedad se apodere de mí ni que quiera salir corriendo a comprar esa camisa o ese reloj. Lo que ella no sabe es que cuando estoy solo en mi pequeña habitación y veo esos libros apilados o esa mochila con ropa siento que no puedo enseñarle nada todavía. Creo que tengo demasiadas cosas.

Más que ridículo

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Versión Zen de ¿Dónde está Wally?

Como corolario de la ridícula entrada de ayer, vuelvo sobre el tema y dejo un par de consideraciones más al respecto. Si hablamos del absurdo de la vida podemos tomar como referencia a varios autores, pero quiero apuntar para el lado de la corriente filosófica que mejor capta esta verdad la cual es, sin duda, el budismo Zen. Parte importante del aprendizaje del iniciado se lleva a cabo mediante Koans, breves ejercicios que juegan con el absurdo y que pretenden destacar el sinsentido de la búsqueda consciente de la verdad. Una vez que renunciemos a ella, alcanzaremos la iluminación o Satori (en japonés). El humor derrumba las convenciones y los prejuicios, los hábitos mentales que nos separan de todo lo vivo. Muchísimos son los ejemplos de filosofía Zen que hacen hincapié en esta importante realidad. Sôkan escribió un haiku que decía:

Sé bien que tienes las nalgas heladas,
pero no te acerques demasiado al fuego,
oh, Buda de nieve.

La irreverencia de estas líneas se olvida ante la fuerza vital que expresan. Sentirse pequeño, cómico, ridículo, es quizás la manera más honrada de encontrar y expresar la propia dignidad.

Diógenes
Es por demás conocida la anécdota aquella que narra la historia de Alejandro Magno cuando se presentó ante el barril donde Diógenes vivía y le ofreció satisfacer cualquier deseo que tuviera, Diógenes sólo le dijo: “Apártate porque me tapas la luz del sol.” En otra ocasión, un cortesano le dijo que si hubiera aprendido a adular a los poderosos no tendría que comerse unas simples lentejas como las que el filósofo estaba saboreando en aquel momento. Diógenes le contestó: “Y si tú hubieras aprendido a comer lentejas no tendrías que adular a los poderosos.”
Somos poca cosa. Somos ridículos, risibles, diminutos, inconsistentes. Somos encantadoramente nada y saberlo, ser conscientes de ello, es la única sabiduría a la que podemos aspirar.

Efímero

Lo bueno de la filosofía es que no es dogmática en absoluto. La filosofía dialoga, nos interpela, nos obliga a manejar conceptos e ideas y nos impulsa a formar con ellos nuestros propios conceptos e ideas. En otras palabras: la filosofía es a la vez hija y madre de sí misma; se autoreproduce, se expande, genera su propia continuidad.
Del texto que dejé ayer de Darío Sztajnszrajber pueden tomarse varios caminos y seguir por ellos a ver dónde nos llevan. Yo he tenido, con el que cierra su idea, varios encuentros previos: “Creer que la búsqueda de sentido, tiene sentido”.

William Blake - The Ancient of Days

 William Blake – The Ancient of Days

¿Lo tiene? ¿La búsqueda de sentido puede ser el sentido de la vida? Primera cuestión: ¿Y por qué debería tenerlo? ¿Desde cuándo todo debe tener un sentido? Soy de los que creen, por el contrario, de que en realidad nada tiene sentido, de que todo es banal, superfluo; de que nuestra vida es un soplo insignificante que no perdurará más allá que nuestro último aliento. ¿Entonces por qué luchar? Me han preguntado algunas veces. ¿Para qué vivir, superarse, amar, aprender, ser buenos? Y no hay otra respuesta que “porque sí”. Aquí caemos en una paradoja que no es banal y que, en lo particular, amo profundamente: El hecho de que la vida no tenga sentido no significa que cada instante no lo tenga. El problema, creo, es que consideramos a la vida como un todo cuando eso no existe. No existe mi vida; no existe algo que pueda considerarse la vida de Borgeano. Sólo existe éste mínimo, pequeño, diminuto instante en el que estoy escribiendo esto, no la suma de esos instantes; y el hecho de que todo esto carezca de un sentido metafísico, no quiere decir que no podamos darle un sentido terrenal y profundo. Estoy aquí y eso es más que suficiente. Cuando tomo un sorbo de agua, cuando abrazo a quien está a mi lado, cuando extraño a mi hermano, cuando reímos con los amigos, cuando caminamos por una calle cualquiera, cuando escuchamos ese acorde, es cuando todo tiene sentido porque, simplemente, estamos vivos.
Dije que había dialogado varias veces con esas palabras de Sztajnszrajber; y tan así es que lo hice mucho antes de haberlas escuchado o de haberlo, siquiera, conocido a él. De los poemas que he escrito, el más viejo que ha sobrevivido es El vuelo de Ícaro, el cual debe tener cerca de treinta años. En una parte de él, Ícaro se dirige a su padre y confronta la idea que éste tiene de la permanencia. Ícaro, entonces, le dice: “Vanas son tus precauciones / y la solidez de tu esperanza / yo me resigno a las auroras que mis días me permiten. / En este monstruo que has engendrado no hay extensión / que pueda vivir un día más que tú”.
La idea de lo fútil de la existencia ya estaba allí, en aquel muchacho que escribía poemas pretenciosos (quien quiera acercarse a ese aspecto de mi vida puede pasarse por aquí) y permanece en el hombre que está aquí, menos pretencioso, sí; pero no menos efímero.