La incertidumbre

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La postura que la modernidad tiene ante el amor mueve un poco a risa y otro poco a compasión. Cuando uno escucha decir a un joven que «no vale la pena enamorarse» o, directamente, que «no hay que enamorarse», uno no puede menos que sonreír con algo de pena mientras espera que el tiempo, el azar o las hormonas empujen al joven en cuestión a esa carrera en la que todos estamos inmersos de una u otra manera. Quien sintetizó esa sensación de manera perfecta fue Borges, cuando dijo : «Desgraciadamente pienso que el amor trae más pesares que placeres. Ahora, claro que la felicidad que da el amor es tan grande que más vale ser desdichado muchas veces para ser feliz algunas. ¡Es también una cuestión de estadística! Yo creo que todos nosotros hemos sido muy felices con el amor alguna vez y también creo que todos hemos sido muy desdichados muchas veces. El amor le ofrece a uno esa incertidumbre, esa inseguridad del hecho de poder pasar de una felicidad absoluta a la desdicha; pero también de poder pasar de la desdicha a la brusca, a la inesperada felicidad».

Con precisión casi matemática Borges nos recuerda lo esencial: nada en esta vida está asegurado en un cien por ciento y es sólo una cuestión de estadística que, al menos en algún momento, a uno le toque una racha de buena suerte. Claro, ahora si uno es un poquito inteligente y, además, se pone a trabajar en el asunto, las probabilidades aumentan; y es allí cuando se deja de ser tan inocente y pesimista en cuestiones de amor y se deja arrastrar por la corriente, amando cuando somos afortunados y deshojando la margarita cuando la fortuna nos obliga a ello. Aunque sabiendo que sólo es un juego y que el tiempo siempre nos dará una nueva oportunidad.

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Aprender a decir adiós

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Collage 01La cultura occidental tiene, entre sus muchas fijaciones, una muy particular: saber cuáles fueron las últimas palabras de este o aquel personaje (ya se sabe, la fama, aquí, tiene un plus de distinción o morbo). Tal vez sea la idea de despedida lo que prima aquí aunque, como dije, tal vez sólo sea simple morbo.

Sea como fuere, las últimas palabras tienen un aura especial y particular que las hace únicas e imperecederas. Lo que nadie parece pensar, me digo, es en cuáles fueron las últimas palabras que los vivos les han dicho a los muertos. ¿Será que nos hemos despedido de la manera adecuada? ¿O los habremos dejado ir con palabras que nos avergüenzan o nos hacen sentir arrepentidos?

Recuerdo un poema de Borges (siempre lo hago; es uno de esos poemas que vuelven una y otra vez) donde nos habla de aquellas cosas de las que estamos despidiéndonos constantemente y sin siquiera saberlo: «De estas calles que ahondan el poniente / una habrá (no sé cuál) que he recorrido / ya por última vez, indiferente» y dos de los versos que más me conmueven: «Para siempre cerraste alguna puerta / y hay un espejo que te aguarda en vano…» Ese espejo siempre lo he sentido como la síntesis del olvido. No puedo dejar de verlo como un símbolo de mi infancia y de todo lo que he dejado atrás. Ese espejo que espera será, creo que para siempre, la imagen de la despedida constante de las cosas que me rodean.

Y volviendo a las personas, que son, claro está, lo más importante de todo ¿por qué no tener esto presente y, ante la cierta probabilidad de que no volvamos a vernos, comenzar a despedirnos diciendo algo amable, algo que nos recuerde las razones por las cuales estamos unidos, algo que, después, no nos haga sentirnos arrepentidos? La idea de la bondad pura no es necesariamente buena, lo sé; pero si prestamos atención a nuestro entorno veremos que la mayor parte de las veces los enojos o las distancias se deben a cuestiones triviales. ¿No será una buen idea el dejar esas cosas donde corresponde y darle a nuestros seres queridos el lugar que se merecen? Quién sabe cuánto tiempo tenemos para decir un «te quiero» o para dar (y recibir) abrazos. ¿Para qué esperar por un momento que tal vez nunca llegue?

Todo momento es ahora, y si el espejo nos aguarda en vano, al menos que no lo haga con tristeza. Haber dejado un buen recuerdo en él habrá sido nuestra tarea.

El subproducto esencial

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«A mí no me gusta hablar de felicidad, sino de armonía: vivir en armonía con nuestra propia conciencia, con nuestro entorno, con la persona que se quiere, con los amigos. La armonía es compatible con la indignación y la lucha; la felicidad no, la felicidad es egoísta». Dice José Saramago y da, como siempre, en el clavo. La frase, podría decirse, es un dístico, y cada una de sus partes es, a la vez, independiente y dependiente de la otra. La primera de ellas es la que más me importa: la felicidad subordinada a la armonía me parece una idea de profunda belleza y verdad. Es casi un pequeño koan zen.

Hace un par de meses se llevó a cabo un debate más que interesante entre el filósofo esloveno Slavo Zizek y el psicólogo Jordan Peterson. El debate llevó el atractivo título de Felicidad: Capitalismo contra Marxismo (y fue publicitado como «El debate del siglo»,  lo cual todavía está por verse. Pueden encontrarlo completo y subtitulado en YouTube). en un momento del debate Slavoj Zizek plantea así su idea de la felicidad: «… llamémosla la naturaleza corruptiva de la felicidad. Entonces mi fórmula es «la felicidad debería ser tratada como un subproducto necesario». Si te enfocas en ella, estás perdido. La felicidad aparece como un subproducto de ti trabajando por una causa. Ése es el asunto básico para mí».

La misma idea, la misma precisión: la felicidad no es algo que podamos alcanzar apuntando directamente a ella. Lo que solemos conseguir en esos casos es sólo un remedo, un pseudo producto que se parece en algo al original, pero que sólo dura muy poco tiempo y que nos deja, al desaparecer rápidamente, nada más que vacío. La felicidad verdadera, esa que Saramago y Zizek nos dicen que es un subproducto de la armonía y de la lucha por una causa válida, no sólo es más profunda y persistente; sino que muy posiblemente no nos deje nunca, ya que su aparición se transforma en esencia, en raíz, en lo mejor de nosotros mismos.

El mapa en la cabeza

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Leo a Lina María Vargas en La poética del peinado Afrocolombiano (2003) (Pueden encontrar el PDF aquí): «Leocadia recuerda a su abuela contándole de las tropas, esas trenzas delgadas pegadas al cuero cabelludo que usan hoy chicas y chicos afrocolombiano y no afrocolombianos. Muchos de ellos creen que Denis Rodman, Shaquille O´neil o Snoop Dog las han inventado, pues los han visto en afiches y carátulas de discos compactos. Si ellos viajaran al Baudó, al San Juan, o al Altrato y vieran los peinados de las abuelas y las niñas, se sorprenderían al encontrar los mismos diseños en la cabeza. ¿Globalización? No, Afroamérica siempre ha estado ahí».

 

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«Las tropas» eran las trenzas delgadas pegadas al cuero cabelludo, y son testigos de la resistencia que llevaron adelante las abuelas africanas para planear fugas de las haciendas y casas de sus amos esclavistas. Las mujeres se reunían en el patio para peinar a las más pequeñas, y gracias a la observación del monte, diseñaban en su cabeza un mapa lleno de caminitos y salidas de escape, en el que ubicaban los montes, ríos y árboles más altos. Los hombres al verlas sabían cuáles rutas tomar. Su código, desconocido para los amos, le permitía a los esclavizados huir.

 

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«Si el terreno era muy pantanoso, las tropas se tejían como surcos», dice Leocadia Mosquera, una maestra chocoana de 51 años a quien su abuela le enseñó el secreto de los peinados por considerarla la ananse de la familia, es decir, ese ser mítico representado en una araña, que con su astucia y poder, huye de la dominación.

 

La rebelión, la creatividad, la necesidad humana; todo aunado en un solo acto, en una sola historia. ¿Podremos ver de nuevo un peinado como estos sin saber —al menos en la intimidad de nuestro yo— que allí se encuentra dibujado lo peor y lo mejor de nosotros?

Cuando llegue la noche

 

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William-Adolphe Bourguereau – Igualdad ante la muerte

 

En estos últimos días he visto algunos artículos que dicen algo así como «Comienza la sexta extinción masiva» o «La ONU advierte que la vida se distinguirán el 2050» (o 2060 según el caso). Es muy probable que esta información sea falsa o exagerada, pero supongamos por un momento que tenga algunos visos de realidad; ¿Qué puede deducirse de ello? De la primera información tenemos que tomar en cuenta un punto importante: si ésta es la sexta extinción masiva quiere decir que antes tuvo otras cinco y, sin embargo, la vida aquí está (de las cinco extinciones anteriores, la peor fue la tercera, la del período Pérmico-triásico, que terminó con el 96% de las especies). La vida es más persistente en la que los seres humanos pensamos y se abrirá paso a través de la sexta extinción masiva. Claro, el punto que es posible que seamos nosotros los que no pasemos esa barrera; y ése es el verdadero temor de algunos. Como bien sabemos el ombligo de los humanos es el verdadero centro del universo y es entonces que muchos se aterrorizan ¿Cómo es que el mundo sobrevivirá sin mí? Ese sin mí no es exagerado; la verdad es que la gente no piensa en la humanidad como concepto ni en sus mejores momentos.

 

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Pues bien, la naturaleza pudo, puede y podrá vivir sin seres humanos (de hecho, lo hizo durante casi toda su existencia); y dentro de poco (más tarde o más temprano tendrá que ocurrir) la humanidad como tal desaparecerá, y será de manera definitiva. ¿Hay que preocuparse por eso? Bueno sí, pero tampoco hay que exagerar con la pérdida. ¿Qué es lo que hay que salvar de la humanidad? Muchos hacen hincapié en la belleza que el hombre ha creado y sacan a relucir la palabra mágica: poesía (y también, en menor grado, sinfonía) y dicen cosas como «¡Pero se perderán todas las poesías y las sinfonías!» o «¡La belleza que el hombre ha creado se perderá en la nada!» y exclamaciones similares. Por una parte tienen un poco de razón quienes así se pronuncian, pero tan sólo un poco. No hay que olvidar que por cada Mozart que ha aparecido han tenido que hacerse presentes varias decenas de millones de seres humanos comunes y corrientes, y por cada Einstein, otro tanto. También hemos creado los elementos complementarios opuestos; es decir, hemos creado a Hitler, Ghengis Khan, Mao Tse Tung, la mayor parte de los presidentes norteamericanos y dos o tres Papas; así que eso de andar contando historia de la humanidad sólo a base de Mozarts y de Szymborkas no es nada justo. Esas son minorías, excepciones, las cerezas del pastel; los demás somos parte de la masa indiferenciada. Por cierto, un punto importante: si la humanidad está a punto de desaparecer, es por sus propios errores; así que eso ya nos demuestra que no somos tan inteligentes como creemos que somos. Así que llegamos a este punto donde la naturaleza está a punto de hacernos caer en el olvido como la plaga que somos y eso es todo. Quién sabe, quizás la próxima vez logre crear una especie realmente inteligente… ¿Se imaginan lo que serán sus poesías y sus sinfonías? Estoy seguro de que eso sí que debería ser preservado.

El ronroneo constante

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Para Lou, mi copiloto

 

Vivir es como conducir un auto por una ruta sin fin. El espejo retrovisor nos muestra el pasado y sería ridículo conducir fijando todo el tiempo la vista en él. Adelante, frente al parabrisas, más allá del motor y de las defensas, está el futuro, el cual, erróneamente, creemos conocer porque la cinta de asfalto se parece mucho a la que dejamos atrás; pero la verdad es que no sabemos absolutamente nada de lo que nos espera detrás de la siguiente curva. Tal vez la ruta se torne un camino secundario de grava y tierra; tal vez sea una moderna y ancha autopista; tal vez serpentee peligrosamente entre montañas y precipicios; tal vez no cambie en absoluto durante cientos de kilómetros; tal vez nos encontremos con el final del camino, abrupto y definitivo.

Sea como fuere, la única certeza que tenemos es el ronroneo constante del motor, el constante avance de los números en el cuentakilómetros, el sonido o la sensación del viento, la charla con nuestros acompañantes.

Tomo el volante y siento el cuero delicado bajo las palmas de mis manos. Suavemente lo giro hacia la izquierda y luego hacia la derecha y el automóvil obedece con presteza. Hasta cierto punto —y soy consciente de que sólo es hasta cierto punto— tengo el control de la situación, y por puro placer acelero un poco o ralentizo la marcha.

Todo lo demás es secundario o ilusión.

Malabares

 

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Leo en El mito de Sísifo, De Albert Camus: «El tema de este ensayo es, precisamente, la relación entre lo absurdo y el suicidio, la medida exacta en la cual éste es una solución al absurdo. En principio, se puede plantear que para un hombre que no hace trampa, lo que él cree verdadero debe regular su acción. La creencia en lo absurdo de la existencia debe, pues, dirigir su conducta. Es de una curiosidad legítima preguntarse, claramente y sin falso patetismo, si una conclusión de este orden exige que se abandone lo más pronto posible una situación incomprensible. Aquí me refiero, desde luego, a los hombres dispuestos a ponerse de acuerdo con ellos mismos».
Debo ser sincero: leo el ensayo de Camus con una posición tomada de antemano; y este párrafo que acabo de citar me plantea preguntas para las cuales ya tenía una respuesta. Para explicarme tengo que traer aquí a Schopenhauer, porque fue el que mejor expuso esa idea de que el mundo es un absurdo pero en el que hay momentos que dan valor al acto de vivir. Más precisamente lo dice así: « […], se pierde completamente en objeto, es decir, olvida su individualidad, su voluntad, y queda únicamente como puro sujeto, como espejo del objeto». (El mundo como voluntad y representación I, § 34, 233).
¿Cómo es esto? Pues que el mundo es un absurdo no es algo que requiera mucha explicación; sólo alcanza con ver esos compendios del pesar y de la maldad humana que se llaman «noticieros televisivos» donde se siguen, sin solución de continuidad, un desastre tras otro. En ese caso sí podemos estar de acuerdo con Camus y su duda: ¿Cómo hacer para no suicidarse ante tanto absurdo? Pero si uno tiene la buena costumbre de alejarse de esos compendios del pesar y también de todos aquellos que nos rodean y que no hacen otra cosa que imitar a esos programas sólo que en versión familiar y personalizada, puede dedicar su tiempo al arte y a la contemplación de otras cosas que son el polo opuesto a lo antes descrito. En mi caso, y en este momento en el que escribo esto, tengo siete libros de Albert Camus (vengo charlando con él desde hace tres semanas y creo que tengo material como para otras tres semanas más); la colección completa de los conciertos para piano de Mozart (12 CD´s, los cuales pienso escuchar en orden) y, ante la imposibilidad de agenciarme los originales, voy «coleccionando» todos los Modigliani que encuentro, ya sea en papel o a través de la red. Por supuesto, no me olvido de otra parte importante de la realidad. Dentro de unos minutos L. saldrá de su trabajo y, como todas las tardes, saldremos a caminar. Tal vez nos sentemos un rato en la plaza, tal vez lo hagamos en un café; tal vez sólo caminemos o entremos a una tienda o a una librería. Cuando volvamos a casa nos acostaremos, charlaremos otro rato, nos abrazaremos y así terminaremos el día.
Es entonces cuando el mundo se modifica y cobra otro carácter, otro valor, otro sentido y es entonces cuando uno dice ¡Por supuesto que vale la pena vivir este absurdo!

 

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Hace unos días fuimos con L. y sus hijos al circo ¿Al circo en pleno siglo XXI? ¡Pues sí! ¿Por qué no? Si vivimos de absurdo en absurdo… como sea, el espectáculo —con esas limitaciones propias del circo, el cual nos llevó de la mano a nuestra infancia, entre otras cosas—, fue sencillo pero divertido; colorido, inocente y, hasta podría decirse, humilde. Y fue tan humilde que ambos coincidimos en que el mejor número fue el del malabarista, quien realizó el viejo acto de arrojar pelotas al aire o contra el piso con notable destreza. Él fue la respuesta perfecta a la incógnita de Camus: en el absurdo del circo él era un perfecto malabarista y la enseñanza que me dejó fue clara: del mismo modo que él lo hace con pelotitas, yo hago malabares con conceptos e ideas y, entre catástrofes televisadas, Camus, Mozart, Modigliani, muertos en primer plano y las risas y los besos de L., me digo que mientras esté en este escenario tengo que dar, cada día, lo mejor de mí. Porque entre el absurdo y la belleza sólo hay un paso y una decisión y, más que nada, porque sí; porque vale la pena.