Exit, stage left

.

En el capítulo 132 de Rayuela (debemos recordar que la «primera» versión de la novela termina en el capítulo 56, lo que quiere decir que del que vamos a hablar es uno de los que en general no son leídos), Cortázar se explaya, como siempre, en pensamientos hilvanados con gracia y sentido lúdico. Mientras alguien habla de algo, él se pierde en recuerdos de cafés en los que ha estado a lo largo del mundo, en una cita de Hart Crane y, por último, en una serie de recuerdos de sueños. En uno de ellos recuerda haberse sentido «como expulsado», dice, y concluye:

«Todo eso tendrá, me imagino, una raíz edénica. Tal vez el Edén, como lo quieren por ahí, sea la proyección mitopoyética de los buenos ratos fetales que perviven en el inconsciente. De golpe comprendo mejor el espantoso gesto del Adán de Masaccio. Se cubre el rostro para proteger su visión, lo que fue suyo; guarda en esa pequeña noche manual el último paisaje de su paraíso. Y llora (porque el gesto es también el que acompaña el llanto) cuando se da cuenta de que es inútil, que la verdadera condena es eso que ya empieza: el olvido del Edén, es decir la conformidad vacuna, la alegría barata y sucia del trabajo y el sudor de la frente y las vacaciones pagas».

.

Masaccio – Adán y Eva

.

La pérdida inevitable del Edén debe ser terrible, pero nosotros, los que nacimos sin siquiera la posibilidad de haberlo entrevisto, estamos tan acostumbrados a esta sombra de felicidad que ya bien creemos que esto que nos rodea es la maravilla suprema (en lo personal no deja de llamarme la atención el hecho de que, cuanto más miserable sea la vida de una persona, más deseos de extenderla por toda la eternidad tengan; como si tal cosa fuera deseable en lo más mínimo).

Será por eso que tiendo a querer ir en sentido contrario: y por ello recuerdo a Bakunin, cuando dice: «Al buscar lo imposible el hombre siempre ha realizado y reconocido lo posible. Y aquellos que sabiamente se han limitado a lo que creían posible, jamás han dado un solo paso adelante».

Sí, por ahí va el camino que me gusta: el de la no aceptación de la conformidad vacuna, como dice Cortázar. Si este es todo nuestro paraíso, pues será cuestión de sacarle todo el jugo que tenga, sea mucho o poco lo que vayamos a obtener. Y es por eso que, aunque me gustan las palabras de Bakunin, prefiero la exposición más romántica de Alejandro Dolina: «… salgamos de una vez. Salgamos a buscar camorra, a defender causas nobles, a recobrar tiempos olvidados, a despilfarrar lo que hemos ahorrado, a luchar por amores imposibles. A que nos peguen, a que nos derroten, a que nos traicionen. Cualquier cosa es preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable resignación que algunos llaman madurez…».

Tal vez sea ese la mejor manera de que, llegado el momento de abandonar el escenario, no tengamos que cubrirnos la cara con por vergüenza o llanto y que nuestro exit, stage left tenga más alegría que la que nos regaló Masaccio.

El tránsito posible

Mueren las sombras
en la vida, o la vida
muere en las sombras

Xavier Novella

En mi lugar de trabajo tengo, entre varias imágenes personales, algunas reproducciones de obras de arte que, por una u otra razón, tengo que «tener a mano»; por decirlo de algún modo (algo exagerado, por cierto). Una de ellas es este cuadro poco conocido de René Magritte, de 1935, títulado La condición humana.

 

René Magritte - la condición humana - 1935

Magritte sintetiza en él las ideas de dos grandes filósofos ―Platón y Schopenhauer―, modificándolas y uniéndolas, logrando una síntesis perfecta de esas ideas; con el agregado de que utiliza para ello la misma herramienta de la que se está hablando (es decir que dice todo lo que esos filósofos dijeron pero sin una sola palabra; sino que utiliza a la pintura ―o, por qué no, al arte en sí mismo― como un metalenguaje último, que no necesita más explicaciones que su sola presencia para ser comprendido).
En la pintura vemos, desde dentro, la boca de una caverna. A la izquierda una fogata, frente a nosotros la luz clara del paisaje y, en medio, un cuadro que recrea la parte del paisaje que no vemos (figura recurrente en la obra de Magritte, por cierto). Todo esto es una referencia directa a Platón y su alegoría de la caverna; aquella famosa forma de dar a entender lo que significa el conocimiento verdadero, que se encuentra en el capítulo VII de su República. (No dejaré aquí una explicación de esa alegoría por ser demasiado conocida y porque extendería en exceso esta entrada. Si alguien quiere recordarla o conocerla, puede ir aquí, en particular al apartado Historia).
Dos mil años después de que Platón escribiera esa alegoría, llegaría Arthur Schopenahuer a exponer su teoría estética (tercera parte de El mundo como voluntad y representación), la cual, sintetizándola, dice que el arte es una de las dos herramientas que tenemos para poder correr el velo de Maya; es decir, una de las dos formas que tenemos de poder olvidar por un instante este mundo de miserias para acceder a una forma superior de existencia. Es aquí cuando Magritte introduce al filósofo alemán en su cuadro. En la alegoría de la caverna platónica, el salir a la luz es simplemente salir al exterior de la caverna, es ver la realidad bajo la luz del sol. En Schopenhauer eso no alcanza. Es necesario, además, tener una visión estética de lo que tenemos delante nuestro para poder apreciar aquello que se presenta ante nuestros ojos.

«El tránsito posible pero excepcional desde el conocimiento común de las cosas individuales al conocimiento de las ideas se produce repentinamente, cuando el conocimiento se desprende de la servidumbre de la voluntad y del sujeto deja así de ser un mero individuo y se convierte en un puro y desinteresado sujeto del conocimiento, el cual no se ocupa ya de las relaciones conforme al principio de razón, sino que descansa en la fija contemplación del objeto que se le ofrece, fuera de su conexión con cualquier otro, quedando absorbido por ella».

No es posible explicar el párrafo anterior sin dañarlo. Es tan perfecto en su síntesis que todo añadido es superfluo. Lo único que puede hacerse es, creo, lo que hizo René Magritte: con las armas y el lenguaje del arte nos dice que la única manera de salir de la caverna es a través del arte. Él es una de las formas de liberación.

De la otra, hablaremos en otro momento.

Irse con altura

 

Libros viejos

.

Hace un tiempo intenté hablar, en este sitio, de lo que significaba o podía significar la muerte de un padre. Recuerdo que lo hice mal (y ahora me digo que tendré que volver a intentarlo, porque el tema no es menor) y que la cosa quedó, entonces, algo trunca. Hace unos días encontré un caso por demás curioso, el de un suicida —un muchacho de treinta y cinco años, graduado en psicología— que en pleno Yom Kippur, la fiesta sagrada judía, entró en el Memorial Church de Harvard y se pegó un tiro en la sien. Lo curioso del caso es que el muchacho en cuestión, Mitchell Heisman, dejó una nota suicida de 1.905 páginas, con 1.433 notas al pie y 20 páginas de bibliografía. ¿Y qué tiene que ver esto con el tema del padre del que comencé hablando? Pues parece ser que el punto de quiebre, aquí, también tiene que ver con la muerte del padre de Mitchell, de la cual el muchacho nunca pudo recuperarse.

Mitchell Heisman no era un caso de esos que solemos ver en las noticias de este tipo; alguien que vive encerrado en sí mismo y de quien nada sabemos hasta que los hechos dramáticos ponen las cartas definitivas sobre la mesa. Al contrario, quienes lo conocían

Mitchell Heisman

Mitchell Heisman – Foto de David Abel

hablaban de él en los mejores términos: «Era un joven de lo más saludable, nunca había mostrado ninguna inclinación depresiva. Sólo se trataba de un chico un poco reservado, absorbido en los últimos tiempos, eso sí, por lo que él citaba como un trabajo académico “sobre la historia de la conquista normanda de Inglaterra”». O, en palabras de su propia madre: «Era muy cordial, encantador, nunca hubiese pensado que algo andaba mal. Con frecuencia me decía que me amaba y me había visitado recientemente para ayudarme a prepararme para una mudanza. […] Todavía estoy en estado de shock y no puedo entender cómo pudo haber escondido esto. Tenía todo a su favor. Estaba en perfecto estado de salud. Era guapo, inteligente, una buena persona. Nunca lo entenderé». (Estas palabras las tomé de un artículo del Boston.com, de donde también tomé la foto que se encuentra aquí arriba).

 

Lo más curioso, por supuesto, es su nota suicida, la cual se encuentra lejos de ser una simple y tradicional despedida. No, la nota es un largo estudio sobre el sinsentido de la vida, de un profundo nihilismo (acentuado por la muerte del padre) del cual Heisman no pudo salir. En palabras del propio Heisman (del cual pueden leer varias de sus citas en el sitio Goodreads, aquí): «Cada palabra, cada pensamiento y cada emoción vuelven al mismo problema central: la vida carece de sentido. Quiero recalcar que la cuestión central de este texto no es la biología, la raza, o la tecnología, sino el nihilismo. Este experimento sobre el nihilismo consiste en buscar y exponer cada ilusión y cada mito, nos lleve a donde nos lleve, sin que importen las consecuencias y aunque eso implique nuestra propia muerte».

He leído parte del trabajo de Heisman y me ha parecido fascinante; tal vez poco a poco llegue a leerlo todo (la obra no es un todo en sí misma, sino que se compone de varios capítulos independientes que pueden abordarse por separado; por cierto, si alguien  quiere adentrarse en él puede encontrar el PDF completo, aquí); pero tengo que volver al tema del padre en sí, ya que el núcleo central está allí. En palabras de Heisman: «La muerte de mi padre fue el detonante, o tal vez el acelerador, de un colapso moral. Porque la materialización total del mundo desde la materia a los humanos pasando por la experiencia subjetiva literal fueron de la mano de una incapacidad nihilista de creer en el valor de cualquier objetivo vital. No existe una justificación racional para la voluntad humana de seguir avanzando» (página 1861).

El suicidio es y será siempre uno de los grandes temas, una de las grandes incógnitas de nuestra realidad (según Camus, es el único tema que realmente importa en la filosofía; pero parece que Heisman no pudo adentrarse en el pensamiento existencialista; el cual le hubiese ayudado mucho en cuanto al hecho de tomar tan drástica decisión); el caso de Heisman es, tal vez, uno de los más notables; ya que desde el momento de tomar la decisión hasta el momento en llevarla a la práctica pasaron más de cinco años; cinco años de trabajo constante para dejar (para dejarnos) la más increíble nota suicida de la que se tenga memoria.

 

Paisaje con perro

Una pregunta que occidente recién está empezando a plantearse, es si los animales piensan o no; es decir, si sólo actúan por instinto o hay algo más que los impulse (primer problema: ¿Qué es pensar? ¿Lo que hacemos los humanos? Miremos a nuestro alrededor… ¿Estamos seguros de que todos nosotros pensamos? Si no es así ¿Quién lo hace? Etc., etc.). El budismo es tal vez la única filosofía que desde hace milenios protege la vida animal, pero no por eso la considera igual que al ser humano; es decir: la respeta en tanto vida, pero no la considera en igualdad de condiciones intelectuales (segundo problema: ¿Cómo podríamos llegar a entender el pensamiento de otra especie? Si ya bastante difícil lo tenemos para entendernos entre nosotros, imaginemos, nada más, el problema de intentar comprender a una especie totalmente diferente a nosotros).

Bien, no es mi intención responder a ninguna de estas preguntas, por supuesto; sólo quiero traer a colación un asunto tangencial, relacionado con ello, pero no exactamente igual. Una amiga me pasó, ayer, esta foto:

Perro

En medio de toda la tristeza y las incertidumbres de estos días, esa foto me alegró la tarde. Las preguntas con las que comencé esta entrada surgieron de inmediato, junto a otras más sencillas, que ni siquiera buscaban una respuesta: ¿Qué es lo que está mirando? Podríamos suponer que tal vez el dueño se encuentre nadando o algo así, pero eso no siempre es necesario (A Terry, el perro de L., le gusta mirar por la ventana hacia la calle y no porque allí esté su dueña. Mira el tránsito, la gente que pasa… ¿Por qué; qué es lo que él ve allí?). Como no sé qué es lo que ese perro está mirando prefiero creer que está mirando el horizonte, que está mirando, sí, el paisaje (tercera pregunta: ¿Pero es que un perro puede tener una concepción estética?).

No lo sé, pero si alguien contestara a todas estas preguntas con un rotundo «No» («No, los perros no piensan, no sienten y, mucho menos, tienen una concepción estética de lo que los rodea)», en lo que a mí respecta, no me plantearía ningún problema, sino que sólo lo desplazaría un par de milímetros. Me explico: si el perro no es más que un perro, un ente sin entelequia, podríamos decir que un perro sólo es pura naturaleza; y he aquí lo que más me gustó de la foto: lo que yo veo aquí es a la naturaleza mirando a la naturaleza. ¡Nada menos! Lo voy a decir más fuerte, para que se entienda bien; el título de la foto, para mí, sería:

La naturaleza mirando a la naturaleza

¿Bonito círculo cíclico, no les parece? (Para quienes quieran adentrarse en este tema les recomiendo un libro estupendo: Yo soy un bucle extraño, de Douglas Hofstadter). Sé que es una idea romántica por excelencia, más propia de un Schiller que de un habitante del siglo XXI; pero vamos, que esto último no es para poner orgulloso a nadie, mientras que ser un Schiller… Pero, esperemos un minuto ¿No hubo alguien que propuso una idea similar en el siglo pasado? ¡Pues sí! Ahora que lo recuerdo, fue un astrónomo por demás conocido: fue Carl Sagan, en su libro Cosmos, cuando luego de analizar al cerebro humano y de comparar a éste (por números y por conexiones) con las galaxias y el universo dijo aquello tan bonito de que «el cerebro es la forma que ha encontrado el universo de observarse a sí mismo».

El mismo círculo, el mismo bucle extraño, tal vez los mismos actores: ese perro y yo, me digo, no somos tan diferentes. Después de todo, si no puedo entender lo que piensa Terry ¿Cómo sé que él no me considera nada más que una estupenda máquina de arrojar pelotas, que es lo único que a él le interesa? (y noten lo que es el ego humano: dije, refiriéndome a mí mismo «estupenda máquina de arrojar pelotas» sin saber la opinión de Terry, quien tal vez me considere poco menos que mediocre). Cuando nos miramos a los ojos es inevitable que piense ¿Es que pensará en algo este animal? Para cerrar el círculo una vez más, a partir de ahora tendré que aceptar que, tal vez, en su lenguaje perruno él esté preguntándose exactamente lo mismo.


perro 02Nota al margen: Dejé otra anécdota personal para el final, ya que al incluirla en el texto sentí que lo entorpecía un poco. Sigo sin poder aseverar nada en cuanto a las capacidades de los animales; pero quiero recordar a mi querida Donna, quien, entre otras curiosidades, gustaba de la música clásica. Cuando ponía música ella se iba o se acostaba frente a las bocinas. Por supuesto, al notar esto hice varios experimentos a lo largo de los años que vivió conmigo, y puedo asegurar que Donna prefería a Mozart o a Satie antes que a Led Zeppelin o John Zorn. Eso lo teníamos muy claro, ella y yo. ¿Esto es prueba de que algunos animales tienen alguna forma de sentido estético? Por supuesto que no; pero creo que también es algo que excede lo meramente curioso o azaroso.

El animal más peligroso

La foto de la década de los sesenta y, tengo entendido, se encontraba en el zoológico del Bronx, en Estados Unidos. El texto dice: «Estás mirando al animal más peligroso del mundo. Él sólo, de todos los animales que alguna vez vivieron, puede exterminar (y lo hará) especies enteras de animales. Ahora ha logrado el poder de eliminar toda la vida en la tierra».

.

animal

.

Supongo que la última oración hace referencia al poder nuclear que se encontraba en boga en ese momento. Hoy, por supuesto, ese poder sigue siendo un peligro, tanto desde el punto de vista militar como civil. Pero también podemos sumar otros poderes igual de dañinos, como el poder militar clásico; el del armamento biológico (ya hay quien dice que el famoso coronavirus que está haciendo estragos en Asia y que ya ha comenzado a moverse a Europa y América no es más que un ataque planeado de EE.UU. a su nuevo archirrival, China. Más allá de la paranoia en cuestión, las grandes potencias ya han usado este tipo de armamento en el pasado; así que todo puede suceder aquí); los ataques cibernéticos o la mera manipulación de masas. Como sea, parece que el ser humano no va a parar nunca de encontrar el modo de joder al prójimo y que para ello encontrará la manera más eficaz y creativa.

.

àrbol

.

Ilustro la entrada con fotos viejas (digo viejas en cursiva porque nosotros, como hijos del capitalismo tenemos apenas poco más de doscientos años. Viejo, lo que se dice viejo, es ése árbol de ahí arriba), Recuerdo las palabras del Sr. Smith en esa película por todos conocida: «Quisiera compartir una revelación que he tenido durante el tiempo que he estado aquí. Me llegó cuando traté de clasificar a tu especie: Me di cuenta que realmente ustedes no son mamíferos. Cada mamífero en este planeta desarrolla instintivamente un equilibrio natural con el ambiente que lo rodea, pero los seres humanos no. Los humanos se trasladan a un área, y se multiplican, y multiplican, hasta consumir cada recurso natural. La única forma que tienen de sobrevivir es instalarse en otra área y comenzar de nuevo. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón: El virus. Los seres humanos son una enfermedad, un cáncer para este planeta, una plaga…».

¿Será una exageración lo del Sr. Smith? Tal vez; pero yo siento que lo que ha dicho no es más que una verdad pura y palpable. Vivir en cualquier ciudad del mundo (hoy que todas son iguales) nos brindará las pruebas que necesitamos para ello: aglomeración, ruidos, violencia, impaciencia, falta de educación, glotonería, soberbia, racismo, xenofobia, miedo, enfermedades cardíacas y psicológicas, etc., etc., etc.

Y hago constar que no es que hoy me sienta particularmente pesimista o negativo, no; de hecho, hoy todavía ni siquiera he salido de casa. Sólo es que pienso en que en algún momento tendré que salir y eso es más que suficiente como para que ya comience a hacerme cruces ante lo que voy a encontrar allá afuera. Séneca dijo: «El que no quiera vivir sino entre justos, que viva en el desierto». Por una parte pienso que es una pena que una persona deba verse obligada a vivir en ese desierto en particular, habiendo (o debiendo haber) otras opciones válidas; y por otra parte siento una infinita pena al pensar que eso es lo que estamos dejando detrás nuestro, y que lo estamos haciendo con tanta perfección que no quedará nadie, en suma, para disfrutarlo.

Hablar para decir algo

.

Joaquin Phoenix

Ayer Joaquin Phoenix ganó su primer premio Oscar como mejor actor; pero no es de cine de lo que voy a hablar aquí, sino de algo tangencial: la entrega de premios más famosos y de sus discursos y, particularmente del discurso que nos regaló Joaquin Phoenix ayer.

Es bien sabido que Hollywood detesta los discursos políticos o toda muestra de pensamiento que se aleje aunque sea un poquito de lo meramente cinematográfico (y mucho más aún cuando el discurso es crítico. Tal vez el más famoso, el que sigue pasándose una y otra vez —más como burla que como otra cosa— es cuando Marlon Brando en lugar de ir a recibir su premio envió a la actriz Sacheen Littlefeather (Pequeña Pluma), ataviada con un traje típico Apache). Ayer Joaquin Phoenix nos brindó un discurso con tintes políticos, sociales y hasta emocionales (como cuando recordó a  su hermano muerto en 1993 River Phoenix). El discurso de Phoenix fue el siguiente:

«No me siento elevado sobre mis compañeros nominados o nadie de este cuarto. El mayor regalo que tengo es usar mi voz para los que no tienen una. Creo que cuando hablamos de desigualdad de género, de racismo, de los derechos LGTB o de los derechos de los animales, estamos hablando de la lucha contra las injusticias. Hablamos de la lucha contra la creencia de que un país, un grupo, una raza, un género o una especie tiene el derecho de dominar, controlar, usar, y explotar a otro con impunidad. Creo que nos hemos desconectado del mundo natural y muchos somos culpables de tener una visión egocéntrica del mundo; creernos que somos el centro del universo. Nos metemos en la naturaleza y la saqueamos por sus recursos. Nos creemos con el derecho a inseminar artificialmente a una vaca y robarle a su bebé, a pesar de que sus gritos de angustia son inconfundibles, y después tomarnos su leche —destinada a su ternero— y la ponemos en nuestro café o nuestros cereales. Creo que tenemos la idea de que el cambio personal significa sacrificar algo, renunciar a algo; pero los seres humanos, en nuestros mejores momentos, somos tan creativos e ingeniosos… y creo que cuando usamos el amor y la compasión como principios, podemos crear e implementar sistemas de cambio que sean beneficiosos para todos los seres vivos y para el medio ambiente. […] Creo que nuestro mejor momento es cuando nos apoyamos mutuamente. No cuando nos vetamos por errores pasados, sino cuando nos ayudamos a crecer, cuando nos educamos, cuando nos guiamos mutuamente hacia la redención. Eso es lo mejor de la humanidad».

Sé que los discursos de agradecimientos son lo usual y ello no está nada mal ¡pero qué bien se siente escuchar a alguien que dice algo más de lo meramente habitual! ¡Qué bien se siente que alguien use su voz para hablar desde su propia humanidad! (ni siquiera tenemos que estar de acuerdo con todo lo que una persona así dice; pero el simple hecho de que nos hable desde sí mismo ya nos obliga al respeto y elogio de su postura).

Tangencialmente, ese discurso me trajo a la memoria un poema de mi novia eterna: Wislawa Szymborska y si bien el lazo entre el discurso de Phoenix y el poema de Szymborska no es estrictamente directo, recordemos que el arte se maneja, más que nada, por aproximaciones.

 

Szymborska

.

Hay quienes

Hay quienes llevan a cabo la vida más hábilmente.
Tienen orden en su interior y en su alrededor.
Para todo la manera y la respuesta adecuada.

Adivinan inmediatamente quién a quién, quién con quién,
con qué objetivo, por donde.

Ponen el sello en la verdades absolutas,
arrojan a la trituradora los hechos innecesarios,
y a las personas desconocidas
a las carpetas destinadas a ellas de antemano.

Piensan justo lo debido
ni un segundo más,
porque tras ese segundo acecha la duda.

Y cuando los dan de baja de la existencia,
dejan su puesto por la puerta señalada.

A veces los envidio;
afortunadamente se me pasa.

Ozymandias

DiscursoDice Etienne de La Boetie, en su Discurso sobre la servidumbe voluntaria, de 1576: «Resuelve no servir más y serás inmediatamente libre. No digo que levantes tu mano contra el tirano para derribarlo, sino simplemente que no lo apoyes más; luego verás cómo, igual que un Coloso cuyo pedestal ha desaparecido, cae por su propio peso y se rompe en pedazos».

Todo el Discurso… es una obra que merece ser leída con atención; pero en este caso, más que en la acción promovida hacia quienes sirven, me quedé pensando en aquellos que mandan y sólo viven para mandar y que creen que eso es ser un hombre o, siquiera, algo parecido (quien quiera ver, por ejemplo, relaciones con los delirantes mandatarios actuales puede hacerlo con total libertad) y recordé aquel poema escrito por Percy Bysshe Shelley en 1818 y que dejé en este sitio hace un tiempo. Vuelvo a dejarlo con la última linea de esa entrada, porque dice lo que quiero seguir diciendo: «El paso del tiempo, el sentido (o sinsentido) de la vida, el orgullo humano, todo está allí, reunido en un poema más eterno que las pirámides».

 

Ozymandias

Conocí a un viajero de una tierra antigua
que dijo: «dos enormes piernas de piedra
se yerguen sin su tronco en el desierto;
junto a ellas, en la arena, semihundido
descansa un rostro hecho pedazos, cuyo ceño fruncido
y mueca en la boca, y desdén de frío dominio,
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones
que todavía sobreviven, grabadas en la piedra inerte,
a la mano que se mofó de ellas y al corazón que las alimentó.
Y en el pedestal se leen estas palabras:
“Yo soy Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplen mis obras, oh poderosos, y desesperen!”
No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas
de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.

Elogio de la sensibilidad

Joseph_Addison 02 En Los placeres de la imaginación, estudio publicado en 1712, Joseph Addison, dice: «El que posee una imaginación delicada, participa de muchos y grandes placeres, de los que no puede disfrutar un hombre vulgar. Puede conversar con una pintura y hallar en una estatua una compañera agradable; encuentra un deleite secreto en una descripción, y a veces siente mayor satisfacción en la perspectiva de los campos y de los prados que la que tiene otro en poseerlos. La viveza de su imaginación le da una especie de propiedad sobre cuanto mira, y hace que sirvan a sus placeres las partes más eriales de la naturaleza». Todos sabemos que conocer, saber, entender, y otras características del intelecto son indispensables para el mayor disfrute de lo que tenemos delante nuestro («El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio», sintetizaría Antonio Porchia doscientos años después de Addison). Pero la cita me hizo recordar a otras dos que leí hace poco; así que voy a buscar el libro y las copio. Se trata de sólo dos oraciones del Antígona, de Sófocles: Sapare longe pria felicitatis paris est (El saber es, con mucho, la parte principal de la dicha) y Nihil cogitantium jucundissima vita est (La vida del sabio no es la más agradable). Las dos frases de Sófocles —las cuales, recuerdo, pertenecen a la misma obra— son antagónicas, y sólo la primera parece estar de acuerdo con lo que dice Addison ¿podríamos decir, entonces, que la segunda idea está equivocada? Me animo a decir que no, y me explico.

SófoclesEs una idea por todos conocida aquella que dice: «La ignorancia es una bendición» o, también, formulada de otro modo: «Los que menos saben son más felices». Estamos de acuerdo, claro; si no sabemos qué es lo que sucede a nuestro alrededor será imposible que eso nos afecte y, en tanto y en cuanto el mundo y todo lo que contiene no es más que una representación personal, podríamos decir que lo que desconocemos, no existe. En ese sentido, sí; «La ignorancia es una bendición». Pero hay un aspecto que se escapa a esta concepción: no se puede ser sensible cuando se quiere e ignorante cuando conviene. O se es o no se es y no se puede escapar a esta dicotomía. Es entonces cuando me permito decir que las dos antangónicas frases de Sófocles, son, al mismo tiempo, verdaderas.

En el conocimiento se encuentran la dicha y el dolor; el placer y el pesar. Ser un espíritu sensible nos obliga a sentir los dolores como propios (incluso los ajenos; incluso aquellos que se encuentran lejos, en el espacio o en el tiempo); pero también nos permite acceder a ciertos placeres que se encuentran vedados a todos los demás. Y éste es el punto de inflección en este asunto: ¿Es verdad, entonces, que «La ignorancia es una bendición»? No, no lo es, porque el precio que se paga es demasiado alto. Negarse a la belleza sólo para evitar el dolor es una muestra de insensatez. Pasar una vida meramente tranquila al precio de negarse los placeres del arte y del amor (porque hasta para el amor —e incluso para el sexo— hay que ser sensible. En lo personal estoy convencido de que no se puede ser un buen amante si no se es inteligente) es una afrenta a la vida misma. Para eso están las plantas y las piedras, y quien quiera parecerse a ellas, es libre de hacerlo y pasará por esta vida con el mismo sentido y la misma sensibilidad que ellas. Cada cual sabrá de qué lado se pone el sol. 

Práctica bélica

Ubersmench

 

El año pasado arranqué la temporada, por así decirlo, con una texto de Nietzsche que bien valdría la pena releer cada tanto (una vez al mes no estaría mal) y que dejo enlazado aquí porque realmente es de una belleza imperecedera. Este año, por pura casualidad (qué le vamos a hacer, lecturas son lecturas y lo que nos despierta cada una de ellas es independiente del calendario); me reencuentro con otra maravilla nietzscheana. En la primera parte de su Ecce homo, me topo con este fragmento al que Nietzsche llamaría su «práctica bélica», y que puede resumirse así:

«Primero: yo sólo ataco causas que triunfan; en ocasiones espero hasta que lo consiguen.

Segundo: yo sólo ataco causas cuando no voy a encontrar aliados, cuando estoy solo, cuando me comprometo exclusivamente a mí mismo. No he dado nunca un paso en público que no me comprometiese; éste es mi criterio del obrar justo.

Tercero: yo no ataco jamás a personas, me sirvo de la persona tan sólo como de una poderosa lente de aumento con la cual puede hacerse visible una situación de peligro general, pero que se escapa, que resulta poco aprehensible.

Cuarto: yo sólo ataco causas cuando está excluida cualquier disputa personal, cuando está ausente todo trasfondo de experiencias penosas».

En síntesis: 1) Se ataca al poder, nunca al que está caído. 2) Se ataca en soledad, nunca dentro de una masa informe (vaya esto para quienes, sin leerlo, dicen que Nietzsche es el prototipo del “guerrero ario”). 3) Nunca se ataca a personas (falacia ad hominem), sino a ideas. 4) No se ataca desde el yo; sino que se lo hace en busca de una mejora para el futuro.

Caramba… si esto no es un hombre, pues ya no sé lo que es. No por nada a la filosofía nietzscheana se la llama vitalismo. ¡Qué fuerza, qué conducta, qué ejemplo! Pues sí, eso mismo: ejemplo. Si sumamos las dos citas —la que dejé hace exactamente un año y esta que comparto hoy—, tendríamos con ello material suficiente como para pensar durante meses enteros y, aún más, para convertirnos en seres mejores. Fuertes, imparciales, justos y, por sobre todas las cosas, en seres éticos. Amor fati y praxis bélica; una combinación no apta para este siglo, lo sé; pero que tal vez por eso mismo sea más necesaria que nunca.

 

 

Pasaporte

.

Screenshot_20191227-120152~2

El pasaporte, según reza su definición, es ese «Documento que acredita la identidad y la nacionalidad de una persona y que es necesario para viajar a determinados países», y que también cumple con otros dos requisitos que se han mantenido casi invariables a lo largo de la historia: sirven como metáfora de vario uso y sirven para que todos odiemos la foto en la que nos vemos retratados, con cara de circunstancia en el mejor de los casos y con cara de delincuente liso y llano en el peor. 

Pero esto no siempre fue así (lo de las fotos, quiero decir, ya que lo de las metáforas sí lo fue y lo es, como lo probaré torpemente dentro de unos pocos segundos). Hubo un tiempo, cuando los pasaportes eran un mero papel que se desplegaba en dos o cuatro folios menores (y no como hoy que son prolijas libretas con diversos sistemas de seguridad), donde las fotografías que se permitían eran, literalmente, cualquier cosa. Desde fotos grupales hasta fotos con mascotas o, como la que inicia esta entrada, tañendo una guitarra con poca eficacia (o haciendo como que se tañe una guitarra, porque se nota que la muchacha no tiene ni idea de lo que tiene entre manos). Vamos a unos ejemplos, ya que no hay nada como una representación gráfica de lo que torpemente quiero señalar.

.

En cuanto a lo de las metáforas relacionadas con el pasaporte son muchas y variadas y todas ellas, claro está, se relacionan con el viaje, con el paso de un sitio a otro; etc. «La educación es el mejor pasaporte para…» y cosas así. (Hasta existe una novela titulada Pasaporte a la eternidad y me digo qué incómodo ¿No? Eso de andar cargando con un documento por los tiempos de los tiempos…). En ese sentido esas metáforas no son demasiado brillantes, vamos a ser sinceros; y como a ser no demasiado brillante no hay quién me gane, usaré la misma idea para desearles a todos, desde aquí, desde esta torpe fotografía personal que es esta entrada, lo mejor para el año que entra. La torpeza no quita lo sincero. Si todo es un paso, una frontera, un recomienzo constante; si todo es una puerta que se cierra al mismo tiempo que se abre; les deseo un montón de brindis, muchos ayes en la penumbra, abrazos por doquier y también, por qué no, algunas lágrimas de alegría y de las otras también (recuerden: lo que no nos mata nos hace más fuertes). En síntesis: les deseo vida y que cada uno se entienda con ella. Salud.

Screenshot_20191227-120220~2

Carpe diem