Los expulsados (de sí mismos)

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Dice Aldous Huxley: «El amor ahuyenta al miedo y, recíprocamente, el miedo ahuyenta al amor. Y el miedo no expulsa sólo al amor; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre a la humanidad misma».

Hace un tiempo hablé del «animal que toma decisiones conscientes»; y ahora, al encontrar esta cita de Huxley, veo que una idea y otra se realimentan y se fortalecen. El miedo no es más que el detonante de nuestra animalidad. El amor (el amor como sentimiento puro y abarcador, no el que se limita a lo meramente romántico) es, por el contrario, el que nos permite acceder a lo humano desde lo humano. Es entonces que la frase «animal que toma decisiones conscientes» puede ser equiparada a la ecuación «odio (animal) ≠ amor (decisiones conscientes)».

Es así que cuando nos encontramos con los gordos y repugnantes nubarrones del odio y la difamación, podemos estar seguros de estar frente al escalón más bajo de la humanidad. Alguien que pretenda acceder al estatus de humano no puede sino actuar de manera madura, pensante, consciente. No hay ni puede haber términos medios: se es humano o se es animal. Y la decisión es absolutamente nuestra.

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Posiciones encontradas

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Dijo Elena Garro: «El amor no existe. Existe sólo un mundo que trabaja, que va, que viene, que gana dinero, que usa reloj, que cuenta los minutos y los centavos y acaba podrido en un agujero, con un piedra encima que lleva el nombre del desdichado». Pero de inmediato por la ventana entra William Burroughs y sentencia: «No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Sólo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor Puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor».

 

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¿Qué hacemos ante la dicotomía? Podemos tomar un camino o el otro o, mejor aún, podemos crear el nuestro. Por mi parte, pesimista irredento, no creo en la bondad del mundo, pero creo que al final de la jornada, cuando la noche cae y el silencio se adueña del mundo, no hay nada como la compañía de una piel amada para expulsar a todos los fantasmas. No es verdad que el amor no existe, como dice Garro; el amor es un acto, una acción, una práctica. El amor no existe si eres imbécil o incapaz, pero si te pierdes en él y aprendes un par de cosas, pues sí, ahí está, frente a ti, resplandeciente como ninguna otra cosa. Burroughs lo entendió (el viejo beatnik sorprendió a más de uno aquí): a pesar de todo lo malo que nos rodea —¡O tal vez por eso mismo!— el amor es algo que tenemos que crear (si no existe) o aprender a alimentar (si existe independientemente de nosotros).

 

 

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Y hablo del amor como sentimiento a un ser y del amor como sentimiento abarcador, amplio, general. El amor a nuestra pareja y el amor a todos y a todo lo demás. He dicho aquí incontables veces que las dos únicas cosas que valen la pena en esta vida es el (amor al) conocimiento y el amor en sí. Para mí Borges, Mozart, viajar, pasear por cualquier calle de cualquier ciudad, un bosque, Schopenhauer, la llanura pampeana, el mar, Gustav Klimt, la matemática (que no entiendo del todo), la lluvia, el jazz, son algunos de los que forman parte del primer grupo. El segundo lo ocupa Lourdes, por completo. Es por eso que, al apagar la luz al llegar la noche, si siento su respiración a mi lado, sé que todo estará bien y que el día ha valido la pena. A pesar de todo. 

La suma de los fragmentos

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Acabo de ver por segunda o tercera vez Synecdoche, New York y me puse a pensar en los diálogos y en el significado general de la película; lo que me lleva a pensar (y querer crear): ¿cómo hacer una obra fragmentaria? Y me respondo: ¡Con fragmentos! Pienso entonces en J.G. Ballard y su La exhibición de atrocidades; o en William Burroughs y su El almuerzo desnudo.

             Así debería ser todo, me digo. (Así es todo: fragmento tras fragmento tras fragmento).

            Me voy a acostar y miro los libros en los estantes ¿qué son sino fragmentos de bibliotecas? Me desvisto y veo que la ropa son fragmentos que cubren a otros fragmentos que forman mi cuerpo. Tomo el libro de Paul Auster Ensayos completos. Leo una frase aquí, otra allá, una tercera más allá, una cuarta más acá. Son independientes e incoherentes y, al mismo tiempo, guardan cierta relación, cierta coherencia interna.

            Es como la suma de los actos que realicé antes de acostarme: revisar la puerta, lavarme los dientes, buscar los anteojos, apagar la luz de la cocina (éste acto lo sentí especialmente fuerte; tal vez fue allí que me di cuenta de lo que estaba sucediendo).

            Mucha gente me ha dicho: «Borgeano, tú piensas demasiado» o su equivalente negativo: «Borgeano ¡No pienses tanto!» Creo, por el contrario, que debería pensar más; sobre todo en estas cosas, y escribirlas. Detalles. Insignificancias o significantes. La fragmentación como totalidad.

            Sinécdoque borgeana.

Escribir bien, pensar bien, obrar bien

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Como si hiciera falta alguna prueba más de la necesidad de una educación multidisciplinar en la sociedad actual, encuentro este pasaje en una novela que, a pesar de ser de principios del siglo XX, aún habla (tal como corresponde a una verdadera obra de arte) a los hombres de todas las épocas. Se trata de un fragmento de La montaña mágica, de Thomas Mann:

«—Ustedes han tenido en su país —dijo Settembrini—, ustedes tuvieron, hace dos siglos, un poeta, un admirable viejo conservador que concedía una gran importancia a la bella caligrafía, pues creía que conducía al bello estilo. Hubiera tenido que ir un poco más lejos y decir que un estilo bello conduce a las bellas acciones. Escribir bien es casi ya pensar bien, y de esto no hay mucha distancia a obrar bien. Toda civilización y todo perfeccionamiento moral ha salido del espíritu de la literatura, que es el alma de la dignidad humana y que es el espíritu de la política… Sí, todo eso no hace más que uno, no hace más que una sola y misma idea de potencia y es con un solo nombre que se puede reunir todo.

            ¿Cuál era ese nombre? Ese nombre se componía de sílabas familiares, era la palabra: Civilización. Y al dejar caer esa palabra de sus labios Settembrini alzaba su pequeña mano derecha amarillenta, como quien quiere brindar».

 

Settembrini, ese maravilloso personaje secundario que marca una ruptura en el texto cada vez que aparece, dice algo que de tan obvio pasa desapercibido: el conocimiento está tan interrelacionado que no puede haber civilización sin cultura. Hoy, que todo tiene que pasar por la productividad más desbocada, deberíamos recordar que lo que nos hace humanos es la educación, la cultura, el arte; no el tamaño de nuestra televisión o el cargo que tenemos en una empresa.

La danza de la muerte

El Beso de la Muerte, (EL Petó de la Mort, en catalán) es una escultura de mármol, que se encuentra en el cementerio de Poblenou en Barcelona y realizada en 1930. Se dice que esta escultura inspiró la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman.

 

El beso de la muerte

 

La obra es romántica y terrible y lleva a las personas que la ven a expresar diferentes puntos de vista: a la vez atrae y repele. Se encuentra sobre la lápida del empresario textil Josep Llaudet Soler. La escultura representa a la muerte, en forma de un esqueleto alado, que besa la mejilla de un hombre joven. La escultura evoca diferentes respuestas a las personas que la ven: es el éxtasis en el rostro del joven o la renuncia a la vida.

Hacia 1930 la familia Llaudet perdió un hijo en plena juventud y quiso hacer una escultura para su tumba, que representase los siguientes versos de Mossen Cinto Verdaguer del epitafio:

«Mas su joven corazón no puede más;
en sus venas la sangre se detiene y se hiela
y el ánimo perdido con la fe se abraza
sintiéndose caer al beso de la muerte».

El encargo de la obra fue hecho al taller del escultor Jaume Barba, a quien desde siempre le fue adjudicada la creación de la escultura. Sin embargo, tomando en cuenta que este artesano tenía más de 70 años cuando se realizó, algunos se inclinan a pensar que el verdadero autor fue Joan Fontbernal, yerno del maestro y quien era el escultor más cualificado del taller de la familia Barba.

La figura de la muerte como «la gran igualadora» es una figura retórica utilizada a lo largo de toda la historia artística, pero que tuvo su auge en la edad media y llega hasta el siglo XIX. Obras como La danza de la muerte, de Saint Saënz es un excelente ejemplo de ello (pueden escucharla aquí). La obra, estrenada en París el 24 de enero de 1875, describe a la Muerte tocando el violín a medianoche. A su ritmo, los esqueletos bailan alrededor de una tumba, y al amanecer, con el canto del gallo, los muertos vuelven a sus tumbas. Las palabras finales son sintomáticas: «¡Que viva la muerte… y la igualdad…».

En la pintura encontramos muchas obras que nos muestran a la muerte bajo el manto del romanticismo, lejos de la figura más oscura o violenta a la que estamos acostumbrados hoy. He aquí un par de ejemplos:

 

Bouguereau

Adolphe William Bouguereau – Égalité devant la mort

Danza macabra

Jakob von Wyl  – Danza macabra

V0017615 The dance of death. Oil painting.

Anónimo – Danza macabra

Por último, dejo una obra moderna, pero que me atrae muchísimo. Aunque no se relaciona directamente con el tema de la danza macabra, sí lo hace de manera tangencial, pero no menos contundente. Se trata de Death and Life (Muerte y vida), de Gustav Klimt, y lo que me parece más fascinante es el equilibrio que logra el pintor en esa tela. Ese grupo de personas a la derecha, el cual representa a la humanidad toda a lo largo de sus edades, está compensado por esa muerte solitaria a la izquierda. Un solo personaje vale lo mismo que todos nosotros. La muerte, después de tanto tiempo, sigue siendo la gran igualadora.

 

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Tres incógnitas sobre la comezón

 

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¿La comezón es una causa o un síntoma? Ésa es la primera de las dudas que los hombres tienen al respecto de este tema y es una pregunta que no le interesa a nadie. La segunda de las incógnitas ya es más general y no hay persona en el mundo que no lo haya sentido en carne propia. Le digo a Lourdes: «ahí, ahí… un poco más arriba, no… más a la derecha… sí, ¡sí! ¡No! Te pasaste… más abajo. ¡No tanto! Más arr…». No hay caso, es imposible. ¿Cómo puede ser que no podamos ser rascados con precisión por otra persona? A veces se acercan al punto nodal de la comezón pero de inmediato se alejan en ese mismo sentido. Nunca aciertan con el lugar exacto ni, tampoco, con la intensidad; ya que a veces sentimos que nos están pasando lo que bien podría ser una pluma de cisne y otras veces sentimos que nos están arrancando la piel con un instrumento de jardinería. Sin embargo, nosotros podemos hacerlo con precisión en ambos sentidos: precisión geográfica y precisión de intensidad. Salvo, claro —y he aquí los verdaderos casos que pueden llevarnos al borde de la desesperación—, que no podamos realizar el acto por nosotros mismos porque, por ejemplo, tenemos un brazo enyesado, o que, como suele ocurrir en gran porcentaje de los casos (un verdadero misterio médico), que la comezón se presente en medio de nuestra espalda. En el primero de los casos no tenemos más opción que recurrir a un tercero (el cual, como ya se ha determinado, nunca podrá realizar la actividad como corresponde); en el segundo de los casos, lo mejor que podremos hacer es imitar a los osos y buscar un buen árbol, si es posible de corteza rugosa y, realizando movimientos verticales de manera alternada, llevar a cabo la tarea por nosotros mismos; algo que, como bien se sabe, es la única manera de hacer bien las cosas.

La tercera y última incógnita aún está abierta a debate y, por supuesto, se aceptan colaboraciones al respecto con el fin de intentar responderla. Esa pregunta es la siguiente: ¿Por qué nunca nos pica en dos lugares al mismo tiempo?

Sino dedícate a otra cosa…

 

En mis derroteros dominicales por el famoso Audi (el mercado de pulgas local) en busca de libros y publicaciones varias, a veces me topo con cosas que no conozco (la mayoría, por supuesto) o que sólo he visto de pasada, como suele decirse. De mis últimas adquisiciones —un ejemplar de la revista Proa— les traigo un breve texto de Jorge Valdano, ex jugador de fútbol y escritor. Todo el número de Proa está dedicado al fútbol y a la literatura, pero no hablaré de ello porque, en líneas generales, los textos son bastante pobres (en Argentina esta comunión es muy común. Yo sigo sin entenderla y sin poder apreciarla, por lo visto). El texto de Valdano nos lleva de la manos a una época anterior, donde los valores eran otros (un tema que he tratado mucho últimamente) y, me atrevería a decir, mejores.

 

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La vieja ética

Hubo un tiempo en que equivocarse en un pase significaba mucho, para mal. Yo empecé mi carrera profesional en Rosario, ciudad implacable con los malos jugadores. En uno de mis primeros entrenamientos, le di una pelota al Mono Obberti, viejo ídolo de Newell´s y mío, pero el pase no fue bueno. El Mono no hizo ni el menor esfuerzo por alcanzarla, me miró como si me hiciera un favor, y dijo: «Nene, al pie, y sino dedícate a otra cosa». Ahora, cuando un futbolista falla el envío por tres metros, el compañero lo aplaude, no vaya a ser que el pasador se deprima. Otra variante sobre aquella estética del fútbol, la cuenta Di Stéfano en su excelente libro Gracias, vieja, al recordarnos que antes, cuando se marcaba un penal, no se festejaba. Daba vergüenza gritar como loco el aprovechamiento de semejante ventaja. Eso es, daba vergüenza.