Los ojos de los elefantes

En los últimos tiempos, este asunto del maltrato animal, del trato animal, de los animales en sí, se me ha ido tornando en una obsesión. Creo (quiero creer) que estamos lo suficientemente maduros como para empezar a ver las cosas como son, que los animales son seres que sienten, desean, sufren, etc. Creo (quiero creer) que ya estamos más que sobrepuestos a la estupidez cristiana que nos colocaba por delante y por encima de todas las criaturas de la tierra: «El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra, y en todos los peces del mar; en vuestra mano son entregados» (Génesis 9:2). Es hora de que dejemos de ser tan hipócritas y olvidar tanta palabrería hueca y falsa. Si somos seres inteligentes (los más inteligentes decimos, ya que no los más modestos), comencemos a actuar como tales, ya que eso es lo que nos convierte en lo que somos: el acto, no la exposición elegante de ellos.

Hace unos días salió a la luz la noticia de la muerte de una elefanta preñada por haber comido una piña con explosivos. Esto me trajo a la memoria a algunos casos particulares que siempre tengo presentes por un detalle en particular: los ojos, la mirada de estos animales. Como con todo en esta vida, tenemos nuestras filias y nuestras fobias. De las segundas no hablaré ahora, de las primeras, de las muchas que forman ese conjunto, los elefantes ocupan un lugar especial. ¿La razón? Pues tal vez la única palabra que pueda sintetizar lo que siento ante ellos es asombro. No por nada el hinduismo le brinda un lugar de preponderancia entre sus dioses, cosa que no está nada mal. Si hay algún animal que puede llegar a entrar en la categoría de dios, esos son los elefantes.

Dije que después de la noticia de la muerte de esta elefanta preñada, no pude menos que recordar algunas historias de humanos y de elefantes; más precisamente del accionar de los primeros y de los ojos de los segundos. Busqué las imágenes con no poco dolor, lo reconozco, porque ello me es inevitable. Hay algo allí que excede lo que mi entendimiento puede llegar a captar. Lo que veo en esas miradas no puedo traducirlo ni, tampoco, quiero hacerlo. Sé que esa tarea será imposible y el solo intento eso será siempre inexacto.

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La primera de las fotos es la de un elefante siendo transportado para un circo. La segunda, la que viene a continuación, trae consigo una historia que será breve: Tyke fue una elefanta perteneciente al Circo Internacional de Honolulú que el 20 de agosto de 1994, después de huir durante una presentación en el Neal Blaisdell Center, murió de 86 disparos por la policía. El animal tenía apenas veinte años y, harta del maltrato diario, huyó, hiriendo a dos personas. La brutalidad de la escena hizo que Tyke fuera, a partir de allí, la imagen de los derechos de los animales. Yo sigo sin poder apartar mi mirada de la suya.

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Tyke

Pero como todos sabemos, esto es moneda corriente, nada que no sepamos ya. Recuerdo que alguna vez escribí sobre estos animales. Busco la entrada y veo que tiene ocho años, lo cual es nada en ninguna escala temporal; sólo me causa una profunda molestia tener que volver a escribir sobre el mismo desagradable tema después de tanto tiempo.

En esa entrada conté los casos de Topsy, una elefanta a la que electrocutaron en el Luna Park de Conney Island en el año 1903. Eran los tiempos turbulentos del inicio de la electricidad y de todos los horrores que alumbraría el siglo XX. Topsy tenía 28 años y había sido una de las principales atracciones del parque, una magnífica elefanta de tres toneladas que hacía las delicias de los visitantes. Sin embargo, sus violentos arrebatos le llevaron a matar a tres hombres en menos de tres años, el último de ellos el borracho de su cuidador, que le daba de comer cigarrillos encendidos. Los propietarios de Luna Park decidieron deshacerse de Topsy. Probaron con zanahorias untadas de cianuro, pero no funcionó. Entonces se les ocurrió la idea de sacar dinero con el asunto y anunciaron que Topsy sería ahorcada públicamente por sus crímenes. El anuncio despertó las protestas de los defensores de animales, que consideraron que colgar a un elefante era inhumano, así que buscaron otra solución.

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Topsy

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Fue entonces cuando el prestigioso Thomas Alva Edison en persona propuso que utilizaran un sistema que él y uno de sus colaboradores venían desarrollando desde hacía algunos años. Concretamente desde 1890, año de la primera ejecución con silla eléctrica en el estado de Nueva York. A las asociaciones de animales les pareció que freír a un elefante era una forma más «humana» de matarlo.

Casualmente, la compañía de Edison, promotora de la corriente continua, se disputaba entonces el control del sistema eléctrico estadounidense con la compañía Westinghouse. Para desacreditar a su adversario, el gran Nikola Tesla, Edison había declarado que el sistema de corriente alterna de la Westinghouse era una verdadera amenaza para los hogares, y aquel experimento le ayudaría a demostrarlo. (No en vano, ya había pasado diez años electrocutando perros y gatos en su laboratorio para demostrar los peligros de la corriente alterna).

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Mary. colgada a principios del siglo XX

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Supongo que no es necesario que termine esta entrada con las preguntas de siempre, porque de tan obvias no creo que sean necesarias. Sabemos cuáles son y que todas son variantes que incluyen como eje central actividades humanas como el circo, los zoológicos y acuarios, la tauromaquia, la cacería deportiva. Cada cual responderá a esas preguntas según su buen saber y entender. Lo único que yo sé es que, en lo que a mí respecta, no habrá nadie que pueda justificar lo que veo en los ojos de esos elefantes. La razón no sirve para esas cosas.

Registrar la proeza

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Ejemplar de Prometheus

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«Las grandes pirámides de Egipto todavía no se han construido cuando en el (hoy conocido como) pico Wheeler, en el estado de Nevada, una modesta semilla cae del cielo, hace fortuna y germina alegremente. Muchos años después pasa por allí el joven geógrafo Donald Rusk Currey y se queda estupefacto ante un impresionante ejemplar de Pinus longeava. Según algunos, Cumy piensa: «Yo a ti te conozco», porque cree reconocerlo como Prometheus, un árbol singular descubierto por el profesor Darwin Lambert. Los botánicos tienen la exquisita costumbre de no dar las coordenadas exactas de las maravillas que encuentran para evitar que alguien tenga un mal pensamiento o un momento de súbita estupidez. Segun otros, los más, Currey no sabe de ningún estudio previo en la zona y bautiza el árbol como WPM-114. Después de varios intentos fallidos para extraer una muestra de la planta que permita estimar su edad. Currey tiene una idea: pedir permiso a Donald E. Cox, del Servicio Forestal, para talar la joya. Y a Cox se le ocurre una idea aún mejor: concederle el permiso. El día 6 de agosto de 1964 Prometheus es asesinado. La autopsia demuestra que en el momento de su ejecución el árbol tenía 4950 años, el individuo pluricelular más viejo del planeta. La plusmarca ha habría sido fácilmente superada (a razón de una mejora de un minuto por cada minuto que trascurre) si no llega a ser porque una inteligencia se empecina en parar el cronómetro para registrar la proeza».

Jorge Wagensberg, El gozo intelectual, p. 254.

Exit, stage left

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En el capítulo 132 de Rayuela (debemos recordar que la «primera» versión de la novela termina en el capítulo 56, lo que quiere decir que del que vamos a hablar es uno de los que en general no son leídos), Cortázar se explaya, como siempre, en pensamientos hilvanados con gracia y sentido lúdico. Mientras alguien habla de algo, él se pierde en recuerdos de cafés en los que ha estado a lo largo del mundo, en una cita de Hart Crane y, por último, en una serie de recuerdos de sueños. En uno de ellos recuerda haberse sentido «como expulsado», dice, y concluye:

«Todo eso tendrá, me imagino, una raíz edénica. Tal vez el Edén, como lo quieren por ahí, sea la proyección mitopoyética de los buenos ratos fetales que perviven en el inconsciente. De golpe comprendo mejor el espantoso gesto del Adán de Masaccio. Se cubre el rostro para proteger su visión, lo que fue suyo; guarda en esa pequeña noche manual el último paisaje de su paraíso. Y llora (porque el gesto es también el que acompaña el llanto) cuando se da cuenta de que es inútil, que la verdadera condena es eso que ya empieza: el olvido del Edén, es decir la conformidad vacuna, la alegría barata y sucia del trabajo y el sudor de la frente y las vacaciones pagas».

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Masaccio – Adán y Eva

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La pérdida inevitable del Edén debe ser terrible, pero nosotros, los que nacimos sin siquiera la posibilidad de haberlo entrevisto, estamos tan acostumbrados a esta sombra de felicidad que ya bien creemos que esto que nos rodea es la maravilla suprema (en lo personal no deja de llamarme la atención el hecho de que, cuanto más miserable sea la vida de una persona, más deseos de extenderla por toda la eternidad tengan; como si tal cosa fuera deseable en lo más mínimo).

Será por eso que tiendo a querer ir en sentido contrario: y por ello recuerdo a Bakunin, cuando dice: «Al buscar lo imposible el hombre siempre ha realizado y reconocido lo posible. Y aquellos que sabiamente se han limitado a lo que creían posible, jamás han dado un solo paso adelante».

Sí, por ahí va el camino que me gusta: el de la no aceptación de la conformidad vacuna, como dice Cortázar. Si este es todo nuestro paraíso, pues será cuestión de sacarle todo el jugo que tenga, sea mucho o poco lo que vayamos a obtener. Y es por eso que, aunque me gustan las palabras de Bakunin, prefiero la exposición más romántica de Alejandro Dolina: «… salgamos de una vez. Salgamos a buscar camorra, a defender causas nobles, a recobrar tiempos olvidados, a despilfarrar lo que hemos ahorrado, a luchar por amores imposibles. A que nos peguen, a que nos derroten, a que nos traicionen. Cualquier cosa es preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable resignación que algunos llaman madurez…».

Tal vez sea ese la mejor manera de que, llegado el momento de abandonar el escenario, no tengamos que cubrirnos la cara con por vergüenza o llanto y que nuestro exit, stage left tenga más alegría que la que nos regaló Masaccio.

Pilar Pedraza, o de la lucidez

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Acabo de leer una magnífica, o más que magnífica entrevista a Pilar Pedraza, escritora española que nos regala un magnífico tratado sobre la lucidez. Y es que hoy no hace falta más que eso para que alguien sobresalga por sobre la mediocridad general: lucidez. Antes que nada, debo reconocerlo: no he leído a Pilar Pedraza, y me acerqué a la entrevista atraído por el título: «Que no me digan que no debo leer a Sade por ser patriarcal, porque los mando a la mierda». Perfecto, para empezar. Y voy al punto porque sino terminaré copiando la entrevista completa, la cual, por fortuna, es extensa, pero que no cabría aquí sumado a lo que quiero decir. Luego de habérsele preguntado sobre la crueldad en uno de sus libros, Pedraza dice:

«Yo empecé muy pronto a leer las obras completas de Sade y lo he leído todo absolutamente. El sadianismo es algo que siempre me produce cierta ambigüedad. Porque Sade, por cierto, no hizo ninguna barbaridad… Bueno, sí hubo algún lío con unas chicas que se murieron porque les dio más de lo debido, pero él no era un asesino ni un sádico. Era un perverso. Pero me produce sensación ambigua porque cuánto me gusta leerlo, pero qué poco me gustaría que se produjera en la realidad. Su filosofía me encanta, porque antepone la máxima libertad por encima de toda moral y de toda creencia, incluso del humanismo. Y me encanta también cómo despliega una matemática de la crueldad y una coreografía de las torturas, que desde el punto de vista artístico es maravilloso. Todo eso me ha llegado muy profundamente desde muy joven».

Aquí hay un punto importante, el cual Pedraza expone de dos modos: primero, reconocer que lo que dice Sade es una cosa, pero de eso pudiera llegar a suceder sería terrible; la segunda versión, inmediata a la primera, señala la estética de Sade (matemática de la crueldad, coreografía de las torturas) y la sintetiza como un «punto de vista maravilloso». ¡Y es que ese es el punto! Sólo es literatura y si alguien se siente mal al leer estas cosas, pues el asunto es muy sencillo: que no lo haga. Y esto viene a colación por la censura que están teniendo ciertos textos por diversas razones. De hecho, es el motivo de la siguiente pregunta y su respectiva respuesta:

«Este es un debate muy presente ahora mismo. Lo de renegar de un autor (y hasta censurar su lectura) porque sus códigos morales no corresponden con los actuales… O porque era un hijo de puta, vamos. 

Ya, ya. Pero dan ganas de contestarles: «¿Y tú no has leído Juliette o el triunfo de la infamia?». ¡Pues que lo lean, joder! Que no me digan que no debo leer a Sade por ser patriarcal, porque los mando a la mierda». 

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Este tema quise tratarlo ayer, pero preferí no hacerlo porque la noticia que me había llegado ya tenía un par de años; pero ahora, a raíz de haber leído este reportaje, puedo incluirla por afinidad temática. El asunto es que en la Universidad de Londres, los alumnos exigieron que se prohibiera el estudio de Platón, Aristóteles, Kant, Voltaire… por ser blancos. También por la misma época tuvo que ponerse advertencias (trigger warnings, las llaman en inglés; es decir que hasta le han dado un nombre propio) en un curso de teología, ya que la crucifixión podría llegar a ser angustiante para algunos alumnos (y otra pausa necesaria ante el absurdo: recuerdo que estamos hablando de una universidad, no de un jardín de infantes. Universidad). ¿Qué clase de idiotas están preparándose en las universidades hoy en día? ¿Qué clase de idiotas son aceptados, para empezar? Sé que la palabra idiota en estas dos preguntas ha molestado a alguien y espero que así sea, porque ése es el punto central: ¿qué es esto de andar sintiéndose ofendido por cualquier cosa? Me remito a Chistopher Hitchens: «Que te sientas ofendido no es ningún argumento».

Sigamos. Hace un tiempo hablé en este sitio de la espantosa versión feminista de El Principito; y más atrás había hablado de las nuevas versiones de Caperucita roja, donde el lobo ya no se come a la abuela, sino que esta se esconde en un ropero y donde, por supuesto, el leñador ni siquiera aparece. El lobo huye y eso es todo (hay que evitar la escena de la «autopsia»). También hablé de una versión, muy criticada, por cierto, de la ópera Carmen, donde al final es ella la que mata a José, y no al revés, como corresponde. También la misma Pedraza lo señala en su reportaje: cuando se traduce un libro del siglo XIX estadounidense, donde dice negro ahora ponen de color. ¡Es un error! Debe ponerse lo que el autor decidió poner en el original, sólo así entenderemos los conceptos dentro de su perspectiva histórica.

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Me voy con un último fragmento de Pilar Pedraza porque, como dije, su lucidez es más que suficiente y no es posible parafrasearla sin menoscabo de sus palabras y de sus ideas. Aquí un pedacito de esta escritora feminista, sobre el mismo tema:

«Tengo una idea cada vez más clara: todo lo que ha construido la cultura patriarcal, que es mucho, también me pertenece a mí. Porque yo estoy en ella. Yo adoro las mujeres gordas de Rubens con todas sus carnes que son un objeto de la mirada deseante del hombre, pero también mía. Porque yo estoy en una cultura y todo eso es mío. Una mujer musulmana a lo mejor piensa que no es suyo, o que es ajeno, la mezquita y todas sus bellezas, porque eso lo han hecho los hombres y es cosa de los hombres. Pero yo no. Sade es mío, Rubens es mío y todos los desnudos femeninos, masculinos y neutros son míos. Yo he heredado esa cultura y la tengo en mi mente y mi espíritu. 

Lo de las feministas puritanas, es talibanismo: «Esto no, porque es patriarcal», «esto no, porque induce a pensar mal de las mujeres». Mire usted: fórmese bien y verá cómo no le hace daño lo patriarcal. Pero asimílelo, hágalo suyo, critíquelo si quiere, pero todo eso es suyo. A mí que no me quiten el marqués de Sade. ¡Eso lo hace la religión o la Inquisición! Y yo no soy partidaria de la Inquisición, ni ahora —que existe aún en el Vaticano, aunque no actúe— ni entonces. Es mi legado, y está ahí». 

Pueden leer la entrevista completa, aquí.

El espejo, en blanco y negro

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Félix Nadar

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De Correr el tupido velo, de Pilar Donoso, donde la hija del escritor chileno nos narra la tormentosa relación con su padre; rescato este fragmento tomado de los diarios de José Donoso y que ella transcribe (creando un diálogo más que interesante entre ella y el padre que ya no está):

«No tengo fe en mi capacidad de sinceridad pura y directa, aunque sí, lo sé, tengo fe en mi capacidad de entregar toda mi sinceridad cifrada en el código de mis libros. ¿Pero no existe también otra sinceridad, más sutil tal vez, más aterrada, o por lo menos con otra verdad, en la pose, en la actitud premeditadamente falsa? ¿Por qué nuestra pasión por los retratos del siglo pasado? ¿Por qué Nadar y Julia Margaret Cameron y Lewis Carroll, y todos los demás, que fuerzan a sus sitters a tomar poses falsas, de donde, sin embargo, sale algo que es verdadero, porque es otra forma de fantasía? Hubo un tiempo en que la fotografía, la gran fotografía, era considerada la espontánea, callejera, el snapshot. Cartier-Bresson, Margaret Bourke-White, Capa, etcétera. Pero el gusto ha dado una vuelta completa y estamos mirando con asombro a los retratistas de pose y artificio, a Irving Penn, a Avedon mismo. Me gusta pensar que si bien sé que estos diarios, ahora, serán conservados en la Universidad de Princeton, y podrán ser escudriñados por estudiosos, estos señores no encontrarán sólo un monigote relleno de paja, sino que, si bien no un retrato cándido, encontrarán algo parecido a una estudiada foto de Nadar».

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Robert Capa

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«El gusto ha dado una vuelta completa», dice Donoso y hoy podríamos añadir que no sólo lo ha hecho el gusto, sino también el sentido o, sin llegar a ponernos pretenciosos, podríamos decir la verdad. La distinción que hace José Donoso no es menor: ¿Quién soy? ¿El que escribe este diario o el que escribió mis novelas? En un primer momento uno supone que el novelista es, de alguna manera, alguien un poco ficcional, casi un personaje en sí mismo que sentado frente a un escritorio en una habitación solitaria nos narra las peripecias de otros personajes ficticios, mientras que el que escribe el diario es el hombre de carne y hueso que sólo escribe lo que realmente siente, cosa que puede ser un pensamiento notable o tal vez una trivialidad doméstica.

Sin embargo, Donoso, apelando para ejemplificar su idea a la gran fotografía del siglo XX, nos dice que el escritor está en todos lados; que el escritor es, antes que nada, un simple ser humano que se desgrana en cada una de las páginas o de las palabras que escribe, más allá del formato o de la intención.

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Richard Avedon, por Richard Avedon

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Y como la literatura no sólo es entretenimiento, sino interpelación, ahora nos resta dar a nosotros el paso personal y preguntarnos dónde nos encontramos ¿En cada uno de nuestros actos o detrás de la máscara, es decir sólo en la apariencia? ¿Y cuánto de mentira (tal vez involuntaria) hay en la primera, y cuánto de verdad hay en la segunda? Interesantes preguntas para hacer frente al espejo.

Algunas razones por las cuales el capitalismo (desgraciadamente) no morirá

Nota previa: el siguiente texto contiene una pequeña, muy pequeña dosis de humor negro. Si el lector carece de tolerancia a él, tal como otros carecen de tolerancia a la lactosa o al gluten, será mejor que pase de largo. De lo contrario, se ruega no molestar.

Creo que el primer atisbo de que el capitalismo es algo genético lo tuve cuando vi a ese tipo, correctamente protegido por el inevitable pasamontañas, vendiendo ladrillos para así poder manifestarse mejor. ¿Será una ironía? Me pregunté, y tal vez lo fuera, pero no quise acercarme a preguntarle porque, sinceramente, temí la respuesta, además de que él tenía los ladrillos y yo ninguno. Comprarle uno antes no hubiese servido para nada, él seguía estando ―maldita sea la carrera armamentista― con el mayor poder bélico. Sin demasiadas opciones, seguí caminando. Más adelante, debajo de unos portales de piedra caliza, una adivina le leía las cartas a un iluso. Hija de los tiempos, ella había acondicionado el lugar con una mampara divisoria y estaba bien protegida por su cubrebocas y sus anteojos (¿y era eso una peluca o así tenía realmente el pelo?). Me dije que no estaría muy segura de sus capacidades anticipatorias si no podía prever el estado de salud de quien tenía adelante; pero quién sabe, tal vez, como dice el refrán «En casa de herrero, cuchillo de palo» y ella, tan sagaz para ver el futuro ajeno, no era capaz de ver el propio. Yo no lo sé y tampoco aquí pude preguntar nada. Ella estaba ocupada en lo suyo yo preferí salir de largo.

Un ladrillo pasó volando a centímetros de mi nariz y se estrelló, haciéndola mil pedazos de diamantes diminutos, contra una vidriera enorme de una tienda que no sé cómo se llama. Un muchacho y una muchacha pasaron corriendo por delante de mí, en la misma dirección en que lo había hecho el ladrillo unos segundos antes y, pidiéndome disculpas por el casi golpe, se metieron rápidos en el local. Me pareció bien que se disculparan. Revolucionarios, pero educados. Iba a decirles que todo estaba bien cuando veo salir a la chica con una botella de Coca Cola en la mano. Pensé en decirle que era demasiado romper una vidriera por una Coca Cola y, de paso, explicarle que la revolución es otra cosa, que ella implica un cambio radical de… pero no pude, ser fueron corriendo delante de un policía que los siguió unos metros, pero que pensó que una Coca Cola no valía la pena (o tal vez sí, porque volvió sobre sus pasos y también se metió en el local para tomar un par, una para él y otra para su compañero. A mí nadie me convidó ninguna. Ni el revolucionario ni el antirrevolucionario. Mejor así. El azúcar no me sienta bien).

Las ciudades están transformándose en centros turísticos locales, sin duda. Hay un millón de cosas que nunca había visto antes. Por ejemplo, un árbol parece sacado de una copia modesta y de mal gusto de una película de Tim Burton. Sus ramas están llenas de púas en la parte superior. ¿Estarán por filmar alguna película? Pregunto, sin darme cuenta, en voz alta, y me dicen que no; que esas púas fueron colocadas allí por la gente adinerada del lugar, así los pájaros no pueden posarse y, por ende, no ensuciar sus autos con esa mala costumbre que tienen algunos pájaros de comer y cagar, con perdón de la expresión. Y vamos, que es entendible, uno no tiene un Lexus o un Porsche para que un gorrión te deje su firma sobre el capot recién encerado…

No tengo que dar ni dos pasos para encontrarme con otra vidriera rota. Allí un televisor encendido que nadie ha robado aún (prefieren llevarse los que están en sus cajas, por lo que veo. El que está encendido ya tiene uso) nos regala con algunas noticias que, al menos para mí, son poco menos que curiosas. «Es un dilema moderno para los ultra ricos: un yate espera, pero ¿cómo alcanzarlo de manera segura sin exponerse a las masas plagadas de gérmenes? Dilema para los que vuelan alto: cómo viajar de forma segura a su yate». Dice la primera de ellas y me digo que esa pobre gente debe estar pasándola realmente mal. Pero la noticia siguiente me conmueve sobremanera: Una pareja de Youtubers que había adoptado a un niño chino con autismo, lo devolvió luego de haber hecho una buena suma de dinero con él online, como se dice ahora. ¡Qué desgracia! Tener que devolver a tu hijo adoptado… también, tener la mala suerte de que te salga chino y autista… ¿Habrán devuelto también el dinero? Vaya uno a saber… pobrecita, lo que debe sufrir esa madre, se la ve tan compungida… Me pregunto si aún debería llamársele así, madre. No tengo ni idea, pero tal vez debería llamársele de otro modo.

Suena mi celular y lo maldigo. No hay modo de pasear por una ciudad o por donde sea sin que alguien te encuentre en cualquier momento y en todo lugar. Es L., quien me pide que camino a casa compre más cubrebocas y alcohol en gel. Y que no tarde demasiado (esto último lo dejo aquí para que vean el alcance del machismo actual). Por suerte encuentro una máquina expendedora que ahora ya no vende golosinas y refrescos (esos se consiguen, por lo visto, a pedradas en los cristales); sino que vende todo tipo de elementos de higiene. Veloces para los negocios los muchachos. Sigo en el teléfono y le pregunto a L. si no necesita una cama que se convierte en ataúd. Lo estoy viendo ante mí y parece útil. No repetiré sus palabras, sólo diré que no lo compré. Me excuso diciendo que sólo le digo lo que veo, las mujeres suelen comprar cosas que los hombres no. Diferentes visiones, que le dicen. OK, tampoco repetiré lo que dijo. ¿Un juguete con forma de coronavirus, hecho en China? Ése sí, para que juegue el perro. ¿Una bandera norteamericana o israelí para quemar? Parece que una empresa irakí le encontró la vuelta al asunto y está vendiendo un montón. Además están baratas. Que no, que nosotros no hacemos esas cosas. ¿Una bolsa con cierre para muerto, a sólo doscientos pesos? L. a veces tiene una boca… que para qué les cuento. Decidí cortar la comunicación e ir directo a casa.

Un último susto: un hombre apunta con un arma directamente a la cabeza de una mujer. El susto dura sólo un segundo: está tomándole la temperatura, cosa que está muy bien. La señora tiene que comprar sus Gucci y Gucci no quiere que sus clientes le ensucien los tejidos. Una mano lava a la otra, dicen.

Les dejo una galería con algunas imágenes que he juntado a lo largo de estos días. Todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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El Philobiblon: el tratado más antiguo sobre el amor a los libros

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El Philobiblon es una colección de ensayos sobre la adquisición, preservación y organización de libros escritos por el bibliófilo medieval Richard de Bury poco antes de su muerte, en 1345. Escrito en latín, como era la costumbre de la época, se divide en veinte capítulos, cada uno cubriendo un tema diferente relacionado con los libros, temas que abarcan desde el uso al préstamo de volúmenes, por ejemplo. Richard de Bury utiliza el lenguaje del fuego del infierno y la condenación para expresar su devoción por los libros, especialmente los de ciencia e historia. El resultado es maravillosamente entretenido, hilarantemente divertido y en muchos aspectos completamente moderno.

Richard de Bury ama los libros, tanto como vehículo de cultura como objetos materiales en sí mismos. Se queja de todas las cosas que molestan a los escritores, propietarios y libreros modernos: gente que se niega a gastar dinero en libros; libreros que sobrevaloran los sobrevaloran; «intérpretes bárbaros»; plagiarios; y cualquiera que maltrate, de cualquier manera, a un libro. De hecho, se vuelve bastante intolerante con los estudiantes que comen mientras están encorvados sobre sus libros; dejan que sus narices goteen sobre las páginas; usan trozos de plantas como marcadores; y se duermen sobre los libros arrugando sus páginas.

… manejan los libros con los dedos aún sucios de la cena, comen en ellos, escriben en los márgenes o rasgan las páginas, sobre todo las que no tienen texto, para utilizarlas con otros fines.

Hay capítulos en los que podríamos creer que los libros son seres vivos torturados por aquellos que los maltratan (una nota importante: en el texto de de Bury los libros son los que hablan en primera persona. En el fragmento siguiente sería la primera persona del plural. «nosotros», aquí, son los libros):

No hay ninguna droga curativa alrededor de nuestras crueles heridas, que son tan atrozmente infligidas a los inocentes, y no hay ninguna para poner un yeso sobre nuestras úlceras; pero harapientos y temblorosos somos arrojados a oscuras esquinas, o en lágrimas tomamos nuestro lugar con el santo Job en su estercolero, – o demasiado horrible para relatarlo – son enterrados en las profundidades de las alcantarillas comunes.

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Por otro lado, transmite exactamente por qué tantos de nosotros somos amantes de los libros.

Finalmente debemos considerar qué agradable es la enseñanza que hay en los libros, ¡qué fácil se accede a sus secretos! ¡Con qué seguridad ponemos al descubierto la pobreza de la ignorancia humana en los libros sin sentir ninguna vergüenza! . . . Son maestros que nos instruyen sin vara ni férula, sin palabras de enojo… No regañan si te equivocas, no se ríen de ti si eres ignorante

Para Richard Bury los libros enlazan pasado y futuro, permiten hablar con los muertos y vislumbrar el futuro, y son una cura contra la guerra. En ese sentido su visión del libro es en extremo moderna:

“En los libros encuentro a los muertos como si estuvieran vivos; en los libros preveo las cosas que vendrán; en los libros se exponen los asuntos bélicos; de los libros surgen las leyes de la paz”

Como hombre de religión (de Bury era obispo) considera a los libros como fuente de riqueza, justicia y felicidad, considerando al libro, la lectura y la escritura como un bien divino, otorgado a los hombres:

Quien por lo tanto afirma ser celoso de la verdad, de la felicidad, de la sabiduría o el conocimiento, incluso de la fe, debe convertirse en un amante de los libros. […] toda la gloria del mundo se desvanecería en el olvido si, como remedio, no hubiese dado Dios a los mortales el libro […].

Cita a Ovidio quejándose de que mucha gente de hoy en día se dedica a ganar dinero en lugar de estudiar y hacer nuevas ciencias y filosofías:

Aunque es cierto que todos los hombres desean naturalmente el conocimiento, sin embargo no todos tienen el mismo placer en aprender. Al contrario, cuando han experimentado el trabajo del estudio y encuentran su sentido cansado, la mayoría de los hombres arrojan desconsideradamente la nuez, antes de haber roto la cáscara y alcanzado el núcleo.

En el tratado también alude al valor del libro y a las bibliotecas como una riqueza incomparable entre todas las riquezas del mundo:

Las riquezas, de cualquier especie que sean, están por debajo de los libros, incluso la clase de riqueza más estimable: la constituida por los amigos, como lo confirma Boecio en su II libro de De Consolatione[…] “Una biblioteca repleta de sabiduría es más preciada que todas las riquezas, y nada, por muy apetecible que sea, puede comparársele” […]. . En los libros escalamos montañas y exploramos los abismos más profundos del abismo.

En el capítulo XVII, presenta un maravilloso y alegre conjunto de reglas para el manejo de los libros.

que [los libros] se alegren de su pureza mientras los tengamos en nuestras manos, y que descansen seguros cuando sean devueltos a sus depósitos.

No deja de ser sorprendente que siete siglos después sus pensamientos sobre el valor del libro sigan siendo tan atinados. De todas las maravillas que contiene el Philobiblion, me quedo con la síntesis de lo que significan como maestros:

Son maestros que nos instruyen sin vara ni férula, sin palabras de enojo… No regañan si te equivocas, no se ríen de ti si eres ignorante.

He buscado una versión original de este libro, pero no la he podido encontrar (como digo siempre: si alguien la encuentra, le pido que me avise. Ante la imposibilidad de adquirir estos volúmenes, a veces la red nos depara el placer de poder conseguirlos digitalizados). Pero sí he encontrado versiones en inglés y en francés. Para acceder a una lectura en línea (en inglés), pueden ir aquí (Wikisource); o aquí (The Gutemberg Project).

Nunca es (ni será) tarde

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Cada tanto las noticias nos acercan casos puntuales de ancianos que terminan su carrera universitaria o de abuelos que a avanzada edad han comenzado, por ejemplo, a aprender a leer y escribir. Esos casos son presentados como ejemplos a seguir, cosa que son y muy dignos de aplauso. Pero también hay algunos ejemplos que son más puntuales y directos para aquellos quienes ya estamos corriendo contra reloj y que aún no hemos publicado o que apenas hemos publicado un solo volumen. Por ejemplo, la infografía con la que abro esta entrada nos muestra algunos ejemplos de escritores que empezaron a escribir o a publicar a una edad que muchos ya consideran como tarde o, tal vez, algo peor. Allí tenemos, entre otros, a Amy Tan, Raymond Chandler, Stieg Larsson, y al más grande de todos: José Saramago. Faltan algunos otros que también comenzaron a escribir pasados los cincuenta, como Laura Ingalls Wilder, quien publicó La casa de la pradera a los 64 años; el Marqués de Sade quien comenzó a escribir a los 40 años pero publicó su primer libro, Justine, a los 51 años; Giuseppe Tomasi di Lampedusa, quien empezó a escribir a los 58 años, luego de asistir a un premio literario y que tardaría dos años en terminar y publicar El gatopardo; o Isak Dinesen, quien publica un volumen de relatos a los 50 años, poco antes de publicar su famoso Memorias de África.

En síntesis: que aún estamos a tiempo o, como dice Benjamín Prado en su poema, que Nunca es tarde, hombre; así que ¿Qué diablos estás esperando?

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Nunca es tarde

Nunca es tarde para empezar de cero,
para quemar los barcos,
para que alguien te diga:
-Yo sólo puedo estar contigo o contra mí.

Nunca es tarde para cortar la cuerda,
para volver a echar las campanas al vuelo,
para beber de ese agua que no ibas a beber.

Nunca es tarde para romper con todo,
para dejar de ser un hombre que no pueda
permitirse un pasado.

Y además
es tan fácil:
llega María, acaba el invierno, sale el sol,
la nieve llora lágrimas de gigante vencido
y de pronto la puerta no es un error del muro
y la calma no es cal viva en el alma
y mis llaves no cierran y abren una prisión.

Es así, tan sencillo de explicar: -Ya no es tarde,
y si antes escribía para poder vivir,
ahora
quiero vivir
para contarlo.

El arduo acto de leer

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¿Se puede leer sin conocimiento? Esta pregunta la he planteado en varias ocasiones y aunque por mi parte doy una respuesta casi terminante (afirmo que no, que no es posible tal cosa) no quiero ser tan cerrado como para no aceptar la respuesta contraria si esta se encuentra bien fundamentada.

Al decir «conocimiento» me refiero a aspectos específicos de datos que rodean a la factura de tal o cual obra. Esta discusión, que nos viene del siglo pasado y que nace gracias a la llegada de esa debacle que fue el posmodernismo, dice que no importan los datos biográficos del autor, por ejemplo, ni tampoco las circunstancias en las que escribió, sino que la obra debe valerse por sí misma. Puedo aceptar estos argumentos, pero sólo en parte. Cuando alguna discusión de este tenor se presenta, siempre pongo como ejemplo la primera cuarteta de El Golem, de Borges:

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.

Si no se sabe que el griego es Platón, que el Cratilo es uno de sus diálogos, donde trata el tema del lenguaje, y que el arquetipo es el patrón ejemplar del cual se derivan otros objetos, ideas o conceptos; mal podemos entender los versos tercero y cuarto. Así que en este caso podemos decir que el conocimiento previo es fundamental para la comprensión del texto. Habrá otros muchos, por supuesto, que no necesitan ningún tipo de información adicional, aunque esto no invalida mi punto, ya que en ese caso el conocimiento lo tenemos, de alguna manera, internalizado.

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Veamos un ejemplo que acaba de sucederme y que me ha obligado a volver a pensar en estos asuntos. Lo voy a plantear de forma inversa a como me ha sucedido a mí. Veamos este poema, también de Borges:

En memoria de Angélica

¡Cuántas posibles vidas se habrán ido
en esta pobre y diminuta muerte,
cuántas posibles vidas que la suerte
daría a la memoria o al olvido!
Cuando yo muera morirá un pasado;
con esta flor un porvenir ha muerto;
en las aguas que ignoran, un abierto
porvenir por los astros arrasado.
Yo, como ella, muero de infinitos
destinos que el azar no me depara;
busca mi sombra los gastados mitos
de una patria que siempre dio la cara.
Un breve mármol cuida su memoria;
sobre nosotros crece, atroz, la historia.

El sentido del poema no es demasiado complejo (de hecho, se haya a una enorme distancia del comienzo de El Golem, por ejemplo). Pero ahora, terminando el grueso volumen de los diarios de Bioy Casares sobre Borges, encuentro esta entrada, la correspondiente al 24 de noviembre de 1974 (Casares, Adolfo Bioy, Borges, p.1492):

«Come en casa Borges. Murió Angélica, una hijita de su sobrino Luis, de cinco años, ahogada en una piscina». Luego a pie de página: «Para ella escribió Borges En memoria de Angélica».

Ahora el poema es otro. Aunque la lectura inicial no era imposible de comprender, se ha corrido un velo sutil que nos permite una mayor comprensión de cada verso y del sentido total del poema. Volver a leerlo ahora hace que cada idea cobre otra dimensión. En lo personal, el verso «con esta flor un porvenir ha muerto» me parece de una tristeza tan profunda que no puedo recordar otro que se le acerque en precisión y dolor.

Volviendo al tema con que inicié esta entrada, la pregunta permanece: ¿Se puede leer sin conocimiento? Siguiendo diciendo que no; pero acepto dejar la puerta levemente entornada con un ligero tal vez; aunque creo que a quien piense distinto le va a costar trabajo convencerme de lo contrario.

Un puente nuevo

Es común que, en estos días, uno se despida de amigos o familiares con un simple «Te cuidas…». Quienes son un poco más vergonzosos o están menos habituados a expresar sus sentimientos sólo le agregan un simple llamado antes, haciendo así que las palabras salgan un poco más fluidas; entonces la despedida queda en un «Oye, te cuidas…».

Cada época tiene sus usos y costumbres y a veces, estas nuevas formas de expresión se vuelven tan parte nuestra que se quedan para siempre con nosotros y después siguen usándose sin que la mayoría sepa dónde y cuándo fue que nació. En lo personal, esa simple expresión que estamos usando ahora me parece una pequeña maravilla. Que alguien te diga un simple «Oye, te cuidas…» quiere decir, ni más ni menos que «Oye, me importas…»; u «Oye, que no quiero que te pase nada…» o, directamente «Oye, te quiero…». Y, la verdad sea dicha; en estos tiempos de egoísmo desbocado, que alguien te brinde un lugar de importancia en su vida y que, además, lo exprese, aunque sea bajando un poquito el tono de voz, más por exceso de pudor que por otra cosa, no es algo menor.

Lo mismo sucedió hace tiempo con el brindis, ese que realizamos un par de veces al año según la ocasión social o personal. ¿De dónde viene? ¿Qué significa? Según una de las historias que se cuentan, se dice que nos llega de Homero: De acuerdo con el autor griego, decir ¡salud! al brindar, era un acto de amistad en el que se le deseaba a la otra persona «buena suerte y prosperidad», el rito continuaba al beber todos los partícipes en el brindis de la misma copa. Bueno, hoy no bebemos de la misma copa y seguro que cada vez lo haremos menos y menos; pero el sentido primario y fundamental está allí: compartir la copa es compartir la necesidad del otro.

Es por eso, veo, que Jorge Luis Borges comienza así su poema Al vino:

En el bronce de Homero resplandece tu nombre,
negro vino que alegras el corazón del hombre.

Siglos de siglos hace que vas de mano en mano
desde el ritón del griego al cuerno del germano.

El poema sigue, pero no es de mis favoritos; prefiero, también de Borges, un poema anterior, al mismo tema; su Soneto del vino:

¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?

Inventar la alegría. Un hallazgo. Aunque meramente literario, un hermoso hallazgo. La alegría se inventa como se inventó la rueda. No es algo inherente al hombre sino que es algo que creamos para nuestro beneficio. El vino es una de esas formas de la alegría pero que desemboca en una alegría mayor, en la alegría del brindis (el vino en solitario no es, precisamente, la imagen de la alegría, sino todo lo contrario).

También Omar Khayyam, aquel persa que vivió hace mil años, poeta y astrónomo, nos dejó un poema que puede ser relacionado con lo que vivimos hoy:

Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana,
procura ser dichoso hoy.

Toma un jarro de vino, ve a sentarte al claro de luna y bebe
pensando que tal vez, mañana, la luna te busque en vano.

Es bien sabido que nadie tiene la vida comprada; que a la vuelta de la esquina bien nos puede estar esperando la Gran Señora y que nada podemos hacer para evitarlo; pero en general las personas nos conducimos como si eso nunca fuera a suceder; cosa que no está nada mal, por supuesto, uno vive y listo, sigue adelante. Pero en estos tiempos donde este virus vino a poner nuevamente las cartas sobre la mesa y muchos recién se desayunan con que las cosas son así y que nadie tiene la vida comprada, el poema de Khayyam es un excelente recordatorio de cómo deberíamos conducirnos. Hoy es hoy y mañana ya veremos. Entonces lo mejor sería reconocernos en nuestra pequeña finitud y reconocernos también en la necesidad del otro. Y si tenemos que estar encerrados unos días, entonces que cada mensaje que enviemos sea un pequeño puente que termine con esa nueva forma del brindis que estamos inventando: «Oye, te cuidas…».

Algo tan simple como eso. «Oye, te cuidas…» ¿Vale?