Sobre los propósitos de año nuevo

 

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Una vez al año, generalmente un poco antes de esta fecha, comienzan a hacerse los famosos planes o proyectos para el año que comienza. Eso es un tópico común, el cual se olvida, en general, a los pocos días. Pero este fragmento que compartiré, es digno de ser considerado como un marco de referencia para poner en práctica no éste, sino todos los años; tanto el que comienza ahora como el que comienza el primero de febrero o el quince de agosto o cuando sea.

 

Con ocasión del año nuevo

Todavía vivo, todavía pienso: tengo que seguir viviendo, tengo que seguir pensando. Sum, ergo cogito: cogito, ergo sum. Hoy en día todo el mundo se permite expresar su deseo y su más querido pensamiento: pues bien, también yo quiero decir lo que hoy desearía de mí mismo y qué pensamiento fue el primero que me corrió este año por el corazón, ¡un pensamiento que será para mí fundamento, aval y dulzura de toda la vida ulterior! Quiero aprender cada vez más a ver lo necesario de las cosas como lo bello: así seré uno de los que hacen bellas las cosas. Amor fati: ¡sea este a partir de ahora mi amor! No quiero hacerle la guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero acusar ni tan solo a los acusadores. ¡Mirar a otro lado sea mi única negación! Y, en general y en definitiva: ¡quiero, algún día, ser solo alguien que dice que sí!

Friedrich Nietzsche. La ciencia jovial, Libro cuarto, parágrafo 276.

Amor fati significa literalmente «amar al destino», aunque personalmente prefiera decir «amar lo que sucede». Es necesario emanciparse de los tormentos que orbitan fuera de nuestro propio centro de gravedad, para poder afirmarse en un pie de voluntad y superación.
El «sí a la vida» es un No a la fealdad, a la culpa, a la acusación y al resentimiento. El «sí a la vida» es un sí al pensamiento, a la creación y a la superación. ¡Menudo propósito para comenzar cada día!

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Leer, leer, leer, leer y, recién después, leer

Una serie de citas sobre el arte de la lectura. Sin más palabras ni explicaciones. Porque sí.

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Leer buenos libros es como mantener una conversación con las mentes más eminentes de los siglos pasados ​​y, además, una conversación estudiada en la que estos autores nos revelan solo lo mejor de sus pensamientos.

– René Descartes, Discurso sobre el método, 1637.

 

 

 

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Para él, los libros eran como amigos, y leer una extensión de compañerismo, una forma de expandirse más allá de la circunferencia del tiempo y colocar el círculo de conocidos entre los familiares.

– Michael Holroyd, hablando de Lytton Strachey, 1971.

 

 

leer 04«No hay nada como los libros». De todas las cosas que se venden, no hay nada que se les compare. Son las más baratos de todos los placeres, los que menos se cansan, ocupan poco espacio, guardan silencio cuando no los quieren y, cuando los recogen, nos enfrentan cara a cara con los hombres más selectos que hayan vivido, en sus momentos más selectos.

Como compañero de caminatas por el país, prefiero llevar en mi bolsillo a Milton (al que he llevado durante veinte años), en lugar del para nada adorable bull terrier Trimmer, que me acompañó durante cinco años. Milton nunca se inquietó, ni asustó a los caballos, ni corrió tras las ovejas o fue atropellado por una furgoneta de mercancías.

 Samuel Palmer, carta a Charles West Cape, 31 de enero de 1880.

Y mi cita favorita (al menos de las de hoy):

leer 03En un sentido muy real, entonces, las personas que han leído buena literatura han vivido más que las personas que no pueden o no quieren leer. … No es cierto que solo tengamos una vida por vivir; si podemos leer, podemos vivir tantas vidas más y tantos tipos de vidas como deseemos.

– S.I. Hayakawa, El lenguaje en el pensamiento y la acción, 1952.

De la incongruencia y sus límites

 

De los muchos defectos que tenemos los seres humanos, uno de los más graves —considerando que es uno de los evitables, es decir, uno que puede ser subsanado mediante cierto trabajo consciente—, es el de la incoherencia (por otra parte, si bien es cierto que todos los seres humanos somos entes ambiguos y que cierto nivel de comportamiento paradójico puede sernos tolerado, hay grados en este punto, así que aferrarnos a él para justificarnos no siempre es algo válido). Veamos un ejemplo de esto a partir de una foto que acabo de ver:

 

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La imagen nos muestra la plaza de toros de la Ciudad de México y, en primer plano, a dos felices y elegantes damas. De manera indirecta conozco a estas señoras pero nada diré de ellas, ya que el motivo de esta entrada no es la burla ni el escarnio personal, sino la crítica general a una postura ideológica, la cual es la de declararse amante de los animales y, al mismo tiempo, ser un ferviente admirador de las corridas de toros.

lo dije antes: podemos tolerar cierto nivel de ambigüedad, pero para todo hay límites. También dije que mediante cierto trabajo consciente —es decir, de la voluntad— podemos subsanar nuestros niveles de incoherencia; y esto se logra simplemente pensando y considerando si nuestras ideas so compatibles las unas con las otras y, si esto no es así, debemos desechar a una de ellas (o a veces a ambas). Claro, he aquí la dificultad: debemos cambiar nuestra forma de pensar ¡Vaya horror, con lo apegados que nos encontramos a nuestros prejuicios! (Ya lo dijo Descartes: No hay nada mejor distribuido que el sentido común: todo el mundo cree tener el suficiente).

Por si alguien no notó el detalle, aclaro que, básicamente, no estoy hablando de las corridas de toros en sí (su crítica es tan banal y recurrente que ya nada puede decirse acerca de ellas sin caer en lugares comunes); sino de lo que se ve en el fondo de la imagen; en esa silueta de la virgen María trazada en la arena donde serán torturados y sacrificados algunos animales a manos de otros animales de otra especie. Allí es donde tenemos la mayor cantidad de tela para cortar. Es allí donde veo los mayores niveles de incoherencia. La suma es lo que me interesa: una sonrisa bonita, una virgen amorosa, una matanza en ciernes, el amor divino, una foto orgullosa…

Harto ya de estar harto (y lo peor es que esto no va a acabar aquí)

Hace un par de meses les conté de una versión vomitiva, pero políticamente correcta, de El Principito. Hace apenas un par de semanas les conté de un libro espantoso que encontré en una librería local. Ahora me entero de otra espantosa muestra de estupidez (otra vez) políticamente correcta. La víctima, esta vez, es la música, más precisamente la ópera Carmen, de Georges Bizet. Carmen, como ustedes sabrán, es una ópera dramática en cuatro actos con música de Georges Bizet y libreto de Ludovic Halévy y Henri Meilhac, el cual está basado en la novela Carmen de Prosper Mérimée, publicada por vez primera en 1845 (la cual a su vez, probablemente, estuviera influida por el poema narrativo Los gitanos, de 1824, de Aleksandr Pushkin).

 

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La historia de Carmen está ambientada en Sevilla, España, alrededor de 1820, y la protagoniza una bella gitana de  fuerte temperamento. Carmen, libre con su amor, seduce al cabo don José, un soldado inexperto. La relación de Carmen con el cabo motiva que éste rechace su anterior amor, se amotine contra su superior y como desertor se una a un grupo de contrabandistas. Finalmente, cuando ella vuelca su amor en el torero Escamillo, los celos impulsan a don José a asesinarla.

Hasta aquí, la historia clásica. Ahora — y nada menos que en Italia—, se ha estrenado una nueva versión de la ópera donde el final se ha cambiado: para evitar que el público vez un acto de violencia misógino, es Carmen la que mata a don José ¡Y listo, ya está! Otra vez los imbéciles dóciles y mediocres vomitando sobre la cultura clásica. Y no voy a entrar a discutir aquí si esto o aquello (he leído varios artículos sobre el tema, incluso en periódicos italianos, ya que fueron los responsables del atropello) y lo que he encontrado es tan estúpido que ni siquiera vale la pena discutirlo (casi todos los artículos están llenos de términos como femininicidio (o femicidio, según la latitud), polémica, victoria feminista, misoginia, violencia de género, etc.

Digo que no voy a discutir el tema de la violencia de género ni nada por el estilo porque sería sumarme a la estúpida idea de que mezclar política y cultura sirve para solucionar estos problemas. Tampoco voy a declarar mi apoyo aquí al fin de la violencia (del color, tipo o tazón que sea) porque las cosas obvias terminan ensuciando todo y diluyendo la discusión a un nivel infantil. Lo que sí quiero decir con toda firmeza es que este tipo de actitudes, de acciones, de formas de conducta lo único que logran es convertir a lo mejor que tenemos los seres humanos (como humanidad, es lo único de lo que podemos estar orgullosos), es decir la cultura (¡nada menos, demonios, que la cultura!) es un juego apto para imbéciles mediocres; para ineptos incapaces; para estúpidos que no sirven ni para escribir la lista del supermercado; para cualquier idiota que no entiende ni entenderá jamás lo que significa esa palabra pero que, por eso mismo, parece que sólo será feliz el día que la destruya por completo.

Por cierto, esta gentuza repugnante no quiere mostrar violencia de género en sus escenarios; pero no parecen notar la incongruencia de decir que para acabar con la violencia no hay nada mejor que un revólver ¿No?

 

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Escena final de la nueva Carmen

Fundido a negro

 

Cuenta Borges, en algún lado, que siendo niño su padre le enseñó cómo funcionaba la memoria. Para ser más gráficos, su padre puso una pila de diez monedas entre ellos y le explicó que el recuerdo de algo era como la primera de las monedas; el segundo recuerdo (la segunda vez que ese recuerdo viene a nuestra mente) es como la segunda moneda pero, entre una y otra hay una pequeña diferencia: la mente no es perfecta y, si bien recuerda mucho, no recuerda todo y en ese segundo recuerdo algo se ha perdido, algún pequeño detalle es diferente. La tercer moneda ya es diferente a la segunda y bastante más diferente a la primera y la cuarta… Bueno, ya entienden cómo va el asunto; caemos, al final, en una bonita paradoja: cuando más recordamos una cosa es cuando más la olvidamos (porque es cada vez más distinta de lo que realmente fue) y cuando menos recordamos una cosa, en realidad el recuerdo es más sólido (porque está casi sin modificar).

Todo esto viene a colación a raíz de un video que acabo de ver. Se trata de la canción The Spoils, de Massive Attack y, más que la canción en sí (aunque el ritmo lento y la vocalización algo ayudaron, es cierto) lo que motivó mi posterior tristeza fue la historia narrada en las imágenes. Como no puedo evitar leer todo lo que cae frente a mí bajo el cristal de la filosofía, dejo aquí mi impresión de esta película (porque es, si queremos, una película completa).

Ella comienza como lo que es: un recuerdo completo en su mente. Poco a poco se desvanece; lentamente, lentamente, el recuerdo se torna más equívoco. Él la recuerda en diferentes ángulos, bajo diferentes luces de colores, en diferentes situaciones y todo esto va cambiando la imagen que tiene de ella. Su memoria se deforma en la medida en que poco a poco pierde sus características y se desintegra por completo. Ella está perdida en un rincón oscuro de su mente, en ese rincón donde todo se marchita; ella está siendo olvidada y nada podrá cambiar eso. De un rostro a un sentimiento, de una forma a un color, de unas facciones a un objeto informe. Y al final se va, se desdibuja, se pierde, como nos perderemos todos, para siempre.

 

Las farolas caminan la calle o el arte de las metáforas andantes

 

Las farolas

A principios de este año compartí algunas notas tomadas de la lectura de Luz velada, el poemario de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós. Algunos vaivenes personales hicieron que me alejara de la ciudad que habito en este momento por casi seis meses y luego, otras cuestiones fueron, también, relegando algunas lecturas, entre otras cuestiones. En suma, vamos, que fue un año movido por demás y que no pude dedicarme por completo a lo que más me gusta: leer y escribir. Pero, como todo llega a su debido momento, las lecturas avanzan y la escritura también, aunque no tanto como uno quisiera. Pero vamos al punto que me interesa hoy: la lectura del estupendo Las farolas caminan a calle, es decir, del tercer volumen de poesías de Isabel.

Este volumen, este Las farolas caminan la calle, nos muestra un notable avance en la poesía de Isabel Fernández de Quirós; aunque no por ello esto signifique, de ninguna manera, decir que Luz velada es menor que este volumen. No, en lo absoluto. De hecho, podría citar aquí dos fragmentos de lo que dije hace casi un año: «En Luz velada son evidentes las connotaciones y las relaciones espirituales y las terrenales. El amor, sobre todo, es el sentimiento aglutinante que nivela todos los temas bajo su luz» y «Otro aspecto que forma una parte integral de cada poema es la mirada de la mujer que observa al mundo y lo describe. Esto no es algo que pueda ser considerado como algo obvio, ya que no necesariamente una cosa implica la otra (¿Cuántos poetas hay que observan pero a la hora de escribir se quedan fuera de sus escritos?)». Estas dos citas podría aplicarlas aquí mismo, porque la mirada de la poeta no es más que una consecución coherente en lo temático. Donde sí noto ese avance del que hablo al inicio del párrafo es en la escritura; en los deliciosos y originales juegos metafóricos que logra Isabel desde las primeras páginas de este volumen, como en Sirena del cielo:

 

Vestida de nube blanca
—sirena del cielo—
danzas en lo etéreo
mientras la luz de la amanecida
es iris en tus escamas de plata.

En la distancia,
vuela indiferente un vencejo.
Y mis ojos de colores
sonríen mañanas.

 

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No se agota el volumen en lo meramente bello de la poesía; es decir, no en una sucesión de imágenes bonitas o ensoñeadoras. También tenemos aquí, y dicho con no menos gracia, la mirada de la mujer plena de conciencia y de seguridad en sí misma. La mujer, como dije antes y ahora repito, cuya voz es «conciencia compartida»; «la voz de la humanidad hablando a la humanidad e interpelándola desde lo implícito o desde lo explícito». ¿Ejemplos? Hay muchos, pero no podría incluirlos aquí sin que esta entrada excediera los límites que corresponden a un comentario. Seguramente podrán agenciarse un ejemplar de este Las farolas caminan la calle (cuyo título ya es un ejemplo de las deliciosas metáforas de las que hablé antes) y regalárselos ustedes mismos para este fin de año que se aproxima. Creo que éste es uno de los tres mejores libros de poesía que leí este año. Espero que el próximo me depare tantas buenas sorpresas como éste (al menos en este aspecto, me apuro a aclarar).

Y sí, está bien; les dejo uno más para cerrar la entrada como corresponde, con palabras bonitas, mucho mejores que las mías.

 

Las farolas

Las farolas caminan la calle.
Mis pasos respiran al tiempo
que laten sus luces.
El viento, sin dueño.
La noche, con la cancela echada.
Y un relente despiadado
congela los poros desnudos del otoño.

Una fila de caracoles rompe el silencio.
Les dejo paso.

Nos están rodeando

 

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Estoy en una librería, como siempre, viendo qué hay de nuevo o qué nuevas ediciones encuentro de mis libros favoritos cuando me encuentro con este volumen, cuyo sugestivo título es El arte de la seducción. Aunque en la tapa se lo publicita diciendo «Del autor del éxito mundial Las 48 leyes del poder», cosa que no es muy atractiva que digamos, hojearlo no cuesta nada y eso hago. Enseguida me topo con la siguiente página, a la cual me apresuro a tomarle una instantánea para compartirla con ustedes.

 

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Es una tontería, lo sé; ¿pero cuántos comenzarán a considerar esto como válido o, peor aún, lógico? Intenté leer el párrafo, pero no pude terminarlo (de hecho, apenas pasé de los tres o cuatro renglones). Ahora vuelvo a intentarlo y no, no hay caso, es imposible avanzar en la lectura constantemente entorpecida por las arrobas y por la ridícula expresión m/p-adre.

Busqué de inmediato otros volúmenes de la editorial Océano, con el vivo temor de encontrar ese mismo horror en otros textos, pero por suerte se ve que la estupidez es propia del autor, no de la editorial, ya que al menos Moby Dick y unos cuentos de Edgar Allan Poe no habían sido violados en su pureza original.

Esperemos que el ejemplo no cunda, mis querides amigues; de lo contrario hasta tendremos que abandonar la literatura y dedicarnos al oboe, que al menos tiene la virtud de venir neutro desde la cuna.

 


Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.