Hoja de ruta (II) Lima (II)

 

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Todo mejoró al día siguiente. Cambiamos de hotel, cruzando el río Rímac, a pocas cuadras del centro. También cambió la atención de la gente; Rony, el recepcionista del hotel fue el más amable de todos y nos aconsejó qué visitar y cómo hacerlo: El centro histórico limeño, Miraflores, el tradicional cambio de guardia en la Casa de Gobierno, qué templos o museos visitar, dónde y qué comer. Molesto por el trato que habíamos recibido el día anterior y haciendo lo posible para que no nos lleváramos esa impresión de su ciudad y de su país (cosa que de ninguna manera íbamos a hacer, recordando aquel viejo refrán, podemos decir eso de que en todos lados se cuecen habas…).

 

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La belleza de la Lima colonial se impuso por sí sola y nos regaló momentos maravillosos. La ciudad moderna también tiene lo suyo, pero nada se compara al centro histórico (el cual está considerado como Patrimonio Cultural de la Humanidad) y su impecable y más cuidada arquitectura. Los dos únicos puntos negativos que encontramos en la capital peruana es, por un lado, el ruido enloquecedor de los automóviles y su constante uso de las bocinas (o claxon, para otros). Los limeños la usan para todo: para señalar que son automóviles de alquiler (hay un fuerte mercado de autos de alquiler paralelo), para pedir paso, para señalar que cambió el semáforo, para evitar que el peatón cruce… para lo que sea, en ciertos sectores de la ciudad uno puede encontrar a una docena de autos todos haciendo ruido al mismo tiempo y por diversos motivos. Segundo punto: para visitar la catedral limeña y otros templos católicos, hay que pagar una entrada; lo cual es absurdo por donde se lo mire (y no importa si se es un turista o un devoto cristiano, o pagas o no entras).

De todos modos, el resultado fue más que positivo: Lima es encantadora y sus encantos superan con creces a sus puntos flacos.

Próximo destino: Cusco.

Una brevísima galería. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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Hoja de ruta I (Lima I)

 

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Llegamos a Lima a las cinco de la tarde, pero tuvimos que quedarnos un par de horas más en el aeropuerto porque justo en ese momento esta el Papa despidiéndose de la ciudad y los taxis no podían ni entrar ni salir. Los vuelos que llegaban a Lima podían aterrizar, pero no los que debían salir, así que el aeropuerto Jorge Chávez, a pesar de su enorme tamaño, desbordaba de gente de todas las nacionalidades que se impacientaba en largas colas que se entremezclaban y zigzagueaban como serpientes interminables.

 

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Cuando al fin pudimos tomar un taxi (el cual compartimos con un hindú solitario que estaba allí por negocios), viajamos a toda velocidad por un tránsito caótico. Aquí las reglas parecen ser sólo nominales y el que pasa no es el que tienen la prioridad, sino el que mete la trompa del coche primero o el que acelera antes. El viaje desde El Callao hasta el centro de Lima nos tomó casi cuarenta minutos (tuvimos que dejar al hindú primero), pero lo tomamos como un paseo extra por la ciudad.

El hotel que habíamos reservado por internet resultó ser un fraude; no cumplieron con nada de lo que habían prometido en la red. Nada (bueno, sólo una cosa: la ubicación céntrica. Al menos el hotel estaba donde nos habían dicho que iba a estar). Como era tarde, decidimos salir a comer y buscar un nuevo hotel a la mañana siguiente. Como recordaba algo de mi visita anterior a la ciudad, nos encaminamos por una de las avenidas más importantes; pero que yo recordara algo de la ciudad no significaba que todo estuviese igual que hace tres años, cuando yo pasé en mi viaje hacia el norte. Ahora ese sector de la ciudad estaba más oscuro y tomado por decenas (no exagero) de travestis que oscilaban entre lo grosero y lo kitsch.

 

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Debo reconocerlo: yo me divertía. Suelo hacerlo cuando las cosas van mal pero no tanto como para implicar peligro. Color local, si quieren o, también, adaptación al medio. La que no estaba nada contenta era L., a quien yo le había hablado de la belleza de Lima como de algo digno de recordar. Ya no había muchas opciones; el ambiente no era agradable y estábamos cansados por el viaje y la espera en el aeropuerto a que el bendito Papa terminara su recorrido. Decidimos terminar el día. Comimos en un restaurant chino que encontramos de paso y volvimos al mentiroso hotel a pasar nuestra primera noche limeña.

Peligro constante (y multiplicándose)

 

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En la década de 1970, el historiador económico italiano Carlo M. Cipolla hace circular un ensayo entre sus amigos titulado “Las leyes fundamentales de la estupidez humana.” Hizo una lista de cinco leyes fundamentales:

  1. Siempre e inevitablemente uno subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
  2. La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa persona.
  3. Una persona estúpida es una persona que causa pérdidas a otra persona o a un grupo de personas, mientras que él mismo no se deriva ningún beneficio e incluso posiblemente incurra en pérdidas.
  4. Las personas no estúpidas subestiman siempre el poder dañino de individuos estúpidos. En particular, las personas no estúpidas olvidan constantemente que en todo tiempo y lugar y en cualquier circunstancia, tratar o asociarse con gente estúpida siempre resulta ser un error costoso.
  5. Una persona estúpida es el tipo más peligroso de persona.

 

Diagrama de la estupidez

 

El diagrama anterior elabora la tercera ley. Como puede verse con una simple mirada, podemos ver que las personas inteligentes contribuyen a la sociedad y ellos mismos se benefician de esto. Las personas bondadosas actúan en beneficio general pero son víctimas, a veces, del accionar de los otros y por eso, pueden tener pérdidas a cambio. Las personas malas sólo piensan en sí mismas, incluso si esto significa perjudicar a los que les rodean. Y la gente estúpida se daña a sí misma y a los demás. Esto hace que la gente estúpida sea aún más perniciosa que los bandidos: mientras que el comportamiento de un bandido es al menos comprensible, no hay manera racional de saber cuándo, cómo y por qué actuará un estúpido. Cuando nos enfrentamos a una persona estúpida estamos completamente a su merced.

El ensayo completo está aquí. «Nuestra vida cotidiana está compuesta principalmente de casos en los que se pierde dinero y/o tiempo y/o energía y/o el apetito, la alegría y el buen estado de salud debido a la acción improbable de alguna criatura absurda que no tiene nada que ganar y que de hecho no gana nada pero que no duda en causar vergüenza, dificultades o daño», escribe Cipolla. «Nadie sabe, entiende o, posiblemente, puede explicar por qué esa criatura absurda hace lo que hace. De hecho no hay una explicación; o mejor, sólo hay una explicación posible: la persona en cuestión es estúpida».

Todos en capilla III

 

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Collage – Borgeano

 

Queridos hermanos, nos encontramos aquí reunidos nuevamente con el fin de esparcir la palabra divina a los cuatro vientos y puntos cardinales, como semilla de diente de león que alcanza alturas insospechadas y viaja, así, centenares de kilómetros y kilómetros.

Abrimos nuestros libros y nos adentramos en las palabras del hermano José Saramago, quien nos dice:

«Escribir es hacer retroceder a la muerte, es dilatar el espacio de vida».

La verdad siempre prevalece y estas palabras nos recuerdan que el acto de poner una palabra detrás de otra palabra con el fin de crear una oración, un verso, o de poner en claro una idea, es un modo directo de hacer que el tiempo que nos fue dado para estar en esta tierra sea modificado para bien, es decir, que sea más extenso de lo que simplemente señalan las agujas del reloj.

Pero el hermano Saramago, para añadir una idea más a lo anterior, también nos dice:

«Nosotros, los que tenemos la responsabilidad de escribir, tenemos el deber de enaltecer nuestra lengua, de cuidarla, de hacerla revivir».

Quisiera aquí relacionar una idea con la otra siguiendo el método de la lógica más simple y directa: Si escribir implica la necesidad de cuidar a la lengua y si escribir hace retroceder a la muerte, por lo tanto, cuidar a la lengua hace, también, retroceder a la muerte. ¡Qué idea más simple y maravillosa, hermanos! Saramago nos dice que el mero hecho de escribir bien, hablar bien, de pensar bien (es decir de cuidar a la lengua allí donde se encuentre) es suficiente para enriquecer nuestras vidas hasta el punto de que ésta se vuelve más rica y, por ende, más extensa.

No importa si vamos a la tienda de la esquina a comprar pan o si nos perdemos en una charla de sobremesa; no importa si le damos la dirección al taxista o si pensamos, solitarios, mientras caminamos o paseamos por las calles de nuestra ciudad; hay que hablar bien porque eso es vivir bien. Por extensión transitiva, hablar mal, descuidar el lenguaje es, entonces, una concesión a la muerte.

¡Cuánta belleza, hermanos míos en estas palabras y en estas ideas! Las dejo aquí como flores para quien quiera tomarlas y compartir mi alegría. Podéis ir e paz y que Saramago esté con ustedes.

Corolario

Para terminar, de alguna manera, con las entradas de los dos días anteriores, dejo este poema de A. E. Quintero, el cual no tiene título y sobre el que aconsejo una lectura en voz alta, porque lo amerita.

 

niños de la calle

 

¿Y qué si el chico
ocupa la moneda para droga?

¿Y qué
si la emplea para comprar un cigarro suelto
o para estopa?

¿A ti, qué? ¿En qué te ensucian sus versiones de irse,
sus maneras de evitarse,
el transporte colectivo
en el que sueña no estar rumbo a su cuarto de cemento?

¿A ti qué
si ocupa esa moneda para no ver a su padre
cuando llega a verlo?

Si la gasta en comprarse
invisibilidad o se emborracha
antes, ¿a ti qué?
¿Le vas a dar trabajo?
¿Le vas a borrar de los ojos los ojos de su madre?
¿Le vas a cambiar los huesos
para que duerma más cómodo en las calles?

¿O sólo le vas a hablar de la multiplicación de los panes,
y las ventajas de llevar una cruz al cuello?

¿Tú cómo te evitas? ¿Cómo evades tanta conciencia?

¡Coño, dale la moneda y ya!

La nave de los locos en el siglo XXI

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La nave de los locos – Hieronymous Bosch

Ayer hablé de Javier, un hombre al que conocí en un banco de la plaza de Morelia. Cuando nos íbamos, L. me dice que ha escuchado ciertas historias sobre vagabundos o indigentes que de pueblos o ciudades vecinas dejan por las noches aquí, en esta ciudad. Hace unos años, cuando con una amiga íbamos a leer y a hacerles escuchar música a los internos del asilo Hogar del Cristo Abandonado (ése es el nombre oficial), oí lo mismo y, en un par de casos, pude verificar que esto es realmente así. Recuerdo que nos señalaron un par de casos donde se habían abandonado a personas en las mismas puertas del asilo y que éstas muchas veces no sabían explicar de dónde venían o quiénes las habían dejado allí. Incluso instituciones de la misma Morelia a veces no aceptan a ciertas personas ya que éstas deben ser ingresadas por un familiar (cuando en realidad no quieren aceptarlas por las condiciones de salud o de indigencia en la que se encuentran).

Esto me hizo recordar a la idea de La nave de los locos. En la edad media, a los locos o a los enfermos terminales se los metía en una barca y se los dejaba en el río, para que las aguas los llevaran corriente abajo y así llegaran a la siguiente ciudad o para que murieran en algún lugar cualquiera, pero lejos de casa. Eso es lo mismo que ocurre ahora, al menos en esta parte de México tan querida por otros motivos pero tan detestada por estas cosas. Hoy la nave de los locos tiene cuatro ruedas y deambula por las noches dejando cuerpos desperdigados por las calles o en las puertas de los asilos que sí los acogen y que son los únicos que hacen del acto y de la palabra algo uniforme y coherente. El resto, como siempre, se lava las manos con la misma prolijidad con la que antes lavaron su conciencia.

Charlando con Diógenes

 

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Estábamos con L., dando el habitual paseo nocturno cuando nos sentamos en una de las bancas de piedra de la plaza. L. me hace unas señas y veo a un hombre (me cuesta llamarlo “indigente”) sentado en el extremo del banco. En un primer momento no veo lo que me señala, pero luego sí: una pequeña perra, de unos pocos meses, se acurruca en su falda. Ambos duermen con tranquilidad. Poco a poco la perra se va deslizando y parece que va a caerse, pero el hombre, como una madre atenta aún durante el sueño, vuelve a acurrucarla y su regazo y entrelaza sus dedos para que así la cachorra esté más cómoda.

Le digo a L. «¿Te diste cuenta? Es Diógenes». Aclaro que mi fascinación por el filósofo griego es tal que la imagen que ilustra esta entrada también es el fondo de pantalla de mi laptop, así que la referencia no fue gratuita ni tuve que añadir nada más. L. sabía lo que yo le decía, aunque nunca supusimos que eso pasaría a ser algo un poquito más real. Me explico:

Algunos minutos después el hombre despierta y le preguntamos por la perra y una cosa llevó a la otra y mantuvimos una larga charla en ese banco de piedra de la plaza de Morelia. Él se llama Javier y constantemente se refería a su perra (“Chiqui”) como “Su mejor amiga”, “su juguete favorito”, “su mascota preferida”. Nos contó su historia y, en un momento dijo algo único: “Yo no molesto a nadie y sólo quiero que nadie me moleste”.

Si Schopenhauer tiene razón (y en general la tiene), cuando una persona observa algo con desapego artístico, es la misma persona que lo observó antes, no importa si fue hace doscientos años, si es ahora o si será dentro de otros doscientos años. Ese desapego emocional que nos permite el arte y el pensamiento hacen que nos separemos de la mediocridad general de ser un mero humano para pasar a ser algo más; algo que excede a esta pequeña cosa que somos. Si Schopenhauer tiene razón (y en general la tiene), ese hombre, en ese momento fue Diógenes. Esas palabras son las mismas que Diógenes le dijo a Alejandro Magno: «Quítate que me tapas el sol». Esa imagen que tuve al principio, la del vagabundo con su perro durmiendo mientras el mundo se afana en sus cosas triviales (mientras todos pasan mirando sus teléfonos móviles; mientras pasan con sus bolsas de la tienda de moda, mientras sacan de sus bolsillos las llaves para poner en marcha el auto) se convirtió en una realidad minutos más tarde cuando el filósofo me recordó que nada es más importante que la paz interior y que yo, todavía, tengo demasiadas cosas

L. y yo tuvimos la suerte, al menos por un instante, de charlar con el mismísimo Diógenes, quien viajó a través del tiempo para decirnos, a su modo, que nos corriéramos un poco y no le tapáramos el sol.