Todos en capilla V

 

Humildad

 

Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para compartir y esparcir la palabra divina (háganlo como ustedes quieran, compartiendo, practicando, meditando, haciendo estallar cada una de estas palabras, si es que las consideran válidas en algún punto). Hoy compartiremos la enseñanza de nuestra hermana Virginia Woolf, quien de entre sus muchas enseñanzas extraemos ésta (y quiero hacer constar que pocas veces este azaroso sermón dominical se verá engalanado con palabras  mejores que estas. Seré sincero, tal vez un poco más de lo habitual: creo que estas palabras deberían estar grabadas en piedra como aquellas otras que permanecen del hermano Epicuro en algún muro derruido de Atenas); dice la hermana Virginia: «No hay prisa. No hay necesidad de brillar. No es necesario ser nadie salvo uno mismo».

¡Cerrad las puertas del templo, hermanos! ¡Ya está todo dicho! ¡No hay nada que agregar! ¿Cómo puede decirse tanto con tan poco? Pues siendo como la hermana Virginia, supongo. Releo esas palabras con la intención de agregar algo y veo, noto, comprendo, que eso no me será posible ni ahora ni nunca. Esas palabras me golpearon en el rostro como un puño de acero y cuando me levanto de este nock out técnico sólo atino a asentir en silencio y a agradecer a la hermana Virginia su iluminación. ¿Qué es la vida, después de todo? No lo sé; sólo sé que «No hay prisa. No hay necesidad de brillar. No es necesario ser nadie salvo uno mismo».

Anuncios

Salvajismos

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

Jorge Luis Borges.

 

ajedrez

 

Leo esta frase de Winwood Reade:
“El salvaje, el hombre primitivo, vive en un mundo extraño, un mundo de providencias especiales y de interposiciones divinas, que no tienen lugar espaciadamente, muy de vez en cuando y en aras de una gran finalidad, sino a diario, casi a cada hora… La muerte, en sí misma, no es un evento natural. Tarde o temprano, los hombres enfurecen a los dioses y son asesinados. Para quienes no han vivido entre los hombres primitivos, es difícil entender con total perfección el alcance de su fe. Cuando se le señala que sus dioses no existen, el hombre primitivo se limita a reír, maravillándose, sin más, de que se haga tan extraordinaria observación… Su credo está en armonía con su intelecto, y no puede ser modificado si antes no se modifica su intelecto.”

Bien, estoy de acuerdo con esta explicación de Reade. No creo que nadie pueda oponerse a ella. El punto es que no veo razón alguna por la que esta frase no pueda ser aplicada a cualquier tipo de creyente. ¿Será porque el “salvaje” siempre es el otro? ¿Será porque uno siempre encuentra tan fácil justificarse que no puede ver ni siquiera un poquito más allá el alcance de sus propias palabras? Cuando leí esto recordé los versos de Borges con los que abrí esta entrada. Si el salvaje siempre es el otro, ¿Qué sucede cuando el otro soy yo?

El predicador

 

SunsetI-1080x309

 

Es por demás conocida aquella expresión con la que Friedrich Nietzsche comienza su Zarathustra: «¡Oh, Sol, qué sería de ti sin aquellos a quienes iluminas!». También podríamos invertir la ecuación y preguntarnos ¿Y qué sería de nosotros sin él? Este poema de Mary Oliver nos marca el camino que podemos tomar si consideramos todo el conjunto con sencillez y humildad. También es una buena formad de comenzar el día, después de todo, la poesía no es más que otra forma de luz y calor.

Por qué despierto temprano

Hola, sol en mi cara
hola, tú que haces la mañana
y la extiendes sobre los campos
y en las caras de los tulipanes
y las glorias del amanecer, asintiendo
y en las ventanas del miserable
y también del irascible.

Eres el mejor predicador que haya existido alguna vez,
querida estrella, eso simplemente sucede
estás donde estás en el universo
para mantenernos lejos de la oscuridad,
para alegrarnos con un toque cálido,
para mantenernos en tus grandes manos de luz
buenos días, buenos días, buenos días.

Mira, ahora, cómo empiezo mi día
en felicidad, en bondad.

Mary Oliver

Ay, caramba…

diario107grande1

 

Los blogs cumplen 25 años de existencia y por aquí andamos muchos, todavía dando vueltas por estos lares. Algo de bueno tienen los blogs, sin duda; además de darnos espacios para que hablemos de nuestras boludeces (tonterías, cosas sin importancia) también nos permiten contactarnos con aquellos que tienen nuestras mismas inquietudes, por ejemplo, cosa que parece trivial pero que no lo es tanto porque, como todos sabemos, es en este ámbito que podemos hablar y compartir muchas cosas que no podríamos hacer en nuestro ámbito privado. ¿Cuánto tiempo seguirán los blogs en actividad? Quién lo sabe; por lo pronto, por aquí andamos y andaremos, al menos mientras se sigan dando esos maravillosos encuentros personales que cruzan toda frontera y anulan toda distancia.

Confucio y la escuela de hoy

 

Confucio estatua bronce manos juntas

 

Tuvo pocos discípulos en su vida. El prestigio llegó después de su muerte, al difundirse su pensamiento. En los Cuatro Libros Shu se atribuye a Confucio el siguiente discurso, que resume sus teorías morales:

“Nuestros antiguos sabios practicaron la observancia de las tres leyes fundamentales de relación: entre los soberanos y los súbditos, entre los padres y los hijos y entre el esposo y la esposa, así como el cultivo de las cinco virtudes capitales. Basta nombrarlas para que comprendan su excelencia o necesidad. Son estas virtudes:
1) La humanidad, o sea el amor universal entre todos los de nuestra especie sin distinción.
2) La justicia, que da a cada individuo lo que es debido, sin favorecer a uno sobre otro.
3) La conformidad con los ritos prescritos y usos establecidos de la sociedad, a fin de que sus miembros tengan un mismo modo de vida de igual participación en las ventajas e inconvenientes de la misma.
4) La honradez, o sea la rectitud de espíritu y corazón que nos induce a buscar en todo la verdad, y a desearla sin engañarse uno mismo ni a los otros.
5) La sinceridad o buena fe, es decir, la franqueza de corazón que excluye todo fingimiento y disfraz, en conducta en palabras.
Todo lo anterior hizo a nuestros maestros respetables durante sus vidas e inmortalizó su nombres después de la muerte. Tomémoslos por modelos, empleemos nuestros esfuerzos por imitarlos”.

Dos mil doscientos años y aún la sencillez es la que gobierna. No hacen falta tratados de mil páginas explicando el ser y sus alcances. Por lo menos como base moral, Confucio (junto con algunos otros), sigue siendo una cima.

Pajaritos

 

Scan 612

Collage: Borgeano (detalle)

 

Hace poco leí un artículo donde se detallaban algunas excentricidades de escritores famosos. Uno de los más deliciosos que encontré fue aquel que señalaba que Virginia Woolf, a lo largo de un verano, creyó que los pájaros piaban en griego. Esta estupenda y particular forma de sinestesia me hizo recordar aquella historia que cuenta Jules Renard en sus Les Histoires Naturelles, 1896:

«Félix no entiende cómo las personas pueden mantener a las aves en jaulas. «Es un crimen» dice, «como recoger flores. Personalmente, preferiría olerlas en sus tallos; y los pájaros deben volar de la misma manera». Sin embargo, Félix compra una jaula y la cuelga en su ventana. Pone dentro un nido de algodón, un platillo de semillas y una taza de agua limpia y renovable. También cuelga un columpio en la jaula y un pequeño espejo. Y cuando lo interrogan, responde con cierta sorpresa: «Me enorgullezco de mi generosidad cada vez que miro esa jaula» dice. «Podría poner un pájaro allí, pero la dejo vacía. Si quisiera, podría encerrar algún zorzal pardo, algún camachuelo gordo o algún otro pájaro de todos los tipos que tenemos por aquí; pero eso sería cautiverio. Pero gracias a mí, al menos uno de ellos sigue siendo libre. Siempre hay eso…».

 

Scan 613

Collage: Borgeano (detalle)

 

Ayer escuchaba (y eso fue el detonante definitivo que me impulsó a reunir todos estos fragmentos dispersos en una sola entrada) El álbum de Ian Anderson The Secret Language Of Birds; es decir: El lenguaje secreto de los pájaros. En la canción que lleva este título, la noche cae y una pareja se encuentra, después de compartir una botella de vino y demás, sin posibilidad de que ella pueda irse a su casa; entonces él simplemente le dice: «Quédate conmigo y aprendamos el lenguaje secreto de los pájaros»; una poética propuesta que podríamos aprender a poner en práctica, llegado el caso.

Por último, y con toda modestia, recuerdo un haiku que escribí para alguien:

Un ave canta
sobre la piel de mi voz
dice tu nombre.

El haiku fue aceptado con contenida alegría o satisfacción (fue suficiente). De todos modos, me quedo con la imagen de Virginia Woolf mirando hacia lo alto de un roble mientras intentaba descifrar alguna palabra griega que tal vez pudiera parecerle conocida y, por sobre todo, me quedo con la poética metáfora de Ian Anderson. Esperaré hasta la próxima noche de lluvia y en el momento adecuado, esperanzado, sólo diré: «Quédate conmigo y aprendamos el lenguaje secreto de los pájaros».

 

La amenaza del despertar

 

Hermann Hesse

 

Editorial Losada ha editado dos libros con fragmentos (casi a modo de sentencias, me atrevería decir, aunque son más que eso, por fortuna) de Hermann Hesse. Del primero de esos volúmenes rescato esta magnífica cita que emparenta al autor alemán con lo mejor de la corriente humanista propia de su tiempo, pero que se extiende hasta nosotros en la medida en que esa escuela aún sigue siendo válida en la mayor parte de sus postulados. Dice Hesse: «Cada hombre es el centro del mundo, alrededor de cada uno parece girar voluntariamente, y cada hombre y cada día de su vida es el punto final y la culminación de la Historia: tras él, los siglos y los pueblos están hundidos y marchitados, y ante él no hay nada, sólo el momento, todo el gigantesco aparato de la Historia parece estar al servicio del apogeo del presente. El hombre primitivo considera como una amenaza cualquier cosa que perturbe este sentimiento de ser el centro, de estar en la orilla mientras los otros son arrastrados por la corriente, se niega a que le despierten y le enseñen, le parece odioso y hostil el despertar y el verse rozado por la realidad y se aparta con instinto amargado de aquéllos a los que ve acometidos por el estado de alerta, de los visionarios, problemáticos, genios, profetas, posesos».

¿No es esto lo que vemos a nuestro alrededor en todo momento, en los medios, en la red y por doquier (en este sentido la red sirve para que podamos observar de cerca lo que en otros momentos no era más que lejanía inaccesible). Para terminar con la idea, una página después Hesse nos dice, y esta vez sí, a modo de sentencia casi conminatoria: «Quienes no quieren responsabilidad ni pensar por cuenta propia necesitan y exigen caudillos».