Los beneficiarios de las ofensas

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Chesterton no es de mis pensadores ni escritores favoritos. Me parece demasiado evidente su acendrado catolicismo como para que me resulte atractivo. Y no es que exagere en mis diferencias; el que sea católico no significa nada en particular; pero cuando la ideología se pasa a los escritos, haciendo que todos los culpables de delitos o crímenes sean ateos, librepensadores o cualquiera que haya abandonado la fe católica es como demasiado. Sus ensayos tampoco son mucho más sólidos (recuerdo aquel texto en el que alababa a Akhenatón por haber sido el primer monoteísta; como si eso convirtiese al faraón egipcio en el primer Papa o algo similar).

Pero, más allá de que no me guste su forma de pensar, el siguiente fragmento me resulta por demás lógico (es una pena que no lo haya puesto en práctica él mismo): “La blasfemia depende de la creencia, y se desvanece con ella. Si alguien duda de esto, que se siente en serio y trate de crear pensamientos blasfemos acerca de Thor. Creo que su familia lo encontrará al final del día en un estado de agotamiento”.

Es cierto: la blasfemia depende de la creencia y se desvanece con ella. No hace falta más que ver alrededor o decir algo en el lugar inadecuado; de inmediato se verá cómo los religiosos —independientemente del credo que profesen— elevarán la voz argumentando erróneamente que se sienten ofendidos por tal o cual palabra, como si la ofensa fuese un argumento o una razón. Será inútil intentar explicarles algo; intentar razonar o pedir la misma libertad de pensamiento para uno que la que ellos exigen para sus creencias. La blasfemia —palabra infame si las hay— les permitirá a ellos armarse de prerrogativas que no por reales son menos inmorales. Pero ya se sabe: haz lo que digo, pero no lo que hago.

Los rasgos de un gran sueño

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Arthur Schopenahuer

Muchos saben que Arthur Schopenahuer es uno de mis filósofos centrales o «de cabecera», como suele decirse. Creo que el autor alemán es uno de los que ha creado un sistema tan fuerte y sólido que muy pocos podrían llegar a igualar. ¿Por qué no se lo enseña más o no se habla de él con mayor asiduidad? La verdad es que creo que ello es porque Schopenhauer dejaría sin trabajo al noventa por ciento de los filósofos de la actualidad y al cien por ciento de los pseudofilósofos y adalides de la autoayuda. Es decir, que no es negocio.

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Joseph Campbell en diálogo con Bill Moyers

Otro de mis grandes referentes (pero en este caso es más específico, más acotado en sus alcances) es Joseph Campbell, mitólogo, escritor y profesor estadounidense. Encontrarme a ambos en un mismo texto, entonces, es un placer más que compartible. Por eso dejo aquí este fragmento de la charla que Joseph Campbell sostuvo con Bill Moyers en 1986, en el rancho propiedad de George Lucas y que se publicó con el título de El poder del mito; porque allí el mitólogo sintetiza a Schopenhauer y nos abre la puerta a su lectura, a profundizar en esa filosofía que no necesita nada más para ser lo que es: la estructura filosófica más sólida que se haya creado.

“Schopenhauer –dice Campbell–, en su espléndido ensayo llamado “Sobre una intención aparente en el destino de los individuos”, señala que cuando llegas a una edad avanzada y miras atrás en tu vida, puede parecerte que ésta ha tenido un orden y plan downloadconsistentes, como si la hubiera compuesto un novelista. Hechos que cuando tuvieron lugar parecieron accidentales y de poca importancia resultan ser factores indispensables en la composición del argumento. ¿Quién compuso ese argumento? Schopenhauer sugiere que así como tus sueños están compuestos por un aspecto de ti mismo del que tu conciencia no sabe nada, así también tu vida entera está compuesta por la voluntad que hay dentro de ti. Y así como personas que has conocido aparentemente por puro azar se convierten en agentes principales en la estructuración de tu vida, así también habrás servido tú como agente, sin saberlo, dando significado a las vidas de otros. Toda la trama marcha al unísono como una gran sinfonía, y cada uno inconscientemente está estructurando todo lo demás. Schopenhauer concluye que es como si nuestras vidas fueran los rasgos de un gran sueño de un solo soñador en el que todos los personajes del sueño también sueñan; de modo que todo se enlaza con todo, movido por la voluntad única de la vida que es la voluntad universal de la naturaleza.

Es una idea magnífica, una idea que aparece en la India en la imagen mítica de la red de Indra, que es una red de gemas, donde en cada cruce de un hilo con otro hay una gema que refleja a todas las demás. Todo sucede en mutua relación con todo lo demás, por lo que no puedes culpar a nadie de nada. Es, incluso, como si hubiera una única intención detrás de todo, que le diera un cierto sentido, aunque ninguno de nosotros sepa cuál puede ser ese sentido, ni haya vivido del todo la vida que se propuso vivir”.

 

Lo que conviene

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Hay dos posturas contrapuestas en este mundo que nos rodea; una de ellas, determinista, dice algo así como que “todo está escrito” y que nada podemos hacer para cambiarlo. No hace falta ser extremista para ser determinista (aunque los hay, claro); sino que sólo alcanza con decir “la vida es así” o cualquier frase por el estilo. En la vereda opuesta se encuentran los partidarios del “libre albedrío”. Para ellos todo está abierto a nuestras posibilidades y podemos cambiar las cosas cuándo y cómo queramos.

Está bien, uno puede ser una cosa u otra y no hay problema en ello; pero hay un grupo de personas bastante molesto (tengo un par en mi familia que fueron quienes me impulsaron a escribir esto) que actúa del siguiente modo: es determinista en la derrota y partidario del libre albedrío en la victoria. Es decir que cuando las cosas les salen mal es por culpa de otros o del destino, mientras que cuando las cosas le salen bien es gracias a ellos mismos y a su enorme capacidad para… (lo que sea).

Libre albedrío

 

Es una postura cómoda, claro; pero además de ser irreal es por demás molesta para quienes los rodean. Sobre todo porque esas personas también tienen otra costumbre: no toleran que al otro le vaya bien. En ese caso no aplican el libre albedrío y si a alguien le va bien es “porque tiene suerte” y nunca porque hizo algo para conseguir eso; aunque por lo visto nunca se ha tenido tanta suerte como para nacer lejos de ellos. Y y es que no, todo no se puede…

Caprichos de millonarios

IHEn su novela de 1895, Propeller Island, Julio Verne representa un inmenso barco que navega por el océano Pacífico y el cual está habitado por millonarios. En 1999 una organización que se llamaba Freedom Ship International propuso hacer lo mismo: un barco cuatro veces más largo que el Queen Mary, de 25 pisos de altura. En total, la nave contendría 18.000 unidades habitacionales, 3.000 unidades comerciales, 2.400 unidades de tiempo compartido y 10.000 unidades hoteleras; y al igual que la nave de Verne circularía alrededor del mundo de manera  continua.

“La superestructura del buque propuesto, que se elevaría veinticinco pisos por encima de su amplia cubierta principal, abrigaría un espacio residencial, una biblioteca, escuelas y un hospital de primera clase, además de tiendas al por menor y al por mayor, bancos, hoteles, restaurantes, Casinos, oficinas, almacenes y empresas ligeras de fabricación y montaje.” Decía la empresa en su campaña publicitaria.

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Por lo pronto, el asunto sigue en proyecto, aunque en una primera instancia estaba proyectado para ser puesto en servicio en el 2013. Mientras tanto, si alguno quiere ir probando cómo es todo eso, podría abordar la nave llamada The World, la cual es más pequeña pero que sirve a los mismos propósitos. “El mar es nuestro mundo” dice en su página web; aunque mejor debería decir aquella frase de Oscar Wilde: “La naturaleza imita al arte”.

El verdugo constante

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 “Homo sum, humani nihil a me alienum puto” escribió Publio Terencio Africano en su comedia “Heautontimorumenos” («El enemigo de sí mismo» o «El verdugo de sí mismo»), del año 165 a.e.c. La frase latina puede traducirse como “Hombre soy; nada humano me es ajeno”, la cual, sin duda, será reconocida por muchos de ustedes.

El título de esa obra de Terencio luego sería retomado por Charles Baudelaire para el poema LXXXIII de Las flores del mal. Allí, Baudelaire comienza diciendo: “Te golpearé sin cólera alguna / y sin odio, como un carnicero” o “¡Yo soy el puñal y la herida! / ¡Soy el cachetazo y la mejilla! / ¡Los miembros y el tormento, / el verdugo y el atormentado!”

Ayer hablé de la realidad dual que nos constituye como esos seres complejos que somos. Hoy, continúo con esa idea en mente y, como corolario, trabajo estas dos ideas: “Hombre soy; nada humano me es ajeno” ¿Pero qué significa ser un «ser humano?» ¿Tal vez ese verdugo y ese atormentado que es uno solo, como señala Baudelaire? Creo que sí; creo que eso somos a lo largo de toda nuestra vida e, incluso, varias veces a lo largo de un solo día. El problema está en que no lo reconocemos; en que creemos ser una unicidad que la realidad se empeña en mostrarnos una y otra vez que no es tal a pesar de nuestra ceguera.

Por cierto, Baudelaire cierra su poema con esta cuarteta lapidaria: “Soy vampiro de mi existir / -uno de esos abandonados, / a risa eterna condenados- / ¡que no puede ya sonreír!”.

Lo indiviso divisible

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El Ecce Homo, de Nietzche; es el último libro que escribió el filósofo alemán, en los tiempos en que ya estaba cayendo en lo que sería el último de sus estados: la locura. Aun así, es un magnífico trabajo, en el cual pueden notarse grandes ideas y apreciaciones más que notables del filósofo sobre su propia obra.

En el fragmento dedicado al Zaratustra, Nietzsche un par de cosas notables por su agudeza y por la luz que arrojan sobre esa obra. Aunque están descritas en un solo párrafo, las divido en las tres partes constitutivas para que se comprendan mejor:

“Prescindiendo de estas obras de diez días, los años del Zaratustra y sobre todo los siguientes representaron un estado de miseria sin igual. Se paga caro el ser inmortal: se muere a causa de ello varias veces durante la vida. Hay algo que yo denomino el rencor de lo grande: todo lo grande, una obra, una acción, se vuelve, inmediatamente de acabada, contra quien la hizo.

Una segunda cosa es el espantoso silencio que se oye alrededor. La soledad tiene siete pieles; nada pasa ya a través de ellas. Se va a los hombres, se saluda a los amigos: nuevo desierto, ninguna mirada saluda ya. […] parece que nada ofende más hondo que el hacer notar de repente una distancia, las naturalezas aristocráticas, que no saben vivir sin venerar, son escasas.

Una tercera cosa es la absurda irritabilidad de la piel a las pequeñas picaduras, una especie de desamparo ante todo lo pequeño”.

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Lo notable de este fragmento es la síntesis perfecta de lo que se entiende por Übersmench (término que se traduce, mal, como superhombre; pero que sería más adecuado llamar ultrahombre o posthombre; es decir lo que está más allá del hombre, no ese animal bruto que implica el prefijo «súper»). Ese hombre que está más allá del actual hombre vulgar y burgués es, ante todo, un ser débil que se encuentra en estado de indefensión ante la enorme carga de lo mediocre. De allí la irritabilidad de esa piel ante las pequeñas picaduras. Pero también hay una fortaleza y una enorme carga de orgullo en el primer fragmento; en ese saber que se está preparado para las grandes cosas; para las tareas enormes e imperecederas.

Tal vez allí radique, entonces, la verdadera grandeza del übersmench: en saberse constituido por una dualidad permanente; en saber que el ser humano es algo que no es ni podrá ser un ser único e indivisible; sino que siempre estará constituido por dos caras antagónicas, pero indispensables para construir lo que realmente es.

Libertad condicionada

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Dice Primo Levi, en Si esto es un hombre: “”Arbeit Macht Frei”, esto es, “El trabajo nos hace libres”, eran las palabras que se leían sobre la puerta de acceso al Lager de Auschwitz. A lo que parece, debería haber sonado más o menos así: “El trabajo es humillación y sufrimiento, y no nos corresponde hacerlo a nosotros, Herrenvolk, pueblo de señores y de héroes, sino a ustedes, enemigos del Tercer Reich. La libertad que les espera es la muerte”. “(…) pese a algunas apariencias en sentido contrario, el desconocimiento, el menosprecio del valor moral del trabajo era y es consustancial al mito fascista en todas sus formas. Bajo todo militarismo, colonialismo, corporativismo, encontramos la voluntad precisa, por parte de una clase, de aprovecharse del trabajo ajeno y de negarle, al mismo tiempo, todo valor humano”.

Como siempre, en la literatura encontramos todo aquello que necesitamos para entender el pasado, el presente y, hasta cierto punto, también al futuro. En este fragmento de Primo Levi uno encuentra ecos de la división del trabajo creada por los poderosos de siempre en beneficio de unos y de otros; es decir, de ellos y de los demás. Desde aquel poema de Brecht que comienza diciendo “¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas? / En los libros se mencionan los nombres de los reyes. / ¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?”; hasta la publicidad de una escuela de inglés online cuyo acento está puesto en la idea de que quien sabe inglés consigue mejores trabajos (y que ha extendido esa idea a su recién abierta escuela junior —”Está probado que los niños que saben inglés consiguen mejores empleos”—), el fascismo del neoliberalismo ya ni siquiera se esconde detrás de unos buenos deseos o de una máscara de bondad. Ya no lo necesita. Sabe que las personas necesitan cosas, muchas cosas, y que harán lo que sea indispensable para conseguirlas, hasta dejar la vida en ello, incluso.

Uno mira alrededor y se sorprende de que esa frase en alemán «Arbeit Macht Frei» no se encuentre impresa en la entrada de cada fábrica y de cada oficina.