Abel Sánchez (Miguel de Unamuno I)

unamuno 01Borges dijo que sólo había escrito una página y que lo había hecho una y otra vez. Sin duda, esto también puede aplicarse a otros muchos escritores, entre ellos, a don Miguel de Unamuno; quien parece hecho a la medida para cumplir con los requisitos de esta frase borgesiana. Las preocupaciones de Unamuno (sintetizadas en su El sentimiento trágico de la vida) están presentes en esta novela de manera a la vez explícita y simbólica.

El absurdo de la vida (lo cual  emparenta al autor español con Schopenhauer, ya hablaré de ello al final de la entrada) y el odio y la envidia de Joaquín hacia Abel son los ejes centrales de la novela; pero no hay que dejar de lado los aspectos simbólicos. En ese sentido, a la reinterpretación de la historia bíblica de Caín y Abel se le suman aquí componentes simbólicos míticos, como es el paralelismo de Helena con Helena de Troya. En este caso la historia se enlaza con esa otra lucha fraticida como es La odisea homérica. Todo esto se une, por medios de diálogos directos y también por el acceso que tenemos al diario personal de Joaquín, en una historia oscura, donde nadie parece ser inocente (tal vez los dos únicos son los hijos de estos dos personajes centrales; en ese sentido, tal vez Unamuno deje una puerta abierta a la esperanza: los jóvenes —el futuro—, tal vez pueda limpiar las miserias de su pasado).

Dije que Unamuno se emparenta con Schopenahuer en la visión negativa de la vida; en el reconocimiento del absurdo de ésta, del sinsentido que es la materia principal de la que está formada. Vayan estas dos citas como ejemplo de esta relación cercana:

«Es muy claro. Los espíritus vulgares, ramplones, no consiguen distinguirse, y como no pueden sufrir que otros se distingan les quieren imponer el uniforme del dogma, que es un traje de munición, para que no se distingan. El origen de toda ortodoxia, lo mismo en religión que en arte, es la envidia, no te quepa duda. Si a todos se nos deja vestirnos como se nos antoje, a uno se le ocurre un atavío que llame la atención y ponga de realce su natural elegancia, y si es hombre hace que las mujeres le admiren y se enamoran de él, mientras otro, naturalmente ramplón y vulgar, no logra sino ponerse en ridículo buscando vestirse a su modo, y por eso los vulgares, los ramplones, que son los envidiosos, han ideado una especie de uniforme, un modo de vestirse como muñecos, que pueda ser moda, porque la moda es otra ortodoxia. Desengáñate, Joaquín: eso que llaman ideas peligrosas, atrevidas, impías, no son sino las que no se les ocurren a los pobres de ingenio rutinario, a los que no tienen ni pizca de sentido propio ni originalidad y así solo sentido común y vulgaridad. Lo que más odian es la imaginación porque no la tienen».
Miguel de Unamuno. Abel Sánchez.

«Lo que más odia el rebaño es a aquel que piensa de modo distinto; no es tanto la opinión en sí, como la osadía de querer pensar por sí mismo, algo que ellos no saben hacer».

Arthur Schopenhauer.