Mientras no llenen de barro mi boca

 

La vida, ese sinsentido tan maravilloso y extraño, ha dado lugar a incontables ensayos, pensamientos, aforismos, canciones, poemas… he leído uno de estos últimos en No vendrá el diluvio tras nosotros, de Joseph Brodsky y, del mismo modo en que no puedo evitar sentirme plenamente reflejado en ese poema, tampoco puedo evitar querer compartirlo aquí, con todos ustedes porque, a pesar de todo este sinsentido, uno no puede menos que estar agradecido.

 

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Yo he entrado en la jaula en lugar de la fiera,
he grabado el apodo y la pena a hierro en prisión,
junto al mar he vivido, he jugado a la ruleta,
he comido en traje de frack con quién sabe Dios.
Asomado a un glaciar, medio mundo habré visto,
zozobrado tres veces, dos de ellas lograron rajarme.
Del país que me ha dado sustento he huido.
Quienes me han olvidado llegan a ser ciudad.
Me he perdido en estepas que el grito del huno recuerdan,
he llevado lo que ahora de moda suele estar,
he cubierto almiares de negro sudario, he sembrado centeno,
agua seca tan solo no he llegado a probar.
He abierto a mis sueños a pupila del guardia, siniestra,
he comido el pan del exilio sin dejar la corteza.
He prestado mis cuerdas a todas las voces, además del aullido;
he pasado al susurro. Y cuarenta en el día de hoy he cumplido.
¿Qué decir de la vida? Que resulta que es larga.
Que no soy solidario más que con el dolor.
Pero mientras no llenen de barro mi boca,
de ella sólo habrá de brotar gratitud.

24 de mayo de 1980

 

 

Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

Paráfrasis agradecida

 

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Pensé mucho antes de escribir esta entrada, ya que no soy muy afecto a exponer asuntos personales y esa razón, la cual sigo considerando válida, me hizo dudar mucho a la hora de escribirlo y subirlo; pero si es que aquí está quiere decir que no lo he borrado y por algo será. Bien, al grano. El poema que dejaré a continuación fue uno de los primeros que aprendí de memoria. Aunque, para ser sinceros, no es que lo sepa palabra por palabra; no. En realidad no es un poema que sea necesario memorizar por completo, sino que sólo lo es el concepto general y sí, el tono también, pero ése no es muy difícil de lograr. Pertence a Oliverio Girondo y dice así:

Gratitud

Gracias aroma
azul,
fogata
encelo.

Gracias pelo
caballo
mandarino.

Gracias pudor
turquesa
embrujo
vela,
llamarada
quietud
azar
delirio.

Gracias a los racimos
a la tarde,
a la sed
al fervor
a las arrugas,
al silencio
a los senos
a la noche,
a la danza
a la lumbre
a la espesura.

Muchas gracias al humo
a los microbios,
al despertar
al cuerno
a la belleza,
a la esponja
a la duda
a la semilla,
a la sangre
a los toros
a la siesta.

Gracias por la ebriedad,
por la vagancia,
por el aire
la piel
las alamedas,
por el absurdo de hoy
y de mañana,
desazón
avidez
calma
alegría,
nostalgia
desamor
ceniza
llanto.

Gracias a lo que nace,
a lo que muere,
a las uñas
las alas
las hormigas,
los reflejos
el viento
la rompiente,
el olvido
los granos
la locura.

Muchas gracias gusano.
Gracias huevo.
Gracias fango,
sonido.
Gracias piedra.
Muchas gracias por todo.
Muchas gracias.

Oliverio Girando,
agradecido.

 

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Algunas veces, a lo largo de mi vida, me he encontrado recitándolo de muchas maneras; variando la extensión, cambiando (como dije) los versos para adecuarlos al momento, enumerando distintos elementos según las circunstancias. Es así que ante los asombros que la geografía me ha deparado o ante el abrazo apretado cuando uno vuelve a casa; ante la magnificencia de un Machu Picchu o de un volcán, ante el atardecer particularmente colorido, ante los verdes de un solo bosque o el ruidoso silencio de un desierto; ante una cena divertida entre amigos o el abrazo cálido en el silencio de la noche, no he podido menos que reinventar el poema de Girondo para terminar con un modesto “Muchas gracias por todo. Muchas gracias. Yo, Borgeano, agradecido”.

 


Actualización: Como muchos saben, suelo escribir varias entradas y dejarlas programadas; por pura casualidad, esta entrada de hoy en la que conté con la ayuda de Oliverio Girondo, coincide —gracias a ese azar que parece tener todo bajo control— con otro agradecimiento que tengo que dar, esta vez a los responsables de los Premios Blogosfera 2017 y, más que a nadie, a todos ustedes, quienes hicieron que este modestísimo blog fuese elegido como Mejor Blog de Opinión/Crítica de este año.

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No es por ser políticamente correcto (lejos de mí tal posibilidad); pero si de algo debo estar agradecido con este sitio, el cual me ha dado muchísimas satisfacciones, ha sido con la posibilidad de encontrar personas válidas al otro lado de la pantalla. Esto ha sido la mayor de todas las satisfacciones que me ha brindado. Esto, insisto, no es una mera expresión casual ni tampoco una expresión que intente ser amistoso porque sí; sino que es una exposición de un hecho real. He tenido la maravillosa oportunidad de conocer personalmente a algunas de ustedes y es por eso mismo que puedo asegurar que lo mejor que me ha dado este sitio, es haber conocido a muchísimas personas con las que me siento más cercano que con muchos otros de esos que uno se cruza a diario y a la fuerza.

En síntesis: gracias a los jueces de los Premios Blogosfera; pero sobre todo, gracias a la cofradía de amigos y de visitantes que se cruza en este sitio a diario. “Muchas gracias por todo. Muchas gracias. Yo, Borgeano, agradecido”.

Agradecimientos

Hay veces en que la naturaleza o la vida (¿no son la misma cosa al fin y al cabo?) nos despierta con una sonora bofetada a la que no podremos ya olvidar jamás.

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En la madrugada del domingo pasado, un fuerte dolor abdominal me sorprendió a las dos de la mañana. Suponiendo una común indisposición estomacal esperé a que se pasara con un té y esas cosas que uno suele hacer en esos casos. A las dos horas el dolor era tan fuerte que apenas podía moverme. Me llevaron de urgencia al Hospital Civil y allí, luego de los análisis y pruebas de rigor, me metieron al quirófano más rápido que ligero. Salí de allí dos horas y media después con un par de cicatrices (una de ellas de diez centímetros de largo que me cruza medio abdomen) y una parte de mi cuerpo menos. No hace falta entrar en detalles; por un lado no son agradables y por otro no soy la persona idónea para explicarlos. Lo que sí quiero es ser agradecido, porque ayer, al darme de alta, los médicos me explicaron la gravedad de lo que padecí y lo ajustado del tiempo en el que me llevaron a la sala de urgencias. Me dijeron que era cuestión de horas, nada más. Así que si hoy estoy aquí —y esto no es una exageración ni una búsqueda de lástima (lejos de mí ello, siempre)— es gracias a una persona: Lourdes. Ella supo qué hacer y cómo. Ella se atrevió a vencer a sus propios miedos y corrió de un lado a otro haciendo todo tipo de diligencias, autorizando análisis y estudios, comprando medicinas y sueros, comunicándose con Argentina para mantener informada a mi familia, calmándome en los intervalos que estas tareas le permitían, durmiendo a mi lado cada noche (a la tercera de ellas, porque las dos primeras no durmió nada), haciendo el papel de enfermera y hasta elevando una nota de queja cuando una interna desubicada quiso pasarse de lista. Además de todo eso no desatendió su trabajo ni a sus hijos (aunque ambos cedieron, claro está parte de su tiempo). Cómo lo hizo no tengo ni idea, pero sé que esas son las cosas que las mujeres pueden hacer con esa fuerza descomunal que las posee cuando les hace falta.

También hubo un grupo de amigos —el grupo de siempre; ese grupo pequeño pero duro como el granito— a quien debo estarle más que agradecido. José Agustín, quien se quedó conmigo buena parte de la tarde y luego por la noche con Lourdes mientras me operaban; Berenice, quien leía una novela en silencio mientras soportaba mis ronquidos de dormido semianestesiado, Gerardo (gracias Gerald por ese ventiladorcito que me compraste; yo que sufro tanto del calor lo disfruté como no tienes ni idea. También ese número de Letras Libres me supo a gloria); Alex y Freny, con quienes me disculpo por lo poco despierto de mi persona en ese momento de visita y a Andrés, a quien Lourdes despertó para que me llevara en su auto al hospital. A todos ellos debo estarles agradecido porque un hombre solo en tierra extraña y en esa situación se siente más solo todavía. A todos, a todos, muchas gracias; pero sobre todo a vos, querida, a vos Lourdes, compañera mía, porque si hoy estoy escribiendo nuevamente aquí es gracias a todo lo que hiciste.

Me siento muy cansado. No puedo estar mucho tiempo sentado y la vista me arde si paso mucho tiempo frente a la pantalla. Debo recuperar mis fuerzas y volver a ser el de siempre, así que me tomaré un descanso de este sitio y de redes sociales y de otras cosas similares. No creo que tarde mucho en regresar; todos saben que amo a este sitio y que escribir en él (aunque no siempre sea todo lo inteligente que quiero) es una necesidad tanto como un placer y también una especie de terapia; pero por un tiempo necesito descansar y recuperarme. Nos vemos pronto.

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