Hoja de ruta (IV) Camino a Aguascalientes

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Para llegar a Machu Picchu, primer hay que hacer una escala en Aguascalientes (no confundir con el Aguascalientes mexicano, claro está). El Aguascalientes peruano es un pequeño pueblo enclavado en medio de la cordillera de Los Andes, a unos 2000 metros de altura sobre el nivel del mar y con una población de poco más de 3000 habitantes, los20180128_124455 cuales se dedican, más que nada, al comercio y al turismo. Pero para llegar allí se hace necesario disponer de un día entero, aún cuando el pueblo diste apenas unos 280 kilómetros de Cusco. El punto es que al ser un camino de montaña, no hay un tramo recto donde los vehículos puedan alcanzar velocidad alguna y, la verdad sea dicha, esto es algo que se agradece, ya que las combis o autos que hacen este trayecto (imposible para un autobús) bordean peligrosamente el abismo entre montañas cuyas rutas no tienen protección alguna. Es así que, si uno no sufre de vértigo o no es demasiado temeroso, el viaje se disfruta, pero sobre todo si se hace a poca velocidad. Viajar es muy bonito, pero no vale la pena quedarse a mitad de camino sólo por haber intentado ganar un par de minutos en lo que debería ser un día de placer.

 

Entonces esos 280 kilómetros insumen alrededor de siete horas, con alguna breve parada para comer algo y nada más. Israel, nuestro conductor, era un hombre experimentado y por demás amable e iba respondiendo nuestras preguntas sobre el paisaje o sobre las costumbres locales. Como suele ocurrir en estos casos, donde el largo viaje agota la curiosidad del turista o la paciencia del guía, la charla deriva hacia asuntos personales y se termina hablando de la familia o, directamente, se termina con los papeles invertidos y es el turista el que continúa contando las bellezas de sus propio sitio de origen. Así las horas van pasando y entre curva y contracurva —en algunos tramos la 20180128_104458ruta es tan angosta que un vehículo debe detenerse o dar marcha atrás para que el que viene de frente pueda pasar; y ha llegado el caso en donde ninguno de los dos quiere hacerlo debido a lo peligroso del paso; es entonces cuando se entablan discusiones entre los conductores para ver quién lo hace primero y de qué modo y alguno, claro está, debe ceder de mala gana y profiriendo insultos varios— se llega a destino.

 

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Este destino, no es, como podría pensarse, el pueblo de Aguascalientes; sino que es una usina hidroeléctrica que dista unos diez kilómetros del pueblo. De aquí el turista debe 20180128_162040seguir a pie, caminado por las vías del ferrocarril (también, por supuesto, se puede viajar en él; pero además de ser caro ¿dónde está la diversión?). Las vías bordean la base de las montañas y hay que dar vuelta a cuatro de ellas, entre la densa vegetación de esa selva montañosa peruana, bordeando también el río Urubamba, el cual refresca cada tanto algún recodo del camino. A nosotros nos llevó unas tres horas de caminata recorrer esos diez kilómetros, lo cual es poco más que el tiempo promedio. Llegamos a Aguascalientes poco antes del atardecer (habíamos salido de Cusco a las siete de la mañana) y a pesar del cansancio (luego del reparador baño y de la más que bienvenida cena) salimos a recorrer el pequeño pueblo, donde se oyen tantas lenguas como en aquella lejana Babel. Machu Picchu estaba a sólo un día de distancia.

 

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