Dos síntesis de Alberto Manguel

“El rol de los lectores es hacer visible aquello que la escritura sugiere mediante indicios y sombras.”

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“Un texto leído y recordado, llega a ser en esa relectura redentora, como aquel lago helado en el poema que aprendí hace tiempo: sólido como la tierra firme y capaz de sostener al lector mientras lo cruza y, sin embargo, su existencia sólo es en la mente, y precaria y efímera como si sus letras estuvieran escritas en el agua.”

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Ya en otras ocasiones he hablado de Alberto Manguel aquí; así que no creo que haga falta presentarlo ni tampoco creo que sea necesario extenderme sobre él y su obra. Sólo me reencontré con estas dos citas de su impecable Historia de la lectura; libro que desearía tener nuevamente conmigo para releerlo y olvidarme del mundo mientras lo hago (eso fue lo que me sucedió la primera vez y sé que las segundas lecturas son siempre superiores a la primera); entonces, mientras espero encontrar un nuevo volumen, seguiré disfrutando (y espero que ustedes) también, esas pequeñas joyas de las que ese compendio está lleno.

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El producto de un armario.

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 Leo en La belleza convulsa, de Francisco Umbral: “¿Hasta tal punto influye el atuendo en las ideologías? Hasta tal punto. El revolucionario, el progresista, el disconforme, el ácrata se visten de una determinada forma por rechazo y asco del uniforme burgués. Elijen otro uniforme pana, lana y cuero—, pero, cuando menos, un uniforme de mejor gusto. Luego la policía —el Estado, en última instancia, cualquier Estado— cataloga a los individuos según la ropa, cataloga indumentarias, hace contraespionaje de los trajes, uno queda ya reducido a su ropa, constreñido en su guardarropa, es sólo el producto no de una doctrina, unos libros o una revolución, sino el producto de su armario”. Aunque suene exagerado (no deja de ser parte de una obra literaria) uno no deja de pensar que hay mucho de verdad en ello. Si sumamos, también, los perfumes y los accesorios —anteojos, relojes, cadenas, pendientes y demás—, la cosa parece ser más certera aún. ¿Alguno aceptará que, al menos en parte, es lo que viste o que viste para ser?

 

El regreso. Alberto Manguel

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¿Quién escribe las contraportadas de los libros? Ésa es una pregunta que me he hecho más de una vez. En muchos casos el afán de toda editorial por vender hacer que uno se encuentre con elogios desmesurados para obras que luego no llegan a ser ni la mitad de buenas que lo que nos prometen. En éste caso en particular, lo curioso es que ese texto parece haber sido escrito por alguien que no leyó el libro o que lo hizo muy por encima, hojeando el volumen y leyendo por aquí y por allá algunos fragmentos que lo llevaron a dar una versión muy deslucida de una historia mucho mayor.

Esta breve novela del gran Alberto Manguel (de quien alguna vez transcribí largos pasajes de su maravilla Historia de la lectura) narra la historia de Néstor Fabris, un argentino exiliado en Italia quien regresa al país luego de treinta años de ausencia. Tengo la sensación de hasta aquí es lo único que puedo explicar; ir más adelante implicaría transcribir pasajes y analizarlos en detalle, lo cual sería un absurdo. Lo único que puedo decir es que si no se presta atención a los detalles se corre el riesgo de no comprender absolutamente nada o de considerar lo que se está leyendo como una historia pseudosurrealista o poco más (eso es lo que hizo quien escribió la contraportada, de allí que me permitiera empezar con ése punto en particular). Hay tres o cuatro hechos puntuales —distribuidos de manera sutil— que señalan el carácter preciso de toda la historia; sin ellos, lo dicho: nada parece tener sentido.

Hay aquí referencias políticas, románticas, históricas, sociales, literarias (Néstor Fabris es llevado en un viejo colectivo por el profesor Grossman a un lejano descampado donde éste guiará al visitante en una magnífica referencia a La divina comedia. Fabris será un Dante perdido y confuso y Grossman una mezcla de Virgilio y Caronte) y todo eso en menos de ochenta páginas. Si esto, mis amigos, no es literatura…

Los libros de enero.

Una doceava parte de este 2013 ya ha quedado atrás y junto a la suma de sus días, también han quedado atrás algunos libros. Algunos de ellos de forma definitiva, otros, por fortuna, llegaron para quedarse.

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Diario de Golondrina, Amélie Nothomb. Hace ya varios años, y ante mi rechazo a leer a Colette, una amiga me preguntó qué había leído de ella. «La gata», fue mi respuesta, a lo que ella acotó «¡Pero es que empezaste por lo peor!». No sé si mi amiga tenía razón o no; la cuestión es que nunca pude darle una segunda oportunidad a Colette. ¿Me habrá ocurrido lo mismo con Amélie Nothomb? Ésta autora viene haciendo ruido desde hace un tiempo y la primera novela que leo de ella me ha dejado más bien frío. Está bien escrita, sin duda; pero con eso solo no alcanza. La historia es sencilla (un muchacho joven que, luego de ser abandonado por su novia se convierte en asesino a sueldo y que no puede sacarse de la cabeza la música de Radiohead) y está narrada en forma directa, demasiado directa. Nada de metáforas ni descripciones (salvo,obviamente, las que corresponden a los asesinatos). Los diálogos son entretenidos pero obvios (un asesino a sueldo que habla cínicamente, vaya novedad). Hay un par de asuntos que quedan sin explicar, lo cual no es trascendente pero le darían algo más de solidez al texto. Y nada más. Por suerte es una novela breve, y ése sí es un punto a favor.

Larga Distancia, Martín Caparrós. También primera vez con un Caparrós y, en este caso, el resultado fue bastante bueno. Éste autor está bastante bien considerado en el ambiente literario argentino, pero nunca había leído nada de él porque el personaje Caparrós no me caía del todo bien y, aunque objetivamente sabía que una cosa nada tenía que ver con la otra, hay que sincerarse: no pocas veces nos dejamos llevar por las impresiones que tal o cual persona ha creado en nosotros y consideramos a su obra bajo esta luz parcial. Pero (como se sabe, siempre hay un pero, y esta vez corre a favor del autor del libro) elegí como primer acercamiento un libro de crónicas, temática que siempre fue de mi agrado y que esta vez, por fortuna, me hizo sentir que llevarle el apunte a mis presentimientos no estuvo nada mal. Los textos que componen este volumen fueron publicados a lo largo de la década del 90 en varios medios, pero la ventaja de las crónicas es que si envejecen, en general lo hacen bien. Las de Caparrós han soportado el paso de los años con dignidad. Hay algún que otro toque de esos que me hacen ver al personaje Caparrós por ahí, medio escondido entre algunas frases. Me refiero a cierta afectación, a cierta obligación de mostrarse como un literato consumado y como un tipo mundano, que sabe de qué habla cada vez que abre la boca. Pero cuando se contiene y se larga a narrar los hechos que ha vivido y los sitios que ha visitado nos son mostrados con el mejor lente de la objetividad, el resultado es muy bueno; la prosa es ágil, precisa, atractiva. Dato (casi) al margen: antes de terminar de leer larga distancia ya había comprado El interior, otro de los libros de crónicas de M. Caparrós; lo que demuestra que sí, que me gustó. Pero Caparrós me sigue cayendo gordo.

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Cuentos únicos,  Javier Marías.  Javier Marías es uno de mis escritores preferidos, uno de esos exquisitos del lenguaje, uno de esos autores que no son fáciles pero que si se les da una oportunidad sabemos que va a regalarnos horas inagotables de placer (caramba, parece que estuviera hablando de Naomi Russell). Cuentos únicos es una recopilación de relatos de fantasmas, como bien adjetiva Marías en el prólogo. Los relatos, según Marías, llevan el mote de únicos porque son textos con que los autores consiguieron, por así decirlo «dar en el blanco»; es decir, relatos que sus autores —por una razón u otra— nunca pudieron igualar. Como toda recopilación, ésta no escapa a la regla general de la inconsistencia. Hay relatos buenos y otros decididamente malos. Hay que sumar a esto que estos cuentos fueron escritos a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, lo cual implica, para el lector actual, una carencia de efectos, de variedad, de color estilístico. Tuve la sensación de haber vuelto a mi adolescencia, cuando leía cuentos de Poe o de Lovecraft (estos dos nombres, por supuesto, quedan demasiado grandes para este volumen; más allá de que ya los inhibía el hecho de no ser autores de un único relato). Quizá éste volumen sea adecuado, precisamente, para adolescentes que recién están haciendo sus primeras incursiones literarias; para un lector algo avezado es un texto menor.

Pasiones pasadas, Javier Marías. Esto sí, ya es otra cosa: hemos vuelto al mejor Marías; ése que nos encanta con la palabra y que nos hace seguir leyendo aun cuando el tema tratado no nos provoque el menor interés. Pasiones pasadas es la primera recopilación de artículos del autor español y, creo, una de las mejores. El libro  fue publicado en 1991 y esto tiene algún peso propio: sin duda, Marías ya sabía cómo se debía escribir y cómo se debía llevar un texto adelante; pero aquí no hay excesos, no hay barroquismo, no hay subordinadas, no hay nada que demore la lectura; lo que hay es un buen escritor escribiendo bien sobre temas diversos (lo mismo da que sea el sentido de la década del 80, que se trate de semblanzas de escritores o que se dedique a darle consejos a los jóvenes críticos); Javier Marías nos regala un compendio de páginas bien escritas y de argumentaciones impecables. Todo un manual para el futuro (o presente) escritor.

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Pensar bien, sentirse bien, Walter Riso. Entre las muchas cosas a las que no soy afecto, voy a nombrar a dos que tienen relación con el tema que estoy tratando: una es los libros de autoayuda; la segunda es que me presten libros sin que yo solicite dicho préstamo. Eso es lo que me ocurrió con Pensar bien… llegó a mis manos y lo hizo de esa manera en que uno no puede decir que no. Claro, hay gente que lo ve a uno leyendo una novela, después un libro de historia, luego algo de filosofía, alguna vez un volumen de poesía, luego —con alguna otra novela en el medio— un volumen de arte y ¡zas! Aparece el pensamiento mágico: «Éste tipo lee cualquier cosa. Seguramente para matar las horas o algo así…» Pues no señora, pues no señor, eso que parece caos no lo es en absoluto. De alguna manera podríamos llamarlo método. Algo extraño, es cierto, pero método al fin. ¿Y qué puedo decir del libro? No mucho realmente: se lee en un par de horas porque está escrito para aquellos que no suelen tener como hábito la lectura, así que lo más complicado con que nos vamos a encontrar es con una oración con un par de comas, nada más. En cuanto a substancia se puede decir que algunas ideas, algunos consejos no son malos, es más, son bastante buenos, siempre y cuando éstos se lleven a la práctica; cosa que dudo mucho que alguien haga una vez que ha terminado el libro. Con los habituales ejemplos (los cuales, a decir verdad, suenan bastante apócrifos) el libro me dio la sensación de ser una especie de placebo en forma de páginas ordenadas: te hace sentir bien mientras lo digieres, pero luego vuelves a tu vida de siempre.

Una historia de la lectura,  Alberto Manguel. Bien llegamos a la cereza del postre y por ello mismo no voy a hablar mucho de ella/él. Desde hace unos diez años, cada vez que termino un libro, escribo algo sobre él; ya llevo varias carpetas llenas con mis modestos pareceres. A veces se asemejan a alguna especie de crítica, aunque en general sólo se trate de unos simples comentarios. He notado, a lo largo de todo este tiempo, que cuanto más me gusta un libro menos puedo hablar de él. A veces simplemente siento que lo único que puedo decir (decirme) es: «¿Qué puedes decir al respecto? ¡Nada! ¡Vuelve a leerlo!» Y eso es lo que quisiera decir hoy con respecto a este maravilloso libro de Alberto Manguel. Fue el mejor libro que he leído en años, fue el libro que me hizo sonreír a medida que avanzaba página a página, palabra a palabra; y no hablo de una sonrisa de esas que arranca una buena broma o una buena comedia, no; hablo de esa sonrisa que nace del placer más íntimo, de esa sonrisa hija de la complicidad, como esa sonrisa que cruzamos con el ser amado y que tácitamente nos indica que pensamos o sentimos lo mismo. El puro, viejo y querido placer de la lectura. Quien lee para entretenerse se aburrirá con este libro; quien disfruta con la lectura disfrutará de este libro; quien ama la lectura amará a este libro; es así de sencillo. Nada más puedo decir sobre él; sólo lamento no estar a la altura que se necesita para poder escribir algo que se acerque a una crítica (y perdón por la palabra) o algo parecido.

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Bien, creo que he escrito uno de esos posts que nadie leerá y, sinceramente, he disfrutado mucho haciéndolo. La verdad es que ya estoy ansioso por saber qué me traerá febrero.

Una manera lúcida de comprender

“¿Qué poder tienen las grandes obras de arte en mi vida que me hacen sentir tan feliz?” No lo sé: Leemos en la ignorancia. Leemos en largos y lentos movimientos, como flotando en el espacio, ingrávidos. Leemos llenos de prejuicios, con malicia. Leemos con generosidad, llenando vacíos, corrigiendo errores. Y a veces, cuando las estrellas son favorables, leemos conteniendo el aliento, con un estremecimiento, como si alguien o algo hubiera “caminado sobre nuestra tumba”, como si, de repente, hubiéramos rescatado una memoria de un lugar profundo dentro de nosotros mismos; el reconocimiento de algo que no sabíamos que estaba allí, o de algo que se siente vagamente como un parpadeo o una sombra, cuya forma fantasmal sale y se instala en nosotros que no podemos ver lo que es, lo que nos deja más viejos y más sabios.

Holland House Library, London, after a German air raid in October 1940.

Holland House library, Londres, luego de un bombardeo alemán en octubre de 1940

Esta lectura tiene una imagen. Una fotografía tomada en 1940, durante los bombardeos de Londres en la Segunda Guerra Mundial, muestra los restos de una biblioteca medio derruida. A través del techo destrozado se ven edificios fantasmales, y en el centro del local hay un montón de vigas y piezas de mobiliario. Pero las estanterías en la pared se mantuvieron firmes y los libros parecen enteros. Tres hombres se encuentran entre los escombros: uno, como si dudara acerca de qué libro escoger, parece leer los títulos de los lomos; otro, con lentes, se dispone a sacar un volumen; el tercero está leyendo sosteniendo un libro abierto entre las manos. Ellos no le están dando la espalda a la guerra, ni haciendo caso omiso a la destrucción. No prefieren los libros a la vida exterior. Ellos están tratando de persistir ante la adversidad común; están afirmando el derecho de todos a preguntar; están tratando de encontrar otra vez —entre las ruinas, en medio de esa asombrosa percepción que la lectura a veces concede— una manera lúcida de comprender.

Una historia de la lectura. Alberto Manguel.

Lectura privada

Es verano. Hundida en la blanda cama, entre almohadas de plumas y entre el rumor de los coches que pasan sobre los adoquines de la calle de l’Hospice, una niña de ocho años de edad lee en silencio Los miserables, de Víctor Hugo. Ella no ha leído muchos libros,vuelve a los mismos una y otra vez. Adora L0s miserables, con lo que más tarde llamará “una pasión razonada”; siente que puede acurrucarse entre las páginas “como un perro en su perrera.” Cada noche, anhela seguir a  Jean Valjean en sus penosas peregrinaciones, encontrarse de nuevo  a Cosette, Marius,  incluso el temible Javert. (En realidad, el único personaje que no aguanta es el pequeño Gavroche, con su heroísmo tan insoportable.)

Sidonie Gabrielle ColetteFuera, en el patio, entre los árboles y las flores plantadas en macetas, tiene que competir por el material de lectura con su padre, un soldado que perdió su pierna izquierda en las campañas de África. De camino hacia la biblioteca (su recinto privado), el padre recoge su periódico –Le Temps– y su revista –La Nature– y con sus ojos de cosaco, brillantes bajo las cejas grises, retira de las mesas cualquier material impreso, que luego se lleva a la biblioteca y nunca vuelve a ver la luz del día. La experiencia le enseñó a la niña a mantener sus libros fuera del alcance del militar retirado.

Su madre no cree en la ficción: “Tantas complicaciones, tanto amor apasionado en esas novelas,” le dice a su hija. “En la vida real, la gente tiene otras cosas de qué preocuparse. Puedes probarlo tú misma: ¿Alguna vez me has oído quejarme y lloriquear por amor como las personas de esos libros? Y sin embargo tendría derecho a un capítulo entero, diría yo, ¡con dos maridos y cuatro hijos!” Si encuentra a su hija leyendo el catecismo para su inminente comunión se indigna al instante:  “¡Oh, cómo odio esta mala costumbre de hacer preguntas!: ¿Qué es Dios? ¿Qué es esto? ¿Qué es que esto otro? ¡Todos esos signos de interrogación, esas obsesivas investigaciones, toda esa curiosidad, me parecen algo terriblemente indiscreto! ¡Y todo ese mandoneo!  ¿Quién convirtió los Diez Mandamientos en ese horrible galimatías?  ¡De verdad no me gustaría ver un libro como ése en manos de un niño!”.

Leonor de Aquitania

Enfrentada a su padre, cariñosamente controlada por la madre, la niña encuentra su refugio sólo en la habitación, en la cama, por la noche. Durante toda su vida adulta, Colette buscará siempre ese espacio solitario para la lectura. Tanto en ménage como sola, en reducidos alojamientos o en grandes casas de campo, en  habitaciones alquiladas o en amplios apartamentos parisinos, intentará  reservarse (no siempre con éxito) una zona en la que sólo admitirá las intrusiones que ella invite. Ahora, acostada en la cama acolchada con el libro amado con ambas manos y apoyado en el estómago, ha creado no sólo su propio espacio, sino también una manera personal de medir el tiempo. (Colette niña no lo sabe, pero a menos de tres horas de camino, en la abadía de Fontevrault, la reina Leonor de Aquitania, muerta en 1204, yace esculpida en piedra en la losa que cubre su tumba, sosteniendo un libro exactamente de la misma manera).

Transcripción de Una historia de la lectura, de Alberto Manguel; Pgs 163 – 164.